Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está hecha con el único fin de entretener.

Fic participante del foro ¡Siéntate!, en el reto "Camino al Infierno, 7 días del foro ¡Siéntate!"

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Advertencias: lime y lemmon, lenguaje adulto y vulgar, incesto, violencia física y psicológica.

Prompt del capítulo: Gula.


"Dios nos envía los alimentos y el demonio los cocineros."

Thomas Deloney


De la Gula y la Menstruación

Era viernes, y por lo tanto, el último día de clases del semestre escolar. En esos momentos nada podía sonar más dulce para los oídos de Kagura, y el día habría seguido excelentemente bien de no ser, nuevamente, por culpa de su malnacido hermano.

Cuando salió de la escuela justo a la entrada lo encontró recargado contra la pared a la sombra de un frondoso árbol, esperándola mientras disfrutaba de un cigarrillo. No llevaba su auto, lo cual significaba que se había averiado o algo por el estilo, pero cuando le preguntó el por qué, Naraku simplemente le respondió que tenía ganas de caminar.

Sí, claro, caminar. Sobre todo cuando estaban a treinta y dos grados y en las más crueles horas de la tarde. Provocarle un cáncer de piel era lo que en realidad quería, seguramente.

De una u otra forma, Kagura no pudo negarse. Había pocas cosas que podía negarle a Naraku dada su desventaja contra él, y se sintió todavía peor cuando en lugar de volver directamente a casa, su hermano desvió el camino dirigiéndola por otros rumbos, aunque por lo menos tenía la gentileza de caminar por la acera donde los arboles proporcionaban más sombra y ponerse entre ella y la calle. De todas maneras no dejaba de considerar falsa aquella caballerosidad.

—¿Sabes? Si seguimos caminando sin rumbo a estas horas, me dará una insolación o algo —advirtió Kagura de una forma que resultó casi traviesa, al tiempo que degustaba una paleta de caramelo sabor a fresa.

En realidad no tenía nada de hambre y se sentía a reventar. Por ser el último día de clases, a los chicos de su salón se les había ocurrido la idea de llevar un enorme pastel de cuatro chocolates cubierto de glaseado de vainilla y fresas rodeadas de caramelo y cerezas. A pesar de no ser muy afecta a su grupo ni ser verdaderamente amiga de nadie, se había llevado su buen trozo de pastel. Ya que era una bailarina de ballet no se podía dar el lujo de comer hasta reventar, aunque tampoco se prohibía del todo las grasas y los carbohidratos. De una u otra forma no estaba acostumbrada a comer tanto, pero el colmo vino cuando, mientras todos estaban distraídos, a escondidas tomó un segundo trozo de pastel y lo metió en una pequeña caja de almuerzo que ahora resguardaba dentro de su mochila celosamente.

Para su mala suerte una compañera la había visto, pero en lugar de reclamarle le había dicho que se lo llevara a su hermano, quien sorprendentemente tenía una muy buena fama entre las chicas de su escuela, y como apenas tenía dos años de haberse graduado, todavía resonaba entre los pasillos de la institución el nombre de su hermano como uno de los mayores bravucones de la escuela y un genio en partes iguales. Había maestros que todavía se lamentaban del potencial tan tristemente desperdiciado de aquel chico.

Aunque claro, a Kagura no le interesaba nada relacionado al desperdicio de vida que su hermano se estaba granjeando con tanta prisa, y no tenía pensado compartir una sola migaja de aquel delicioso pastel con él. Todo sería para ella y lo devoraría antes de que se diera cuenta, aunque luego tuviera ganas de regresar todo lo ingerido al sentir su pequeño estomago a reventar.

—No seas exagerada, sólo es un poco de sol y calor—masculló Naraku torciendo la boca y volviéndose a verla, encontrándola degustando con soltura la golosina entre sus labios. Kagura le volteó el rostro disgustada, pero al hacerlo se topó con la imagen de un parque justo en la siguiente cuadra.

Era pequeño, pero estaba tapizado de verde césped, coronado por varios árboles grandes y frondosos que ofrecían tentadoras sombras para echar una siesta debajo de ellos. Ya que eran las horas más calientes de la tarde, los juegos infantiles carecían de la presencia de niños escandalosos jugando entre columpios y resbaladillas. Sólo había un par de parejas exudando miel en algunas bancas y algunas personas matando el tiempo bajo las refrescantes sombras con celular en mano.

—Pues no sé tú, pero yo ya me cansé. Mira —Jaló del brazo a su hermano y apuntó al parque. Naraku al instante puso su mejor cara de fastidio—: quiero ir ahí un rato. Ya me duelen los pies.

—No me jodas, Kagura. Ya estás grandecita como para andar jugando en los columpios.

—¿En serio? Yo pensé que aún ni me salían las tetas —objetó socarronamente, dedicándole una sonrisa ladina y astuta a su hermano, quien sólo miró hacia un lado fingiendo no haber escuchado nada, pero antes de que pudiera negarse nuevamente e instigarla a seguir el camino, su hermana lo jaló con insistencia de un brazo. Forcejeó sin muchas ganas los primeros segundos, pero después, rendido también por el calor y el sol, se dejó arrastrar por ella hasta el silencioso parque.

Fue la muchacha quien escogió el sitio para descansar. Se recostó pesadamente sobre la generosa sombra que proyectaba un árbol, dejando de lado su mochila y gozando a placer el caramelo que lentamente se derretía bajo su lengua.

Naraku, aunque en un principio se mantuvo sentado contra el grueso tronco intentando parecer molesto, segundos después cedió y la imitó, recostándose a su lado y mirando aburrido las hojas del árbol meciéndose con suavidad al ritmo de la brisa ligeramente refrescante que había comenzado a soplar. Únicamente había algunos pájaros cantando y revoloteando de aquí para allá; los rayos del sol eran cada vez amarillentos y una parvada de palomas volaba escandalosa a unos metros de ellos, rodeando a un par de colegialas que les arrojaban frituras para verlos comer, soltando risitas divertidas de cuando en cuando, enternecidas.

En cierto momento, ya mucho más relajado y sintiendo una súbita flojera rodear su cuerpo, desvió la vista hacia su hermana buscando alguna distracción más interesante. Se la encontró como dormida. Su rostro, usualmente contraído por el mal humor y su eterna expresión de hostilidad, ahora se encontraba tan relajado igual que al dormir. Únicamente se podía saber que no estaba dormitando porque seguía lamiendo lentamente la paleta de fresa.

La imagen de la muchacha, con sus labios tan rojos como el caramelo que devoraba, con la paleta dentro de la boca y el uniforme escolar, le recordó un poco al emblemático personaje de Vladimir Nabokov, la famosa Lolita, más parecida a una ninfa que a una adolescente, que con su falsa inocencia e infantil sensualidad había llevado a la perdición a su amante pederasta y a sí misma.

Él no era ningún pederasta, pero en esos instantes la muchacha le pareció sensual e inocente en partes iguales.

Pareció sentir sobre ella la intensa mirada de su hermano, así que luego de varios minutos abrió los ojos y se lo encontró mirándola como quien mira un deseado objeto de colección de sumo valor, precioso e inalcanzable.

—¿Y tú qué tanto me ves?

—Nada —contestó Naraku luego de unos breves segundos, alzando las cejas y los hombros. Miró hacia la parejita que se echaban arrumacos en la banca del otro extremo del parque, aprovechando la soledad del lugar para besarse sin lidiar con reprobatorias miradas—. Sólo me quedé pensando que de lejos parecemos una pareja de novios que pasan la tarde juntos en un parque, como aquel par de idiotas.

Kagura miró hacia el sitio y se echó una risotada que hizo volar a un par de palomas, espantadas por el súbito escándalo.

—Si lo dices para que nos vayamos, mejor usa otra estrategia. Quiero relajarme —dijo entre risas, mordiendo un poco la paleta y mirándolo fijamente—. Además, por desgracia nos parecemos tanto que al instante se puede adivinar que somos hermanos. En el orfanato hasta nos preguntaban si éramos mellizos.

—Si es así, significa que solamente eres guapa gracias a mi —argumentó el muchacho soltando una maliciosa sonrisa que hizo rodar los ojos a su hermana.

—No. Yo soy como la versión guapa de ti. Tú estás horrendo —masculló, dejando descansar sobre sus labios la paleta.

Naraku, por otro lado, ignoró el comentario que en otras ocasiones tal vez lo hubiese ofendido, pero en su lugar retomó el tema que muy ágilmente su hermana había evadido.

—Aunque… podemos confundir a la gente como tanto nos gusta si nos besamos…

Kagura se irguió sobre sus brazos como si le hubiesen dado cuerda. Su acción fue tan inesperada que Naraku frunció el ceño y se echó un poco hacia atrás. Incluso pensó que le soltaría una cachetada, pero la característica música de un camión de helados que pasaba cerca de ahí llenó el silencioso espacio del parque, llamando la atención de la chica al instante.

—¡Un camión de helados! —exclamó emocionada, poniéndose de pie con una gran sonrisa. Su hermano no la veía así desde que era una niña—. Hace años que no como un helado así.

Estuvo a punto de correr hacia él antes de que se le escapara, pero recordó que no traía nada de dinero. Se volvió hacia su hermano con gesto exigente; jamás usaba aquella miradita falsa de cachorro a medio morir para sacarle algo, pero esta vez parecía ser la excepción y el joven de inmediato entendió lo que quería.

—No, Kagura. No traigo dinero.

—¡No seas mentiroso! Tú siempre traes dinero. ¿Sino para qué carajos robas autos? —objetó al tiempo que él se ponía de pie, comenzando a pensar si negar lo obvio o arrastrarla fuera de ahí de las greñas. Hasta se preguntó si le hacía falta ser más cuidadoso o si su hermana era simplemente más astuta de lo que él creía.

—Ni empieces. Sabes que odio que me ignores por un berrinch…

—Naraku, quiero un puto helado, ¡y me lo comprarás ahora!

La exigencia de Kagura resonó por todo el lugar; llamó la atención de las colegialas que se divertían con las palomas y el de las escasas parejas que seguían derramando miel, que detuvieron sus besos y susurros al escuchar el grito de la muchacha. Sobre todo fue él quien se sorprendió, casi quedándose boquiabierto frente a ella igual que lo habría hecho una madre que observa cómo por primera vez su hija rebelde y adolescente se rebela contra sí por una trivialidad. Estuvo a punto de negarse una vez más, pero antes de articular palabra alguna la muchacha, sin pensárselo demasiado, en lo que podía ser considerada una grosería imperdonable, le metió la paleta de caramelo en la boca, callándolo al instante.

Su lengua rozó la dura golosina y pudo sentir el dulzón e intenso sabor de la fresa concentrada entre caramelo y azúcar, pero por encima de todos esos sabores también pudo identificar el sabor de los restos de la saliva de su hermana. Fue como si aquella mezcolanza de sabores y texturas lo hubiesen apaciguado igual que una bestia hambrienta a la que le dan de comer, porque finalmente cedió y Kagura, en respuesta, prácticamente lo llevó arrastrando hasta el camión para detenerlo.

Le terminó comprando una paleta de doble crema de vainilla, cubierta con una densa capa de chocolate y almendras picadas que se fundían entre la oscura cubierta; un verdadero pecado para una bailarina de ballet como ella, sobretodo porque mientras regresaban a su sitio, cada uno con su paleta, Kagura sintió que no podía dar un mordisco más a aquella enorme paleta de nieve sin sentirse que estaba por reventar, pero aún así siguió degustándola, comiéndola con rapidez y luchando contra la forma en cómo se derretía bajo el inmisericorde calor hasta mancharle ligeramente los dedos.

Se recostó boca abajo en el césped, recargada sobre sus codos, y admiró el desolado lugar mientras lamía la paleta y su cubierta de frío chocolate amargo. Naraku, por su parte, y aprovechando que ella estaba distraía y disfrutando de su capricho cumplido, comenzó a revisar la mochila de su hermana en devuelta por el favor de comprarle el helado.

Así funcionaba su excéntrica dinámica de hermanos: ella había exigido ir al parque y la paleta más por molestarlo, y también por hacerla caminar sin razón alguna. Él, acostumbrado a aquella cadena de favores ácidos e interesados, había tenido que ceder sólo a cambio de poder revisarle la mochila, cosa que hacía con bastante frecuencia aunque no con tanto descaro, porque procuraba que ella no se percatara de cómo removía dentro del bolso silenciosamente.

Al abrir la mochila se encontró con la caja de almuerzo que contenía el trozo de pastel, y en cuanto lo vio tuvo ganas de tirárselo por la cabeza a su hermana. Sin duda alguna los bellos y dulces rasgos que conformaban su rostro no iban a juego con su actitud agria y egoísta.

—Yo con tanta hambre y tú con paletas y pasteles. Qué envidiosa. No tenías pensado darme ni una migaja, ¿verdad?

Kagura se volvió hacia él al escucharlo y lo encontró con la caja abierta entre las manos, llevándose a la boca una fresa untada con abundante caramelo rojo.

—¡Oye, eso es mío!

Se abalanzó hacia él, pero Naraku se echó hacia atrás sosteniendo con poca firmeza la caja. A los pocos segundos se hicieron un enredo de manos y piernas mientras luchaban por ver quién se quedaba con el mentado pastel igual que un par de niños peleando por un juguete, de la misma forma en que lo hicieran durante su infancia.

Era una tontería a todas luces, sobre todo para ellos, pero se trataba más de una cuestión de orgullo y lucha de poderes que de un ansía verdadera por la comida.

Entre todo el caos de insultos, gritos y golpes, llamaron la atención de los pocos transeúntes. Ellos apenas se dieron cuenta, sobre todo cuando Kagura logró quedar sentada encima de su hermano; estaba ganando. Sin perder tiempo estrujó el trozo de pastel en su mano, y luego lo embarró en el rostro de Naraku como si estuviera en su cumpleaños y acabara de hacerle la clásica broma de la mordida contra el pastel.

Se quedó de piedra unos instantes, percatándose entonces lo que había hecho. No era la primera vez que le jugaba una broma pesada como esa, pero habían pasado muchos años desde eso y sólo cuando había sido una niña. En ese entonces, quizás enternecido por su inmadurez infantil e inocencia, tal vez aún apegado a su papel de hermano mayor, Naraku se limitaba a no regresarle muchas venganzas como lo hacía actualmente, y Kagura sabía bien que, como ahora era toda una señorita, él ya no escatimaba en venganzas contra ella.

Lo observó durante segundos tensos y callados como si estuviera encerrada dentro de un escalofriante y denso sepulcro. Lo vio soltar una especie de suspiro de asco y luego un gutural gruñido, y finalmente se quitó de encima de él, temblando ligeramente y alisándose el uniforme desacomodado. Naraku la siguió, irguiéndose sobre sus codos con la cara llena de pan de chocolate, glaseado blanco y frutos rojos aplastados contra una de sus mejillas. Entre todo el desastre que era su cara, sus ojos la vieron con una intención penetrante que no podía ser otra más que el de matarla, pero a la vez su imagen era tan patética y poco usual que Kagura no pudo evitar partirse de la risa a pesar de haber intentado, por su vida, mantenerse callada.

—No puedo creer lo infantil que eres —gruñó de mala gana, quitándose unos pedazos de pastel de la cara y sacudiéndolos contra el césped. Su hermana seguía burlándose de él—. Vas a pagar caro por esto, Kagura.

—¡Uy, sí, qué miedo!

Ni siquiera sabía de dónde había sacado tanto descaro para desafiarlo de aquella forma. Prácticamente estaba firmando una sentencia de muerte.

—¿Sabes? Últimamente pareces tener demasiados antojos —La afirmación de su hermano la hizo callar al instante, ofendida—. Como si estuvieras embarazada. Si sigues comiendo así engordarás y te echarán a patadas de la academia de ballet. Lo peor que puedes hacer es pecar de gula —Hizo una pausa, y luego enfatizó sus siguientes palabras—. Además, si engordas, ya no serás guapa.

Se había quedado callada porque su sucia consciencia no perdió oportunidad de gritarle y recordarle sus alocados actos de los últimos días, tan alocados como lo eran sus antojos y berrinches.

Se preguntó si su hermano sabía o sospechaba algo de lo que había pasado con Bankotsu días atrás, sobre todo por el tema de estar embarazada. Estuvo segura de que por parte del moreno era imposible que supiera algo. Puede que Bankotsu no fuera un superdotado como su hermano, pero era astuto y sabía muy bien lo que le convenía y lo que no, y definitivamente no le convenía que Naraku supiera que se la había tirado.

—No seas idiota. No estoy embarazada —espetó retomando su hostil expresión de siempre—. Si tengo tantos antojos es porque se acerca mi menstruación.

Y de hecho, no mentía. Según el calendario y los esporádicos dolores de cabeza que ya comenzaba a sufrir, además de la ligera incomodidad en sus pechos y muslos, estaba a pocos días de los ya clásicos dolores menstruales y el hastío sangriento de una semana entera instalada en su entrepierna.

Naraku pareció reflexionarlo un poco. Siempre se daba cuenta cuando su hermana menstruaba, más que nada porque su humor de perros se volvía todavía peor que de costumbre y la veía ingiriendo antiespasmódicos cada cuatro horas o preparándose un té caliente.

—Vaya… así que mi hermanita aún es virgen. Qué lindo —afirmó, dedicándole una sonrisa que cualquiera hubiese considerado ladina y burlona, pero ella supo que aquella fue una sonrisa lasciva, cargada de la más profunda y truculenta lujuria.

—Y a ti qué rayos te importa si ya me la metieron o no, estúpido imbécil —Sus duras palabras habrían tenido el impacto que deseaba si sus mejillas no se hubiesen encendido con un violento sonrojo, a pesar de la vulgaridad con la cual intentó hacer parecer que nada de eso le importaba. Esta vez fue a Naraku a quien le tocó soltar un par de socarronas risas.

—Te sonrojas como una niñita, Kagura.

—¡Cállate!

Aún con la cara llena de pastel seguía cortando sus salidas y magullando más de lo que deseaba todas las heridas por donde podía exudar el veneno de su lengua contra él. Era impresionante el cómo lograba crear ese efecto en ella cuando se disponía a hacerlo realmente, y su exigencia y negación sólo provocó que la perversa sonrisa de su hermano se ampliara antes de relamerse los labios y probar un poco del pastel que le llenaba la cara, pero a pesar de la mezcla de sabores todavía podía percibir con exquisitez el familiar sabor de la saliva de su hermana, a pesar de que habían pasado muchos años desde que lo probó por primera y última vez.

—Te sonrojaste igual que cuando te robé tu primer beso, luego de que enterramos a nuestros padres. ¿Aún lo recuerdas, hermanita?

—¡Que te calles! —Se vio tentada a soltarle otra cachetada tal y como lo había hecho en aquella ocasión, pero luego recordó que en realidad lo había disfrutado. Por algo se había sonrojado, y por algo aún era capaz de hacerlo contra su voluntad con sólo recordarlo—. Maldito infeliz, hasta eso me robaste.

Su voz fue sombría, agria, y escapó de entre sus dientes tan áspera como una lija, llena del más profundo y lacerante resentimiento, pero Naraku lo degustó tanto como en recuerdos seguía degustando el sabor de la boca de su hermana. Incluso su veneno era un manjar con el cual la idea de dejarse envenenar y morir parecía algo tierno y exquisitamente dramático, igual que Blancanieves mordiendo la roja manzana ponzoñosa que cumpliría todos sus sueños y deseos; lo irónico es que ella parecía no darse cuenta de nada de eso.

Se puso de pie, pero la acción no le sirvió de nada ya que Naraku la imitó, superándola por mucho en altura y proclamándose aún más altivo frente a ella.

—Te equivocas, hermanita. Hay otra cosa que no te he robado —Hizo una pausa que la dejó sin habla, lo suficiente como para agregar su sentencia final—: Y veo que aún hay esperanzas de inaugurar ese evento.

—"Eso es lo que tú crees, maldito bastardo."

Habría vendido su alma al mismo Diablo para poder restregárselo en su cara tal y como había hecho con el pastel, pero el hacerlo sólo habría dictado, probablemente, una sentencia de muerte demasiado pronta para sus escasos dieciséis años de vida. Y todavía había muchos otros hermosos y especiales eventos que inaugurar en su vida, eventos igual de placenteros y violentos cuando finalmente, esta vez, fuera ella quien se los arruinara a él.


"Bastante trabajo me ha costado cometer mis pecados como para malbaratarlos en arrepentimientos vanos."

Joaquín Sabina


¡Hola! Sigo con el reto de la actividad, y otro capítulo donde no pasé del máximo, lástima que no vaya a ser igual con el resto xD aunque tampoco crean que van a ser TAN largos como el del primer capítulo. Me moderé un poco.

En fin, con respecto al capítulo, aquí utilizo muchas más referencias y guiños al fanfic Truth or Lie? (que como dije, este fanfic es una especie de "precuela" de esa historia, con el debido permiso de la ficker). Eso sí, no diré cuáles referencias son exactamente porque sería como hacerles spoiler de la otra historia (insisto, ¡vayan a leerlo! Es buenísimo). Sigo temiendo que Naraku o Kagura me quedaran OOC, como mencioné antes, no estoy segura de cómo habrá resultado en ese aspecto, y se podría decir que hasta aquí es donde las cosas se mantienen más o menos relajadas. A partir del siguiente capítulo las cosas que desencadenarán ciertas situaciones para el desenlace comienzan a aparecer.

No tengo mucho más que aclarar. Muchas gracias, de nuevo, a quienes se han tomado el tiempo de leer y dejar review n.n

[A favor de la Campaña "Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]

Me despido,

Agatha Romaniev.