Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está hecha con el único fin de entretener.

Fic participante del foro ¡Siéntate!, en el reto "Camino al Infierno, 7 días del foro ¡Siéntate!"

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Advertencias: lime y lemmon, lenguaje adulto y vulgar, incesto, violencia física y psicológica.

Prompt del capítulo: Pereza.


"Serpiente es la soberbia, serpiente es la avaricia, serpiente la lujuria, la ira, y la gula, serpiente la envidia; la pereza no es serpiente porque no pica, es un animal inmundo que duerme en su fango su sueño perpetuo."

Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, Capítulo XXXII —Juan Montalvo


De la Pereza y el Vudú

Hacía calor, demasiado para siquiera considerarse normal. Los arboles de cerezo, con sus fuertes raíces sujetas a la tierra luchando contra el desbarajuste climático, aún así comenzaban a florecer con todo su esplendor suave de lluvia delicada y rosada, pero hacía demasiado calor como para estar a principios de primavera, cosa que había alarmado a los meteorólogos del país que justo en ese momento hablaban por el televisor encendido a la alarmada población en el programa de las noticias de la tarde, sin embargo el aparato de aquella casa apenas y tenía volumen. Nadie le prestaba atención.

Recién terminando enero y entrando febrero fue cuando el sol atacó de lleno Tokio como si de una guerra de climas se tratasen, hasta que todo rastro del breve y crudo invierno desapareció, haciendo que la gente sacara la ropa ligera de las cajas más pronto de lo que habían siquiera imaginado. Muchos ya comenzaban a culpar de eso al mentado calentamiento global.

Los hermanos Itami no fueron la excepción, aunque no se preocupaban demasiado por el destino del planeta más allá del incierto futuro que deparaba sus vidas. Más que eso, les molestaba horrores que la estancia de la vieja casa que habían heredado de sus difuntos padres careciera de aire acondicionado; era demasiado costoso instalarlo y pagarlo, así que Naraku constantemente respondía a las quejas de su hermana argumentando que, aún, no tenía el dinero suficiente. Hasta ahora sólo se podían dar el lujo de encender la refrigeración de sus respectivas habitaciones al irse a dormir, y aunque compartir durante la noche una sola habitación les habría ahorrado una pequeña parte de los gastos usuales, como su hermano tanto decía, Kagura se negaba en rotundo a dormir en la misma cama que su hermano.

¿Quién dijo que todos los japoneses eran ricos? Por lo menos, parias como lo eran Kagura y Naraku no, no ahora.

El calor solía obligar a Kagura a andar por la casa en pequeños shorts y delgadas blusas de tirantes; si estaba sola, prefería andar por ahí con una blusa ligera y en bragas. Cuando escuchaba llegar a su hermano tenía que correr a ponerse algo más encima a fin de evitar las miradas lascivas y las burlas de él. Eso a veces la hacía envidiar la suerte de los hombres. Si por ella fuera andaría en pelotas por su casa, pero dado que tenía tetas (por mucho que su hermano afirmara lo contrario), él sí podía andar sin camiseta por ahí si le daba la gana, aunque consideraba que, por lo menos, tenía la suficiente decencia de dejarse los malditos pantalones puestos. Sin embargo usualmente, al poner un pie dentro de la casa, lo primero que él hacía era entrar desvistiéndose como un animal aún caminando a su habitación.

Esta vez estaban completamente vestidos, para poco asombro de los hermanos, quienes atribuyeron eso a la flojera de subir escaleras a buscar otra cosa que ponerse. Varias horas atrás, a juzgar por cómo la intensidad de los rayos del sol del ocaso se iban perdiendo tras los edificios y montañas, habían regresado a casa y sin las más mínimas ganas de moverse se quedaron con el uniforme escolar, dejando que el tiempo y la vida se les escurriera de las manos una vez más, como tantas veces lo habían hecho durante los últimos años.

El sofá donde estaban era grande y cómodo. Tenía un color beige que Kagura detestaba por aburrido, pero fácilmente cabían los dos sin hacerse un enredo de manos ni discutir por su respectivo espacio. La puerta de la entrada estaba abierta para dejar pasar a la estancia la frescura del inminente crepúsculo, y en la mesa de centro de madera barnizada descansaba una caja de pizza con manchas de grasa a la cual le quedaban pocos pedazos.

Demasiado jóvenes como para considerar importante el llevar una casa con decencia, Naraku se negaba siempre a siquiera freír un huevo, argumentando que su hermana era la chica de la casa y a ella, por naturaleza y rol de género, le correspondía la responsabilidad de cocinar, opinión que la jovencita consideraba retrograda y machista, sobre todo con el conocimiento de que por parte de su hermano todas aquellas palabrerías no tenían otro fin más allá de molestarla.

A su vez, ella solía reclamarle que si a esas iban, si él fuera mejor proveedor, tal vez se tomaría la molestia de hervir agua sin intentar tirársela en la cara, pero como no estaba dispuesta a satisfacer a su hermano preparándole ninguna clase de bocadillo -a menos que estuviera deliciosamente condimentado con cianuro o veneno para ratas-, al final nunca cocinaba nada, y la realidad es que si seguían así lo único que conseguirían sería morirse de hambre: la solución más pacífica, entonces, había sido pedir pizza.

La comida también parecía relajarlos, tanto así que Kagura estaba recostada boca arriba en el sofá, descansando la cabeza sobre las piernas de su hermano. Ese día no podía, ni quería, estar enojada con él.

Lo miró desde su sitio una vez más y recordó los no muy lejanos años de bachillerato de su hermano ahora que lo volvía a ver con el oscuro uniforme escolar. Tenía veinte años y se pudo haber graduado con honores de la preparatoria, de no ser porque le encantaba faltar a clases para hacer cosas que él consideraba más divertidas y productivas, pero esta vez portaba el uniforme (que lo hacía ver de nuevo extrañamente adolescente) por una razón muy especial.

Ese día, casi al término de las clases, Naraku había llegado a su escuela, la misma donde él había estudiado, esta vez haciéndose pasar como estudiante para despistar a maestros y alumnos. No tenía por qué ir a ninguna clase ni responder a ningún problema académico relacionado con su Kagura. Lo que hizo fue directamente buscarla y jalonearla contra su voluntad a un patio apartado de la escuela, donde la obligó a ver cómo le daba una brutal golpiza a un compañero de clase.

Al principio Kagura intentó detenerlo al ver la salvaje manera con la cual golpeaba a su víctima de turno, pero si tenía que ser sincera, no metió mucho esfuerzo en ello. Incluso ella tenía que aceptar que aquel chico que Naraku había dejado sangrando y adolorido en el suelo se merecía aquella tremenda paliza.

No era feo, pero no era su tipo y tampoco le atraía, cosa contraria a él, quien desde meses atrás parecía babear por ella. Era bastante insistente con el tema de cortejarla y además, un tanto torpe, y a pesar de los varios rechazos de Kagura, desde los más sutiles hasta los más crueles, este no había quitado el dedo del renglón en su afán por ligársela. En alguna ocasión, como un tema más de conversación, se lo dijo a su hermano, y este no tardó en identificar la cara del chico que molestaba a su hermana. En respuesta, y esperando paciente a que fueran los últimos días de clases para evitar represalias contra ella, había ido al instituto a darle una paliza que seguramente jamás olvidaría, pero que sí lo haría olvidar sus ganas de seguir intentando ligar con su hermana.

En esos momentos y como pocas veces sucedía, a ojos de Kagura su hermano había hecho algo útil por ella, por eso no se sentía con ganas de reclamarle nada ni espetarle una grosería por meterse una vez más en su vida, y por eso aún después de muchas lentas y aburridas horas lo estaba acompañando en aquella calurosa sala y compartiendo un cigarrillo que de vez en vez se pasaban de boca a boca.

—Joder, hace calor —masculló la joven abanicándose sus propias piernas, moviendo su falda escolar distraídamente. Cuando lo hizo la rígida tela se le levantó hasta la línea final de sus muslos, sin percatarse de que una pequeña parte de sus bragas negras había quedado al descubierto. Naraku sí lo notó—. ¿No te da calor estar con el uniforme de preparatoria?

El muchacho dio una calada al cigarrillo y dejó escapar lentamente todo el humo de su boca antes de contestar.

—Sí, algo. Pero no recordaba lo guapo que me veía con esta mierda puesta.

Sonrió descaradamente como si ni él mismo se lo creyera, haciendo gruñir de fastidio a su hermana. Solía soltar esa clase de comentarios sólo para molestarla más que por simple vanidad.

—No me lo vas a negar —agregó Naraku bajando la vista a su hermana, quien le devolvió el gesto—. ¿O prefieres que me quite la ropa para estar más cómodo? No esperaba que te preocupara tanto mi bienestar.

—No empieces —masculló removiéndose un poco contra él, quitándole entre tanto el cigarrillo de la boca y esperando acallar sus molestos sarcasmos—. Estoy muy relajada y de buen humor, así que no lo arruines.

—¿Relajada? ¿No tienes exámenes finales? —Se encogió de hombros y exhaló el humo—. Yo que tú me pondría a estudiar.

—Da igual —contestó con un suspiro—. Me da pereza hacerlo, y ya me las arreglaré. Los acordeones que me enseñaste a hacer en realidad son muy útiles. Creo que esos rumores de que eras superdotado en realidad eran pura farsa tuya. Pasabas porque hacías trampa, como siempre —reclamó, aunque sus palabras y acusaciones carecían de la fuerza hostil que en ocasiones solía desagradar a Naraku cuando lo desafiaba.

—¿Tú crees? No deberías subestimar mi inteligencia, hermanita —advirtió el muchacho con tono sombrío, en furioso contraste ante su sonrisa divertida y relajada—. Te podrías sorprender de las cosas que sé hacer.

—¿Ah, sí? ¿Cómo qué? —le retó ella, volviendo a dar una calada profunda al cigarro que danzaba suave entre sus labios rojos.

—Puedo enseñarte muchas cosas que ni te imaginas, más allá de acordeones para exámenes —propuso vagamente, pero aquello no dio ninguna clase de respuesta concreta a la joven. Él pareció notar la vacilación de su hermana, así que prosiguió—. Pero sólo lo haré si te portas bien conmigo y eres buena niña.

—Entonces prefiero quedarme como una vil ignorante —masculló despreocupada al tiempo que se erguía sobre sus brazos en el sofá.

Naraku pensó que se iría, cansada ya de su presencia y sus palabras malintencionadas, pero contra todo pronóstico, los límites de su hermana parecieron ampliarse y volverse más tolerantes cuando la vio se sentó sobre él, manteniendo su cuerpo aún de lado contra el suyo y las piernas flexionadas perezosamente en el sofá.

Le pasó un brazo sobre los hombros y con la otra mano se dedicó a acariciar uno de los mechones de cabello que le caían desprolijos y salvajemente ondulados sobre el pecho. Lo hacía de la misma forma que cuando eran niños y ella corría por las noches a dormir con él, fingiendo su espanto, escondiéndose bajo las sábanas, buscando, infantil y desesperada como toda niña, la protección de su hermano mayor que mucho no podía hacer por ella, asediada por pesadillas cuyo origen venían de una pesadilla mucho más dolorosa y real de la cual ahora jamás hablaban. A veces los dos se preguntaban a sí mismos si el tema de su infancia los seguía lastimando aún cuando sólo quedaban cicatrices.

Él, en respuesta y como si no quisiera que cayera del mueble (como si eso fuera posible siquiera), acorraló su pequeña cintura con un brazo.

De lejos parecían una pareja de novios invadidos por la flojera y el calor de la tarde, sin ganas de hacer nada más entre ellos que compartir un ínfimo contacto antes de despedirse, pero era usual que Kagura se le acercara así cuando estaba de buen humor y consideraba que había hecho algo bien, cosa que no sucedía a menudo.

Naraku se mordió la lengua, encomendándose al cielo para no tener una maldita erección. Kagura en ocasiones lo hacía sentir como un adolescente descontrolado por muy bizarra que sonara la idea. Aún a él le seguía sonando demasiado truculenta, pero prefería no pensar demasiado en ello ni mucho menos molestarse en enderezar la línea de sus extraños pensamientos para con su hermana.

—Como quieras, tú te lo pierdes —dijo él, pero antes de siquiera terminar la frase ella había vuelto a hablar.

—Aunque yo sé algo que tú no.

Aquello había sido más como un susurro al azar que otra cosa. Un pensamiento silencioso que no estaba dirigido a nadie en particular y que, sin meditarlo demasiado, salió convertido en palabras de entre su boca roja.

—¿Qué?

Su pregunta también fue un susurro, pero ella, como si deseara distraerlo, movió su brazo izquierdo de tal manera que la manga de su uniforme se deslizó suavemente por su piel hasta mostrar una peculiar pulsera que jamás le había visto a su hermana y que llamó la atención de Naraku al instante. La textura y forma del accesorio le pareció extrañamente familiar e inusual.

—¿Y esto?

Le tomó el brazo con cierta brusquedad y acercó a él la muñeca de su hermana, tratando de ver más de cerca la curiosa pulsera que portaba.

Cuando pudo identificar qué era, casi sintió ganas de echarse a reír con un maniaco: era el maldito mechón de cabello que la camilla le arrancó de golpe cuando, días atrás, arregló aquel auto robado con Bankotsu y que le costó las muchas burlas del moreno y su hermana.

Efectivamente, lo había trenzado, pero no para hacerle vudú -no que él supiera- pero sí para utilizarlo como un accesorio más. En ocasiones le sorprendía el retorcido concepto de femineidad que tenía su hermana.

—Es el mechón de cabello que la camilla te arrancó —contestó al tiempo que se zafaba bruscamente de su agarre. El rostro de él se deformó en una mueca de contrariedad.

—¿Hiciste una pulsera con él? ¿Qué tan tétrico es eso? —exclamó algo sorprendido, mirando una vez más en lo que había terminado su cabello. Para toda respuesta Kagura se encogió de hombros—. Si sigues así van a pensar que estás enamorada de mí —argumentó Naraku, y mientras hablaba una de sus manos se posó suavemente sobre las desnudas y cremosas piernas de Kagura, subiendo sutil y gentil por su rodilla hasta alcanzar la curva firme de uno de sus muslos.

La muchacha no objetó nada. Estaba acostumbrada a que Naraku le tocara las piernas. Él insistía con que eran importantes, uno de los mejores atributos de su cuerpo, que si se esforzaba lo suficiente su talento como bailarina los sacaría de pobres ya fuera como bailarina de ballet o de plano como bailarina exótica.

Como si deseara reafirmárselo, solía acariciarle las piernas con sutileza, y en más de una ocasión le había dicho que tenía unas piernas muy lindas, largas, suaves y bien torneadas; que jamás había visto piernas similares.

Cuando eran más pequeños y vivían en el orfanato ella creía sus mentiras y las aceptaba hasta tomarles cariño; se nutría de ellas esperando que las cosas mejorasen. Pero ahora que habían crecido y estaban a un paso de ser adultos, observando a la demás gente, la gente común y corriente que se movía entre ellos, llegó el momento en que Kagura se dio cuenta de que ese gesto de cariño no era algo que otros hermanos compartieran con tanta naturalidad como lo hacían ellos.

Aún así, en muchas ocasiones lo dejaba tocarle las piernas porque siempre había encontrado algo de placentero en aquel tacto tan elegante y sutil que él le brindaba con tanta soltura, pero cuando sintió la mano de Naraku apretar un poco más su cintura y la otra descender más de lo que jamás lo había hecho, hasta prácticamente tocar la tela arremolinada de su falda sobre su vientre bajo, Kagura finalmente lo miró, de nuevo penetrante y hostil como un gato furibundo, al tiempo que jalaba un poco el mechón de cabello que segundos antes había estado acariciando con tanta dulzura.

—Y si tú sigues así, te cortaré todo el resto de tu precioso cabello para hacerme todo el juego de accesorios —masculló ella, pero la amenaza, aunque sorprendió a Naraku haciéndolo detenerse, no lo impresionó en lo absoluto.

—¿Así como Dalila a Sansón? No nos queda, hermanita. Ellos eran amantes —ironizó, sonriendo y mostrando su blanca línea de dientes. Con esa sonrisa parecía un auténtico demonio buscando que su víctima le vendiera su alma con sólo unas cuantas palabras de falsa amabilidad de por medio.

—Y ella lo traicionó —espetó ágilmente la joven, causándole un breve gesto de aturdimiento a su hermano que esta vez la hizo sonreír a ella al punto de relamerse los labios.

Al ver su cara contraída por el aturdimiento y la confusión se sorprendió encontrando en sí misma un retorcido placer ante el gesto que había provocado. ¿Sentiría su hermano el mismo placer al aturdirla y confundirla a ella? ¿Sería esa la razón por la cual siempre lo hacía, con el sencillo fin de conseguir aquel fatuo placer? Pero el hecho de verlo con esa cara perspicaz, sin saber del todo qué decir a pesar de toda la grandeza que se adjudicaba, casi hizo entender a Kagura el por qué a él le gustaba tanto jugar con ella.

Era un juego divertido, cuando se tiene la ventaja, claro. Y esta vez ella se sentía con ella.

Se quitó todo agarre de Naraku de encima a base de manotazos. Él no fue capaz de resistirse ni detenerla.

—Me voy, hace mucho calor aquí —dijo al tiempo que se ponía de pie, acomodándose la falda. Luego se volvió a Naraku—. Y deberías darte un baño de agua fría. Pareces un maldito radiador.


"Cristo murió por nuestros pecados: ¿vamos a quitar sentido a su martirio no cometiéndolos?"

Juanma Bajo Ulloa


Se siente bien chingón publicar seguidito, aunque claro, nomas lo ando haciendo porque es requisito para el fanfic de la actividad y me preparé xD ojalá tuviera esa capacidad para el resto de mis fics u.u sobre todo los Long!Fics.

Entre otras cosas, en este capítulo no me pasé del máximo permitido (aunque ni se acostumbren) y como pueden ver, trata el pecado de la pereza. Espero que Naraku o Kagura no hayan quedado muy OOC. No sé qué pensar porque según yo todo está justificado, pero no sé; todo lo quise ver y escribir desde la perspectiva de la frase "la pereza es la madre de todos los vicios", tanto así que estos dos dejan –relativamente- que la vida se les escurra entre las manos, pasando un momento juntos más o menos relajados a pesar de lo peligroso que es, para ambos, estar así, hasta que las cosas van subiendo poco a poco.

No tengo mucho que aclarar. Me tiene muy contesta este fanfic n.n y muchas gracias a aquellos que se tomaron el tiempo de leer :3

[A favor de la Campaña "Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]

Me despido,

Agatha Romaniev.