Tabla: 30 leyes de Murphy
Tema: #28 - No puedes caerte del suelo
Rating: K
Nota: Me asusta muchísimo pensar que creí que este fic me costaría horrores. Pensé que iba a tener que ponerle toda la fuerza de voluntad de la que pudiera hacer acopio, y cuando me quise dar cuenta, las palabras salían solas. Por esa misma razón, supongo que debe estar bastante horrible. ¡En fin! ¡Espero que lo disfruten! No es usual en mí hacer este tipo de cosas, y en cierto punto, les va a sonar a una pareja totalmente distinta al ShinRan. Me salió del alma, sepan comprender (?). ¡Gracias al nuevo review! (ya son dos, me siento toda una celebridad). Le dedicaría a ella con cariño el fic, pero me parece que prefiero dejarlo para una ocasión en el que el fic sea más... errh... dedicable.
#28: No puedes caerte del suelo
El delfín y el tiburón
No entiendo exactamente por qué me siento a escribir esto. No sé si pretendo realizar una descarga, si le estoy haciendo caso a mi terapeuta, o si simplemente estoy permitiendo que una pulsión tome control de mí. Una pulsión un tanto desagradable, casi dolorosa, que me empuja a redactar lo que está dentro de mi cabeza.
Nunca fui buena expresando mis sentimientos en palabras. O tal vez me engaño y siempre lo fui, pero disfrazarlo de chistes y mentiras es mi habilidad más desarrollada. La verdad es que con el tiempo descubrí que esa práctica es patética, casi tan patética como yo que estoy aquí, llorando y escribiéndole a nadie. La adolescencia que jamás me permití tener se está manifestando de golpe y porraso, y es claramente avasallante y, en mayor medida, ridícula.
¿Que deje de dar vueltas?
Tienen razón.
Estoy perdidamente enamorada de Kudo. Siempre lo estuve. Y nunca pude decírselo. Rectifico, porque no me gusta tachar: no creo poder decírselo nunca. Mi subconsciente me juega malas pasadas y hace que confiese de a trozos aquello que siento, para luego tratar de repararlo con un "Estaba bromeando". Él es suficientemente ingenuo como para creerme. O es ingenuo, o idiota, o ambas cosas. El punto es que nunca entiende- o que jamás quiso entender. Supongo que le convenía ignorar mis sentimientos, antes que tener que enfrentarme cara a cara y decirme que no sentía lo mismo por mí.
No, rectifico, es un idiota.
Pero es un idiota que amo. Listo, ya lo dije. Espero, señor terapeuta, esté contento. Yo no lo estoy, si le importa saberlo. Y no, tampoco me siento liberada. De hecho, me siento una imbécil.
Esta carta, de todos modos, no es para hablarles de Kudo. En eso, creo que cada fibra de mi cuerpo está de acuerdo. Ustedes imaginen lo que es sentirse solos en el mundo… Solos. Sin nadie como ustedes, sin alguien con una historia similar con quien compartir las vivencias, las sensaciones. Y de repente, ese alguien aparece. Y es apuesto, condenadamente bueno, estúpidamente obstinado y sencillamente irresistible.
Siempre pensé que nuestra historia con Kudo sería un cuento de hadas. Los dos sufríamos los efectos de la droga que creé, los dos vivíamos con miedo, escondidos. Los dos fuimos brillantes para la edad que teníamos. Dos personas inteligentes, atractivas, con un problema en común. ¿Qué clase de historia no los une? Pues la mía.
Porque está ella.
Ugh, menos mal que no iba a hablar de Kudo. La intención real de esta carta es hablar sobre esa mujer. No sé si lo han notado, pero me niego a llamarla por su nombre. Siempre que hablo con él le digo 'tu chica', 'tu novia', 'tu princesa', 'tu persona especial'. Todo eso duele menos que pronunciar su nombre. A veces, ponerle un nombre a algo nos vuelve cercanos a eso que queremos nombrar. Y yo quiero muchas cosas de ella, pero su cercanía justamente no es algo que me interese obtener. Hechas las advertencias, sabrán entonces comprender por qué jamás la llamaré por su nombre a lo largo de este escrito. Descargo. Lo que sea…
¿Por qué duele, se preguntan? Bueno, yo también me lo pregunto, en cierto punto. Voy a intentar dejar que los sentimientos fluyan solos y guíen mis dedos al escribir.
No me duele que Kudo la haya elegido. No me duele porque sienta que Kudo y yo seríamos la pareja perfecta. Me duele saber que esa chica es un ángel. Que merece todo lo bueno que la vida le pueda dar… y que se me retuercen las entrañas de pensarlo.
Ella es todo lo que un hombre podría pedir de una mujer: es atenta, amable, servicial, alegre, y sabe defenderse perfectamente por sí sola. No es muy brillante ni especialmente bonita, pero tiene un alma pura, blanca y casi celestial. ¿Quién iba a querer a un demonio como yo, teniendo siempre a un ángel caído del cielo?
Un tiburón, que escapó de la oscuridad y el frío del océano, jamás puede enfrentarse a la majestuosidad del delfín, la más amada criatura de los mares. Bajo ningún concepto.
Si lucharan, el tiburón le ganaría al bello delfín. El tiburón es más fuerte. Pero todos quieren al condenado delfín. El delfín es hermoso, es amigable con todos los seres humanos… ¿Qué diantres viene a hacer un horrible tiburón en esa imagen perfecta? Eso sería una competencia desigual. Y es en ello donde radica el nudo del problema: siempre me sentí en desventaja. ¿Cómo podía competir yo con un paradigma absoluto de perfección?
…
¿Por qué creen que la ignoré durante meses? Ella, con esa sonrisa amable y esos gestos suaves y maternales, lograba que me dieran espasmos en lo más interno de mi corazón. Nada de sensaciones agradables, nada de mariposas en el estómago: 'náuseas' me parece una palabra más cercana a lo que intento definirles.
Y no le importaba. Nunca le importó. Hizo todo, lo posible y lo imposible, sin pedir a cambio ni un miserable gesto de mis labios.
Tanta luz me cegaba, tanto amor me asqueaba… tanta dulzura me daba diabetes.
¿Quién la había mandado a ser tan agradecida, tan buena, y a hacer tan poco alarde de esas cualidades?
De todos modos, era igual de desagradable verlo a él cuando ella estaba presente. Estaban tan destinados el uno al otro, tan enamorados que la envidia me carcomía hasta los rincones más recónditos de mi cuerpo. ¿Entienden lo mucho que se atraían que hasta sin ser él mismo, ella siempre lo miró con otros ojos? Como Edogawa, no como Kudo. Los mismos ojos. Creo que ni ella lo notó. Pero yo, oh, yo sí. Yo siempre escucho cuando el resto cree que no presto atención alguna. Yo siempre miro cuando todos creen que ignoro.
De todos modos, ella es excelente a la hora de ocultarlo. Yo sé que llora cuando nadie la ve. Yo sé, como mujer, lo que sufre. Sin Kudo, se siente vacía… Y Kudo está conmigo. Y él sabe que ella sufre, y a su vez reconoce que no puede hacer nada.
Y él… él por lo menos pudo hablarlo conmigo. Ella, en cambio, coloca esa pantalla de fortaleza que todos se tragan. Ah, pero yo no. Esa chica no se da cuenta que para alguien lo suficientemente observador, su pantalla tan concienzudamente trabajada se vuelve una pared de cristal. ¡Pero ahí está! ¡ella puede protegerse, y yo no... y yo aquí, detestándola! A veces siento que no puedo caer más bajo. A veces me recuerdo a mí misma que no se puede caer más bajo que el suelo.
… Ella es igual a Akemi. Idéntica a Akemi. Mi pecho se contrae al pensarlo. Supongo que siempre quise evitar pensar en esto. Terapeuta, espero esté saltando en su diván.
¿Por qué a gente como ella le toca sufrir? ¿Es tan fuerte como aparenta? Las flores son frágiles y efímeras. No importa qué tan bien las protejas del viento o de la lluvia, aún si están tras un manto protector… Las flores morirán sin la luz del sol. Dije algo así una vez. Creo haberme equivocado en lo que le pregunté.
"¿Vas a dejarla morir, Kudo?"
Sí. Porque tú eres su luz solar. Sólo la estás protegiendo de la tormenta.
Eventualmente, si esta situación no se revierte, va a terminar marchitándose. Como una bonita planta mal cuidada. Y con ello, se va a marchitar también el alma de Kudo. Yo jamás voy a poder repararla... Esa dependencia me enferma. Estamos en una situación de vida o muerte, y él se da el lujo de amarla como nunca nadie amó a una mujer. Todo sería más fácil si escapáramos… todo sería más simple si fuéramos él y yo. Todo sería mejor si ese amor fuera para mí.
Pero ahí está ella. Y la odio. La odio profundamente. Odio su amabilidad, odio su bondad, odio su luz, odio su pelo, su cuerpo, odio todo el amor que puede profesar, odio su existencia y odio que él la ame.
Pero lo que más odio de ella es que siempre se preocupó por mí.
Lo que más odio de ella es que es y fue capaz de dar la vida por mí.
Lo que más odio de ella es que es mejor persona que yo.
Lo que más odio es que no merezca mi odio.
Shiho Miyano (tachado)
Ai Haibara
