"Per aspera, ad astra…" Seneca; (4a.C. – 65 d.C.), filósofo, político, orador y escritor romano.

Todos los personajes son de Masashi Kishimoto, y no lucro de ninguna manera con ellos.


Especialmente dedicado a Hibari Kyouya


Capítulo 2. Luna de hielo

Advertencias:

OoC.

Yaoi (SasuNaru).

AU.

Algunas groserías.

La siempre presente falta de ortografía.

El lector podría morir de aburrimiento.

Por favor, ten en cuenta que Zaphyrla es una autora que suele tratar contenido YAOI (Relación Hombre X Hombre).

¡Si no te gusta, no leas!

-¡Gaara, ya dame mi muñeca! –chilló una niña rubia, de al menos doce años, mientras revisaba con desesperación cada rincón de la pequeña casa donde pudiera estar escondido su preciado juguete.

-¡Yo no la tengo! –contestó el pelirrojo, sentado desde la cama al fondo de la habitación, abrazando con fuerza a su oso de peluche. A su mente de seis años seguramente se le ocurrió que el Señor Lobo podía ser tomado como rehén durante la disputa-. ¡Kankuro la escondió entre la leña porque esta mañana le cortó un brazo!

El otro de los hermanos, quien estaba sentado a la mesa, se atragantó con el pedazo de pan que en esos momentos se tenía en la boca, al notar que ahora la niña rubia lo veía con ojos asesinos.

-¡Traidor! –le espetó el castaño a Gaara, pero el niño de ojos verdes se limitó a sacarle la lengua, sin sentirse ni un poco culpable. ¡Él no iba a ser ningún mártir!

La casa que habitaba la familia era una muy similar a cualquiera de las que se encontraban en aquel pueblo montañoso. Se trataba de una cabaña de tamaño respetable, de una sola habitación y con un pequeño ático que se llenaba de pieles, paja y algunos granos durante el invierno; también era el sitio donde solían dormir los niños. El resto del espacio estaba ocupado por la cama de los padres, en un rincón algo cercano al fogón de la cocina, y una robusta mesa de madera, en la que podrían acomodarse cómodamente seis personas.

-¡Auch! –se quejó Kankuro, cuando Temari se acercó hasta donde estaba y le soltó un sonoro manotazo en el cráneo-. ¡Mamá! – lloriqueó el crio en voz alta.

-¡Ya basta! –se alzó entonces la voz el único adulto presente, mientras se daba la vuelta para encarar a sus hijos. Con las manos puestas sobre su cintura, la mujer de cabello castaño claro y ojos azulados observó como Temari bajaba los ojos ante su acusadora mirada, aunque a pesar de todo la niña se cruzó de brazos, terca en tener motivos para haber golpeado a su hermano-. Ahora todos vamos a cenar –dijo Karura con un suspiro, al tiempo que comenzaba a colocar sobre la mesa unos tazones con comida, además de algo de pan.

Sin importar lo que pasara a su alrededor, a pesar de los aullidos de los lobos a la luz de la luna, y de la amenaza de los colmillos vampíricos sobre sus gargantas, sus tres pequeños aún eran unos niños, ¡mira que ponerse a pelear por una simple muñeca vieja!

"Espero que sigan así el mayor tiempo que el cielo lo permita" pensó la mujer con una ligera sonrisa, llamando con una mano a Gaara, quien todavía permanecía en un rincón apartado esperando a que una guerra se desatara entre sus dos hermanos.

La gente de ese sitio gozaba de una inusual neutralidad. No se habían aliado con el cercano clan de vampiros de los Namikaze, pero tampoco se encontraba en el territorio de alguna manada de licántropos, aunque no faltaba el aventurado que se uniera al grupo de merodeadores que frecuentaba la taberna del pueblo desde los últimos meses. A Karura le daban mala espina esos hombres huraños, y les tenía terminantemente prohibido a sus hijos siquiera acercárseles.

-Temari, estoy segura que no es nada que yo no pueda reparar con una aguja –le dijo su madre mientras colocaba una mano sobre la cabeza de la niña, para revolverle los rubios cabellos-, mañana Kankuro nos dirá donde quedó Kamatari y la coseremos. Y también mañana iras por más leña, jovencito –le advirtió la mujer al mayor de sus hijos, aunque este prefirió concentrarse en la sopa caliente que le había servido-. Ya que tanto te gusta estar entre la madera.

A pesar de que Karura se sentó a la mesa junto con sus hijos, no sirvió ninguna porción para ella. Sus ojos estaban clavados en la puerta, como si esperara que alguien la cruzara en cualquier momento. Aprovechándose de la distracción de la mujer, Kankuro le mandó una tentativa mirada a la cesta de pan que descansaba al centro de la mesa, y con una enorme sonrisa instalada en su cara, el chico estiró la mano y tomó el trozo más grande.

-¡Kankuro! –lo regaño su madre, en cuanto captó el movimiento por el rabillo del ojo-. ¡Hay cuatro personas en esta casa además de ti, deja pan para los demás!

-¡Pero cuando no está Papá yo soy el hombre de la casa y puedo tener su parte! –Se alejó su hijo con un puchero.

-¡Yo también soy hombre! –intervino entonces Gaara, dándole una mirada ofendida al castaño, seguida de otra bastante decepcionada al pedazo de pan que sostenía en la mano derecha, ahora muy pequeño, a su joven juicio.

-¡Tú eres un traidor! –le espetó el castaño, sacándole la lengua a su hermano menor.

Antes de que la castaña interviniera de nueva cuenta para detener otra discusión entre sus hijos, la puerta de la casa se abrió de golpe, sobresaltando a la pequeña familia. Pero cuando los profundos ojos azules de Temari reconocieron la figura que se perfilaba entre el marco de madera, la niña soltó un chillido y se levantó de prisa, arrojándose sobre el recién aparecido.

-¡Papá! –gritó emocionada la rubia, abrazándose a la cintura del hombre. Kankuro también se acercó ilusionado al mayor, recibiendo a cambio una amistosa palmada sobre la cabeza, aunque Gaara prefirió seguir con su cena. La presencia de ese hombre de cabello castaño y ojos oscuros lo intimidaba mucho a su corta edad.

-Bienvenido –dijo Karura con voz suave, al tiempo que tomaba las cosas que cargaba su esposo y lo conducía a la mesa-. Te esperábamos desde hace tres días –añadió la mujer en un susurro, y el castaño pudo detectar cierto reproche en sus palabras.

-Hubo problemas con la cacería –respondió el hombre con ligereza, encogiéndose un poco de hombros. No le dio mayor importancia al asunto.

-Shiro (1)… -lo llamó la mujer tratando de permanecer tranquila y de no llamar la atención de sus hijos-. No me gusta el trato con los licántropos, tengo un mal presentimiento…

-¿Quién te crees, Karura? ¿La Tercera Hermana? –preguntó el castaño con voz sarcástica, haciendo que la mujer se cruzara de brazos.

Los ojos de su marido se afilaron ante las expresiones de Karura, y entonces el castaño se llevó una mano hasta la cintura, desatando una bolsa de cuero de considerable tamaño que mantenía bien asegurada. Un tintineo de monedas se hizo presente, y Karura adivinó que Shiro había conseguido, como siempre en los últimos meses, una respetable cantidad de oro. Ahora su esposo era un merodeador más, alguien que se enfrentaba a los vampiros para cazarlos como si fueran animales, y aprovechar lo que se pudiera de esas criaturas.

Nunca habían vivido tan bien como en ese momento, el último invierno había sido menos duro que otros años, la familia se había permitido pequeños lujos e incluso estaban pensando en ampliar la cabaña, pero… Karura no se cansaba de decir que esos hombres se traían algo entre manos, y el asunto comenzaba a hartar a Shiro.

-Iré por agua al pozo –dijo la mujer dando un suspiro. Prefirió dejar por la paz el delicado tema, al menos durante esa noche, ya que era tarde y su esposo regresaba cansado. Además Temari los observaba preocupada por encima del borde de su plato, notando la tensión que había entre sus padres.

Shiro no le dirigió siquiera una palabra a su mujer mientras tomaba un cántaro de barro del suelo y se encaminaba a la puerta, pero otra persona se mostró más reticente a que la castaña se marchara, y llamó su atención tirando de la larga falda de su vestido.

-Mamá… No vayas, está oscuro y los vampiros podrían atacarte –dijo Gaara con evidente preocupación, y su padre soltó un resoplido de fastidio ante la dependencia del pequeño por su esposa.

-No tardare, amor –aseguró la mujer con una sonrisa, mientras se inclinaba hacia su hijo para dejarle un suave beso sobre la mejilla, antes de darse la vuelta hacia la calle.

El pelirrojo permaneció de pie frente a la puerta, esperando a que su madre regresara, aferrando su oso de peluche con aprensión. Esa actitud comenzó a sacar de quicio a su padre, quien trataba de concentrarse a toda costa en el relato que hacía a Kankuro de su última salida, pero al final no tuvo mucho éxito.

-Gaara, ¿quieres…? –empezó a decir el hombre con voz irritada, llamando la atención de Temari en la parte superior, quien ya alistaba las mantas para irse a dormir. Sin embargo, antes de que pudiera terminar la frase, un aterrador grito se escuchó fuera de la casa, helándoles la sangre a todos los que lo escucharon.

Adelantándose a la reacción de cualquiera de los niños, Shiro se había precipitado fuera de la casa. El merodeador podría reconocer esa voz en cualquier volumen, en cualquier tono, sin importar si fuera el miedo o la alegría lo que la deformara; eran años de experiencia adquirida por tenerla a su lado. Con los pies un tanto temblorosos, el castaño se acercó hasta un bulto que se encontraba en medio de la calle, a unos cuantos metros. Sus ojos ignoraron a propósito el líquido rojo que brotaba del cuerpo destrozado o los rasgos desfigurados de su rostro, y en cambio se posaron sobre el suave cabello color miel, que no le había heredado a ninguno de sus hijos.

-¿Karura? –preguntó el hombre con la garganta seca, viendo el cántaro de barro roto que estaba al lado y reconociéndolo. La sangre se mezclaba con el agua.

Ninguna respuesta fue recibida.

-¡¿Mamá? –chilló la voz de Gaara a sus espaldas, haciendo reaccionar a su padre.

El hombre se giró hacia la puerta de su casa, y se sintió ligeramente aliviado al ver que Temari, agudamente, había tomado a su hermano menor entre sus brazos y tapado los ojos con una mano para que no viera el desagradable espectáculo. Kankuro estaba temblando y su mirada estaba algo brillante, pero a pesar de todo supo mantener la entereza.

Menos preocupado por sus hijos, Shiro tragó saliva, y se arrodilló con sorprendente frialdad ante el cadáver de su esposa. Examinó las heridas minuciosamente, dándole un vistazo también al suelo a su alrededor. Notó como Kankuro se acomodaba a su lado y, al escuchar algunos sonidos ahogados provenientes de su garganta, temió que el chico vomitara en las cercanías. Para entonces, el hombre ya había visto todo lo que necesitaba.

-Esto no fue un vampiro –sentenció Shiro en un siseo, con las aletas de su nariz comenzando a dilatarse por la furia. Una masacre como esa solo podía causarla una criatura en la tierra.

Como si su pensamiento hubiera sido escuchado por los culpables escondidos entre las sombras, una verdadera orquesta de aullidos se alzó en medio de la oscuridad, elevándose hacia la luna. Más gritos de terror poblaron el pueblo.

Maldiciéndose interiormente por la traición recibida por los lobos, y maldiciendo también su terquedad, Shiro tomó al mayor de sus hijos varones por un brazo, para adentrarse de regreso a la casa. No necesito decirle a Temari que lo siguiera, llevando a Gaara consigo. El hombre se dirigió hasta la cama y de un baúl de madera a sus pies, comenzó a sacar un arma tras otra. Tomó una larga y afilada espada, herencia de familia, mientras que se echaba una ballesta al hombro. Dos dagas de plata acabaron en las manos de su primogénita y en la de Kankuro; a Gaara, en cambio, le fue encomendada la tarea de cuidar el pequeño patrimonio que el jefe de la familia había logrado reunir hasta ese momento.

Karura siempre había sido una mujer muy intuitiva, era uno de los rasgos que más lo habían atraído con ella, y al mismo tiempo, uno de los que más lo fastidiaban. Shiro sabía que nada bueno salía de no escuchar los consejos de su esposa, pero él era tan terco… Con un suspiro, el mayor se arrodilló delante de Kankuro, colocándole una mano sobre el hombro.

-Kankuro, toma a tus hermanos y salgan de la aldea –dijo el castaño con voz firme-. Corran, ¡no dejen de hacerlo hasta que lleguen al castillo de la colina!

Los ojos azules de la niña se abrieron con verdadero terror, mientras que la respiración de Kankuro comenzó a acelerarse. El castillo de la colina más alta de los alrededores, el castillo de los Namikaze, el castillo de los vampiros. ¿Por qué su padre los enviaba precisamente a ese lugar?

-Pero… -intentó alegar el niño con voz temblorosa.

-¡Ahora! Tú eres el hombre de la casa, ¿¡lo recuerdas? –gritó su padre con impaciencia, zarandeándolo por los hombros.

Kankuro se llevó una mano a la cara, tallándose con fuerza los ojos para disminuir el ligero picor que sentía en ellos, pero solo basto que Temari rozara su mano para que se aferrara a ella como si de una garra se tratara y que cumpliera la orden de su padre. Salió corriendo de la cabaña, y enfiló con sus hermanos entre las casas vecinas, sin dar una mirada atrás, como Shiro tenía la costumbre de hacer cada vez que partía a algún encargo.

El merodeador siguió con paso tranquilo a sus hijos, viendo como sus pequeñas figuras se perdían entre las sombras de la aldea. Colocó la ballesta sobre su brazo y con toda la sangre fría que poseía apunto en su dirección, haciendo que una flecha con la punta de plata saliera disparada hacia ellos a una velocidad aterradora.

El cuerpo sin vida de un lobo cayó delante de él a unos cuantos metros, pero un par de aullidos en las cercanías indicaron que la lucha apenas empezaba. La manada buscaría venganza por la muerte de su compañero, y Shiro se convertiría en un blanco prioritario por semejante afrenta, pero al hombre poco pareció importarle. Se había dado cuenta de que el animal rondaba su cabaña, seguramente se trataba del mismo que asesinó a su esposa, y además, mientras más escándalo hiciera dentro de la villa, más posibilidades había de que sus hijos pasaran desapercibidos y lograran escapar.

Justo cuando el grupo de infantes llegaban al límite del poblado, Temari creyó oír un gruñido a su izquierda, y mientras sus ojos se giraban en esa dirección, por instinto empujó a sus hermanos fuera del camino. Un escalofriante sonido escapó de la boca de la niña cuando las fauces del licántropo se cerraron sobre su hombro, peligrosamente cerca de la garganta. Aún con la cabeza dándole vueltas por el fuerte choque con el animal, la rubia tuvo la entereza suficiente para sujetar la hoja en su mano y clavarla en la cabeza del animal. La acertada acción de la chiquilla provocó que el lobo la soltara momentáneamente, agitando con desesperación su cabeza de un lado a otro para tratar de libarse de la daga en su cráneo, y eso le dio a Kankuro el tiempo suficiente para reaccionar y clavarle su propia cuchilla por la espalda, atravesándole el corazón.

-T-toma eso, maldito perro… -se regodeó la de ojos azules, mientras trataba de salir de debajo del cuerpo inerte del licántropo.

El castaño se apresuro a ir en su ayuda, empujando a la enorme masa de músculos hasta que liberó el cuerpo de su hermana mayor. Temari permaneció en el mismo sitio, sujetándose la herida para tratar de contener la hemorragia y con los ojos amenazando con cerrarse de un instante a otro.

-Es hacia el oeste, Kankuro –le dijo la rubia al castaño, señalando el camino con la cabeza, sin vacilación o duda en su tono.

-¡No sin ti! ¡Papá dijo "Kankuro, toma a tus hermanos y salgan de la aldea"! –replicó su hermano con voz asustada, pero la terca niña se limitó a extender la mano para sacar su daga del cuerpo del lobo y después se la tendió a Kankuro. Con una herida como esa solo sería una carga para sus hermanos.

-Gaara es un crio de brazos que todavía necesita que lo cuiden, Kankuro –fueron las duras palabras de Temari, al tiempo que le volteaba la cara a los chicos-. Yo puedo cuidarme sola.

Kakuro se mordió los labios temblorosos, y justo cuando Temari pensaba que tendría que insistir, el castaño le arrebató el arma y se dio la vuelta para salir corriendo junto con Gaara.

-¡No! ¡Temari! ¡Temari! –intentó regresarse el pelirrojo, luchando para que Kankuro lo soltara, pero todo lo que consiguió fue que su hermano se lo echara al hombro como si se tratara de un costal de papas, sin detener su veloz carrera.

-¡Por aquí! –dijo triunfante el castaño, después de unos cuantos minutos de haberse adentrado en el bosque. A lo lejos, alzándose imponente sobre una loma montañosa, se perfilaba la oscura figura del castillo que era su destino.

Un sentimiento de profundo alivio se esparció por el pecho de Kankuro, por lo menos hasta que nuevos gruñidos surgieron a sus espaldas, casi podía sentir el fétido aliento de esas criaturas sobre sus cuellos.

-¡Nos está alcanzado! –le dijo Gaara, a pesar de que no había ninguna necesidad de hacerlo. El castaño podía percibir por sí mismo la poca distancia a la que se encontraban las bestias que los perseguían, esta vez eran dos y gracias a su sobrenatural velocidad les darían alcance en poco tiempo.

Kankuro gruñó de dolor cuando sus pies tropezaron en el pedregoso camino y terminó rodando por el suelo junto con su pequeño hermano. Conteniendo como podía los jadeos que le cortaban la respiración, el mayor se puso en pie con rapidez, mirando para todos lados en busca del peligro que se les venía encima. El estremecedor coro de aullidos cada vez más cercano reducía sus opciones, y la temblorosa figura del pelirrojo a sus pies, todavía levantándose con dificultad, no era de ninguna ayuda.

Decidido, el muchacho tomó a Gaara por los hombros para después empujarlo contra un viejo tronco de un árbol que se encontraba a su derecha. La madera estaba hueca cerca de la base de la planta, haciendo un escondite perfecto para el niño gracias a su pequeño tamaño. Kankuro se aseguró de que su hermano tuviera las monedas que le había dado su padre y además le entregó la daga de Temari, obligando a Gaara a sujetarla con firmeza.

-No te muevas –le dijo el castaño con rapidez, colocando sus manos sobre las mejillas del de ojos verdes, viendo esas aguamarinas directamente-. Oigas lo que oigas, veas lo que veas, ¡no te muevas, Gaara!

Tomando al niño por sorpresa, Kankuro abrazó con fuerza a su hermano, para luego de darse la vuelta y salir corriendo en la dirección contraria. El pelirrojo apenas lo pudo ver unos instantes, antes de que su figura se perdiera en medio del bosque, antes de que dos sombras caninas fueran tras el castaño.

La distancia no fue lo suficientemente larga.

El de ojos verdes se llevó ambas manos a los oídos, con las lágrimas corriendo por sus mejillas. Trataba de no ser consciente del mundo que lo rodeaba, justo como Kankuro se lo había pedido, pero a pesar de todo pudo escuchar los gritos de su hermano, los aullidos del lobo y otros escalofriantes sonidos de los que no se atrevía a imaginarse su procedencia, y entonces… un siseo se elevó por encima de todo lo demás, dejando el silencio detrás de él.

Unos pasos se dirigieron hacia el sitio donde se ocultaba el niño, y todo lo que pudo hacer Gaara fue abrazarse a sí mismo, esperando su fin, pero en vez de dientes clavándose como cuchillos afilados sobre su cuerpo, todo lo que sintió fue una mano fría posarse sobre su cabeza.

-¿Estás bien? –le preguntó una voz melodiosa. El sonido era hermoso, de ninguna manera podría pertenecer a un licántropo.

Todavía temeroso de lo que podría encontrase, Gaara alzó sus ojos verdes-azules contra el cielo nocturno, y ahí, perfilada contra la luz de la luna llena, una divina visión le dio la bienvenida. Sus ojos eran de un impresionante color azul, parecían brillar por sí mismos, y sus cabellos eran rubios como la luz del sol, aunque unos blancos colmillos que sobresalían hasta sus pálidos labios hicieron que naciera cierta desconfianza dentro del pelirrojo, ese sentimiento desapareció en cuanto la sobrenatural criatura le regaló una sonrisa cálida.

-¡Toma mi mano, dattebayo! –le pidió el vampiro, extendiendo hacia Gaara la mencionada extremidad y, sin ninguna duda reflejada en su aguamarina mirada, Gaara la tomó.

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-¿Gaara-sama? ¿Se encuentra bien? –preguntó una voz a sus espaldas y el muchacho dio un respingo debido a la sorpresa.

Cuando el pelirrojo se apartó de la ventana y se giró, se encontró de frente con los ojos blancos de un vampiro. El Sabaku no lo reconocía, a decir de verdad, pero sin duda debía tratarse de un Hyuga a las órdenes de Minato. Los sobrevivientes del Clan de los Hyuga se habían unido al viejo Namikaze y aceptado su liderazgo después de ser casi exterminados en una rencilla con una manada de licántropos. Las historias que se contaban por lo bajo entre los cazadores, referentes al suceso, podrían helarle la sangre a cualquiera; los ojos de Neji en especial, se teñían de rojo con siquiera una insinuación sobre el asunto.

-Si, solo recordaba algunas cosas –contestó Gaara con voz indiferente, al tiempo que corría la cortina de la ventana, ocultando el paisaje nocturno tras la tela. Desde ese lugar podía observar con claridad el sitio donde fue encontrado el cadáver de Kankuro.

-Minato-sama ya puede recibirlo –le informó el vampiro con una inclinación de cabeza apenas perceptible. Después extendió su mano de manera elegante, señalando las cercanas puertas dobles que daban a otra habitación, continua al pasillo donde esperaba Gaara.

Asintiendo con la cabeza, el pelirrojo se dispuso a seguir al vampiro. Cuando ambos hombres entraron al pequeño cuarto que le servía como una especia de oficina al líder de los vampiros, el muchacho entendió porque Minato no lo había atendido con rapidez. El rubio estaba envolviendo cuidadosamente la muñeca de Umino Iruka, usando una venda, al tiempo que en el rostro del Namikaze se reflejaba una sincera disculpa.

La familia del castaño había dirigido a los humanos al servicio de ese clan de vampiros desde los tiempos del sucesor del Primer Hermano. Era una época difícil y la alianza demasiado tentadora por ambas partes. Un tributo de sangre fue el precio que los vampiros pidieron a cambio de la protección a los humanos, y estos aceptaron, con la condición de que fuera sólo sangre y no vida lo exigido. Aunque no faltara el que se horrorizara ante la idea de acercarse a una de esas criaturas en el momento en que se encontraban sedientas de sangre, los Umino siempre fueron fieles ante el tributo de sangre, aún con Minato, que les ordenaba a sus subordinados depender sólo de voluntarios.

Para el Sabaku no era raro presenciar esa clase de escenas, pero a pesar de repetirse una y otra vez, ver los blancos colmillos hundirse en la tibia piel seguía manteniendo una ligera aura de intimidad que nadie deseaba invadir.

Con la cara algo pálida, y también bastante cansado para hablar, Iruka se limitó a saludar con la mano a Gaara, antes de retirarse de la habitación, seguido por el Hyuga, quien dio una reverencia más profunda, dedicada a Minato. Pasado el momento incómodo, el rubio pudo concentrarse en la visita que aguardaba con paciencia.

-Gaara, supe que sacaste de un bien lío a Naruto la noche pasada –dijo Minato con una sonrisa, al tiempo que caminaba hasta una mesa cercana que tenía algunos papeles encima, colocados de manera desordenada. Se tomó su tiempo para apartarlos con una mano, revelándose debajo un enorme mapa que ocupaba toda la superficie del mueble.

-En realidad no fue gran cosa, el lobo se fue en cuanto nos escucho ir hacia ellos –fue la respuesta del pelirrojo.

-Un animal listo –replicó el Namikaze con el entrecejo fruncido.

El asunto no le había hecho ninguna gracia al rubio, y por más que se quejo y pataleó Naruto por el castigo, el muchacho ahora se encontraba prácticamente recluido en el castillo. Solo la amenaza de un nuevo destierro lo había obligado a cerrar la boca.

El pensamiento que Minato tuvo sobre el rebelde Uzumaki le hizo recordar otra discusión que el vampiro todavía sentía reciente, como si hubiera sucedido ayer; pero por supuesto, el tiempo no pasaba de la misma manera sobre su raza que por la de las fugaces vidas humanas.

-Gaara –llamó al muchacho-, ¿todavía quieres ser convertido? –le preguntó el vampiro con seriedad.

El repentino interrogatorio tomó por sorpresa al pelirrojo, sentimiento que se reflejo por unos segundos en su mirada, pero que fue hecho a un lado con rapidez.

-Sí –contestó el Sabaku sin asomo de duda, provocando que a Minato se le escapara una triste sonrisa.

Sus ojos sobrenaturales le habían jugado una mala pasada, al cambiar la figura masculina del chico por otra femenina que ya no se encontraba en este mundo. Tal vez el color de cabello fuera bastante similar, aunque sin duda el de Kushina era más largo y el olor que había quedado marcado en la memoria, incomparable, pero la determinación que desprendía el Sabaku por cada poro era la misma.

-Cuando un niño de diez años me dijo lo mismo hace tiempo, pensé que solo era una ilusión infantil –confesó el Namikaze con un algo de culpabilidad, pero sus palabras apenas perturbaron al pelirrojo. Mientras el vampiro hablaba, sus pasos lo llevaron hasta una butaca cercana-. No recuerdo haber tenido un momento más feliz que la noche en que Naruto nació. Fue mi milagro… y mi pecado. Convertirlo no fue lo que yo hubiera deseado para él, pero si la opción más segura.

Gaara asintió levemente con la cabeza, la relación entre la vidente Kushina y el vampiro Minato era la primera historia que se escuchaba al entrar en el castillo, pero por lo demás no respondió. El rubio no se ofendió ante el parco comportamiento del cazador, acostumbrado ya al carácter que lo representaba. En noches así como echaba de menos a Kakashi… Pero el singular temperamento del Sabaku también provocaba que sus sentimientos hacia el último descendiente de la Tercera Hermana fueran más que evidentes: bastaba la sola presencia de Naruto para que Gaara saliera de su coraza.

-Me alegra que haya alguien que quiera tanto a mi hijo… -murmuró Minato, más para sí mismo que para el muchacho presente.

-¿De verdad me cree? –preguntó el de ojos aguamarina, sin poder evitar la tentación, y la pregunta debió haber tomado con algo de sorpresa al vampiro, porque su respuesta demoró.

-Si no te creyera ya estarías muerto –dijo el inmortal sin ninguna vacilación-, por tratar de conseguir la inmortalidad usando a Naruto –añadió al ver que una ceja pelirroja se alzaba de manera interrogante-. Puede que mi hijo tenga más años que tú, pero de cierta manera… ¡Ese chico sigue siendo un niño! –exclamó antes de soltar una sonora carcajada, un sonido que se percibió tan cálido que cualquiera diría había salido de una boca humana.

-Así me gusta… -susurró el Sabaku con una ligera sonrisa en los labios.

-Gaara, te has ganado el respeto de mi familia, la lealtad de los cazadores, todo mundo da por hecho que estarás al lado de Naruto si yo llegó a morir –comenzó a enumerar Minato, repasando los numerosos logros que el muchacho había conseguido en poco tiempo-, si él te convierte, los vampiros te reconocerán como su pareja. Sin embargo… si Naruto no te acepta, no voy a obligarlo –dijo el vampiro de forma tajante.

-Si él no me quisiera, no me gustaría ser aceptado solo por lástima –respondió Gaara en el mismo tono, e inmediatamente el semblante del Namikaze volvió a suavizarse.

-Me alegra que haya alguien que quiera tanto a mi hijo –repitió el rubio, y esta vez se lo dijo a Gaara a los ojos-. Estoy seguro de que a Kushina también le gustaría…

Inconscientemente una mano fría fue llevada hasta la altura del pecho, justo sobre el lugar donde un corazón que había dejado de latir siglos atrás permanecía suspendido, incorruptible a pesar del tiempo transcurrido. Los dedos de Minato acariciaron el contorno del pequeño relicario que pendía de su cuello, el pensamiento fijo en su valioso contenido. No obstante, al cavilar sobre un ser querido que tuvo un fin trágico, el hilo de tus reflexiones te lleva tarde o temprano hacia los culpables.

-Cazador –fue la palabra que Minato uso entonces para llamar a Gaara, y el pelirrojo supo que era tiempo de asumir su papel como líder de dicho grupo-, ¿qué noticias me trajiste de los lobos Uchiha?

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-¿Qué pasa con Sasuke? –preguntó Shikamaru, observando como el mencionado muchacho salía a paso veloz del lugar donde la manada se reunía para comer, contar las ultimas noticias o, en general, para armar alboroto.

Se trataba de una enorme sala, de hecho, se trataba de la cueva más amplia del sistema de cavernas en los que residía el grupo de licántropos. La parte central estaba ocupada por una enorme mesa de madera, toscamente tallada, con algunas mesillas a su alrededor dispersas aquí y allá. Una gigantesca chimenea fue construida en la pared este, donde usualmente se cocinaba el plato principal de la cena, producto de la cacería del día, mientras que el resto de los platillos eran traídos desde las cocinas. Había varias escalinatas pequeñas que se alineaban a los costados del salón, talladas sobre la roca misma sin ningún orden aparente, debido en gran parte a que fueron creadas en distintas épocas. Llevaban a las habitaciones superiores, que bien podían ser otros niveles del comedor, aprovechándose de la estructura quebrada del terreno, o terminar en angostos pasillos que conducían finalmente a otras cavernas que funcionaban como vivienda.

El Nara se encontraba cenando en una de esas salientes cerca del fuego, acondicionada como un pequeño comedor secundario. En realidad no era más que una mesa sencilla rodeada de varias butacas muy acolchonadas, un lugar bastante oscuro ya que el reducido espacio hacia peligroso tener una iluminación mayor a una vela. Sin embargo, la escalera por la que se ascendía al sitio era pequeña y estrecha, oculta entre el resto de las piedras, lo que daba bastante privacidad, tenían además, gracias a la altura, una buena panorámica del salón principal. Kiba hubiera preferido estar abajo con el resto de la manada, pero debido a que Shikamaru y Shino resultaron ser sorprendentemente antisociales para tratarse de licántropos, no le quedaba otro remedio.

-¿Ah? ¿Qué pasa con qué? –preguntó el Inuzuka con curiosidad, apartando la vista de su plato. Sus ojos siguieron la misma dirección que el otro castaño, justo a tiempo para ver como el Uchiha cerraba con relativa facilidad las puertas dobles del comedor al salir, provocando un ligero descenso del ruido general con el portazo, antes de volver con más fuerza.

-Últimamente ha estado de mal humor… –murmuró Shikamaru de manera pensativa, sosteniéndose el mentón con una mano.

-¿Sasuke? ¿En serio? –dijo Kiba, señalando burlón al otro muchacho, usando una pierna de pollo.

-No es su cotidiano mal humor –le respondió el Nara, girando su rostro hacia él-, ahora parece que si te atreves a hablarle te comerá vivo.

El grupo permaneció unos segundos en silencio, cada uno con el comportamiento que el moreno había estado teniendo los últimos días recorriéndole la mente. Era normal que Kiba no le diera mayor importancia a esas cosas, y aunque sin duda Shikamaru las habría notado, de ahí a que compartiera las inquietudes que sentía con sus compañeros… Por supuesto, Shino solía guardarse para sí mismo la mayor parte de lo que pasaba por su cabeza.

-Ahora que lo pienso, hasta Ino se ha controlado con su acoso –dijo de pronto el Inuzuka, golpeándose la palma de la mano con el puño de la contraria-. Desde que Sasuke le gritó ayer no se ha atrevido a salir de las cocinas…

Shikamaru sonrió al recordar lo feliz que se había puesto Chouji con la presencia de la rubia, aunque está luciera bastante alicaída. El castaño era de la opinión que Ino debía hacer a un lado la idea de enamorar a Sasuke, para comenzar a cumplir con las responsabilidades que tenía para con la manada y no dejarle toda la carga de trabajo al Akimichi.

-Tal vez solo le hace falta retozar con alguien que le de calor –masculló Kiba entre dientes, con una marcada picardía en la mueca-. No me parece que el Señor Dirigiré la Manada Algún Día haya encontrado a un compañero de cama "digno".

El Nara solo rodó los ojos ante el comentario, y una vez que quedó claro que nadie celebraría su chiste, el castaño deseó que por lo menos Lee estuviera presente. Entonces siquiera podría haberse burlado de la avergonzada cara de su amigo.

-Son tan aburridos –se quejó Kiba con voz cansina, recargando su mano izquierda contra la mejilla al tiempo que extendía la otra sobre la mesa-. Y luego se quejan de que quiero… -fue en ese momento que el castaño notó como una mano ajena serpenteaba por su antebrazo, hasta que se posó firmemente sobre la suya y los dedos de ambas se entrelazaron.

El Inuzuka apenas tuvo tiempo de abrir al máximo sus ojos, sorprendido, cuando unos labios suaves rozaron el límite entre su cuello y la mandíbula, antes de seguir el recorrido sobre cualquier trozo de piel al alcance.

-S-shino… -balbuceó el castaño, mientras que el aliento del otro le acariciaba el lóbulo de la oreja. Pronto no fue sólo el tibio vaho que salía de la boca del moreno lo que percibía, sino que el Aburame añadió su lengua a la tortura que infligía sobre su acompañante, e incluso se dio el lujo de morder un poco aquel suave trozo de carne-. No, e-espera…

-Son tan problemáticos –los interrumpió Shikamaru con voz cansina-, no hagan eso delante de mí. Ne, Shino, sigo aquí, ¿sabes? –le dijo al moreno, y aunque este pareció no escucharle, el castaño fue repentinamente consciente de que no se encontraban solos.

-¡¿Hacer qué? –gritó el castaño, tratando de apartar al Aburame con rapidez-. ¡No estábamos haciendo nada!

-No tienen que fingir delante de mí –respondió Shikamaru, tratando de contener un bostezo, con malos resultados a decir verdad-, Shino me amenazó el otro día con que no volviera a acercarme tanto a su pareja. Da miedo que se quite los lentes…

-¡Shino! –le reclamó Kiba a su pareja, pero el moreno se limitó a sujetarlo por la cintura y acomodarse sobre la espalda del más bajo, de manera que el olor que desprendía su cuerpo le llegara con comodidad hasta la nariz.

-No puedes culparlo, me imagino que debió ser insoportable tener que aguantarme todo este tiempo –lo tranquilizó el Nara, aunque una ligera sonrisa de burla se asomó por sus labios-, pero le dije que no debía preocuparse por mí, y parece que se quedó tranquilo.

Kiba se le quedó viendo con cierta desconfianza a su amigo, con la curiosidad por saber qué clase de conversación habían tenido esos dos tentándolo para que abriera la boca; sin embargo, Shikamaru le mandó una mirada extraña a Shino, que el chico de triángulos en la cara no supo interpretar, antes de regresarla al alboroto que la manada armaba en el comedor principal. El castaño estaba bastante sorprendido de que los ojos del Nara, en lugar de apáticos, lucieran bastante nostálgicos.

-No creo que sea mal visto en la manada, la naturaleza elige por nosotros y nunca se equivoca –susurró entonces Shikamaru. Kiba torció la nariz y mostró los dientes, haciendo que su amigo se girara con rapidez hacia el sitio donde se encontraba sentado.

Aunque Shino seguía en la misma posición, y gracias a las gafas oscuras uno no estaba seguro de si el Aburame seguía despierto o se había dormido, los ojos negros del licántropo se percataron del movimiento que hizo Kiba al sujetar los brazos que envolvían su cintura.

-Estamos esperando a que se le bajen los ánimos al viejo Fugaku por lo que paso con Itachi –dijo el castaño, como si quisiera dejar en claro que no se avergonzaba de su relación-, sino tal vez nos dé algo más que solo una reprimenda.

-Sí… -susurró Shikamaru, sonriendo ante las ocurrencias del Inuzuka-, sería problemático hacer enojar al viejo alfa.

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Sasuke estaba en la parte más alta de la montaña donde encontraba la cueva de la manada. En generaciones pasadas, cuando los roces entre los descendientes de los Hermanos eran menos evidentes, la familia Uchiha tenía construcciones en la superficie y además los licántropos no contaban con un solo asentamiento. De eso solo quedaba ruinas, como la ventana donde ahora se recargaba el muchacho, que estaba destruida casi en su totalidad.

Los pensamientos del moreno vagaban por lo sucedido la noche pasada, cuando se había encontrado con cierto vampiro rubio de ojos azules. Por supuesto que no había comentado con nadie lo sucedido, ni siquiera con Itachi o su padre. Aunque el licántropo desconocía la mayor parte de las reglas que regían un clan de vampiros, sabía que era una práctica común entre parejas dejar que uno tomara la sangre del contrario, y dentro de la manada, ese crimen era castigado con muerte.

"¡Pero para empezar yo no voy a acercarme a ese chico!" gruñó el Uchiha dentro de su mente, alzando los ojos hacia la luna "No puedo creer… que ese vampiro sea…".

De pronto, un ligero olor a tela algodón llegó hasta la nariz de Sasuke, mezclado con un imperceptible toque a pólvora, que con facilidad podía pasarse por alto.

-Deidara… -refunfuñó el moreno, un segundo antes de que una cabeza rubia apareciera suspendida al revés, desde el límite superior de la ventana hecha escombros.

-Sasuke –respondió el de ojos azules con una mueca burlona, para después hacer una pirueta en el aire y terminar cómodamente sentado en el alfeizar medio destruido. Por supuesto, sólo el hermano de Itachi o Itachi mismo serían capaces de descubrirlo mientras usaba la capa; la tela no terminaba de dar tan buenos resultados a si se estuviera ocultando un vampiro, pero interfería bastante con el olfato de los hombres lobo.

-¿Te estás escondiendo de Itachi? –le preguntó fastidiado Sasuke, rodando los ojos, al reconocer la ropa que el otro vestía -. Me matara si me descubre a solas contigo.

-Que mala suerte para ti –contestó Deidara encogiéndose de hombros. Los pleitos que tuvieran los hermanos lo tenían sin cuidado, además él había llegado a ese sitio antes que el menor, si tanto le molestaba su presencia que se fuera el otro.

Pero pasados unos minutos se hizo evidente que Sasuke no pensaba ceder con facilidad su escondite, los pensamientos de Deidara debían ser muy similares, si se juzgaba por las miradas asesinas que le mandaba a su pariente político de vez en cuando. Aunque el Uchiha lo ocultaba bastante bien, la presencia del otro muchacho comenzaba a ponerlo nervioso. Nunca había reparado mucho en la presencia de la extraña pareja que había escogido Itachi, y de hecho su picante olor le irritaba la nariz, pero sólo hasta esa noche el moreno le dio alguna importancia al largo cabello rubio o a los brillantes ojos azules que poseía el humano.

Y Sasuke se maldijo a sí mismo una vez más, cuando los recuerdos del encuentro en el bosque acudieron otra vez a su mente.

-¿Por qué huyes de mi hermano? –preguntó el Uchiha, tratando de distraerse con cualquier otra cosa. Deidara abrió momentáneamente la boca, sorprendido porque el chico quisiera iniciar una conversación civilizada, pero pronto una mueca de prepotencia cubrió su rostro.

-¡No te importa, uhm! –respondió el rubio, volteándole la cara al de ojos negros. Una vena saltó en la frente del moreno, pero antes de señalar de manera sarcástica el infantil comportamiento del otro, los ruidos de alguien corriendo por el pasillo a sus espaldas llamaron la atención de ambos.

Con una velocidad bastante respetable para tratarse de un humano, Deidara saltó de la ventana y se ocultó entre el montón de rocas debajo de ella. Para cuando Sasuke giró su cabeza hacia su cuñado, este ya se encontraba oculto.

-¡Deidara-san…! –llamó una voz alarmada, y luego una media docena de personas irrumpieron en el lugar a donde el moreno había ido a meditar con tranquilidad. El grupo de búsqueda se quedó petrificado cuando, en lugar del rubio, se encontraron con el rostro molesto del hijo menor del líder de la manada-. Lo sentimos, Sasuke-sama –balbucearon varios en desorden, mientras se giraban para irse por donde habían venido.

-Apresúrense, o Itachi-sama nos matara –dijo un lobo joven que iba hasta el final de la fila-. ¡Aunque juró que escuche su voz por aquí…!

El Uchiha aguardó pacientemente a que sus poco cuidadosos pasos dejaran de escucharse, para dirigirse de nuevo al rubio, que se asomaba poco a poco fuera de su improvisado escondite.

-¿Entonces? ¿Me vas a contestar? –preguntó Sasuke, ahora con una media sonrisa de burla-. ¿O quieres que los llame de vuelta?

-¡Me ahoga, ¿está bien? –le gritó Deidara, enseñándole los dientes. El moreno tuvo la tentación de señalarle la evidencia del tiempo que el mayor había pasado con la manada, pero sospechaba que no podría refrenar las quejas del humano-. ¡Hay días en que no lo soportó! Ese estúpido perro… ¡Solo necesito respirar a dos metros de él de vez en cuando! No es como si quisiera dejarlo, uhm… -refunfuñó al final, cruzado de brazos-. ¿Sabes que ha estado retrasando mi conversión? –le confesó al moreno, señalando a Sasuke como si fuera el culpable. El licántropo quiso negar con la cabeza, una señal al menos de que estaba siendo parte de la conversación, pero antes de siquiera comenzar a mover su cuello, el rubio ya estaba hablando de nuevo-. El idiota cree que no lo notó, pero sé cómo me ve cada vez que mencionó el tema… ¡¿Para qué me quiere aquí entonces? Debería regresar a mi aldea.

-El idiota eres tú –lo interrumpió el Uchiha de mal humor. Los gritos del otro le perforaban los oídos, y como la capa comenzaba a deslizarse por sus hombros, el olor de Deidara le llegaba con más fuerza a las fosas nasales, irritándolas. El menor juraba que comenzaría a estornudar de un segundo a otro-. Tú eres el que no entiendes nada.

Ofendido, el de ojos azules se puso en pie sobre el alfeizar de la ventana, dispuesto a saltar para irse de ahí, y entonces un pensamiento se iluminó en la mente de Sasuke.

-Itachi no te ha explicado nada, ¿verdad? –le preguntó el moreno al otro, aunque con algo de incredulidad en la voz. Deidara permaneció cruzado de brazos, esperando a que el muchacho se explicara mejor-. No te contó –gruñó ahora Sasuke, esta vez con toda seguridad-. Entonces él es tan idiota como tú –dijo mientras rodaba los ojos.

-¿Vas a hablar, o seguirás quejándote toda la noche de lo idiota que es el resto del mundo, uhm? –le espetó el rubio, cansándose de los lamentos del de ojos negros. Muy forzadamente, el moreno se dispuso a contestarle, porque no quería ni imaginarse las tonterías que podría cometer ese loco, la pareja recién reclamada de un licántropo alfa. ¡Menudo lío se armaría en la manada!

-Mi hermano no te deja ni a sol ni a sombra no solo por lo protectores que son los hombres lobo con sus parejas, sino porque además eres un humano –dijo Sasuke como si fuera lo más obvio-. Eso te hace más frágil a su juicio, pero también significa que no hay seguridad de que él sea tu pareja. Entre nuestra raza es fácil –siguió explicando, encogiéndose de hombros-, ambos se reconocerán por el olor y a partir de ese momento no tendrán otra pareja el resto de su vida, aunque uno de los dos muera.

El Uchiha no pudo evitar pensar en su madre, Mikoto, y en como su padre había comenzado a envejecer con rapidez después de su muerte. También pensó en Naruto, la idea de que ese vampiro nunca podría reconocer su olor de la manera en que él reconocía la esencia de que lo hechizaba le hizo abrir mucho los ojos, y una ligera punzada se instaló dentro de su pecho.

-Pero como te dije, Itachi no tiene esa seguridad –trató de retomar la conversación el moreno, después de ese breve momento de silencio, a pesar de que la voz le salió algo pastosa por la garganta y de que los latidos de su corazón se tornaron bastante fuertes. Deidara no pudo notar nada de eso-. En otras palabras, él no puede vivir sin ti, pero tú si puedes vivir sin él.

-¡Pero si me muerde…! –intentó alegarle el rubio, como si Sasuke lo estuviera acusando de algo.

-Y ahí está el segundo problema –lo interrumpió el Uchiha, con una sonrisa que evidenciaba lo mucho que le gustaba saber algo que el mayor desconocía-. Si te muerde encontraras a tu verdadera pareja. Eso es a lo que más miedo tiene el tonto de mi aniki, que no sea él y que tú te vayas.

Los ojos azules de Deidara fueron cubiertos por el rubio cabello que caía delante de su frente, pero Sasuke pudo notar como apretaba los puños y se mordía con fuerza los labios.

-Estúpidos animales que les gusta complicarse la existencia, uhm –gruñó enojado el muchacho, al tiempo que se bajaba de la ventana y ponía los pies dentro del pasillo. Una media sonrisa se esparció por la cara de Sasuke, al escuchar como los pasos comenzaban a resonar por el lugar, tenía una sospecha muy acertada de hacia dónde se dirigiría ahora Deidara.

Sin embargo, el rubio notó el gesto, y no fue para nada de su agrado.

-No lo voy a dejar -aseguró el de ojos azules de manera desafiante, al tiempo que le arrojaba un pequeño objeto al Uchiha-. Hasta nunca, baka.

Extrañado, el moreno recibió en sus palmas una pequeña paloma blanca… que de improviso desprendió un aroma a fuego y pólvora nada encantador. Apenas tuvo tiempo de arrojarla por la ventana, antes de que el explosivo estallara y pequeños escombros cayeran sobre su cabeza.

-¡Ma…! ¡Maldita hembra! –gruñó Sasuke en la dirección por la que Deidara desaparecía, tosiendo de vez en cuando debido al humo.

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Naruto aspiró con fuerza el perfume a madera que lo rodeaba, y luego comenzó una veloz carrera entre los árboles, reconociendo con una sonrisa los senderos por los que hacía días no pasaba. Estaba vez no pensaba arruinarlo, oh, no, no se cruzaría en el camino de ningún perro mojado. No quería pasarse otras cuatro semanas encerrado como castigo por su padre.

"Aunque no fue mi culpa que el perro estuviera en territorio del clan, dattebayo" pensó el Uzumaki con un puchero "El viejo se preocupa por nada".

Justo cuando el rubio pensaba rodear una pequeña laguna, congelada por el difícil clima de la estación, un olor conocido llamó su atención y provocó que sus largos colmillos salieran a la luz. Ahí, justo en medio del hielo, se encontraba de pie un muchacho que aparentaba tener su misma edad. Aunque ni el cabello negro o los ojos oscuros, ni la piel inusualmente pálida le parecían familiares, la fragancia que emanaba fue inconfundible.

Se trataba del mismo lobo que lo había atacado la noche del regreso de Gaara, un mes atrás.

-Mi nombre es Uchiha Sasuke –dijo el antes desconocido, su voz elevándose por encima del inquietante silbido del viento entre los árboles invernales. El rubio pudo reconocerla como la misma que había provenido en la ocasión pasada del enorme lobo negro, aunque ahora el sonido no se escuchara tan grave, como si no fuera a ladrar de un segundo a otro.

El licántropo se limitó a sonreír de medio lado, desplazando la repentina necesidad que sintió de acercarse al vampiro y hundir la nariz en el nacimiento de su cuello, para sentir más directamente el embriagador aroma que le llegaba a través de los pocos metros de distancia que los separaban.

-¿Uchiha…? –balbuceó Naruto con los ojos azules muy abiertos. Si no mal recordaba, los Uchiha dirigían la manada de licántropos que en los últimos tiempos le estaban causando problemas a Gaara. También sabía, gracias a los cuchicheos que Sakura había escuchado entre los cazadores, que esos perros eran los principales sospechosos del ataque en el que había muerto su madre.

Por su parte, Sasuke sonrió ampliamente al notar la chispa de reconocimiento que surgió en la mirada del Uzumaki. Se había pasado un ciclo lunar completo rumiando el mal humor que le causó descubrir la identidad de su pareja, soportando los pensamientos que le inundaban la mente durante el día y los perturbadores sueños que poblaban sus noches, haciéndolo salir a corretear por el bosque en busca de la maldita rata voladora. Hasta que alcanzó su límite, y los bosquejos de un plan comenzaron a trazarse con más claridad en su cabeza. Si lo que su naturaleza le pedía era ese vampiro, se lo daría, pero su cerebro se cuidaría de no atar su vida a la del rubio. Su deber como futuro líder de la manada era poner los intereses de su familia por encima de los suyos, era más que evidente que un romance con un enemigo declarado no estaba en sus planes.

-Y tu nombre es Uzumaki Naruto –dijo el moreno mirando de arriba a abajo al vampiro, como si fuera un ser inferior. De a ver podido, el chico se habría sonrojado con toda seguridad debido al coraje-, el hijo bastardo que Namikaze Minato tuvo con la vidente Kushina.

-¡Se cual es mi nombre y quienes son mis padres, estúpido perro! –le espetó Naruto con un puño en alto.

-¿Perro? Uno pensaría que serías más amable después de que te deje ir la otra vez… -dijo Sasuke con el entrecejo fruncido.

"Uno pensaría también que sólo eras un hibrido, como se contaba por la manada. Y eres un vampiro completo…" pensó el licántropo para sí mismo, algo decepcionado. Si se tratara sólo de un media sangre las cosas hubieran sido más fáciles. Además se trataba del último descendiente directo de la Tercera Hermana, quienes a pesar de haber pasado sus vidas tanto con vampiros como con licántropos, en diferentes generaciones, mantenían una relativa neutralidad respetada por el resto.

-¿Que es lo que quieres, dattebayo? –le preguntó el Uzumaki, entrecerrando los ojos con desconfianza, pero volvió a abrirlos con sorpresa cuando en un segundo el moreno se encontró delante de él, mostrándole los caninos de forma burlona.

-Nada… -murmuró Sasuke, y Naruto tuvo la desagradable sensación de ser la presa con la que un cazador experto solo jugaba.

"¡Es rápido…!" pensó el rubio, tragando con lentitud. Por lo general los licántropos eran más fuertes que los vampiros, pero ese perro en especial tenía además una velocidad que él mismo envidiaría.

-¡Deberías irte antes de que Gaara te haga correr de nuevo hasta el agujero de donde saliste! –gritó el Uzumaki fieramente, haciendo que los ojos del lobo se tornaran rojos. Una ira indescriptible se esparció por su cuerpo al escuchar las palabras de Naruto, quemándole el pecho como si lo hubieran marcado con hierro encendido, todos esos sentimientos dirigidos hacia la familiaridad con la que su pareja trataba a un simple humano.

-¿Piensas que me fui porque llegó ese estúpido cazador? –gruñó el Uchiha por lo bajo.

-¿Le tuviste miedo, teme? –le espetó Naruto de forma burlona-. ¡Conmigo basta para hacerte temblar, dattebayo! –dijo el vampiro de manera creída.

El Uchiha hizo tronar sus nudillos ante el comentario, ahora a su furia se le había unido su orgullo herido. Porque puede que el rubio sólo estuviera buscando la manera sacarlo de sus casillas, pero había tocado un punto sensible del enredo que tenía Sasuke consigo mismo: quisiera o no el moreno, lo supiera o no Naruto, el vampiro tenía poder sobre el licántropo.

-¡Espera! –gritó aterrado el Uzumaki, cuando Sasuke comenzó a transformarse delante de sus ojos y el hielo sobre el que se encontraba todavía el moreno crujió bajo el peso-. ¡¿Qué haces, dattebayo? ¡Es muy delgado, se va a…!

Naruto dio un par de ágiles pasos hacia adelante, cuando cayó en cuenta de lo que hacía y entonces retrocedió con una velocidad sobre humana, impresionado por lo que había estado a punto de hacer. Él… ¿¡se estaba preocupando de verdad por el bienestar del lobo Uchiha! Sin embargo, Sasuke era completamente consciente del inestable terreno que pisaba, y a pesar de su tamaño fue capaz de cruzar la congelada laguna, eludiendo las grietas que se abrían a su paso, y llegó a salvo a la orilla opuesta.

-Estúpido perro… -murmuró el Uzumaki, apartando con brusquedad la mirada del lugar donde había desaparecido el licántropo-. ¡No me importa lo que hagas, dattebayo!

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Varias horas después, el rubio apenas había puesto un pie dentro del castillo, cuando fue interceptado por un olor bastante empalagoso y, en esos momentos, rebosante de entusiasmo.

-¡Naruto! ¡Déjame presentarte a alguien nuevo! –le dijo Sakura muy emocionada, al tiempo que lo arrastraba hacia las cocinas del castillo-. Vendrá a entregar hortalizas de vez en cuando –informó la muchacha en voz baja, como si temiera que alguna otra de las chicas del lugar la escuchara-. ¡Creo que me enamore, Naruto! –chilló la de cabello rosado, con las mejillas arreboladas por la emoción, al tiempo que trataba infructuosamente de cubrir el hecho con sus manos.

Bastante resignado, el rubio la siguió. Aunque su amiga era bastante amigable cuando se lo proponía, no era común que le gustara alguien, ya que pocos llenaban sus expectativas y la mayoría de los afortunados resultaban ser parte del clan de vampiros. Sakura ya se había acostumbrado al mundo de esos seres, pero la idea de estar atada a la inmortalidad y dejar atrás a sus seres queridos no le atraía mucho. Al fin y al cabo, la Haruno tenía una linda familia conformada por su padre y su madre; lo mejor sería buscar entre los humanos al afortunado. Tal parecía que la larga espera de Sakura había llegado a su fin.

Ambos muchachos entraron a la sofocante habitación, y de inmediato la agradable combinación de olores de especias, carne y licor que siempre impregnaba el lugar les llegó a la nariz. Aunque no faltaba mucho para el amanecer, aún era temprano, así que las cocinas se encontraban prácticamente vacías. El Uzumaki todavía estaba buscando la manera de escaparse a su cuarto, cuando Sakura ya lo tenía delante de la espalda de un desconocido.

La figura llevaba puesta una capa con capucha, lo que evidenciaba que acaba de llegar de viaje, y estaba hablando rápidamente con Ebisu, el cocinero principal y encargado de la despensa. Naruto alcanzó a distinguir un par de palabras, como "entrega", "verduras" y "precio", pero lo que en realidad llamó la atención del rubio es que la voz le sonaba demasiado conocida, y además ese perfil… Finalmente Ebisu se retiró conforme, sosteniendo un papel en su mano izquierda, y el misterioso viajero se giró hacia una emocionada Sakura y un intrigado Naruto. El corazón del Uzumaki se habría detenido en ese momento si hubiera seguido latiendo.

-Buenas noches, su Alteza –dijo el chico con una sonrisa de lado, cargada de prepotencia, y Naruto apretó mucho los puños ante el gesto. Sus colmillos salieron instintivamente, pero antes de que el vampiro pudiera saltar sobre su enemigo, una mancha rosada se interpuso entre ambos.

-¡No hace falta tratar a Naruto con tanta formalidad! –dijo Sakura con los ojos brillantes, acercándose al moreno lo más que se atrevía-. ¿Verdad, Naruto? –añadió la muchacha, girándose hacia su rubio amigo y mirándolo de mala manera. En ningún momento percibió el extraño ambiente que surgió entre ambos chicos.

Antes de que el de ojos azules abriera la boca para decir algo, el viajero colocó una mano sobre el hombro de Sakura, haciendo que las mejillas de la muchacha adquirieran un asombroso color rojo. Sin embargo, todo lo que Naruto vio fue las uñas del moreno se tornaban imperceptiblemente más largas y oscuras. Una silenciosa amenaza que solo pudo ser notada por los ojos sobrenaturales del vampiro.

Naruto olisqueó el aire a su alrededor, y sólo entonces se dio cuenta del motivo por el que el pánico no había cundido en el castillo por la entrada de un hombre lobo: no había ni rastro de olor en el aire que lo delatara, y sin su transformación podía pasar con facilidad por un humano común y corriente.

-Sakura, ¿me sirves algo de beber antes de regresar a mi casa? –preguntó Sasuke con amabilidad, sin quitar sus ojos negros de Naruto-. Es un camino largo.

-¡Claro, Sasuke-kun! –respondió la muchacha con entusiasmo, para lanzarse al segundo siguiente sobre la alacena más cercana. Su mente flotaba entre la imagen del hombre de sus sueños, en su vida juntos, su boda, ¡sus hijos! Pero por ahora, ¿Qué debía servirle a Sasuke-kun? ¿Vino? ¿Agua? ¡No tenía ni idea de lo que prefería el chico!

Mientras tanto, el Uchiha dio un pequeño paso hacia el vampiro, haciendo que sus hombros se rozaran ligeramente.

-Es tan linda –susurró Sasuke con voz socarrona, directamente sobre el oído del rubio. El licántropo sonrió ampliamente al notar el estremecimiento que recorrió el cuerpo de Naruto. Aún si se tratara sólo de coraje, el saber que su presencia podía provocar alguna reacción en su pareja, era parte del instinto más básico del hombre lobo-. Tanto, que podría comérmela.

Como respuesta, un siseo bajo se escapó entre los colmillos del Uzumaki.

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Detrás de cámaras

-¿Señor Lobo? ¿A quién se le ocurre ponerle semejante nombre a un oso de peluche? –preguntó Sasuke en voz alta, mirando de manera burlona a Gaara, sin esconderlo siquiera un poco.

Sin embargo, no fue el pelirrojo quien le respondió, sino otra persona que por azares del destino se encontraba a un costado del moreno.

-¿Algún problema, Uchiha? –preguntó Kory con una ceja alzada, mirando de manera retadora al muchacho por encima del borde de sus gafas.

-Pues de hecho… -comenzó a responder Sasuke, sin dejarse intimidar, y con rapidez un brillo peligroso surgió en los ojos de la escritora.

La morena extendió una de sus manos hacia el Uchiha, en la cual sostenía una pluma fuente de color negro. De improviso, el piso alrededor del moreno se alzó como si se tratara de agua, hasta en volver su figura y arrastrarla consigo de vuelta hacia abajo. El concreto siguió tan liso como al principio, y no quedó rastro del muchacho.

-¡Sasuke-kun! –gritó aterrada Sakura, arrojándose sobre el sitio donde había desaparecido el Uchiha, con lagrimas en los ojos.

-¡Teme! ¡¿Te moriste? –le preguntó Naruto al piso, aunque no recibió respuesta.

-Para mi desgracia, sigue vivo –dijo Kory mientras se alejaba, encogiéndose de hombros con indiferencia-. Nadie se mete con mi osito de peluche… -susurró la mujer, apretando los puños.

-Creí que solo podías hacer eso cuando no era por motivos egoístas, Kory-san –le dijo Zaphyrla con los ojos brillantes, como si un nuevo mundo se abriera ante ellos.

-No fue por motivos egoístas –respondió la morena-, Gaara me lo estaba suplicando con la mirada, y yo haría cualquier cosa por Gaara.

"Esa es una manera de verlo" pensó para sí misma la de cabello azul, con una gota de sudor deslizándose por su rostro.

-¡A trabajar, holgazana! –gritó Kory, golpeándole la cara de improviso con su cuaderno-. ¡No has hecho nada en semanas!

-¡H-hai, Kory-san! –masculló con dolor su socia, sobándose cuidadosamente el área afectada, que ya comenzaba a tornarse roja. ¡Su esclavitud nunca terminaría!


(1) Cuarto hijo. Si, ya lo sé, soy tan imaginativa [sarcasmo].

¡Hola~! Para los que se pregunten porque de pronto me puse tan activa, después de meses sin saber de mí... Me están obligando x3 OK, mentira, bueno más o menos : S En fin, ¡hoy es mi aniversario de fanficker! ¡Felicidades a mí! LOL

Zaludos

Zaphy

Sela Yal than Rami usa te, finta Zaphyrla... Temo si la ura le.