"Per aspera, ad astra…" Seneca; (4A.d.C.–65), filósofo, político, orador y escritor romano.

Todos los personajes son de Masashi Kishimoto-sama

Dedicado a Kuroi Yukie y a Hibari Kyouya, a quienes explote estos días.

Capítulo 1. Familia cirquera

Advertencias:

OoC.

AU

Yaoi (SasuNaru).

Long-shot.

La siempre presente falta de ortografía.

El lector podría morir de aburrimiento.

Por favor, ten en cuenta que Zaphyrla es una autora que suele tratar contenido YAOI (Relación Hombre X Hombre).

¡Si no te gusta, no leas!


Mikoto alzó una de sus negras cejas con desagrado ante la escena que tenía delante, en muda reprobación. A la mujer le encantaba que su familia disfrutara de la comida que ella se hacía el tiempo de preparar, la manera que encontró de darle algo más tradicional a sus hijos en medio del ajetreo en el que vivían gracias a su oficio, pero "eso"...

- Kitsune, ¿cuál es el apuro? –preguntó la morena al tiempo que cruzaba los brazos sobre su pecho y negaba con la cabeza, pero con una sonrisa llena de ternura instalada en sus labios.

Delante de ella, en la mesa para cuatro personas con la que contaba su remolque, un muchacho rubio de quince años devoraba todo lo que estaba en su plato, tratando de hacerlo desaparecer en tiempo record, ante la mirada reprobatoria de Sasuke, quien se encontraba a su lado, y la total indiferencia de su padre, Fugaku, quien prefirió poner una barrera entre él y el desagradable espectáculo usando el periodo matutino.

- ¡Qwuriero btalayncuearme uln raito ajntes dre ir a ula estcuedla, dattebayo! –consiguió balbucear el rubio a duras penas, después de haberse llevado el tenedor repleto de comida a la boca.

- No hables con la boca llena, cariño –lo regañó Mikoto con suavidad, mientras colocaba un vaso con leche sobre la mesa, enfrente del menor de sus hijos.

Como si la previsora mujer lo hubiera visto venir en una visión, justo en eso momento Kitsune se llevó una mano a la garganta y sonidos ahogados comenzaron a salir de ella. Con un suspiro colectivo, el resto de los Uchihas vio como el rubio tomaba de manera apresurada el vaso con leche y se lo empinaba hasta la última gota.

- ¡Quiero balancearme un rato antes de ir a la escuela, dattebayo! –gritó Kitsune con entusiasmo, una vez que ningún alimento obstruía sus vías respiratorias, y Mikoto vio divertida como su esposo sujetaba con más fuerza el papel entre sus manos, con los nervios crispados por la estridente voz del menor.

La mujer entendió en ese momento que, seguramente, a esas alturas de la mañana la carpa ya estaría levantada cuan majestuosa era, a sólo unos metros de distancia, llamando poderosamente al rubio para que fuera hacia el trapecio para estirar los músculos entumecidos por el viaje. La morena lo comprendía, ella misma se había sentido así en sus días de juventud.

Mientras Mikoto estaba sumida en sus recuerdos, el chico se levantó de un salto de la mesa, le dio un beso a su madre en la mejilla, tomándola por sorpresa, y salió corriendo como si una bestia enfurecida fuera tras él.

- ¡Nos vemos! –se alcanzó a escuchar, antes de que la puerta del remolque se cerrara de golpe y el pobre periódico fuera apretado un poco más.

- ¿Y a dónde vas tú, Sasuke? –le preguntó repentinamente su madre al moreno, mientras volvía a cruzarse de brazos y torcía la nariz de manera reprobatoria, esta vez de forma tan marcada que hasta el rubio lo hubiera notado.

- Voy a dejar a Kyubi en su jaula –contestó el muchacho con tranquilidad, alzando un poco al cachorro de león blanco que tenía entre los brazos, para que la mujer pudiera verlo. El pequeño animal gruñó molesto, estirando sus garras hacia la mano de Sasuke, puesto que mientras hablaba el chico le había quitado la mamila con la que lo estaba alimentando.

La respuesta del de pelo negro, aparentemente lógica, no engañó a Mikoto, quien pudo identificar de inmediato ese brillo peligroso en los oscuros ojos de su hijo, que surgió en cuanto Kitsune mencionó sus planes ante la familia.

- ¡Sasuke! ¡No molestes a tu hermano! –lo regañó la mujer, agitando su dedo índice, mientras el muchacho pasaba por su lado y se dirigía a la puerta, tomando el mismo camino que el rubio.

- No, mamá –contestó Sasuke de manera monótona, al tiempo que hacía malabares con el cachorro entre sus brazos, tratando de que no lo rasguñara. El león seguía gruñendo, cada vez con más fuerza, exigiendo que le devolviera su leche.

- ¡Fugaku! –se quejó entonces Mikoto con algo parecido a un gemido, recurriendo a su esposo, viendo que del menor de los morenos presentes no iba conseguir gran cosa.

- Ya escuchaste a tu madre, Sasuke… –contestó una voz igual de monótona a la de su hijo, proveniente desde el otro lado del periódico, y la mujer soltó un bufido de frustración, para que después el sonido de la puerta cerrándose se esparciera por todo el remolque.

Sasuke dejó de lado las quejas de su madre, las que usualmente el chico intentaba no provocar por el inmenso cariño que le tenía a la mujer, ¡pero es que cuando se trataba de ese tema en especial no podía dejar de sentirse molesto con ella por su falta de comprensión! Si tal sólo lo entendiera como su padre lo hacía… El muchacho podía darse cuenta por sí mismo de que, el sentimiento que le surgía en el pecho cada vez que Kitsune se alistaba para salir al escenario no estaba bien, pero como siempre, su carácter terminó ganándole y dejó de gruñir su descontento para tomar acciones.

En eso se encontraban sus pensamientos cuando se repente sintió una punzada de dolor proveniente de su mano derecha, y unos ojos rojos brillaron con cruel satisfacción. El Uchiha vio con desagrado que Kyubi había conseguido llevarse uno de sus dedos a sus fuertes fauces, mordiéndolo hasta hacerlo sangrar. Sasuke torció la nariz ante el tibio líquido rojo que manchaba el pelaje del animal.

Aunque no tuviera tanta experiencia como su padre o su hermano mayor, Kyubi no era el primer cachorro que entrenaba, y ninguno le había costado tanto trabajo como ese en especial; habría abandonado la tarea desde hacía semanas de no ser porque se trataba de un león tan raro como lo podría ser un león blanco. Y por más que su madre dijera que sólo eran alucinaciones suyas, provocadas por la frustración de no poder entrenar al rebelde cachorro, Sasuke estaba seguro de que Kuybi tenía cierta fijación con Kitsune, y ahora trataba de apartar de su cabeza la idea de que el león sólo había dejado que él lo alimentara porque el rubio se encontraba a su lado en la mesa.

El olor a estiércol y a tierra húmeda le llenó las fosas nasales, indicándole al muchacho que habían llegado a su destino; pudo escuchar uno que otro rugido, antes de apartar la lona de la carpa a la que se dirigía y que ocho pares de ojos felinos se dirigieran hacia su, aparentemente, indefensa figura.

Sasuke pasó de largo por la jaula de los tigres, sólo deslizando sus dedos con ligereza por los barrotes. Pudo sentir como Nanabi sacaba un poco el hocico entre el acero, lo suficiente para poder lamerle la punta de las yemas y después daba un largo bostezo, recostándose de nuevo sobre la paja que cubría el suelo. Un potente rugido desde el fondo de la jaula provocó que el moreno girara la cabeza en esa dirección, logrando ver en ese momento como Ichibi, o como solía llamarlo el de pelo negro de manera burlona, Shukaku (1), gruñía en su dirección.

"Ese gato…" pensó para sí mismo el Uchiha, mientras una vena le crecía en la frente. Siempre tan altanero, siempre tan orgulloso, ¡siempre desafiándolo!

Sasuke caminó al final de la carpa, hasta que finalmente llegó a una jaula considerablemente más pequeña que la de sus tigres. El Uchiha había decidido, en acuerdo con su padre, colocar a Kyubi en un sitio aparte, no sólo por ser de una especie distinta que Shukaku o Hachibi, sino por tratarse todavía de un cachorro joven.

- No puedo prestártelo todo el tiempo –le susurró Sasuke a Kyubi con cierta prepotencia, al tiempo que abría la jaula para dejarlo en ella. El león albino no tardó mucho en darse la vuelta y dejarse ir contra los barrotes, gruñendo su descontento por ser dejado de lado en ese lugar-. También lo quiero conmigo…

Como si hubiera entendido a quien se refería el muchacho con esas palabras, el pequeño animal soltó algo que sonaba muy similar a un bufido de indignación y después se dejó caer sobre el piso de la jaula, comenzando a dejar salir lamentos de sus fauces, llamando a Kitsune para que lo cargara. Sin hacer mucho caso del berrinche del cachorro, Sasuke se giró y salió con rapidez de la pequeña carpa, para dirigirse de manera apresurada hacia la otra de mayor tamaño que se encontraba a unos metros de ésta.

No se sorprendió de que la mayor parte del lugar estuviera listo para recibir a un público ansioso esa misma noche, a lo mucho faltaban unos cuantos detalles que serían solucionados en un par de horas, como terminar la decoración del escenario principal, o darle los últimos toques al complejo sistema de iluminación; tampoco le sorprendió que un barra de metal ya colgará a mitad de la pista, a una altura un poco más baja de lo usual, cómo solía pedir Kitsune que hicieran para poder ensayar cuando quisiera. También vio al mencionado rubio delante del trapecio, terminando de envolver sus manos con un par de vendas, una vez que finalizó con el calentamiento previo.

"Y todo mundo está acabando de desayunar ahora, que conveniente…" pensó Sasuke al darle una ligera mirada al lugar y encontrarlo desierto, justo como él esperaba. Una sonrisa de lado escapó de su boca sin que pudiera evitarlo.

- ¡Oye! –se quejó el rubio, dando un paso hacia atrás, después de sentir como un objeto volaba rápidamente hacia uno de sus costados, provocando de paso un chasquido desagradable que le heló la sangre. Ese sonido tan característico sólo podía producirlo una cosa; y contra el mismo, sólo una persona.

Kitsune entrecerró los ojos con desagrado, mientras veía como Sasuke volvía a recoger el látigo que había usado contra él, al tiempo que alzaba la cabeza con una actitud prepotente. El moreno había tomado su instrumento de tortura cuando fue a dejar a Kyubi a su jaula, a sabiendas de que podría molestar a su hermanito sin que su madre lo regañara. Usualmente el chico no usaba el látigo para otra cosa que no fuera hacer enojar al rubio, ya que a diferencia de otros domadores no lo necesitaba para entrenar a sus tigres, aunque también servía para impresionar en una función en vivo. Decían que la familia Uchiha tenía cierta habilidad para conseguir que las fieras hicieran lo que ellos quisieran, sólo con verlos a los ojos. Sharingan lo llamaban los otros circos entre dientes, con evidente envidia transmitiéndose en su voz.

Aunque para esa pequeña fiera en particular, Sasuke se había visto obligado a usar otros métodos para conseguir su domesticación.

- ¡Ya basta, Sasuke! –se escuchó quejarse al rubio, mientras esquivaba el látigo que le mandaba el otro muchacho, para total diversión de éste último.

- ¿Y si no quiero? –le preguntó el moreno, ladeando un poco su cabeza para fingir curiosidad. Detuvo un momento sus agresiones para darle un respiro al rubio, no es que el atlético chico lo necesitara en realidad-. ¿Qué vas a hacer?

- ¡Eres un…! –gruñó Kitsune enseñando los dientes, pero antes que de pudiera terminara la frase, otra voz resonó en medio de la enorme carpa.

- ¡Kitsune! ¡Sasuke! –fue el grito que atrajo la atención del rubio, y que hizo que el látigo del moreno fuera apretado fuertemente entre sus manos, con ganas de hacer rechistar el cuero contra el infeliz que había interrumpido su diversión.

- Cuando esté a cargo del circo lo primero que hare será echar a ese perro, junto con toda su jauría… -gruñó Sasuke por lo bajo, enseñando los dientes, mientras estiraba el cuero del látigo. El chico de ojos azules se estremeció ante el desagradable sonido que se produjo, y por un momento temió por la vida de la persona que se acercaba… hasta que cayó en cuenta de lo que implicaban las palabras del moreno.

- ¡No si yo me quedó con el circo, teme! –grito Kitsune, al tiempo que sujetaba al de pelo negro por el cuello de su camisa.

En ese justo momento, los pasos que se habían adentrado en la carpa se detuvieron junto a los dos muchachos, y estos pudieron ver con claridad a la persona a quien pertenecían. Aunque los hermanos Uchihas conocían esa voz estridente a la perfección, y desde el momento en que dijo sus nombres habían sabido quien los llamaba.

- Kiba… -susurró por lo bajo Sasuke, clavando sus ojos negros en la figura del chico que acaba de aparecer, y a este le pareció que el moreno escupía su nombre como si fuera algún tipo de maldición.

- ¡N-no van a creer esto! –balbuceó el castaño, que poseía una marcas en las mejillas con forma triangular, obligándose a apartar la mirada de los ojos asesinos de Sasuke para concentrarla en el confundido rubio, que todavía sostenía a su hermano por la ropa-. ¡Akatsuki está en la ciudad! –gritó el muchacho, con una sonrisa que mostró sus puntiagudos colmillos.

- ¡Sí! –chilló Kitsune alzando sus puños, mientras soltaba a Sasuke y comenzaba a brincar por toda la pista.

El moreno torció la boca con desagrado al ver el espectáculo que desplegaba el de ojos azules delante de él, y dedicándole una de sus peores caras al Kiba, paso por el lado del castaño en dirección a la salida, cuidando golpear su hombro cuando lo tuvo cerca. Por su parte, el castaño soltó un suspiro de alivio bastante audible para el mayor de los Uchihas, cosa que llenó de satisfacción al muchacho. Parecía que la tirria que le tenía Sasuke, al contrario de disminuir, aumentaba cada día.

Todavía hace pocas semanas el moreno tuvo la brillante idea de soltar a sus tigres por el circo, con la orden explicita de solo ir contra Kiba, y el maldito entrenador engreído no estuvo contento hasta que las bestias habían acorralado al pobre castaño contra uno de los remolques. Gracias a alguna deidad poderosa, precisamente era el remolque de los Uchihas, y Fugaku le ordeno a los felinos que regresaran a la jaula, no sin recordarle su hijo, usando su mirada más fría, que el trabajo al que se habían dedicado por generaciones no era un juego. En opinión de Kiba, ese mes de castigo para el moreno había sido muy poca cosa para compensar el peor susto de su vida, pero por supuesto, no es algo que el Inuzuka diría en voz alta frente al de pelo negro.

- ¿Y eso a mí que me importa? Akatsuki puede hacer lo que le venga en gana –gruñó Sasuke por lo bajo, mientras se alejaba, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón y encogiéndose de hombros. Kitsune debería recordar que la presencia de otro circo en una ciudad que no era precisamente grande, no significaban buenas noticias para el Uchiha Circus. Deberían dar un espectáculo increíble el primer día para poder vender un boletaje decente.

Ante sus palabras, el rubio dejo de hacer su extraño baile y se dio la vuelta para ver con mala cara al moreno, y Kiba se apresuro a apartar la vista para no presenciar la discusión. ¡Y ahí iba el mismo pleito de siempre entre los hermanos Uchihas, que había acabado algunas veces hasta en golpes!

- Debería -dijo Kitsune torciendo la boca-. Mamá nos mandará a buscar a Itachi en cuanto lo sepa.

- No voy a ir –le contestó Sasuke con terquedad, sin detener su camino hacia la salida.

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- Más vale que no nos tardemos, dobe –gruñó Sasuke de mal humor, esquivando a la gente que, apurada, cargaba cosas de un sitio a otro.

- ¡Vamos, teme! –gritó Kitsune con voz entusiasta, mientras adelantaba al enfurruñado moreno y comenzaba a caminar al revés delante de él, para poder darle la cara-. ¡Hace meses que no vemos a Itachi!

- Yo podría vivir si no volviera a verlo otra vez –dijo el de pelo negro torciendo la boca, al tiempo que escupía al suelo como si algo de desagradable sabor le hubiera llegado hasta ella.

- No deberías hablar así, dattebayo –lo regaño el rubio, llevando ambas manos detrás de la nuca-. Es tu hermano, nuestro hermano.

- Si de verdad fuera mi hermano no hubiera hecho lo que hiso –siguió hablando Sasuke, sin ceder ni un ápice en la opinión que tenía hacia el mayor. El de ojos azules soltó un bufido ante la actitud del otro. A pesar de que muchos le habían dicho que era una batalla perdida, el trapecista no se rendía en sus intentos por reconciliar a esos dos, sin desanimarse por el inexistente entusiasmo del teme por la tarea.

- ¿Irse del circo para ir con Akatsuki? ¡Supéralo, baka! –dijo Kitsune de manera burlona, mientras le sacaba la lengua al de pelo negro.

En ese momento Sasuke abrió mucho los ojos, como si de pronto se diera cuenta que había hablado de más. El chico soltó una maldición por lo bajo, que el rubio no alcanzó a entender del todo, y entonces desvió su mirada al suelo.

- Si, irse del circo… -concedió el moreno en un susurro, como si no fuera la primera vez que tuviera que decirlo, y en cada ocasión le costara más creérselo.

Kitsune torció la boca con desagrado ante el comportamiento esquivo de su hermano. No era la primera vez que le daba la impresión de que Sasuke le ocultaba algo con respecto a la partida de Itachi, además había estado hablando con Kiba del asunto y juntos llegaron a conclusiones muy extrañas. Dejando de lado que el carácter de Fugaku se agrio un poco más con la partida de su hijo mayor, junto a las lágrimas silenciosas que dejó salir Mikoto, nada más había sido afectado en el circo. ¡Incluso la salida de Itachi había sido conveniente para Sasuke! Con el tiempo se había quedado con uno de los actos principales del Uchiha Circus, sin necesidad de luchar por él, y además ahora era el favorito de Fugaku para dirigir el espectáculo una vez que el hombre se retirara.

Dicha sea la verdad, a pesar del cariño, Itachi era una dura competencia para Sasuke y para Kitsune, más para el primero ya que ambos muchachos poseían la misma habilidad. Una dura competencia que se había retirado voluntariamente, y que no regresaría. Fugaku nunca no perdonaría semejante traición… ¿Entonces por qué tanto odio hacia Itachi?

El rubio recordaba a la perfección el día en que su hermano mayor regresó a visitarlos, después de años de haberse ido. Sólo estaban reunidos los hermanos y una sollozante madre, su padre se encerró en su remolque y se negó a salir hasta que el mayor de sus hijos se fue. Sasuke demostró mucho entusiasmo ante la presencia de su hermano mayor, pero después… Las palabras de despedida que uso Sasuke cuando Itachi se marchaba, el odio con que fueron dichas, más las acciones acompañantes, resonaron en la cabeza del trapecista por días.

"Ototo…" había dicho Itachi, con intención de acercarse a Sasuke y abrazarlo.

"¡No te me acerques, maldito idiota!" fue la ruda respuesta del moreno, mientras empujaba al mayor y con una mano ágil sacaba un cuchillo de entre su ropa, para finalmente arrojárselo. La hoja quedo temblando entre los pies de Itachi "¡Vete de una vez que tu presencia de enferma! ¡Vete al infierno, y ojala nunca regreses!".

Sin escuchar el regaño de su madre, Sasuke había tomado la mano de Kistune y lo había arrastrado hasta su remolque.

- ¡Oye, Sasuke! –lo llamó el rubio, pensando que cualquier momento era bueno para interrogar al chico acerca de su extraño comportamiento. Con un poco de suerte, quizás lo descubriera con la guardia baja-. ¿Qué…?

Antes de que pudiera terminar la pregunta, la espalda de Kitsune chocó contra otra persona. Sasuke se llevó una mano a la frente al ver como las cosas que traía el desconocido entre los brazos caían al suelo. A veces no podía creer lo torpe que se tornaba el trapecista una vez que ponía los pies en el piso, ¿a quién se le ocurría caminar de espaldas en medio de ese gentío?

- ¡Lo siento, dattebayo! –se disculpó el rubio mientras se agachaba junto a la otra persona y se apresuraba a ayudarle con sus pertenecías repartidas por la tierra. Una de sus manos tomó lo que parecía ser un cartucho de dinamita, hasta que otra se lo arrebato de manera brusca.

- ¡Fíjate por dónde vas, mocoso! –le gritó el extraño, demostrando todo el mal humor que el hecho le había provocado. El moreno notó entonces que el muchacho con el que se habían topado bien podría hacerse pasar por un pariente de Kistune, de mejor manera que el mismo. El mayor tenía el cabello rubio, atado en parte en una coleta alta, con un largo mechón cubriéndole el costado izquierdo del rostro, y sus ojos eran de un brillante color azul.

- ¡Tu tampoco te fijaste, baka! –le reclamó Kitsune, lanzando rayos con la mirada, los cuales fueron adecuadamente respondidos por el otro rubio.

- Dije rápido, dobe –cortó Sasuke con toda la escena, tomando a su hermano menor por el cuello de la camisa y comenzando a retomar su camino-. No tengo tiempo para conozcas a nuevos amigos…

Mientras Kitsune se quejaba a gritos del mal trato del otro Uchiha, de la falta de aire, de la crisis de la bolsa, de la falta de ramen, del calentamiento global, del tráfico; en fin, de lo que hubiera que quejarse, Sasuke notó como era detenido por un brazo, un toque que no conocía, y que de inmediato el moreno apartó bruscamente.

- No me toques –gruñó Sasuke con desagrado, provocando que todos a su alrededor vieran extrañados a los tres.

- No cabe duda –respondió el rubio desconocido, encogiéndose de hombros-. Eres igual a ese idiota de Itachi, uhm.

El mayor de los chicos se llevó una mano a la cintura y sonrió con prepotencia, al ver como el moreno apretaba los dientes. Al parecer al muchacho no le había gustado la comparación. En cambio el otro hermano Uchiha…

- ¡¿Itachi? –gritó Kitsune mientras se lanzaba sobre el desconocido con una enorme sonrisa en la cara, tirándolos a ambos al suelo-. ¿Sabes dónde está, dattebayo? ¡Vinimos a verlo, oneesan! (2)

- ¡No soy mujer, idiota! –le gritó el otro rubio, empujándolo para quitárselo de encima-. Vaya que eres molesto, uhm –rumió para sí mismo, con una abultada vena palpitando en su frente. ¿Acaso todos tenían que molestarlo con la misma cosa? No era su culpa que el mundo no apreciara la masculina belleza de un cabello de tal longitud, ¡y de ese color además!

Al tiempo que el extraño se ponía en pie, quitándose el polvo de la ropa, tomó sus cosas y se giró hacia los Uchiha.

- Síganme, yo los llevó con el maldito presumido –dijo el rubio dirigiéndose a ambos chicos, poniendo especial cuidado en alejarse del sonriente chico de ojos azules. Kitsune le tendió un segundo cartucho de dinamita que había recogido cuando chocaron, el cual no tardó en ser arrebatado con rudeza de sus manos, y se perdió en la caja que el mayor llevaba entre los brazos.

El rubio guió a los hermanos en medio del barullo en que se levantaba la carpa del circo, y Sasuke comprobó satisfecho que aún les faltaba mucho para terminar, mientras que el Uchiha Circus ya estaba listo para presentar su primera función esa misma noche. Fugaku estaría satisfecho con las noticias… Se detuvieron un momento enfrente de un chico pelirrojo que arreglaba un par de marionetas, a quien el rubio desconocido saludo con mucho entusiasmo, evidenciando de nuevo el parecido que tenía con Kitsune. Tuvo que aguantar las burlas del moreno el resto del camino, que para su fortuna fue corto. En cuanto los rugidos de los animales llegaron a los oídos del grupo, supieron que estaban en el lugar indicado.

- ¡Oye, tú! –gritó Deidara, golpeando con un pie la puerta del remolque frente al que se había detenido, ya que los brazos los tenía ocupados-. ¡Tienes visita, uhm!

Una gota de sudor, debida a la incredulidad, resbaló por el rostro de Kitsune. Intuía que no era necesaria tanta rudeza para llamar a la puerta, y lo confirmó cuando, a pesar de que comenzaron a escucharse ruidos dentro de la casa rodante, indicando que el escandaloso llamado había sido escuchado, su improvisado guía siguió pateando la entrada sin compasión.

- ¿No puedes estar ni un día sin molestarme, Deidara? –dijo una voz irritada, al tiempo que las bisagras giraban, revelando el interior de la habitación junto con el dueño, un muchacho mayor que los otros Uchihas, con una profundas ojeras bajo los ojos.

Durante un segundo pareció que los ojos del rubio brillaban debido a la ira, pero el chico solo se giró y se limitó a regresar por donde había venido. Y entonces Kitsune notó con horror que el brillo escarlata fue provocado por un cartucho de dinamita encendido, cartucho que ahora yacía entre las manos extendidas de Itachi. Por lo visto la carga que llevaba Deidara ahora era menos ligera.

- Ese loco… -dijo Itachi por lo bajo, arrojando el artefacto a lo lejos, donde no tardó en explotar, causando un gran alboroto entre el resto de los cirqueros. Entonces el moreno se giró hacia las personas que Deidara había dejado delante de su remolque, encontrándose con una afilada mirada negra-. ¿Sasuke? –preguntó el mayor, bastante extrañado, pero fue todo lo que pudo hacer antes de que una mancha dorada le pasara delante de los ojos.

- ¡Itachi! –gritó una voz chillona arriba de él, mientras Itachi se quejaba del dolor en su espalda y sobre su pecho, causando por Kitsune al saltar encima de él. Ambos terminaron dentro de la casa rodante, tumbados sobre el suelo de la pequeña cocina que había en ella-. No respondes ninguno de mis mensajes, dattebayo –se quejó el de ojos azules.

- N-no he tenido tiempo –respondió el moreno a duras penas, tratando de incorporarse a pesar del peso del chico sobre él. No sin cierta dificultad, se las arregló para alargar una mano y acariciar la rubia cabeza del otro Uchiha.

Sin embargo, en ese momento Itachi pudo escuchar como alguien chascaba los labios con reprobación, seguido de unos pasos calmados en su dirección, y después el portazo de una puerta al cerrarse. El mayor de los Uchihas vio que una mano sujetaba el cuello de la camiseta que vestía el rubio, comenzando a tirar de ella de manera brusca.

- ¡Oh! ¡¿Teme? –no tardó en quejarse el de ojos azules, tirando a su vez del agarre de Sasuke para que lo soltara.

- Vamos, Sasuke. Kitsune solo estaba jugando –intentó calmar los ánimos Itachi, mientras se ponía de pie. Todo lo que recibió su media sonrisa fue una resentida mirada por parte de su hermano menor, antes de que el chico se cruzara de brazos y le volteara la cara.

"Esto no es bueno. Dan ganas de salir corriendo, dattebayo" pensó el rubio, comenzando a sentirse nervioso. La atmósfera se había tornado tan tensa… Los pocos instantes en los que Sasuke se dignaba a ver a Itachi, parecía que iba a comenzar a arrojarle cuchillos. ¡Pero no! Los cuchillos se habían quedado en su remolque, y Kitsune tenía la llave, ¡de eso estaba seguro!

- ¡Ah! –soltó de repente el de ojos azules, llevándose ambas manos a la cabeza. Acaba de recordar el motivo por el que habían venido al Akatsuki en primer lugar-. Mamá dijo que te quería para la cena, dattebayo –habló dirigiéndose a Itachi-. ¡Es para hoy, onichan! (3)

- Y entonces Papá dijo que sólo sobre su tumba volvías entrar a la Carpa Uchiha –dijo Sasuke con tranquilidad, sorprendiendo al mayor. Era la primera vez que su hermano hablaba delante de él en mucho tiempo. No eran las palabras más amables que podría haber escuchado.

Itachi no pudo evitar notar que la voz ya le había cambiado. Habían crecido, ambos, tanto Kitsune como Sasuke habían dejado de ser niños, pero su hermano mayor no había estado en el Uchiha Circus para verlo.

- ¡Y entonces Mamá dijo que si Papá decía una palabra más, ella misma cavaría la tumba, dattebayo! –gritó el rubio, al tiempo que tomaba por el arreglado cabello al moreno y tiraba de él, hasta que Sasuke se cansó y comenzó a forcejear para que lo soltara.

Bien, tal vez el rubio exageraba con lo que había dicho Mikoto en su discusión con Fugaku, pero de que la mujer ganó, ¡ganó! Por supuesto, el patriarca de los Uchihas se había negado a salir el resto del día, provocando una triste mirada en la madre de Sasuke, pero eso era historia aparte.

- Lo pensare, ¿está bien? –dijo Itachi con voz tranquila, mientras separaba a ambos muchachos y se interponía entre ellos. Kitsune no pudo resistir la tentación de sacarle la lengua al menor de los morenos, y una vena saltó en la frente de su hermano.

- Bien, entregamos el mensaje –gruñó Sasuke, y al segundo siguiente tomó la muñeca del rubio, pasando por encima de Itachi-. Ya vámonos, Kitsune –dijo el moreno, jalando al de ojos azules consigo.

- No seas tan amargado, otōto –lo detuvo el mayor, recobrando los ánimos-. Quédense un poco… -pidió mientras rodeaba los hombros del rubio con ambos brazos-. Mírate, Kitsune, ¡cómo has crecido! –le dijo al chico, tirando de una de sus mejillas de manera juguetona, haciendo que el rubio chillara exageradamente debido al dolor-. Si no fuera tu hermano te comería… ¡Maldición!

Lo siguiente que supo Itachi fue que un ardor insoportable le recorría la mano, el cual había provocado que el moreno soltara a Kitsune y diera un paso atrás. Cuando sus ojos negros se giraron al frente, se topó con que la mirada molesta de su hermano se había intensificado. Todo mundo vio el látigo negro que había en las manos de Sasuke, que el muchacho no había dudado en usar contra él.

- No lo toques –susurró el moreno con la mirada baja, apretando mucho los dientes.

- ¡Sasuke! –lo llamó el rubio, formando puños con sus manos.

- ¡No te metas, Kitsune! –le advirtió Sasuke alzando la voz, y el de ojos azules notó que el moreno no se perdía ningún movimiento por parte de Itachi. Sus ojos negros estaban fijos en su hermano mayor.

- ¡Teme! ¡Serás…! –intentó remediar la situación Kitsune una vez más, a su manera. Pero Sasuke se limitó a sujetarlo por la camiseta y entonces abrió la puerta del remolque, para después arrojar al rubio fuera de ella.

- Espera afuera –le ordenó al menor, con el entrecejo fruncido-. Ahora –luego solo dio otro portazo, que llamó la atención de los que pasaban cerca del lugar.

- ¡Sasuke! ¡Maldito teme! –gritó Kitsune mientras aporreaba la puerta que le cerraron en la cara-. Ese baka… -maldijo el Uchiha, antes de patear la entrada como había hecho Deidara y darse la vuelta, enfurruñado. Ese condenado entrenador de gatitos siempre tenía que complicar las cosas con Itachi…

- ¿Quieres que te lea el tarot? –susurró una voz al oído del rubio, y el chico dio un chillido por el susto, junto con un salto nada discreto.

Cuando el muchacho giró su rostro en la dirección de la extraña voz, semejante a un siseo que elevaba la sangre, sus ojos azules se toparon con una de las personas más raras que había visto en su vida, aún dentro del circo. El hombre tenía la piel de un enfermizo color blanco, incluso parecía tener una textura semejante a la del papel. Por si fuera poco, el extraño tenía los párpados maquillados de un brillante color púrpura, resaltando sus serpentinos ojos amarillos, que a su vez estaban enmarcados por una larga cabellera negra, alzando la altura de su cintura. Aunque vestía unos comunes pantalones negros, junto con unos zapatos del mismo color, también llevaba una holgada camisa blanca que recordaba mucho a una túnica, y un extravagante collar morado colgando del cuello, cuyo pendiente tenía la forma de algún símbolo que Kitsune no supo identificar. Una vez que el singular hombre supo que tenía toda la atención del chico, su boca se torció en una burlona sonrisa.

- ¿Quieres que te lea el tarot, muchacho? –repitió el reptil, sin darle importancia a la asustada cara de Kitsune. Al parecer ya estaba acostumbrado a causar esa reacción en la gente.

- N-no creo mucho en eso, dattebayo –tartamudeó el rubio en respuesta, una vez que recupero la voz. Quizás al hombre no le gustaron mucho sus palabras, porque se cruzó de brazos y su mirada perdió el poco sentimiento de amabilidad que destilaba.

- A las cartas no les importa si crees o no, sólo dan el mensaje y tú decides qué camino tomar –dijo el albino con seriedad. Después se dio la vuelta y comenzó a avanzar entre las ajetreadas personas que cargaban cosas de aquí para allá.

Kitsune se dio cuenta de que varios de los cirqueros evitaban al hombre con una expresión de horror en el rostro, cuando este se interponía en su camino; mientras que el resto desviaba su vista a cualquier otro lugar, menos a donde esos misteriosos ojos se encontraran. A pesar de eso, el rubio se sorprendió a sí mismo al mover sus pies tras el adivino, no sin echarle antes una mirada preocupada al remolque de Itachi. El silencio que lo envolvía no auguraba nada bueno.

El rubio se dio cuenta que caminaban hasta llegar al otro extremo de la carpa, hasta la zona más cercana a la entrada, donde una solitaria tienda de estilo árabe se alzaba, y el hombre no dudo en entra a ella. Kitsune lo siguió, pero una vez que lo hizo su nerviosismo creció. El lugar parecía ser nada más que capas y capas de tela oscura en distintos colores, como púrpura y negro, iluminado por una multitud de pequeñas velas, ninguna de ellas iguales. La poca luz se reflejaba en algunos objetos que colgaban del techo, que parecían ser candiles hechos con cristales y trozos de metal. Incluso el Uchiha creyó ver una bola de cristal en una esquina, sepultada bajo el polvo. El calor producido por la excéntrica iluminación era casi insoportable, y el fuerte aroma a incienso provocó que el rubio tosiera varias veces.

Mientras el muchacho observa el lugar, las cartas se habían desplegado con un movimiento fluido en una pequeña mesa, colocada justo en el centro de la habitación.

- Los Enamorados. Qué lindo… -dijo la serpiente con un marcado sarcasmo en la voz, haciendo que el rubio inflara las mejillas con molestia, a pesar del sonrojo. Los blancos dedos del hombre volteaban las cartas del tarot en un orden que Kitsune no supo entender, el reptil ni siquiera se había esperado a que el muchacho se sentara delante de él, cosa que el rubio dudaba todavía en hacer-. Altos niveles de atracción, hasta casi llegar a la obsesión, pasiones que pueden coronarse como un amor verdadero o… ¿solo serán espejismos engañosos en la neblina de la vida? –preguntó el adivino con una sonrisa torcida.

El rubio abrió mucho los ojos ante las palabras del hombre, y de inmediato se llevó una mano al pecho, sujetando el collar oculto bajo su camiseta. No le quedo de otra más que sentarse para que el ser de mirada serpentina continuara con su singular lectura, y el adivino sonrió satisfecho.

- La Justicia –susurró el hombre, y el tono de su voz se tornó más seria al mostrarle al rubio una ornamentada carta con la ilustración de una hermosa mujer, sosteniendo una espada en una mano y una balanza en la otra-. La verdad saldrá a la luz. Lo curioso es que esa luz puede iluminar la verdad de diferentes maneras, y crear sombras donde no debe.

Kitsune tragó saliva al ver como el extraño hombre pasaba sus manos sobre las cartas boca abajo, como si al acariciarlas con sus largos dedos alguna lo llamara con voz susurrante, en un tono tan bajo, que solo su amo podía escucharlas. El rubio agitó su cabeza de un lado a otro, recordándose mentalmente que nada era real, y que era su insana curiosidad lo que lo había llevado ahí.

- La Torre –dijo el adivino con cierto desdén en la voz, sacando al muchacho de sus pensamientos-. Un cambio repentino, o también podría ser ambiciones egoístas, la opresión.

"Las viejas suelen decir que también puede ser riesgos de accidentes" pensó para sí mismo Orochimaru, antes de buscar la siguiente carta "Tonterías…".

- El Mago. Capacidad para acercarse al poder y dirigirlo a través del deseo, pero ese poder podría emplearse para fines destructivos, provocado por la indecisión y una voluntad débil –decía el extraño sujeto, y el rubio pudo notar por la expresión de su rostro que el asunto parecía divertirle de cierta manera. Eso hizo que el de ojos azules torciera el gesto, no entendía que podía haber de bueno en una situación así-. La Muerte. Cambio, renovación…

- Eso ya me lo había dicho, dattebayo… -dijo Kitsune con desconfianza, hablando por primera vez.

- No es el mismo cambio, vienen muchos cambios en tu vida –contestó el hombre encogiéndose de hombros-. El Diablo, traiciones inesperadas. El Mundo, viajes. El Colgado, etapa de decepción, de silencio forzoso y de soledad.

En ese momento, las manos viajaban tan rápido sobre la mesa, a través de las cartas, con esa iluminación tan rara, que Kitsune comenzó a marearse. El rubio se sujetó con más fuerza la mano sobre el pecho, sintiendo que le hacía falta la respiración. La vista se le estaba nublando…

- ¿Ves esto en tu futuro, Naruto? –preguntó la voz del adivino a través del remolino de imágenes que había en la cabeza del Uchiha, y el muchacho creyó ver sus dientes brillar enfrente de él, demasiado cerca para su gusto.

- ¿Naruto? –preguntó Kitsune con la garganta seca.

- Si, Naruto... ¿Recuerdas a Naruto, chico? –siguió con el interrogatorio el adivino, dejando pasar a propósito el hecho de que el muchacho en la misma habitación parecía estar a punto de desmayarse.

El rubio cerró los ojos un momento, tratando de concentrarse en mejorar su respiración, Sintió que una mano fría era colocada en su mente, seguramente para comprobar que no tuviera fiebre. Naruto… ¿Quién tendría un nombre como ese? Bueno, él no era nadie para criticar, el mismo llevaba un nombre extraño. Pero Naruto le sonaba de algo, no solo del ramen que tragaba como si no hubiera un mañana, le sonaba de algo con un ligero perfume a violetas.

"Naruto…" dijo una suave voz femenina dentro de su cabeza.

- Naruto -repitió el Uchiha en un balbuceo, pero a pesar de todo notó cierta familiaridad al pronunciar la palabra, y el adivino pudo notarlo, haciendo que una sonrisa serpentina se extendiera por su cara-. Uzumaki Naruto…

Los ojos amarillos del hombre brillaron triunfantes, pero entonces una luz cegadora llenó la tienda, provocando que el reptil se llevara una mano a la cara para cubrirse el rostro. Para el muchacho, sin embargo, el aire fresco que entró al encerrado lugar fue vida misma para sus pulmones. Apenas pudo sentir como alguien lo tomaba por los hombros y comenzaba a sacudirlo.

- ¡Kistune! ¡¿Qué demonios haces aquí? –gritó la voz de Sasuke demasiado cerca, pero los ojos azules del chico no pudieron enfocar el rostro del moreno.

- Me estaban leyendo las cartas, dattebayo… -balbuceó Kitsune, aún atontado por todo lo que pasaba por su cerebro.

- ¿Desde cuándo crees en esas tonterías, dobe? –preguntó el de cabello negro con la ceja alzada.

- ¡Pensé que sería divertido, baka! –gritó el rubio en su defensa. ¡Todo estaba mal para el maldito teme, nada le parecía!

Sasuke rodó los ojos, imaginándose muy bien lo que estaba pensando ese trapecista escandaloso, y antes de que el chico empezara con sus quejas, tomó su muñeca y lo guió fuera de la tienda. El moreno le lanzó una mirada desconfiada al adivino antes de salir, pero el hombre parecía demasiado concentrado en recoger sus cartas como para prestarle atención al muchacho.

- Vámonos de aquí –le dijo Sasuke a Kitsune mientras se dirigían a la calle-. He tenido suficiente…

- Sasuke –lo llamó Itachi antes de perder a ambos chicos de vista, y tanto para su sorpresa como para la del rubio, el Uchiha restante detuvo sus pasos y se dirigió con semblante sereno a su hermano mayor. Tal vez, por fin los dos morenos habían hablado y arreglado sus diferencias, o al menos esa era la esperanza del trapecista, mientras Itachi los alcanzaba.

- Acabo de recordar que olvide algo –dijo Sasuke con simpleza, encogiéndose de hombros, y al segundo siguiente el muchacho estampó su puño en el rostro de Itachi.

No falto quien soltara una expresión ahogada cuando su domador estrella cayo al suelo, cubriéndose la sangrante boca con una mano, e incluso se escuchó una que otra maldición en contra del Uchiha Circus, pero nada de eso quitó la sonrisa de satisfacción de la cara de Sasuke.

- ¡Sasuke! –gritó Kitsune con reprobación, pero el chico no escuchó sus quejas.

- ¡Hora de irnos, usuratonkachi! –fue todo lo que dijo el moreno, antes de volver a tirar de la muñeca de su hermano.

Deidara avanzó un par de pasos en dirección a Itachi, dispuesto a tenderle una mano a su compañero para que se levantara, pero entonces el rubio vio como el dirigente del Akatsuki, Madara, hacia aparición a espaldas del Uchiha. El muchacho fue consciente de que los ojos negros del hombre se detenían un momento sobre él, antes de dirigirse al sitio por donde habían desaparecido Sasuke y Kitsune, sonriendo levemente satisfecho.

- ¿Comprobaste lo que te pedí, Orochimaru? –preguntó Madara en voz alta, mientras Deidara retrocedía y se dirigía hacia propio remolque, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón.

Solo entonces el resto de los presentes notaron que el viejo adivino del circo se encontraba presenciando la escena, unos cuantos pasos atrás, y todo mundo supo que ese era el momento de meterse en sus propios asuntos.

- Le saque un nombre: Uzumaki Naruto –dijo Orochimaru en voz baja, una vez que llegó a un costado de su indeseado jefe-; pero tardó mucho tiempo para que la droga que coloqué en el incienso hiciera efecto, y en cuanto dio unos pasos atrás recobró la conciencia. Cómo si ya hubiera estado bajo sus efectos… -murmuro el adivino con voz pensativa, más para sí mismo que para Madara-. ¿Estuviste hurgando entre mis cosas otra vez, Tobi? –le preguntó el hombre frunciendo el entrecejo y cruzándose de brazos.

El moreno no se digno a contestarle al hombre, sino que se dio la vuelta, dispuesto a irse por donde había venido. A Orochimaru le dio mala espina la manera en que el Uchiha se mordía los labios, como si estuviera ansioso por llevar a cabo las ideas que se le cruzaban por la mente. Todo se alineaba como debía hacer, aún no era negocio perdido, todavía no.

- ¿Qué te traes entre manos, Madara? –dijo entonces Orochimaru, sujetando de pronto el brazo del moreno.

- No te metas en lo que no te importa, Orochimaru –le advirtió el hombre, zafándose con facilidad de su agarre-. Sigues aquí porque no haces mucho ruido, pero no te arrastres demasiado cerca de mis asuntos, maldita serpiente.

El adivino entrecerró los ojos mientras el Uchiha se alejaba, pero no hizo otro intento por detenerlo. Había mejores maneras de conseguir información, y la "maldita serpiente" conocía la mayoría.

"Dos pueden jugar ese juego, Madara" pensó el reptil al tiempo que entraba en su anticuada tienda.

- ¿Kabuto? –llamó el de ojos serpentinos, entrando en una segunda habitación detrás del cuarto en el que Kitsune había estado. El sitio estaba repleto a rebosar de hierbas, frascos con contenidos extraños, libros viejos y polvorientos, y algunos artefactos cuya función era desconocida.

- Dígame, Orochimaru-sama –dijo una voz, detrás de unos libros, y luego de que algunos cayeran hasta el suelo, levantando una pequeña nube de polvo, surgió un muchacho de cabello azul atado en una coleta baja y un par de anteojos de montura redonda.

- ¿Todavía tengo el número telefónico de Jiraiya? –pregunto el adivino, cruzándose de brazos.

- Debe estar en alguna parte, en medio de este desastre… -contestó el chico, frunciendo el entrecejo ante el montón de cosas que lo rodeaban, la mayor parte cosas que él consideraría basura-. ¿Por qué? –preguntó con curiosidad, una vez que cayó en cuenta de lo que el hombre pedía.

- Creo que tengo algo interesante que contarle a ese viejo pervertido –susurró Orochimaru en respuesta, con una sonrisa algo malévola.

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Sasuke cargó con algo de dificultad el balde que sostenía entre los brazos. Solo tenía seis años, pero su padre insistía en que era bueno ayudarle en el circo con algunas cosas pequeñas, como llevar ese balde al sitio donde amontonaban las jaulas vacías de los animales. Tal vez en un par de años el viejo Fugaku dejaría que se acercara a la jaula de los tigres, como Itachi.

"Lo extraño desde que se fue al Akatsuki" pensó el moreno mientras se limpiaba el sudor de la frente.

En ese momento, un ruido entre las jaulas llamó su atención. Con cuidado, el Uchiha comenzó a husmear en el lugar, siguiendo aquel extraño sonido. Parecía una suave respiración, como si alguien estuviera… ¿dormido? Después de apartar algunas cajas viejas, vio que había una pequeña jaula en un rincón, con un ocupante inesperado dentro.

El pequeño niño tenía el cabello rubio, y estaba sucio, quizás también tuviera frio, ya que había conseguido una vieja frazada de entre las cosas que ahí se encontraban, envolviéndose en ella como había podido. Cuando el moreno extendió una mano para tocarle las mejillas, notó que unas marcas las recorrían, incluso pudo sentir sangre seca en ellas.

- Kitsune… -leyó Sasuke en voz alta, pasando sus dedos por el letrero colocado encima de la jaula.


(1) Shukaku se puede traducir como borracho en japonés, según la sabia Wikipedia X3

(2) ¿Hermana? xD

(3) ¿Hermano?

Zaludos

Zaphy

Sela Yal than Rami usa te, finta Zaphyrla... Temo si la ura le.