Tabla: 30 leyes de Murphy
Tema: #12 - Todas las cosas buenas de la vida son ilegales, inmorales o hacen engordar.
Rating: T


Los viernes y la caja de chocolates

Tendría alrededor de quince años. Me acerqué a la caja de chocolates como si en su interior fuera a hallar la cura contra el cáncer, o el sentido de la vida. En una escala, hay muy pocas cosas que causen tanta felicidad como el chocolate.

La abrí con cuidado, y cerré los ojos para olerlo. No sé por qué las personas hacemos eso de cerrar los ojos... Creo que es como si quisiéramos, de alguna manera, tapar otros sentidos y concentrarnos en el que nos causa placer inmediato. Creemos que cerrando los ojos, quitándole la 'forma', la parte visible, llegaremos tal vez a la esencia de ese algo.

Y así como el tiempo pasa sin que uno lleve cuenta de ello, despareció por completo el contenido de la caja.

Fue en ese momento cuando comenzó esa sensación… la culpa. Me imaginé la voz estridente de mi amigo de la infancia hablando sobre mi peso. Resonó en mi mente la voz de mi madre: "un minuto en tu boca, toda la vida en tus caderas". Me encogí en el sillón y me abracé las rodillas. ¿Qué pesaba más? ¿el chocolate, o la culpa?

Dicen que la vida es como una caja de bombones de chocolate. Nunca sabes qué vas a sacar. Pienso que el que dijo eso tenía mucha razón: no tienes idea de si vas a tomar el chocolate, el envoltorio, o si simplemente vas a tantear en el vacío. Y nadie dijo en esa metáfora si la caja estaba llena o vacía.

– ¿Ran? – me llamó él, con tono cauto, interrumpiendo mis pensamientos.

Entorné la cabeza para mirarlo. Él me devolvió la sonrisa.

– Lo siento, no te escuché entrar.

Se acercó a mí a pasos largos y apoyó sus labios suaves contra los míos, a modo de saludo. Temblé ante el contacto y me arqueé ligeramente hacia él… Hacia mi esposo. Nos separamos y me miró con sus ojos compasivos.

– ¿Todo está bien, Ran? – susurró, acariciando con ternura mi mejilla, con sincera preocupación.

Le gustaba decir mi nombre. Dejaba que las letras se deslizaran por su lengua, dándole un tono distinto dependiendo de la situación. Le gustaba nombrarme cada vez que podía. Lo escuché, noté el tono de preocupación, pero decidí no responderle… principalmente para no mentirle.

No piensen mal. Admiraba a mi esposo. Me podía pasar horas oyéndolo hablar sobre su apasionante trabajo. Era atento, respetuoso y me protegía tanto como yo lo protegía a él. Era muy apuesto, al punto que arrancaba las miradas de todas las mujeres… exactamente como cuando estábamos en el instituto. Pero si había algo que yo adoraba de él era su compasión y su preocupación por los otros. Siempre atento al prójimo, siempre dispuesto a ayudar sin mirar cómo, cuándo y quién, sin esperar nada a cambio.

Ese era el hombre con el que yo me había casado a los 20 años. Y ahora, a mis 27, mis sentimientos por él no habían cambiado.

Le sonreí, y una vez hube terminado de arreglarme el cabello, volví a sellar nuestros labios en un beso.

– Ve con cuidado. Y no salgas sin abrigo, por favor.

– ¿Qué haría yo sin mi reportero del clima? – bromeé, pasando el peso de mi cadera a una de mis piernas.

– Probablemente, pasarías más tiempo con neumonía que conmigo. – respondió con tono jocoso.

Me colgué la cartera al hombro y le dediqué una última mirada antes de partir. La misma con la que lo miraba todos los viernes antes de irme: la culpa.

– Saludos a Sonoko-san.

Asentí con la cabeza sin mirarlo, y lo saludé.

– Buenas noches, Tomoaki.

La culpa se desvanecía a cada paso. No porque no estuviera presente, pulsante como un puñal que se mimetizó con el alma, sino porque dejaba un respetuoso espacio a otras sensaciones. Me invadía la ansiedad, la esperanza, el deseo. Me recorrían el cuerpo y me hacían temblar al punto que no podía meter las llaves del auto en el contacto sin fallar unas cuatro o cinco veces. Una vez lo puse en marcha, aceleré por las calles casi desiertas hasta detenerme en la que alguna vez fue la agencia de detectives Mouri. Me aferré a mi cartera, intentando calmar los latidos de mi corazón que parecía amenazar con salirse de mi garganta en cualquier instante.

Una vez recobré la compostura y en apariencia, la dignidad, bajé del coche y toqué el timbre. No sé por qué tocaba. Él sabía que yo, puntualmente, aparecía allí a las ocho… Y ahí estaba.

Siempre tenía el mismo gesto cuando me abría. Sombrío, turbado, pero aun así, ansioso por verme. Tanto como yo a él. La culpa me retorció el estómago hasta el punto que pensé vomitar.

El sonido de la puerta abrir destensó mis músculos. Me eché a sus brazos tan pronto lo vi, y él me atajó con cuidado. Era más alto que yo, no demasiado, pero lo suficiente como para que sus hombros fueran mi almohada predilecta.

Alguna vez me planteé contar el tiempo que tardábamos en perdernos el uno en el otro, pero nunca estaba en mis cabales como para hacerlo.

Me besó con ansiedad, enredando sus dedos en mi pelo para acercarme a su rostro. Me derretí mil y un veces ante su toque firme pero cuidadoso, ante su experiencia nada atribuible a alguien de su edad.

Fuimos golpeando las paredes de las escaleras, subiendo a la par que nuestras ropas quedaban olvidadas en cada peldaño. Luego de incontables intentos, logró abrir la puerta y me guió hasta su cama. Se detuvo para permitirme contemplarlo, para darme el placer de llevar a cabo esa rutinaria pero excitante tarea, lo que más esperaba de nuestras noches…

Le quité los anteojos con lentitud, y me embriagué con la vista. Él, desesperado, tironeó de mí hasta colocarme debajo de su cuerpo. Y, como todos los viernes, me hizo el amor.

Él.

Un niño de apenas 17 años.

Sentía culpa cada vez que gemía su nombre.

– C—Conan-kun…

Un niño al que vi crecer. Maduro, especial, inteligente… pero un niño, al fin y al cabo.

– ¡Conan… kun…!

Un hermano para mí. Y allí estaba yo, rindiéndome como una simplona controlada por su libido, acostándome con el joven que crie desde pequeño.

– Ran…

La culpa me retorcía a la vez que los espasmos de placer me hacían encogerme. Hundí mis uñas en su espalda, gemí y me arqueé, siguiendo los comandos mudos de sus manos. Y me sentí sucia, abusadora, culpable e inmoral. No es que yo hubiera buscado esto… desde mi ingenuidad, quise evitarlo…

Pero es igual a Shinichi.

Es idéntico a Shinichi, al amor de mi vida, que perdí a los 16 años, que me fue arrebatado por Dios-vaya-a-saber-qué. Poco a poco, las llamadas que recibía de él fueron menguando. Desparecieron por completo luego de una conversación en la que me dijo que lo tomara por muerto. Accedí, luego de unos años, a contraer matrimonio con Araide Tomoaki.

No tuve un atisbo de felicidad, un fragmento de lo que fui antes, hasta el día que Conan cumplió 17 años.

Lo recuerdo como si hubiera sido ayer.

Me ofrecí, luego de la celebración por su cumpleaños, a quedarme a ayudarlo a limpiar la casa en la que vivía prácticamente sólo desde que mi padre se mudó otra vez con mi madre. No lo había visto sonreír genuinamente desde que me casé, y pensé que un momento a solas con un joven-adulto de 17 años podría llevarme a una conversación en la que pudiera desentrañar la razón de su malestar.

Una vez terminada nuestra labor, abrió el regalo que le llevé. Me agradeció sin muchas ganas el libro de misterio que le había comprado. Se lo veía dudoso.

Me preguntó si era muy descarado pedirme un regalo más. Recuerdo que dijo que jamás iba a volver a pedirme una cosa así. Que por más raro que sonara, tuviera compasión por su alma y se lo concediera. Me parecieron palabras muy grandes para una edad tan corta, pero accedí a escuchar su petición.

– Permíteme besarte. Una vez.

Me helé al oírlo. Dejé que los escalofríos recorrieran mi cuerpo, ya que el esfuerzo por contenerlos fue vano. ¿Conan-kun? ¿mi pequeño Conan-kun…?

Contuve una risa. Tomé una bocanada de aire para comenzar a explicarle por qué yo era su nee-chan, decirle que me sentía halagada y varias cosas más que quedaron trabadas en mi garganta en el momento en el que se quitó los anteojos por primera vez luego de siete años.

Las lágrimas que nunca pude contener, ni habiendo practicado diez años, salieron a flote como lo hacían todos los días que pensaba en él. En lo mucho que lo extrañaba. En lo mucho que me quedaba por decirle.

Susurró mi nombre, exactamente como lo hacía Shinichi cuando me hablaba con seriedad. Balbuceé incoherencias. No me permitió dudar, se acercó a mí y redujo la distancia que nos separaba.

La culpabilidad casi me dio arcadas, pero al mismo tiempo sentí que una pieza encajaba. Sentí que mis labios pertenecían a esos que me estaban besando. Nunca había sentido nada parecido, así que decidí no pensar. Le rodeé el cuello con los brazos y le respondí.

No quise, pero terminamos en la cama. Exactamente en la misma cama que estábamos ahora, tratando de recuperar el aliento.

Miré el reloj de la mesa de luz, y me sorprendió la medianoche.

– Es tarde. – le dije.

Nunca hablábamos demasiado. Algo sombrío nos envolvía, y verbalizarlo iba a volver aquello una realidad. Creo que preferíamos el lenguaje corporal… y no hacernos cargo de lo que hacíamos.

Asintió con la cabeza a modo de respuesta y me acompañó a buscar mis prendas desperdigadas por la casa.

– No vendré el próximo viernes.

Le decía lo mismo todos los viernes. Las primeras veces, él me besaba – sin los anteojos puestos – para ablandarme y hacerme ceder. Luego se volvió una rutina. Conan-kun comprendía que yo necesitaba pasar una semana pensando que iba a hacer lo correcto, y, como cada semana, iba a rendirme ante la tentación y volver a sus brazos.

Y, como siempre, no dijo nada. Me acompañó al coche hasta que bajé la ventanilla para saludarlo.

– Buenas noches.

– Buenas noches, Ran.

Puse el auto en marcha para evitar volver a cruzarme con su mirada triste. Revisé que en el maletero estuvieran los maquillajes que llevaba preparados. Cuando me iba de mi hogar los viernes me afectaban dos males: la culpa y el vacío. La culpa que me causaba engañar a mi esposo con un niño diez años menor que yo, al cual crie como un hermano; y el vacío que me dejaba no estar más con mi placebo, con lo único que me mantenía atada a mi amigo de la infancia desaparecido. Aquello me hacía llorar, y Tomoaki no iba a tragarse que me iba todos los viernes a lo de Sonoko a ver películas de drama. El maquillaje arreglaba el desastre que las lágrimas causaban, y me ahorraba ciertos interrogatorios en casa.

Entré al que llamaba mi hogar arrastrando los pies. Mi esposo me esperaba despierto. Me rodeó con sus brazos al verme, y la culpa se anudó nuevamente en mi garganta.

Me acostaba con un niño que se parecía a Shinichi. Era inmoral, poco ético, ilegal, despiadado, abusador… y era lo que más feliz me hacía en la vida.