Tabla: 30 leyes de Murphy
Tema: #13 – No se enoje; desquítese.
Rating: T+ (¡Guarda, pequeñines! ¡Se puso adulta la cosa!)
Notas: ¡Veloz actualización, eh! Les vengo con un oneshot un poco más subido de tono. De todos modos, quisiera explicarles previamente algo que pueden saltearse sin sentir ningún tipo de remordimientos. El oneshot se llama Gestalt en honor a las teorías gestalticas del sueño. Estudiosos de esa teoría hablaron de la posibilidad de controlar los sueños, mediante un método de... erh... ¿'disciplinamiento' de la mente? Bueno, no es necesario saber demasiado porque todo está explicado en el oneshot, pero quería darle los créditos a quienes lo merecían. ¡Nos vemos en el próximo oneshot!
#13: No se enoje; desquítese
Gestalt
Ser un niño de primaria era, por encima de todas las cosas, en primera medida, antes que cualquier cosa, aburrido. Sintió que podía dar mil explicaciones al respecto: recordaba haber tenido una conversación con Agasa hakase, sobre cuando la gente dice "Oh, qué bellas épocas aquellas cuando era un niño", pero suelen agregar que JAMÁS – insisto, jamás – volverían a vivir su infancia.
Si le hubieran pedido que defina su estadía en ese cuerpo que le había pertenecido diez años atrás, él bien podría haber afirmado que la palabra correcta sería aburrimiento a niveles patológicos.
Más allá de los beneficios de la infancia, a Shinichi no le molestaban las obligaciones que tenía como adulto, pero sí las que tenía como niño-adulto-perseguido-por-una-mafia. Si no se hubiera encariñado con su nuevo yo, estaba seguro de que lo odiaría.
– Te ves horrible. – siseó Ai, sin ningún tipo de introducción ni intención de suavizar el insulto, mientras apoyaba su bolso del colegio en su asiento.
– Buen día para vos también. – le respondió Conan, bostezando y echando la silla hacia atrás con un pequeño empujón de sus cortas piernas.
Ai volvió a prestarle atención a su banco y Conan se dedicó a mirar por la ventana, intentando quitar de sus pensamientos aquellas ideas tan contraproducentes como las que estaba teniendo. Ambos se mantuvieron en un silencio sepulcral. Los momentos de silencio entre Ai y Conan eran fortuitos y se daban en demasía, pero algo que el muchacho adoraba, sin contar el hecho de que era una de las pocas personas con las que podía ser él mismo, era que no le incomodaban en lo absoluto.
– ¿Mala noche? – preguntó Ai, rompiendo el silencio, casi contradiciendo el derrotero de sus pensamientos.
– Tengo pesadillas todos los días. Es insoportable.
– Ara, ¿en serio, Conan-kun? – preguntó una voz desde detrás de ellos, haciendo que ambos se volteen. Se encontraron con la maestra, Kobayashi-sensei, y al notar su gesto de incredulidad, Conan hizo un gran esfuerzo por parecer una pequeña criaturita.
– No puedo dormir bien por las noches… – le dijo, fingiendo un mohín.
La maestra pareció conmovida con el actuado pesar del niño, y se compadeció.
– ¿No querés volver a casa, Conan-kun…? – preguntó Kobayashi-sensei, arrodillándose al lado del niño – La maestra te deja el día libre, y además, te va a dar un consejo para dormir bien cuando llegues a tu casa.
Conan arqueó una ceja, sopesando sus posibilidades. A decir verdad, había muchos puntos a favor y en contra de ese plan. A favor: la idea de volver a la casa de los Mouri sonaba, por encima de todas las cosas, tentadora. En contra: nada evitaría que tuviera pesadillas, y segundo, no se quería imaginar cuál podría ser el consejo que una maestra de primaria pudiera darle.
Kobayashi le sonrió ampliamente, dirigiéndose a ellos mientras sus compañeros llegaban y se acomodaban en sus bancos.
– ¿Nunca te pasó… algo como irte a dormir pensando en algo y soñar con ello?
– Creo que es exactamente lo que me está pasando, maestra. – confesó, colocándose las manos detrás, cruzando los dedos tras su nuca. Haibara lo miró con cierto dejo de interés.
Kobayashi le sonrió con ternura.
– ¿Y no será que andás muy preocupado por algo? Deberías esperar hasta ser mayor para no poder conciliar el sueño por algún problema…
El niño de anteojos rió con despreocupación, dirigiéndole por un segundo un gesto de socorro a Haibara, que lo ignoró abiertamente, bostezando.
– ¿Por qué… por qué no empezás a inventar una historia, Conan-kun? – propuso ella, haciendo que Conan la mire con incredulidad – Acostate, cerrá los ojos, y dejá que tu mente te cuente una historia que realmente quieras oír. Donde todos tus deseos se hagan realidad…
Una imagen bastante nítida apareció en la mente de Conan. La palabra deseo sólo le recordaba a una cosa. La mirada fija de la maestra lo intimidó, e intentó poner gesto de sorpresa.
– No escapes de tus problemas. – dijo, cortante, la maestra. Suavizó su gesto unos segundos después – … Pero focalizate en algo bueno que quisieras que ocurra. Dormí boca arriba, e intentá no moverte. Concentrá todas tus fuerzas… todas… en tu historia.
– Gestalt.
Kobayashi y Conan voltearon a ver a Ai, que hablaba y hojeaba una revista sin mirarlos directamente.
– La teoría del sueño lúcido. El control del conciente sobre el inconsciente, con el posible riesgo de una parálisis corporal. Si mal no recuerdo, esa teoría se llama Gestalt y-
Se escuchó un golpe sonoro, y Ai soltó un quejido.
– ¡AY! O… ¡O eso vi en un documental con el profesor la otra noche!
Kobayashi suspiró aliviada, como si la última frase relajara un nervio de sospecha. Ai y Conan se enviaron silenciosas miradas de odio. Ai lo maldijo por su patada. Conan la maldijo por no poder fingir infancia por más de cinco segundos.
Sin estar muy seguro de lo que hacía, Conan afirmó con la cabeza unas cuantas veces y luego de algunas llamadas a la agencia de Mouri, el niño ya estaba volviendo al que era su hogar hacía mucho tiempo. Se metió las manos en los bolsillos y caminó el trayecto que separaba la agencia de la escuela, pensando en el consejo de Kobayashi.
Rió para sus adentros al notar la importancia que le estaba dando a un consejo dado a un niño de primaria… Pero, ¿qué perdía intentándolo? De todos modos, iba a dormir al llegar, con pesadillas o no.
Subió las escaleras bostezando, y maldiciendo por tener que subirlas a su condición de niño, a los que lo encogieron, al profesor Agasa que nunca lo dejó decir la verdad, al calentamiento global, y a todo lo que se le cruzara por la cabeza.
– ¡Y-O-K-O-CHAAANN~~~! – escuchó, a la vez que abría la puerta. No se molestó en saludar a Kogorou Mouri. No estaba de humor como para ser sociable, ni tampoco tenía sentido hablarle cuando este estaba ebrio (cosa que sucedía aproximadamente el 90% de las veces).
Se apresuró a su habitación y en aproximadamente treinta segundos ya estaba en pijama, acostado en su futon, con las manos cruzadas detrás de su nuca. 'Así que inventarme una historia, eh…' pensó.
Alguna que otra imagen se cruzó por su cabeza, pero cuando éstas comenzaron a volverse no aptas para todo público, comenzó a rascarse la cabeza con desesperación, para llevar sus pensamientos a otro puerto. Esa clase de sueños siempre lo dejaban alterado y no podía hablarle a ella por el resto del día, de la vergüenza que le daba.
'Boca arriba'
'Intentá no moverte'
Nada perdía intentándolo. Bajó los brazos, se quitó los anteojos, y se colocó en la posición que Kobayashi-sensei le había indicado. Cerró los ojos de a poco, intentando focalizarse en despejar su mente de preocupaciones y dejarla en blanco para comenzar la historia…
Se quedó quieto como una estatua y, descreyendo un poco de lo que estaba por intentar, se imaginó a sí mismo, en su forma real, e intentó recordar la sensación que le causaba señalar al culpable, descubrir sus trucos y técnicas, y dejarlo expuesto. Así estuvo lo que calculó veinte minutos, redactando mentalmente un complicadísimo caso de muertes en serie, y su resolución.
Quiso levantar la mano para señalar a un culpable que en su imaginación aparecía como una sombra negra de la que sólo podía distinguir los ojos, pero algo le impidió moverse.
'El control del conciente sobre el inconsciente, con el posible riesgo de una parálisis corporal.' Las palabras de Haibara repiquetearon en su mente, haciendo un eco sordo en toda su cabeza. ¿Era posible que le hubiera salido mal… que fuera a tener una pesadilla sin precedentes? No sentía su cuerpo. No lo podía mover. Veía sombras a su alrededor y su propio cuarto, envuelto en las tinieblas. Temblaba de miedo. Era la peor pesadilla que había tenido en toda su vida… Temía por su propia vida.
El cuarto comenzó a iluminarse de a poco. Ahogó un grito en su garganta cuando vio a Gin y a Vodka frente a él, con un gesto claramente compungido. Miró hacia todos lados, pero sólo pudo ver luz, y a las dos figuras de la organización parados frente a él.
– ¡CARAJO! – gritó Gin, cayendo de rodillas al suelo. Conan quiso alzar la voz pero nada salió de su garganta.
– Kudou, lo lograste. – dijo una voz a sus espaldas que no supo reconocer – Se acabó. Se acabó todo.
Aquella parálisis comenzó a tornarse en una relajación absoluta de sus músculos. El rostro, marcado por el miedo, comenzó a esbozar una sonrisa sincera. El sonido antes indefinido, comenzó a poder identificarse con las sirenas de diversas patrullas policiales… Y aquel escenario iluminado eran las afueras de un depósito, con todas las luces de la policía enfocadas en los sospechosos, que eran esposados en ese preciso momento.
Se había acabado, así como le había dicho esa voz misteriosa que lo había llamado por su apellido real…
'Un momento. '
– Kudou… – repitió, con una voz que sólo había podido usar gracias a un moño cambiador de voces.
Se palpó el cuerpo y el rostro repetidas veces, y se acercó a un automóvil de la policía para verse reflejado en el vidrio… Y Shinichi Kudou le devolvió el gesto. Sonrió hasta casi acalambrarse el rostro, y se volteó a ver la escena.
Era él mismo otra vez, y Gin y Vodka eran arrastrados por la policía a un coche patrulla. El hombre de cabello largo plateado no cabía en sí de ira, maldiciendo a todo aquel que lo tocara.
– ¡Kudou! Vamos a llevarlos a la comisaría. ¿Por qué no nos acompañás en el interrogatorio? Seguro que querés saber más de-
Megure-keibu no tuvo que decir más, ya que Shinichi ya estaba sentado en el asiento delantero del coche patrulla.
Mientras el automóvil seguía su ruta, Shinichi sentía que el corazón iba a salírsele por la boca. Los había atrapado, era él mismo… Se había acabado. Una idea clara de lo que debía hacer se había formado en su mente. Había una persona que había sufrido en silencio su ausencia, y, ahora que sabía que estaba a salvo, era hora de que supiera toda la verdad.
Sintió como el auto se detenía y mientras los hombres de negro eran escoltados dentro de la comisaría, el detective adolescente se dio un tiempo para organizarse. ¿Cómo decírselo? ¿Echaría de menos al niño de anteojos…?
– … Ran. – suspiró, recordándola.
Un murmullo leve se escuchó desde atrás, haciendo que Shinichi se voltee con sorpresa. Ahí estaba ella, como si la hubiera llamado, sentada donde hacía un segundo estaban Gin y Vodka. El vidrio que separaba los asientos delanteros de los traseros no permitía que el sonido se colara, así que el joven abandonó su cómodo asiento para abrir la puerta trasera y sentarse al lado de su amiga de la infancia.
La sonrisa que tenía se difuminó en un segundo, en cuanto la vio. Había algo extraño en su gesto, y algo más extraño en su blazer del colegio y su corbata tirados en el asiento.
– ¿Ran…?
Ella levantó su mirada para observarlo, y se corrió a un lado para darle espacio. Él se sentó a su lado y cerró la puerta, que hizo un ruido sordo que cortó el silencio del lugar, que parecía vacío. Le sonrió con una alegría profunda.
– ¡No vayas a darme una de tus patadas por haberme tardado tanto en volver, eh, Ran! Quiero creer que me ext-
– Shinichi… – murmuró ella casi en un ronroneo, inclinándose ligeramente hacia él.
Shinichi pensó que había algo realmente extraño en la forma en la que lo miraba.
Shinichi corroboró que había algo realmente extraño en Ran en el momento en el que ella pasó una pierna por encima de su cuerpo, sentándose sobre él, enfrentándolo.
– ¡R- Ran! – soltó, echándose lo más para atrás que el asiento le permitió. Comenzó a mirar hacia los costados, asustado de que alguien pudiera estar en las cercanías.
Desvió la mirada para verla a los ojos y casi escuchó el sonido de una barrera romperse. No pudo despegar la vista de la chica, de su gesto claramente relajado, ni pudo ignorar la sensación que le causaba tenerla encima, de sentir las piernas de ella a sus costados, y el peso de su cuerpo sobre él.
Quiso reír para volver la situación menos incómoda, pero nuevamente todo se le atragantaba en la garganta… Sus piernas… su cadera contra la de él…
– ¿Por qué lo negás? – habló ella, dirigiéndose directamente a él con una frase por primera vez.
– ¿N- negar qué? – se apresuró a responder – ¡Ran… Ran, alguien puede vernos!
La chica, que se había mantenido con un gesto impasible todo el tiempo, le sonrió juguetona. Se inclinó hacia él, casi pegándosele.
– ¿Es que no me querés… Shinichi…?
El aludido se desordenó el pelo con real desesperación. Era todo lo contrario, ¿pero cómo podía decírselo? Estaba desconcertado, asustado porque alguien los vea, y claramente alterado por la cercanía del cuerpo de la chica. Supuso que ella debía notarlo para ese entonces.
Ran se arqueó hacia él sutilmente y le habló al oído.
– Me deseás.
Lo afirmó. No era una pregunta. Su voz no temblaba, no dudaba: lo sabía. Shinichi tragó saliva. Sintió el pecho de su amiga de la infancia rozar el suyo, y volvió a escuchar otra barrera derrumbarse. Volvió a tragar saliva sonoramente, y no pudo más que responder con la verdad.
– … Siempre. – confesó, colocando sus manos en los hombros de ella, buscando separarla para mirarla a los ojos. No era el lugar para confesarle aquello, pero así se había dado. Lo que restaba era convencerla de ir a un lugar donde pudiese hablarle de lo ocurrido, y si todavía tenía todos sus órganos y articulaciones intactos, ahí… podría intentar acercarse en un sentido más físico.
Asintió mentalmente. El plan parecía honesto y genial, tanto que quería congratularse a sí mismo, si no fuera porque al separarla, ella subió sus propias manos a la camisa que ella misma llevaba puesta, y de forma lenta y tortuosa deshizo la unión de los botones.
Shinichi quiso tragar saliva, pero su garganta estaba completamente seca, y sus ojos imantados al cuerpo de Ran. Inventó un total de cientotreintaidos frases para pedirle que se detuviera, para explicarle que no era una buena idea desvestirse en un coche patrulla, y que peor idea era exponerse frente a alguien que prácticamente quería comérsela viva, pero sólo pudo soltar un monosílabo, mezcla entre un gemido y un gruñido gutural, que resonó en el automóvil.
La muchacha culminó su labor y volvió a dedicarle una sonrisa, al parecer entretenida con el hecho de que no pudiera mirarla directamente a los ojos por más de dos segundos.
El detective sacudió la cabeza varias veces, soltándose reprimendas a sí mismo. Mirarla así era, en el principio de la lista de cosas, totalmente irrespetuoso.
– ¡Ran-! – le volvió a poner las manos en los hombros, temblando porque el gesto no era para separarla sino para que sus manos no se deslicen solas a donde no deberían – ¡Estamos en un coche patrulla! No podemos…
– ¿Por qué, Shinichi…? – preguntó ella, con un tono inocente que hizo que al muchacho lo recorra un escalofrío de pies a cabeza. Cuando quiso responderle que podían encontrarlos, ella volvió a cuestionarlo – ¿Por qué… siempre… te reprimís? ¿Por qué lo negás…?
Ran tomó una mano del muchacho con delicadeza y la hizo descender con cuidado, hasta apoyarla en su delantera expuesta.
– Me querés.
Y la última barrera se rompió en mil pedazos.
Shinichi, desprovisto de todo el autocontrol que se había forzado a mantener, deslizó con velocidad una mano en torno a la cintura de ella, acercándola para unir así sus labios. Tembló cuando sintió la calidez de unos labios que había deseado desde los comienzos de su adolescencia, pero tantos sentimientos agolpados no iban a entorpecer la labor que tenía entre manos. Recorrió con su mano toda la espalda de la chica, disfrutando de cada espacio de piel que estaba expuesto, y emanando un gruñido, le quitó la camisa.
Ella soltó un gemido de sorpresa al verse descubierta así, pero el muchacho no reparó en ello. No, esa karateka había liberado a una bestia que estaba reprimida hacía muchos años como para hacerla echarse atrás. Ran sonrió de forma lasciva y le puso las manos en los hombros, separándolo de ella.
– Ran. – la llamó, no con la ternura y preocupación que venía usando hasta ahora, sino más bien como un reproche por separar sus cuerpos.
Volvió a quedarse sin habla, ya que la intención de su amiga era todo menos inocente. Se estaba separando para permitirle admirar la vista, para dejarlo ver su cuerpo cubierto en su parte superior sólo por el sostén.
En el auto sólo se escuchaba el sonido de la respiración agitada de ambos.
– Estoy a un paso de no poder detenerme, Ran. – confesó con un tono ronco, apretando las uñas en torno a la tela del asiento del coche.
La chica rió suavemente, y se corrió un mechón, pasándolo detrás de su oreja. Hizo un movimiento con su cadera, aprovechando la posición en la que estaban. Recibió a modo de respuesta un beso violento, pasional y que trasmitía todo aquello que se había guardado desde que se había dado cuenta de que su amiga le atraía de una forma más adulta de la que había pensado.
Enredó los dedos en el cabello de la chica, acercándola con la otra mano puesta en su cintura, y exploró el interior de su boca, apretándola contra él. La escuchó gemir dentro del beso y tuvo que apretar los músculos para controlarse e ir más despacio con ella.
– S—Shinichi… – gimió, inclinándose levemente para morderle el cuello. El detective ladeó ligeramente la cabeza para darle espacio, pero la presión que sentía justo donde ella estaba sentada se estaba tornando dolorosa, entre sus gemidos y sus reacciones.
De un movimiento menos brusco que los demás, cambió de posiciones, poniéndola bajo él, acostándola en el asiento donde estaban. Ella volvió a murmurar su nombre y él sólo pudo hundirse nuevamente en sus labios, acariciándole la espalda buscando el enganche de su sujetador. La tela que los separaba ya comenzaba a molestarlo, y ya habían llegado a un punto en el que no podía fingir desinterés por lo que dicha prenda ocultaba.
Un sonido estridente, que le pareció reconocer, inundó el ambiente. El muchacho intentó ignorarlo, y una vez encontró el enganche del sostén, lo soltó. ¿Cuántas veces había soñado con tenerla así, bajo su cuerpo, gimiendo su nombre…?
– Ran… – murmuró por lo bajo, extasiado.
Y el sonido se hizo cada vez más fuerte y no fácil de ignorar.
– Shi… ni… chi… – gimió ella, apretando las piernas en torno a la cadera de él.
– ¡Ran…! – gruñó él, sin poder contenerse, apresurándose a mover las manos para quitarle la molesta prenda…
Y reconoció el sonido molesto como el de su celular. Abrió los ojos de par en par, empapado en sudor, y desconcertado. Miró a su alrededor y vio su habitación, y pocos segundos tardó en notar que había sido despertado del mejor sueño que había tenido en su vida.
Tomó el celular en su mano pequeña y no comprendió cómo este no se rompió en mil pedazos.
– ¡¿QUÉ?!
– ¡Aaaah! ¿Qué maneras son esas de saludarme, Kudou?! – dijo muy ofendido el muchacho que había llamado por teléfono.
– Hattori, te podés ir a la mierda.
Heiji pestañeó unas cuantas veces, sin entender la absolutamente profunda ira del niñito.
– ¿L—llamo en mal momento?
– VOY A ASESINARTE, Y VOY A ESCONDER TU CADÁVER Y JAMÁS VAN A DESCUBRIRLO.
Supuso que aunque no lo estuviera escuchando al teléfono, sus gritos llegarían a Osaka.
– VOY A ASEGURARME DE QUE SEA UNA MUERTE DOLORSA, HATTORI.
– Kudou, ¿qué te pasa?!
– ¡O MORÍ POR TU PROPIA CUENTA Y AHORRAME EL VIAJE A OSAKA!
Heiji escuchó el sonido del teléfono que indicaba que el receptor había cortado la llamada. De todos modos, lejos de alguna reacción, se quedó allí, mirando la pantalla, sin comprender exactamente qué había hecho.
Conan se dejó caer nuevamente al futon, apretando los puños con fuerza. A veces, prefería las pesadillas.
