Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está hecha con el único fin de entretener.
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Prompt del capítulo: Soberbia.
"Contra soberbia, humildad, suspira el fraile. Contra soberbia, ¡rebelión!, gritamos los hombres."
Periódico Regeneración, 19 de noviembre de 1910 —Ricardo Flores Magón
De la Soberbia y los Hermanos Itami
—Pensé que jamás volverías a hablarme —El tono sensual y encantador de la voz masculina del otro lado de la línea y la ciudad, ligeramente distorsionado por el teléfono fuertemente pegado a su oído, la obligó a rodar los ojos llena de fastidio y sonreír a la vez, divertida ante la idea de imaginar a su interlocutor preocupado por la posibilidad de perderla por sus malditos jueguitos de chico malo—. Creí que estabas furiosa.
—Lo estoy —contestó Kagura. A Bankotsu le pareció que la voz de la muchacha, del otro lado del teléfono, sonaba ligeramente más aguda de lo que realmente era—. Creí que en serio me violarían.
—¿De verdad crees que dejaría que los chicos te hicieran algo como eso?
Bankotsu se recostó pesadamente sobre el colchón de su desordenada cama, de paso haciendo a un lado a la guapa joven desconocida (apenas recordaba su nombre) que dormitaba cansada a su lado, ataviada sólo con su enmarañado cabello y el sostén rosa desacomodado tras la pequeña espalda, resaltando un poco más su muy pálida piel. A pesar de la conversación y la desconsideración del moreno, ella apenas se removió en su reducido sitio y gruñó un poco, enterrando más la cara entre las almohadas.
—¿Tú qué crees? Parecían ir en serio.
—Sólo estábamos jugando, Kagura. Una broma de mal gusto, para asustarte —Echó una rápida mirada a la muchacha a su lado. Seguía dormida. ¿Cómo demonios se llamaba?—. Tú eres la única.
Escuchó a Kagura reír a carcajadas desde el otro lado de la línea. Adoraba escucharla reír de esa manera tan insolente, casi rozando el fastidio. No le creía ni media palabra, por supuesto, no era ninguna tonta a pesar de granjear en su interior ideas idílicas e idealistas con respecto a sus muchas y egoístas causas perdidas, pero fue algo que a Bankotsu no le preocupó mientras se pasaba un brazo tras la cabeza. Tampoco le preocupó la rápida sombra que cruzó la puerta entreabierta de su habitación. Seguramente era alguno de los chicos yendo al baño.
—No me hagas reír, Bankotsu —exclamó Kagura entre pequeñas risitas, desafiante y atrevida como ella sola. Parecía tener el ánimo renovado luego del susto de muerte que los chicos y él le habían dado—. La verdad, no me importa si te revuelcas con otras. Tú y yo no tenemos nada serio.
—Ya te dije que si no fuera por tu hermano, te pediría que fueras mi novia.
La escuchó suspirar. La muchacha, casi imitando a su interlocutor, se recostó también sobre su cama y acarició una de sus rodillas lentamente. Tenía puesto el mismo atuendo que había usado cuando se fue de antro con los Siete Guerreros, pero no estaba segura de poder salvarlo al finalizar el día, a menos que se apresurase a meterlo a la lavadora, aunque consideró que la mejor opción era quemar la ropa que tenía encima antes de que llegara la mañana siguiente.
—¿Y por qué no haces algo al respecto?
—¿Ah, sí? ¿Cómo qué? —masculló Bankotsu alzando una ceja, curioso. Como pocas veces le había pasado, no tenía idea de hacia dónde quería llegar la muchacha.
—Qué sé yo. Por mi, mátalo.
La hostilidad que hervía en su tono de voz, aún distorsionada por el teléfono, le comprobó que realmente odiaba a su hermano tanto como afirmaba, a pesar de tener esa bizarra conexión que no pasaba desapercibida para nadie y que los hacía sospechar con respecto a cosas que muy pocos siquiera se atrevían a concebir como hechos y verdades truculentas que les llenaban la moral de intensa repulsión.
Se dio cuenta de que si lo mataba, a Kagura realmente no le importaría un carajo.
—¿En serio? —Bankotsu se sonrió, malicioso y encantador cómo sólo él podía serlo—. ¿Y qué harías sin tu hermanito?
—Todo lo que me diera la real gana.
Hubo un incómodo silencio que apenas duró unos segundos, sin embargo esos escasos momentos a ambos se les antojaron eternos. Sabían que de ese tema no podían hablar solamente por teléfono. No eran asuntos que se pudiesen dar el lujo de charlar con tanta soltura y sin dar la cara.
—Ahora puedo salir. ¿Te parece si nos vemos en la nueva biblioteca? —propuso Kagura irguiéndose sobre sus codos, dejando de lado toda pose de sensualidad y adoptando una mucho más severa.
—¿Cuál biblioteca?
La muchacha gruñó.
—La biblioteca Hakurei. La nueva. ¡Está a un lado del museo donde voy a ballet, por todos los cielos!
—¡Ah, ya sé cuál! Lo siento, princesa, pero yo no soy mucho de leer.
—No vamos a leer, Bankotsu.
—¿Es una cita a escondidas?
—En nuestras circunstancias, eso supongo —respondió Kagura rodando los ojos y negando con la cabeza. Todavía se afirmaba que, en realidad, no tenía demasiados gustos en común con el moreno—. Nos vemos en una hora. Más vale que llegues temprano, porque no te voy a estar esperando.
Al terminar de hablar colgó al instante sin siquiera despedirse. Bankotsu miró un tanto confundido su celular y alzó una ceja al mirar la pantalla que anunciaba cuánto había durado la recientemente llamada finalizada. No había sido mucho tiempo, sin embargo esos breves minutos lo dejaron con una intranquilidad hirviendo en sus sienes y una curiosidad irrefrenable impulsando sus pensamientos, preguntándose, entonces, qué diablos pretendía Kagura y por qué.
Miró una vez más a la chica que tenía a su lado y se encogió de hombros, apenas dignándose a decirle que seguramente ya conocía la salida y que tenía cosas importantes por hacer. La joven, tan indiferente como él a su patanería, lo observó vestirse y farfulló algo de que la dejara dormir un rato más.
Por otro lado, Renkotsu corrió a su habitación antes de que el moreno saliera de la suya. La maldita de Kagura había acelerado las cosas mucho más de lo que había esperado, quiso creer que demasiado para siquiera poder considerarlo algo inteligente o siquiera prudente, y a pesar de saberla traicionera y resentida, no tenía ni majadera idea de lo que tenía pensado hacer citando a Bankotsu en la nueva biblioteca. ¿Acaso tenía pensado revolcarse con su líder en un lugar público y -se supone- silencioso? La idea tenía sentido, sobre todo considerando lo rebelde y desafiante que podía resultar ser la hermana de Naraku, pero ese argumento no terminaba de convencerlo. Era una chica rencorosa, dudaba mucho que le perdonara a Bankotsu el susto de muerte que le había dado el otro día.
Sea como sea, tomó su propio móvil y marcó directamente el número de Naraku.
Era hora de hacer explotar la bomba, al menos así parecía desearlo la muchacha, aunque se sentía un poco mal por arruinarle los planes que él ignoraba, pero estaba seguro de que tenían que ver también con Naraku y esa libertad de la cual tanto hablaba.
Joder, hasta dónde lo había llevado la envidia. Aunque si cualquiera le hubiese preguntado luego sobre todo el asunto y el cómo terminó, sin temor a equivocarse, habría respondido con toda la soltura del mundo que no se arrepentía de nada.
Apenas había puesto un pie fuera del departamento cuando recibió una llamada su celular, y a pesar de que el timbre era el mismo, por alguna razón esta vez le sonó más insistente e irritante que nunca. Creyó que sería Kagura avisándole que ya estaba en la biblioteca o que tal vez había ahora un cambio de planes, pero en su lugar la llamada le indicó que se trataba de Naraku.
Bankotsu vaciló unos momentos en si contestar o no. Torció la boca antes de atreverse a tomar la llamada y, fingiéndose un santo que no sabía nada de nada, contestó.
—Eres un maldito bastardo, Bankotsu.
Estaba frenético apenas le tomó la llamada. Más que furioso, casi lo imaginaba soltando espuma por la boca de la pura rabia. A pesar de conocerse desde hacía años, jamás lo había escuchado tan… resentido.
—Lindo saludo, amigo.
—Vete al diablo. Yo no soy tu amigo.
—¡Oye! ¿Por qué demonios la agresión?
—Ya sé que te has estado tirando a mi hermana todo este tiempo.
Bankotsu se quedó tan callado como Naraku; únicamente las respiraciones de ambos, la agitada de Naraku y la pesada de Bankotsu, se escuchaban a través de las bocinas, y ese breve silencio fue más que suficiente para que el muchacho de ojos rubí comprobara lo que le había dicho Renkotsu al llamarlo por la mañana.
El moreno se relamió los labios; ojalá tuviese a Kagura ahí para besarla, para burlarse de su hermano y decirle que allí estaba, con él, a punto de metérsela. Naraku apretó los puños, ansioso, preguntándose si debía pasar a comprar una maldita manopla de metal en el camino.
El silencio se extendió varios segundos más. Nada de lo que el chico de la trenza pudiese decir, justificar o mentir, haría cambiar de opinión a Naraku, y él, por su parte, no tenía otra verdad más absoluta que aquella. Y ahora sabía más que nunca que estaba rodeado de traidores y perras. Ni siquiera supo de dónde sacó el control para seguir hablando mientras Bankotsu se mantuvo en silencio.
—¿No tienes nada que aportar…? ¿Una última voluntad? ¿Algo que desees llevarte a la tumba? ¿Una cosa de la cual mofarte por última vez? —La fingida clemencia de Naraku y su advertencia de que ahora más que nunca deseaba con ferviente deseo matar a alguien, sólo arrancó una descarnada carcajada Bankotsu.
—Solo una —Y sabía que se estaba tirando la soga al cuello. Era triste, en realidad, pero no desistiría y a diferencia de Naraku, él no era un cobarde que esperaba que otros hicieran el trabajo sucio por él. Las cosas estaban perdidas y nadie tenía intenciones de repararlas; era imposible reparar una traición, pero de haber tenido a la causante de aquella intensa discordia entre ellos ahí mismo, tal vez hubiese esperado una clemencia verdadera de las inexpertas manos de Kagura—. Una que es las tres al mismo tiempo. Dile a tu hermanita que fue un placer desvirgarla.
Sabía que del otro lado de la línea el maldito bastardo estaba sonriendo, burlándose de él, escupiendo a su cara semejante blasfemia igual que si hubiesen sido enemigos toda la vida. ¡Y Kagura, ella, sobre todo ella! Su hermana, que tanto lo había hecho creer que era virgen, y él que tanto deseó con ferviente deseo y paciencia inaugurar ese evento.
Sea como sea, las cosas no se quedarían así.
—Esta tarde ganaré nuestra apuesta, Bankotsu.
Al terminar de hablar colgó sin esperar respuesta alguna. No se necesitaban más palabras entre ellos. Su amistad, si así se le podía llamar, estaba rota, y de hecho se había desgarrado desde que Kagura apareció en escena. Y es que el dicho que rezaba hombres antes que perras nunca funcionaba, sobre todo si la perra de por medio era Kagura.
Pero, al final de cuentas, era su mil veces maldita e hipócrita hermana. Y la familia siempre está primero.
El lugar era público y le restó importancia a la amenaza de Naraku. No lo creía capaz de ser tan estúpido como para hacerle algo estando tan expuesto. Él no era así, y si lo conocía como lo hacía, era mucho más precavido de lo que aparentaba con esa pinta de chico malo despreocupado por la vida. No era ningún tonto, y confió que realmente fuera así a pesar de tenerlo semanas engañado con respecto a lo de Kagura. Debía incluso felicitarla por ser tan buena actriz y fingir como si nada ante su hermano, el maestro de las mentiras. Ya hasta creía que la chica no era tan ingenua como en ocasiones aparentaba.
En fin, hermanos tenían que ser.
Bankotsu llegó puntual a su cita. La biblioteca Hakurei tenía apenas un año de haber sido abierta y era un colosal edifico que más parecía una peculiar cárcel futurista que una biblioteca de última generación.
Tenía multitudes de pisos y una colección invaluable y enorme de libros disponibles al público, por no decir las muchas computadoras que complementaban todas las fuentes de conocimiento del sitio. Unas enormes escaleras grises al fondo de la sala principal llevaban al segundo piso, y de ahí se ramificaban a otro par de escaleras que conducían a los niveles superiores. Bankotsu subió por las principales con el objetivo de torcer a la izquierda, topándose en la sala principal del segundo piso con una extravagante exhibición del esqueleto de un Tiranosaurio Rex cuya flamante y detallada descripción no se molestó en leer; ya había visto Jurassic Park como tres veces.
Si era muy sincero, la biblioteca esa le daba un poco de vértigo. Los pisos eran como celdas que formaban los suelos sobre sus pasos, y entre las estrechas rendijas blancas se podía apreciar lo que sucedía en el piso de abajo. Los balcones de los múltiples niveles estaban hechos de grueso cristal azulado y los estantes eran grises. En general, todo el edificio estaba subyugado por colores neutros como gris, blanco y plateado, ideal para que nadie se distrajera con nada. Las únicas motas de color ahí eran los lomos de los muchos libros apilados ordenadamente en los estantes y los letreros naranjas que indicaban el número de los pisos y las secciones de libros. Bankotsu terminó subiendo hasta el piso siete y se dirigió a la sección de Literatura Clásica. Estaba seguro de que Kagura lo encontraría por ahí; a ella le gustaban esas cosas.
El moreno observó el piso atentamente, disimulando buscar un ejemplar en específico. Ese día la biblioteca estaba más silenciosa de lo usual y no había mucha gente sentados en sus bancas y mesas. En el piso donde él estaba, el último de hecho, no había nadie. Estaba completamente desierto gracias a que nadie deseaba utilizar las escaleras ya que el elevador estaba fuera de servicio debido a los últimos sismos.
Siguió pensando que estaba completamente solo. Al sentarse en una mesa, con un libro en las manos que tomó sin fijarse y al azar, esperó paciente la llegada de su cita. Para matar el tiempo y disimular bajó la mirada al libro y leyó el famoso título. Había tomado un ejemplar de Hamlet, de William Shakespeare. Nunca lo había leído, pero sí que conocía la historia. Abrió una página a la suerte y se topó al instante con la histérica y dolida proclamación de Laertes al volver de Francia con el objetivo de vengar el asesinato de su padre a manos de Hamlet y la irreparable locura de su hermana Ofelia: "¡Por ese cielo juro que han de pagarnos tu demencia en modo que tuerza el fiel el peso del castigo, y baje la alabanza! ¡Oh, flor de mayo! ¡Oh, amable niña! ¡Mi querida Ofelia! ¡Oh, dulce hermana!"
Vaya momento para encontrase con una locura así, pensó el moreno con una ceja alzada, y dejó de prestarle atención a las palabras impresas sobre el papel para meter la mano en el bolsillo de su pantalón, de donde sacó una suave pero ya arrugada prenda rosa que se llevó a la nariz y aspiró profundamente. Incluso cerró los ojos al aspirar el aroma del muy especial pañuelo de princesa que le había arrebatado a Kagura junto a su virginidad.
Cuando guardó de vuelta las bragas no se percató del par de ojos rubíes que lo observaban rabiosos tal cual lo haría un demonio venido del mismo infierno, observando todos sus movimientos tras uno de los estantes, esperando paciente, pero ansioso, saltarle a la yugular para destrozarlo.
Naraku incluso logró controlar su respiración al mínimo y sus pasos eran tan silenciosos y cautos como los de un gato tras un desprevenido ratón. No tenía ninguna manopla, pero llevaba una pistola guardada dentro de la chamarra de cuero negro, y ahora que veía a Bankotsu oler las pantaletas, que sin temor a equivocarse, pertenecieron a Kagura, supo que no tenía duda alguna en meterle un plomazo entre ceja y ceja, y eso si se ponía misericordioso y no le volaba las pelotas antes de volarle la tapa de los sesos.
Había seguido a su hermana durante parte del trayecto y al llegar a la biblioteca se había escabullido por una puerta de servicio. Memorizó los sitios donde estaban los guardias, las cámaras de seguridad, las salidas de emergencia y por fortuna conocía muy bien las rutas y rondas de los guardias, cuando se dedicó a estudiar pocos años atrás, antes de graduarse, para un examen de ingreso a la universidad que al final decidió no presentar.
Sintió hervir su sangre cuando vio a Kagura entrar en escena. Se veía tan alegre y feliz que incluso le pareció más hermosa que nunca, pero se le antojó la peor de las arpías cuando, tan silenciosa como él, caminó hasta Bankotsu, quien distraídamente pasaba hojas tras hojas sin leerlas. Se posicionó tras el chico de la trenza, sonriente. Incluso se dio el lujo de acomodarse las malditas tetas bajo la blusa blanca y luego se inclinó hacia él para taparle los ojos, dejando que su falda de rojo estampado escoses dejase al descubierto un poco más de la piel de sus muslos. A pesar de estar de vacaciones parecía una colegiala con aquella ropa. Nadie habría sospechado de ella.
—Adivina quién soy…
Se lo había susurrado al oído con una coqueta sonrisa y un tono dulce, halagador y delicado, pero entre tanto silencio hasta Naraku lo había escuchado. Rodó los ojos, soportando cómo podía aquella cursilería y se obligó a no gruñir o vomitar, viendo cómo a su vez Bankotsu sonreía y suavemente quitaba de su rostro las suaves manos que cubrían su vista.
—Hola, princesa —le murmuró. Kagura amplió su sonrisa ante el saludo y Naraku supo que se la dedicaba sólo al moreno. Jamás la había visto sonreír de una manera tan… sincera. Y por supuesto, jamás le había sonreído así a él.
En lugar de decirse algo más, ambos se besaron con ella aún inclinada tras él. El gesto, subyugado de pasión, duró varios segundos y Naraku arrugó la nariz con asco, pensando que no hacían otra cosa más que devorarse uno a otro como un par de húmedas aspiradoras descompuestas. Se preguntó cuántas veces más se habían besado, cuántas veces habían follado. Cuántas veces le habían mentido descaradamente en la cara fingiendo que entre ellos no había nada más que un tonteo estúpido con el fin de molestarlo.
Era una lástima saber que su curiosidad jamás sería satisfecha.
Cuando se separaron siguió tras él, y sorprendentemente, en un gesto completamente ajeno a la muchacha, posó sus delicadas manos sobre los hombros de su amante y comenzó a mover los dedos con sensual firmeza, arrugando un poco la camisa del chico. Le estaba dando un masaje sin quitar la sonrisa de encima. Bankotsu, para colmo, se relajó un poco más en la silla y echó ligeramente la cabeza hacia atrás, soltando un gemido de cansado placer como si apenas se percatara de que estaba terriblemente agotado.
—Debes estar muy cansado de robar y arreglar autos, Bankotsu —dijo Kagura, sonriente, sin dejar de apretar con gentileza los anchos hombros del muchacho.
El moreno alzó una ceja al verse descubierto, sin embargo fingió sorpresa y la miró directo a los ojos unos segundos antes de volver la vista al frente.
—Así que ya sabes en qué ando metido —contestó aún derrochando confianza. Estaba seguro que aquello no intervendría en su relación con Kagura. Ella era muy perspicaz como para tardar demasiado tiempo en darse cuenta de los sucios negocios en los que estaba metido; y eso que el robo de autos era lo menos grave.
Por fortuna, Kagura no era la más delicada de las bailarinas de ballet y sabía que no saldría corriendo lejos de él despavorida. Le gustaban los chicos malos, para qué negarlo.
—Ah, Bankotsu… —Suspiró con un tono que tanto a Naraku como al aludido se les antojó sensual y cautivador—. Siempre he sabido en qué están metidos tú y el idiota de mi hermano.
Naraku estaba a punto de atacar. Su cuerpo le gritaba y exigía que reaccionara, que se moviera y pusiera las piernas en marcha, que hiciera lo que sea, pero su mente se mantenía firme en dejarlo en su sitio y esperar sólo un poco más antes de desenfundar el arma y delatarse ante ellos. No podía fallar al activar el mecanismo que arrancaría la vida de un ser humano. Era probable que fuera la primera y última vez que hiciera eso, y quería disfrutar su momento, que todo fuera glorioso y perfecto justo en el instante en que el violento éxtasis le comprobara que había cortado una vida de tajo.
Tal vez podría enterrar el cuerpo bajo el árbol del parque donde compartió una paleta con su hermana semanas atrás, cuando la vida aún le parecía bella.
Pasaron pocos segundos. En ese lapso estuvo al filo de su propia cordura y pudo haberse lanzado al ataque de no ser porque uno de los movimientos de su hermana lo detuvo. La vio quitarse la horquilla de jade que sujetaba su peinado (misma que le había obsequiado junto a los pendientes, también de jade) cuando Bankotsu cerró los ojos; después, pronunció las palabras más hermosas y dulces que jamás escuchó salir de la venenosa boca de su hermana.
—Fuiste un soberbio al pensar que podías ganarle a los hermanos Itami.
Al terminar de hablar se puso la horquilla en la boca y la sujetó con los dientes. En ese instante Bankotsu, quien no había entendido una mierda de a qué venía aquel comentario, abrió los ojos de golpe.
—¿Qué…?
Estaba sinceramente confundido. Realmente habría deseado obtener una respuesta más clara cuando ni siquiera tuvo tiempo de volver el rostro. Sin embargo, sí recibió una respuesta lo bastante clara, aunque no la mejor.
Abrió los ojos como platos. Sus iris azul cobalto adquirieron una tonalidad vidriosa y sus pupilas se dilataron al tiempo que su garganta se cerraba y un gemido de dolor se ahogaba en ella, subyugado por la afilada punta de la horquilla de Kagura clavada justo en el medio de su yugular, atravesando la tráquea e incrustando su ahora mortífera punta en su cuerpo, que de pronto se volvió caliente y frágil, y que lo paralizó ante el súbito y desgarrador dolor de sentir que la vida se le escapaba cual cristalina agua de entre las manos.
Kagura amplió su sonrisa y Naraku abrió los ojos de par en par, atónito, sacando la mano de la chaqueta de cuero y soltando su arma.
—Somos nosotros contra el mundo. Siempre ha sido así —Bankotsu no podía responder. Sentía que la vida se le escapaba al igual que la sangre que brotaba de su vena desgarrada, con esos escalofriantes hilillos gruesos y carmines que resbalaban fuera de su boca. Todavía en su último aliento supo que no se refería a él; Kagura se refería a su hermano—. Y por cierto, ya no era virgen, imbécil.
Sacó de golpe la horquilla barnizada de oscuro y rojizo líquido. Ahí Bankotsu se retorció sobre su asiento y pareció convulsionarse mientras intentaba, con las manos temblorosas, detener la profusa hemorragia que lo estaba matando. Intentó levantarse, pero la herida era profunda, manchaba gran parte de su camisa azul y la mesa que tenía frente a él haciéndolo entrar en una especie de silencioso pánico al ver toda su sangre regada.
Al ver al gran Bankotsu en tan patético y doloroso estado justo antes de morir, hizo que a Kagura se le escaparan unas crueles risitas iguales a las de una niña pequeña ante su mejor y más elaborada broma.
Porque sí, todo aquello había sido una broma; una broma divertida y violenta. Incluso le había mentido sobre lo de ser virgen. En realidad el muy bastardo sí había tenido el estúpido y vano privilegio de desvirgarla, no así el privilegio de perdonarle la vida ante su iracunda furia y sus ganas de venganza al saberse utilizada y traicionada. Pero si lo iba a matar -como ya lo había hecho-, que el muy patán se fuera con aquella pesada mentira sobre los hombros hasta el infierno.
Altiva, con la cabeza en alto igual que una princesa convertida en malvada reina, observó satisfecha la manera en que Bankotsu gemía ahogadamente y se contraía sobre sí mismo. La herida emanaba muchísima sangre. Su horquilla goteaba aquel líquido vital y ella, como si fuera tal cosa, volvió a colocárselo en el cabello para acomodar su peinado.
Sólo hasta momentos después la resistencia y la desesperación de aferrarse a la vida de Bankotsu se vio mermada cuando, inevitablemente, su cara dio contra la mesa como si hubiese sido víctima de un ataque de narcolepsia y sus brazos colgaron lánguidos a un lado de su cuerpo. La sangre no tardó en formar un enorme charco sobre la madera hasta gotear constante directo al piso, por donde escapó entre las rendijas blancas para jamás volver y coagularse en el último nivel de aquel infierno helado, atiborrado de aire artificialmente congelado que a ella le ponía la piel de gallina.
El bastardo de su hermano y el estúpido de Bankotsu no conseguirían nada. Ella había ganado la apuesta. Había sido más rápida, ágil e inteligente que ellos; habían cometido el gravísimo error de subestimar su insolente rebeldía y sus propias obsesiones que nada tenían que ver con los hombres, sino con la libertad. Y ahora sabía que con un poco de ayuda extra y manipulando los más oscuros sentimientos y deseos del ser humano, era capaz de hacer que cualquiera, de buena gana, hablase con ella, justo como Renkotsu había hecho. A Bankotsu, por otro lado, le cerró la boca para siempre. Únicamente se lamentó porque era muy guapo, y a Naraku, por su parte, lo dejó prácticamente sin aliento observando atento la grácil e imponente figura en la cual se había convertido su hermana.
Si el mundo no le daba una mierda, entonces ella le daría la espalda al mundo y luego lo apuñalaría por detrás. Y ahora era ella, la de verdad, la que podía decirle al mundo que se cagaba en su opinión; aunque no fuese libre, su juicio sí lo era, y con ese mismo juicio había arrancado la vida de otro ser humano sin siquiera pestañear.
Era perversa; perversa de verdad, perversa como jamás imaginó que podía ser. Perversa como él, porque al final de cuentas nadie puede negar la cruz de su parroquia.
Como cansada por su reciente acción y la fuerza invertida en atravesar aquel cuello que seguramente antes había besado y que ahora había desgarrado con su horquilla más costosa y delicada, vio a su hermana soltar un bufido acongojado, o eso pareció, y el aire expulsado le levanto suavemente el fleco de su frente. Le pareció que otra vez era una niñita descuidada: una caprichosa niñita de tres años que seguía sus pasos a todas partes para luego imitarlos o burlarse de ellos. Mirándola desde otra perspectiva era también la adolescente inconsciente a la que el mundo le importaba un bledo. No importaba con quién se chocaba, los demás siempre estaban realmente equivocados, ensimismados en sus mundos de color y felicidad, mientras ella no podía disfrutar de la misma libertad etérea y regocijante que sus congéneres.
Pero ahora, estuvo seguro, lo hacía. Disfrutaba como la perra que era su más reciente traición.
Aquella apuesta entre Naraku y Bankotsu en un principio no tenía nada que ver con ella. El día de la fiesta Renkotsu le había soltado toda la verdad, amén de toda la odiosa envidia que le tenía a su líder y que ella únicamente se había encargado de avivar con su actitud descarada y cínica.
La apuesta que los dos malditos habían hecho era ver quién podía cometer el asesinato perfecto. Jamás pensaron que bajo el nombre de su amistad de muchos años y alianza, la víctima de sus deseos de competencia terminaría siendo el otro. Sin embargo Bankotsu, en un acto de soberbia imperdonable, había planeado primero matar a su hermano utilizándola de por medio para al final quedarse con ella una vez que se quedase sola y sin el nocivo amparo de Naraku, sin embargo se la había follado antes de tiempo.
Kagura sabía que ella también pecaba de soberbia al afirmar que nadie podría contra su hermano y ella, pero los dos, juntos, habían atravesado el infierno durante toda su vida. No se arrepentía de nada e incluso encontraba cada una de sus acciones completamente justificadas.
Si había pecado, lo había hecho por amor. Y si había traicionado, había sido simplemente por venganza. Por venganza y amor a su hermano; le había robado su apuesta y el triunfo inexorable de accionar el mecanismo que arrancara la vida de su traicionero y soberbio amigo. Era algo que jamás podría olvidar ni negar, y aún más, era algo por lo cual no podía lastimarla porque para ambos aquel había sido el más grande acto de amor jamás concebido entre ellos. Un acto de amor forjado en sangre que pronto se coagularía y se pudriría tal y como ellos estuvieron podridos desde que nacieron con el mismo veneno corriendo entre las venas.
Quedó embelesado como jamás lo había estado; embelesado y cautivado por la inesperada astucia de su hermana. ¡Y él, que la había subestimado todo este tiempo cual incauto que subestima a un demonio disfrazado de ángel y musa! Fue ahí donde finalmente aceptó que ella era tan capaz de hacer lo que sea como él lo era. Y, de hecho, siempre había sido, de una u otra forma, consciente de ello: durante todos esos años lo único que lo había abstenido de violar a su hermana era el hecho de que ella era tan capaz de matar como él. Por eso vivía asustándola y controlándola, porque sabía que si se lo proponía ella podía ganarle. Y acababa de hacerlo.
La detalló unos momentos más desde su camuflada posición: no estaba buscando lo que aparentaba para aquel invisible público de estantes y libros, ni lo que -probablemente- pensaba ante otra muerte más anotada en su lista de sangre.
No, buscaba a la pequeña niña que él deseaba tanto; porque eso era lo que Naraku consideraba, que Kagura era una niña manipulable y rebelde en partes iguales. Y la encontró sin muchas dificultades: allí estaba su otra mitad, el espejo que podía reflejarle todo lo que él era envuelto en una irresistible capa de liberalismo y subversión. Estaba allí igual que él lo hubiese estado en el momento que ella le arrebató, dándole al mundo de las ánimas una máscara inescrutable y orgullosa mientras se apelmazaba de dudas en el interior, en artificioso frío y completo silencio.
Sí, ahora lo tenía claro. Todo lo que habían hecho, todo lo que habían pecado, había sido por amor. De esa manera ahora los dos estaban muy por encima de conceptos como la maldad y la bondad. Muy por encima de toda moralidad y ética al igual que lo estaban los dioses. Esos mismos dioses que lloraban a sus hermanos cuando en realidad los odiaban. Esos mismos dioses que se casaban entre ellos -porque la sangre llama, dicen por ahí-, y sólo faltaba un empujón más para que su deliciosa hermana se dejase tentar por ella a pesar de que su maléfica presencia viviera para perturbarla día y noche.
Después de todo, el peor de los males es matar a los de tu propia sangre.
Con ese pensamiento en mente, con Kagura dejando a Bankotsu de cara sobre la mesa, desangrándose igual que un cerdo en matadero, fue cuando Naraku decidió salir de su escondite. El piso seguía completamente desierto, más silencioso que nunca a excepción de los firmes pasos que obligaron a Kagura a desviar la vista al saberse descubierta. No supo qué era peor: si encontrarse ahí a cualquier maldito testigo que hubiese presenciado espantado el asesinato, o encontrarse, como sucedió, a su propio hermano.
No tenía idea de cómo iba a reaccionar. En sólo unas cuantas palabras, las ultimas que Bankotsu escuchó en su vida, ella había dejado entrever toda la verdad de lo que había sucedido y de por qué había decidido matar al primer hombre de su vida tan cruelmente, pero la proclamación de Naraku la dejó tan atónita como aliviada y, por qué no, incluso extasiada.
Por primera vez en su vida se sintió realmente enamorada.
—Creo que te amo, hermanita.
Pero por supuesto, el único hombre de su vida había sido y siempre sería -para su continua desgracia y esporádica alegría-, su propio hermano.
Por primera vez en su vida le sonrió con sinceridad.
Antes de cruzar más palabras se acercó con rapidez a la muchacha y la tomó del brazo. No ofreció resistencia cuando la arrastró varios metros hasta encontrar una salida de emergencia donde ambo se introdujeron en un oscuro y deshabitado pasillo.
—Sé dónde están los guardias de seguridad y las cámaras, Kagura. No nos van a atrapar —El hecho de que hablara en plural la confundió un poco, pero no pudo percibir un solo atisbo de maldad en su voz mientras seguía jalándola con él. No al menos hasta que, de pronto y sin razón, se detuvo—. Pero si nos atrapan, antes tengo que hacer esto…
Hizo ademán de querer besarla cuando la tomó firmemente de la cintura y la acercó a él, pero ella detuvo todo intento abruptamente, colocando las palmas sobre su pecho y desviando el rostro unos segundos tal y como lo había hecho la última vez.
—Sólo te besaré si me prometes que, si nos atrapan, te echarás la culpa por mí.
No se podía esperar menos de Kagura. A veces ni siquiera alcanzaba a entender como semejante loca podía gustarle; pero le gustaba y la amaba por eso, ahí estaba lo interesante.
Le sonrió con malicia. Ahora que había comprobado que su hermana era capaz de todo, así él era capaz de hacer lo que sea por ella.
—Ah, las cosas que hago por amor.
Fue la respuesta más clara que pudo haber esperando de su hermano. Por eso esta vez le permitió acercarse cuando movió su rostro hacia ella y la besó.
Sus besos eran húmedos y profundos, todavía después de tantos años lo recordaba, y valían igual que el más intenso de los orgasmos.
Fue entonces cuando ella, cuando ambos, lo entendieron. En el momento en que sus bocas se juntaron y comenzaron a juguetear una contra otra con prisa, ahí fue donde dio con el propósito de todo. Incluso en ese momento, rebelde como siempre, hizo amago de zafarse del agarre de su hermano. No quería sentirlo tan cerca a pesar de todo lo que había hecho, pero su actitud, como siempre también, no era más que una frágil y delgada máscara más parecida a un vaporoso velo fúnebre que a un muro de ladrillo macizo o una mentira largamente negada. Una máscara que él fingía utilizar también.
Lo disfrutaban. Ella disfrutó el beso más que cualquier otro en su vida, pero le gustaba debatirse, moverse como una sanguijuela entre sus brazos y jugar al mismo tiempo con sus labios mientras él se mantenía firme en su posición de poseerla entre todo aquel amor silencioso, amargo, con sus suaves mordidas. Sus cuerpos cantaban dos canciones diferentes que sólo ellos podían coordinar, como si la sangre que hervía entre sus venas y que compartían desease salir de entre sus puros y bañarlos en rojo, igual que las llamas del infierno lamen lascivas las almas de sus víctimas y condenados.
Se dejó sucumbir con alegría; ambos lo hicieron. Dejó de debatirse. Pasó sus manos por el sedoso cabello de su hermano, jalando de él y lastimándolo mientras este no dejaba de tomarla por la cintura y muy lentamente la guiaba hasta acorralarla contra una de las paredes y su cuerpo.
Conocía a la perfección el mecanismo, sabía qué estaba haciendo, aunque no entendía por qué dentro de su mente de adolescente violentamente ciega y caótica. Una parte quería correr, darle un golpe en la entrepierna o solo tirarlo a un lado, pero también estaba más presente que nunca esa parte sucia y oscura que disfrutaba con todo eso, que se volvía loca por probar más hasta dejarla entre el filo entre la locura y sus fantasías.
Naraku sufría de la misma confusión. Ensimismaba sus fuerzas en no dejarla escapar y apretarla contra el muro, pasando las manos por todas las exquisitas curvas de su hermana, apartando los pensamientos amargos para después, para cuando ya todo hubiese pasado y no tuviera opción de echarse para atrás. Pero sabían que si uno se hundía, el otro se iría con él, quisiera o no. Se irían juntos hasta el infierno. Por eso ahora estampaba con firma y sello el punto sin retorno de sus vidas besándola. No podía esconderse esta vez; no podía esconderse de su hermana, de su otra, ácida y amarga mitad. Aún así exquisita como el más celestial de los manjares.
Y mientras se divertía mordiendo uno de los pezones de su hermana, Naraku pensó que no dejaría que se escapase de la ecuación una vez más. Ahora era sólo suya.
¿Y qué más daba? El infierno finalmente los había alcanzado cuando el Diablo se cansó de ver sus muchas fechorías, igual que un espectador observando el final de su película favorita con un tazón de palomitas sobre las piernas.
El beso de película, se podría decir.
Mientras se besaban aparecía otra vez ese apasionado odio entre ambos. El mismo odio que los obligaba a golpearse y atacarse como perros rabiosos mientras las prendas fluían, se caían, se destrozaban bajo las garras de unos hermanos convertidos en demonios de soberbia y sus muchos pecados lamiendo sus cuerpos.
El mismo odio que les provocaba deseo y pasión con la misma intensidad que el más grande y desesperado amor, era odio hacia el otro y un inexorable amor hacia lo prohibido; la sensación única de que la barrera que los separaba podía levantarse y destruirse a su antojo y sin el permiso de nadie, de ningún concepto o moralidad vana que no existía en el vocabulario de sus ponzoñosas bocas que se unían con fervor.
Era el deseo de sangre, de dolor y placer. ¿Sino para qué tantos mordiscos y profundos arañazos? ¿Tantos golpes sin sentido contra las paredes? ¿Tanto amor silencioso, sin palaras, sólo con unos cuantos grititos y gemidos?
Y otra vez, mientras se besaban, la sangre apareció de verdad.
Un piso más abajo, mientras una estudiante de historia abría un libro que narraba histéricamente y de manera casi apocalíptica la oscura historia de los pecados capitales, una gota de sangre salida de la nada cayó sin pudor justo en medio del libro recién abierto. La visión confusa de la pequeña gota roja que salpicó las hojas la obligó a levantar la vista al techo que formaba el séptimo piso sobre su cabeza, y entre las estrechas rendijas pudo vislumbrar el inerte cuerpo de un joven moreno que se desangraba sobre su silla y cuya sangre escurría hasta manchar el libro.
El grito de horror resonó por cada rincón de la antes silenciosa biblioteca, llegando hasta los oídos de los hermanos Itami, quienes conociendo el origen de aquel alarido de espanto, se sonrieron uno al otro igual que los mismísimos enviados del infierno creando, sin arrepentimientos, su propio y retorcido Jardín del Edén.
Fin
"Estaba tan guapo que me temblaron las piernas. Al verlo de militar pensé en buscarme un muchacho como él, que tuviera su piel y sus ojos, pero que no fuera mi hermano. Era una tontería, porque el perfume del incesto no lo tiene ningún otro amor."
Todas mis Guerras —María Félix
"Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.
Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, cuando estaba derecha, con su metro cuarenta y ocho de estatura, sobre un pie enfundado en un calcetín. Era Lola cuando llevaba puestos los pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos fue siempre Lolita."
Lolita —Vladimir Nabokov
¡Último capítulo! Amé escribir este fanfic, me ha encantado cómo quedó y estoy muy orgullosa de él n.n incluso me duele un poco haberlo terminado.
Entre otras cosas, aquí hago un montón de guiños y alusiones al fanfic que he venido mencionando. En serio, son muchas, y es que ese fanfic tiene unas frases y párrafos que valen oro y he incluido aquí. Algunas partes son muy parecidas, me tomé la libertad de cambiarles unas cosillas y adaptarlas al final de este fanfic. Si leen el otro se podrán dar cuenta de cuáles son esas partes.
Y bueno, con algunas aclaraciones. ¿Ya se esperaban este final o los sorprendió? Quisiera ser de las que logran finales inesperados o sorpresivos giros que dejan al lector patinando, pero creo que es algo que aún no domino del todo. A pesar de todo espero se haya entendido cuáles fueron los motivos de los personajes para hacer lo que hicieron (creo yo que fueron bastante sencillos). También espero que el final no haya sonado demasiado melodramático xD quería que quedara, no sé, ¿poético? ¿Bonito? Le eché ganas, simplemente espero que no haya sido cursi.
Bueno, no me queda más que dar gracias por los reviews y el tiempo que se tomaron en leer o seguir esta historia n.n ¡Espero la hayan disfrutado como yo disfruté el escribirla!
[A favor de la Campaña "Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]
Me despido,
Agatha Romaniev.
