El avión aterrizó cerca del mediodía, una mujer vestida de blanco, con anteojos negros y sobrero descendió de él. Miró hacía el cielo despejado con el sol de frente.
—Al fin estoy aquí… —pensó, llevando la mano a su frente tratando de tapar los rayos del sol—. Al final Yuri acertó – murmuró con media sonrisa.
Comenzó a caminar para salir del estacionamiento cuando fue detenida por una voz conocida.
—¿Quién iba a pensar que la gran Layla Hamilton ha vuelto? —dijo la voz en sus espaldas.
—Bueno, lo de "gran" estuvo de más, ¿no crees? —habló sin voltearse—. Además, si me necesitan, sabes que allí estaré —giró para encarar a su interlocutor con una sonrisa—. Pensé que estabas muy ocupada para venirme a buscar, Kate.
—Nunca estoy ocupada si se trata de una amiga o de un paciente. Me sorprendió tu llamado. ¿Por qué no llamaste a Yuri? Él siempre te viene a buscar —inqurió la pelilargo—. ¿O acaso…?
—N-no, nada que ver —se apresuró a decir Layla con un leve tartamudeo—. Lo que sucede es que les quiero dar una sorpresa a los chicos y, como también eres mi médica de cabecera tengo unas cosas que pedirte…
—¿Como el chequeo general y lo de tu hombro…? —completó Kate sin pensarlo.
—¿Cómo? ¿Cathy te habló? —se sorprendió, elevando la voz en el proceso.
—No, no —movió ambos brazos, asustada por la reacción de la rubia—. ¿Por qué tendría que hablar conmigo? Además, como tú misma dijiste, soy tu médica, tengo tu historial y sé lo que me tienes que pedir, nada más que eso… ¿Qué te parece si vamos a tu casa? Debes estar cansada por el viaje —se apresuró a cambiar el tópico de la conversación, porque efectivamente, Cathy si la había llamado—. Vamos, Layla. —Le indicó el camino hacía el auto.
—Perdón, tienes razón, vamos a casa.
Caminaron hasta el auto, cargaron las valijas y llegaron sin contratiempos a la mansión Hamilton.
—¿No vas a entrar para tomar una taza de café? —preguntó después de que ambas bajaran las valijas y Kate subiera al auto dispuesta a marcharse.
—No, Layla, otro día me quedo. Ahora tienes que descansar, ¿comprendes? Nada de entrenar, ¡descansa! Recomendación de tu medica —encomendó antes de salir por el portón de la mansión.
—Eres muy mala para mentir con respecto a que no hablaste con Cathy. ¿Lo sabías, doctora? —pensó mientras movía el brazo en señal de despedida al auto que se alejaba.
Acomodó todo en su lugar, limpió y barrio un poco. Algunas cosas habían acumulado demasiado polvillo, como era de esperarse después de 5 años sin que nadie viviese allí.
Cuando terminó, se dedicó a escuchar los sonidos del silencio que inundaban la casa. Le traía demasiados recuerdos de su infancia. Recorrió las habitaciones, abriendo las ventanas para que entrara luz solar y aire fresco en aquel encerrado lugar. Terminó en la habitación de entrenamiento de la casa, se acercó al trapecio y lo acarició con delicadeza.
—Esto me trae nostalgia… —suspiró, alejándose del trapecio— Espero poder subirme pronto. No me voy a lanzar porque de seguro van retarme —río recordando las advertencias de Kate.
Su mirada se dirigió a un rincón de la habitación, donde se encontraba su bicicleta abandonada contra una pared.
—Realmente esta casa me trae buenos recuerdos —sonrió mirando su reloj pulsera—. ¡Oh, son las cinco! ¡Ya es tarde! Mi primera visita será a mi padre…
Se cambió de ropa, sintiéndose como nueva luego de una relajante ducha, y se subió a un auto negro que le estaba esperando afuera. Durante el camino se dedicó a pensar en su padre y en cómo se encontraría luego de tanto tiempo.
—Señorita, ya llegamos a la corporación Hamilton —anunció el chofer.
—Muchas gracias.
—La espero a la salida para llevarla a su casa, señorita.
—Sí, por favor —respondió bajando del auto y dirigiéndose a la entrada.
Nomas entrar al edificio, y antes de poder dirigirse al ascensor, una secretaria la detuvo. Luego de que le informara su identidad, la dejo continuar su camino. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, la asistente de su padre ya la estaba esperando en el pasillo.
—Por aquí, señorita —indicó, abriendo la puerta dónde se encontraba él.
—Gracias —contestó secamente, entrando en la habitación.
Cuando se cerró la puerta detrás de ella, pudo distinguir a su padre parado al lado del sillón, mirando por la ventana. Su imponente figura estaba recortada contra la luz del sol que entraba a raudales. No se volteó y Layla se quedo en su lugar, incomoda, sin saber que decir para anunciar su presencia. No fue necesario, ya que antes de que una palabra saliera de sus labios, su padre habló:
—Volviste.
—Sí, regreso a Kaleido.
—Como era de esperarse —volteó por primera vez para ver a su hija luego de tantos años.
—S-sí… vuelvo al lugar que me vio crecer como artista —apretó los puños para calmar su nerviosismo, acercándose lentamente a su padre.
—¿Y el tema de tu hombr…? —le preguntó mirándola con un poco de tristeza en sus ojos, pero no pudo terminar ya que Layla se anticipó.
—¡Está bien! —aseguró firmemente, sin vacilar—. Dentro de poco me voy a hacer unos estudios, pero no me duele ni me molesto en Broadway. Eso no me va a detener de volver al escenario de Kaleido, porque… —sonrió mirando a su progenitor— ya estoy recuperada.
—Ya veo —la miró de una manera diferente, estudiándola, pero feliz internamente por la repuesta decidida de su hija.
—Si eso es todo, me retiro. Pasé solo para saludarte y decirte eso, padre —apenas terminó de hablar se dio la vuelta.
—¡Layla, espera! —gritó su padre, deteniéndola— Hay un tema del que quiero hablar.
La rubia no volteó, aun con la mano en el picaporte, escuchó lo que tenía que decir.
—Hija, quiero que seas la vicedirectora de nuestra empresa. Yo me mudare a New york y quiero dejar a alguien de confianza para dirigir el lugar, ¿aceptas?
—De acuerdo —aceptó aun sin volverse.
—Bueno. Ahora si puedes retirarte.
Cuando la joven ya se encontraba nuevamente en la entrada del edificio, miró hacia arriba y pensó: «Definitivamente va a ser una experiencia trabajar aquí, junto a papá. Voy a aprovechar esta oportunidad». Subió al auto que la estaba esperando para llevarla a casa.
Sin saberlo, el señor Hamilton la estaba observando desde arriba con una sonrisa en su rostro.
—Realmente ya no eres esa hija llorona, haz crecido mucho… como persona, como mujer y en todas las cosas que te propusiste hacer. Estoy muy orgulloso, Layla —murmuró a la nada, mirando una foto sobre su escritorio—. Tú también estas muy feliz por los logros de nuestra hija, ¿verdad, Rola?
