El Sombrero de Paja – Especial de Halloween
Noche 2
La Reina Gisella reía a carcajadas viendo a su hijo mirar a través de la ventana del barco con tanto entusiasmo. Se le notaba hasta en el más mínimo gesto lo emocionado que estaba al haber salido por primera vez del East Blue. Y jamás había estado tan convencida de que haber aceptado la invitación de su amiga Vivi había sido lo mejor que hizo en años. Su marido, el Rey Victorio, la observaba con una expresión de incredulidad. Nunca había visto a su esposa reír de esa forma tan despreocupada. Ni tampoco habían regresado al Grand Line después de su huída hacía un par de décadas atrás.
Llevó la vista hacia la derecha, viendo cómo Giorgio se asomaba por la barandilla del barco, queriendo ver más allá del horizonte, donde se comenzaba a perfilar la isla de Arabasta. Gracias al Eternal Pose que la Reina Vivi les envió junto a las invitaciones al festejo real de la Noche de Halloween, habían llegado sin problemas hasta la isla, incluso toda su comitiva estaba en perfecto estado. Al comienzo temía por su seguridad, pero luego de notificar a la Marina de su viaje, se tranquilizó. Las aguas del Grand Line ya no eran lo mismo que antes, atiborradas de piratas, sino que eran aguas tranquilas, con guardias Marinas cada cierto número de millas, y con la seguridad de tener al Almirante Nathan Conar entre sus principales filas. Suspiró con resignación al ver a su hijo mayor recostado sobre el mástil, leyendo unos mapas. Con anterioridad lo había llevado al Paraíso, para que pudiera conocer aquellas aguas, y tenía la seguridad de que su hijo sería un excelente navegante en el futuro. A sus quince ya era tenía muchísimos conocimientos tanto de cartografía como de meteorología. Eso sin contar que se empeñaba por conocer más y más del mundo.
Al saberse observado por su padre, Giovanni levantó la vista sobre el libro. Podía saber con sólo verlo lo orgulloso que se sentía de él, incluso siendo un hijo no querido y extramatrimonial. El Rey siempre lo presumía frente a sus cortesanos, incluso frente a otros reyes y reinas. Y no era para menos, en su corta edad ya había obtenido premiaciones y títulos en diferentes universidades del East Blue, gracias a sus estudios de navegación, cartografía y estudios del clima. Exhaló con pesadez. Amaba el mar, pero el viaje junto a su familia lo cansaba demasiado. No sabía desde cuando había comenzado a sentirse así, pero realmente no deseaba estar en ese barco mucho tiempo más.
Al desviar un poco la vista, vio a su hermano casi saliéndose del barco, en una ridícula posición, casi queriendo llegar volando a la isla que apenas se divisaba en el horizonte. No pudo evitar sonreír para si mismo. Giorgio podía ser ─de hecho estaba absolutamente convencido de que lo era─ el mejor hermano menor del mundo. Jamás lo había hecho renegar, ni le había dado ningún tipo de dolor de cabeza. Pero últimamente, no estaba mucho tiempo junto a él. Hizo una mueca de desagrado, en realidad eran escasos los momentos en los que podían compartir tiempo juntos, sin tener que tener metido en medio al principito de Arabasta. Chasqueó la lengua recordando que estaban yendo justamente a su casa.
Al llegar a puerto, un gran carruaje tirado por cuatro camellos los estaba esperando. Giovanni fue el último en bajar del barco y pidió al cochero ir junto a él, ya que no tenía intensiones de compartir un lugar tan pequeño con la reina. El Rey no insistió en que su hijo fuera con ellos, a pesar de haber visto el rostro de decepción de Giorgio, que aun conociendo los problemas entre su madre y su hermano, haberlos visto discutir, y tener ya doce años, no lograba comprender del todo el motivo que los llevaba a llevarse tan mal. Es que en realidad, no había un motivo racional para aquello. O al menos así lo veía Giorgio.
Alubarna era una gran ciudad, muy diferente a lo que se había imaginado Giovanni, ya que su estudio del clima de la isla lo había hecho pensar en una ciudad chata y anticuada, cuando en realidad era un próspera ciudad tecnológica, llena de medios de transporte de diferentes métodos de locomoción, personas de muchos lugares diferentes del mundo, que se podían notar a simple vista debido a sus vestimentas. Sonrió levemente al saberse estúpido, definitivamente tenía que estudiar más, no podía presuponer cómo era una ciudad guiándose nada más por su clima.
El palacio era imponente, lo había visto en fotografías, y había escuchado los relatos de Israel, pero verlo era otra cosa. Lo que más llamó su atención fue una torre, que era la que estaba más alejada del cuerpo principal. Parecía más descuidada que el resto del castillo, por ende pensó que o bien era muy antigua y ya no se utilizaba o pertenecía a un área que no frecuentaba la realeza. Arrugó el ceño cuando su hermano salió corriendo al encuentro con su mejor amigo.
Esa noche, luego de la cena, de los relatos de su hermano y su padre acerca del viaje, de cómo esquivaron un rey marino, de cómo subieron la Reverse Mountain, y un largo etcétera que se le hizo eterno a Giovanni, todo estaba en calma. Desde la habitación que le habían asignado, junto a la que su hermano compartía con el príncipe Israel, podía verse claramente la torre que le había llamado antes la atención. Moría de la intriga por saber qué era lo que había allí. Luego, no supo si fue su imaginación o sucedió de verdad, escuchó un sonido, una especie de lamento proveniente desde el exterior. Se acercó a la ventana, que permanecía abierta debido al calor que hacía dentro del cuarto, y pudo identificar el sonido como un lamento, o el llanto de alguien. Cerró los ojos para agudizar su oído y notó que la voz era femenina. Arrugó el ceño abriendo los ojos. Sus iris verde brillaban intensamente con la luna. Salió por la ventana, sin importarle que estuviera descalzo y sólo vestía un short que usaba para dormir, cayendo con la sutileza de un gato en el techo. Miró hacia ambos lados, y hacia abajo, donde vio un par de guardias que no se percataron de su presencia. Y se movió con cautela, acercándose a la torre.
A medida que se acercaba más, el llanto se hacía más nítido y patente. ¿Sería producto de su imaginación? Agitó la cabeza, sus oídos no lo estaban engañando, era una mujer llorando, o podía ser una niña, no estaba seguro. La voz era muy aguda y suave como para identificar también la edad. Se adentró en la base de la torre por un hueco. Adentro todo estaba cubierto por polvo y telarañas, ese lugar estaba abandonado desde hacía tiempo. ¿Cómo alguien podía estar en lo alto de la torre? Cuando quiso acordarse, ya había subido por la escalera enclenque de madera y se hallaba frente a una puerta cerrada, con una pequeña reja en la parte superior. Parecía la puerta de una celda, o de un cuarto de castigo.
Fue allí que volvió a escuchar con total nitidez el llanto de una mujer joven, a esa distancia podía saber que se trataba de una mujer joven, quizá de su edad. Tragó saliva. ¿Podía alguien ser tan cruel como para encerrar a una jovencita de quince años en un lugar tan tétrico como ese? Se asomó por la reja, logrando divisar a una niña de cabello plateado, piel muy blanca, que llevaba un camisón de tirantes blanco, que le quedaba suelto. La luz de la luna entraba por la pequeña ventana con rejas que se hallaba hacia el sur. El viento removía su larga cabellera, que llevaba suelta y cubría sus hombros y su espalda. Al notar la presencia de Giovanni, la joven lo miró con los ojos irritados. Él no podía ver claramente su rostro, ni sus ojos, pero si el reflejo de las lágrimas sobre su piel.
Ella al verlo, se asustó. Su expresión cambió y giró el rostro hacia un lado, tapándose con ambas manos. Sollozaba, y parecía no querer que él la escuchase. Giovanni estaba atónito. No podía creer lo que estaba viendo. Era una mujer de su misma edad encerrada en lo alto de una torre abandonada. ¿Qué estaba haciendo ahí? ¿Por qué la habían encerrado? ¿Qué mal podía haber hecho para que merezca semejante castigo? Tantas preguntas se arremolinaban en la mente de Gio que no lo dejaban reaccionar. Sus ojos estaban turbios. Ella tampoco se movía, estaba de pie, con su rostro ladeado, escondido detrás de sus manos, mientras las lágrimas continuaban cayendo.
─ Tu ─ soltó Gio después de haber reaccionado. No podía quedarse toda la noche perplejo, escuchando el llanto de la joven, sin siquiera preguntar ni decir nada. Aún podía sentir el fuerte latido de su corazón y cómo un sentimiento de ira comenzaba a azotar su mente. ─ ¿Por qué estás aquí? ─ dijo rápido, casi susurrando. Ella dejó de llorar un instante, pero no volteó. ─ ¿Cómo hago para abrir la puerta?
─ ¡No! ─ gritó ella con desesperación. Él abrió los ojos. ─ No puedes abrir ─ dijo, bajando las manos. Limpió sus mejillas con un pañuelo que tenía en la derecha. ─ Está maldita ─ susurró.
─ ¿Eh? ─ él no creía en maldiciones, ni en hechicería. Nada de todo eso era real. Quiso reír, pero no lo hizo al ver por primera vez un reflejo en los ojos de ella. Lo estaba observando detenidamente. Mostraba un profundo pesar, un dolor intenso, tanto que el corazón de Gio también se estrujó. ─ Está bien ─ dijo con resignación. Si ella no quería que abriera la puerta, no lo haría, pero no podía irse de allí así sin más, tenía que saber por qué estaba encerrada y cómo podía hacer para ayudarla a salir.
─ Vete de aquí ─ le pidió casi rogando. Giró y se sentó en un viejo catre que había, con sábanas revueltas. El camisón se levantó un poco dejando ver unas marcas de cadenas en los tobillos. Si antes pensaba que era una locura encerrar a una chica ahí, en ese momento supo que el que la había encerrado era un loco demenete.
─ ¿Estás bien? ─ preguntó él. Era obvio que la respuesta era no, pero tenía que preguntar.
─ Si, sólo vete ─ insistió.
─ No te dejaré aquí sola ─ le dijo con convicción, haciendo que ella volviera a verlo. Los ojos verdes de Gio le parecieron bonitos. Quiso sonreír pero no pudo hacerlo. No supo por qué, pero simplemente sus músculos faciales no se movieron. En cambio, Giovanni estaba sorprendido, los ojos de ella eran rasgados, grandes, expresivos, de un color celeste intenso. El viento se hizo más fuerte y removió sus cabellos plateados. ─ ¿Cómo te llamas? ─ preguntó para cambiar el tema de conversación mientras ideaba un plan para sacarla de allí.
─ No lo recuerdo ─ dijo con pesar. Suspiró profundamente y Gio frunció el ceño.
─ Yo soy Giovanni ─ continuó inmediatamente, sin dejar que ella preguntara. De cualquier forma intuía que no lo haría. ─ Vengo del East Blue, ¿tú en qué mar naciste?
─ Nací en una isla invernal en el Nuevo Mundo ─ su voz se hacía cada vez más clara. Podía saber con sólo escucharla que no había hablado en mucho tiempo. ─ No puedo recordar el nombre ─ continuó para sorpresa de Gio, que relajó su expresión al notar que la chica ya no lo miraba a él, sino al exterior a través de la ventana. ─ Era un bonito lugar, cubierto de nieve ─ nuevamente quiso sonreír, pero no pudo.
─ ¿Y qué estás haciendo aquí en Alubarna si eres del Nuevo Mundo? ─ una nueva pregunta perturbó el rostro de la joven.
─ Mi padre me envió para casarme con el príncipe ─ dijo y a Gio le dio un escalofrío. Podría pensar que Israel era un maldito desgraciado sin sentimientos, pero jamás creyó posible que le hiciera eso a una chica. ─ Después de la boda me encerró en esta torre ─ ¿boda? ¿Israel se había casado? Si tenía sólo doce… Ambos escucharon un sonido provenir desde abajo. ─ Son guardias ─ dijo ella con preocupación. No quería que el chico tuviera problemas por su culpa. Lo miró. ─ Vete
─ Está bien, pero volveré por ti ─ le dijo. ─ Espérame un poco más ─ Gio le sonrió a través de los barrotes y ella quiso ─nuevamente─ devolverle la sonrisa, pero sólo logro arquear apenas la comisura de sus labios.
La mañana lo había sorprendido con los ojos pegados en la ventana, viendo la torre donde estaba encerrada la joven. ¿Una boda de la que no se habían enterado? Eso no cuadraba. No podía ser. ¿Quizá estaba desvariando por el encierro? Después de todo no recordaba su nombre. Chasqueó la lengua con fastidio. Debía obtener información acerca de aquella torre, algún plano, algo que le diera una pista para poder sacar a la chica sin levantar sospechas ni de los guardias ni de nadie. No pretendía tener problemas, ni tener que dar explicaciones.
Al salir de su habitación, vistiendo una bermuda holgadas color azul y una camiseta blanca, se topó con los ojos expectantes de su hermano. Parecían querer decir algo que sabía Giorgio no diría. Lo miró de arriba abajo notando que llevaba ropa típica de Arabasta, en colores blancos y celestes. Arrugó la nariz.
─ ¿Qué? ─ soltó. El príncipe no dijo nada. ─ ¿Qué es lo que quieres? ─ insistió ante la mirada penetrante de su hermanito.
─ ¿Dónde estabas anoche? ─ preguntó con seriedad. ─ Vine a verte y no estabas en tu habitación ─ parecía estar regañándolo. Giovanni sonrió de lado y se cruzó de brazos.
─ Estaba dando un paseo por el palacio
─ ¿De noche? ─ a Giorgio se le hacía imposible siquiera pensar en dar un paseo nocturno por un lugar que no conocía.
─ Si ─ quiso terminar el tema allí, pero vio a Israel acercarse a ellos con expresión cansada. Se notaba que recién despertaba.
─ Giorgio ─ le dijo. ─ ¿Por qué no me dejaste dormir más? ─ se quejó, refregándose un ojo.
─ ¡Es que quiero conocer todo! ─ dijo con entusiasmo, retirándose hasta quedar frente a su amigo. Lo tomó por los hombros. ─ Además, me dijeron que la Noche de Halloween es muy emocionante, quiero que me cuentes historias de terror ─ Israel bajó la mano, miró hacia el suelo.
─ Hay una que me contó mi madre hace poco ─ un aura sombría había aparecido alrededor del príncipe. Giovanni los miraba divertido. No podía entender cómo simples historias inventadas podían darle tanto miedo a la gente. Se cruzó de brazos y se recargó contra el marco de la puerta. No se perdería la reacción de su hermano cuando el tonto de Israel le dijera de qué se trataba la historia.
─ ¿Y de qué se trata? ─ preguntó con entusiasmo, soltando a su amigo.
─ En las noches se puede escuchar un sollozo en los jardines del palacio ─ Giovanni abrió levemente los ojos. ─ Se dice que es de una joven que murió encadenada en la torre de castigo hace muchos años ─ Gio arrugó el entrecejo. ─ Ella es la mujer de blanco. Dicen que si la ves, quedarás maldito para siempre
─ Oye ─ la voz de Giovanni hizo que todos los cabellos del cuerpo de Giorgio se erizaran. Volteó pálido a ver a su hermano, que estaba muy serio. ─ ¿Dónde está la biblioteca? ─ la pregunta iba dirigida a Israel, que levantó la vista, medio dormido aún.
─ Segundo piso ─ contestó. Gio arqueó una ceja.
─ ¿Sólo segundo piso?
─ Todo el segundo piso ─ dijo fastidiado.
Hacía más de dos horas que estaba leyendo documentos sobre la dinastía Nefertari. Quería encontrar algún indicio sobre quién podría ser esa mujer, y el príncipe del que le había hablado. Eso suponiendo que era posible que en verdad ella fuera la supuesta mujer de blanco de la que había hablado Israel en la mañana. Sin embargo no había encontrado nada de interés. El único príncipe que había enviudado joven era un tal Ausar, que enviudó a la ridícula edad de quince años. Gio torció el gesto al saber que la difunta esposa del príncipe, era de una raza del Nuevo Mundo, que dedicaba toda su existencia al culto hacia el mar. Su belleza era inigualable, su cabello blanco y sus ojos azules.
Cerró el libro con una mezcla de sentimientos. Si el tal príncipe Ausar Nefertari se casó con ella para conseguir la corona de Arabasta y luego confinarla en aquella torre, estaba seguro de que había algo más que no sabía, algo oculto y turbio. ¿Por qué encerrar a una jovencita que al parecer ─por lo que decía aquel texto─ era una especie de sacerdotisa del mar? ¿Qué secretos o qué poderes podría tener ella ocultos? Suspiró y se estiró sobre la silla. No había podido pegar ojo en toda la noche y también tenía hambre, ya que había ido directamente a la biblioteca sin desayunar. Se levantó y decidió que llevaría con él ese libro.
Al salir al patio, y tomar el camino hacia la torre, dos guardias lo detuvieron, diciendo que nadie tenía acceso a la torre de castigo, por peligro de derrumbe. Frunció la nariz al saber eso, si nadie tenía acceso allí, ¿cómo era posible que la niña estuviese encerrada? Podría jurar que ella era real, que era una chica de su misma edad encerrada en la torre. Quiso explicarles a los guardias lo que había visto la noche anterior, pero si lo hacía corría el riesgo de que lo acusaran o de que lo tomaran para el chiste del día. Más considerando que era inminente la llegada de Halloween. Suspiró, dándose cuenta de que no era la primera vez que lo hacía en el día y dio media vuelta, resignado. Debería esperar hasta la noche para ir a verla.
Durante el almuerzo, nadie puso especial atención en él, que sólo se limitó a volver a leer el libro que había tomado de la biblioteca, luego de haber terminado su comida. Se había sentado lejos de los demás, dejando unos cuantos espacios vacíos. La única que pareció darse cuenta de que estaba preocupado o extrañado por algo, fue la reina Vivi, que luego de charlar durante largo rato con la reina Gisella, se acercó a él, sentándose a su lado.
─ Ese libro… ─ comenzó a decir Vivi con una sonrisa amable. ─ ¿Es de mi biblioteca, no? ─ preguntó.
─ Lo tomé prestado por un momento ─ se excusó Giovanni, temiendo que la reina lo reprendiera.
─ No hay cuidado, puedes tomar todo lo que quieras ─ sonrió con más énfasis. ─ Pero lo que me llama mucho la atención, es que de todos los libros que hay allí, tomaras ese ─ señaló con el dedo. ─ Allí sólo se mencionan los nombres de los herederos al trono de Arabasta
─ Lo sé ─ dijo él escuetamente, volviendo su vista al libro.
─ Si necesitas saber algo, puedes preguntármelo, sé bastante sobre mis ancestros ─ dijo con orgullo la reina. Él levantó la vista por un momento sólo para encontrarse nuevamente con la sonrisa de ella.
─ ¿Sabes quién fue Ausar Nefertari? ─ los ojos de Vivi se abrieron de golpe.
─ Él fue un tirano, desde joven ─ dijo ella. Parecía conocerlo bastante. ─ Fue uno de los primeros gobernantes de nuestra familia, unas diez generaciones antes de la mía ─ aclaró. ─ A los quince años ya era rey ─ arrugó el ceño. ─ ¿De dónde sale tu interés por él? ─ miró de reojo a su hijo que jugaba con Giorgio una partida de ajedrez.
─ Los chicos hablaban de una historia ─ dijo lo primero que se le ocurrió. ─ Quería investigar un poco más ─ sonrió con una pizca de malicia y la reina lo imitó.
─ Ya veo, quieres darles una lección ─ le brillaron los ojos. ─ Te contaré la historia ─ se acomodó en la silla. ─ El padre de Ausar no pertenecía a la línea sucesoria, era el tercer hermano varón, por eso ideó un plan para hacer que su hijo ascendiera al trono. Era época de peste, y el rey enfermó. El rey no tenía hijos, ni tampoco el segundo hermano, pero para que el príncipe Ausar fuera considerado para la sucesión del trono en caso de que el rey muriese, debía estar casado. El niño era muy joven, pero ya mostraba su horrible carácter y personalidad macabra. Había matado a muchos sirvientes, algunos por sólo entrar a su cuarto para llevarle el desayuno ─ Giovanni escuchaba atentamente. Sabía que la reina exageraría algunas cosas, pero él quería saber sobre la esposa de Ausar no sobre él. ─ Ninguna doncella del reino aceptaría casarse con él, entonces fue cuando el padre del príncipe contactó con un amigo en una isla invernal del Nuevo Mundo. Ese amigo le mandó una sacerdotisa del mar, que iba a ser ofrecida como ofrenda. La niña era muy hermosa, tenía el cabello plateado y los ojos azules como el océano ─ la descripción cuadraba perfectamente ─aunque también cuadraban con la fisionomía de Israel─. Hizo caso omiso a sus pensamientos para continuar escuchando. ─ El príncipe se casó y al mes el rey murió, habiéndolo proclamado su sucesor por cumplir las condiciones necesarias ─ se inclinó sobre la mesa, acercándose más a Gio, apoyando sus codos sobre la mesa y su barbilla en las manos. ─ Al tercer día, encerró a su esposa en la torre de castigos, sin agua y sin comida, para que muera de hambre ─ dijo con un tono sombrío. ─ Todavía se la puede escuchar llorar por las noches
─ Bah, eso es un cuento de niños ─ protestó Giovanni. Vivi negó con la cabeza.
─ Ya verás que si la escuchas, más ahora que está llegando Halloween
Se había quedado dormido esperando que llegara la noche. Lo despertó aquel lamento lejano, el mismo que había oído la noche anterior. Sabiendo que era esa niña la que lloraba, y no creyendo ni una sola palabra de lo que le había contado la reina después del almuerzo, chasqueó la lengua molesto. No sólo no había averiguado nada, sino que no había dado con ningún mapa ni ninguna pista para sacarla de allí. Si alguien había hecho una broma para Halloween, se estaba pasando de la raya.
Esta vez se aseguró de llevar calzado y el pecho cubierto. Tenía calor, pero era inadecuado ir a rescatar a la chica sin vestir apropiadamente, o al menos estar vestido. Llevaba una bermuda blanca y una camiseta de mangas cortas ceñida color azul. En los pies, ojotas. No hubiese soportado los zapatos o cualquier calzado cerrado. Además, ese le daba la posibilidad de trepar o amoldar el pie a cualquier superficie de apoyo. Llevó con él una soga que consiguió en el establo. Estaba listo para sacarla del encierro, y se juró a si mismo que lo haría y se vengaría del que la había encerrado para hacer la broma.
Al llegar, nuevamente evadiendo a los guardias y escabulléndose por el hueco en la pared, ella estaba tal cual la noche anterior, sollozando junto a la ventana. La luna estaba en lo alto, dándole a todo una mortecina luz blanca. El cabello de la chica brillaba en la oscuridad, y ondeaba con la brisa.
─ Hola ─ le dijo Gio con valentía. Ya no sintió lo mismo que la noche anterior. Ella volteó sin mostrar miedo o desconcierto, parecía reconocerlo.
─ ¿Por qué volviste? ─ dijo con un dejo de desesperación. ─ Si él te ve, te va a matar ─ agregó. Gio arrugó el entrecejo.
─ ¿Qué es lo que dices? Vengo a sacarte de aquí. Me cansé de este juego
─ ¡No es un juego! ¡Te va a matar! ─ gritó, acercándose a la puerta tan rápido que Gio no logró ver sus movimientos. Estaba tan cerca que podía sentir la respiración helada sobre su rostro. Ella olía a mar.
─ No digas tonteras ─ dejó salir el aire con desilusión. ─ Voy a intentar abrir la puerta ─ anunció y ella golpeó con todas sus fuerzas la madera, haciendo que retumbe toda la torre, como un eco sordo. Gio quedó estupefacto, jamás pensó que esa débil mujer pudiera tener tanta fuerza. El aire se volvió denso.
─ Vete ─ dijo, pero su voz había cambiado, se había vuelto fría, densa y tenebrosa. Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Giovanni, que instintivamente dio dos pasos hacia atrás. Pero instantáneamente se arrepintió de haber hecho aquello y volvió a acercarse a la puerta, enfrentándola. Sus ojos brillaban en la penumbra, como si estuviesen encendidos. Comenzaba a hacer mucho frío.
─ Hazte a un lado, voy a derribar la puerta ─ pidió con toda la tranquilidad que pudo. Ella arrugó el entrecejo, bastante enojada, pero cedió y se hizo a un lado, a la misma velocidad a la que se había acercado. Giovanni tomó carrera y embistió la vieja puerta de madera, haciendo que una de las tablas cediera. Un intenso viento helado se levantó, empujándolo con violencia hacia atrás. Cayó de espaldas, golpeándose la cabeza.
Cuando volvió a abrir los ojos, descubrió que estaba por amanecer. Ya se podían ver las primeras luces en el horizonte. Se sentó, con su cabeza adolorida por el golpe. La puerta estaba rota, lo había logrado. Al enfocar su vista más allá, dentro de la habitación, la niña estaba sentada junto a la ventana, sollozando acongojada. Frunció el ceño. ¿Por qué no había salido huyendo? ¿Cómo era posible que aún quisiera estar allí, haciéndose la víctima, cuando él había roto la puerta que la mantenía encerrada? Estaba muy molesto. Se puso de pie y se tambaleó un poco. Se tocó la nuca y estaba húmeda. Al mirarse la mano, descubrió que había sangre. El golpe había sido muy fuerte. Lo que no comprendía era de dónde había salido semejante ráfaga de viento.
Entró por el agujero de la puerta y se detuvo junto a ella, de pie, estoico, sin decir palabra. Ella continuaba llorando con pesar. Sus gruesas lágrimas parecían descender infinitamente por su rostro, mojando su pañuelo. ¿Qué tenía que hacer? ¿Qué debía decir? Estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para con cargarla por la fuerza y sacarla de allí.
─ ¿Por qué quieres sacarme de aquí? ─ preguntó ella en un susurro. ─ Este lugar está maldito ─ dijo. ─ Yo lo estoy ─ agregó. ─ Déjame y vete
─ Si es una broma, ya no me gusta ─ dijo Gio. ─ Déjalo y vamos
─ ¿Broma? ─ la chica volteó a verlo. Sus lágrimas comenzaban a desvanecerse, desintegrándose en el aire. El sol ya podía vislumbrarse apenas en el horizonte.
─ No comprendo ─ soltó él, dejando entrever lo que realmente sentía: duda. ¿Realmente ella podía ser un fantasma? ¿Un alma en pena?
─ ¿Quién soy Giovanni? ─ le preguntó, aún sin poder sonreír. El cerró los ojos y apretó los puños. Si ella era aquella joven que se casó con Ausar, tal vez si le recordaba su nombre, podría recordar lo demás y aclarar las cosas. Pero, su raciocinio podía con él. Él no creía en fantasmas. Exhaló para calmar su mente.
─ Mireia ─ dijo y ella abrió los ojos con sorpresa.
─ Mireia ─ repitió. Los primeros rayos del sol inundaron el lugar. El cuerpo de la niña comenzó a transparentarse. Y por primera vez en años, en siglos, pudo sonreír. Llevó sus manos al rostro de Gio, que al instante abrió los ojos. Sus músculos se aflojaron. ─ Gracias ─ dijo. Su voz casi no se oía. ─ Lo lograste
El festejo real de la Noche de Halloween era un evento muy esperado en Alubarna. Habían decorado las calles con guirnaldas, lámparas y calabazas talladas con rostros horripilantes. Los niños ya estaban disfrazados desde la tarde, buscando canastas cada cual más grande para pedir dulces. Giorgio e Israel protestaban frente a sus madres, ya que les habían prohibido salir. Giovanni, cansado de sus gritos, se acercó a ellos.
─ ¿Por qué no salen disfrazados, como los demás niños? ─ preguntó, haciendo que el rostro de su hermano se iluminara.
─ ¡Sí! Si estamos disfrazados no podrán reconocernos ─ Israel pareció molestarse aún más con el comentario de su amigo. Se cruzó de brazos.
─ Es una buena idea ─ la reina Vivi sonreía. ─ ¿Qué clase de disfraz propones, Giovanni? ─ preguntó con diversión en la voz. Adoraba molestar a los niños de esa forma, más cuando su hijo era el que estaba haciendo un berrinche por una tontera.
─ ¿Qué tal de murciélagos? ─ Giovanni se sobaba la barbilla. ─ O tal vez… ─ hizo como si se lo pensara. ─ De verduras ─ inmediatamente dijo aquello, ambos dos se arrojaron sobre él, cayendo en el suelo. Había desaparecido sin dejar rastro. Ambas reinas no pudieron contener la risa.
Sin darse cuenta, sus pies lo guiaron hasta el pie de la torre. Esta vez, como por arte de magia, los guardias no aparecieron para detenerlo. Entró y subió las escaleras en silencio, sin pensar en nada. Al llegar y descubrir la habitación vacía, su corazón palpitó con fuerza. Se acercó al marco de la ventana, ya sin saber si lo que había sucedido era cierto o falso, o simplemente su imaginación o un sueño. Se recargó en el marco, con ambas manos.
Un intenso aroma a mar se coló por sus fosas nasales. Cerró los ojos, disfrutándolo. Un susurro apenas audible pronunciaba su nombre. Un canto. Una melodía. El mar. Abrió los ojos. Ya era de noche. No se había dado cuenta cuanto tiempo pasó allí. Al voltear, descubrió en el suelo un pañuelo blanco. Se agachó y lo tomó. Era de seda. Tenía algo escrito en él. Te veré en el mar, Mireia. Lo tomó con fuerza en su mano derecha. Sonrió. Asintió, y guardó el pañuelo en el bolsillo.
