Capítulo II


Rin tragó duro. Incluso se escuchó una risita de Jaken, escondido entre los arbustos, así que sí tragó lo suficientemente duro para que él escuchara. Sesshōmaru la observaba de reojo de vez en cuando, con sus refulgentes ojos dorados calmos y fríos como siempre.

Rin se encontraba vestida completamente para ese momento. Sesshōmaru había llegado solo segundos antes.

—Comienza.

Una orden directa. Rin sonrió nerviosamente y se acomodó el cabello en un movimiento involuntario y frenético.

—Bueno…

¿Cómo era mejor contar esa historia? Se le ocurrían variedad de formas, y muchas empezaban con una idiotez y terminaban con usar algún tipo de droga para dormir a Sesshōmaru y escapar de ahí. Al final se decidió por ser lo más sincera posible.


—¡Rin, Rin!

—¡Oye, Rin!

La jovencita suspiró, apenas irritada. Se giró con la canasta llena de hierbas medicinales que le había dado Jinenji. Pesaba y estaba sudando debajo del sol de la tarde. Miu y Mei se acercaban corriendo y a los gritos.

Las jovencitas tenían más de diez años y eran un dolor de huevos para ambos padres... y para muchos aldeanos que sufrían con sus bromas.

—Rin —saludó Miu, tomando la canasta que sostenía la chica en manos, para dejarla con rapidez en el piso. Mei intentaba recuperar el aliento—. Al fin te detienes.

—¿Qué ocurrió, chicas?

—¿Qué ocurrió? —rió tontamente Mei, cambiando miradas con su hermana, que la veía con una idéntica sonrisa en el rostro. El cabello negro de las gemelas se movían igual ante el viento revoltoso que las envolvía—. ¿Es que no te has enterado de la fiesta en la aldea?

—¿Eh?

Miu se llevó una mano a la cara y rió más fuerte.

—¡Dónde vives, Rin!

Su hermana asintió y levantó la canasta que antes estaba en el piso. Mientras Miu tomaba a Rin de la mano y la guiaba, Mei las seguía cargando el gran cesto.

—Siempre pensando en su señor —sonrió burlonamente la, por unos minutos, más joven gemela. Rin se ruborizó y frunció el ceño de inmediato.

—De todos modos —siguió la otra—, ¿no has escuchado de la fiesta que hará la tía Kagome? Papá y mamá no dejan de hablar de eso.

—Y papá nos obligó a cuidar a Yū y a Tora entre tanto —gruñó.

Rin rió divertida, dejándose guiar por ellas.

—¿Es para la anciana Kaede? —preguntaron al unísono. Rin asintió y Mei se apuró a terminar el pequeño trecho hasta la cabaña de la anciana, para golpear la puerta con una de sus bien formadas manos y entregarle el cesto, con una sonrisa y un beso en la mejilla de despedida. Kaede las saludó a las tres agitando una mano, y Rin devolvió el gesto.

Miu y Mei tomaron a la jovencita de ambas manos y comenzaron a caminar por la aldea sin rumbo fijo.

—Creo que la tía Kagome incluso invitará a Kohaku, aunque…

—No creo que venga —finalizó Mei, y Rin no se sorprendió que lo hiciera, pues era una de las cosas por las que las gemelas eran famosas en la aldea, por acabar la frase de la otra… además de ser hijas de Sango y Miroku, claro—. El tío es taaaaaaaan dramático.

Rin rió de nuevo ante la exageración de las jovencitas.

—¿Y a qué viene todo esto?

—¡No seas tonta, Rin! —estalló Miu, frenando el paso. Las hermanas se pararon delante de Rin—. ¡Tenemos una idea!

—Claro que sí —asintió la chica, ahora con algo de miedo.

Siempre tenía que temer ante las ideas de ellas.

—Y no voy a ayudarlas a lo que sea que quieren hacer.

—¡Pero, Rin! —exclamaron ambas, intentando frenar el paso de ella, cuando ya se quería ir de ahí de una vez.

—Papá no nos deja asistir…

—Es obvio que el monje Miroku no quiera que asistan —aseguró ella—. Y yo no voy a hacerlo cambiar de opinión.

Las chicas fruncieron el ceño al mismo tiempo, cosa que tampoco sorprendió a Rin. El viento corrió alrededor de ellas de nuevo y removió los cabellos de las tres, junto con las faldas de los kimonos. Los ojos castaños de las gemelas miraban a la jovencita con algo parecido a la furia y la diversión mezcladas.

Rin se acomodó el cabello, nerviosa.

—En serio no voy a intentar cambiar su opinión.

—De acuerdo —murmuró Mei—. Convence entonces al tío orejas de perro o a la tía Kagome.

—Eso será igual de difícil. No.

—¡Vamos, Rin, no seas mala!

Rin se cruzó de brazos y soltó un «no» rotundo.

—¡De acuerdo! ¡Muchísimas gracias!

—Definitivamente, no seremos nosotras quienes cuidemos a tus críos —finalizó la otra chica, tomando la mano de su hermana y echando a correr.

Rin se llevó una mano a la boca, dubitativa. ¿Qué críos?

—¡Esperen, Miu, Mei, no se enojen! —gritó, caminando unos pasos. Las chicas ya se habían adentrado en la aldea, caminando hasta la cabaña de la sacerdotisa Kagome—. Uf… ya se enojaron.

Rin suspiró con cansancio y se dirigió así mismo hacia lo de Kagome. Lo mejor era enterarse de lo que pasaba.


—¡Hola! —saludó alegremente. Entró a la cabaña, que tenía la puerta abierta, con diversión. Era verano, hacía calor y era normal que las puertas de las distintas casas estuvieran abiertas, puesto que todos se conocían demasiado bien e incluso pasaban mucho tiempo juntos.

Inuyasha sostenía a su pequeño niño Shin de una de las orejas de perro y tironeaba de él, gritándole algo que no entendía. Kagome estaba gritando que lo soltara o lo estamparía contra el suelo.

—¡Hola, Rin! —saludó la sacerdotisa. Señaló a su esposo y giró los ojos, a lo que Rin sonrió—. Siéntate. ¡Es increíble que tenga que seguir usando el conjuro!, ¿es que acaso no aprendes? No le tires de las orejas.

—¡Duele, mamá!

Inuyasha andaba intentando deshacerse de la fuerza del hechizo, farfullando algo contra el suelo. Miu y Mei entraron en la sala por una de las puertas de atrás y comenzaron a reír al ver a su tío en el suelo, a lo que Inuyasha resopló con más insultos. Kagome estaba pidiendo silencio, y casi de inmediato también llegaron Sango y Miroku, con Tora y Yū a cuestas.

—¡Así que aquí están! —exclamó la exterminadora, dejando la manito de Tora y corriendo a tomar a las gemelas de ambos brazos. «¡Mamá!», gritaron ambas en queja, pero poco le importó a la taijiya—. Cuidarán de Tora y Yū entre que su padre y yo trabajamos con los tíos.

—También queremos ayudar con la fiesta —masculló Miu, cruzada de brazos incómodamente por el agarre de su madre. Mei asintió y Shin movió la cabeza enérgicamente, copiando a la chica, desapareciendo el llanto por el tirón de su padre de inmediato.

—¡Te dije que no le duele, Kagome! —gritó el hanyō cuando logró incorporarse—. Sigue siendo mucho más demonio que humano.

—Igual —gruñó la sacerdotisa, golpeándole levemente con una remera de su hijo.

—¡Y pueden llevar al pequeño Shin con ustedes! —convino el monje, sonriendo, visiblemente contento—. Vamos, niñas, hagan feliz a papá.

Las gemelas miraban a su padre con el ceño fruncido, pero la sombra de su madre comenzaba a crecer detrás suyo y se apuraron a completar el pedido.

—¡Pero no se desharán de nosotras tan fácilmente! —exclamó como última amenaza Miu, con Mei haciendo porras detrás, mientras tomaba en brazos a Yū, y Tora aferraba su manita a la remera de su otra hermana. Shin saludó a sus tíos con besos en las mejillas y la siempre presente sonrisa traviesa, y corrió detrás de la familia de Miroku y Sango.

El monje suspiró aliviado y se dejó caer en una silla. Sango se estiró, contenta.

—Amo los niños y más estar con mi esposa —aseguró Miroku, sonriéndole con cansancio a sus amigos—, pero no más chicos, no más chicos que criar.

—Hasta ahora te quejas —farfulló la exterminadora, en una mueca demasiado similar a la tomada por su hija momentos atrás, ocupando el lugar junto a Miroku.

Inuyasha se había apurado a acomodar un poco los juguetes y ropas de Shin tirados por doquier, mientras Kagome servía vasos de agua para todos. Rin se había sentado junto a la pareja con record en cantidad de hijos y observaba con calma a la sacerdotisa.

—Por cierto, ¿tendrán otro pronto? —preguntó Sango a Kagome, y el que se atragantó fue Inuyasha, un poco más allá, que tropezó de torpe con uno de los arcos de su esposa.

—¿Qué te hace pensar eso? —respondió la chica, obviando la reacción nerviosa de su pareja, visiblemente pálida—. ¿Estoy gorda?

Miroku negó con la cabeza y Sango y Rin pasaron a reír.

—No, es que ya ha pasado un tiempo… Ya sabes —sonrió Sango.

—Pues no seas tonta —gruñó Inuyasha, por fin sentándose junto a su esposa. Kagome le tomó una mano con cariño—. Apenas podemos controlar al cachorro.

Rin rió largo rato a causa de otra discusión que se desencadenó luego del comentario del hanyō; y tanto duró la discusión, que fue el propio Miroku quien se encargó de preparar té para todos, tranquilo como si caminara en su propia casa. Terminó la discusión preguntándoles si debían dejarlos solos para terminar esa excelente discusión con una buena sesión de sexo que terminaría en nueve meses de eterno sufrimiento para el hanyō y en un dolor abominable para la joven Kagome.

—En todo caso —dijo Miroku tiempo después, cuando las cosas estaban calmas y compartían té—, con Inuyasha debemos salir a conseguir el sake. Y tiene que ser una buena cantidad.

—Eso saldrá caro… para toda la aldea —aseguró Rin, mirándolos con cierta preocupación. Sango hizo un gesto restándole importancia.

—Miroku gana muy bien siendo un monje.

El resto asintió, aunque Inuyasha soltó algo como «asqueroso ladrón» y Miroku deseó llevar su báculo consigo a todos lados como en los viejos tiempos, para asestarle un buen golpe en la cabeza. Inuyasha no pudo decir nada luego de que Miroku replicara que, gracias a que era un gran ladrón, las dos familias vivían en excelente condiciones, además de los gastos que tuvieran la anciana Kaede y Rin, broma habitual entre ellos, que más que familias amigas eran solo una gran familia.

—Saldremos mañana —afirmó el monje a los pocos minutos, y las mujeres se mostraron contentas.

—¡Oh! —exclamó de pronto Kagome—, Sesshōmaru vendrá a visitarte en estos días, ¿cierto, Rin?

La joven asintió, con las mejillas sonrojadas.

—¡Excelente! Lo invitaré y pasaremos una noche genial.

Inuyasha la miró con duda.

—¿Qué te hace pensar que el animal de Sesshōmaru vendrá?

—Que está Rin, claro —sonrió Kagome—. También vendrán Ayame y Kōga, por cierto.

Inuyasha frunció el ceño de inmediato.

—¿Por qué tiene que venir el maldito lobo maloliente?

La pelea tardó un tiempo en terminar.

Desde su posición, Rin puedo observar los ojos de Miu y Mei, ambos castaños, mirando por la ventana hacia el interior. Cuando recayeron en su presencia, también pudo ver el cabello negro de ambas desaparecer fugazmente de su vista.


La frenaron mientras llevaba unas sábanas hacia la cabaña de Kaede.

—Niñas, no ahora, tengo trabajo —susurró. Ayudaría a Kaede en el parto de una mujer de la aldea, siendo un muchacho el encargado de llevarle la noticia de que la mujer se encontraba en condiciones. Muchos se aprovechaban del gran oído y velocidad de Inuyasha para usarlo como mensajero, pero aún no había vuelto a la aldea.

—No es nada —aseguró Miu con una gran sonrisa—. Tenemos solucionado…

—El asunto —finalizó Mei, sonriéndole igualmente, mostrando los blancos dientes, cortesía de pasta dental del futuro—. Solo una cosa, Rin, y haznos caso.

—¿De qué hablan?

Rin seguía caminando con prisa hacia su destino, pero los juegos y planes de las gemelas eran de temer. Las observó por el rabillo del ojo, siguiéndola.

—Frena un momento y escucha atentamente, Rin —advirtió Mei, parándose en frente a gran velocidad. Miu la acompañó de inmediato, y ambas la observaban con detenimiento. A pesar de su corta edad, eran bastante maduras… y peligrosas—. Te queremos y te haremos un favor, así puedes cumplir…

—Tu sueño con el señor Sesshōmaru de una vez —siguió su hermana. Rin se sonrojó violentamente.

—No sé de qué hablan. Ahora, háganse a un lado.

—¡No te hagas la tonta!

—¡No es el momento!

—Escucha. —Miu se adelantó un paso y picó el pecho de la jovencita, en el esternón, con un dedo largo de su mano nívea.— En la fiesta, no tomes sake.

—¿Qué?

—No tomes sake, Rin, ¿entiendes?

—¡Nada de sake y tendrás lo que quieras!

—¿Es mágico o no? —siguió la hermana.

Rin las observó con una ceja levantada, mientras las chicas se despedían con gritos y la apuraban a seguir con su trabajo. Rin se apuró a llegar a lo de la anciana Kaede. Las palabras de las hermanas le daban vuelta en la cabeza.

—¿Todo lo que quiera con solo no tomar sake? —murmuró esa noche, antes de dormirse y soñar cosas raras, como su boda con el señor Sesshōmaru y a Jaken atrapando el ramo, tal como Kagome les había enseñado.


—¡Eso es todo lo que sé!

Sesshōmaru frunció el ceño, pero apenas duró unos segundos. Rin observó los ojos amarillentos de Jaken observarlo todo desde atrás de unos arbustos.

—Es mentira.

—Claro que no, Sesshōmaru.

Rin se encontraba ruborizada y con un miedo atroz. Sesshōmaru la observaba con rostro pacífico, pero después de tanto tiempo que vivieron juntos, Rin era capaz de interpretar sus silencios y frías miradas como si el gran demonio estuviera gritándola a los cuatro vientos. Y Sesshōmaru estaba entre incrédulo e iracundo, y la estaba odiando a medias.

Incluso se animaría a decir que el yōkai pensaba en algo como «Claro que sí, y ahora dime que las cosas del futuro de Kagome tienen que ver en esto»; era algo que la asaltaba con frecuencia, pero no podía asegurarlo.

—Rin —siguió él, acercándose otro ápice. La joven retrocedió apenas unos centímetros—. Seguro sabes más que eso.

—¿Hmm?

—Como la noche.

La noche.

Rin sonrió, pero la sonrisa era nerviosa y esquiva.

—En serio que no.

Sesshōmaru se acercó aún más, de manera tan veloz que pasó sin advertencia ante la vista de Rin, hasta que tenía a la nariz del demonio chocando la suya propia, y sus ojos fríos y dorados, como dos soles congelados, la envolvieron y lograron que hasta las raíces del pelo se le sonrojaran.

—Rin, no me mientas.

Su voz era aterciopelada. Dulce. Peligrosa. Rin volvió a sonreír de manera nerviosa y susurró algo como «Sí-sí, señor Sesshōmaru», pero solo salieron balbuceos ininteligibles. Sesshōmaru entrecerró los ojos durante un tiempo ínfimo.

—De acuerdo —comentó con voz más clara.

Sesshōmaru recobró la compostura y se alejó de ella un momento, observándola con la magnificencia que lo caracterizaba. Se mantuvo en silencio, mientras esperaba a que la chica continuara.

—Bien —carraspeó—. Resulta que Miu y Mei utilizaron a Shippō para conseguir sake de demonio y cambiarlo por el que trajeron Inuyasha y el monje Miroku. Lo lograron sin contratiempos, o eso me hizo creer la sonrisa de Shippō cuando se despidió.

«Incluso me dijo que me portara bien.

Cosa que no hice…»

—Podremos hablar luego del otro asunto, ¿no crees? En otro momento… exageré las cosas… no…

—Hm.

Fue eso lo que respondió Sesshōmaru al respecto. La seguía observando con cara de completa tranquilidad. Se incorporó a los pocos segundos. Le tendió una mano, que ella primero miró con sorpresa y luego tomó con fuerza, y la ayudó a pararse también.

Rin no tardó en entender que volverían a la aldea a aclarar las cosas con Kagome, y eso le traería problemas a las gemelas y a Shippō. Y a ella por encubrirlos.

—No creo que la mejor manera de arreglar esto —convino Rin, siendo llevada casi a la rastra por el demonio, con A-Un y Jaken siguiéndolos de atrás— sea delatando a mis amigos.

Sesshōmaru no respondió y la chica supo interpretar su silencio como un sutil «me importa una mierda», que era del todo acertado.

—Sesshōmaru, hablo en serio —gruñó—. ¡Sango castigará a las chicas de por vida!

—Debería primero haberlas criado bien. Unas niñas no pueden meterse en temas de adultos.

Intentó zafarse de su agarre, pero como no pudo, se dejó hacer y siguió replicando.

—En todo caso, solo fue una broma inocente.

«Inocente», se repitió en la mente Sesshōmaru. No fue inocente ver tanta gente desnuda, tantos pechos arrugados y a la anciana Kaede acostada con un jovencito. No fue inocente para nada si la noche anterior había estado en esas condiciones por la aldea, haciéndole vaya a saber qué a cierta jovencita que llevaba a la rastra.

No, nadie lo tomaría como una broma inocente al enterarse que esperaban familia. Mucho menos Inuyasha, que ya parecía tener suficiente con el pequeño revoltoso que tenía como hijo.

No respondió, y Rin pudo interpretar de nuevo el silencio, pero esta vez como «inocentes mis pelotas». No dijo nada tampoco, lo siguió tranquila, ya sin fuerzas ni ganas para luchar contra su agarre.

Estaban por llegar a la aldea. El silencio que manaba de la tierra misma casi le pareció perturbador. Hacía un tiempo que Sesshōmaru la había soltado, pero ella no tenía otra opción que seguirle el paso.

Cuando finalmente llegaron, Sesshōmaru se encontró con la misma visión que horas atrás, y Rin se llevó una mano a la boca para tapar la risa que instaba por salir. A lo lejos, en lo que solían llamar «el centro de la aldea», y que aún estaba ocupado por una gran mesa, se hallaban unas personas, aparentemente discutiendo entre ellas.

Sesshōmaru suspiró imperceptiblemente. La conversación llegaba a sus oídos fácilmente, pero no dijo nada ni se puso a pensar en eso. Caminó con su gracia habitual, seguido de Rin, que observaba alrededor, absorta. En su vida se había encontrado con tanto tipo con sus partes al aire, o con tanta piel a esas horas de la tarde.

—¿Deberíamos despertarlos? —preguntaba la anciana Kaede, con las ojeras visiblemente marcadas y una marca sospechosa en el cuello, que Inuyasha parecía estar observando de cerca—. ¿Puedes dejar de darme vueltas?

—Bleh, vieja, ¡tiene una marca! No me diga que estuvo haciendo cosas con ese crío.

La anciana se coloró hasta la raíz del pelo.

—Amigo Inuyasha —comentó Miroku, agarrándolo del collar de dominación y tirando hacia atrás, alejándolo de la anciana—, nunca se debe preguntar ciertas cosas a las jovencitas.

—¡Pero si ésta está bien vieja!

—Monje —advirtió Kagome. Rin, Sesshōmaru y su prole llegaron, parándose justo al lado. Miroku soltó el collar de Inuyasha—. Siéntate. Eres un cerdo que no aprende.

—Déjenlo —murmuró Kaede, pasándose una mano por el desordenado cabello—. Han pasado muchas cosas.

Pero Sango le estaba pisoteando la cabeza contra el suelo, haciéndolo tragar más tierra e impidiéndole ver quién lo dominaba. El monje tomó a su esposa de un brazo y la abrazó, a lo que la mujer se acomodó los cabellos también hechos un desastre (pero no tanto como el de Sesshōmaru) y se calmó.

—Sesshōmaru —saludó Kagome—, Rin.

La miró extrañada un momento, pero pareció encogerse de hombros mentalmente y volver al tema que los preocupaba.

—Sesshōmaru me dijo —continuó, volviendo de nuevo a dirigirse a Sango, Miroku y Kaede— que no despertarán hasta más tarde.

El demonio pareció que poco le importaba a él todo eso.

—¿Dónde están sus hijos? —interrumpió, dirigiéndose a nadie en particular y a todos al mismo tiempo.

Inuyasha intentó responder, pero todavía no podía sacarse de encima el poder del hechizo.

—Shin duerme en casa bajo la tutela de las gemelas —respondió Kagome, aún vestida con una bata—, también están con Tora y Yū. ¿Por qué?

Las miradas se concentraron sobre el demonio, que apoyó una mano en la espalda de Rin y la empujó débilmente hacia adelante. La humana sonrió con nerviosismo.

—Bueno… ejem.

Sentía los ojos de Sesshōmaru pegados a su nuca, creía que en poco tiempo se le iba a incendiar el cabello. Si abría la bocota y hablaba de lo ocurrido, seguramente Sango terminaría encerrando a las gemelas en el sótano durante un milenio.

Las distintas miradas finalmente se clavaron en ella, algunos con curiosidad y otros con cierto grado de sospecha, como Sango, que siempre tuvo un olfato innato para ese tipo de cosas.

—¿Rin? —preguntó Kagome—, ¿sabes algo?

—Sake de demonio —volvió a repetir Sesshōmaru, con la misma voz calma que había usado horas atrás. La anciana Kaede se llevó una mano a la cabeza, pensando de dónde rayos había sacado la energía para atraer a un jovencito a su cabaña, aunque no dudaba de sus capacidades de seducción, aunque todo esto no iba al caso.

—Rin —habló esta vez la anciana—, adelante.

—Yo… no, en realidad, no sé nada de todo esto.

Rin.

Casi podía sentir la voz de Sesshōmaru dentro de su mente, y lo tenía parado detrás suyo, podía sentir la presencia manar y chocar contra su cuerpo.

—Tal vez sí…

Ya lo sé.

La voz que utilizó la exterminadora fue tan tétrica que Miroku no dudó ni un segundo en tomar a su esposa del brazo e intentar calmarla. Kaede y Kagome intercambiaron una mirada frunciendo el ceño. Inuyasha, por su parte, empezó a despotricar algo de ésta índole «¿ven que no era nuestra culpa?». Rin se sintió morir.

—No sé cómo lo hicieron, pero fueron Miu y Mei, ¿cierto? —soltó con voz tranquila Sango. Miroku tenía la mirada ensombrecida, y Kaede se tomaba más fuerte la cabeza—. ¿Cierto?

Rin asintió despacio. Las gemelas la condenarían de por vida.

—Ya hemos cumplido con nuestra parte —sentenció Sesshōmaru, tomando a su protegida del brazo—. Ustedes encárguense de los suyos mejor, y, por favor… vigilen a ese maldito zorro.

Shippō. El pensamiento de Inuyasha fue compartido con Miroku, y pareció resonar por los alrededores.

Sesshōmaru comenzó a caminar alejándose del grupo de personas, que parecían intentar calmarse y nada más que eso, con Rin siguiéndolo a los tropezones.

—¡Espera! —exclamó Kagome, acercándose a ellos teniéndose la bata, que dejaba a intervalos irregulares sus piernas a la vista—. Rin, ¿acaso tu recuerdas que pasó anoche?...

Demonios.

—Lo hace —aseguró el demonio.

Kagome miró a Rin muy seriamente.

—Mejor será que tomemos un té.

Rin tragó. ¿En qué clase de lío se había metido?


La gente estaba reunida alrededor de un par de mesas improvisadas. Miroku había traído a las niñas, a Yū, a Tora y a Shin en fila india. Las pequeñas no entendieron mucho, eso hasta que vieron a Rin sentada a la mesa junto a Sesshōmaru, que tenía todo el pelo pegoteado. La mirada que les dirigió la anciana Kaede tampoco fue muy cariñosa.

Inuyasha tomó a Shin de la cintura y lo alzó hasta alejarlo de las pequeñas. Susurró algo «Si tú tuviste algo que ver…», o bien pudo haber sido «Si tu madre queda embarazada…». Sesshōmaru tenía expresión calma, pero estaba entrando en ebullición entre tanto lío ahí dentro. La anciana Kaede finalmente había pedido silencio cuando Sango castigó a las gemelas sin razón aparente y ellas comenzaron a gritarle a Rin que era una vil traidora.

—En realidad, no quise que nada de esto pasara… —murmuró la jovencita, cansada de todo el desastre en que se veía envuelta.

Mientras Miroku tomaba a Yū en brazos y hacía sentar a Tora sobre su regazo, Sango se mantenía parada detrás de las gemelas con ambas manos puestas sobre los hombros de las chiquillas. Sesshōmaru observaba la taza de té frente a él con recelo; Kagome se tomaba el puente de la nariz, preocupada por su posible maternidad futura; Kaede observaba todo con una calma inusual, aunque se preguntaba qué pensaría el pobre joven que había compartido su alcoba la noche anterior.

—Desembuchen.

Las gemelas intercambiaron una mirada, ambas con el ceño tan fruncido como Inuyasha, y se cruzaron de brazos.

—Era una simple broma.

—No creíamos que llegaría a estos extremos.

—Y que nos delatarían, claro.

Sango apretó el agarre, pero pasó a mirar a Rin un segundo. Luego volvió a las gemelas.

—Hablaremos luego —aseguró. Les señaló la otra habitación y ordenó a Shin y a Tora seguirlas, mientras Yū dormía en brazos de su padre. Cuando los niños desaparecieron, Sango se sentó junto a su marido, respiró profundamente y se dirigió a Rin—. Es necesario saber qué ocurrió anoche, Rin. Si tienes idea de en qué nos hemos metido…

—Cualquier cosa servirá —agregó Kagome. Kaede asintió. Inuyasha se removió incómodo en el asiento, rascándose la nariz.

—No especifiques mucho, en todo caso.

Rin miró a Sesshōmaru y Sesshōmaru le devolvió su siempre fría y pacífica mirada. Su expresión lo decía todo. Adelante. Es el momento. Reserva lo nuestro para luego.

No sabía porqué las cosas siempre terminaban igual cuando se involucraba en alguna idea de las gemelas.

—Bueno… cuando nos juntamos anoche…


Ya había oscurecido, pero las luces estaban prendidas en toda la aldea, iluminando la festividad. La gente mayor se había reunido allí, dejando a cargo de algún conocido que no iba a concurrir el cuidado de sus pequeños hijos durante las horas de ausencia. No se alargaría demasiado aquello, apenas hasta la medianoche, con muchas risas y el buen sake que el señor Miroku y el canino habían conseguido para la fiesta llevada a cabo por la sacerdotisa Kagome.

Rin estaba sentada junto a Sesshōmaru, quien se encontraba con la mejor expresión de desprecio infinito reflejada en el semblante. Las cosas estuvieron tranquilas un rato. Todos compartieron una gran cena en armonía, a excepción del demonio de la estola, que se encontraba muy ofuscado por dejarse engañar por Kagome y se la había agarrado con Inuyasha, manteniendo una pelea en silencio, apenas interrumpida por comentarios de Kagome o de Rin.

Luego de comer, comenzaron a pasarse la segunda ronda de sake, de mano en mano. Una llegó a Rin, pero, recordaron con temor las palabras de las gemelas, la dejó de lado. Observó casi por pavor a Sesshōmaru tomando de su vaso, bajo la insistencia de Kagome, Sango y el monje Miroku.

Observó cómo la gente comenzaba a sentirse extraña. Ella estaba comenzando a sentirse enferma. ¿Estaba a punto de desatarse el infierno? ¿O ese miedo se debía solo a que aquello fue idea de las gemelas?

—Tiene un sabor raro —masculló Sesshōmaru, observando con curiosidad su vaso. Rin miró a un costado justo para encontrarse con la imagen de un hombre aplastando su cara contra el pastel. Inuyasha estaba manoseando a Kagome, mientras ella intentaba tomar otro trago—. Realmente… sabe…

La mitad de la gente había empezado a caer redondos sobre la mesa. Rin, algo asustada ya, miró con pánico a Sesshōmaru, que tenía los ojos cerrados. Parecía estar durmiendo de pronto, todavía sentado muy derecho, rígido como siempre.

—¿Señor Sesshōmaru? —murmuró.

El silencio era absoluto. Miró para todos lados, y todas las personas estaban tiradas sobre la mesa durmiendo, incluso su señor e Inuyasha.

Por un demonio, ¿qué rayos habían hecho las gemelas? Santo cielo, había firmado su sentencia de muerte con solo ser cómplice de todo eso. ¡Tal vez ya estaban todos muertos! Esas dos…

—Sesshōmaru —siguió luego, tomando al demonio de un brazo y tirando de él—. ¡Sesshōmaru! ¡Despierta!

Miró con desesperación alrededor. Muchos tenían la cara sobre la comida a medio comer y seguían tomando con un brazo débil el vaso con aquel licor del infierno. Estaba en tantos problemas. Estaba en. Tantos. Problemas.

—Oh, no —agregó luego, aún asustada—. No, no. Esto es malo.

Sesshōmaru abrió los ojos de repente, impulsándose hacia adelante, cosa que casi mata de un puto infarto a Rin. La chica soltó un grito sordo y se llevó una mano al pecho.

Aunque sea estaba vivo.

—¿Sesshōmaru?

Él se quedó mirando al frente sin decir nada. Rin comenzaba a respirar mal. Al segundo, Inuyasha se despertó de la misma forma.

—Sí que sabe raro.

La voz de Sesshōmaru sonaba extraña, como si estuviera hablando en sueños.

Rin no logró entablar conversación con él. Los aldeanos comenzaron a despertar de la misma forma, como sobresaltados, y pronto se encontró envuelta en una guerra de comida, que, según parecía, había comenzado la propia anciana Kaede cuando Miroku le tocó su vieja curva. La mayoría se encontraba gritando barbaridades, robando sake de los vasos contiguos y diferentes jarras, y, por última instancia, de los propios barriles que se encontraban cerca. Inuyasha había alzado a Kagome en brazos y gritaba cosas sobre gladiadores, batallas y la «hora de la verdad». Kagome estaba con una risa loca que resonaba por sobre el griterío. Sango estaba desparramada, con un vaso en mano, charlando filosóficamente con otro aldeano, mientras Miroku corría detrás de la anciana Kaede, que había empezado a proponer a todos armar un baile entre que escapaba de la mano maldita.

Muchos otros aldeanos alzaban copas, abrazados entre sí, y cantaban alguna sonata conocida del lugar, entre balbuceos ininteligibles y mucho sake cayendo sobre ellos.

Rin se encontraba en medio del campo de batalla, observando todo eso, sin saber cómo rayos habían ocurrido tantas cosas en tan poco tiempo, y por gracia de quién no era partícipe de semejante alboroto.

—Señor Sesshōmaru —llamó, girando a verlo. En el mismo segundo se dio cuenta que allí no estaba. Soltó un gritito, se incorporó casi de un salgo y comenzó a buscarlo con la mirada por todo el lugar. Había varias parejas que se andaban toqueteando ya, besándose ante la mirada de todos. Muchos aldeanos habían empezado un concurso de quien comía más. Otros se golpeaban entre ellos. Miroku y Sango había desaparecido de la vista. Un joven abrazaba a la anciana Kaede. Inuyasha ya no decía cosas de gladiadores, se encontraba casi desnudo sobre la mesa, diciendo a voz de grito que Kagome le pertenecería por toda la eternidad. Kagome tuvo un ataque de risa aún peor que el anterior y parecía a punto de perder la ropa que tenía encima. Rin se tapó los ojos, desviando la vista de Inuyasha.

—¡Sesshōmaru! —gritó, llamándolo. Esquivó a un aldeano que bebía algo del suelo, esquivó a otros dos que se estaban pegando—. ¡Señor Sesshōmaru!

Ah, joder, le había desaparecido un puto demonio. ¿CÓMO podía perder de vista a un tipo como Sesshōmaru? ¡Eso no tenía sentido! Casi con terror se preguntó dónde rayos se encontraría y qué estaría pasando por su mente.

¿Cómo, por qué, había dejado que él tomara ese maldito sake? Sus pensamientos estaban perdiendo orden entre que dibujaba en su mente la imagen de las gemelas y esquivaba a los distintos aldeanos, cada uno haciendo cosas más raras que el anterior.

—¡Anciana, anciana Kaede! —exclamó, acercándose a ella. El jovencito había empezado a besarle el arrugado cuello y Rin lo miró con curiosidad apenas un segundo—. Kaede, ¿ha visto a Sesshōmaru?

La anciana sacerdotisa pareció pensárselo un segundo.

—Sesshōmaru tiene una hermosa estola, ¿no crees?

—¿Dónde fue, Kaede?

La vieja tomó otro trago de la bebida, que Rin le quitó de encima de un manotazo malhumorado.

—Ay, ya —gruñó, sacándose al joven de encima, que se tiró al piso y ahí se quedó durante un tiempo—. Creí verlo con Miroku hace un momento.

—¿Con Miroku?

Ya… Su señor podía ser confundido con una mujer, sobre todo si se estaba un poco bebido. Y nada, Sesshōmaru confundido con mujer y las mañas de Miroku no eran una buena combinación.

¡Matarían a Miroku y sería su culpa! Dio una vuelta en su lugar, casi al borde de un ataque de pánico.

Salió corriendo cuando la anciana comenzó a buscar de nuevo algo de sake. El barullo de alrededor no dejaba que pudiera escuchar o ubicarse con facilidad. La gente gritaba, se tiraba al suelo o se tiraba contra otros. Había visto a dos hombres besándose y luego golpeándose con ferocidad sin razón aparente. Muchas mujeres habían empezado una guerra dentro de una cabaña. Las personas que no participaban de la fiesta, sobrias dentro de sus casas, comenzaron a trancar las puertas y ventanas, observando todo por entre rendijas pequeñas.

Tuvo miedo de que algo se incendiara en ese estado, pero estaba más preocupada por la desaparición de Sesshōmaru. Tristemente, se sentía responsable por todo lo que ocurría.

Pasó por la cabaña de Sango y Miroku y pudo ver fugazmente a las gemelas mirando por la ventana, entretenidas. Se escondieron apenas la visualizaron. Se prometió así misma volver a retarlas en cuanto encontrara a Sesshōmaru y se asegurara de que estaba bien.

Seguía gritando su nombre, pero no lograba que él apareciera o respondiera. Ya le estaba entrando un pánico absurdo, mientras esquivaba gente en cada vez peor estado. Por suerte, y ya sea por obra del azar o del destino, se chocó con Jaken que llevaba a A-Un a la rastra, refunfuñando por lo bajo.

—Jaken, ¿has visto a Sesshōmaru?

El pequeño demonio verde soltó un respingo al verla y luego frunció el ceño.

—¿Al amo Sesshōmaru? —preguntó, mientras Rin lo seguía. Pareció meditar un momento con los ojos cerrados—. Lo vi por allí —aseguró, señalando una cabaña alejada—. ¿Qué rayos es todo esto? —soltó luego, mirando a todos esos humanos haciendo desastres.

—¿En serio? —exclamó Rin, aliviada, haciendo caso omiso a las muchas preguntas de Jaken—. Iré allí entonces. Señor Jaken, por nada del mundo beba sake.

Jaken la observó marcharse aún frunciendo el ceño. ¿Y por qué no tomaría sake? Esas cosas splo afectaban a esos estúpidos humanos, como estaba bien claro. Y por supuesto, siguiendo esa misma línea de pensamiento, Jaken hizo exactamente lo contrario a lo que Rin recomendó. Lo que no terminó bien para él tampoco.

Llegar a la cabaña fue más difícil de lo que supuso cuando encontró que mucha gente había empezado a expandirse hasta ese lugar también. La euforia de haber bebido ese sake parecía lejana a irse, y cada cual seguía en su tema, cosa que perturbaba en parte la mente de Rin. Por alguna razón, muchos consideraron que lo mejor era hacer de la aldea una «aldea nudista», sin muchas excusas para sustentar eso. Lo reservados que habían sido alguna vez se les había ido de encima a todos al mismo tiempo.

La puerta de la cabaña estaba abierta cuando ella se acercó (sacando la mirada de encima a todo ser alrededor).

—¿Sesshōmaru? —murmuró, empujando la puerta a medida que entraba. Asomó la cabeza y luego abrió los ojos con sorpresa.

Miroku estaba vistiendo el traje de Sesshōmaru y se acercaba a Sango moviendo las caderas y con cara de nada. Sesshōmaru observaba todo tirado en el suelo, totalmente desnudo.

Rin miró el techo y luego enfocó la vista en el monje de nuevo, que se había puesto algo raro en la cabeza, y ahora andaba besando a Sango. Sesshōmaru reía desde el suelo. Rin pudo vislumbrar un pantalón corto en el piso, así que lo tomó y, todavía no sabe cómo hizo, obligó a Sesshōmaru a ponérselo.

—Vamos, señor Sesshōmaru.

—Pero así me siento bien, Rin —murmuraba él, rezongando en contra de los pantalones—. Y me pican.

—No, no pican.

—Sí pican, me pica aquí.

—¡No me muestres! —exclamó ella. Empezó a sentir ruidos extraños detrás, así que tomó a Sesshōmaru de ambas manos y tiró de él. Si por su fuerza fuera, en la puta vida iba a levantarlo del suelo, pero el demonio colaboró incorporándose—. Nos vamos de aquí —aseguró, pues estaba segura de que las cosas se habían puesto calientes en la cabaña y no quería presenciar nada de eso.

En qué puto lío se había metido.


—Ya deja eso, Sesshōmaru —gruñó de nuevo, tirando de él. Estaba intentando alcanzar un barril de sake. Se quejaba soltando maldiciones a voz de grito, maldiciendo de paso a su hermano y a la mujer del futuro, que andaban procreando en la mesa central. Rin tuvo que sacarse eso de la mente a golpes (hasta pensó en beber algo también, pero nada bueno podía salir de eso).

Un par de aldeanos pasearon cerca y les convidaron con vasos de sake entre hipidos y comentarios incoherentes, y el demonio no tardo en tomar uno y llevárselo a la boca. Rin se apresuró a intentar arrebatárselo de las manos mientras mandaba a la mierda a los aldeanos (quienes se ofendieron y se fueron lejos de ellos gritando obscenidades). El tema es que Sesshōmaru fue muy rápido y no le permitió que tomara el vaso. Pero como no coordinaba mucho, en vez de mantener el líquido dentro del recipiente, dejó que cayera sobre todo su largo pelo platinado, sin siquiera cambiar de expresión.

Ante la cara de Rin, Sesshōmaru sonrió con satisfacción, tomó el brazo de ella con su mano libre y se llevó el vaso a la boca. Luego recayó en que no había nada dentro y la miró con el ceño fruncido.

—Maldita bruja —gruñó, maldiciendo de nuevo a Kagome, que seguro traía kits de cómo ser bruja del futuro. Inuyasha siempre le decía que Kagome traía muchas cosas raras y peligrosas del futuro y él confiaba ciegamente en eso. Ella tenía la culpa de no tener más sake en su vaso.

Por un motivo x que Rin no terminó de visualizar, Sesshōmaru se tiró al piso y siguió maldiciendo a Kagome, gritando, al tiempo que su largo pelo, pegajoso por la bebida, se llenaba de tierra. Luego continuó insultando a Naraku, cuando cayó en la cuenta que sin duda todo eso era un plan macabro del maldito ese. Ella se preguntó cómo rayos Naraku lograría eso desde el infierno.

Rin, cansada, cerró los ojos con fuerza un momento. Todo eso se le estaba yendo de las manos. La gente que estaba sobria había cerrado la puerta para evitar cualquier accidente y no dejaban que nadie, bajo ningún motivo, entrara (cosa que quedó claro después de que un aldeano se tirara a llorar delante de la puerta de su cabaña, pidiendo entrar porque se estaba orinando). La gente que no estaba sobria seguía armando alboroto tanto como antes. Y, para colmo de males, tenía a Sesshōmaru en un estado tal que no parecía él en lo absoluto.

—Señor Sesshōmaru, vámonos. —Le tomó de la mano y tiró de él. Sesshōmaru rezongó un poco al principio, pero luego se dejó ser. Era Rin y tenía debilidad por hacer lo que ella quisiera. ¡Si incluso se dejaría trenzar su asombroso cabello!

—¿Y dónde vamos?

Rin se encogió de hombro y se decidió a pasearse de la mano con Sesshōmaru, obligándolo a que se alejara de los aldeanos y del sake. Un par de aldeanas habían intentado arrastrarlo con ellas al verlo con el musculoso torso desnudo, así que Rin también tuvo que arreglársela para esquivarlas y echar a correr con Sesshōmaru riendo detrás suyo. No había sido particularmente fácil, pero por suerte, apareció Jaken montando a A-Un y gritando que protegería a Sesshōmaru con su vida, como que era el dios que todos decían que era. Al final las aldeanas terminaron besando al pobre demonio rana que se sacrificó por su señor.

—Este Jaken... ¡no sabía que el báculo podía hacer eso!

—¡Señor Sesshōmaru! —advirtió ella, sonrojada—. Será mejor que nos alejemos de esta locura.

—No veo dónde, Rin. Estamos solos en este mundo abandonado de las manos de los dioses.

—¿De qué estás hablando?

—De eso mismo. No tenemos escapatoria. Lo mejor es beber.

Rin apretó más fuerte el brazo del demonio y tiró de él. Su fuerza era demasiado poca cosa para Sesshōmaru, pero funcionó. El gran yōkai frunció el ceño y murmuró algo más respecto a las habilidades de Jaken y el báculo, y al final se encontraba hablando solo cuando Rin siguió camino tirando de su mano.

—Nos largamos.

Y efectivamente lo hicieron.


—Eso es todo.

Kagome estaba pálida y Sango se había tapado la cara con las manos. Inuyasha estaba visiblemente incómodo, y Miroku, bordó. Sesshōmaru no comentó nada al respecto del fetiche del monje y la exterminadora de usar sus ropas. No decía mucho a favor de ellos. Kaede se encontraba contenta de que no se supiera mucho de ella, apenas la causa de la marca en su cuello y nada más. Kagome pensó, con cierto nerviosismo, que seguramente no habían usado protección alguna. Inuyasha esperaba que el próximo crío sea niña. Sango ya no quería saber más nada de nada.

—Aunque sea, no muchas más personas tienen recuerdos de anoche —soltó Miroku entre risitas penosas. Sango lo miró con el ceño fruncido y volvió a taparse la cara.

—Voy a matarlas.

—Yo me encargo de Shippō.

—No seas muy duro, Inuyasha —agregó Kagome.

Intercambiaron miradas entre todos. Rin miraba fijamente la mesa, completamente turbada. Kagome se sentía mal por ella, seguramente verlos a todos en ese estado no era lo mejor. Sobre todo a Sesshōmaru. Dicho sea de paso, tanto el demonio como Inuyasha parecían haber llegado a un acuerdo silencioso, algo al estilo de «yo no digo nada de tu deplorable estado, y yo no digo nada de tus ganas de fecundar».

Miroku tomaba las manos de Sango, que ya había recuperado algo de color en el rostro, y pensaba que, en todo caso, sería un buen record entre ellos tener otro pequeño milagro. Inuyasha se rascaba la nariz a intervalos regulares, mirando las patas de la mesa y pensando en irse a jugar con Shin por ahí. Sesshōmaru se mantenía impertérrito.

—¿Preparo más té? —preguntó la anciana Kaede, incorporándose con parsimonia.

Todos estuvieron de acuerdo.


Habían dejado la cabaña luego de media taza de té. Casi todos al mismo tiempo. Sango y Miroku se apuraron a juntar a su prole y efectuar el merecido castigo. Kaede pasearía por la aldea a ver si nadie se encontraba en peligro o si alguno despertaba. A Kagome le había vuelto la resaca e Inuyasha seguía nervioso. Rin y Sesshōmaru se despidieron rápidamente diciendo «suerte» y «lo siento», aunque Sesshōmaru en realidad no dijo nada.

La aldea seguía silenciosa. Sesshōmaru caminaba junto a ella a paso lento. Rin tenía los pensamientos revueltos y las mejillas sonrojadas.

—Lo que dije antes…

Sesshōmaru le dirigió una pacífica mirada, desconcertado. Caminaban directamente a la entrada de la aldea, en donde, por suerte, ya no había tantos aldeanos inconscientes.

—Lo del polvo.

Ah, lo del polvo. Sí, eso fue algo brusco. Giró el rostro al frente de nuevo, sin decir nada. Se le había ido el dolor de cabeza, pero aún temía un poco por saber qué había pasado. Todo parecía apuntar a que se quedaron solos y Rin abusó de él.

Uff… eso era peor de lo que pensaba.

—No… no pasó nada en realidad, Sesshōmaru —se sinceró, frenando el caminar apenas pasaron la salida de la aldea. El demonio también se detuvo y se dedicó a observarla con curiosidad—. Lamento todo eso. Me sentía… creí que las cosas iban a salir diferente si creías que nosotros… pero en realidad nada pasó.

Sesshōmaru fruncía el ceño.

—¿Piensas contármelo algún día?

Rin enfocó la vista en los ojos amatista. Él parecía tranquilo a pesar de que su mirada se veía algo turbia en ese momento. Finalmente se encogió de hombros. Con todo lo vivido hasta el momento, ¿cuánto más podría alargar finalmente eso?

Las mejillas se le colorearon de inmediato, como si pudiera volver a sentir lo que pasó la noche anterior. La mirada de Sesshōmaru había sido abrasadora, y lo era ahora también, pero de manera diferente.

—¿Quiere saberlo?

—Caminemos, Rin.

Rin tuvo que trotar unos pasos para alcanzarlo, ya que él empezó a andar antes de terminar de decir la frase. Se estuvo un momento callada hasta que finalmente se le ocurrió que lo mejor para relatar lo ocurrido, era retomando la historia que había empezado y dejado inconclusa en la cabaña de Kagome.


—Aquí se está más solo aún.

—Lo sé.

La voz de Rin sonaba asombrosamente tranquila y feliz. ¡Solos! Eso era lo que quería. Particularmente, alejarse de la locura que estaba pasando en la aldea. Apenas podía creer que eso seguía ocurriendo en ese preciso momento. Las gemelas había cruzado la línea con lo hecho. Había cruzado la línea con un salto en largo. Y a Shippō le cortarían las pelotas en cuanto lo vieran.

Sesshōmaru estaba a su lado. El efecto del licor parecía desvanecerse de a poco, o aunque sea la euforia que provocaba. El demonio tenía la cabeza apoyada contra el árbol. Rin estaba muy cerca de él, por si de pronto decidía morirse o desmayarse (cosa que a ella le daba mucho miedo, para ser sincera).

El silencio se hizo un largo rato, mientras Rin seguía pensando en la cara de los chicos cuando se despertaran, y en las gemelas y su plan macabro. De hecho, no podía dejar de pensar una y otra vez en el sake de demonio. Sabía que sería seguramente más poderoso que el sake común, pero nunca se imaginó tanto... Miró a un costado a Sesshōmaru y se encontró con la mirada ambarina clavada fuertemente en ella. Rin se sonrojó sin poder evitarlo.

Sesshōmaru seguía con el torso desnudo. A pesar de tener el cabello pegoteado, Rin pensó que se veía hermoso, como siempre. Y la figura de las pequeñas gemelas se le vino a la cabeza.

«—¡Nada de sake y tendrás lo que quieras!»

Ya quisiera ella. Le estaba empezando a afectar todo lo vivido, sin duda. ¿Qué iba a hacer? ¿Aprovecharse de Sesshōmaru en esas condiciones?

—Te ves muy bien, Rin —murmuró él, arrastrando apenas la voz. Acercó su rostro al de ella, hasta que las narices estuvieron apenas a un palmo de distancia, y el corazón de Rin saliera disparado mucho más lejos de ellos dos.

Le hubiera dicho algo, pero su cerebro no estaba funcionando de momento.

«Tu sueño con el señor Sesshōmaru…»

Las voces de las gemelas no dejaban de repetirse en su mente. ¿Sueño? Pues, besarlo sería uno, y volver a viajar con él, otro. Después, que él la quisiera tanto como ella… De hecho, ahora que lo volvía a pensar, eso de aprovecharse de Sesshōmaru en esas condiciones no sonaba tan mal en su cabeza, menos ahora que lo tenía mirándola embelesado.

—Nunca te dije lo bien que te ves —siguió él, llevando su ahora torpe mano al rostro de Rin—. Te ves bien.

Ay, Sesshōmaru, ya andas perdiendo la cordura.

Ay, Rin, tú también.

La mano de Sesshōmaru, contrario a lo que Rin recordaba, era cálida. Estaba posada en su mejilla, mientras que con el pulgar la acariciaba lentamente. Los ojos de él, de ese fuerte y gélido color ámbar, miraban su rostro con detenimiento. Sus finas cejas, sus ojos castaños, la nariz, las mejillas sonrojadas, su pequeña boca, con los rosados labios apenas separados…

Sí se veía bien.

—Se-Sesshōmaru…

Él no pensaba con claridad y estaba seguro de que ese maldito sake tenía algo que ver, pero la verdad, simplemente no le importaba.

—Shh —la calló, con una sonrisa de costado. Acercó su rostro al de ella aún más, la miró por una última vez con todo el calor que era capaz de generar en una mirada y la besó.

Rin, estupefacta, solo atinó a abrir los ojos de la sorpresa y luego cerrarlos y dejarse llevar, al sentir los suaves labios del señor Sesshōmaru sobre los suyos, como en el sueño que de una vez se estaba cumpliendo. Mientras sus labios se amoldaban perfectamente y Sesshōmaru se encargaba de degustar los de ella, su mano pasó de la mejilla de Rin, al cuello igualmente níveo de ella.

Rin tenía una horda de mariposas golpeándose en todo su cuerpo y urgiendo por salir.

Estaba intentando pensar que Sesshōmaru estaba casi desnudo, apenas con ese pequeño pantalón, borracho, besándola… Joder, se iba a arrepentir tanto el día siguiente. Pero qué bien lo estaba pasando. Sí, apenas se le pasó por la cabeza que al final sí se estaba aprovechando de él. Pero, ¿sería acaso que él sí quería besarla?

Rin posó sus manos en el pecho desnudo de él y Sesshōmaru dio un respingo, separando las bocas. Ambos abrieron los ojos y se miraron apenas dos segundos. Sesshōmaru le sonrió antes de volver a besarla. Rin pasó con delicadeza las manos sobre el cuerpo de él hasta unirlas detrás de su cuello (obviando lo pegajoso que se encontraba el plateado cabello… eso no importaba cuando por fin estaba tan cerca).

Sesshōmaru de inmediato pidió acceso a su boca, y Rin se encontró obedeciendo. Casi se murió al sentir la lengua de él tocando con delicadeza la suya. El demonio empezó a bajar la caricia, de su cuello a sus pechos. No tocó demasiado, simplemente un roce que hizo a Rin perder la poca cordura que le quedaba. Un calor no tan desconocido la inundó por completo. La boca de Sesshōmaru aún aprisionaba a la suya.

La mano de él siguió bajando hasta donde terminaba el corto vestido, antes de las rodillas, con una delicadeza y lentitud tortuosa. Rin casi se desmayó al sentir la mano de él sobre su pierna, volviendo a hacer el recorrido inverso, pero ahora por dentro del vestido; solo logró soltar un suspiro que casi parecía un gemido. Sesshōmaru sonrió contra su boca, soltando una pequeña risita. Se separó de ella apenas, besó la comisura de los labios, aún con los ojos cerrados. Las marcas violetas en su rostro parecían más bellas en la oscuridad de la noche, apenas iluminándolos la luz de la luna por entre las hojas de los árboles.

—¿Nerviosa?

¿Por qué de pronto parecía tan seductor? El alcohol realmente le había afectado. Y Rin así caso omiso de eso.

¿Nerviosa? Más bien deseosa.

La mano de Sesshōmaru, caliente contra su muslo, subía ahora hasta su cintura, acariciando con parsimonia. Rin no sabía dónde quería llegar. Los besos pasaron a su cuello; Rin soltaba risitas tontas, estremeciéndose de cuando en cuando. Sus dedos paseaban con torpeza sobre el torso de Sesshōmaru. Estaba en un sueño, lo estaba.

De repente se encontró con que Sesshōmaru tomó su vestido con ambas manos y comenzó a sacárselo por encima de la cabeza. Ella obedeció, quedándose apenas en la precaria ropa interior, un conjunto blanco que Kagome le había regalado días atrás.

Él tiró su vestido un poco más allá, sin sacarle los ojos de encima, y observó su delgado cuerpo. Los pechos apretados en ese extraño artefacto parecían llamarlo incluso más que su delgado abdomen o su cola. Rin se encontraba aún sentada, en una posición algo incómoda para hacerle frente. Sesshōmaru soltó una risa, extrañamente divertido por eso; ella se sonrojó un poco más.

Su rostro volvió a ponerse serio, aunque sus ojos aún parecían sonreír. Tomó a Rin de las muñecas y tiró de ella, hasta que terminó sobre su cuerpo. Los pechos de Rin estaban ahora apretados contra su torso desnudo y toda la piel de la humana hacía que él se estremeciera entero, sin demostrarlo.

El demonio tomó la parte posterior de la cabeza de Rin y la obligó a acercarse a él, volviendo a besarla. Rin aceptó gustosa, aunque toda la desnudez repentina (más de ella que de él, que hacía rato andaba en algo parecido a un taparrabos) la estaba poniendo muy nerviosa.

Sesshōmaru acariciaba su espalda con una lentitud innecesaria, sonriéndose cuando Rin se removía ante el contacto.

Pasado un rato le dio un corto beso sobre los labios y se quedó observándola. Rin abrió los ojos finalmente, sintiendo las manos de él sobre la espalda, ahora quietas.

—¿Quieres volver conmigo?

Rin parpadeó.

—Sí.

—De acuerdo.

Sesshōmaru se durmió en ese preciso momento.

—¿Sesshōmaru?

Sus ojos estaban cerrados, la respiración acompasada, y un fantasma de sonrisa en sus labios.

No podía ser cierto.

—¿Sesshōmaru? —volvió a replicar, zarandeándolo apenas—. ¿Por qué te dormiste ahora?

¿Mejor ahora y no en plena sesión? Algo así decía Kagome. No… o Sango.

En todo caso, mejor así. Las cosas habían llegado demasiado lejos por sí solas, como para encima, aprovecharse del todo del pobre señor Sesshōmaru.

Como pudo, se incorporó lejos de él, sacándose las manos del demonio de encima. Lo observó dormir un largo rato y, en un momento, le dio un tierno beso en los labios.


Sesshōmaru había frenado el caminar y la observaba con el ceño fruncido. Rin le sonrió un momento, nerviosa.

—Lo siento, eso es lo que pasó.

No iba a decir que no le golpeaba el ego haberse dormido, pero agradecía a los dioses que eso haya ocurrido, caso contrario, vaya uno a saber qué obligaría a hacer a Rin… y ella feliz cumpliendo.

—Pero amanecimos desnudos.

Rin soltó una risa parecida a «Jeje» nervioso.

—Resulta que luego se me ocurrió… Fue muy estúpido ahora que lo pienso.

Sesshōmaru la observaba con el ceño más fruncido que antes.

—Lo arrastré un trecho, lo desnudé y me desnudé también —comentó ella sonrojada—. Es mucho peor idea de lo que parecía anoche.

—¿Segura no bebiste algo de sake?

Rin negó con la cabeza. Siguieron caminando, pero ahora volviendo a la aldea, en completo silencio.

Rin rememoraba la noche anterior y volvía a sonrojarse. Sesshōmaru se mantenía impertérrito, aunque le molestaba sobremanera no poder recordar cómo se sentía tener a Rin sobre él.

Estaba sorprendido de que ella hiciera todo eso (lo de desnudarse y acostarse a su lado) solo para que él pensara que ellos hicieron algo, con el fin de que él volviera a aceptarla en su grupo. Nunca lo abandonó, claro, pero Sesshōmaru pensaba que lo mejor era que Rin conociera un poco más a los humanos y viera la vida que podría tener… diferente a la que sería viajando con él por todos lados y poniéndola en peligro.

Aunque siempre podría vivir en un castillo, si quisiera.

Caminaron otro largo rato, él intentando olvidar todo lo contado por Rin. Tal vez, en algún momento, pudiera vivirlo en carne propia y ya dejaría esas fantasías.

Cuando llegaron ante la entrada de la aldea, el demonio se detuvo y tomó el brazo de ella, haciendo que gire a verlo.

—Te vendré a buscar dentro de cinco días.

Rin lo miró atónita un momento. Sesshōmaru se acercó y le acarició la mejilla un momento, antes de darle la espalda y alejarse. Ella sonrió.

Qué importaba qué había pasado ayer.

Rin se preguntaba qué pasaría mañana.

FIN


Nota de la autora:

# Segundo capítulo: 9081 palabras.

(…) Algunos de mis fics me dan vergüenza.

Y ahora sí. Ya puedo morir en paz. Lo que me costó escribir del JODIDO Sesshōmaru... asfdjskhasjkf Lo odio -?-. Espero que el OoC no sea muy grave, muy notorio o muy otra cosa -?-. En lo posible, espero esté lo más IC que se pueda dadas las circunstancias. D:

MUCHAS GRACIAS por sus reviews. Me hacen morir de amor (L).

Saluditos desde este lado de la pantalla,

Mor.