Disclaimer: SnK no me pertenece.
Capítulo 22 - Una hoguera de esperanza
El agobio y la preocupación que se acumulaba tras el nudo en su garganta se iba intensificando a cada paso que daba, obligados a caminar cómo reos entre el murmullo de gente que los miraba asustada, como si les tuvieran miedo, como si de en lugar de una pandilla de chicos maltrechos, fuera una manada de monstruos lo que desfilaba por la calle principal.
Los guardias que los guiaban hacia el edificio principal de la ciudad no les permitían separarse más de unos centímetros entre ellos, obligándoles a caminar de forma bastante atropellada sin parar de apuntarles con sus largos rifles de fuego. Ni mordazas que llevaban entre los dientes ni las ataduras a su espalda permitían la existencia de alguna oportunidad de fuga mediante la fuerza bruta de un titán.
Poco a poco, a medida en la que iban adentrándose en la plaza central iban dejando la calle atrás, iban dejando atrás su nueva casa, y iban dejando tras ellos la felicidad de la noche anterior que todos habían pasado despiertos. Aquella era una plaza ancha y espaciosa que estaba delimitada casi en su totalidad por las paredes del edificio principal, la mayor construcción en el pueblo.
De aquella gran y reluciente plaza de piedra blanca pasaron a caminar bajo los altos techos del gran castillo, unos pasillos que recordaban bastante a las ilustraciones de las casas nobles de la muralla Shina que habían estudiado en los libros de historia, solo que en esta ocasión, el ver aquellas largas alfombras rojas o aquellos geniales cuadros que adornaban las gruesas paredes en vivo era mucho más impresionante.
Entonces los guardias taparon sus cabezas con unas bolsas, parecidas a las que se usaban para recoger las patatas en los campos. Los centinelas los llevaron a través de los anchos pasillos y las grandes galerías de ventanas recorriendo el ala derecha de la construcción hasta llegar a lo que parecía el salón del trono. Allí los arrodillaron a todos frente al cómodo y delicado sillón que se alzaba al frente de la sala aguantando, con la cabeza aún tapada y con las manos atadas a la espalda, y algún que otro golpe en la cabeza para los que se "portaban mal" como el rabioso moreno de ojos verdes.
Mikasa escuchó cómo unos firmes pasos que se acercaban a él resonaban con eco entre las paredes de aquella estancia. Entonces alguien levanto la bolsa que le cubría el rostro. Cuando ella miró hacia su captor, pudo ver a un hombre alto, de pelo castaño cortado con un peinado parecido al de Erwin, pero más corto y despelujado. Su expresión facial era de burla, y prepotencia, expresión en la que resaltaba una sonrisa que le resultaba familiar, aunque la barbilla que asomaba por debajo de ella no le dejaba acertar a qué le recordaba.
-Qué chica tan guapa... Es una pena. -Dijo el oficial mientras seguía caminando hacia el próximo encapuchado, levantando la tela que le cubría el rostro y descubriendo el brillante cabello de Armin, que miró lo miró con rabia. Entonces el condecorado militar abrió mucho sus ojos demostrando sorpresa.
-Oh! Pero que tenemos aquí... ¿Cómo te llamas?
El muchacho se quedó pensando durante unos instantes, hasta que sus ojos parecieron reflejar alguna especie de preocupación o angustia.
-Ar-Armin Arlert. -Dejó escapar el chico con un deje de inseguridad, mirando fijamente la reacción del individúo que tenía en frente.
-¿¡Arlert!? Quién iba a decir que toda la familia acabara por llegar aquí. Una pena que tus padres ya no tuvieran sitio cuando llegaron aquí...
Entonces la mirada del chico explotó en ira, una ira que se manifestó en lagrimas.
-No... ¡No! ¡No puede ser! ¡Mis padres no- Pero de pronto, las palabras del rubio fueron cortadas por una fuerte patada por parte del militar. "¡Pum!"
-Pobre chiquillo...Bueno, no te preocupes, si sigues portándote así pronto los volverás a ver. -Respondió el agresor con voz firme mientras removía violentamente sus cabellos rubios, despelujándolo aún más de lo que estaba y siguió caminando hasta el siguiente de los niños cautivos. Destapó la cara de Reiner, la de Annie, Eren, Belth, Christa, Ymir, y Connie, mirando a todos y a cada uno de ellos con superioridad y pena, cómo miraría a un pequeño perrito enfermo justo antes de ser sacrificado, hasta que levantó la capucha de Jean. En ese mismo momento, tanto el asombro del reo cómo la de su captor se reflejaron, expresando incrédulos la desagradable sorpresa que suponía reconocerse.
-Papa?
Mientras tanto, dentro de los muros...
Las hogueras alumbraban la noche, dispersando el frío de la piel de todos los presentes en aquel homenaje, pero enfriándolos por dentro de una forma mucho más congelante que cualquier ventisca glacial. Manteniendo sus corazones en una tensión constante y oprímete de la que, todos sabían, la única forma de disipar era achicándola en forma de lágrimas saladas para que el barco entero no se hundiera. Pero no todos iban a conseguir mantenerse a flote. Había buques demasiado desgastados por los años que no tendrían lagrimas suficientes como para escapar a esa oscuridad causada por la ida sin retorno de un hijo, tampoco había oportunidad de volver a navegar con normalidad para aquellas pequeñas personitas que eran expropiadas de su inocencia por el ladrón mundo, que se había llevado a sus padres y hermanos sin ceder una simple despedida. También intentaban mantenerse a salvo sin éxito aquellos hermanos mayores a los que les habían arrancado la luz que aportaba sus pequeños prójimos, o aquellos quienes habían perdido a sus familias que no compartían sangre, derrumbándose inevitablemente sin pilares a los que agarrarse.
Pero, allí estaban todos en aquella noche, sosteniéndose sobre sus dos débiles piernecitas que temblaban como bambú ante el ahogo en sus corazones, ahogo que señalaban con una mano mientras dejaban la otra en su espalda, anchando el pecho y llorando en silencio. Saludando a los caídos.
-Aquí estamos reunidos todos para despedir a los innumerables caídos de la última expedición de reconocimiento que no regresaron, y que ya no regresarán. -Dijo el más condecorado de los comandantes allí presentes con voz firme, cerrando los ojos con dolor y remarcando las arrugas de su ya anciano rostro, lo que lo hacía parecer mucho más viejo y frágil de lo normal.
Entonces, por el lado derecho de Pixis apareció un niño, aún con lágrimas en los ojos. Dió un par de pasos adelante, subiendo a la tarima que se encontraba frente a las hogueras y a todos los allí presentes y comenzó a nombrar, uno por uno, todos los que habían estado y ya no estaban.
-Mark Mc`courny, Alejandro Shepard, Frederick Rhomel, Shasha Braus, Connie Springer, María Montalvano... -Los nombres se escapaban temblorosos de la boca del muchacho, que luchaba por ser capaz de seguir recitando lo suficientemente alto- Jean Kirstein, Armin Arlert, Cintia Williams... Eren Jaeger, Hanji Zoe, Erwin Smith, Levi Rivaille.
Y con esos tres últimos nombres, la pequeña esperanza de libertad se desvaneció, y las alas de los exterminados cuerpos de reconocimiento se esfumaron en humo entre las llamas de una hoguera que ardía cómo lo hacían los muros en aquellos días. Los titanes acechaban en las ya debilitadas puertas esperando su momento. La mayor parte de los mejores guerreros de la humanidad se había perdido. Pixis sabía que no podría enfrentar a tal número de titanes por siempre, y que ninguno de sus subordinados tendría esperanza alguna de vida una vez que los titanes entraran. Nil sabía que no serían de utilidad ninguno de los refugios en los que pudiera proteger a la gente que aún quedaba, y que ninguna de esa gente tenía esperanza vital tampoco.
La muralla Rose estaba a punto de fracturarse otra vez, y esta vez ya no había un demonio cazador de otros cómo él, ni una científica que pudiera dominarlo. Esta vez no había ningún rubio con un plan para llevar el peso de la humanidad sobre sus hombros, ni ningún elegante asesino que pudiera llevar a cabo este plan.. esta vez, las esperanzas se quemaban en una hoguera, y el final del túnel se veía oscuro. Demasiado oscuro cómo para volver a brillar nunca.
Continuará...
