Tabla: 30 leyes de Murphy
Tema: #15 - No hay nada más respetable que una maldad antigua.
Rating: K
Nota: No estoy muy conforme con esto... Pero mientras más vueltas le doy, más creo que no debería subirlo, y si me sigo autoconvenciendo, esta tabla termina en la nada. Le quiero dedicar este capítulo a Natu, por los preciosos reviews.

Esta vez sí tengo cosas que decir del capítulo. En realidad, no tenía programado subir este tan pronto, pero me pegó la inspiración y tuve que dejarlo salir. Este capítulo está basado en dos escritos: primero, la obra de teatro El Cyrano de Bergerac, una preciosísima y triste historia. Los detalles que incumben a esta historia están explicados dentro del fanfic, así que no los aburro más. El segundo escrito es "Las mujeres sabias" de Marco Denevi, dentro de su libro Falsificaciones. Denevi usa muchas obras clásicas y escribe algo así como parodias sobre las mismas. El Cyrano no fue la excepción, y recibió una versión de Denevi que es muy graciosa (para quienes hayan leído la historia). Es un escrito de un párrafo, nada más, así que lo incluí en la historia. ¡Muchas gracias por leer!

(Notita: las cursivas corresponden a fragmentos textuales de la obra de teatro)


#15: No hay nada más respetable que una maldad antigua

El Cyrano de Bergerac

(No te amo, amor mío)


.-.-.
"Los hombres la creen tonta. Creen que no se da cuenta de nada, que lo único que sabe hacer es maquillarse, sonreír, manejar con gracia el abanico y tocar el clavicordio. Roxanne no mata una mosca, dicen. Está siempre en las nubes, dicen. En fin, la tienen por una perfecta babieca a la que se la puede engañar como a un niño. Pero es ella quien engaña a todos. Ha comprendido desde el primer momento que las cartas de Christián las escribe Cyrano. Y que el famoso discurso debajo de su balcón lo pronunció Cyrano (reconoció su horrible voz gascona) y no Christián. Sabe que Cyrano es una lumbrera y que Christián es un burro. Pero ama a Christián y no ama a Cyrano. De modo que sigue la comedia. ¿O qué pretendemos? ¿Que admita, delante de todos nosotros, no ignorar las pocas luces de Christián y, sin embargo, estar enamorada de ese borrico? Entonces sí que la pondríamos en la picota. Sus amigas, sobre todo, se burlarían de ella. En cambio nos convence de que está convencida de la inteligencia de Christián gracias a los trucos de Cyrano. Después que se case con Christián todo el gasto de cerebro lo hará ella, aunque atribuyéndoselo a su marido." Falsificaciones, de Marco Denevi.
.-.-.


CHRISTIÁN.

¡Díselo todo!

CYRANO.

¡Te empeñas en tentarme!

CHRISTIÁN.

¡Estoy cansado de llevar en mí mismo un rival!


El engaño es, de todas, la más antigua maldad.Más antigua que la prostitución, la avaricia y el pan.

La luz del atardecer, filtrada en forma irregular por las ventanas, le daba a la habitación un tono anaranjado que nacaraba las paredes originalmente blancas, y la piel de una muchacha que, apoyada en su cama, leía un libro. La chica fruncía el ceño. Parecía disgustada con lo que leía. Las lacónicas risas que esbozaba parecían irónicas. De todos modos, no abandonó la lectura hasta que no escuchó la puerta de entrada.

– ¿Conan-kun? – preguntó, sonriendo sinceramente por primera vez en el día.

– ¡Estoy en casa, Ran-nee chan! – respondió el niño con un forzado tono infantil.

El pequeño dejó su bolso en el sillón de la habitación correspondiente a la agencia y subió velozmente escaleras arriba para encontrarse con ella, que apretaba el libro que leía contra su pecho y le sonreía con esa bondad que sólo Ran podía desprender. Sonrió al verla apoyada parcialmente en el marco de la puerta de su habitación e intercambió palabras vacías con respecto a su día. Al niño no le importaba el tópico de la charla: sólo quería verla al regresar y escucharla decir que estaba bien. Ese momento esperaba durante todo el día.

Conan sabía que Sonoko se había equivocado catastróficamente cuando le dijo a Eisuke que Shinichi era el marido a larga distancia de Ran. Vivían juntos, literalmente. Y una de las cosas que más le sorprendió a Conan con respecto a todo el embrollo en el que se vio metido es la emoción con la que esperaba volver a casa para verla allí, esperándolo.

Ran era para él, y pese a que pudiera sonar un tanto machista o rudo, como un lindo labrador. Fiel, siempre presente, siempre dispuesta… siempre allí. Nunca lejos. Siempre ahí cuando se la necesita. Tanta fidelidad hacía que se le encogiera el corazón al pensar en lo mucho que la dañaba al no decirle la verdad con respecto a su identidad.

Jamás se rendía. Ella esperaba fielmente, pese a todas las adversidades y vicisitudes. Por más muertes, por más accidentes, por más secuestros, ella jamás se iba del lado de las personas que la querían y necesitaban. La situación era tan injusta, pero ella era como un junco que, si bien se dobla, siempre sigue en pie.

Y esa bondad intransigente la cegaba.

Los casos no eran lo de ella. Conan sonrió para sus adentros. A Hattori, a Hondou… no les había tomado nada de tiempo darse cuenta de un secreto que guardaba con recelo. Y ella, que día a día lidiaba con sus mentiras y evidentes contradicciones, se tragaba toda la historia. Si no fuera por su ingenuidad, pensó, yo estaría frito.

Cuando se quiso dar cuenta, notó que hacía arduos minutos que la miraba, sonriente, sin decir palabra alguna. Supuso que ella estaría preguntándose qué pasaba, pero por el contrario, también lo miraba con dulzura.

– ¿Ran-nee chan tiene mucha tarea? – preguntó con inocencia, inclinándose hacia el libro que ella sostenía con recelo contra su pecho.

– ¿Eh? – la muchacha bajó la cabeza para ver a qué se refería. – Oh, esto. Nos pidieron en la escuela que lo leamos, pero yo ya lo leí hace mucho tiempo.

Ambos caminaron hacia dentro de la habitación de Ran mientras hablaban. Ella volvió a dejarse caer a la cama, con la espalda apoyada contra la pared. Conan cruzó los brazos encima del colchón de la cama y los usó como apoyo para su barbilla.

– De todos modos, es un tanto estúpido… – balbuceó ella, acariciando los bordes de las tapas de la encuadernación.

– ¿Estúpido?

– Es una obra de teatro. – le enseñó el libro, sosteniéndolo frente a él – Se llama 'El Cyrano de Bergerac'… No es que sea estúpido, es que… – trató de buscar las palabras para explicarse por unos segundos –… Creo que subestiman demasiado a Roxanne, la protagonista mujer.

Inocentemente, le preguntó de qué trataba el libro. No que no supiera, había leído esa obra de teatro varias veces, pero preguntarle le aseguraba que ella hablaría y él podría no prestarle la más mínima atención a sus palabras, para dedicarse pura y exclusivamente a su rostro, sus gestos y su cuerpo.

– ¡Oh! Es una historia un poco triste. – mencionó Ran, con un destello peculiar en los ojos que Conan no supo deducir – Cyrano es un poeta con una nariz gigante y fea, que está enamorado de su prima, Roxanne. Pero ella está enamorada de un idiota muy guapo… pero algo tonto. Cyrano quiere que sus sentimientos lleguen a Roxanne pero sabe que ella ama a Christián, el muchacho bonito, y entonces… escribe cartas para ella, firmándolas como Christián. Y así transcurre la historia… Cyrano intenta que Roxanne no se dé cuenta de que su enamorado es un asno, y de que es él quien realmente escribe las cartas. Terminan enviando a Christián y a Cyrano a la guerra, y el pobre niño bonito muere ahí.

Conan, como había predicho él mismo, no le prestó la más mínima atención. Ser, en realidad, un adulto con ciertas lecturas a cuestas, a veces tenía sus beneficios.

– Me da pena Cyrano. – mencionó él, sabiendo de antemano la historia. Trepó a la cama con fingida ingenuidad y tomó el libro, haciendo como si hojeara, sabiendo exactamente lo que buscaba. Se aclaró la garganta y, tratando de imitar a un hombre mayor, leyó – Este sentimiento, terrible y celoso que me invade, es verdadero amor... Tiene todo el furor triste del amor y sin embargo, no es egoísta ¡Ah! por tu felicidad yo daría la mía, aunque tú nunca llegaras a enterarte de nada. ¡Si alguna vez pudiera, aunque de lejos, oír la risa de la felicidad nacida de mi sacrificio!... ¡Cada mirada tuya suscita en mí una virtud nueva!... ¡me da más valor! ¿Te das cuenta? ¿Entiendes ahora lo que me pasa? ¿Sientes en esta sombra, subir hasta ti mi alma?

La miró con una sonrisa misteriosa, aún aniñada. Sabía que esas cosas la desconcertaban. De vez en cuando, estirar un poco el límite que tenía su farsa de infancia era divertido. Está bien: era poco lógico que un niño de su edad pudiera haber leído los kanjis que él acababa de recitar, pero encontraría alguna excusa para ello. Seguía siendo agradable verla descolocada por su repentina actitud…
Pero se congeló al ver la sonrisa de ella.

¡Sí! Tiemblo y lloro, y te amo, y soy tuya. ¡Tú me has enloquecido, me has embriagado! – le respondió, recordando de memoria un pasaje de la obra, exactamente el que seguía al que él citó, inclinándose hacia el pequeño.

Conan retrocedió, sintiendo cómo la sangre se le subía a las mejillas que se tornaban de un color rojizo. ¿Por qué Ran sonreía como si disfrutara de un chiste interno?

– ¿R- Ran-nee chan? – soltó, nervioso, aun retrocediendo.

– ¿No me preguntaste acaso por qué me parecía algo estúpido, Conan-kun?

Logró sonar calma y tranquila, pero a Conan se le hizo un nudo en la garganta. Algo en el rostro de Ran le decía 'yo también puedo jugar tus mismas cartas'.

– Cyrano le oculta la realidad a Roxanne aun cuando no tiene cómo negárselo… – suspiró – ¿Sabes? Yo creo que todos toman a Roxanne por idiota.

– ¿I- Idiota? – A Conan no le gustaba en lo absoluto a dónde estaba yendo a parar la conversación.

– Bueno… Es que… ¿Tu crees que Roxanne no sabía que Christián no era quien decía ser, y que Cyrano no tenía nada que ver con la repentina inteligencia de su enamorado? ¿Tu crees que Roxanne es idiota? Cyrano cree que es idiota. Christián cree que es idiota. Y nadie le quiere decir la verdad. Son todos demasiado cobardes.

El niño sintió que el mundo se le caía encima de los hombros.

– ¡Pero no! ¡Roxanne es bonita, Roxanne es adorable… no puede manejar la verdad! Sólo cuando Christián se entera que Roxanne no lo ama por su belleza sino por el contenido de sus cartas, le pide a Cyrano que le diga la verdad, que él no es el autor de esas pasionales palabras. Que el verdadero, enamorado escritor, es Cyrano. Pero Cyrano no escucha, no. Es muy cobarde como para enfrentarla.

La voz de su amiga de la infancia había subido algunas octavas. Parecía estar dejando salir algo que sentía sin miramientos, pero escuchándola con más atención, cada palabra parecía medida, expresada para dar a conocer lo justo y necesario. Calculada con una frialdad absoluta, con una calma displicente.

– Y la ve llorar. Y la ve sufrir. ¡Y Cyrano está ahí, sabiendo que la persona a la que ella ama es él! Pero no, no va a decírselo… y la cree tonta y bonita. Cree que ella no lo sabe... que no sabe la verdad.

La tranquilidad con la que hablaba estremecía cada uno de los nervios del cuerpo de Conan. La vio bajar la cabeza. Y rió con dulzura.

– Aunque estuviera oscuro… ¿en serio los lectores se creen que Roxanne no notó aquella noche que Christián le confesó su amor, que la voz era en realidad de Cyrano…? Simplemente, creo que la subestiman, Conan-kun. Por eso me parece estúpida.

Se hizo un silencio que para él fue eterno. Escuchaba el sonido del reloj y cada momento que pasaba era una puñalada en el pecho. La vio abrazarse las rodillas con gesto vacío. Comparecía frente a él estoica, tanto que casi era imposible darse cuenta que estaba tirando abajo una trabajosa mentira.

– Y me da pena que se lo confiese el momento antes de su muerte. Creo que… bueno, podría habérselo dicho antes de morirse. – se tomó unos segundos en silencio para medir lo que iba a decir – Hay ciertas personas que se creen eternas e inmortales… Y eso las hace pensar que tienen todo el tiempo del mundo para hacer lo que deberían haber hecho hace mucho tiempo.

Dejó el libro abierto en la cama, sin despegar su mirada de él. Él tragó saliva: había querido jugar con ella un poco, y la partida había cambiado sin que pudiera hacer nada al respecto. El viento movió las páginas de la obra de teatro, llegando a los últimos diálogos.

– ¿Cómo no iba a darse cuenta...? – alzó la cabeza para mirar al techo – ... La mentira es la maldad más antigüa del mundo.

Quiso gritar. Quiso preguntarle desde hacía cuánto lo sabía. Quiso aceptarlo todo, decirle la verdad. Quiso negárselo, y mentir. Quiso correr. Quiso abrazarla y reconfortarla. Quiso. Abrió la boca sin tener un discurso armado, pero todas las palabras se le atragantaron en la garganta.

¿Erais vos? – dijo ella, rompiendo el silencio.

¡No! – respondió él, velozmente, sin ser consciente exactamente de lo que hacía.

Hubiera debido adivinarlo cuando él decía mi nombre.

– ¡R- Ran-nee chan! – ella, con tranquilidad, se acercó a él – ¡No… No era yo!

¡Erais vos!

– P—Pero… Os juro…

Adivino toda esa impostura generosa. ¡Las cartas eran vuestras!

¡No!

¡Aquellas palabras amorosas y ardientes eran vuestras!

¡No!

Aquella voz en la oscuridad era vuestra.

¡Os juro que...!

Y el alma… – Ran se llevó una mano al pecho – El alma era la vuestra.

Yo nunca os amé.

Vos me amasteis.

¡Era el otro!

¡Vos me amasteis! – repitió ella, con seguridad.

¡No! – Conan dejó caer el libro a un costado y se quitó los anteojos con lentitud, hablando pausadamente – ... No, amor mío... ¡yo nunca os amé!

El engaño es, de todas, la más antigua maldad. Más antigua que la prostitución, la avaricia y el pan.