Tabla: 30 leyes de Murphy
Tema: #14: Use la vestimenta apropiada y el papel se representa solo.
Rating: K (¡sanito, para toda la familia!)
Nota: La idea para este fic me viene dando vueltas por la cabeza hace mucho tiempo, así que tenía que plasmarla. ¡Pido infinitas disculpas por mi INCAPACIDAD ABSOLUTA para inventar y redactar casos! Más allá de eso, no hay mucho que explicar, pero voy a utilizar estas notas para agradecer el primer review (¡emoción!). Tu crítica sobre la forma de redacción me dio de lleno, y creo que tenés mucha razón, así que... hice el intento. Si se me escapa el modo argentino pido perdón, pero traté de hacerlo más neutro. ¡Te dedico este capítulo! Ah, y con respecto a la pregunta del lemon que me hiciste, todavía lo estoy pensando. Porque hay una suerte de lemon, según lo que planifiqué... pero no les va a gustar nada de qué va.
(Heiji Hattori me apunta con un arma, así que pido honorablemente disculpas por haberlo mandado a la reverendísima mierda en el capítulo anterior. Perdón, Hattori, perdóoooon... podés bajar la escopeta, ya está...)
#14: Use la vestimenta apropiada y el papel se representa solo.
La víctima y el velador
La imagen era horrenda. La sangre, que se había esparcido por toda la –antes – pulcra alfombra del living, inundaba la habitación de un hedor macabro al que, lamentablemente, todos los que la habitaban estaban acostumbrados. Por otro lado, la mujer de la que manaba la siniestra corriente líquida era tan hermosa que la escena se volvía más cínica. Su piel pálida contrastaba con el color oscuro de la sangre proveniente de la herida de bala que tenía en el pecho. Su gesto, no obstante, lejos de parecerse a quienes eran abatidos por un arma de fuego que veían frente a frente, era calmo. Normalmente, uno se imaginaría que el rostro podría haber sido desfigurado por el miedo de la situación, dejándole una mueca post-mortem no muy relajada; no obstante, la mujer tenía un rictus sereno... como si durmiera.
El cabello marrón estaba esparcido, y los claros ojos liláceos, cerrados.
– Un tiro en el corazón. – murmuró un niño de anteojos, arrodillado a un lado del cadáver – Muerte instantánea.
Metió las manos en los bolsillos y repasó el cuerpo con sus ojos. Y tuvo que aceptar la verdad: jamás pensó que Ran sería la víctima. Arrugó el ceño, un gesto usual cuando llegaba la hora de pensar. Caminó alrededor del cuerpo de la mujer, buscando cualquier evidencia que podría habérsele escapado.
– Conan-kun… ¡Conan-kun! – repitió con exasperación una voz que el niño conocía a la perfección – Tengo aquí los informes… Como bien dijiste, ningún testeo de pólvora dio positivo.
El pequeño se acomodó las gafas, mientras le hacía un gesto de agradecimiento a Sato, que sostenía los estudios en la mano, y volvió a repasar la escena del crimen, restándole importancia al cuerpo que yacía en el medio de la iluminada habitación, y prestándole más a las llaves tiradas al lado de la víctima, a la ventana y a los libros esparcidos.
'Veamos' pensó el pequeño, acariciándose la barbilla en gesto pensativo, 'el cuarto estaba completamente cerrado antes de que consiguiéramos la llave. Encontramos el cuerpo en el medio de la habitación, con un tiro en el corazón. Y todos los invitados esta noche hicieron la prueba que demuestra si existen residuos de pólvora en su ropa, y todos dieron negativo'.
Los tres policías que se encontraban en la sala observaron con atención su incesante vaivén por la escena del crimen. De vez en cuando intercambiaban miradas, pero de inmediato volvían a centrar su interés en el pequeño detective.
– Tiene que haber sido alguien de afuera. El culpable no puede estar entre los que se encuentran en este momento en la casa. – concluyó Takagi, luego de echarle un vistazo a los que habitaban la sala contigua, sospechosos del crimen.
– ¡A-re-re! ¿Takagi-keiji cree en fantasmas?
– ¿Fa—Fantasmas?! – gritó Takagi, mirando con cierto pánico al niño, y alternando la mirada con Sato, que parecía entretenida con el tópico de la charla.
El niño sonrió y sus anteojos mostraron un destello.
– Porque… Si revisamos todas las ventanas y vimos que todas estaban cerradas, y ninguna estaba forzada, y en el momento del crimen, Sato-keiji y Takagi-keiji estaban en la puerta de entrada… ¡Bueno, es que solamente un fantasma podría haberse escabullido sin que lo vieran!
Sato le sonrió con ternura al niño e intercambió una mueca con Takagi, que miraba de vez en vez al cuerpo de Ran.
'La cerradura no estaba forzada. Ella conocía al atacante' pensó con tranquilidad el niño, y volvió a pasearse por la escena.
– ¡Oi, oi! ¿nos van a tener mucho más tiempo o qué? – gritó una voz desde la otra habitación, en un claro osaka-ben.
– ¿Alguna idea en mente, Conan-kun? – preguntó Megure-keibu, al notar la impaciencia de los sospechosos.
– Ahora que sabemos que el culpable es uno de ellos, tenemos que interrogarlos. – dijo, casi en una orden, el pequeño.
Sato obedeció y mandó a llamar a todos los sospechosos, que esperaban en la habitación contigua a la que tenía el cadáver. Uno a uno fueron entrando, sentándose lejos del cadáver. Los siete miraron el cuerpo de Ran, tendido en un charco de sangre ya casi seca, pero más atención le prestaban al niño que se paseaba de lado a lado, buscando pistas.
Conan se paró entre el cuerpo y un velador, mirando a ambos por amplios períodos de tiempo. 'Entiendo… entiendo cómo fue, pero no entiendo cómo logró cerrar el cuarto… Tch, tampoco sé quién fue…'.
– Vamos a hacerles unas preguntas. – siseó, tajante, Megure-keibu. En su porte de policía, era casi imposible contradecirlo – Quisiéramos confirmar sus coartadas para la hora del crimen.
Una mujer de cabello casi rubio y una gran vincha como decoración dio un paso hacia adelante, accediendo a ser la primera interrogada. Se le escapó una mueca al ver el cuerpo de su mejor amiga tendido en un río de sangre.
– Yo estaba en el living con todos ustedes… ¡No me mires así, niñato, no puedo ser la culpable! – se defendió Sonoko, colocándose las manos en la cadera – Yo estaba en el living con Kazuha-chan y Makoto, tomando un café. Escuchamos el tiro y corrimos, como todos, hasta aquí arriba. Cualquiera de los dos puede confirmar la coartada.
Los susodichos asintieron con la cabeza. Kazuha ladeó la cabeza mirando al niño, apretando el agarre que tenía alrededor del brazo de un muchacho moreno, que decidió ser el siguiente en explicar su situación.
– En el momento del crimen, estaba en el balcón con Kudo… – comenzó Heiji, a lo que Kazuha lo miró extrañada – En fin, estábamos hablando de Holmes- Más bien, yo estaba soportando oírlo hablar de Holmes, cuando decidió ir a mostrarme un libro. Y como dijo esa nee-chan, me encontré con todos cuando escuché el disparo.
– Entonces no tienes coartada. – murmuró, con un gesto casi de vergüenza ajena, Conan.
Las miradas de todos en el lugar recayeron en un hombre sentado con intranquilidad en un sillón cercano al cadáver, que jugaba con un cigarrillo entre sus dedos.
– … ¿Uh? ¿Qué…? ¿Qué? ¿Qué me miran? ¡Es mi hija, no podría haberla matado! – gritó Kogoro, bastante molesto. – Además, estaba con Agasa-hakase tomando unas copas.
Mientras Agasa asentía con la cabeza, Kogoro esbozó una sonrisa tonta y se balanceó de lado a lado, emulando que tomaba y que, por la embriaguez, caía dormido. Algo que solía suceder, haciendo que esa pantomima se vuelva innecesaria. El patético acto fue detenido cuando se escuchó un ruido sordo que retumbó en la habitación que hizo que algunos de los que la habitaban en ese momento se voltearan a ver.
– ¡A—au!
– ¿Qué pasa, Kudo? – preguntó Heiji Hattori, acercándose a él.
– Nada, nada…
El pequeño Conan se acercó al objeto que había hecho el ruido, y lo reconoció como las llaves de la habitación. Con gesto pensante, se arrodilló al lado del cuerpo y lo miró por largo rato. El rostro, tranquilo, estaba iluminado por la luz de la habitación y de los veladores.
Las llaves. El velador.
¡Lo tenía, lo tenía!
'Eso todavía tiene que estar aquí, si mi deducción es correcta' pensó con alegría, correteando por la casa con seguridad, mientras los sospechosos lo miraban con sorpresa y muchos de ellos sonreían. Sin prestarles atención, se paró frente a una pared que tenía una pequeña repisa y sonrió casi siniestramente al ver comprobada su teoría. 'Lo sabía. El culpable tiene que ser él. No hay otra explicación.'
Volvió a los saltos, inundado por la sensación fresca y confortante que le causaba resolver un misterio. Pasó el cuerpo de Ran de un saltito, se aclaró la garganta, y miró a todos los sospechosos, que esperaban con ansias este momento.
– Chiisana tantei… ¿Ya encontraste al culpable?
– En efecto. – dijo él, acomodándose los anteojos, contento de recibir de golpe toda la atención. – El culpable nos engañó a todos desde un principio. Pensamos en… algo como… ¿cómo podría haberle disparado si todo estaba cerrado? El crimen se cometió de una manera simple: el culpable tocó la puerta, disparó a la víctima, y esperó a que todos llegáramos para jugar su papel de inocencia.
– ¡Pero si la puerta estaba cerrada con llave, Conan-kun! – explicó Kazuha, arrodillándose frente al niño.
– Y allí está el engaño. La puerta… jamás estuvo cerrada para el criminal.
Su voz había bajado algunas octavas al decir esa última frase, cosa que hizo que todos contengan el aliento.
– Pero entonces, ¿cómo…? ¡Si todos vimos…!
– Lo que vimos fue una farsa. Existen dos copias de la llave: una que poseía la víctima, y una de repuesto, que supuestamente fue a buscar quien nos abrió la puerta…
El aludido abrió los ojos, mostrando sus pupilas dilatadas de golpe.
– Así es… El culpable es… ¡usted, el marido de la víctima, Shinichi Kudo!
– Momento, momento, Conan. Todos me vieron abrir la puerta. ¿Cómo puedo haber fingido abrir una puerta? – Shinichi extendió los brazos, acercándose al pequeño de gafas.
… Y aquello logró que el niño esboce una sonrisa sincera.
– Oh, no, claro. La puerta estaba cerrada. La farsa fue hacernos creer que con la que estaba abriendo era con la llave de repuesto. Usó la llave que le quitó a su víctima luego de matarla: fingió haber recién llegado al lugar, y corrió a buscar las supuestas llaves de repuesto. Al abrir la puerta, lo único que tuvo que hacer fue dejar caer las llaves de la víctima al piso, y en el momento que todos nos acercamos al cuerpo, patearlas para que pareciese como si nunca hubieran salido de aquí. Siempre las tuvo en su poder. Sólo tuvo que cerrar la puerta luego de matarla. Fue rápido: el tiempo en el que supuestamente había ido a buscar el libro de Holmes para mostrarle a Hattori Heiji.
Todos se quedaron sin habla y observaron al niño caminar de lado a lado, exponiendo su teoría. Lo hacía con una tranquilidad absoluta, que cualquiera que lo viera de afuera, no entendería el lazo que unía a Ran, la víctima, con el pequeño.
– Si va a culparme, pequeño detective, tiene que mostrarme pruebas.
– ¿Por qué no se acercan a la repisa donde están las llaves…? Si usted no es el culpable, allí no debería haber una llave de repuesto, ya que debería ser la que usted trajo consigo. ¿Puede mostrarnos la llave…?
Shinichi enmudeció, bajando los brazos de a poco.
– No es prueba suficiente, Conan-kun. – dijo Sato, acercándose a él – ¿Por qué no hay residuos de pólvora en su ropa…?
– Eso fue fácil. La lámpara de allí… – señaló el niño – ¿Ven la pantalla de esa lámpara? … Es especialmente chica en la parte de arriba, ¿no creen? Tiene el diámetro suficiente para que pase un arma… evitando así que la pólvora pase a quien la sostiene.
– ¿Pero cómo consiguió Kudo que nee-chan no le diga nada? – cuestionó Hattori – Nadie entra a una habitación y toma la pantalla de un velador…
– Ugh… Es normal que hablen de eso… Hace siglos que mamá le pide que lo repare.
– ¡Eso es verdad! – protestó ella.
– Ran, eres el cadáver. Compórtate como tal. – siseó Shinichi.
– Perdón…
Takagi entró a la habitación a las corridas.
– ¡Es verdad! ¡Las llaves de repuesto están en la repisa, y la pantalla de la lámpara dio positivo a la pólvora!
Shinichi rió a viva voz, como todos en la habitación, y extendió sus dos manos hacia adelante, en dirección a Megure, pero mirando al niño.
– ¿Va a arrestarme ahora, oficial, o puedo despedirme de mi… – torció la mirada para ver a Ran, que lo miraba entretenida desde el suelo – … pseudo-difunta esposa?
Kazuha estrechó entre sus brazos al pequeño Conan, que se puso rojo de la vergüenza al sentir el afecto asfixiante de la aikidoka. Hizo muchas piruetas intentando deshacerse de la unión, ya que tenía una idea fija en la mente y necesitaba ir hacia allí.
– ¡Digno, digno hijo de Kudo! – dijo Megure-keibu, aplaudiendo la deducción del niño.
Ran levantó su torso lentamente, riéndose al mismo tiempo que su amiga Sonoko. No llegó a incorporarse del todo, ya que los brazos de su esposo se cerraron en torno a ella y no le permitieron moverse.
– ¡Odio que interpretes a la víctima!
– Pero tú fuiste el que dijo que debíamos abandonar la muerte del señor Tigre y el misterioso inspector Winnie Pooh, – respondió Ran, nombrando peluches – para 'darle a Conan un ambiente más real en los casos'.
– ¡Pero no su madre! ¡Y yo no su asesino!
– ¡Pero si tu inventaste el caso, Kudo! – rió Heiji – Buena deducción, niñato. Vas a ser mejor que tu padre, muchacho, y casi tan bueno como yo...
Ignorando el golpe estridente que le propinó Kazuha a su marido, Shinichi hizo un mohín que Ran no pudo resistir. Enroscó los brazos alrededor del cuello de su amigo, esposo y compañero y juntó su frente con la de él.
– Siempre vas a estar ahí para protegerme. Siempre estuviste.
Ambos acercaron sus rostros con lentitud, sintiendo aquel usual repiqueteo en el corazón que, aún después de nueve años de casados, no cedía lugar a emociones más tranquilas. Pero sus labios no llegaron a tocarse, por un grito desaforado de un pequeño de ocho años.
– ¡No quiero que la víctima sea mamáaaaaaaaaaaa!
Todos sonrieron con ternura al ver el llanto sin trapujo alguno de parte del niño, que en pocos segundos estaba siendo consolado en los brazos de su madre.
– Excelente deducción, Conan. – dijo Shinichi, felicitándolo orgulloso, acariciando con cierta violencia el cabello de su hijo – ¿Pero qué hubieras hecho si me hubiese llevado las llaves de repuesto?
El pequeñín sollozó levemente contra el cuerpo de su madre.
– H—hubiera mandado a revisarte. No las podrías haber escondido muy lejos… y para que no te descubrieran, no podrías haberlas dejado en cualquier lugar…
Su sollozo fue dando paso a una serie de charlas con su padre sobre las dificultades de la investigación. Ran observó a los dos por largo rato. Su hijo, Conan, era un reflejo exacto de su padre. Como si no hubiera tenido suficiente con un padre detective y un amigo de la infancia fanático del misterio, su hijo había heredado la pasión por los crímenes. Shinichi emulaba casos para él, que se divertía en grande resolviéndolos. La mujer acarició el cabello del niño, un tanto más claro que el de su padre (herencia de ella, probablemente), y lo vio acomodarse los anteojos. Casi parecía un chiste que tuviera problemas de vista, heredados de su abuela Eri y su abuelo Yuusaku: era un reflejo exacto de su esposo cuando había tenido que hacerse pasar por un tal Conan Edogawa.
Aquel guerrero formidable que se había mantenido a su lado, protegiéndola sin flaquear, mientras ella lloraba creyéndolo perdido. Tanto había amado a ese pequeño que en cuanto se enteró que estaba embarazada decidió, sin derecho a réplica, que aquella criatura llevaría ese nombre. ¿Y qué iba a quejarse su padre, que admiraba a Sir Arthur Conan Doyle?
Ran cerró los ojos, y agradeció a la vida por el camino que habían podido seguir después de tantas mentiras y tanto dolor. Su esposo le rodeaba los hombros con un brazo y su hijo reposaba con paz en sus piernas, apoyado contra su pecho. ¿Qué más podía pedir?
– Señores, ¿les parece bien si este cadáver se cambia y limpia el desastre que dejó su esposo asesino? Los invitados- es decir, los sospechosos, seguro quieren un café.
Kazuha y Sonoko rieron al unísono y se acercaron para ayudarla y charlar con ella sobre las técnicas que le había enseñado Yukiko para fingir la sangre desparramada por la habitación.
Conan sonrió al ver a su mamá reír con soltura y colocó las manos dentro de sus bolsillos. Pestañeó al voltearse a ver a su padre, que estaba arrodillado a su lado pero miraba un punto fijo en la habitación.
– Tengo que reparar esa lámpara, ¿no?
