Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está hecha con el único fin de entretener.
Fic participante del foro ¡Siéntate!, en el reto "Camino al Infierno, 7 días del foro ¡Siéntate!"
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Advertencias: lime y lemmon, lenguaje adulto y vulgar, incesto, violencia física y psicológica.
Prompt del capítulo: Ira.
"Soy la Ira. No tengo padre ni madre y broté de la boca de un león cuando yo apenas tenía media hora de vida. Desde entonces siempre ando por el mundo con esta caja de espadas, hiriéndome a mí mismo cuando no puedo herir a otros."
La Trágica Historia del Doctor Fausto —Christopher Marlowe
De la Ira y las Tres Zorras
En ocasiones Kagura pensaba que algunas mujeres eran simplemente tontas, igual de tontas que los crueles estereotipos que recaían inmisericordes sobre su género, o tontas como las diosas del hogar de la machista publicidad de los años 50's. Lo pensaba siempre que escuchaba a sus compañeras de ballet cuchichear sobre su hermano.
Acostumbrada a tener que cuidarse las espaldas de todos y de todo, poseía a estas alturas de su vida un oído agudo y sensible que la alertaba cual animal siempre en defensa. La danza también se lo desarrolló a niveles privilegiados, aunque sabía que la música no era su fuerte; a pesar de haber sido una chica huérfana desde los diez años y no más que una estudiante promedio de preparatoria publica, el ballet clásico la había hecho escuchar las melodías y composiciones más bellas jamás escritas a lo largo de la historia. Piezas musicales que jamás pudo calificar de aburridas o anticuadas como mucha gente de su edad lo hacía.
Tchaikovsky, Sergei Prokofiev, Igor Stravinsky y Adolphe Adam, eran los únicos y sagrados hombres, muertos hace mucho, que lograban que su cuerpo vibrara de auténtica emoción. La impulsaban a danzar con la verdadera libertad que anhelaba cada fibra de su alma y que lograba viajar a sus piernas hasta hacerla volar por unos instantes. Las obras de ningún otro hombre en la tierra podían despertar su pasión de la misma manera que esos hombres podían hacerlo con ella.
Pero una de las mayores ventajas era el desarrollo del oído: la capacidad de mover una extremidad de su cuerpo al ritmo de las notas de una compleja orquesta acompañándola, y por qué no, la capacidad para escuchar conversaciones a distancia, algo que no podía evitar hacer en muchas ocasiones y que en más de una ocasión la había salvado de estúpidas intrigas.
Se estaba acomodando los calentadores rosas que se sujetaban a sus pantorrillas cuando las escuchó hablar. Las chicas no le caían mal, eran muchachas normales como cualquiera, tan normales como ella algunas veces deseaba ser, pero en esos instantes las consideraba unas verdaderas estúpidas.
Hablaban de su hermano. De vez en cuando volteaban hacia ella, sonriendo traviesamente, viéndola como una especie de medio para llegar a él o por lo menos verlo a la distancia. Una había sugerido a otra que tal vez debían pedirle que se les presentara a Naraku, sólo por curiosidad y para ver qué se daba.
—"Se los va a presentar su puta madre. Si supieran que les estoy haciendo un favor" —Pensó, disimulando que no estaba enterada de nada, pero siguió parando oído, atenta y perceptiva. Una de ellas agregó que Naraku estaba desde hace unos minutos en la entrada de la academia, recargado en su auto y fumando un cigarrillo como solía hacerlo cuando iba a recoger a su hermana menor al ballet. Otra mencionó que eso era tan lindo; que era el hermano perfecto, que podía ser, por otro lado y mejor, el novio perfecto: protector, guapo, con el encanto y pinta justa del clásico chico malo y esa sonrisa cautivadora que causaba una respuesta compasiva y comprensora al instante, ¡y lo mejor de todo es que tenía auto!
Envidiaban a Kagura por ser su hermana. Todas deseaban tener un hermano mayor así, pero más deseaban tener un novio como él, así que, en realidad, no la envidian tanto porque eran hermanos, no novios, y jamás lo habían visto con otra chica que no fuera su hermana, por lo tanto muchas llegaban a la conclusión de que era soltero. Cuando en algunas ocasiones le preguntaron a Kagura si su hermano tenía novia o sacaban disimuladamente conjeturas como "seguramente tu hermano debe ser muy mujeriego", ella respondía con monosílabos vagos y ligeramente hostiles, como queriendo guardar toda información comprometedora de él o alejarlo de las chicas.
Una hermana celosa, puede ser.
Ahora traían alboroto porque él estaba ahí esperándola y había llegado más temprano que de costumbre, dejando ver su cara de guapo idiota frente a todas las chicas que salían a fumar un cigarrillo o a tomar aire fresco en los recesos. El chisme, como siempre, no tardó en correr como pólvora los pasillos de la academia, y Kagura una vez más no pudo creer cómo tantas muchachas podían creerse aquella falsa pose de galán de su hermano. ¿Es que acaso eran demasiado ingenuas, o la belleza del demonio podía llegar a tener tanto poder? Era como observar una espada bellamente adornada que lograba captar la atención de cualquiera, a pesar de saber que estaba diseñada no para ser hermosa, sino para desgarrar carne y vida.
—"Si tal sólo supieran la clase de monstruo que es y su peculiar pasatiempo de acosar mujeres" —Se dijo, al tiempo que se ponía de pie a órden del instructor para retomar la última práctica del día. Moría ya por salir de ahí como alma que lleva el diablo, al menos alejaría a Naraku de aquel tumulto de estrógenos y hormonas alborotadas antes de que alguna de esas ingenuas zorras se convirtiera en la próxima víctima de su hermano, y mientras ella daba los últimos saltos firmemente sujeta de la barra y mirándose en aquel cuarto atestado de espejos, Naraku ya se marchaba en su auto con nueva compañía sin siquiera esperar a su hermana.
Al salir se dio cuenta que no estaba. Lo esperó un rato, creyendo que había ido por cigarros o algo por el estilo, pero luego de quince minutos de espera y tres llamadas perdidas llegó a la conclusión de que su hermano la había dejado plantada –de nuevo-. Evitó hacer berrinche en plena salida de la academia y frente a la mirada de un par de muchachas que no sabían si decirle la verdad a Kagura o no, pero antes de concretar cualquier cosa o acercarse a decirle lo que recién habían visto al muchacho hacer, tomó el camino de regreso a casa, una vez más, bajo el abrasador e inusual sol más parecido al de un cruel verano que a la suave primavera.
Casi se sentía estafada y burlada. Había soportado los cuchicheos de las chicas por nada, y últimamente le daba la impresión de que Naraku la dejaba plantada demasiadas veces sin siquiera avisar (tal vez pretendía, precisamente, hacerla esperar por él como tonta). No sabía si atribuirlo a los misterios trabajos que mantenía con Bankotsu y su banda o si atribuirlo al hecho de que posiblemente trajera alguna novia por ahí y ahora se le estuviera subiendo a la cabeza lo romántico. Era común que cuando su hermano tenía pareja a ella la dejara un poco de lado; pero claro, Kagura, por su parte, no podía tener novio. Su hermano no tardaba en saltar igual a una bestia entre celos rabiosos y amenazar con matar al desafortunado en cuestión, quien ni tarde ni perezoso salía huyendo despavorido.
Aquel pensamiento la llenó de una ira razonable en base a la injusticia con la cual su hermano la trataba y se metía en su vida. El pensamiento sólo fue acrecentándose en su interior mientras regresaba a casa, y terminó por explotar silenciosamente dentro de su pecho cuando, al abrir la puerta de su casa, de la misma casa que compartía con su hermano, se topó con una de las imágenes más desagradables que contemplarían sus ojos jamás.
La sala, donde en ocasiones pasaba las horas fumando y comiendo palomitas frente al televisor, en ocasiones acompañada de su hermano, ahora estaba atestada de gente, así sólo se trataran de cuatro personas y no de una salvaje fiesta, como ella lo había concebido en su retorcida forma de ver las cosas. A veces de la misma forma retorcida que su hermano.
Naraku estaba sentado en de uno de los sofás cual magnánimo rey. Un rey exiliado y en desgracia, pero su actitud seguía siendo igual a la de un rey que no olvida su noble y altiva posición a pesar de la decadencia. Esa confianza exagerada siempre tenía la virtud de hacerlo ver asquerosamente atractivo incluso ante los furibundos ojos de su hermana.
A su lado había tres chicas que Kagura conocía bien. Eran muchachas de la academia de ballet, justamente de su clase. Las tres eran amigas y, sin temor a equivocarse, podía asegurar que las tres eran unas perras, algo así como las Mean Girls japonesas del ballet. No solían meterse con ella, amén de la fama de arisca que Kagura se había encargado de granjearse, pero eso no quitaba que las detestara cuando miraban, despectivas y burlonas, a las chicas más nuevas o a las más torpes, e incluso a las que llegaban a cometer algún error.
Y ahora más que nunca las odiaba.
—"Con razón se desaparecieron de la clase" —Pensó al instante, muy al contrario de la súbita parálisis que se apoderó de su cuerpo justo cuando puso un pie tras la puerta, atrayendo la atención de los cuatro pares de ojos que la miraron con una mezcla de socarrona sorpresa.
Las chicas sonreían divertidas y coquetas, como si le hubiesen jugado una mala broma a la arisca muchacha. Su hermano, Naraku, parecía estar muy cómodo entre ellas, recibiendo gustoso el privilegio de ser el centro de su atención. Había varias cervezas en la mesa, y tanto él como una de las chicas, la castaña, que también era la líder del grupito, fumaban.
En cuestión de segundos Kagura dedujo que mientras él había estado esperando a que saliera, durante ese tiempo se había agenciado a las tres muchachas para llevarlas a casa. Es decir, en pocas palabras la había dejado plantada por tres ligues. Por tres zorras.
—Kagura, hermanita. No te esperaba tan temprano —exclamó socarronamente Naraku, dejando salir todo el humo que inundaba su boca. La castaña, que parecía ser la más aventada y atrevida de las tres, le colocó una mano sobre el pecho mientras las otras dos, un par de morenas, soltaban risitas quedas y bajas. Las sonrisas las hacían lucir un poco más mayores y sensuales, en contraste a los bonitos y juveniles rasgos fáciles que las tres poseían.
—Te estuve esperando —masculló en respuesta con una dureza helada, al tiempo que cerraba la puerta tras ella de un portazo. Naraku alzó ambas cejas como si de pronto hubiese recordado algo importante que en realidad no le interesaba tanto.
—Ah, cierto. Se supone que había ido por ti al ballet —Se volvió a las tres jóvenes, sonriendo de manera cautivadora, y posó los rubíes ojos sobre el ovalo perfecto que formaba el rostro de piel cremosa de una de las chicas morenas—. Soy así de protector porque mi hermana es muy guapa, ¿no les parece? Yo, como su hermano mayor, no puedo permitir que cualquier bravucón la seduzca como yo he hecho con ustedes, ¿o sí? El problema es que ustedes tres también son muy guapas.
Ante la indirecta -muy directa- las tres rieron y se apearon un poco más al muchacho con la mayor desvergüenza posible, ensoñadas con el halago y la compañía.
Kagura contuvo el aliento, desesperada. Quiso decirle y exigirle que sacara a ese trío de perras de su casa. ¡Joder, encima las chicas que más odiaba de su clase! Estaba segura, por completo, que Naraku había elegido justo a estas tres muchachas porque sabía que a ella le caían mal.
A veces no comprendía a su hermano. En ocasiones era como si dos chicos diferentes y similares a la vez dormitaran en su interior y lo llevaran de un lado a otro sin que él opusiera resistencia alguna. Todo lo contrario, parecía disfrutarlo enormemente. En ocasiones era medianamente suave con ella, pero jamás dulce o comprensivo, ni siquiera justo, pero lo suficientemente cariñoso, muy al estilo de Naraku, como para que ella no deseara sacarle los ojos sólo por un par de días. Y al día siguiente podía ser un auténtico patán buscando el pretexto más nimio y tonto para hacerla rabiar al punto del inexorable odio, o dejarla entre la espada y la pared con el fin de chantajearla y aceptar cosas y palabras que nunca pidió.
Ante el silencio de su hermana y su contenida expresión de ira, él sonrió todavía más. Le dedicó una sonrisa descarada y altiva, la sonrisa que siempre esbozaba cuando se vengaba de ella por algo, incluso si era algún cuento inventado por él y sus delirios de grandeza.
—¿Y qué dices, hermanita? ¿No te nos unes a la fiesta? —propuso con descaro, haciendo que la joven alzara una ceja y se cruzara de brazos—. Hace mucho calor. Deberías venir con nosotros a tomar una cerveza.
—Podría considerarlo.
La respuesta dejó atónito a Naraku. Las chicas apenas le pusieron atención, no muy interesadas ni mucho menos enteradas de la clase de enfermiza relación que su compañera de ballet mantenía con su hermano, pero sí muy conscientes del mal carácter de la chica y lo divertido que resultaba en ocasiones hacerla enojar, pero él sí supo que su hermana planeaba algo.
Aún así no dijo nada. La vio dejar con inusual calma su bolso en uno de los sillones y caminar a ellos a paso lento, con un ritmo gatuno y ágil. Precavida como un animal tanteando el terreno. El silencio se hizo en la sala cuando ella tomó una de las cervezas y bebió un pequeño trago, dejando más de la mitad de la botella llena.
Torció su cuello unos instantes, soltando un suspiro relajado, y luego, sin razón aparente, levantó la botella frente a ella con gesto despectivo.
—Qué asco. Esta cerveza ya se calentó.
Apenas terminó de decir la frase, e impulsada por una súbita y explosiva ira, derramó la cerveza sobre la castaña que se apeaba con tanta confianza a su hermano.
Las chicas soltaron un gritito de sorpresa y Naraku hizo una mueca de desagrado cuando el amarillento líquido le mojó algunos mechones de cabello. Al levantar la vista se encontró a su hermana sonriendo de lado a lado como una auténtica arpía, una capaz de superar por mucho la infantil maldad del trío de chicas que lo rodeaban.
—Procura emborracharlas bien, hermanito —comentó Kagura jugueteando con la botella vacía—. Así podrás folláterlas de lo lindo por todos lados. No importa que sea violación, yo no diré nada, a menos que agregues una razón más a mi muy larga y negra lista para querer verte refundido en la cárcel.
—¡Maldita perra! ¡¿Qué demonios te pasa?!
La castaña a la cual empapó en alcohol se levantó casi de un salto e hizo amago de abalanzarse sobre Kagura dispuesta a desgreñarla, pero esta, rápida como una serpiente e impulsada por los deseos más bajos y destructivos, estampó con fuerza la botella contra la pared, dejando solamente la dañada estructura de vidrio con un montón de afiladas aristas en el centro.
—¡Si te atreves a tocarme juro que te cortaré esa maldita cara de zorra de la que tanto presumes!
La rabia de Kagura fue tan palpable, tan densa y pesada igual que un puñetazo sin aviso, que un sepulcral silencio recayó sobre todos los presentes, dejándolos quietos en sus lugares y con los ojos bien abiertos. Únicamente la agitada respiración de la chica se escuchaba por encima del quedo sonido del reloj. Y sus ojos, tan tremendamente rojos como los de su hermano, por primera vez en la vida de este, realmente lo sorprendieron.
Centelleaban como las mismas llamas del más bajo nivel del infierno. Mirar a ellos en esos momentos era como encontrarse frente al absoluto abismo de un pozo de muerte, sólo para darse cuenta de que se sufría de un grave vértigo que amenazaba con debilitar el cuerpo y los sentidos hasta arrastrarte a su infernal vacío; no era más que sangre encapsulada, roja y asesina, alimentada por la rabia y que dictaba una clara advertencia de no acercarse a ella tal y como los animales salvajes de brillantes colores amenazan a sus depredadores con la hermosa ponzoña impregnada en su peligrosa y tentadora piel. Así es cómo, para Naraku, lucía Kagura en esos momentos.
La muchacha castaña, incluso empapada y con el ceño fruncido por la confusión, miró asustada la botella quebrada y no movió un solo musculo del cuerpo. Por unos instantes se imaginó con una enorme y horrenda cicatriz surcando su mejilla y su tersa piel plagada de juventud y se dijo que, por pura sensatez, lo mejor era no seguir tentando su suerte ni provocar a su rival. Si era objetiva e imparcial, todos sabían que no se debía jugar demasiado con el mal genio de Kagura. Lo acababa de comprobar; la chica era más peligrosa de lo que parecía, iba mucho más allá de una adolescente malhumorada y resentida contra la vida, o a las burlas adolescentes que ella y sus amigas proferían contra los más débiles como hasta ahora les había parecido tan divertido.
Naraku, igual que un antiguo rey romano juzgando los salvajes juegos de gladiadores sobre la sangrienta arena, se mantuvo impávido unos segundos, y quitándose a las chicas de encima suavemente, posando su vista sobre su agitada hermana, que seguía con la botella en alto y los vidrios rotos apuntando a ellos, se puso de pie lentamente como si se enfrentase a un perro rabioso.
—Kagura, baja eso —ordenó con voz dura y firme. Ella lo miró por pura inercia y la ira en sus ojos no cambió al verlo. A lo mucho, aumentó.
—Primero me dejas plantada por tres ligues y luego traes a este trío de putas a casa. ¿Realmente crees que tengo ganas de tomar el té con ellas?
Naraku se quedó mortalmente callado. En gran parte tenía razón, el problema ahí es que no le interesaba en lo más mínimo la opinión de su hermana, pero lo cierto era que tenía que apaciguar su furia antes de que ocurriera una desgracia con la cual no estaba dispuesto a lidiar. Tampoco podía permitir que la chica cometiera una estupidez llevada por los celos. ¿Cómo explicar eso luego a la policía, o en un hospital? Además, las muchachas eran menores de edad, se metería en un tremendo lío si se descubría todo, por no contar las muchas cosas que lo involucraban de no muy buena manera con Bankotsu y su banda de matones.
—Te lo advierto, Kagura. Baja eso, ahora —repitió, pero ella lo miró como diciéndole que era capaz de negociar mejor—. Está bien, no tienes que ponerte así. Tú eres mi hermana.
Las últimas palabras parecieron una especie de hechizo que logró surtir algún efecto en la joven; las muchachas lo notaron, más no pudieron interpretarlo. Kagura tomó una profunda bocanada de aire y su expresión se relajó, pero sólo un poco. Luego de varios segundos, tensos y pesados, bajó la botella rota y la dejó colgando de su brazo de pronto lánguido a un lado de su cuerpo con tanta pereza como si toda la energía restante del día se le hubiera terminado con aquella abrupta explosión de ira.
Su hermano, sin decir nada, y con una suavidad que no era propia de él y que sin embargo estaba finamente calculada, le quitó la botella de las manos y la arrastró gentilmente con él a la cocina. Kagura se dejó guiar por el muchacho como hipnotizada por una extraña fuerza que la superaba. Extrañamente calmada, pero aquello sólo era una apariencia similar a la de un violento paciente psiquiátrico perturbado por violentas imágenes, únicamente capaz de apaciguarse con un cóctel de fármacos que adormecieran su agitado cerebro y ánimo.
Cuando se encontraron solos en la cocina y a puerta cerrada, el muchacho no tardó en tirar la botella a la basura, consciente de que Kagura podía estar fingiendo o que su iracundo humor podía encenderse de nuevo ante la más mínima provocación.
—Quiero que saques a esas arpías de aquí —exigió al verlo tirar la botella. Su hermano supo que lo mejor que podía hacer era fingir demencia.
—¿Y cómo por qué me ordenarías tú a mi qué hacer y qué no hacer? —espetó, altivo y arrogante, volviendo a enfrentarse a ella con toda su altura—. Nada cambia si ellas están aquí o no. No tienes porque ponerte celosa.
—No seas imbécil, yo no estoy celosa —Acompañó su respuesta con un fuerte empujón contra el chico—. Espero que esas mujerzuelas te peguen herpes.
—Joder, Kagura, cuánta furia. ¿Estás ya en tus días o qué?
Su respuesta fue silenciosa. Una mueca de desagrado que ante el ojo inexperto podía ser sencilla, concreta y clara, pero a Naraku, que conocía a su hermana tan bien como ella misma, ese gesto le decía muchas cosas más. Incluso le respondía la respuesta sobre su ciclo menstrual; ni siquiera estaba reglando. Su rabia era pura y constante, desprovista de los dolorosos impulsos de las hormonas.
—En ese caso, hermanita —dijo, haciendo alusión al tema con una elegante sonrisa—. Estás en el momento indicado para reivindicarte y unirte a nuestra pequeña fiesta recreativa.
Kagura soltó una carcajada casi esquizofrénica, no tan diferente al de una bruja o cruel arpía como a las chicas que ella misma acusaba.
—Me da asco tu megalomanía.
—¿Megalomanía? Eso es para gente desequilibrada y con delirios de grandeza.
—¿Y qué te crees que eres tú, precisamente?
Naraku alzó la barbilla igual que un rey caprichoso y desvergonzado, como si lo meditara unos segundos.
—Yo no soy nada de eso, hermanita. Yo sí me merezco todos los placeres que me vengan en gana —Ella pareció estar por argumentar algo en su contra, pero su hermano siguió hablando—. Me lo merezco porque soy astuto, inteligente, y mira que hasta guapo. ¿Y sabes? El maldito mundo me lo debe.
Nuevamente se engrandecía igual que un dios imposible de tirar de su nube incluso cuando había perdido ya a todos sus creyentes y seguidores. Una nube en lo alto del cielo creada sólo por la imaginación de los más incautos e ingenuos, pero ella hace mucho había dejado de ser una niñita tonta que le creía todas sus mentiras y lo veía como una especie de salvador y verdugo latente sobre sus hombros; ahora sólo lo podía ver como un tirano monstruoso que rozaba la locura, pero cuando se ponía a autoadularse de esa manera, sabía que era imposible intentar entablar palabras sensatas con él.
A veces hasta creía que tanto narcisismo lo llevaría directamente a la perdición. Y en ocasiones se maldecía por no alimentar sus delirios para verlo caer.
—Y como me merezco todo lo que yo quiera… —agregó luego de unos segundos—, puedo incluso tenerte a ti, si me da la real gana.
—Pues yo, Naraku, a diferencia del mundo —contestó con más agilidad de la que ninguno esperó—, no te debo nada a ti.
Lo empujó una vez más para quitarlo de su camino y salió corriendo de la cocina. Pasó frente a las chicas, que aún se encontraban un tanto turbadas en la sala, discutiendo si debían irse o no de esa casa de locos, pero cuando vieron a la joven subir escaleras arriba a grandes zancadas seguido del suave anuncio del chico con respecto a las ahora acalladas interrupciones y gracias de su hermana, las tres decidieron quedarse.
Simplemente no podía dormir.
Al principio, cuando se encerró a cal y canto en su habitación, pensó que luego de la escenita que se había montado las tres chicas se irían muertas de miedo o a lo mucho se quedarían un rato más a tontear con su hermano. Pasó un par de horas escuchando a los cuatro reír desde la sala. Charlas triviales que Naraku fingía escuchar mientras las tonterías se volvían cada vez más pesadas y comprometedoras. Luego hubo risitas nerviosas, coquetas, y finalmente escuchó azotar una puerta. La puerta de la habitación de su hermano, pero jamás escuchó cerrarse la puerta de la casa.
No pasó mucho tiempo antes de comenzar a escuchar cosas verdaderamente comprometedoras.
La habitación de su hermano estaba pegada a la suya, así que todo lo que sucediera en una pieza se podía escuchar a la perfección en la otra. Fueron muchas risas, palabras encantadoras que salían de la venenosa lengua de su hermano disfrazadas de cautivadora seducción. Estas palabras parecieron surtir el efecto esperado, porque después comenzó a escuchar múltiples gemidos que conforme pasaron los minutos aumentaron de intensidad. En ocasiones se transformaban en gritos o agudos chillidos, luego pasaban a murmullos y risas traviesas. Su hermano estaba metido en todo ello rodeado de aquellos gemidos femeninos y de vez en cuando lo escuchaba jadear con voz grave y rasposa, como si estuviera en medio de un pesado esfuerzo físico. En otras ocasiones lo escuchó fingiendo suplicar y quejarse, diciéndole a las chicas que eran demasiado malas y atrevidas.
No se iba a engañar: estaban teniendo sexo. De alguna forma que Kagura no comprendía, Naraku había logrado ligarse a esas tres muchachas y, no sólo eso, había logrado llevarse a las tres a la cama y compartirlo como quien comparte una golosina exótica y poco usual. Una de esas experiencias que pocas personas viven y que únicamente se experimentan una o dos veces en la vida.
No es que estuviesen gritando como desquicios o que pareciera que Naraku estaba descuartizando jovencitas inocentes, pero eran demasiadas personas encerradas en un solo lugar y sólo con una delgada pared separándolos. Le era imposible cerrar los ojos y dejar de escuchar los quejidos de placer y éxtasis.
Lo intentó un millón de veces. Se dio la vuelta de un lado a otro sobre la cama. Se cubrió con las sábanas hasta la cabeza y luego el rostro con la almohada. Incluso hubo ocasiones en que se vio tentada a golpear la pared exigiendo que hicieran silencio, pero sabía que sólo recibiría burlas de vuelta.
Era extraño, por no decir repugnante, escuchar a su hermano teniendo sexo. En ocasiones se preguntaba cuándo él -cuándo los dos-, habían crecido. ¿En qué momento su hermano se había convertido en un hombre? Al menos en todo lo que podía abarcar la palabra para un chico de apenas veintiún años. Aún así su hermano, con su corta edad, contaba con una experiencia que no cualquiera, ni siquiera ella, tenía, y que probablemente casi nadie en su sano juicio deseaba si esa experiencia venía acompañada de golpes, duras crisis y decepcionantes muertes. Una experiencia formada a base de golpes y fracasos hasta evolucionar en ambiciones desmedidas que lo habían convertido en un desalmado tan seductor como egoísta.
Poco quedaba de aquel chico burlón y ligeramente infantil que ella buscaba por las noches para escapar de sus tiernos miedos. A veces lo extrañaba en lo más hondo de su alma y recuerdos. Ahora, el Naraku de la actualidad sólo podía provocarle asco y, en ocasiones, un profundo miedo y un deseo inexorable de tenerlo bien lejos. Aún así no se atrevía a separarse del todo de él. Era mil veces maldito, un hipócrita, un cuasi diablo, pero era su maldito hermano por sobre todas las cosas y, a pesar de que jamás le había dicho que la amaba o que no tuviera miedo, siempre le había hecho ver desde que tenía uso de memoria que no la abandonaría. Fue una verdad irrevocable que comprendió con sorprendente facilidad desde niña: la idea de que su hermano estaría a su lado siempre, de una manera u otra, quisiera o no quisiera. Y cuando las cosas parecían ir de mal en peor, él siempre se encargaba de que todo girara a su alrededor para sacarle el mejor partido y provecho, y aunque parecía hacer todo eso por ella, siempre se negaba a confiarle sus planes y lealtades, en siquiera darle su merecida libertad (y en ocasiones creía que, si su hermano le diera la libertad que tanto necesitaba para respirar, podría apreciarlo y aceptarlo un poco como él en ocasiones parecía desear con silencioso fervor). Aún así, en cada ocasión que tenía le demostraba lo mucho que valía saber que no era la única que pasaba por las mismas penas.
No podía abandonarla, por alguna razón. No importaba cuánto hiciera ella por traicionarlo o desquiciarlo. Y en ocasiones no sabía qué tan bueno era eso. Pero ahora, teniendo a ese trío de chicas a sólo una pared de distancia, sudando, gimiendo y devorando a su hermano, no era capaz de sentir esa falsa sensación de seguridad que él le brindaba cuando se lo proponía. No podía hacerlo si lo sabía atrapado y deleitado entre las garras de las arpías mezquinas.
A veces, debía aceptar, le perturbaba saberse consciente de esa profunda conexión casi psíquica que compartía con su hermano, por mucho que odiara aquel hilo rojo que los unía y los estrangulaba. Un hilo tan rojo como la sangre que compartían y tan pesado como las crueles cadenas la esclavitud, pero esa conexión que compartían y de la cual nunca hablaban, que se limitaban a sentir y maldecir, nuevamente se presentaba en ella. Y sobre su cama, a solas, dejando pasar la nocturna brisa fría por la ventana abierta y entre las cortinas, se sintió como una de esas chicas a las cuales su hermano se estaba tirando. Era la única forma de sentirlo suyo.
La mañana siguiente. Siempre la mañana siguiente.
Ella jamás había experimentado la vergüenza e incomodidad de la famosa "mañana siguiente". El primer hombre de su vida se había ido de su cama casi tan rápido como terminó, y como despedida y souvenir se había quedado con sus pantaletas, asegurándole con un casto beso que había sido un verdadero placer desvirgarla. Aún así, esta vez, esta mañana, tuvo que ducharse con tanto frenesí como si experimentara la primera pero no última mañana más incomoda de su vida.
Seguía sintiéndose como una de esas chicas, como las tres chicas que ahora dormían sobre la cama de su hermano luego de aquella exhaustiva actividad nocturna tan recreativa, como le había dicho su hermano.
Y él, seguramente, estaba más seco que una pasa, si se ponía a rememorar con cuidado todas las veces en que lo escuchó jadear con fuerza, casi sin aliento. Contó cuatro veces, si mal no recordaba. Terminaban un asalto, y minutos después empezaban otro.
—"Al menos tiene aguante" —Pensó desinteresadamente mientras dejaba que el agua corriera por su cuerpo desnudo, escudada tras la cortina de baño y sintiendo el alivio de tener un poco de privacidad.
De pronto dejó de enjuagarse el cabello y se quedó quieta como si fuese víctima de una sublime revelación. Todavía escuchaba los muchos gemidos de placer en su cabeza. No quiso hacerlo, pero su mente creó e imaginó la escena de su hermano revolcándose con aquellas tres chicas, aún contra su propia voluntad.
Al principio le pareció profundamente vulgar, asqueroso y repugnante imaginar esos cuatro cuerpos sudando, besándose entre ellos y exudando lujuria por todos los poros, manchando las sábanas de fluidos y haciéndose un enredo de piernas y brazos con besos y mordiscos en medio. Hizo una mueca de repulsión que, si alguien la hubiese visto, le habría resultado la más falsa de la historia.
Se metió más bajo el chorro de agua tratando de acallar las blasfemas imágenes que su cabeza la obligaban a ver, pero le fue imposible. Era como un impulso irrefrenable, tan descontrolado como lo que la había hecho romper aquella botella y amenazar a la casual amante de su hermano la tarde anterior.
Había algo de aquella imagen que la obligaba a seguir imaginándola y mirándola como si fuese una espectadora, una sucia voyeur que disfruta viendo a otros gozar.
¿Así se sentiría su hermano cuando la espiaba mientras ella se desnudaba?
Se mordió los labios cuando, casi inconsciente, sintió su mano derecha serpentear dudosa sobre uno de sus empapados muslos. Trató de detenerla, pero le fue imposible. Muy en el fondo deseaba que siguiera su camino como quien se deja al fin arrastrar por la muerte a pesar de haberse aferrado a la dolorosa vida por años.
Al momento en que su mano hizo contacto con su entrepierna apenas descubierta por sus piernas ligeramente separadas, soltó un silencioso suspiro que la hizo cerrar los ojos, relajada. Se sorprendió al encontrase a si misma ya húmeda y no precisamente con el agua de la regadera.
Una sensación de súbito y exquisito placer la invadió rápidamente y, dejándose arrastrar por la deliciosa sensación, dejó que sus dedos acariciaran su punto más sensible, restregándolo con facilidad tomando un poco de su propia esencia cristalina y resbaladiza.
Dejó caer la frente contra la pared del baño cubierta de blanco mosaico y salpicado de agua. Finalmente cerró los ojos, imaginando ansiosa toda clase de fantasías que aumentaran la excitación de la que ya era presa, pero la que más reinaba en su mente era la de su hermano follándose a las chicas con desenfreno y sin parar, y mientras lo imaginaba, su mano libre viajó suave junto al agua que recorría su cuerpo directo a uno de sus pechos. Lo apretó con gentileza y pellizco el pezón, imaginado que eran manos ajenas a las suyas las que estimulaban los rincones más erógenos de su cuerpo.
—"Quiero ser una de esas chicas."
El pensamiento fue más que una fantasía pasajera que desaparecía luego del próximo orgasmo. Era una convicción y afirmación que sólo en momentos como esos, donde nadie más la veía, donde podía darse la libertad de ser ella misma con su cuerpo y pensar lo que le diera la gana, era capaz de aceptar de buena gana. Y lo que pensó en esos instantes es que no sólo quería ser una de esas chicas. Quería ser la única chica.
Cuando finalmente lo aceptó sintió lubricarse más. Aumentó el ritmo de las yemas de sus dedos circundando sus pliegues sensibles, casi palpitantes, siendo que la dejaban sin aliento, cuando entonces un brusco sonido en la habitación la hizo paralizarse unos escasos segundos y apartar la delatora mano que tenía hurgando entre sus piernas.
—¡¿Qué no te enseñaron a tocar?! —espetó apenas con aliento, creyendo que se trataba de alguna de las muchachas que buscaba desesperada una ducha para quitarse todo el vulgar olor a sexo y fluidos que seguramente impregnaban su piel, pero la sangre prácticamente se le fue a los pies cuando escuchó una voz mucho más conocida contestarle.
—Soy yo, Kagura.
Genial, qué emoción. Era Naraku.
La joven al instante sintió un atisbo de culpa y vergüenza surcar con crueldad su columna vertebral cuando, en cuestión de milisegundos, rememoró lo que recién había estado haciendo sobre su propio cuerpo al tiempo que evocaba la imagen de su hermano sobre su cama, tomándola y haciéndola suya con el mismo brío y pasión con el cual había tomado a aquellas tres zorras. Casi se podía escuchar a sí misma gritar y jadear contra su oído igual que una puta necesitada de verdadero y gratuito placer.
Sintió sus mejillas colorarse y no pudo creer que el sólo pensar en él pudiese invocarlo como si de una oscura magia se tratase. Sólo faltaba que le leyera la mente.
—¿Te estás bañando? —preguntó Naraku al tiempo que cerraba la puerta del baño tras él.
—No, idiota, fíjate que estoy apagando un incendio.
Enseguida se golpeó la cabeza al notar el muy obvio juego de palabras que, sin querer, había formado su lengua. Aunque se supone que no tenía por qué malinterpretarse si no se sabía lo que había estado haciendo, así que le restó importancia. Su maldita consciencia jugándole malas pasadas, de nuevo.
—Sal de ahí. Quiero ducharme. Estoy muerto —ordenó Naraku al tiempo que la joven descorría la cortina sólo lo suficiente para tomar su ropa interior, la cual terminó por dejar en el cortinero. No fuera a ser que a su hermano le diera por oler sus calzones igual que Bankotsu.
—Y apestas a sexo y puta barata —espetó, volviendo a enjuagar su cabello lleno de espuma y cuyo aroma inundaba el baño con un olor dulzón a vainilla y moras. Lo escuchó soltar una queda risa, pero lo ignoró, y siguió enjaguando los restos de jabón de su cabello y cuerpo. No se detuvo ni tuvo intenciones de salir de la ducha apresuradamente hasta que un particular sonido, extrañamente familiar y similar al de una pequeña cascada, la hizo detenerse, confusa.
Miró hacia la cortina, y ahí, a contraluz de la iluminación matutina que entraba por la ventana del baño, pudo ver a Naraku de perfil, de pie ante el inodoro y con ambos brazos dirigidos a su entrepierna como si estuviese sosteniendo algo. De pronto comprendió de dónde exactamente venía el sonido.
—¡Por Dios, Naraku! ¡No me digas que estás…!
—Yo te dije que salieras del baño —Le restó importancia a la situación, completamente desvergonzado y carente del más mínimo pudor para con la muchacha mientras seguía en su propio asunto. Después de la agitada nochecita que había pasado, poco pudor le quedaba por derrochar ante nadie.
—¿Y no pudiste esperar unos minutos para orinar? ¡Eres un maldito asqueroso!
Las continuas puyas de su hermana y sus gruñidos de repulsión lo hicieron reír, divertido ante la situación de incordiarla tanto por una trivialidad como aquella.
—No hagas tanto drama, como si tú no lo hicieras —se defendió el muchacho, aún desechando de su cuerpo los líquidos innecesarios junto a un alivio que se le antojó celestial.
—Pero no frente a ti, grandísimo pedazo de imbécil —Kagura se apresuró a quitarse todo el jabón de encima. Le daba un poco de pudor recorrer su cuerpo con sus propias manos para hacerlo. Se supone que no podía verla por la dirección de la luz, pero tenía la constante paranoia de que podía ver su silueta desnuda, con sus manos recorriendo su piel, a través de la delgada cortina de la ducha, y a pesar de estar perfectamente consciente de que la espiaba y que conocía los detalles de su cuerpo casi con la misma precisión que sí misma, la idea seguía causándole cierta angustia y temor—. Y más te vale que bajes la maldita tapa.
—Kagura —El tono de voz con el cual su hermano la llamó le dio la impresión de que no había escuchado –muy convenientemente- nada de lo que recién le había dicho—. He estado pensando en algo últimamente… —El gruñido de su hermana no lo hizo desistir de seguir hablando—. ¿Qué harías si alguien, de pronto, entrara a la casa a robar?
—¿Qué? —espetó Kagura, todavía bajo el chorro de la ducha, maldiciéndose mentalmente por haberse echado tanto shampoo encima.
—¿Sabes lo que haría yo? Lo llevaría hasta el lugar más recóndito de la casa. Al último dormitorio; no, tal vez hasta el sótano. Bien escondido —Hizo una muy breve pausa, al tiempo que Kagura desviaba la vista hacia la silueta aún fija de su hermano, quién seguía orinando frente al inodoro—. Ahí lo reventaría a balazos. Le daría con todos los tiros hasta dejarlo como un queso suizo. No uno, no, porque dirían que soy un tirador hábil y me comería un lío de la gran mierda.
—¿Qué no puedes dejar de orinar de una puta vez? ¿Qué eres, una maldita fuente? —espetó la muchacha, pero Naraku la ignoró y siguió hablando.
—Le diría a la policía que estaba en un estado irrefrenable de emoción violenta, rozando la locura; algo así como en una especie de crisis o quiebre psicótico. Es decir, lo reventé a tiros, le vacié el cargador sin necesidad. Es de pirados. Luego lo patearía y lo pisaría como basura, y para demostrar mi profundo estado de locura e inconsciencia temporal, lo mearía encima. ¿Entiendes? Después me conseguiría una botella de vodka, de la barata, y me tomaría la mitad acompañado de un poco de cocaína e iría al juzgado así –A través de la cortina Kagura pudo ver que Naraku se cerraba los pantalones y luego tiraba de la cadena del inodoro. Segundos después levantó una mano, moviéndola rítmicamente, como si estuviera temblando—. Sería inimputable, ¿no crees? Yo digo que en diez días salgo.
Naraku no era alguien que dijera ninguna cosa al azar o sin una razón especifica e incluso planeada; todo lo que salía de su boca tenía un por qué, un propósito y objetivo, aunque este casi siempre resultase desconocido y confuso para los demás, pensó al cerrar la llave de la ducha y tomar su ropa interior para vestirse, sin quitar la vista de la silueta de su hermano, quien ahora se cepillaba los dientes como si no hubiese dicho nunca semejante tontería como la que acababa de rezar.
—Y qué sé yo —farfulló Kagura abrochándose el sostén, escuchando a su hermano enjuagar su boca—. ¿Por qué no le preguntas qué opina a alguna de tus amiguitas? Aunque dudo mucho que sean muy inteligentes si se metieron con alguien como tú.
Descorrió la cortina con una rapidez que pareció casi teatral; en su posición, a Naraku le pareció una especie de dramática entrada a un decadente escenario que le quedaba demasiado pequeño a su exquisita protagonista.
Bueno, no había forma de quitarle esa vena artística y teatral a su hermana, sobre todo cuando se mostró ante él de esa manera tan descarada, sólo escondida tras un sostén color salmón forrado de delicado encaje y unas bragas que hacían juego con él. Eran un tanto reveladoras, como si tuviese la intención de brindar una agradable vista a un amante para tentarlo; los detalles del encaje dejaban ver con facilidad las curvas que la muchacha que, con sólo dieciséis años, ya poseía gracias a un acelerado desarrollo que él fue el primero en notar algunos años atrás, cuando la pubertad la alcanzó. Parecía una muchacha de veinte años en la culminación de su madurez, casi su misma edad, y las muchas gotas de agua cristalina que resbalaban por su piel la hacían ver aún más tersa y brillante de lo que ya era ante la luz matutina que se filtraba por el tragaluz del techo.
Rápidamente ocultó la satisfecha sonrisa que había escapado de sus labios al fingir enjuagarse con una toalla el agua que corría por su mentón, sin molestarse en quitarle los ojos encima. A pesar de la bucólica e idílica imagen que ella tan distraída y naturalmente le mostraba, un estimulo mil veces más efectivo para despertar que un café bien cargado, bajo el rostro limpio y sin gota de maquillaje de su hermana, pudo ver unas ojeras saltando bajo sus ojos y su gesto cansado y agotado.
—¿Qué sucede, hermanita? ¿Y esas ojeras? No pareces haber tenido un buen sueño reparador.
La burla automáticamente la hizo soltar un resoplido de fastidio y rodar los ojos, y pensó en desviar el tema y decirle que no fuera tan descarado como para andar por ahí sin camisa, justo como ahora estaba, pero no se sintió en posición de reclamar nada estando ella misma casi en las mismas condiciones.
—Sucede que no me dejaste dormir anoche —reclamó, pero para toda respuesta su hermano soltó una carcajada.
—¡Vaya, es el mejor halago que me has dado! —Le dedicó una sonrisa lasciva y supo que estaba por soltar alguna blasfemia que seguramente haría hervir su sangre—. No sabía que yo tuviera tanta potencia. Mira que no dejarte dormir, y ni siquiera te toqué, hermanita.
Lo empujó y trató de salir del baño, pero el cuerpo de su hermano se interpuso entre ella y la perilla. Sintió un súbito golpe de desconfianza en el pecho, pero también un familiar escalofrío ponerle la piel de gallina igual que si un aire gélido hubiese golpeado su cuerpo casi desnudo y empapado.
—La próxima vez que quieras follarte a tus putas, lárgate a un motel. Esas tres zorras y tú no me dejaron dormir en toda la noche —aseguró enérgica, como si deseara aclarar el verdadero significado de sus anteriores palabras, y sin embargo ella misma se sorprendió dándose cuenta de la perturbadora naturalidad con la cual ya estaba acostumbrada a recibir los sospechosos comentarios de su hermano. Cualquiera hubiese pensado que en realidad eran novios y que ella estaba ardiendo en celos.
—¿Por qué tanto odio a las pobres señoritas? —exclamó Naraku arrugando las cejas y fingiendo congoja, como si realmente fuese capaz de identificarse con el dolor de las jóvenes a las cuales ella acusaba tan duramente—. No te pongas celosa, hermanita. Tú siempre serás mi chica favorita.
Mientras hablaba alargó su mano hacia ella. Llegó a su rostro y lo acarició gentilmente con uno de sus dedos, recorriendo su mejilla y disfrutando del tacto húmedo y fresco del agua matutina sobre la piel radiante y femenina.
Si era sincero, extrañaba mucho tocarla de esa manera. La ultima vez había sido hace años, cuando ella apenas dejaba de ser una niña y él se volvía un muchacho cada vez más resentido contra el mundo y su suerte, justo después de enterrar a su madre, resguardados a solas, completamente solos ante el mundo, tras aquellos hermosos patios solitarios del templo shinto donde se habían despedido por última vez de su madre y el alcohólico padre que siempre odiaron. Sí, la última vez que la tocó así, cuando le aseguró que siempre sería la única, fue cuando la consoló con toda la sinceridad que su sociópata personalidad podía, sintiendo como pocas veces una desconocida empatía para con su hermana ante la pérdida que habían sufrido por las causas y ambiciones infantiles de ambos.
Realmente había intentado consolarla. La recordaba tan frágil, tan desvalida y a la vez tan furiosa, tan iracunda hacia la efímera vida, que nunca antes ni después de eso había sentido un impulso tan abrasador hacia nadie más como esa vez, que lo llevó directamente a robarle su primer beso bajo la sombra de los arboles que los protegían del intenso sol, y la cachetada que recibió de vuelta fue tan intensa como el calor del temprano verano, pero eso no mermó las ganas que le quedaron de volver a hacerlo.
Y estuvo seguro de que Kagura lo disfrutó, lo comprobó en ese mismo instante cuando la vio estremecerse ante su tacto, seguramente con los mismos recuerdos que a él también lo invadían, y con esa línea de pensamiento imposible de ignorar, ella no fue capaz de quitar los ojos de la sonrisa de su hermano, pero se obligó a decir algo rápido, algo que hiciera tambalear la confianza asquerosa y exacerbada de él para que finalmente la dejara salir.
—No te atrevas a compararme con esas arpías —masculló entre dientes—. Yo no soy como las zorras que sueles tirarte.
—En efecto, hermanita —Sintió ganas de ahorcarlo nuevamente, como siempre sentía ganas de hacerlo cuando él se dirigía a ella de esa forma—. Tú no eres mi zorra, ya te dije que eres y siempre serás mi chica favorita.
—Yo no soy nada de eso. Soy tu hermana.
—Y esa es, justamente, la razón más importante.
Casi había olvidado que seguía tocando su rostro; el ligero placer que le brindaba el tacto la había hecho olvidarse de la acción. Para cuando acordó tenía sus dedos sujetando con firmeza su mentón y lo elevaba como si tuviera intenciones de alcanzar la altura de él. Le pareció que quería besarla.
Sí, eso era. Quería besarla.
Tampoco era la primera vez.
—Un día te quitaré esa maldita manía que tienes de llamarme hermanita —La sentencia, súbito rechazo a todas las razones que él tan descarada como sutilmente le daba para justificar su bizarro deseo a ella, provocó que Naraku se detuviera y la mirara casi con asombro—. ¡Y no me toques! Sabrá el cielo dónde diablos metiste esos dedos.
Se lo quitó de encima con un hosco manotazo e interpretó sus últimas palabras como una irrefutable muestra de esos celos que no aceptaba.
Se apartó del camino de Kagura cuando supo que no había, por ese día, nada más que intentar ni reñir. Había agotado la cuota diaria de paciencia de su hermana, pero a él, por el contrario, le sobraba paciencia.
Sería incluso capaz de esperar por ella cincuenta, ¡incluso quinientos años!, hasta que fuera suya.
—¿Acaso es un pecado tan grande querer a mi hermanita? —dijo cuando la vio poner una mano sobre la perilla. Ella se detuvo y le devolvió la mirada.
Si seguía llamándola de esa manera, se juró Kagura, terminaría por cortarle la lengua con sus hojas de afeitar.
—No, el pecado es querer besarla.
Con su última sentencia dicha giró la perilla y salió del baño hecha un torbellino. Cerró la puerta de un portazo y al volverse se quedó quieta al toparse con una de las chicas que había pasado la noche en su casa.
Era la castaña, la muchacha a la cual le había derramado la cerveza encima y amenazado con la botella rota el día anterior.
Estaba despeinada y claramente desvelada. Terminaba de abrocharse torpemente la blusa azul y colgarse al hombro su bolso, con el leotardo y las zapatillas de ballet sobresaliendo de entre un hueco. Kagura volvió a sentir aquellos infernales celos que la motivaron a amenazarla de forma tan descarnada horas atrás.
—¿Qué? ¿No te quedas a desayunar? Tal vez quieras empezar el día comiendo lo que mi hermano te pueda ofrecer —espetó cruzándose de brazos, pero la joven hizo un gesto extraño, como de incomodidad y contrariedad, y no precisamente por el vulgar comentario que le había soltado con tanto rencor.
—No. Yo me largo de este manicomio —farfulló agotada, mirándola con cierto aire acusador—. En esta casa pasan unas animaladas muy raras.
A Kagura le pareció de lo más extraña la manera en cómo se despidió, incluso se quedó con ganas de preguntarle a qué se refería (aunque conocía bien la respuesta). La joven dio un par de pasos, pero antes de caminar más, perturbada como pocas veces lo había estado y sintiendo la imperiosa necesidad de decir algo al respecto, de por lo menos prevenirla por muy tensa que fuese su relación, se volvió hacia Kagura y la miró por encima del hombro, pero su expresión no era arrogante como la del día anterior. Parecía gritarle una especie de advertencia que a Kagura se le antojó incluso empática.
—¿Sabes, Kagura? —dijo, cerciorándose de haber captado la atención de la aludida—. Yo también tengo un hermano mayor, pero él jamás me ha hablado así.
Sintió que le arrojaban un balde de agua fría sobre la cabeza para luego azotarle la espalda con una vara de bambú. Descruzó los brazos, asombrada, tratando de decir algo para defenderse, para incluso defender a su hermano, intentando decirle que no era lo que parecía. ¿Y cómo excusarse? No tenía cara para negar nada.
Era claro que la muchacha había escuchado toda la conversación y por esa razón ahora se largaba tan abruptamente, sin siquiera tomarse la molestia de despertar a sus amigas. Porque una cosa era tener un revolcón con un chico y dos amigas sólo para probar la inusual experiencia, pero otra muy distinta era ver a un hermano hablando de besar a su hermana.
"Pero ahora me sonó a cosa mala y llena de pecado. Me dio miedo y, sin embargo, ansiaba observar de cerca su trabajo maligno."
Dublineses, Las Hermanas —James Joyce
Un poco más y olvido que hoy tenía que subir nuevo capítulo D: tuve un día fatal en la universidad, por no decir la prueba ETERNA que me encargaron de aplicar y que me acaba de joder todo el fin de semana. Me jode mucho ese pedo (es de esas pruebas muy completas, pero poco prácticas y que probablemente solamente usarás en la carrera una o dos veces, o nunca) pero la tengo que hacer. De todas formas, tampoco voy a dejar de publicar por eso. Tengo la esperanza de que las sesiones no me coman la tarde entera más el resto de tareas xD y por fortuna ya tengo casi todo lo de este fic escrito, así que no habrá retrasos.
Por cierto, con respecto a Naraku: tal vez sea un tanto exagerado pensar que un chico pueda ligarse a tres chicas y llevárselas a la cama, y de hecho nunca he considerado a Naraku una especie de maníaco sexual o mujeriego, pero lo cierto es que su actitud, como decimos en psicología, es de tipo seductora (y no necesariamente tiene que ver con el concepto de seducción sexual que se piensa), pero es guapo, tiene labia, sabe embaucar a la gente y si se lo propone, creo que sí podría hacer eso, y en el fic más que nada lo hace con el fin de molestar a su hermana más que por mujeriego.
Otra cosa con respecto a él, cuando está orinando y le habla a su hermana y saca esa loca teoría de cómo matar a alguien y salir bien librado, me inspiré por una entrevista que vi en YouTube a un hombre mayor de Argentina, en una exposición de armas, donde le preguntan qué haría él si alguien se metiera a su casa y da esa teoría de cómo matarlo y salir libre. Tengo mis razones para incluirlo aquí, y todo eso (incluido el hecho de que vieran a Naraku orinar xDD) es un guiño al fanfic que les he venido mencionando y en el cual me inspiré.
En fin, no tengo más que aclarar. Muchas gracias por tomarse el tiempo de leer y espero disfruten la historia :D
[A favor de la Campaña"Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]
Me despido,
Agatha Romaniev.
