"Per aspera, ad astra…" Seneca; (4a.C. – 65 d.C.), filósofo, político, orador y escritor romano.
Todos los personajes son de Masashi Kishimoto, y no lucro de ninguna manera con ellos.
Luna de la noche larga
Especialmente dedicado a Kuroi Yukie :3
Advertencias:
OoC.
Yaoi (SasuNaru).
AU.
Algunas groserías.
La siempre presente falta de ortografía.
El lector podría morir de aburrimiento.
Por favor, ten en cuenta que Zaphyrla es una autora que suele tratar contenido YAOI (Relación Hombre X Hombre).
¡Si no te gusta, no leas!
Ambos aún podían escuchar los lejanos gruñidos de los lobos, que se sumaban a los siseos estremecedores producidos por los vampiros, además del fragor de la batalla entre las dos razas, y finalmente, el sonido que les helaba la sangre a los dos niños, el ahogado grito del alma al ser arrebatada de su cuerpo, ya fuera lobo, vampiro o humano.
El mayor de los niños se mordió los labios al notar como un fuerte olor se acercaba a ellos y, temeroso de lo que sucedería si el lobo los alcanzaba, se apresuró a acelerar el paso, sujetado con más fuerza la pequeña mano de su acompañante. Desafortunadamente, el otro niño no contaba con el repentino cambio de velocidad en su huida, y terminó por caer al suelo. Un quejido lastimero escapó de la boca del mayor al notarlo, ¡el lobo estaba tan cerca!
- ¡No debemos detenernos! –le recordó el moreno al otro niño, mientras le ayudaba a ponerse de en pie. Trataba de controlar el temblor de su voz, para no asustarlo aún más.
Justo cuando se disponían a emprender de nuevo la veloz carrera, una enorme sombra cayo enfrente de sus ojos, cerrándoles el paso. El animal alzó su hocico hacia la luna y soltó un aullido ensordecedor, anunciado el comienzo de su cacería. Poso sus fieros ojos en las pequeñas presas que había conseguido esa noche, presas que pronto estarían entre sus fauces. Para la sorpresa del animal, el más alto de los niños, uno moreno que aparentaba tener unos once años, se apresuró a ocultar al otro a sus espaldas, y después soltó un ronco gruñido de advertencia, desde lo más profundo de su garganta.
El lobo se acercó con cuidado al par, olfateando más exhaustivamente el ambiente. Su sorpresa creció al notar que el moreno era un cachorro perteneciente a su raza, uno que además prometía ser un macho alfa una vez que pasara la niñez. Ese fuerte olor a roble de las tierras altas del este, le recordaba mucho al olor de la manada…
Antes de que el pensamiento pudiera terminar de formarse en la mente del animal, una sombra más pequeña y mucho más rápida apareció a espaldas del lobo, y los niños vieron con el corazón acelerado como el licántropo caía a sus pies, atravesado por la espada de un vampiro. El recién llegado, de cabello negro y ojos blancos, que además lucía una especie de banda en su frente, con un grabado que la oscuridad no dejaba distinguir con claridad, sonrió satisfecho en dirección hacia los pequeños, a los que estaba seguro acaba de salvar de una muerte terrible. Sin embargo, todo lo que recibió del par fue un gruñido amenazante por parte del niño moreno.
- ¿Un cachorro de licántropo? –se preguntó en voz alta el vampiro, mientras extraía su espada del cuerpo inerte del lobo.
Se viera por donde se viera era algo extraño. Con lo posesivos que eran esos perros, dudaba que dejaran que sus crías vieran la luz del sol antes de que alcanzaran la adolescencia. La prueba era que nunca había visto un cachorro de hombre lobo, hasta ese momento. Ese niño moreno podría ser solo un niño, pero el olor a lobo estaba demasiado marcado en él, recorriéndole cada gota de sangre, cada cabello y cada trozo de piel, como para tratarse de un simple humano.
Y entonces el vampiro reparó en la presencia del otro niño, el que se encontraba a espaldas del licántropo, y reconoció una cabellera rubia, unos ojos azules, y sobre todo, un sutil aroma a vampiro, demasiado dulce si lo comparaba con el suyo propio.
- ¡Su Alteza! –gritó el vampiro aterrado, al darse cuenta de quién era la persona a la que el pequeño lobo protegía con tanto ahínco. Se apresuró a dar algunos pasos hacia los niños, con toda la intención de tomar al rubio y llevarlo a una zona más segura, lejos del peligro que representaba la batalla cercana.
- ¡Es mío! –fue la pronta respuesta del moreno, abrazando al rubio para resguardarlo en su pecho.
- Maldito perro… -maldijo el vampiro por lo bajo, olvidando que un segundo atrás había decidido dejar ir al lobo, ya que solo se trataba de un cachorro. Pero ahora las circunstancias habían cambiado, ese perro se había apropiado de uno de los tesoros de su clan, ¡se había atrevido a ponerle sus sucias garras encima, y además llamarlo suyo!
Debía morir.
El vampiro alzó su espada una vez más, pero la hoja cayó sin fuerza a un costado de los niños, seguido del cuerpo agonizante de la criatura. El moreno se fijo que una flecha atravesaba el pecho del chupasangre, justo a la altura del corazón.
- N-naru… -gimió el vampiro, mientras extendía una mano temblorosa hacia el rubio. El niño soltó un lastimero sonido en respuesta, arreglándoselas para también extender su mano hacia el adulto, a pesar del fuerte abrazo del pequeño lobo.
No alcanzó a tocarlo. El vampiro se consumió en medio de una brillante hoguera surgida de la nada, que se apago tan repentinamente como había comenzado, y sus cenizas fueron esparcidas en la oscuridad por una ráfaga de viento nocturno. El cuerpo del rubio tembló ante la escena de muerte que se desarrolló frente a sus ojos, imaginando que la suya sería igual o más escalofriante… y en poco tiempo.
Sabiendo lo que pasaba por su mente, el moreno obligó al niño que tenía en brazos a girarse, apartando su mirada azul de la zona quemada que había dejado el vampiro sobre el suelo, la única huella visible de su paso por ese lugar. El cachorro se relajó al notar que su preciada carga se acomodaba mejor en su pecho, buscando su protección, y en respuesta el de pelo negro le tapó los ojos, invitándolo a que dejara todo en sus manos.
- ¡Un chupasangre menos! –gritó de pronto la voz eufórica de un hombre en medio de los árboles, haciendo que el rubio siseara molesto en su dirección, dejando al descubierto sus minúsculos pero afilados colmillos.
- ¡Ssh! –se apresuró a callarlo el lobo, colocándole un dedo sobre los labios-. Debemos irnos –le susurró con voz seria, apartando al otro niño de su lado para poder tomar su mano y después echar a correr.
El moreno sentía que de cierta manera tenían suerte, los que habían acabado con el vampiro eran simples humanos, así que no se percataron de su presencia. Sin embargo, esos humanos eran conocidos como merodeadores, antiguos leñadores que pensaban que la existencia de los vampiros eran una amenaza para el hombre, llevaban una vida nómada y de vez en cuando se aliaban con alguna manada de hombres lobo. El cachorro de licántropo no tenía ninguna autoridad sobre ellos, además era demasiado joven para hacerles frente. Si los merodeadores los encontraban, atacarían a su preciado tesoro y lo matarían.
El moreno guió al rubio por el camino que él consideraba más seguro, aquel que no contaba con ningún olor que fuera una amenaza, y soltó un suspiro de alivio cuando se dio cuenta de que el tumulto de la masacre lo dejaban a sus espaldas, poco a poco pero sin detenerse. Finalmente, los árboles se abrieron delante de ellos, y la luz de la luna llena guió a partir de ese momento sus pasos. El lobo se permitió una sonrisa arrogante al haber seguido sus instintos, pero no se confió y, a pesar de saber que ambos se encontraban cansados, no se detuvieron.
Campos de cultivo comenzaron a alzarse a uno y al otro lado del camino que habían tomado, indicándoles que se encontraban cerca de una zona habitada. Uno en particular llamó la atención del licántropo y, guiándose por su olfato, se dirigió sin dudarlo al centro mismo del sembradío.
- Aquí estaremos bien –dijo el lobo con satisfacción, tomando una pequeña mota de algodón que estaba al alcance. La planta era de poca ayuda para protegerlo a él, pero para ocultar a su acompañante era ideal. Estaba agradecido por haber prestado atención a las lecciones que se empeñaba en darle su hermano mayor.
Los cotidianos sonidos de la noche tomaron su rítmica melodía, acariciando los oídos de ambos niños, el suave canto de los grillos daba la seguridad de que el peligro ya estaba lejos y les calmaba los sentidos. Pero entonces el moreno pudo escuchar un sollozo a sus espaldas y cuando se dio la vuelta, descubrió al rubio limpiándose una lágrima que había escapado de sus ojos azules.
- Estoy asustado, dattebayo –explicó el niño en voz baja, cuando se dio cuenta de que el otro lo estaba mirando. Al mismo tiempo que hablaba se giró un poco, avergonzado de su momento de debilidad.
- ¡No dejare que te toquen! –rugió el moreno enseñando los dientes, mientras salvaba de un salto la distancia que lo separaba del rubio y lo tomaba con brusquedad por ambas mejillas.
- ¡Auch! –se quejó el de ojos azules al instante, cuando las garras del licántropo se extendieron, arañándole la piel del rostro, y dejándole tres cortes profundos en cada costado de la cara.
- Y-yo… lo siento –se disculpo el moreno con voz temblorosa, mientras soltaba al rubio-. Aún no aprendo a retraerlas –dijo bajando la vista hasta sus manos y observándolas con ojos culpables.
Como el rubio lo seguía viendo de manera acusadora, inflando sus mejillas de una manera que al de pelo negro le pareció muy graciosa, el cachorro se inclinó hacia él y comenzó a lamerle con mucho cuidado las heridas. Aunque al principio el menor no parecía muy contento con las atenciones recibidas, la carcajada que no pudo contener al cabo de un instante le dijo al moreno que estaba perdonado.
El rubio espero algo impaciente mientras el lobo examinaba con cuidado los surcos que habían dejado sus garras en la piel morena. El licántropo se dio cuenta que, sin importar lo que hiciera, iban a dejar marcas. Esa certeza le provocó tal sentimiento de satisfacción que, por más que intento contenerse, no pudo evitar soltar un aullido de alegría, y abrazó con fuerza a un sorprendido rubio.
El moreno se sentó en uno de los surcos del campo de cultivo, arrastrando consigo al niño que tenía aprisionado entre sus brazos. El cachorro podía escuchar claramente sus resoplidos de disgusto mientras frotaba su cabeza contra la del rubio, pero también percibía con claridad el dulce olor que destilaba el pequeño cuerpo, la suave respiración que escapaba de una peligrosa boca contra su blanco cuello, la manera en que se había aferrado a él, seguramente aún con el temor de los merodeadores cazándolo, y el lento latido de su corazón. Lo mejor de todo, es que el pedazo de día en medio de la noche era…
- Mío… -gruñó el moreno con diversas emociones deformándole la voz. El joven lobo había encontrado a su pareja a una edad muy temprana, pero no por eso iba a dejar que se le escapara de las manos.
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El muchacho pasó su mano por el rayo de sol que se colaba por una pequeña abertura en la cortina de su ventana. La luz le hizo una fea quemadura en la piel, que se incendió hasta alcanzar un oscuro color negro como el carbón, mientras chillaba de manera desagradable en protesta al maltrato. Cuando el dolor se volvió insoportable, aparto la mano y el rubio vio sin sorprenderse como la herida se regeneraba en segundos, recobrando su habitual suavidad, como si la piel nunca hubiera sido lastimada. El vampiro repitió el proceso un par de veces, poniéndole más atención al sutil cambio de color de la luz que se producía con el paso del tiempo, de un cálido anaranjado a un azul cada vez más profundo, que al daño que se infligía a su mismo. Seguramente lo hubiera seguido haciendo hasta que el astro rey terminara de ocultarse, de no ser porque una mano de mujer lo golpeó sin contemplaciones, sacando al Uzumaki de la ensoñación en que se había metido sin darse cuenta.
- ¡Naruto! –lo regañó la chica de ojos verdes y pelo rosado, agitando su dedo de manera acusadora delante del vampiro-. ¡Deja de hacer eso!
- ¡Sakura-chan! –soltó el rubio mientras escondía la mano a sus espaldas con actitud avergonzada, el tiempo justo para que curara de nueva cuenta. La muchacha notó que, de haber podido, Naruto habría tenido la decencia de sonrojarse, pero eso no evitó que torciera la nariz con desagrado.
- No dormiste –dijo Sakura lanzándole una mirada de reprobación a la cama tendida, trabajo que le había ahorrado hacer el de ojos azules. Otra vez. Estaba pensando en que si eso seguía así tendría que hablar con Gaara o con alguno de los vampiros de alto rango para que tomaran cartas en el asunto, cuando cayó en cuenta del semblante algo alicaído del rubio-. ¿Ese sueño otra vez? –preguntó la muchacha con voz suave, intuyendo por donde iba la cosa. Mientras hablaba, se acercó a la ventana para poder ver de frente a su amigo.
Naruto se mordió los labios y se paso nervioso una mano por el rubio cabello. Al parecer en esos últimos días, ese viejo y borroso recuerdo le estaba crispando los nervios de tal manera que hasta Sakura podía notarlo. Prueba de ello fue que, a pesar de ser una simple humana, una chica que ayudaba con la limpieza y en las cocinas del castillo, Sakura había llegado hasta él sin que el Uzumaki pudiera notarlo.
- Sí, ese sueño otra vez, dattebayo… -respondió finalmente el rubio con resignación.
- Deberías dejar de atormentarte con eso, Naruto –dijo la muchacha tratando de ser comprensiva. Entendía que el ataque de hace años donde el chico había perdido a su madre debió ser traumático, pero ese era precisamente el punto, fue hace años, y era tiempo de ver hacia adelante.
- ¡No puedo! ¡No puedo, dattebayo! –gritó Naruto con furia, dándose la vuelta para que la chica no viera que sus largos colmillos habían salido a relucir. Aún así, Sakura pudo presentir el peligro y dio un par de pasos atrás-. El día que me hicieron esto –siseó el rubio por lo bajo, pasándose una mano por las marcas de sus mejillas-, el mismo día que mataron a Mamá… ¡Si supiera quien lo hizo no estaríamos en estos problemas con esos perros! –gritó finalmente, estampando un puño contra la pared más cercana.
Un resoplido de incredulidad a sus espaldas, hizo que el rubio parpadeara varias veces y se girara con extrañeza. Se encontró con que Sakura estaba cruzada de brazos, evidentemente inconforme con lo que el chico había dicho.
- Eso no es cierto, Naruto –afirmó la de ojos verdes-. Esas bestias encubrirían al culpable como lo han venido haciendo todos estos años –dijo agitando su mano como si fuera lo más obvio-. ¿Qué no saben quién mató a Hime-sama? ¡Eso no me lo creo! –aseguró la chica, con tal firmeza que parecía haber estado ahí esa noche y presenciado todos los acontecimientos de importancia.
- Sakura… -dijo el rubio, sin saber a ciencia cierta que responder.
Al muchacho le gustaba pensar, que si se esforzaba en recordar las memorias que su mente se empeñaba en negarle, podría detener la guerra de clanes que los desgastaba ahora. Si pudiera ponerle un rostro, tan solo una cara reconocible, a la persona que había asesinado a Uzumaki Kushina, los vampiros tendrían a un culpable a quien perseguir. Y los hombres lobo no tendrían manera de negarse…
- Vamos, anda al comedor –dijo entonces Sakura con dulzura, sintiéndose un poco culpable al saber que la discusión le había traído malos recuerdos al rubio. Colocó sus manos sobre los hombros del muchacho, y lo giró para después empujarlo hacia la salida-. Se de buena fuente que Gaara regresara esta noche de las escaramuzas de los cazadores.
- ¡Gaara! –gritó Naruto con entusiasmo, acordándose repentinamente de lo mucho que extrañaba al pelirrojo.
- ¡El príncipe extraña a su caballero andante! –se burló la de ojos verdes a sus espaldas, antes de soltar una sonora carcajada.
- ¡Sakura-chan! –chilló el Uzumaki escandalizado-. ¡Gaara y yo solo somos amigos!
- Aja… -contestó la muchacha rodando los ojos-. ¿Y todo lo que Gaara-san ha hecho por el Clan? Solo quiere que lo conviertan para poder estar contigo –le explicó a su amigo, pensando que hacía demasiado tiempo que debieron abrirle los ojos a ese despistado.
- Esos son rumores, dattebayo –aseguró Naruto inflando las mejillas. Estaba hartó de todas las bromas que le gastaban en el castillo al respecto-. Yo no le gusto a Gaara.
- ¡Por Kami, Naruto! –gritó Sakura, al tiempo que alzaba uno de sus puños, con toda la intención de dejarlo caer sobre la cabeza del rubio-. ¡¿Cómo puedes ser tan ciego, idiota?
Para la mala suerte de la chica, la criatura a la que trataba de herir no era humana, y esta vez no se encontraba sumida en sus pensamientos. Fue más un reflejo para el vampiro el agacharse para evitar el golpe, y salir corriendo hasta el pasillo. En menos de un parpadeo ya estaba doblando la esquina.
- ¡Mejor suerte para la próxima, Sakura-chan! –se burló Naruto antes de desaparecer, sacándole la lengua a la enojada muchacha que dejaba a la puerta de su habitación.
El rubio vagó por los fríos pasillos del lugar, notando que los sirvientes ya habían abierto buena parte de las cortinas, dejando que la luz de la luna se esparciera por el castillo. Era luna llena… Naruto dejó que sus pies lo guiaran hasta el enorme comedor que estaba en el ala este, justo como le había dicho Sakura. A estas horas debería estar repleto de los humanos que vivían entre los vampiros, ya que era la hora de la cena, esa noche en especial debería estar más concurrido, ya que el grupo de cazadores regresaba después de estar fuera unas semanas.
Los vampiros no solían visitar el comedor, al no poder ingerir nada de lo que servían en la mesa no tenía propósito, sin embargo, no faltaba al que le gustara bajar a enterarse de las últimas novedades, además de que nunca rechazarían una buena copa de vino. A Minato le gustaba fomentar esta costumbre, pensando que de esa manera se resentían menos las diferencias entre los humanos y su pueblo, y una de las que seguía gustosa la orden de su líder era Hinata. Naruto supo que la morena se encontraba ahí cuando a la entrada se topo con Neji, quien esperaba pacientemente a que su prima saliera. Cuando el Uzumaki entró en el comedor, no se sorprendió de encontrar a la muchacha rodeada de un grupo de niños. Aunque usualmente estos se sentían intimidados por la presencia de los vampiros, Hinata los atraía como un imán, los escandalosos críos no se detenían por su piel pálida y helada, o por las ojeras debajo de sus ojos, o por los largos colmillos de la morena, que sobresalían de vez en vez cuando hablaba.
El Uzumaki pensaba que debía ser un destino bastante cruel para una mujer joven ser convertida, ya que con eso perdía la oportunidad de tener hijos, pero a pesar de eso Hinata no se quejaba de su suerte. Su familia era más importante que todo.
- ¡Hinata-sama, cuéntanos la historia de los Tres Padres otra vez! –le pidió una niña de pelo castaño que estaba sobre el regazo de la vampira.
- ¿Otra vez? Ya la han escuchado muchas veces –contestó Hinata con una sonrisa tímida.
- ¡Otra vez! ¡Otra vez! ¡Otra vez! –gritaron desesperados el resto de los niños, incluso no falto quien se colgara de los brazos de la morena. Naruto pudo ver desde el sitio donde había decidido esconderse, una esquina lejana de la habitación, detrás de unas cortinas, que a pesar de que los pequeños se estremecían por el cambio de temperatura, no había rastro de miedo o desagrado en sus rostros.
Temerosa de perder el control del impredecible grupo, la muchacha se aclaró la voz, dispuesta a empezar con el relato. Al ver que habían conseguido su capricho, los niños tomaron asiento alrededor de la vampira, unos sobre algunas gruesas alfombras que estaban repartidas por el lugar, mientras que otros tenían que conformarse con el suelo de piedra.
- Hace muchos años, cuando la tierra era niña, había tres hermanos que vivían en lo alto de una colina –empezó Hinata con la vieja historia. Su voz tenía cierta armonía que su propia naturaleza le concedía, además de que el cuento estaba grabado en su memoria, a fuerza de las numerosas ocasiones en las que le fue contado y en las que ella misma lo había narrado-. Su destino estaba marcado desde el momento en que nacieron, el destino de ser los padres de tres poderosas razas. Al mayor le fueron concedidas una velocidad prodigiosa y la capacidad de volar, a cambio de depender el resto de su existencia de la sangre humana. Al hermano menor le fueron concedidos una fuerza incomparable y unos sentidos más agudos, pero a menudo se dejaba controlar por sus sentidos animales. La única hermana tuvo una vida corta, como la de cualquier humano, sin embargo, le fueron otorgados el don de la fecundidad y de la profecía. La pobre mujer tuvo un final trágico al intentar evitar el futuro que se había tejido para ella.
Los niños se quedaron un momento ensismados con la antigua anécdota, mientras imágenes de hombres lobo y adivinos poblaban su joven mente. Alguno que otro cazador soltó un suspiro de resignación al pensar que Hinata trataba de manera demasiado suave a los licántropos, pero como otra veces, lo dejaron pasar. Los críos tendrían que aprender por propia experiencia que esos lindos cachorritos no eran como los pintaban los cuentos antes de dormir.
- ¿Naruto-sama es el último descendiente de la Tercera Hermana? –preguntó la niña encima del regazo de Hinata, rompiendo el silencio que había invadido al grupo.
- Lo es –respondió la morena con una sonrisa.
- Pero el príncipe nunca me ha leído la mano… -dijo la castaña en voz baja, mirándose la palma con curiosidad. Al unísono, el resto de los niños se giró hacia la vampira, en busca de una respuesta.
- No funciona así –contestó Hinata, bastante nerviosa ante los pares de ojos infantiles expectantes de su respuesta-, pero… Naruto-kun nunca ha dicho una profecía en su vida. Al parecer perdió el don cuando su padre, Minato-sama, lo convirtió en vampiro –dijo llevándose un dedo a la barbilla, pensando por primera vez sobre el asunto.
- ¡Pues yo seré el mejor de los cazadores como Gaara-sama! –gritó eufórico uno de los niños, poniéndose en pie de golpe-. ¡Y me convertiré en vampiro!
Mientras el resto de los presentes le celebraba la gracia al futuro cazador, Naruto se daba la vuelta para salir del comedor. Era todo lo que necesitaba escuchar para terminar de amargarle la noche. Su don perdido, aquel que debía haber heredado y no tenía. Además, si bien algunos miembros del grupo de Gaara ya se encontraban ahí, no todos estaban presentes, y el rubio sabía perfectamente que su amigo solo estaría de vuelta hasta que cada uno de sus hombres estuviera a salvo. El pelirrojo tardaría un par de horas más… Ese tiempo el Uzumaki prefería pasarlo en una pequeña caminata bajo los viejos árboles del bosque, que encerrado entre las paredes de piedra del castillo.
Las seguras paredes de piedra del castillo.
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Un muchacho se encontraba en lo que parecía la entrada de una cueva, en las faldas de una montaña. Una lanza descansaba contra su costado izquierdo, mientras que el derecho, a su vez, estaba recargado contra una vieja pared de piedra, las ruinas de una construcción que no fue terminada. En una de las manos del chico brillaba la luz de un cigarro, que era llevado cada tanto hasta su boca. Sus ojos negros le enviaban miradas apremiantes a la oscura entrada a sus espaldas, para después regresar su mirada al norte.
Había pasado tanto tiempo… Solo unos minutos, nadie tendría porque notar que se había ido…
Justo cuando el muchacho dio un paso en la dirección que parecía anhelar, un sonido prácticamente imperceptible de pisadas le llegó hasta los oídos y un olor familiar se esparció por el ambiente. Tentado con dar un gruñido de frustración, el licántropo se dio la vuelta y vio dudoso la entrada a la guarida de la manada.
- ¿Sasuke? –preguntó el castaño, observando con cuidado la oscuridad. Tuvo que dar un paso atrás cuando una sombra paso veloz por su lado, y lo siguiente que vieron sus ojos fue que un chico de cabello negro, más o menos de su misma edad, lo miraba desde lo alto del destruido muro.
- Pareces ansioso, Shikamaru –dijo el Uchiha con una mueca burlona en su cara-. ¿Ocurre algo? –añadió al ver lo estresado que aparentaba estar el castaño. Usualmente el Nara no protestaba porque le tocara la guardia nocturna, pero estaría dormitando desde los primeros minutos después de ponerse el sol, sin embargo, en ese momento los latidos de su corazón estaban tan acelerados que parecía estar listo para salir corriendo.
Ante la pregunta del moreno, Shikamaru relajó su semblante y recargó su espalda contra la piedra más cercana. Arrojó lo que quedaba del cigarro al suelo, mientras la lanza era dejada descuidadamente a un lado.
- No querrás que los acompañe en sus correrías con los vampiros, ¿verdad? –dijo el castaño con tal cara de aversión, que cualquiera supondría que Sasuke iba a pedirle la mitad de su alma-. Es demasiado problemático… -agregó al tiempo que contenía un amplio bostezo.
- No, esta noche iré sólo –le contestó Sasuke con una ceja alzada, todavía desconfiado por las acciones del castaño. Al final lo dejo pasar, recordando que se trataba de Nara Shikamaru, quien no movería siquiera un dedo por voluntad propia-. Regresare antes del amanecer.
- Tu padre piensa que sería mejor que concentraras tus esfuerzos en encontrar una compañera –dijo el castaño encogiéndose de hombros. No se sorprendió cuando el Uchiha soltó al instante algo parecido a un ladrido, causado por la irritación. Todos en la manada sabían que el tema no era el favorito del moreno.
- Una compañera… -gruñó Sasuke con desagrado-. Si Itachi hubiera hecho su trabajo, no tendrían porque estarme presionando a mí.
- Entonces quizás quieras separarlo de Deidara –le dijo Shikamaru con una minúscula sonrisa en los labios, aún a pesar de que sus ojos comenzaban a cerrársele por el sueño-, y buscarle a tu hermano una novia adecuada.
- ¿Piensas que soy suicida? –le preguntó el moreno torciendo la boca con disgusto-. Me destrozaría antes de siquiera pensarlo… Que Itachi haga lo que quiera –dijo el Uchiha mientras se encogía de hombros para quitarle importancia al asunto.
El Nara quiso soltarse a reír por la obligada actitud resignada de Sasuke, pero pensó que sería demasiado problemático, y demasiado peligroso. Al fin y al cabo, el menor de los Uchihas seguía siendo un alfa, mientras que él tenía una posición más baja en la jerarquía de la manada.
Usualmente Sasuke habría tenido que irse de la guarida para fundar su propia manada, una vez que alcanzó la madurez, para dejar a Itachi ser la nueva cabeza de los lobos, considerando que el mayor de los hermanos también era un alfa. Pero Itachi había cambiado el rumbo de las cosas al descubrir que su pareja era un hombre, y pese al enorme disgusto que se llevó su padre, el rubio fue aceptado como un miembro más. El viejo Fugaku podría seguir siendo el líder, pero era precisamente eso, un viejo, un lobo viejo que además había perdido su pareja hacía muchos años. Itachi era su hijo predilecto, pero en cambio era un lobo joven, fuerte, que no reaccionaría muy bien con cualquier agresión ante su recién encontrada pareja. Un solo ataque contra Deidara, cumpliera o no su cometido, y se desataría una sangrienta revuelta en la manada…
Sasuke gruñó de nuevo, descontento con la imposición de su padre. Sin despedirse de Shikamaru, el moreno se dio la vuelta y desapareció en medio de la noche. En cuanto su olor dejo de sentirse cerca, el castaño soltó un hondo suspiro de alivio, para después dejarse caer sobre el suelo de tierra.
- Por poco… -balbuceó el Nara, llevándose una mano hasta el pelo.
El Uchiha corrió entre los árboles, sintiendo como el viento que provocaba a su paso le despeinaba los cabellos. El muchacho no era tan idiota como para buscar una lucha con los vampiros él solo, a sabiendas de que si se encontraba con un grupo grande estaría en desventaja. La verdad es que solo quería un pretexto para salir de la guarida. Desde el asunto de Itachi las cosas se habían vuelto insoportables. Su hermano estaba demasiado hormonal como para mantener una conversación normal, a Deidara no lo conocía lo suficiente, además Itachi no podía evitar sentir la presencia de otro alfa como algo hostil, a pesar de que llevara la misma sangre, y siendo sinceros, a Sasuke poco le importaba fraternizar con su nuevo cuñado. Por él que su desquiciado aniki no le permitiera mostrar a su novio siquiera el pelo. Lo que en realidad le provocaba su creciente mal humor al moreno eran los cuchicheos ansiosos de la manada a sus espaldas, sobre todo los de las hembras.
De repente, el Uchiha se detuvo con brusquedad y sus fauces se abrieron para soltar un gruñido bajo, que mostró todos sus blancos dientes. El olor a vampiro le inundaba la nariz, acercándose más a cada segundo. Inteligentemente, el licántropo se colocó contra el viento, para que su propio olor no lo delatara ante el invitado no deseado, y esperó con paciencia a que su nueva presa llegara hasta él.
- Fuera de nuestras tierras, estúpida rata –murmuro el moreno con desagrado, al tiempo que las uñas de sus manos se alargaban.
No tuvo que esperar mucho tiempo, pues segundos después una pequeña figura emergió de entre los árboles y no tardó en saltar sobre ella. El vampiro le mostró sus largos colmillos en cuanto detectó su presencia, pero no fue lo suficientemente rápido para esquivarlo, y se vio sorprendido por su enemigo natural.
- Maldito perro… -gruñó el vampiro con dolor, mientras las garras del animal se clavaban en su espalda.
Ambos rodaron sobre el suelo, uno buscado herir más profundamente, el otro tratando de liberarse. El vampiro siseó furioso por el ataque, tratando de llevar su mano hasta su cintura, donde siempre llevaba un puñal cuya hoja tenía algo de plata. Ideal para casos como este… Lástima que no pudiera alcanzarla.
La espada del invasor golpeó finalmente contra una roca, y los contrincantes dejaron de dar vueltas. El hombre lobo le gruñó con ferocidad, dispuesto a dar una mortal mordida en el cuello que acabaría con la vida eterna del vampiro. Pero entonces el licántropo olfateó con más cuidado la esencia que despedía la criatura bajo su cuerpo. Era como un viejo recuerdo enterrado en el sitio más recóndito de su memoria, aunque le parecía que antes había sido más dulce y cálido. Ahora el olor se había vuelto más picante, de cierta manera le daba la impresión de haberse tornado más llamativo, Sasuke estaba seguro de que con lo fuerte que era en ese instante lo reconocería en cualquier sitio.
El Uchiha se inclinó curioso sobre el vampiro, oliendo más de cerca lo que había llamado su atención, hasta el punto de lograr detener el ataque, sin que el moreno se percatara de ello. El lobo nunca se había topado con un olor así, era fascinante, enloquecedor, arrebatador, hacía que olvidara quien era o lo que hacía, con tal de conseguir más del mágico aroma.
- Por Kami… Eres tú –susurró una voz áspera cerca del oído del vampiro, quien parpadeó sorprendido ante el hecho. Nunca había escuchado a un licántropo convertido hablar, desconocía que fueran capaces de hacerlo.
- ¡Naruto! –gritó una voz a lo lejos, atrayendo a ambas criaturas a la realidad.
El rubio giró su rostro hacia la dirección de donde provenía la voz de Gaara, y luego regresó su vista al frente, hacia el licántropo. Sus ojos azules se toparon con una profunda mirada negra, que destilaban una emoción que no supo descifrar. Para sorpresa del Uzumaki, el lobo comenzó a retroceder con lentitud, como si buscara no asustarlo. Cuando los pasos de los cazadores se escucharon cerca, el animal ya estaba a varios metros de él.
Naruto se irguió dudoso, y no tardó en llevarse una mano para alcanzar su puñal. No podía creer que el lobo lo hubiera soltado solo así, a pesar de que el mismo vio como el negro pelaje de la figura lobuna se había fundido en la oscuridad.
Segundos después Gaara apareció detrás de él, con la ballesta apoyada en un brazo y el resto de sus hombres a pocos pasos.
- ¡Naruto! ¿Cómo se te ocurre salir de esa manera? –lo regañó el pelirrojo en cuanto llegó al lado del Uzumaki. Soltó un suspiro de alivio al darse cuenta de que, a pesar de los ruidos que le habían indicado la presencia de un lobo, el rubio se encontraba solo, aunque con unas cuantas heridas-. ¡Estuvieron a punto de matarte!
- Sólo me dejo ir… -balbuceo Naruto, ido en sus pensamientos y sin apartar los ojos de un sitio entre los árboles. El cazador dirigió la vista hacia ese lugar también, pero como no encontró nada de interés, regresó sus ojos verdes al rostro del vampiro, con una mueca de extrañeza reflejada en la cara.
- ¿De qué demonios estás hablando? –le preguntó el pelirrojo, al tiempo que lo tomaba por el brazo. El rubio saltó ante el toque, y negó rápidamente con la cabeza.
- De nada, dattebayo –contestó el Uzumaki con una sonrisa-. ¡Vámonos, Gaara! –dijo para después pasar un brazo por los hombros del pelirrojo-. O estaremos en problemas…
- Tú estarás en problemas cuando le cuente a Minato-sama –le advirtió Gaara frunciendo el entrecejo.
- ¿Y si no le dices nada al viejo? –le pidió el rubio con los ojos brillantes, como si estuviera a punto de llorar.
- No vas a chantajearme, Naruto –le contestó el Sabaku mientras se alejaban. Aunque le hubiera creído la obvia extorsión al chico, conocía de primera mano que los vampiros no podían llorar. Minato se iba a enterar, y el hijo rebelde recibiría su justo castigo-. Yo mismo le diré a tu padre.
- ¡Pero, Gaara…! –lloriqueó el rubio, sin darse por vencido.
A una distancia prudente del grupo que se retiraba en dirección norte, un muchacho moreno tenía una mano sobre el pecho, tratando de controlar los agitados latidos de su corazón y su respiración acelerada.
- Estoy muerto… -dijo Sasuke con voz incrédula.
No solo había descubierto que su pareja era un hombre, sino que además era un vampiro, y si era cierta la conversación que acaba de escuchar, se trataba del hijo del líder vampírico del Clan de los Namikaze.
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Detrás de cámaras
- ¡Por favor! –gimió Zaphy con los ojos llorosos, uniendo sus manos en un ademán suplicante.
- No molestes… -contestó la morena sentada sobre el sillón, sin apartar la vista del libro que sostenía entre sus manos. Se limito a cambiar de página, con toda la calma y paciencia del mundo.
- ¡Kory-san! -gritó la de cabello azul, con la voz ronca de tanto llorar.
- ¡No tengo tu tiempo, Objeto! –le respondió la morena de malas maneras.
Zaphy torció la boca ante la terquedad de su compañera. La mujer apretó los puños, se mordió los labios y después… saltó sobre la figura de la escritora.
- ¡Kory-san! –lloró la directora, con más agua saliendo de sus ojos que de las cataratas del Niagara.
- ¡Está bien! ¡Tómalo y deja de molestarme! –grito la morena perdiendo la paciencia, arrojándole algunas hojas de papel, que había estado escondiendo hasta ese momento entre los cojines del sillón.
- ¿Qué es esto? –preguntó Zaphy con extrañeza, tomando entre sus manos los impresos que le entregaban de tan educada manera.
- Es el guión del siguiente episodio de "Noches de luna llena", editado y listo para grabarse –respondió Kory encogiéndose de hombros.
- ¿¡Lo tenías listo y me hiciste rogarte por semanas! –gritó la de pelo azul mientras se ponía de pie, totalmente indignada.
- Sí –respondió la morena con naturalidad.
- ¿¡Por qué? –preguntó Zaphy, tentada de echarse al suelo y soltarse a llorar otra vez. ¡Si incluso se había arrodillado ante Kory-san en ese tiempo, suplicando por la continuación de la historia!
- Porque es divertido –le dijo Kory con voz aburrida-. Ese final era un desenlace literario perfecto… -añadió mientras formaba un puño.
- ¿Entonces porque escribiste lo demás? –le recriminó su compañera, señalándola con un dedo acusador.
- ¡Porque ya lo tenía en mi mente, sabelotodo! –respondió la morena como si fuera lo más obvio-. Solo que no quería mostrarlo al mundo.
- Egoísta –dijo Zaphy.
- ¡Y tal vez amargada! ¡Pero soy tu jefa! –gritó Kory.
- ¡Eres mi socia! –se quejó la directora.
- Detalles, detalles, detalles… -dijo la morena, agitando su mano como si espantara una mosca molesta-. ¡A trabajar, Zaphyrla! –le ordenó con voz dura a la de ojos dorados. Como si se tratara de un soldado raso ante un general, la de pelo azul se cuadro al instante, dando un saludo marcial.
- ¡Hai! –respondió la mujer antes de salir corriendo.
Las/los odio, las/los odio, las/los odio, las/los odio, ¡sobre todo a ti, Hibari! ¬¬ ¡Esto no era parte del plan! u_U Lamento que los haga esperar con YY, es que se me pasaba la luna llena, ¡y solo hay otra hasta el otro mes! /
Otra vez, quisiera que le dieran un vistazo a las dos páginas que cree en facebook, creo que les van a interesar n_n Ya saben unan los puntos, y vean las Notas xD La del Festival recomiendenla a sus escritores SasuNaru favoritos n_n
/ w w w. facebook. com/pages/Instituto-de-Fanfiction-para-Fujoshis/230460273680496
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Zaludos
Zaphy
Sela Yal than Rami usa te, finta Zaphyrla... Temo si la ura le.
