Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está hecha con el único fin de entretener.
Fic participante del foro ¡Siéntate!, en el reto "Camino al Infierno, 7 días del foro ¡Siéntate!"
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Advertencias: lime y lemmon, lenguaje adulto y vulgar, incesto, violencia física y psicológica.
Prompt del capítulo: Envidia.
"La codicia arraiga hondo y crece con raíces más perversas que la lujuria, flor de verano."
Macbeth —William Shakespeare
De la Envidia y Blancanieves
Volver a ver a sus tres compañeras de ballet fue más incómodo para Kagura que para ellas. Si llegaban a cruzar las miradas por accidente o a toparse de frente entre un movimiento u otro, en sus ojos no había nada que las preocupase o avergonzara ante su presencia a pesar de estar muy conscientes de que sabía lo que habían hecho con su hermano en su propia casa, a un lado de su habitación.
Ahora más que nunca Kagura las consideró un trío de descaradas; si acaso había captado en algunas ocasiones furtivas y sospechosas miradas que le mandaba su compañera castaña, sin embargo esta era la que menos atención le prestaba, como insistiendo en mantenerse lo más alejada posible.
Era como si no recordaran que las había escuchado gritar y chillar toda la maldita noche apenas un par de días atrás.
Todo era tan tácito, tan silencioso, que se asemejaba a una especie de resaca compartida de la cual ella también era cómplice, como el fiel amigo que se niega a contar los desfiguros provocados por el licor corriendo en la sangre de un buen compañero, o que se dedica a borrar y salvaguardar de las redes sociales las vergonzosas fotografías tomadas la noche anterior.
Pero a ella ni siquiera le caían bien. Es más, ni siquiera debía importarle lo que ellas o su hermano dejaran de hacer o no, ya fue individualmente o juntos -la última palabra le provocó un poco de asco-. Su hermano, siendo imparciales, podía meter su pene en dónde le diera la gana; ella no tenía por qué, ni deseaba, inmiscuirse en ese desagradable asunto, así cómo él no debía meterse sobre a quién o no abrirle las piernas, a pesar de que, efectivamente, lo hiciera.
Mientras no fuera algo mutuo, se supone que no había problemas. Pero Kagura no podía dejar de sentir aquel residuo de rabia y frustración burbujear en su pecho cada vez que veía el rostro de aquellas tres muchachas, sobre todo el de la morena cuyo rostro era el ovalo más perfecto que jamás había visto. Les molestaba aún más si recordaba el de su hermano, y sentía que podía explotar de un momento a otro si aquella imagen evocaba el mismo rostro de Naraku abrumado por el más bajo y vulgar placer.
Se obligó a apartar esos pensamientos de su mente. Después de lo que había hecho en la bañera la otra mañana, a solas, no quería saber nada más de Naraku y desde entonces apenas le dirigía la palabra. No quería verlo, no quería que fuera más por ella a la escuela o al ballet. No quería verlo en ningún lugar que ella frecuentase, donde podía ir igual que un cazador a atraparla con su tóxica presencia.
Vaya, acababa de recordar que hace tiempo no tenía tantas ganas de escapar.
Sabía que no podía hacerlo, no por ahora, a menos que buscara un poco de ayuda extra así fuera contra los principios de su quisquilloso orgullo, pero, si no podía escapar para siempre de la nociva presencia maligna de su hermano, sí que podía hacerlo aunque sea por una noche. Despejarse un poco, relajarse, olvidarse de las circunstancias de la vida que la habían arrastrado como un pez panza arriba por la corriente hasta el punto donde estaba estancada actualmente. ¡Y cuánto deseaba hacerlo!
Con ese pensamiento en mente, entre descanso y descanso, hizo la llamada de salvación. Una llamada dedicada únicamente a su caballero y príncipe azul. Estaba segura de que le encantaría saber de ella.
Logró zafarse del en ensayo en el Museo Hakurei más temprano de lo usual y lo encontró esperando por ella en una de las salas de exhibición del ala oeste, observando el cuadro recién restaurado de una niña europea del siglo XVI, artificiosamente ataviada con joyas y lujosas telas cubriendo su menudo cuerpo. A esas horas del día y entre semana casi no había gente en el museo, sin contar que muchos estaban ya de vacaciones, y su academia lo había aprovechado para tomar las instalaciones del museo donde se presentarían con el objetivo de ensayar la próxima función.
Bankotsu, quien se volvió al escuchar los suaves pasos de Kagura sobre el piso, con sus pies aún enfundados en las zapatillas de ballet, se volvió hacia ella y le dedicó una galante sonrisa. Quiso saludar besándola, pero la joven desvió cruelmente el rostro, como haciéndose la difícil, hacia el cuadro que el moreno había estado observando. Lo juzgó con una ceja alzada, como si todo el detalle y esfuerzo impreso en el cuadro, con sus bellos colores al óleo, no fuese más el infantil dibujo de crayones hecho por un niño de primaria. Tampoco se molestó en leer el nombre de la obra ni detallarlo a profundidad.
—Princesas. Qué tontería —masculló por lo bajo, observando con cierto atisbo de envidia la cargada y ostentosa imagen de la niña retratada en el cuadro. Una niña que lucía igual que una auténtica princesa, igual a la de los cuentos de hadas que ella alguna vez leyó cuando pequeña.
—¿Qué? —Bankotsu frunció el ceño; no había alcanzado a escuchar del todo bien el comentario de la muchacha.
—¿Estás buscando tu próxima mercancía? —Lo enfrentó con una sonrisa igual de ladina que la suya, una sonrisa de complicidad que a él le resultó peligrosa y sensual como la de una gatita, pero en su lugar hizo un gesto de contrariedad y fingió demencia.
—No sé de qué hablas —contestó, pero Kagura se limitó a rodar los ojos.
Sabía que el moreno solía hacerse pasar por coleccionista para robar pinturas, reliquias y antigüedades de gran valor con el único objetivo de venderlas en el mercado negro. Nada del arte le interesaba, excepto el dinero que pudiesen darle aquellos objetos codiciados por deschavetados, presumidos extravagantes o simples amantes del arte, por eso Kagura no esperaba que él entendiera cosas como el ballet, la música con la cual danzaba o la literatura de suspenso y terror que tanto disfrutaba; una de las razones por las cuales no tenía demasiados temas en común con Bankotsu, o puede que sí, aunque por supuesto, dirigidos a distintos propósitos. Después de todo, sea como sea, el muchacho de la trenza sabía de arte –por algo sabía qué robar y cómo venderlo-, y con otra ropa y una expresión más seria era capaz de lucir mucho más mayor de lo que realmente era, mucho más respetable y digno de confianza, cosa que le daba una gran ventaja para desempeñar su curioso y nada honesto trabajo como lo hacía.
—Claro —dijo Kagura, acomodándose mejor su bolso en el hombro—. Quiero salir.
—¿Quieres salir? —murmuró él, como sorprendido por la propuesta de la chica. Había acudido al museo donde la academia de ballet en la que estudiaba Kagura ensayaba y solía presentarse, sin embargo ella no le había dicho nada del por qué quería verlo ahí tan temprano.
—Sí, quiero irme de fiesta o algo. Estoy harta de estar encerrada en mi casa practicando. Por eso te llamé.
—Bueno, si eso quieres, hagámoslo. Conozco buenos lugares.
Y con decir buenos lugares, sabía que no se estaba refiriendo a un sofisticado y costoso lugar donde la haría pasar una velada inolvidable; se refería a sitios que Naraku no conocía o que no frecuentaba. Lugares donde, precisamente, ambos podrían escapar de su vigilancia y presencia, por no decir de sus enfermizos celos.
—Antes quiero cambiarme de ropa. No iré así —añadió, señalando las medias rosas que contenían sus torneadas piernas y el ajustado leotardo negro cubierto por la vaporosa falda lila.
En lugar de dirigirse al baño para cambiarse de ropa y ponerse algo más adecuado, se dejó guiar casi ingenuamente por Bankotsu a una de las salas traseras a los salones de exhibición, sitio a donde no cualquiera podía entrar y por el cual pasaban todas las obras para ser restauradas antes de ser mostradas al público.
Bankotsu sabía perfectamente por dónde entrar y cuándo, ya que mantenía una inesperada amistad con una de las restauradoras del museo, una estudiante de medicina que en sus ratos libres se dedicaba a rescatar arte. Era una joven de expresión tan fría como serena y generosa en su rostro enmarcado por una lustrosa y larga cabellera negra; era difícil describir su aspecto, pero Kagura la encontraba preciosa, aunque no envidiaba la belleza de Kikyō sabiéndose ella misma igual de hermosa, aunque sus bellezas y atributos fueran en cierta medida muy distintos. Y también la conocía, mucho mejor y más de lo que le gustaba.
Apenas había hablado con ella en contadas ocasiones cuando coincidían en el museo, pero sabía muy bien que su hermano parecía estar tan obsesionado por la tal Kikyō como lo estaba por ella, y en ocasiones se preguntaba si, tal vez, su hermano realmente amaba a esa chica. Tal vez más de lo que a ella alguna vez la había amado.
De pronto sintió un pinchazo de envidia torcer el centro de su pecho, a su vez logrando que su propio rostro se torciera en discordia. Odiaba sentir esa inminente envidia por Kikyō cada vez que pensaba en ella. Era molesto, y rozaba el sentimiento de una vergonzosa humillación que no se atrevía a admitir del todo contra su quisquilloso ego.
No era una envidia alimentada por su etérea belleza o la vida perfecta que parecía poseer. La envidiaba más por el hecho de que era capaz de entender y saber lo que su hermano pensaba como nadie, ni siquiera ella o su propia madre, jamás había logrado. El saber al dedillo cómo pensaba Naraku era la clave maestra para tenerlo controlado y, por desgracia para Kagura, aquella era una codificación que aún viviendo con él todavía no lograba descifrar del todo.
El pinchazo en su pecho creció y eso le impidió ver por dónde la llevaba Bankotsu. Simplemente se dejó hacer. Tampoco se inhibió cuando, una vez amparados por la privacidad de la amplia sala llena de estantes, mesas y herramientas, comenzó a quitarse el leotardo hasta quedar sólo en un sencillo y oscuro sostén de deporte, con las ajustadas pantaletas ocultas bajo la transparencia de las medias de suave tonalidad rosada. Tampoco le importó que Bankotsu estuviera observándola de pies a cabeza –casi podía sentirlo penetrándola con la vista- mientras se desvestía para ponerse el cambio de ropa que llevaba en la mochila.
—Maldición. Creo que necesito zapatillas nuevas —masculló observando la ya muy maltratada suela de una de ellas, sin percatarse de la ahora mirada de depredador que le mandaba Bankotsu, igual a la de una especie de sentencia irrevocable.
Estuvo a punto de quitárselas cuando sintió un brusco jalón. El moreno la había tomado de un brazo y sin mediar palabras, moviéndola igual que un saco de arroz, le dio la vuelta haciendo que su cuerpo quedara doblado contra la orilla de una mesa, con él tras ella, ya comenzando a pasar sus ansiosas manos por su cintura y restregando su entrepierna contra sus nalgas.
—¡¿Qué haces?! —exclamó con un tono sorprendentemente bajo, más asustada por la posibilidad de ser descubiertos que por el hecho de que Bankotsu estuviese ya apretando sus pechos y besando su cuello con una pasión desmedida, dejando un rastro brillante y tibio de saliva sobre su piel. Aún estando así, sintiéndose dominada por sus fuertes brazos y sus grandes manos, ahora besándola, no pudo evitar sentirse excitada de un segundo a otro. Incluso más ansiosa que la primera vez—. ¿Qué más quieres, Bankotsu? Ya lo hicimos una vez —espetó luego de un rato, cuando consiguió que él separase su boca de la suya, pero las manos frotando su cuerpo no se detuvieron y, en su lugar, comenzaron a acariciar los pezones de la muchacha, que se le habían marcado bajo la tela. Se entretuvo en eso unos segundos hasta que le contestó, murmurando en su oído.
—Que lo hiciéramos una vez no significa que se me vayan las ganas de ti, Kagura.
Mientras hablaba bajó ambas manos a las anchas caderas y estando ahí apretó la piel contenida incómodamente bajo las medias. Acarició luego sus nalgas, apretándolas contra sus dedos al igual que restregaba su ahora endurecida entrepierna contra ellas a un ritmo que recordaba el acto sexual. Cuando comenzó a escucharlo jadear en su oído, extasiado con la exquisita sensación de frotarse contra su cuerpo, con uñas y dedos desgarró las medias, dejando expuestas sus bragas.
Kagura soltó un gritito de sorpresa y se estremeció de la cabeza a los pies al sentir la brusca acción tras ella. Miró por encima de su hombro, observando cómo ya Bankotsu se despojaba de su cinturón y parte de sus pantalones con una emoción enloquecida y una sonrisa perversa en los labios. Casi le dio miedo, sin embargo fue un miedo agradable, excitante, tanto que no sintió ni el más mínimo deseo de salir corriendo de ahí.
El miembro erecto no tardó en mostrarse de entre las arrugadas ropas, apuntando directamente hacia ella. No se sentía del todo preparada para recibirlo en su interior, todo estaba pasando demasiado rápido, pero el ansia se había apoderado de su cuerpo por completo igual que él, dejándola con una profunda sensación de intranquilidad, con manos y rodillas temblorosas como gelatina. Aún así se hizo la difícil, juntando los muslos y dificultando el acceso a pesar de mantener su falsa posición de sumisión contra la mesa.
—Abre las piernas, princesa —ordenó él con voz grave y ronca, jalándola del cabello para acercar su oído a su boca, donde lo pudo escuchar respirar con potencia empujado por el deseo. Kagura tuvo que ahogar un gemido cuando lo sintió hacer a un lado el suave puente de sus bragas para juguetear con sus dedos contra ella, y acariciando su espalda, jugando a desabrocharle a bajarle el sostén de deportes, la hizo recostar el torso contra la mesa.
Hizo lo que le ordenó. Con las medias a medio romper sobre sus muslos, hechas ahora no más que basura, le dio el acceso que tanto anhelaba. Antes de penetrarla se dio gusto frotando su endurecida extensión contra todo su sexo ahora húmedo y palpitante, expuesto entre las firmes curvas de los muslos y las nalgas, disfrutando la superficial sensación de sentirse atrapado entre sus muslos y aquel íntimo triangulo. También se dio gusto, con los ojos centelleantes de lujuria, para observar a placer la erótica y femenina imagen que brindaban las anchas caderas de Kagura contra la angosta cintura, dando la impresión de ver un caricaturizado corazón al revés, forrado de un terso color piel, esperando ser partido a la mitad igual que un durazno maduro.
Cuando finalmente se enterró dentro de ella, jugando primero con los desesperantes vaivenes lentos, como quien tiene la gentileza de darle tiempo para acostumbrarse a aquel ente invasor, gimiendo suavemente y con el cuerpo sobre la mesa y apenas levantada sobre sus codos, con sus pechos frotándose contra la superficie, se sintió como la más asquerosa de las putas.
Todavía no se acostumbraba del todo a eso de tener sexo. Al final de cuentas, sólo era su segunda vez, pero por mucho le estaba resultando más placentera que la primera ocasión. Estando en esa posición tan sumisa, tan impropia de ella, esa manera tan despersonalizada de dejarse poseer y en donde podían ser descubiertos, ya con Bankotsu tras ella arremetiendo con una bestialidad que iba en aumento, se preguntó si así se sentirían las tres chicas que habían pasado la noche en su casa.
Pero le dio igual. Había algo de prohibido en hacerlo con Bankotsu, lo reafirmó dentro de su atolondrada cabeza cuando el joven de la trenza le bajó hasta la cintura el sostén y dejó expuestos sus pechos. Con ambas manos comenzó a estrujar suavemente, pellizcando sus pezones y besándole el cuello. Y lo estaba disfrutando como pocas cosas, sobre todo al saber que aquel secreto era sólo de los dos y que a pesar de mantenerlo oculto e invisible al mundo, resultaba la burla perfecta para su hermano.
Tal vez, a mucha distancia, estaría Naraku con un ataque de estornudos, sabiendo que alguien estaba hablando mal de él, negándole algo que llevaba años buscando y provocando y que ella tan amablemente negaba para dárselo al menos indicado.
Aquel pensamiento la excitó a puntos mucho más exacerbados. Lo hizo todavía más cuando ella misma recurrió a sus propios dedos para aumentar su propio placer mientras Bankotsu le acariciaba la espalda, turnando sus manos entre sus pechos, su cintura, jalando de su cabello para luego besarla en los labios y el cuello, respirando con fuerza sobre ella, gimiendo en su oído, prestando también los suyos para escuchar los jadeos de ella.
Esta vez se esforzó más. Apretó los muslos y no detuvo las frenéticas caricias de sus propios dedos hasta sentir el calambrazo ácido del placer contraer sus músculos y su vientre, obligando a sacarle suaves suspiros de la boca cuando el orgasmo provocó que las contracciones abrazaran con fuerza el miembro de Bankotsu con toda su tibieza y humedad.
Su propio orgasmo propició el de Bankotsu cuando su sexo se vio abrazado con fuerza con toda su extensión dentro de ella. Ignorando toda advertencia y consecuencia se dejó venir en su interior, enrojeciendo la piel de las femeninas caderas con las marcas de sus dedos apretándose contra ella, jadeando con un ímpetu ronco y grave, y cuando finalmente todo terminó se quedó ahí, abrazando la cintura de la muchacha posesivamente y con la cabeza recostada en su pequeño hombro, sintiendo la piel ardiente emanar rápidamente todo el calor acumulado durante aquel fugaz encuentro.
—Creo que si realmente fueras una princesa —dijo Bankotsu luego de haber recuperado un poco el aliento, al tiempo que se colocaba de nuevo los pantalones—, te haría falta un buen cinturón de castidad.
—No me vengas con eso —masculló ella, no sabiendo muy bien qué responder exactamente, aunque pensó que lo mejor era seguir el juego de metáforas—. Habla lo que quieras cuando mates al dragón.
—Eso intento.
Había sido un susurro casi distraído que ni siquiera iba dirigido a ella. Kagura frunció el ceño y lo observó escasos segundos, tratando de adivinar la interpretación que podía darle a esas palabras aparentemente sin sentido. Creyó estar a punto de hacerlo, tenía algo que sabía a respuesta en la punta de la lengua, igual que una comida exótica probada años atrás y cuyo sabor casi desconocido se trata de identificar nuevamente, pero no pudo seguir pensando cuando Bankotsu, echándole una descarada mirada a su cuerpo y su maltrecha ropa, le dijo que se vistiera para salir.
Salieron del Museo Hakurei rápidamente a petición de Kagura, quien antes de siquiera poner un pie fuera prácticamente escaneó con la mirada todo el sitio que la rodeaba: la calle que tenía frente a ella, la amplia acera coronada de arboles y jardines, la enorme explanada que se alzaba medio vacía justo debajo de las escasas escaleras que dirigían a la entrada. Y lo pudo ver; a media cuadra, en la acera de enfrente, estaba estacionado el auto de Naraku, seguramente con él dentro esperándola. Lo comprobó cuando a lo lejos lo vio sacar la mano por la ventanilla para tirar la ceniza acumulada del cigarro que fumaba.
No se movió, creyendo que iría hacia él como siempre, pero desde su sitio Naraku vio no sin cierta confusión y sorpresa a Bankotsu caminar tras su hermana hasta subirse ambos en el auto de él. No tuvo tiempo ni de volver a poner las llaves para encender el coche cuando Bankotsu ya había arrancado, alejándose rápidamente por la calle.
Los habría alcanzado de no ser porque, entre todo el aturdimiento, el cigarrillo se le cayó justo sobre las piernas hasta quemarle ligeramente el pantalón y la piel, obligándolo a perder la atención. Para cuando dobló una esquina en el auto ya les había perdido el rastro.
—¿Quién es? —inquirió Kagura a varias cuadras de distancia del museo, observando al moreno echarle un rápido vistazo a la pantalla de su celular que timbraba al tiempo que conducía apresuradamente.
El número que le llamaba estaba registrado como el de Naraku, pero no contestó. Lo terminó apagando.
—Nadie. Es un número desconocido —mintió Bankotsu, y aunque a Kagura le dio la impresión de que no era del todo sincero, se encogió de hombros despreocupándose del asunto—. Por cierto, iré por los chicos. ¿Te gustaría salir con toda la banda?
Lo miró algunos segundos y se lo pensó un poco. La verdad, luego de las salvajes embestidas que Bankotsu le había dado en la sala de exhibición, sentía su entrepierna resentida. No era lo mejor quedarse solos y repetirlo como él, seguramente, tarde o temprano desearía, y aunque la propuesta significaba irse de juerga con un montón de hombres a los que apenas conocía (más allá del chico de la trenza) en esos momentos le pareció la mejor idea de todas y una buena opción para distraerse y romper la rutina.
Había sido una pésima idea, pero Kagura, en medio de la pista de baile, no era capaz de verlo así.
En homenaje a su primer encuentro utilizaba algo parecido a un uniforme escolar, pero más atrevido, casi rozando el fetichismo de la colegiala traviesa. No era más que una falda tableada y de rojo estampado escoses que, a pesar de no ser muy corta, brindaba una buena vista de sus piernas enfundadas en medias negras que le llegaban hasta los muslos; el conjunto combinaban con la sencilla blusa de tirantes, también negra, que se ceñía ajustada contra su menudo torso y descendía hasta sus caderas, remarcando su figura. Se había soltado el cabello, dejando sólo la tensa cola de caballo en lo alto de su cabeza y permitiendo que los mechones de cabello volaran libremente a su alrededor mientras se divertía en la pista de baile. Era como si buscara despertar la universal fantasía de la transgresora colegiala, no sin pasar desapercibida la atención que recibía por parte del sexo opuesto que hacían lo que podían por bailar con ella, fugaz cariño que ella rechazaba, igual que una ninfa inmadura que se dedica a desmigajar por la vida el cariño de los hombres. Su propio descaro y desfachatez estaba llegando a niveles que jamás había tocado, y Kagura se encontró con la sorpresa de que aquello le gustaba.
La música se le metía atronadora por los oídos y el ambiente escandaloso y atiborrado de gente que la rodeaba, y aunque el sitio al cual la había llevado Bankotsu no era más que un antro de mala muerte, situado en los oscuros barrios de la mafia y el contrabando del bajo Tokio, para Kagura en esos momentos parecía un lóbrego paraíso, un jardín del Edén sacado de una descarada y retorcida parodia.
No sabía tampoco qué hora era, pero ya tenía encima su cuarta cerveza. No acostumbrada a tomar tanto, el licor ya tenía rato que había hecho efecto en ella, nublándole los sentidos parcialmente y desinhibiéndola lo bastante como para bailar algo muy alejado del elegante y bello ballet clásico que desempeñada sobre los escenarios, sustituyéndolo entonces por una danza lasciva y sensual que la hacía parecer un demonio disfrazado de ángel caído bajo aquellas precarias luces, los neones fugaces y la oscuridad reinante del sitio.
Hacía calor, eso ni cómo negarlo. Parecía ser que el antro carecía de aire acondicionado, curiosa estrategia para obligar a los clientes a pedir bebida tras bebida, estrategia justa donde Kagura y el resto de los chicos habían caído sin pensársela siquiera.
—Joder, hace demasiado calor —exclamó Kagura al llegar a la mesa abanicándose con las manos, directo a una esquina del lugar donde Bankotsu y los de su banda estaban sentados.
El líder del grupo no tardo en sentarla a su lado. Kagura quedó incómodamente sentada en medio de Bankotsu y Suikotsu, quienes parecían los más acoplados a la fiesta. Jakotsu estaba sentado frente a ellos, echando ojo rápido a los posibles prospectos masculinos para esa noche, no tal feliz con la presencia de la chica a diferencia de sus dos compañeros.
Renkotsu, por otro lado, miraba inquisidor al trío, sobre todo a su líder. Había pasado la noche sentado entre Jakotsu y Ginkotsu, tomando solamente de vez en vez de su cerveza. Siempre intentaba no emborracharse, aunque usualmente lo terminaba haciendo cuando estaba de humor y para agarrar la fiesta, pero únicamente cuando se sentía en confianza. Tener a una chica ahí, y no cualquier chica, sino a misma la hermana de Naraku, era un acontecimiento que no lograba calmarlo.
El resto del grupo parecía ser un trío de freaks que terminaron en la bolita de parranderos por pura casualidad. Al ver a Ginkotsu este daba la sensación de no saber dónde diablos estaba, como sumido en su propio mundo. A Kagura en ocasiones le recordaba más a un robot retrasado que a un chico enorme que no parecía consciente de su gran e intimidante tamaño a menos que se lo recordaran; incluso las cicatrices de su rostro le daban un aspecto amenazador, era como una especie de Frankenstein, pero estando así, inexpresivo, más interesado en ver las moscas volar que en la fiesta, hasta le causaba algo de ternura. Su compañero –y que además era su hermano de sangre-, el más grande de todos ellos, Kyokotsu, se dedicaba únicamente a tomar y devorar los cacahuates entre gruñidos como si fuera el fin del mundo y su apetito no tuviera fondo, pero su mirada era igual a la de un cocainómano y le daban un aspecto de maniaco con los fuertes tatuajes azules justo bajo sus ojos.
Mukotsu sí que le daba asco. Kagura estaba consciente de cómo el pequeño hombrecillo le veía las piernas, y también de la forma en cómo le veía las piernas y demás atributos al resto de muchachas que esa noche se encontraban en el antro bailando y caminando de aquí para allá. De hecho, en algunas ocasiones sentían su mirada tan intensa y penetrante sobre ellas que cuando se volvían hacia aquel que las observaba de esa manera, y se encontraban con el redondo rostro del hombre, con sus enormes ojos saltones y la piel pálida enmarcada en tatuajes rojos junto a aquella lasciva sonrisa en los labios, soltaban un gesto de asco y se alejaban a toda prisa.
Según lo poco que Bankotsu le había contado sobre él, Mukotsu estaba obsesionado, básicamente, con tener novia. Parecía sólo buscar sexo, asunto que las mujeres siempre le negaban por su repugnante actitud amasada durante todos esos años por el severo rechazo, pero el chico de la trenza también le había dicho que, al mismo tiempo, parecía buscar algo de afecto dentro de una relación, junto a una linda chica que lo quisiera. Tampoco lograba conseguirlo por la idea que tenía de que las mujeres tenían culpa de sus desgracias; Bankotsu y Suikotsu (incluso Renkotsu, en algunas ocasiones) le habían dicho hasta el cansancio que con esa actitud miserable no conseguiría una chica jamás y que por lo menos debía aprender a mentirles para conquistarlas.
Aunque claro, Kagura no estaba dispuesta a hacerle el favor ni ayudarlo a practicar.
—Ten, puedes tomar la mía —Suikotsu se acercó a la muchacha, lo bastante como para rozar su pierna al tiempo que su murmullo chocaba contra su oído, ofreciéndole lo que quedaba de su propia cerveza. Ella lo recibió con gusto, y como llevada por un impulso de exacerbado agradecimiento revestido de un encantador coqueteo, no perdió oportunidad de tocar sus dedos al momento de tomar la botella del hombre con sus manos.
—Gracias —Le sonrió en agradecimiento, tomando un profundo trago de la bebida—. No sabía que fueras tan caballeroso.
—¿Yo? ¿Y por qué no lo sería? —respondió divertido el hombre, pasándole un fuerte brazo sobre los hombros aún teniendo encima la confusa mirada de Bankotsu, quien cada vez clavaba más su mirada cobalto sobre su compañero—. Aunque claro, sólo soy caballeroso con las chicas guapas como tú.
La sonrisa era encantadora, pero mil veces más maliciosa y salvaje que la del mismo Bankotsu. Era como si su persona guardara una especie de compleja dualidad que a veces parecía completamente distante una de otra. En otras ocasiones, como esa, esa dualidad de personalidades parecía mezclarse, haciendo que los demás fuesen incapaces de identificar si estaba hablando en serio o no.
—"Vaya, se supone que aquí yo era el caballero" —Pensó Bankotsu alzando una ceja, sintiendo un ligero resentimiento y observando en frágil silencio lo que parecía aquel coqueteo entre Kagura y Suikotsu.
La muchacha, inconsciente de ello, le dedicó una sonrisa de vuelta y tomó casi de golpe lo que quedaba de la cerveza. Había algo en el hombre de rostro y brazos tatuados que no terminaba de darle confianza, pero a pesar de la pésima fama que se cargaba (aún peor que la de su líder), sobre que era un monstruo sanguinario y salvaje, por lo menos con ella jamás se había portado mal. De hecho, en ocasiones hasta lo concebía más encantador que el propio Bankotsu. Parecía estar conferido de una oscura aura que llenaba de curiosidad a las personas, incluso las más sensatas; casi le daba la impresión de que en el fondo no era tan malo.
—No le creas nada, Suikotsu. Kagura no es la delicada princesa que parece —dijo sarcásticamente Bankotsu, como si fuese una especie de advertencia disfrazada y dirigida a ambos.
Ante la forma en cómo se dirigió a ella, casi incapaz de captar el sarcasmo impreso en su tono ya con sus sentidos enviciados en licor barato, Kagura soltó una fuerte risotada, echando la cabeza hacia atrás relajadamente, dejando que el brazo de Suikotsu se posara sobre sus hombros al tiempo que sentía el de Bankotsu acorralando su cintura.
La carcajada había hecho reír también a Jakotsu. Había sido tan descarada y poco sutil que le recordó a él mismo. Odiaba a las mujeres, pero le quedaba claro que la chica era de interés para Bankotsu, por muy hermana de Naraku que fuera, y si así era él no era nadie para reclamar (o quizá sólo la toleraba porque, precisamente, era su hermana, y vaya que Naraku era apuesto).
—Pues yo no sabía que la querida hermana de Naraku fuera tan alocada y coqueta —exclamó Suikotsu con fingida sorpresa—. La primera vez que te vimos creí que matarías a alguien.
—¿Me creen tan capaz de hacer algo así? —contestó la chica dirigiéndose a ambos. Había cierto aire de arrogante orgullo en sus palabras, como si le diera gusto dar aquella fuerte impresión con sólo verla unos instantes. La hacía sentir peligrosa, como si fuese una reina a la cual nadie se atrevía a desafiar.
—Siendo la hermana de Naraku… —murmuró Bankotsu a su oído. Suikotsu también pudo escucharlo.
—Oh, vamos, no hablemos de mi hermano. Ya bastante lo deben aguantar, seguramente —Kagura encendió un cigarro y dejó que el humo escapara de su boca lentamente. A ambos chicos les pareció un gesto muy sensual, casi como el de una actriz del viejo Hollywood; una actriz en decadencia, en realidad, pero que al final de cuentas seguía conservando un irresistible encanto.
—Es probable —argumentó Suikotsu—, pero tu presencia es mucho más agradable que la de tu hermano.
La joven volvió a reír y le dedicó una descarada sonrisa a ambos.
—Y a todo esto —comentó Jakotsu en cuanto tuvo oportunidad. Era de las primeras veces que hablaba en la noche—. ¿De casualidad tu hermano es soltero o…?
—¿Preguntas que si tiene compromiso? —inquirió Kagura alzando una ceja, sonriendo de oreja a oreja.
—¡Pues qué más! —Jakotsu se encogió de hombros fingiéndose avergonzado y sonrojado como la más tierna de las colegialas, a lo cual ella respondió con una risa escandalosa.
—Pues, no tiene nada serio, que yo sepa. No es como si me contara todo lo que hace o deja de hacer —Pareció susurrar "estúpido" al último, aunque no había sido un insulto dirigido a ninguno de los chicos—. Pero pierdes tu tiempo. Me consta que a mi hermano le gustan las mujeres.
—¿Te consta? —Bankotsu frunció el ceño, acercándose un poco más a ella—. ¿Cómo podrías estar tan segura? Uno nunca sabe a menos que lo pruebe.
Kagura pareció tomar aire y calmar sus ánimos unos instantes antes de siquiera pensar en atreverse a estallar. Realmente no sabía cómo interpretar aquel comentario. Podía ser cualquier comentario al azar, una insidiosa presuposición con respecto a su hermano hecha entre hombres sólo para picotear un poco la tan valorada masculinidad con la cual competían entre ellos, sin embargo pensó que ella tenía una mente más sucia y vulgar que el promedio.
—Pues… me consta, solamente —Hizo una pausa, tomando otro trago de cerveza nerviosamente y dando una calada a su cigarrillo. Suikotsu la acompañó sacando un cigarrillo para él, y antes de intentar prenderlo, Kagura tomó el encendedor y con sospechosa gentileza lo encendió por él antes de proseguir—. La otra noche llevó tres chicas a la casa.
—¡¿Tres?! ¿Estás de puta broma? —Suikotsu casi había saltado de sorpresa, quitándose el recién encendido cigarro de la boca y sin creer una palabra de la chica, aunque en realidad no tenía por qué mentir –y eso fue algo que pensaron todos-, pues los chicos conocían la tensa relación que llevaba con su hermano, y estaban seguros de que Kagura jamás diría algo que ensalzara alguna gracia o habilidad del mismo, sobre todo si no era cierta.
—¡Lo juro!
—Apuesto mi vida a que eran prostitutas —agregó Bankotsu con el mismo recelo de su compañero.
—Nada de eso. Son chicas que están conmigo en la academia de ballet.
—Los hombres siempre buscando problemas con mujeres —El comentario de Jakotsu atrajo la atención de los chicos, mientras él, de mala gana, se cruzaba de brazos, refunfuñando por lo bajo al pensar en la confirmación de Kagura con respecto a Naraku. Y a pesar de la "decepción" amorosa, a cada momento que pasaba la chiquilla le caía cada vez mejor. Cuando estuvieron juntos en el orfanato apenas y sabía su nombre, pero ahora, con un par de copas encima y sin la maléfica presencia de su hermano, era mucho más relajada de lo que él y los demás habían esperado.
—Los hombres son unos imbéciles —contestó Kagura descaradamente, aún estando rodeada de ellos. Incluso Renkotsu alzó una ceja, receloso.
—Oh, ¿disculpa? —Suikotsu, más que ofendido, parecía divertirse con las ocurrencias de la muchacha, quien se volvió a él con una ladina sonrisa en los rojos labios.
—Sí, creo que todos los hombres son idiotas, y todas las mujeres unas putas.
—¿Y en eso tú te incluyes, preciosa?
Ella rió por lo bajo, ampliando más la sonrisa del hombre.
—Celos de hermana, seguro —agregó Bankotsu también encendiendo un cigarrillo y aún fingiéndose distraído, pero seguía manteniendo un ojo bien puesto sobre ellos dos.
—Claro que no, qué estupidez. Yo sencillamente odio a todos por igual —masculló Kagura mucho más hosca que de costumbre.
—Igual que tu hermano —El comentario del líder del grupo fue recibido por ella con una funesta mirada, y casi al instante pareció buscar desembarazarse de la situación, sintiendo que había sido demasiado impulsiva incluso para la compañía de ellos. Quiso tomar un trago, pero se dio cuenta de que la botella que le había dado Suikotsu ya no le quedaba una sola gota. De hecho, la mayoría de las bebidas que estaban sobre la mesa ya escaseaban.
—Mierda, nos terminamos todo —exclamó Kagura con falsa congoja, haciendo ademanes exagerados con las manos—. Hace mucho calor, iré por una cerveza.
—Yo iré —Renkotsu, quien apenas había hablado en toda la noche, se puso de pie al instante, haciéndole una seña a Ginkotsu para que hiciera lo mismo y lo acompañase a la barra, no sin dejar un tanto sorprendidos a los chicos, quienes lo miraron extrañado. Él no solía ser así de servicial, y menos cuando se sentía incómodo; a menos, claro, que estuviera fingiéndose educado para escapar un rato de la situación—. Ginkotsu, acompáñame.
El aludido se limitó a decir sí varias veces y a asentir un par más, al tiempo que lo seguía, ahora ambos alejándose de la mesa. La muchacha casi pareció querer estallar en carcajadas, pero se aguantó, limitándose a un par de risitas nerviosas al tiempo que apuntaba a Renkotsu, que ya se había perdido un poco entre la multitud que bailaba.
—Creo que a él no le caigo nada bien.
—Pero a nosotros sí nos caes bien —contestó Suikotsu.
—No puede ser, Ginkotsu. Es el puto colmo —Renkotsu miró con dureza a su compañero esperando ambos las cervezas en la barra. El aludido lo miró como no entendiendo a qué se refería, siquiera si le hablaba exactamente a él, a lo cual Renkotsu rodó los ojos antes de seguir con su queja—. ¿En serio Bankotsu puede ser lo bastante terco como para ligarse a la misma hermana de Naraku? Se supone que la cosa es hombres antes que perras. Encima, ¡él, él, que se la pasa hablando de la lealtad y todas esas payasadas! Pero luego va y se mete con…
—¿Ligar… con una liga? —inquirió Ginkotsu con una muy ligera expresión de confusión tras las terribles cicatrices que surcaban su rostro. Su compañero soltó un suspiro de resignación y decidió no decir nada más. A veces consideraba a Ginkotsu algo retardado; eficiente en su trabajo, pero el chico no sabía interpretar las palabras ni encontrarles la doble intención, mucho menos leer entre líneas. A veces tampoco entendía cómo es que se llevaba tan bien con él.
Estaba recargado sobre la barra y sin intención alguna de socializar con nadie, a pesar de que un par de mujeres le echaron una coqueta mirada; él ni siquiera les prestó atención. Su endurecido gesto se dirigía directamente a la mesa donde estaban sus compañeros charlando, bromeando y riendo a carcajada limpia. Kagura seguía igual de cariñosa con Suikotsu y él, amablemente, correspondía. También podía notar el gesto de contrariedad y recelo de Bankotsu ante ello, sin embargo, si bien lo conocía, su líder no era un tipo celoso y no haría mucho por evitar que siguiera aquel coqueteo entre los dos. Eso no significaba que se sintiera del todo cómodo con la situación, a pesar de tener a Kagura prácticamente sentada sobre sus piernas. Su expresión lo decía todo.
Si era así, se dijo Renkotsu, eso significa que sólo había dos opciones: le gustaba Kagura y estaba molesto porque Suikotsu y ella estaban medio tonteando, o ya tenía algo que ver con Kagura y estaba igual de molesto por el coqueteo, pero si no se estaba poniendo en plan posesivo, sólo podía indicar que en realidad no tenía nada serio o formal con ella que lo impulsara a sentirse con algún derecho sobre la chica o a defender su terreno.
—Espero que sepas lo que se siente la envidia —masculló Renkotsu por lo bajo, con la misma fuerza como si lo tuviera enfrente, a pesar de que bajo toda esa música era imposible que el moreno lo escuchara. Y era mejor así. No quería, ni de cerca, enfrentarse a la decepción iracunda de su líder.
En ocasiones odiaba a Bankotsu. No era ninguna sorpresa para él mismo saber que, desde que se unió a su banda, le tenía envidia. Sólo era un chiquillo de dieciséis años cuando, junto a Jakotsu, comenzó a buscar adeptos con el fin de crear su propio grupo de vándalos. Aún así había logrado tener a su disposición a matones de la envergadura como Suikotsu o Kyokotsu, incluso él, sin perder un solo instante aquel liderazgo que lo caracterizaba tanto. Hasta resultaba chistoso, porque de todos ellos, Bankotsu era el menor, hasta el tatuaje morado de estrella que portaba en la frente significaba juventud. ¡Incluso era el de más baja estatura!
Si se ponía a pensarlo, sólo era un chiquillo que se creía inmortal, pero a veces realmente parecía ser inmortal. Su confianza exacerbada a su corta edad le había valido el tener mucho más poder de lo que aparentaba.
Le tenía envidia por todo eso, y no era exactamente una envidia de la sana. Lo envidiaba por todos y cada uno de los aspectos de su vida y los factores que formaban su peculiar persona y personalidad. Lo odiaba por tener más mujeres, y no es precisamente que Kagura lo atrajera, a pesar de ser una chica guapa. Conocía a las muchachas como ella porque, en cierto sentido, eran similares. Al igual que su hermano, Naraku, Kagura no era alguien en que se pudiera confiar jamás del todo. Tenían el bicho de la traición incrustado y siempre latente en el corazón, y eso era algo que no se podía cambiar ni con todo el amor o los castigos que se les pudiera dar, pero aún así lograba ligarse a más chicas de las que él jamás había logrado. Incluso, si le daba la gana, tenía el suficiente descaro de ligarse a la misma hermana de un tipo como Naraku a pesar de ser amigos de años, por muchas advertencias que tenían encima por parte de Naraku con respecto a su hermana. Y ya podía imaginarse que seguramente se habían revolcado ya un par de veces. Sabía que Bankotsu no era de los que perdía el tiempo y era dado a utilizar toda clase de artimañas para seducir a una chica cuando realmente le gustaba.
No solamente contando eso, el muy necio de Bankotsu era un líder por naturaleza. Su capacidad de dirigir personas y convertirlos no en perros fieles, sino en hermanos, era increíble. Si realmente lo hubiese querido, en ese mismo instante podía detener en seco aquel coqueteo que Suikotsu y Kagura andaban desarrollando sin que su compañero pusiera objeción alguna por mucho que quisiera tirarse a la chica. Suikotsu, a pesar de su enorme tamaño, su salvajismo y todos sus intimidantes tatuajes, acataría la órden sin chistar y no le volvería a tocar un cabello a Kagura si así se lo pedía su líder.
Además, por encima de todo eso, tenía un carisma nato que lograba engañar incluso a los más sensatos y suspicaces. No por nada era él quien solía dar la cara en muchas ocasiones cuando llevaban a cabo sus trabajos, al punto de incluso llevar una amistad con aquella restauradora, la tal Kikyō –que por lo poco que sabía, también tenía sus temas con Naraku-, y si a eso le agregaban su rostro armonioso y su exótica apariencia, tenía la jugada prácticamente ganada, sobre todo si se trataba de estafar mujeres.
En ocasiones había escuchado a Bankotsu quejarse de su madre; nunca les dijo su nombre, pero aseguraba que había sido una prostituta alcohólica originaria de Marruecos que no tenía ni puta idea de quién había sido su padre. Bankotsu insistía en que la única razón por la cual él había sido concebido es que había sido gracias a unos pocos yenes, y que esa era la razón por la cual (convenientemente) excusaba llevar en la sangre el hacer los peores y más sucios trabajos a cambio de dinero. Al final, les había contado en alguna ocasión, la adicción de su madre fue la que provocó que el sistema terminara quitándolo de la custodia de aquella desconocida mujer que Bankotsu jamás se interesó en buscar luego de escapar del orfanato, pero solía agradecer que la inusual apariencia de su madre para el estándar japonés lo hiciera heredar aquel dorado tono de piel y los muy inusuales ojos azul cobalto, aunque no fuese igual de agraciado con la mencionada altura.
En resumen, Bankotsu sabía utilizar todas las armas que por naturaleza tenía y con ellas formaba más de las que ya poseía, habilidad que él, incluso teniendo más conocimientos y estudios que Bankotsu, jamás había logrado desarrollar y jamás lograría.
Por eso en ocasiones sentía que lo odiaba. Pero, sobre todo, más que odiarlo, lo envidiaba profundamente.
Cuando las bebidas nuevas estuvieron puestas sobre la mesa no tardaron en ir de boca en boca y desaparecer con rapidez a través de las gargantas de los presentes. Los hermanos Ginkotsu y Kyokotsu seguían callados e inmersos en sus propios asuntos, desinteresados en asuntos mundanos como divertirse con bebidas y compañía en una fiesta. Mukotsu, a esas alturas de la borrachera, había llorado sus muchas penas y soltado en un par de ocasiones lo triste que se sentía por el rechazo de las mujeres, haciendo que Kagura, ya también muy ebria, encontrara bastante divertidas las desgracias del hombrecillo, no sin decirle antes que ella tampoco estaba interesada en hacerle el favor, cosa que provocó crueles bromas y risas entre el resto de los chicos, incluido Kyokotsu, porque Ginkotsu jamás pareció entender los chistes a pesar de que Renkotsu se tomó la molestia de explicárselos un par de veces sin resultados favorables.
Estaba mucho más desinhibida que al principio, incluso al encontrarse con ellos y dirigirse al antro su actitud recelosa para con ellos no pasó desapercibida para nadie, sin embargo ahora la compañía de la chica, súbitamente convertida en alguien divertida, había sido aceptada incluso por Jakotsu, con quien llevaba ya buen rato tratando de convencer a Suikotsu con ayuda de Kagura de cambiarse el peinado y hacer algo con los desprolijos cabellos que le caían sin orden alrededor del cuello.
—He dicho que no. Me gusta mi cabello —dijo por enésima vez el hombre, sin despegarse de Kagura.
—Podrías verte más bonito —argumentó Jakotsu, decepcionado de ver rechazados todos sus consejos de moda y belleza.
—Yo no quiero verme bonito, Jakotsu —masculló el hombre—. Y aún así me veo bien.
Al hablar se dirigió a Kagura, como esperando su veredicto. Si había un juicio sobre el cual confiar respecto a su apariencia, el mejor no podía venir de un hombre, y menos de uno claramente homosexual. Nada mejor que preguntarle a una chica tan imprudente y sincera como Kagura.
Ella estuvo a punto de contestar, pero Bankosu se adelantó a cualquier respuesta.
—Oye, Suikotsu, eso da igual. Ya todos sabemos que yo soy el más guapo de todo el grupo.
La afirmación vino acompañada de las risas del resto, exceptuando la de Ginkotsu y Kyokotsu, quienes no parecían tener sentido del humor. Renkotsu no pudo escucharlos. Recién se había levantado excusándose con que tenía que ir al baño, pero al cerciorarse de que nadie lo veía decidió quedarse en una esquina no muy lejos de la barra, observando igual que un demonio en la oscuridad la pequeña fiesta que su grupo se traía, esperando paciente la mejor oportunidad para actuar y sembrar la discordia que tanto anhelaba.
Luego de un rato, como imaginó, la cerveza de Kagura se había terminado. Ni siquiera sabía ya cuántas había ingerido, pero eran muchas, muchas más de las que una chica promedio podía soportar, sobre todo a juzgar por la actitud relajada y el tartamudeo que de vez en cuando se presentaba en su habla y la forma en que se había tambaleado al levantarse. Hasta le daba la impresión de que un poco más y Kagura estaba a un paso del alcoholismo, cosa bastante chistosa e irónica si se tomaba en cuenta lo poco que sabía sobre la historia familiar de su líder y la de su nuevo ligue.
En cuanto la vio llegar a la barra, amparado por la oscuridad y el montón de gente que iba y venía por el sitio, Renkotsu prácticamente corrió esquivándolos y empujando a algunos en el proceso antes de que la chica pudiese llamar al cantinero.
La jaló del brazo bruscamente, llamando al instante su atención. Ella le dedicó una mirada cargada de rabia creyéndolo un idiota que quería pasarse de listo, hasta que pudo vislumbrar entre su vista agotada y su frágil consciencia que se trataba del amigo de Bankotsu.
—¿Qué diablos te pasa? —masculló soltándose de su agarre. A pesar del agresivo y nada sutil saludo que le había dado, Renkotsu le restó importancia al gesto ofendido de la chica y se mantuvo tan serio como siempre.
—Tengo que hablar contigo, Kagura —dijo, preguntándose si siquiera aquello tenía caso y si la chica podía estar abierta al dialogo. Si de por si Kagura era hosca, encima estaba muy borracha.
Justo como esperó, la vio frunció el ceño, recelosa, pero no salió corriendo ni lo insultó como una maniaca.
—¿Sobre qué? Yo sé que no te caigo muy bien.
—Es tu hermano en quien no confío.
—Pues ya somos dos —espetó al tiempo que le pedía al cantinero una cerveza. Luego se volvió al hombre y puso ambas manos sobre la cadera, adoptando un gesto ligeramente severo—. Pero bueno, y bien, ¿de qué querías hablar?
Renkotsu se lo pensó unos momentos, como buscando las palabras más adecuadas para captar la atención de la ebria chica sin que lo mandara a volar.
—Se trata de tu hermano.
—¿De Naraku? ¿Y ahora qué hizo? —dijo riendo entre dientes. Renkotsu no la acompañó en su broma porque, aunque no lo supiera aún, la chica tenía bastante razón. La entendía en el por qué no era capaz de confiar en su propio hermano.
—Bankotsu y tu hermano hicieron una apuesta muy… extraña…
El tono en el cual lo había dicho, enfatizando tanto la última palabra, despertó la curiosidad de Kagura al instante. Incluso cuando el cantinero le dio la cerveza pudo irse, pero apenas la tomó en sus manos y se quedó quieta, observando fijamente a Renkotsu.
—¿Qué clase de apuesta?
¿Sería eso? Ya en un par de ocasiones había escuchado salir de boca de Bankotsu y Naraku palabras y frases relacionadas a ello, y cuando se daban cuenta de que habían hablado en voz alta al instante cambiaban el tema o desviaban la vista cuando ella estaba presente. Al principio pensó que sería cualquier tontería, tal vez una absurda competencia entre hombres, pero no podía ser tan superficial y trivial si tenía a Renkotsu frente a ella hablando pestes de su hermano y queriendo informarla de quién sabe qué cosa.
—Una arriesgada —contestó Renkotsu.
Desde la bebida que tomó en la barra charlando con Renkotsu había tomado un par de cervezas más. Si estaba sentada no se sentía tan mareada, y los brazos de los chicos que tenía a su alrededor le brindaban cierto punto de equilibrio sobre el cual sostenerse sin perder tanto el estilo. A esas alturas tenía el maquillaje ligeramente corrido. El delineador negro oscurecía un poco sus parpados y ojeras, haciéndola ver deliciosamente decadente, y ya era una persona casi completamente distinta a la que solía ser.
—Y dime, Kagura —empezó Suikotsu, aunque su voz era baja, destinada para que sólo Bankotsu y ella lo escucharan—. ¿Naraku sabe que estás aquí?
—Por supuesto que no lo sabe —contestó Bankotsu sin darle tiempo a ella de hablar—. ¿Por qué crees, en primer lugar, que puede estar aquí? De otro modo estaría prácticamente encadenada en casa.
A Kagura pareció molestarle el último comentario del moreno, pero no tenía ánimos de ponerse de mal humor con nadie.
—¡Vaya! Así que no sólo eres alocada y coqueta —agregó Suikotsu—, sino también una chica mala.
—Y no tienes idea de cuánto…
A pesar de todo el licor que tenía encima la sensualidad en su voz, acompañada de aquellas ambiguas pero sugerentes palabras, logró que a ambos hombres les hirviera la sangre apelmazándose de expectación en su interior.
—¿Tan mala como para hacer cosas que pocas chicas harían? —prosiguió Suikotsu, llevando la plática suave y discreta justo hacia el punto que quería. Bankotsu no había dejado de dedicarle ciertas miradas de contrariedad, pero mientras no le ordenara lo contrario, él seguiría, y sabía que a su líder todo el tema no le gustaba del todo, pero Kagura respondía como si hablaran del clima y era casi imposible resistirse a proseguir la conversación.
—¿Cómo matar a alguien?
—Oh, no, hablo de algo menos… violento. Pero igualmente divertido —Bankotsu, aún sosteniendo a Kagura, alzó la ceja ante los comentarios de su compañero.
—¿Cómo qué? —insistió la muchacha. Tenía la impresión de qué podía ser, pero no lograba vislumbrar nada claro.
—Como estar en un trío, por ejemplo.
Ahí Kagura soltó otra risotada y echó la cabeza hacia atrás, aturdida y ya muy mareada por el alcohol y la conversación que cada vez subía más de tono. Se dejaba arrastrar por los comentarios de Suikotsu y Bankotsu casi sin oponer fuerza. En ocasiones hubiese deseado contestar algo mordaz que hiciese tambalear las palabras y egos de los chicos, pero estando tan enviciada como lo estaba, le era imposible. Únicamente estaban las ganas de hacer lo que le viniera en gana y dejarse llevar por la corriente cual viento libre y travieso.
—Oh, no lo sé. Eso dependería de los chicos…
La respuesta de Kagura dejó a Bankotsu mucho más suspicaz. Desvió la vista y torció ligeramente la boca, como sintiendo cierta envidia de que Suikotsu lograra acaparar gran parte de la atención de Kagura durante toda la noche. Bueno, en realidad, parecían haber compartido la atención de la chica de la misma manera en que Suikotsu, claramente, proponía literalmente compartirla.
No se sentía exactamente celoso. No era un chico especialmente posesivo y pocas veces había tenido una novia formal, mucho menos se había enamorado alguna vez, por decirlo de alguna manera. Un tipo de relación ortodoxa donde el compromiso y la fidelidad fuera algo importante. Con su ojo alegre y su suerte con las chicas Bankotsu no se consideraba alguien de relaciones serias y prefería evitarse problemas idiotas que no iban con él.
Sin embargo, había cierto enojo que no podía acallar ni con toda la cerveza que tenía a su alcance o la tibieza que desprendía el cuerpo de Kagura junto al suyo. Se sentía en cierta forma enojado por no tenerla como alguien formal y que, por lo mismo, la chica no estaba en condiciones de decir que no, o bien, rechazar cualquier otra propuesta masculina si no le daba la gana. No tenía por qué si no tenía nada serio con Bankotsu. Eso de haberla desvirgado ni siquiera contaba.
Pero, bueno, para qué mentirse; vaya que la chica le interesaba.
De hecho, estuvo seguro Bankotsu, Kagura le interesaba mucho más de lo que parecía y había esperado. Quizás incluso demasiado.
Algunos de los chicos se tambaleaban e iban riendo a carcajadas, muriendo de risa por la situación, pero entre todos lograron sacar a Kagura del antro y meterla como pudieron (entre tropiezos y vanos insultos) a la camioneta de Suikotsu, frente a la divertida mirada de los transeúntes que esperaban turno para pasar al bar o que mataban el tiempo en la noche caminando de aquí para allá, observando los desfiguros que los parranderos hacían a la salida de los bares y antros.
Terminaron siendo ocho personas apretujadas dentro del auto, aunque los hermanos Ginkotsu y Kyokotsu fácilmente acaparaban cuatro espacios completos gracias a su corpulencia. Kagura apenas se pudo percatar del breve viaje dentro de la camioneta hasta llegar al departamento de los chicos, no muy lejos de ahí. En varias ocasiones dio indicios de querer vomitar, a lo cual Suikotsu rápidamente tenía que tranquilizarla para evitar que los jugos gástricos de la chica terminaran empapando los asientos de su auto mientras Renkotsu conducía, sobre todo porque los chicos le insistían con que hicieran algo; después de todo, estudió varios semestres de medicina y había estado al punto de terminar la carrera si no hubiera sido porque fue diagnosticado con doble personalidad, y eso, muy en lo profundo de sí mismo, lo dejó completamente destruido y con muchas metas truncadas.
Para cuando llegaron al edificio de departamentos donde vivían, Kagura ya no podía siquiera apoyar las piernas, mucho menos subir las escaleras que a la chica, en ese instante, le parecieron un camino al cielo interminables. Bankotsu tuvo que cargarla en brazos, escuchándola murmurar cosas inteligibles el resto de los chicos, quienes le echaban miradas furtivas a su líder, como preguntándole en silencio qué seguía exactamente ahora que habían vuelto a casa con una muchacha.
Después de todo, era la hermana de Naraku, había pasado la noche con ellos y no sólo eso, estaba completa y absolutamente ebria. Naraku montaría en cólera si la encontraba así, y seguramente ya había ido al departamento sin encontrarlos en el sitio. Bankotsu pensó que a esas alturas de la madrugada seguramente había recorrido ya la mitad de los antros de mala muerte de la ciudad.
Llegaron hasta el departamento con Kagura en los brazos, hecha un completo desastre con su ropa desacomodada, el maquillaje ligeramente corrido y el olor a licor y tabaco encima. Bankotsu, sin mucha delicadeza, la dejó recostada en uno de los sofás de la sala y ella no dio indicio alguno de querer hacer algo por salir de ahí o preguntar dónde estaba. Ni siquiera se movió. Finalmente había perdido la consciencia y dormitaba con un sueño pesado e incómodo. De no haber sido porque veían su pecho bajar y subir, y el inconfundible gesto de relajación en su rostro, habrían creído que estaba por caer en un coma etílico.
Los siete chicos la observaron atentos recostada en el sofá, con el oscuro cabello desparramado sobre el descansabrazos, la falda levantada hasta la orilla de sus muslos. Uno de los tirantes de su blusa le caía por el brazo peligrosamente, dejando ver parte de su delicado sostén de encaje negro. Con los siete ahí, parados a su alrededor mirándola, parecía una absurda y bizarra imagen sacada del cuento Blancanieves y los Siete Enanitos, observando a su princesa yacer en un maldito descanso eterno en espera del primer beso de amor, demasiado hermosa e idílica como para siquiera echarle encima un puñado de tierra. Incluso la enfermiza luz blanca de los faroles que entraba por la ventana, iluminando la piel de la muchacha, la hacía parecer más pálida de lo que realmente era.
—¿La follamos ya? Está completamente noqueada. Ni lo va a recordar —propuso Suikotsu con una maligna sonrisa en los labios, dejando entrever sin pena alguna, pero cómo todos ya sabían, sus verdaderas intenciones con Kagura. Renkotsu se percató de la lujuriosa manera en cómo su compañero observaba las piernas de la muchacha.
Y por supuesto, más de uno de los siete chicos no tenía planeado despertarla con un dulce beso de amor.
—Yo ni de chiste —masculló Jakotsu haciendo un mohín de asco ante la sola idea de imaginar a una chica desnuda teniendo sexo con sus hermanos. Descartó por entero su participación de cualquier forma haciendo un despectivo ademán con la mano.
—¡Hay que hacerlo! ¡Yo seré el primero! —Mukotsu se abalanzó sobre ella, pero antes de siquiera alcanzar a tocarle un cabello, Bankotsu lo tomó del cuello de la camiseta y lo alejó bruscamente de la muchacha, que seguía dormitando. El hombrecillo al instante soltó un gesto entre tristeza y reproche, quedando prácticamente con las manos al aire. Kyokotsu habría jurado que le vio unas lagrimillas de cocodrilo en los ojos.
—¿Qué pasa, Bankotsu? —inquirió Renkotsu mirando fijamente a su líder, cruzado de brazos y fingiendo sorpresa—. ¿De cuándo acá te interesa si están borrachas?
Nada como fingir demencia. No tenía interés alguno en metérsela a la hermana de Naraku por mucha oportunidad que tuviera con ella ahí, desvalida e indefensa. La chica le provocaba demasiada mala espina como para sentir la más mínima atracción hacia su belleza adolescente, pero ese comportamiento protector de su líder para con Kagura lo hacía confirmar sus sospechas. Quizá su mirada o sus siguientes palabras le dieran una respuesta más clara para determinar si ellos dos, efectivamente, estaban liados como creía.
—Nadie va a tocar a la chica —La sentencia dejó un tanto sorprendidos a sus compañeros por lo desmedidamente autoritaria que había sonado. No era necesario ponerse agresivo (porque ellos sabían muy bien cuando su líder estaba molesto). Si él decía que la muchacha estaba prohibida, nadie pondría un pero, sin embargo, esta vez y debajo de todo eso, su tono había sido incluso posesivo.
Bankotsu, con su paciencia ya muy mermada a causa del alcohol y la larga noche que pasó soportando los coqueteos de Kagura y Suikotsu, se dio cuenta que había sido demasiado obvio. Tomó un poco de aire para disimular y prosiguió, relajando su expresión.
—Es la hermana de Naraku. No vamos a tirarnos a la hermana de un amigo que no está en condiciones, ¿cierto? —dijo, volviéndose a verlos. Luego sonrió con complicidad—. Además, es muy aburrido follar con una chica borracha. Es como tirarse un cadáver. Las prefiero sobrias, son más receptivas.
Les dedicó una sonrisa entre maliciosa y socarrona que algunos de ellos correspondieron. Era una especie de promesa de que las cosas no terminarían ahí.
Al final se limitaron a tirarle una sábana encima, con la muy clara advertencia del moreno sobre no querer pasarse de listos levantándose en la noche para ir a manosearla o a fingir darle un beso de amor.
Por su parte, Renkotsu no se creyó ni media palabra del breve discurso del moreno.
A la mañana siguiente, muy temprano y con sólo un par de inútiles horas de sueño para calmar sus cuerpos y la intoxicación del licor barato, tocaron a la puerta del departamento con una insistencia odiosa. Algunos se despertaron, maldiciendo entre dientes al maldito imprudente que iba y tocaba a su puerta a una hora tan temprana. Como no se fue y los golpes seguían resonando en todo el departamento, al final fue Mukotsu quien terminó acudiendo a abrir la puerta, atosigado por el resto de los chicos.
A pesar de que tenía resaca, tuvo las fuerzas para girar la perilla y abrir, encontrándose del otro lado a un Naraku enfurecido que sin esperar invitación entró al departamento como Pedro por su casa, caminando a grandes zancadas directo a la sala.
—¡¿Cómo demonio se atreven a llevarse a mi hermana?! —exclamó al poner un pie en la sala. El grito obligó al resto de los chicos a salir de sus habitaciones, todos con una cara de desvelados como para fotografía y los cuerpos agotados. Aún apestaban a alcohol.
—Oye, tranquilo… —dijo Bankotsu acercándose unos pasos, pero su amigo no le prestó atención al ubicar a su inconsciente hermana recostada en el sofá y enredada con la sábana. Al instante se dirigió a ella, tratando de despertarla bruscamente. A pesar de que tenía toda su ropa puesta, levantó la mirada hacia el grupo y los encaró con una furia descarnada y latente, terriblemente inquisitiva.
—¿Le hicieron algo?
La acusación hizo que algunos se miraran entre sí, pero fue su líder quien dio un paso adelante, dando la cara por ellos.
—Cómo crees —contestó, mortalmente serio—. Es traición eso de meterse con la hermana de un amigo. Además, estaba borracha. No le haríamos eso a Kagura.
Naraku lo juzgó y estudió con la misma seriedad en completo silencio. Era un experto en el arte de mentir, así que podía darse cuenta con facilidad cuando alguien le mentía a él, y a pesar de que Bankotsu también tenía sus buenas dotes de actuación, no parecía estar mintiendo.
Según lo obvio, Kagura simplemente se había escapado de él luego de su clase de ballet, acudiendo a la banda del moreno para irse de juerga. Ellos no habían rechazado la compañía femenina y al final su hermana había terminado demasiado borracha y simplemente la habían llevado al departamento para descansar. Quiso pensar que nunca contestaron sus llamadas a petición de Kagura, y Naraku sabía muy bien cómo las peticiones de una mujer podían trastocar la actitud de un hombre con sólo mirarlo a los ojos.
—Eso espero —dijo, aún tratando de despertar a su hermana—. Me la llevaré.
Sus intentos por hacer que recuperara la razón fueron inútiles, así que llevado por la furia y su muy escasa delicadeza, terminó tomando un vaso de agua que arrojó directo al rostro de su hermana, quien despertó de golpe y farfullando un par de obscenidades, aunque se quedó mortalmente callada cuando vio a su hermano frente a ella y al resto de la banda.
Ah, vaya que estaba en problemas…
—Naraku —dijo con una mezcla de sorpresa y estupefacción, pero él no le dio tiempo de nada, ni siquiera de pelearse. Con el rostro y la cara escurriendo agua la obligó a ponerse de pie y, trastabillando, sintiendo de pronto la crudeza infernal de la resaca maligna que le martillaba inmisericorde la cabeza y le machacaba el cuerpo entero, Naraku la obligó a irse con él sin siquiera despedirse.
No le dirigió la palabra durante todo el transcurso de regreso a la casa. Kagura tampoco tuvo ganas de empezar la pelea que, obviamente, se desataría en cuanto quedaran ambos ocultos tras los muros de su casa. Si podía dormir un poco antes de que ardiera Troya, lo aprovecharía. La cabeza le dolía horrores y se sentía incapaz de sostener su propia alma, así que cuando llegaron lo primero que hizo fue correr a la cocina en busca de una aspirina que devoró junto a densos tragos de agua, intentando desesperada contrarrestar la deshidratación alcohólica de su cuerpo. Todavía sentía náuseas y un insoportable y constante mareo que no la dejaba tranquila.
Definitivamente esa tarde no iría al ballet.
—¿Acaso estás loca o qué te pasa? ¿Cómo se te ocurre irte de juerga y encima emborracharte como si fuera el fin del mundo?
No le había gritado, pero Kagura supo que estaba más que furioso cuando le arrebató el vaso de agua de las manos y fue a estrellarlo con un golpe certero contra la pared. Al momento en que el cristal se hizo añicos la muchacha encrespó los hombros igual que un gato asustado, pero en respuesta simplemente le dedicó su misma mirada de reproche y hostilidad a su hermano.
—Deja de molestarme. No me siento bien.
Él la ignoró, y mientras hacía amago de irse, la tomó con rudeza del brazo, jalándola hacia él y obligándola a quedarse a darle la cara. Verla con el delineador de ojos corrido en los parpados, el lápiz labial carmín, opaco sobre los labios, y la enfermiza palidez de su piel, le hacía pensar la peor de las situaciones.
—¿Sabes todo lo que pudieron haberte hecho? —Su tono fue más oscuro y severo de lo usual, como si muy en el fondo disfrutara tanto como le molestaban las muchas ideas espantosas que pasaban por la cabeza de ambos si tan sólo un par de factores más hubiesen sido capaces de cambiar el pasado y, probablemente, el resto de la vida de Kagura únicamente con el fin de hacerla un poco más miserable—. ¿Quieres que esa bola de animales te la metan por todos lados o qué carajos te pasa? No sé si eres lo bastante estúpida, hermana, como para no darte cuenta, pero todos esos tipos son criminales.
La advertencia, bastante obvia y escupida con tanta descarada falsedad a su cara, fue lo que provocó que la chica gruñera igual que una bestia devuelta a su jaula, abrumada por preguntas que ella no terminaba de comprender y que tampoco tenía intenciones de responder.
—Por favor, Naraku… —Soltó una sonrisa coqueta, una idéntica a la que había utilizado en el antro para ganarse la confianza de Suikotsu, la misma que había usado para cautivar a Bankotsu tiempo atrás—. Viviendo contigo, esa bola de idiotas no me provoca el más mínimo temor. Y para empezar, ¡como si de verdad te importara lo que pase conmigo!
—Claro que me importa. Soy tu hermano.
Ahí Kagura, junto a su sonrisa coqueta tan cansada y llena de tan ambiguo carisma, pareció estar a punto de romper a llorar entre histéricas risas.
—¡Pues compórtate como uno!
Naraku se quedó en súbito silencio, tratando de poner a trabajar su mente para contestar algo afilado que hiciera tambalear la rebelde confianza que su hermana poseía en esos instantes; cuando estaba así, ebria, o con resaca, le perdía todo miedo, perdía el control sobre ella, y su hermana se alzaba arrogante y altiva sobre él igual que una reina. Pero la larga noche sin pegar ojo, yendo de bar en bar en la ciudad y sin comer, retrasó sus sentidos y pensamientos más de lo debido, dándole tiempo a su hermana para que esta escapara de la cocina, subiendo escaleras arriba en un escape que a Naraku se le antojó dramático y teatral, digno de la más burda y osada obra de teatro. El portazo de la habitación de Kagura vino a cerrar con broche de oro la escena, imaginó.
Vaya, ahora era poeta. Sólo le faltaba tomar pluma y papel y comenzar a escribir sus largas y perturbadoras experiencias compartidas con su hermana, convertida ahora en una inesperada musa etílica, similar a la muy famosa Hada Verde. Si acaso se le ocurriera sacar su lado más artístico y sensible, ese del que carecía por completo (después de todo, era Kagura la de la vena de artista en la familia) probablemente llamaría a su muy íntima obra algo como así como Les grâces et les interruptions de ma petite sœur.
"Ella no siente el peligro, porque ella no conoce el pecado."
John Dryden
ACLARACIÓN: la última frase, la que está en francés, significa "las gracias e interrupciones de mi hermanita". Es una frase importante y un guiño al fanfic en el cual me estoy inspirando, tanto así que hasta pensé en llamar la historia de esa manera xD quise ponerla en francés nomas por mamona, se me hacía que sonaba precioso.
¡Por cierto! Con respecto a la historia familiar de Bankotsu y su madre, obvio no es nada canon. Me gusta imaginar, en los AU, que Bankotsu fue hijo, precisamente, una prostituta alcohólica originaria de Marruecos. No sé por qué me gusta tanto esa idea xD pero es mi "explicación" para su tez morena y la apariencia que tiene que, al menos a mí, se me hace medio exótica a comparación del resto de los personajes. Y por cierto, ¿sabían que es bien bajito? xD He visto imágenes oficiales de comparación de altura de la producción del anime y resulta ser que es el más bajito de los Siete Guerreros.
Casi olvido que tenía que subir el capítulo y de hecho ando apurada. Tengo que revisar a fondo una prueba muy compleja para aplicarla mañana y no he hecho nada, así que no diré mucho como suelo hacer (?)
En fin, espero hayan disfrutado del capítulo y muchas gracias por los reviews n.n
[A favor de la Campaña"Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]
Me despido,
Agatha Romaniev.
