Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está hecha con el único fin de entretener.
Fic participante del foro ¡Siéntate!, en el reto "Camino al Infierno, 7 días del foro ¡Siéntate!"
Link al topic del concurso: /topic/84265/104733670/1/RETO-7-DÍAS-Camino-al-infierno (enlace directo al foro en mi perfil).
Advertencias: lime y lemmon, lenguaje adulto y vulgar, incesto, violencia física y psicológica.
Prompt del capítulo: Avaricia.
"La avaricia es de naturaleza tan ruin y perversa que nunca consigue calmar su afán: después de comer tiene más hambre."
La Divina Comedia —Dante Alighieri
De la Avaricia y el Gang Bang
Las vacaciones no sonaban tan benditas y geniales si no se sale por ahí de viaje a divertirse, precisamente, de vacaciones, con el fin de aventurar el espíritu y las ganas de la juventud a sitios desconocidos y destinos nunca planeados.
Kagura siempre deseó tener unas buenas vacaciones. Unas de verdad, donde tuviese la oportunidad de descansar, conocer, abrir puertas y relacionarse con otros estilos de vida; sentir que existía algo mucho más extenso e interesante más allá de la casa donde vivía y los sitios que frecuentaba cotidianamente. Escaparse por ahí a conocer el mundo o, por lo menos, el resto de su país, pero para no perder la costumbre, Naraku la mantenía sutilmente encerrada en casa como siempre, y si Kagura no encontraba ya más ganas de ensayar en su habitación o practicar pasos que todavía le fallaban, no había otra cosa para hacer más que leer o ver la televisión. Era eso, o aguantar los constantes comentarios malintencionados de su hermano si acaso se le ocurría dirigirle la palabra o hacer un fatuo intento por reparar la insostenible relación fraterna que mantenían.
La mañana era más calurosa de lo normal. El sol pegaba fuerte sobre Tokio y ella apenas tenía un ventilador apuntando directo a su cuerpo apena cubierto por el muy pequeño short rojo y la delgada blusa de tirantes negra, que le dejaba un trozo de piel de su vientre al descubierto. Su cabello, sujeto por una cebolla que se estaba deshaciendo en lo alto de su cabeza, era un completo desastre de mechones enredados que le caían desorganizados sobre los menudos hombros, aunque la confería de un encanto irresistiblemente desfachatado del cual no se daba cuenta. En su lugar, se sentía como un maldito radiador mientras buscaba algo interesante en el televisor de la sala, pasando de canal en canal sin prestar real atención.
Perezosamente y sin importarle dejar migajas en el sofá y el piso, tomó un puñado de papas fritas de la vasija que descansaba en la mesa de centro a su lado: el desayuno del día, y justo en ese momento el timbre del portón resonó en toda la casa anunciando inesperadas visitas.
—¿Esperas a alguna amiguita? —Kagura se volvió hacia su hermano, mirándolo por encima del hombro, inquisitiva. Lo encontró con aire desinteresado y agotado, fumando un cigarrillo en la cocina con una taza de café en la mano. La miró a los ojos y se encogió de hombros, como si no supiera de lo que hablaba.
—No que yo recuerde. ¿Y tú, esperas a algún amiguito?
Kagura gruñó, rodando los ojos y volviendo la cabeza a la pantalla del televisor al tiempo que su hermano caminaba hacia la puerta. Desapareció unos minutos en el patio y le pareció escucharlo intercambiar palabras con un par de personas más. Después, el sonido de los muchos pasos alertó sus sentidos haciéndola desviar la vista a la puerta, y no se sorprendió demasiado al ver entrar a su casa a la banda de los llamados Siete Guerreros, con Bankotsu dirigiendo, como siempre, al grupo, mientras el resto de los chicos entraban tras él ensuciando un poco más el piso que ninguno de los dos hermanos se dignaba jamás a limpiar.
—Hola, Kagura —Bankotsu la saludó animadamente, pero ella respondió con un gruñido al tiempo que rodaba los ojos, como de costumbre, y volvía la vista al televisor.
—Parece que tu hermanita no está muy de buenas esta mañana —agregó Jakotsu dirigiéndose a Naraku, quien también gruñó de una manera muy parecida a la mencionada.
—¿Cuándo la has visto de humor?
Después del breve y nada lindo recibimiento, muy poco preocupados por el mal humor que la chica les pudiese mostrar al tenerlos en su presencia, los muchachos se acomodaron en la sala como si aquella fuera la propia estancia de su departamento. Suikotsu incluso subió los pies a la mesa y se cruzó de brazos, poniendo la vista también en el televisor.
—Oye, ve a comprar cerveza —masculló Naraku pasando a lado de su hermana y dándole un suave zape en la cabeza. La ira de Kagura fue completamente desproporcionada al golpe que recibió, pero sí muy racional conforme al amable pedido de su hermano.
—¿Y tú qué te crees que soy? ¿Tu maldita sirvienta? —espetó sin importarle ni un poco que estuvieran frente a los amigos de correría de él. Es más, disfrutaba con la posibilidad de dejarlo en ridículo frente a ellos—. Si quieres cerveza mueve tu maldito trasero hasta la tienda y tráelo.
Naraku rodó los ojos, casi sin creer que una sencilla órden fuera desafiada por ella en cada oportunidad que tenía; y él que todo lo que hacía era por su bien, aunque no le creyera. A veces sentía que ninguna de las amenazas y castigos que le propinaba hacían efecto alguno en su hermana. Pero al final, resignado, esbozó una sonrisa maliciosa que nadie más vio y se volvió a los muchachos despreocupadamente.
—Bueno, quédense aquí. Iré por unas cuantas cervezas —Avisó, pero antes de atravesar la puerta se volvió hacia ellos y agregó, tranquilo y resuelto—: No sé cuánto pueda tardar, la tienda está un poco lejos. Así que sean pacientes.
El portazo de la puerta hizo eco en toda la sala a pesar de las muchas personas que ahí se encontraban. La televisión seguía encendida a un volumen muy bajo, casi no se escuchaba nada, y sólo momentos después fue que Kagura se dio cuenta de que su hermano ya se había ido. Se percató de ello cuando sintió la fuerte mirada de Suikotsu sobre sus piernas, que estaban prácticamente desnudas.
—"Mierda. Mejor sí hubiera ido yo" —Pensó, desviando suspicaz la mirada a los chicos, estudiándolos con la vista. Parecían estar tranquilos y de buen humor, como si el buen día que hacía los hiciera olvidarse de que todos ellos eran ladrones y asesinos, aunque eso no les quitaba la intimidante apariencia que les confería sus duros rasgos coronados con tatuajes.
Ahora que los observaba mejor, sin tanto alcohol, desesperación y oscuridad encima, se le antojaban verdaderamente aterradores.
—Bueno, yo mejor me voy —intentó disimular su súbito nerviosismo, cosa que, según ella, le salió muy bien, amén de los muchos años que llevaba mintiéndole a su hermano y sobreviviendo a él, pero eso no impidió que al hacer amago de levantarse Bankotsu, quien estaba sentado a su lado, la tomara suavemente del brazo impidiéndole irse.
—¿Ya te vas, tan rápido? —Le dedicó una sonrisa difícil de interpretar—. Mira que ahora no está Naraku por aquí y no te puede obligar a irte tan rápido como la otra mañana.
—Sí, puedes quedarte un rato a charlar con nosotros.
La voz era de Suikotsu, y le había sonado tan cercana que le dio la impresión de que le había susurrado al oído.
Kagura, sobresaltada y sin tiempo alguno para disimular su repentino espanto, volvió el rostro encontrándose al fornido hombre de tatuajes verdes sentado a un lado de ella, sobre el descansabrazos. Se preguntó en qué maldito momento se había movido de sitio, demasiado ensimismada con disimular ante Bankotsu, quien aún la miraba sonriendo juguetonamente como si entre todos ellos compartieran un divertido secreto que únicamente ella ignoraba, todavía debatiéndose acerca de contarle o no.
—Es muy temprano. No tengo ganas de charlar —masculló la chica, y antes de poder hacer cualquier movimiento, Suikotsu desenfadadamente sentado a su lado la había detenido, nuevamente, con su voz potente y grave.
—¿En serio? No parecías indispuesta a convivir con nosotros la otra noche.
—Oigan, la otra noche estaba muy borracha y enojada —Casi lo había gritado, pasando los ojos sobre cada uno de los hombres; la observaban como si fuese una valiosa reliquia recién adquirida entre sus filas, directo al mercado negro.
—Eso cierto —Las discretas risas de Suikotsu le pusieron la piel de gallina cuando las escuchó tras ella—. Estabas tan… alocada y coqueta. Nos dejaste con las ganas, preciosa.
—No sé de qué hablan —Negó con la cabeza nerviosamente, desviando la vista, pero no tenía hacía donde mirar: estaba acorralada entre Suikotsu y Bankotsu, y frente a ella estaban el resto de los chicos acaparando todos los muebles de la sala. Mukotsu la miraba ansioso, con sus ojos saltones entrecerrados, con esa sonrisa repugnante sobresaliendo de entre sus amarillentos dientes
¡Maldita sea! Ella y esos putos impulsos que no controlaba. A veces se preguntaba si realmente era lo bastante tonta como aseguraba su hermano todo el tiempo, al menos lo suficiente como para meterse en esa clase de líos sin necesidad alguna.
Había pasado los últimos dos días preguntándose si los chicos recordaban toda la sarta de imbecilidades que cometió y dijo al salir con ellos y embriagarse. También se había preguntado, especialmente por Suikotsu y Bankotsu, si estos recordaban las muchas insinuaciones y coqueteos que les dedicó con tanto descaro, sobre todo con aquella estúpida idea de armar un trío.
Sí, claro. Apenas había tenido sexo dos veces, por supuesto que no estaba pensando en montársela con dos tíos así nada más, sin experiencia alguna. No estaba tan loca.
Había esperado que los dos lo olvidasen llevados por la terrible resaca, pero al parecer tenían mucho más aguante para el licor que ella y no encontraban mejor tema de conversación que el de sus indecorosas propuestas.
—Tú sabes de qué hablamos… —insistió Suikotsu, viéndose tentado a remover el alborotado cabello que se arremolinaba sobre los pequeños hombros de la muchacha.
—No, no lo recuerdo. Estaba muy borracha.
—Seguro que sí lo recuerdas. ¿Por qué tan nerviosa, entonces? —Mientras hablaba una de sus manos se deslizó suavemente igual que una víbora hasta su cabello. Lo removió como había ansiado, brindándole al instante una exquisita imagen del femenino y delicado cuello desnudo.
—¡No me toques! —exigió, sobresaltando al resto del grupo, quienes hasta ahora se habían mantenido un tanto ajenos a la situación, limitándose a observar y esperando ver hasta dónde iría a parar todo el asunto para decidir si hacer algo o no.
—¡Oye, oye, no te pongas así de agresiva! —Bankotsu se acercó a ella fingiendo querer tranquilizarla, pero a pesar de lo muy atractivo que lo consideraba y lo mucho que le gustaba, el comentario del chico le heló la sangre a Kagura.
No estaba haciendo nada, absolutamente nada por ella, o siquiera detener lo que seguramente pasaría si alguien no intervenía a tiempo. Por supuesto que no esperaba del chico de la trenza una boda, siquiera una relación de novios formal, pero tampoco esperaba que el muy maldito permitiera que sus amigos le hicieran algo sencillamente espantoso en la sala de su propia casa.
Fue cuestión de segundos, pero estudió cada una de las miradas que aquellos hombres le mandaban. Las de Suikotsu y Bankotsu eran obvias, le decían con la intensidad de sus pupilas lo que buscaban de ella: era la misma encarnación de la lujuria y la malicia en un par de pupilas. Y seguía tan sorprendida como ofendida por culpa de Bankotsu; lo imaginaba más celoso. Por lo menos recordaba su actitud suspicaz la noche del antro, pero ahora parecía estar muy de acuerdo con lo que sea que pudiese proponer su compañero.
Jakotsu, por otro lado, fingía no escuchar nada y estar desinteresado en la situación. Se había mantenido pegado a la pantalla de su celular, pero a pesar del tremendo asco que le daba la escena heterosexual que se formaba justo a su lado, escuchaba con atención cada paso que sus hermanos hacían con ella en caso de tener que ayudarlos en, por ejemplo, sostener las piernas o los brazos de la muchacha, por mucha repulsión que le diera y por mucho que Kagura comenzara a caerle un poco bien.
Mukotsu tenía una mirada muy parecida a la de los dos chicos que la acorralaban de cada lado, pero su mirar era mil veces más inmundo y penetrante, igual que la de un depravado sexual con sus impulsos largamente reprimidos viendo al fin el momento para liberarlos a placer.
Los hermanos Ginkotsu y Kyokotsu, que con sus enormes tamaños ocupaban entero el sofá de enfrente, la observaban como si no terminaran de comprender lo que sucedía ante ellos. Kyokotsu, con su enorme apariencia de adicto a los esteroides, le recordaba a los ogros que hacían las veces de villano en aquellas antiguas leyendas de su país que solía leer cuando niña, o en los grabados y pinturas del arte clásico japonés, con los muchos deformes y espantosos ogros que salían de las profundidades del infierno dispuestos a traer desgracias. Su hermano, por otro lado, era tan inexpresivo que le seguía pareciendo una especie de robot descompuesto. Miraba todo aquello más bien con curiosidad, como si no entendiera otra cosa de la vida ni las personas más allá de matar y robar.
Con tristes esperanzas, esperaba que por lo menos él no participara si las cosas se ponían peores. Al menos se quitaría a dos salvajes de encima.
Y Renkotsu, quien estaba sentado en el único sillón del lugar, tenía las piernas cruzadas en una pose arrogante y severa. Acababa de prender un cigarrillo y la miraba sin un solo atisbo de lujuria o avaricia, pero sí con mucho reproche, y en el fondo, a juzgar por su ceño fruncido y su boca ligeramente torcida, parecía molestarle todo el asunto que presenciaba. Le dijo algo sin sonido, sólo pudo leer sus labios. Algo de "te dije que no confiaras en él". Sin embargo la chica pudo adivinar que no tenía intención alguna de detener lo que sea que pudiera pasar ni exponer públicamente su naturaleza traidora de la misma forma en que ella no se atrevería a hacerlo ante Naraku.
Maldición. Aún así era demasiada testosterona junta en un solo lugar, y ella no estaba precisamente en el sitio más indicado.
Sintió la potente respiración de Suikotsu chocar contra su cuello, estremeciéndola y provocando un desagradable escalofrío en todo su cuerpo. Intentó seguir disimulando, tratando de no dar pie a nada que la comprometiera o se malinterpretara, pero no pudo evitar recordar, casi con reproche, una ocasión hace ya un tiempo atrás, cuando Naraku y ella se enfrentaron por terribles errores cometidos muchos años atrás en lo alto de la escalera, perdiendo por completo el control sobre sus emociones y dejando que toda racionalidad se escapara de ellos. Y todavía tenía la sensación de que aquella pelea no había sido ni la punta del iceberg.
Recordó que la había tomado de la muñeca con fuerza, lastimándola mucho más de lo que jamás se había atrevido. Se habían dejado llevar por la furia del momento y Kagura creyó que la tiraría por las escaleras cuando comenzó, por medio de su agarre, a obligarla a bajar a ciegas escalón tras escalón. Estuvo a punto de caer, de hecho, pero sosteniéndola como lo hacía la había salvado de la manera más irónica posible.
Intentó recordar sus palabras. Podría jurar que extrañaba a Naraku y deseaba tenerlo ahí para que terminara con cualquier plan loco y bestial que esa bola de maleantes estuviesen planeando con ella, pero las palabras de Naraku dejaron de sonar como un lindo bálsamo cuando pudo recordarlas con objetividad.
Le había preguntado si le asustaba algo que no dio a entender del todo, y ella entendió que se refería a la caída. Le respondió con un sarcasmo, fingiendo que no tenía temor alguno a quebrarse la maldita columna vertebral en la caída, pero él salió con algo mucho peor de lo que jamás había esperado.
—No, eso no —Había dicho Naraku—. ¿Te asusta asumir que me deseas, hermanita? ¿Te doy tanto miedo? ¿O es tu orgullo el que no te deja?
Seguía siendo un maldito, una maraña de mentiras y artimañas seductoras, cautivadoras y muy peligrosas. Si ella hubiese dado cualquier indicio de que cada una de esas palabras eran ciertas, seguramente la habría jalado del cabello hasta desgarrar sus ropas, y finalmente la habría follado allí mismo, en las escaleras. Y estuvo segura de que lo habría disfrutado.
En contraste había forcejeado contra él, deseando muy en el fondo que él hiciera fuerza contra ella y la tomara ahí mismo, pero no pudo hacerlo. Lo atacó con lo más doloroso que compartían en su vida los dos, en ese pasado que había terminado prematuramente con la infancia de ambos, buscando desesperada los resentidos reproches y penas que sólo él, la única persona en el mundo, podía compartir con ella y comprender.
—¡¿Qué diablos estás diciendo?! —Ahí fue donde comenzó a forcejear. También recordó que estaba al punto del llanto. Tenía demasiadas cosas en la cabeza que la estaban rebasando y un ardiente nudo en su garganta se había instalado de la manera más incómoda posible—. ¡Eres un maldito pervertido y una maraña de mentiras! ¡Mentiras y más mentiras! Tú mismo eres una mentira. Sabes bastante bien quién provocó el accidente.
Ah… atacarlo con la muerte de su madre. Fue ahí donde deseó que, en lugar de follarla como tanto había fantaseado, mejor la tirase de las escaleras y le hiciera el muy maldito favor de terminar con su miseria.
—¡Ambas ideas mías, por si lo olvidas! —Pareció intentar, efectivamente, aventarla por las escaleras, pero al último segundo se arrepintió y siguió sujetándola con fuerza de la muñeca. Su sonrisa se volvió socarrona, pero sus ojos rubí refulgían como dos carbones encendidos—. No ves, hermana, que siempre tienes que caer, y no precisamente en el lugar indicado. Encima de eso tampoco saber mentir. Sí, me deseas, aunque no lo aceptes.
Kagura era astuta, no tanto como Naraku, sólo lo suficiente, y lo bastante como para saber qué quería y qué no quería en ese mismo instante a pesar de tener un futuro incierto que, como toda persona de su edad, no tenía idea de cómo controlaría. Recordó que utilizó su brazo como péndulo para zafarse de él y se empujó contra su hermano logrando finalmente escapar, y lo mismo hizo cuando Suikotsu rozó su brazo con la clara intención de sostenerla.
—¡Déjenme en paz! —Lo gritó sin pensarlo siquiera y su cuerpo se impulsó por sí mismo para ponerse de pie, pero el firme agarre sobre su brazo esta vez vino de Bankotsu y le indicó que, si quería escapar, tenía que ser más sutil, porque mientras más arisca y hostil se ponía –y con justa razón-, ellos se volvían cada vez más agresivos, como si su sólo rechazo o nerviosismo sirviera como catalizador para su excitación.
Estuvo a punto de exigir nuevamente que la dejaran en paz, cuando entonces sintió la firmeza de la mano de Bankotsu amoldarse a la curva de su muslo y subir por él hasta la tela de su short. Kagura se estremeció, soltó una majadería contra el moreno, a quien apartó de su cuerpo con un brusco manotazo, y cuando intentó irse de nuevo, el nuevo agarre de Suikotsu sobre su antebrazo la obligó a detenerse.
La muchacha no supo qué clase de cara puso cuando su rostro por inercia se volvió hacia él, pero debió ser un gesto de espanto como de fotografía, porque al sólo verla el hombre sonrió de tal manera que a la muchacha se le heló la sangre. No era una sonrisa encantadora como la de Bankotsu, ni una penetrante como la de su hermano; era una sonrisa peligrosa y que recordaba a la de los esbirros más salvajes y sádicos del Diablo.
—¡Suéltame, maldito bastardo! —exclamó a viva voz. Lo hizo tan fuerte que dio la impresión de que deseaba que la escuchasen los vecinos. Pero sabía que, pasara lo que pasara, nadie podría oírla.
—¡Vaya, la gatita ya sacó las garras! —El comentario del hombre de tatuajes verdes hizo la hizo gruñir igual que una pequeña bestia enfurecida. Se removió contra él con ahínco, pero su fuerza, comparada con la de él, era simplemente un chiste de mal gusto.
Bankotsu volvió a tocar su pierna, y cuando ella, todavía sujeta, se lo volvió a quitar de encima, como si su claro rechazo sirviera como una especie de respuesta invertida para la retorcida mente y deseos de aquellos hombres, el chico de la trenza reaccionó tomándola de la cintura posesivamente y acercándose más a ella, casi al punto de que sus narices se tocaban cuando la tomó del mentón y la obligó a mirarlo.
—Diles que me suelten. Ya dejen de jugar —le exigió al moreno, pero este, para toda respuesta, soltó una descarada carcajada en su rostro.
—¿Jugar? Ninguno de nosotros está jugando. Tú eres quien está jugando.
—¡Yo no estoy jugando a nada! ¡Sólo déjenme en paz!
—Tal vez no nos dé la gana hacerlo —masculló el moreno, endureciendo el gesto de una forma que Kagura jamás le había visto. Fue ahí donde supo que Bankotsu, dentro de lo que cabía, no era tan buen chico como parecía. Ni siquiera con ella.
—Tal vez no nos dé la gana soltarte, tal vez nos dé la gana seguir jugando como tú tanto querías la otra noche —agregó, y sintió su aliento cálido acariciar su rostro tal y cómo ahora Suikotsu acariciaba sus hombros, jugando con correr por sus brazos los tirantes de su blusa. Por primera vez las caricias de Bankotsu le parecieron repulsivas y ardientes como el más cruel de los infiernos.
—Eso no significa nada —contestó con firmeza, a pesar de sentir sus piernas temblar como gelatina y un nudo atorándose en su garganta. Bankotsu lo sintió también, apretando la suave piel con fuerza en un falso intento de tranquilizarla.
No quería ni pensar en lo que pasaría en cualquier instante. Ellos sólo estaban ahí, asustándola y torturándola, alargando inmisericordes el peor de los momentos que, seguramente, tendría en su vida. Contra todo pronóstico intentó, desesperada, tolerarlo y mantenerse fuerte ante la idea de las muchas lágrimas y dolores que le esperaban, y comenzó a pensar en alguna forma de despersonalizarse de todo aquello y soportarlo durara lo que durara. Y sin embargo la idea de ser poseída por todos esos hombres a la fuerza le siguió helando la sangre.
—¿Sabes, preciosa? A los chicos y a mí no nos gustan las calientahuevos como tú.
—¡Ah, así que pasé de ser una princesa a ser una calientahuevos! —exclamó con descaro, casi como si tuviera todas las ventajas a su favor. Aquello molestó sobremanera a su interlocutor, quien dedicó unos segundos a acariciar la curvatura entre el femenino cuello y el hombro.
—Para ser una chica en tu posición, hablas demasiado.
—Yo pienso que hay varias maneras de cerrarle la boca —propuso Mukotsu. Nadie más le prestó atención, pero ella desvió la vista hacia él, y cuando lo notó, Mukotsu bajó los ojos a su propia entrepierna. A Kagura se le deformó el rostro de asco ante la sola idea de que el patético hombrecito frustrado metiera su asqueroso pene en su boca mientras los malditos bastardos de Suikotsu y Bankotsu la compartían y se saciaban con su cuerpo.
—Vamos, Kagura. No te haremos nada malo —insistió Suikotsu, apretando más el agarre contra el brazo y corriendo ahora uno de los tirantes. Dejó uno de sus pechos cubiertos por el sostén a la vista, cosa que hizo que Kagura apretara los ojos, profundamente aterrorizada. Se le acababa el tiempo, y Naraku no volvía.
—Así es —corroboró Bankotsu—. No te haremos nada malo. Sólo follarte entre todos. Seguro lo disfrutarás.
—Yo paso —exclamó despreocupadamente Jakotsu, sacando la vista de la pantalla de su celular, aunque cuando vio la expresión de terror en el rostro de la muchacha tuvo ganas de sacarle una fotografía—. Si quieren puedo grabarlo como recuerdo o como material para venderlo en el mercado negro. Pero ni crean que participaré.
—Tienes que estar de broma —dijo la muchacha entre nerviosas risas, sintiendo el sudor acumularse de a poco en su frente y con la esperanza de que aquello fuera no más que una macabra broma que había sido idea de Naraku o Bankotsu, pero le era difícil pensarlo sintiendo todavía las caricias de Suikotsu sobre su nuca, sus brazos y su cintura.
—¿Broma? Oh, Kagura… mi ingenua princesa —Acarició suavemente la mejilla de la muchacha, haciendo que ella torciera la boca invadida por un súbito asco—. Somos chicos con buen humor, pero… ¿realmente crees que bromearíamos con algo tan grave?
—Si siguen insistiendo con esta mierda, les juro que mi hermano les pateará el culo a todos.
Era un escudo desesperado, pero era lo único que podía hacer para defenderse estando sujeta del agarre de aquellas dos bestias y frente a la impasible mirada de otras tantas más.
La advertencia de Kagura provocó una carcajada general. Renkotsu y Ginkotsu, desinteresados en el asunto, no compartieron la pequeña alegría a costa de la desesperada ingenuidad de la muchacha que de pronto se había convertido en víctima, pero tampoco perdieron detalle del constante gesto de miedo que inevitablemente se formaba en sus bellas facciones de adolescente. Renkotsu tomó una profunda bocanada de aire al verla así, entre esos dos, temblando de pies a cabeza e intentando parecer fuerte cuando claramente estaba muerta de miedo; cualquier chica, por muy ruda y hosca que fuera, lo estaría, tal vez hasta rompiendo ya en llanto. No confiaba en ella ni le gustaba, pero había logrado granjear cierta simpatía por la muchacha al saberse iguales. Sólo esperaba que la dejasen viva y no demasiado destrozada como para no poder superarlo en unos cuantos años. Pero conocía y había visto lo salvajes que sus compañeros podían ser cuando tomaban algo que deseaban a la fuerza.
Sabía que Kagura sufriría mucho.
—¿En serio? Tu hermano no te quiere tanto como tú crees, Kagura.
—Lo más probable es que se termine uniendo al gang bang, o grabándolo todo, o sujetando tus piernas para que las abras para nosotros. Lo que pase primero —argumentó Suikotsu y, para desgracia de Kagura, supo que todas aquellas palabras tenían mucho de verdad.
—¡Sólo suéltenme, ya basta! ¡Están enfermos, yo nunca pedí nada de esto!
La hostil suplica de la muchacha vino acompañada del característico sonido del portón abriéndose y los pasos de alguien manipulando las rejas y el candado del mismo. Las miradas se desviaron hacia la puerta cerrada y Renkotsu, asomándose discretamente por la ventana, pudo ver a su anfitrión dirigiéndose a paso tranquilo hacia la puerta con un par de bolsas en la mano.
—¡Ahí viene Naraku! ¡Ya suelten a la chica! —exigió Renkotsu al volverse hacia sus compañeros, quienes al instante, como si la piel de Kagura tuviese alguna propiedad que hiciera arder sus manos sobre su asustado cuerpo, la soltaron al mismo tiempo dejándola súbitamente libre.
La muchacha se quedó unos segundos paralizada, sintiendo el temblor que rato atrás se había instalado en todo su cuerpo, como si no creyera que de pronto estaba libre gracias a la -por primera vez-, oportuna e indirecta interrupción de su hermano. Antes de que la puerta se abriera se levantó del sofá casi de un salto y salió corriendo del lugar directo a las escaleras. Para cuando estuvo a mitad de ellas, casi tropezando a causa del temblor que invadía sus rodillas, su hermano ya había entrado a la casa y sólo vio las aceleradas piernas desnudas subiendo a toda prisa hacia el segundo piso.
Naraku se quedó un segundo observando la repentina huida de su hermana, contrariado, para luego dejar las bolsas sobre la mesa de centro.
—¿Qué pasó?
—Ah, nada —dijo al instante Bankotsu con su mejor gesto de confianza—. Tu hermana cree que somos muy aburridos y ha salido corriendo como posesa.
—Eres un maldito.
—¿Qué?
Era de noche. Estaban solos y hacia varias horas que Naraku había despedido al grupo de los Siete Guerreros. Aún así Kagura había tardado otro tanto de horas para dignarse en salir de su confinamiento sin siquiera haberse cambiado el pijama. Se encontró a su hermano en la cocina fumando un cigarrillo como de costumbre y bebiendo una de las cervezas sobrantes del día.
—Que eres un maldito bastardo —repitió Kagura al tiempo que tomaba uno de los cigarrillos de su hermano para encenderlo. Él, por su parte, le dedicó un gesto de reproche y dejó que el humo se esparciera un poco por el ambiente antes de hablar y rodar los ojos, fastidiado.
—¿Y ahora de qué te quejas? No he hecho nada.
—¡Precisamente, nunca haces nada! —vociferó adentrándose más en la cocina—. ¡Nunca has hecho ni harás nada por mi!
—¿Acaso te volviste loca o qué demonios te pasa? ¿De qué carajos me hablas?
—¡De tus estúpidos amigotes! —exclamó, haciendo ademanes exagerados e histéricos con ambas manos—. Me dejaste completamente sola con esas malditas bestias mientras tú te largabas a comprarles cerveza. ¿Qué estás esperando para simplemente entregarme en bandeja de plata y cobrar el precio?
—Otra vez haciéndote la novela… —farfulló Naraku al tiempo que tomaba un generoso trago de cerveza—. Si vas a buscar culpables, lo que tienes que hacer es mirarte en un maldito espejo.
—¡Eres un bastar…!
—Esos son los peligros que una chica linda como tú corre al quedarse a solas con un montón de hombres, cosa que la otra mañana me dejaste bastante claro que te encanta hacer.
—¡Estúpido imbécil! ¡Eso no es verdad! ¡Ninguna chica quiere algo así, no me puedes culpar por eso, maldito infeliz!
Lo empujó con sorprendente fuerza, haciendo que Naraku trastabillara unos pasos hacia atrás, mirando un tanto sorprendido la impulsiva -más que de costumbre- reacción de su hermana. Si se descuidaba podía estar seguro de que en cualquier momento la vería sacar un cuchillo del cajón de cubiertos que estaba su lado y se lo clavaría justo en el corazón igual que la siempre apabullante y dolorosa flecha de Cupido.
—¡Eres mi hermano mayor! Deberías protegerme, y todos estos años has hecho exactamente lo contrario.
El reclamo de su hermana, a pesar de ser uno de tantos que le restregaba en la cara igual que un escupitajo o las miserables migajas que quedaban de su oscuro pasado, logró hacer mella en él de una forma que lo obligó a tirar el cigarrillo de lado y tomarla de los brazos. La zarandeó violentamente. Kagura pudo escuchar en medio del súbito caos y el renovado miedo que le decía un par de insultos y blasfemias, pero tan rápido como su alteración empezó, terminó dejando de zarandearla de aquí para allá, pero sin dejar de tomarla de los brazos con la clara intención de que esta vez no pudiese huir de la propia pelea que ella había provocado.
—Tú no me comprendes. Y nunca lo vas a comprender porque no eres más que una niñita tonta e ingenua que cree puede comerse al mundo rebelándose contra mí.
—¡Estás loco! —Quiso escupirle en la cara, pero las siguientes palabras de Naraku la dejaron paralizada y atónita en partes iguales.
—Yo he hecho mucho todos estos años. Y todo lo que he hecho ha sido por amor.
Se quedó callada, mirándolo con recelo y desconfianza, respirando tan agitadamente como él. Le soltó los brazos, pero en su lugar pasó sus manos, que de pronto le parecieron extrañamente cálidas, a las mejillas, sosteniendo con una suavidad inusual en él su rostro, levantándolo para que lo encarara.
—Kagura, hermanita… —Pareció quedarse sin aliento por unos segundos—. Yo jamás dejaría que un montón de idiotas te tocaran… porque tú me perteneces.
Acercó su rostro al de ella con la rapidez de una serpiente y de una forma tan mortal como una cobra antes de morder a su presa, y se detuvo a apenas unos centímetros de distancia, causando la explosión de miedo y excitación en su presa ante el inminente peligro, obligándola a quedarse quieta esperando el primer movimiento.
Lo miró directamente, y supo que no mentía. Y a pesar de estar segura de que no estaba acudiendo al arte de la mentira, estar segura de la verdad le provocó una intranquilidad que la dejó tan angustiada como llena de peligrosa curiosidad.
Sus rostros estaban tan cerca que sus alientos agitados y atiborrados del aroma a tabaco se mezclaban, y lo hacían con tal intimidad que pareció que uno intentaba arrancarle gentilmente el alma al otro.
—Eres mía, Kagura.
Se acercó un poco más. Los centímetros que los separaban parecían eternos e infinitos como la misma muerte, y justo antes de que sus narices chocaran, de que Naraku moviera la cabeza de tal forma que se incrustara con inigualable perfección contra aquella parte humana, tan terriblemente similar a él como si se viese ante el reflejo de un espejo contrario de sí mismo, Kagura, sin pensarlo, tomó aire y desvió el rostro, causando un instantáneo gesto de contrariedad en su hermano, y que aún así mantenía cierto aire de pena y odio en sus facciones confusas ante la súbita pero diminuta separación del claro y siempre muy doloroso rechazo.
Luego ella se volvió hacia él y soltó, probablemente, las palabras más crueles que los oídos de Naraku jamás escucharon salir de la boca de su hermana. Peores que una blasfemia o una sentencia.
—Yo no soy de nadie.
Interpretó aquello de tres formas: como una simple mentira, como una firme convicción de su hermana, o como un desafío. Y como era usual dentro de la enfermiza relación que mantenían, tomó la última opción como la mejor para él y la peor para ella, pero bien se sabía de cuánto disfrutaba Naraku de los retos.
Si Kagura no iba a ser suya, entonces no sería de nadie, tal y como ella tanto ansiaba. Le haría la gracia y el favor de hacerlo realidad, ¡sólo para que después no pudiera decir que no la quería!
Dejaría un día que su aliento se fuera con el viento; dejaría que desapareciera para siempre y cumpliría su deseo de fundirse con aquella obsesiva libertad de la que tanto hablaba, pero antes de todo eso, estuvo seguro, robaría para sí parte del preciado aliento que la llenaba con toda esa ardiente e incontrolable furia que la caracterizaba, y se lo devolvería convertido en blasfemia y doloroso pecado hasta que se arrepintiera de haberlo traicionado. Y entonces, justo en ese momento, cuando lo viera sonreír cínicamente, cuando lo escuchara decirle que finalmente era libre, ella sabría cuánto la amaba y cuánto la había amado siempre.
Y sobre todo, ¡y cuánto deseaba verlo! Se arrepentiría de nunca haberlo aceptado.
"Siempre me vas a querer. Yo represento para ti todos los pecadosque nunca has tenido el coraje de cometer."
El Retrato de Dorian Grey —Oscar Wilde
Un poco más y no subo este capítulo. Apenas hoy, luego de tres días, pude terminar de leer la prueba (sólo leerla y entenderla). No les miento, en total fueron nueve horas invertidas, y mañana tengo que aplicar la prueba. Aún así sí pienso subir el capítulo de mañana temprano.
No tengo mucho más que agregar. Quería que este capítulo quedara más fuerte, pero no iba a poner que terminaban violando a Kagura, me habría alargado más la historia, y ciertamente los chicos no pensaban violarla (no habrían tenido tiempo, en realidad, porque de que son capaces, eso sí), pero de esa forma quise retratar el pecado de la avaricia. Y por cierto, la escena que Kagura recuerda entre Naraku y ella cuando está acorralada por Bankotsu y Suikotsu, es una escena MUY parecida al fic Truth or Lie? Lo digo porque no es mi intención que piensen que lo plagié o copié. Como he venido diciendo, este fanfic es una especie de precuela inspirada en aquel fic y tengo el debido permiso de la ficker.
En fin, espero hayan disfrutado de este capítulo. ¡Mañana viene el último, así que prepárense! Y muchas gracias por los reviews n.n
[A favor de la Campaña "Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]
Me despido,
Agatha Romaniev.
