"Per aspera, ad astra…" Seneca; (4 a.C. – 65 d.C.), filósofo, político, orador y escritor romano.
Todos los personajes son de Masashi Kishimoto-sama
Capítulo 3. La Justicia
Advertencias:
OoC.
AU
Yaoi (SasuNaru).
Long Shot.
La siempre presente falta de ortografía.
El lector podría morir de aburrimiento.
Por favor, ten en cuenta que Zaphyrla es una autora que suele tratar contenido YAOI (Relación Hombre X Hombre).
¡Si no te gusta, no leas!
-¡¿Por qué demonios tienes que decirlo en todas las escuelas, dattebayo?! –Se escuchó retumbar la voz de cierto chico rubio por toda la carpa del Uchiha Circus; quien gritaba era un muchacho que usualmente tenía un alegre y vivaracho temperamento, pero que cuando le provocaban era demasiado…
-Hora de irse –dijo Jūgo torciendo la boca, y apresurando sus pasos para alejarse del remolque de Sasuke, igual que la mayoría de los cirqueros que se encontraban a dos kilómetros a la redonda.
-¡Pero nos perderemos todo el espectáculo…! –Se quejó Suigetsu con una sonrisa maliciosa en los labios-. ¡Oye! ¡Karin! –comenzó a quejarse el chico, cuando la pelirroja lo tomó por el cuello de la camiseta sin ninguna delicadeza y literalmente lo arrastró hacia la carpa principal, con el pretexto de ensayar su acto.
-No me importa que te hayas vuelto lo bastante bueno con los cuchillos como para que Fugaku-san te haya dado unos pocos y condenados segundos de fama –gruñó la muchacha de mal humor, sin soltar a su presa, ni mucho menos ser más considerada-, Sasuke-kun sigue siendo mucho más bueno que tú, y Kitsune-kun… lamento decirlo, ¡pero es un salvaje! –Dijo Karin, haciendo una mueca extraña con la boca-. ¡La cosa se va a poner fea!
-Tú lo que no quieres es escuchar cómo se reconcilian esos dos –soltó Suigetsu burlándose de ella-. No quieres escuchar como tu querido Sasuke-kun arrincona a Kitsune contra su cama y entonces comiencen a…
-¡Cierra la boca, maldito voyeur! –Chilló la pelirroja ante las palabras de su amigo, con el rostro de un vivo color escarlata, tan rojo como su cabello-. ¡No necesito escuchar tus malditas explicaciones!
-Sobre todo porque los extraños ruidos que se escucharon el otro día desde el remolque de Sasuke fueron mucho más gráficos que cualquier explicación de Suigetsu –intervino entonces Jūgo, caminando tranquilamente delante de los otros dos. Su comentario le ganó una mirada aterrada por parte de Karin, pero una sonora carcajada por parte del de pelo blanco.
Sin embargo, la situación dentro de la casa rodante que ocupaban ambos chicos Uchiha no era como para divertirse. Sasuke trataba de permanecer en completa calma a pesar del desastre que armaba su querido hermanito en su espacio personal, gruñendo interiormente al saber que la mayor parte del tiradero iba a tener que recogerlo él.
Después de que el moreno besara al trapecista frente a toda la escuela, Kitsune había salido corriendo a la mayor capacidad que le daban sus agiles piernas, sin dirigirle una palabra a nadie ni mirar atrás. Sasuke se permitió observar con sorna a un estupefacto Gaara, pero luego decidió que lo mejor era seguir a su pequeño zorro salvaje, antes de que hiciera una tontería.
El domador había soltado sendas palabrotas cuando perdió el vagón en que subió el rubio para regresar al circo, y se vio obligado a esperar al siguiente, llegando justo a tiempo para observar como Kitsune entraba a su remolque dando un portazo.
Luego habían comenzado los gritos.
-¿¡Y por qué demonios tenías que besarme también, Sasuke?! –siguió chillando el de ojos azules, tirándose de los rubios cabellos.
-Deja de quejarte, dobe –gruñó el moreno, perdiendo finalmente la paciencia-, no fueron mentiras.
-¡Pero hay maneras de decirlo, dattebayo! –alegó su hermano, girándose hacia él y señalándolo con un acusador dedo índice.
El mayor le dedicó una mirada fastidiada, pero al ver que el trapecista seguía terco en culparlo por lo sucedido, obligo a sus pies a moverte hacia el chico, descruzando sus brazos. El rubio soltó un jadeo de sorpresa cuando el moreno sujetó sorpresivamente la mano con la que lo apuntaba, atrayéndolo contra él.
-¡No estoy jugando, teme! –bramó enojado Kitsune, tratando de liberar su diestra del agarre del domador.
Aprovechándose de su mayor fuerza, Sasuke aumentó la presión con la que sometía al chico, llevando la mano del rubio hasta sus labios. Kitsune tragó saliva cuando el moreno dejó caer un ligero beso sobre su muñeca, al mismo tiempo que la punta de su nariz tocaba el dorso de la mano contraria, para así poder aspirar el tenue olor a cítricos que desprendía Kitsune, proveniente del jabón que acostumbraba usar.
-Sigo molesto, idiota… -murmuró el de ojos azules, tratando de parecer indiferente ante las atenciones de su pareja, a pesar de que su mirada no se apartaba de la manera en que los labios delgados del domador rozaban su piel morena.
Cuando el tibio aliento del moreno llegó a las yemas de sus dedos, el control de Kitsune terminó por derrumbarse, y Sasuke sonrió triunfante cuando fue el mismo rubio quien termino buscando sus labios para exigirle un apasionado beso. Mientras las manos del domador acariciaban con languidez las caderas de Kitsune, este había alzado sus brazos para envolver su cuello entre ellos, inclinándolo más hacia él.
Si algo disfrutaba Sasuke era torturar a Kitsune con sus caricias, dándole pequeñas probadas de lo que le pedía con sus silenciosas acciones, pero sin darle todo lo que necesitaba tan desesperadamente. El mayor se llenó de satisfacción cuando comenzó a repartir con lentitud pequeños besos sobre las mejillas marcadas del rubio, y en respuesta el trapecista gimió insatisfecho.
-¿Kitsune? ¿Estás ahí? –gritó de pronto la voz de Kiba, al tiempo que golpeaba la puerta del remolque. Era evidente que nadie le había advertido al pobre chico que los jóvenes Uchiha iban a estar "ocupados".
El sonido provocó que Kitsune diera un brinco debido a la sorpresa, e hiciera ademán de separarse de Sasuke; por supuesto, eso era algo que el de ojos negros no iba a permitir, así que sin perder tiempo, sujetó al rubio de la cintura y comenzó a guiarlo más adentro de la casa rodante, alejándolos de la puerta.
-No contestes –ordenó el moreno, llevando una mano a la nuca del menor.
-¡P-pero…! –intentó apartarlo el trapecista, frunciendo el entrecejo, pero la frase quedó a la mitad cuando el domador lo atrajo con brusquedad hacia él, besándolo con más ansia que la demostrada hasta el momento por Kitsune.
-¡Soy yo! ¡Kiba! –siguió hablando el castaño desde la puerta. Ahora se escuchaba algo molesto, y sus palabras fueron seguidas por un sonido sospechosamente similar al que provocaba una patada dada contra la pared de lamina del remolque.
-No vayas –dijo Sasuke contra la boca de Kitsune, antes de volver a besarlo.
La queja que deseó soltar el rubio cuando ambos cayeron contra el único sillón de la habitación murió en su garganta, los labios ajenos que se presionaban contra los suyos no la dejaron salir. El menor supo que la resistencia que debía aparentar no iba a durar mucho si seguían por ese camino, sobre todo cuando las manos de Sasuke comenzaron a perderse debajo de su camisa escolar.
-Necesito que vengas conmigo a hacer la compra –siguió explicando Kiba, soltando un bufido-. Es nuestro turno esta semana.
-Sasuke, tengo que… -balbuceó Kitsune, mientras el domador comenzaba a atacar su cuello, dejando marcas demasiado visibles para su gusto, al tiempo que los rápidos dedos del chico soltaban los botones de su ropa.
-¡He dicho que no! –dijo Sasuke con un gruñido, sujetando de repente el rostro del otro muchacho y clavando sus airados ojos oscuros en la mirada celeste del Uchiha menor.
Una vena saltó en la frente del rubio ante la terquedad del domador.
-¡Se que estas ahí, Kitsune! –gritó el Inuzuka, aporreando la puerta del remolque de los Uchiha con ambos puños. El castaño comenzaba a enfadarse de verdad, ya que estaban perdiendo mucho tiempo y había demasiadas tareas que hacer-. ¡Tu madre los vio llegar a ti y a Sasuke!
El castaño dio un salto hacia atrás cuando una sinfonía de extraños ruidos comenzó a escucharse en el interior de la casa rodante; cosas cayendo, porcelana quebrándose e incluso el maullido de un gato que le erizó los vellos del cuello. Finalmente la puerta se abrió de golpe, y un Kitsune bastante molesto salió del remolque, dando grandes zancadas.
-Listo, dattebayo –dijo el rubio de mal humor, pasando por un lado de Kiba sin darle siquiera una mirada.
-Ah… ¿Estabas dormido? –preguntó el Inuzuka, llevándose nervioso una mano al cabello. Una de sus cejas se alzó interrogante al ver como su amigo se acomodaba correctamente la camisa, y luego se ajustaba una bufanda sobre el cuello; hacia frio, pero no tanto como para abrigarse así.
-¡Sí, sí, estaba dormido! –aseguró el trapecista con vehemencia, agitando mucho los brazos, y sólo con eso Kiba supo que estaba mintiendo.
La sensación de que alguien lo estaba desmembrando con la mirada hizo que el castaño se diera la vuelta con un escalofrío recorriéndole la espalda, y su rostro se torno azul cuando vio a Sasuke recargando contra el marco de la entrada, escaneándolo como si fuera un insecto que ansiaba pisar con la suela del zapato, en el punto exacto de su cuerpo que le causara más dolor.
-¡H-hola, Sasuke! –saludó amigablemente el castaño, tratando de que el nerviosismo no se le notara. La sonrisa comenzó a resbalársele del rostro al ver que el moreno no movía ni un músculo, como si se tratara de una estatua-. M-mejor vámonos, Kitsune –tartamudeó nervioso Kiba, reemprendiendo el camino junto al rubio.
El Inuzuka supo que de verdad había interrumpido algo, lo más probable una discusión, cuando el trapecista le volteó la cara al Uchiha mayor, con un puchero en los labios. Mientras avanzaban entre la multitud ajetreada que preparaba la carpa para las funciones que se darían ese día, los pensamientos de Kiba seguían en la profunda mirada de odio que siempre le dedicaba Sasuke.
-Sasuke… nunca va a perdonármelo, ¿verdad? –preguntó de pronto el castaño, rompiendo el cómodo silencio que se había instalado entre él y Kitsune.
-¿El qué? –le regresó el rubio, realmente confundido, girándose hacia Kiba. En los pocos metros que había caminado junto a su amigo no dejo de gruñir mentalmente el ridículo comportamiento de su pareja, y poco atención le había prestado a lo que pasaba a su alrededor.
Kiba se detuvo con lentitud, esperando pacientemente a que el Uchiha lo imitara.
-El haberme fijado en ti una vez –contestó el Inuzuka con la sonrisa un poco triste, mirándolo directo a los ojos-. ¡¿Pero qué demonios…?! –chilló asustado el castaño, cuando Kitsune lo empujó con brusquedad.
El muchacho estaba por preguntarle al de ojos azules por su extraño comportamiento, cuando vio la hilera de cuchillos que temblaban al haber sido clavados en la tierra, justo sobre el sitio donde segundos antes Kiba había estado de pie, e inmediatamente el chico se sintió enfermo. A poca distancia pudo escucharse como alguien daba un estruendoso portazo al entrar en un remolque.
-¡Vámonos! ¡Se nos hace tarde, dattebayo! –dijo Kitsune con una risita nerviosa, mientras le ayudaba a Kiba a ponerse de pie y alejaba a todos los curiosos sacudiendo las manos, quitándole importancia al asunto-. Estúpido teme… pensé que había dejado los cuchillos bajo llave –murmuró después de mal humor.
Si alguna duda le quedaba al Inuzuka de la identidad de su atacante, desapareció con la misma rapidez que un parpadeo al escuchar los susurros de Kitsune. No pudo evitar sentirse aún más enfermo.
-¿Kitsune? ¿Pasa algo? –preguntó el castaño con la garganta seca, notando que su amigo ya no lo seguía.
Habían llegado por fin a la calle, y el menor de los Uchiha se había quedado estático, observando el otro extremo de la acera. Por un segundo le había parecido ver una larga cabellera rubia que se le antojaba vagamente familiar, como si la hubiera visto alguna vez en un sueño; pero cuando había girado de nuevo el rostro para observar con más cuidado… no había nada ahí.
-No, nada dattebayo… -balbuceó inseguro Kitsune, antes de recuperar la sonrisa de siempre y correr para alcanzar a Kiba-. ¡Imaginaciones mías!
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Una mujer había dejado atrás el elegante coche en que viajaba, además de los hombres de traje con expresión ceñuda que la custodiaban, alegando con terquedad que no iba tan lejos como para necesitar que la siguieran. La pelirroja caminó a lo largo de la carpa del circo, ignorando las imágenes de los fieros tigres de bengala que rodeaban a un hombre de cabello negro, y sólo detuvo sus pasos hasta llegar a aquella figura que había llamado su atención, aún desde la concurrida calle.
Se trataba de una muchacha con una larga cabellera oscura y ojos del mismo color, vestida con un leotardo blanco de mangas largas. Un antifaz hecho de plumas blancas le cubría buena parte del rostro, mientras que unos delicados zapatitos de igual color, hechos con una suave tela, le cubrían los pies. La joven se balanceaba con gracia sobre un trapecio, de cuya existencia no se percataba el observador hasta más tarde. Sin embargo, la parte más llamativa de la artística imagen que adornaba la carpa del Uchiha Circus eran las inmensas alas blancas que surgían de la espalda de la muchacha.
La singular vestimenta que la caracterizaba y su impresionante talento sobre el trapecio eran lo que le había otorgado el apodo de "Ángel" a Uchiha Mikoto, durante sus afamados días de juventud. Fue precisamente la mágica aura que rodeaba la belleza de la trapecista, lo que impresionó tanto a la tierna mente de su hijo. Kushina se mordió los labios al recordarlo.
"¡Katan! ¿Eto… antel?" escuchó que resonaba en su cabeza una vocecilla infantil, proveniente desde los recuerdos más hermosos, pero a la vez más dolorosos que poseía la mujer. No pudo evitar que algunas lágrimas empañaran sus ojos violetas.
-Sí, amor –murmuró la mujer mientras extendía una mano hacia la carpa y acariciaba las alas de Mikoto, pronunciando las mismas palabras que dijera años atrás-, eso es un ángel, y esta noche vamos a verlo volar, ¿ne?
-La entrada es por enfrente, dattebayo –dijo de pronto una voz a sus espaldas, con algo de desconfianza.
Las repentinas palabras sobresaltaron a la pelirroja e hicieron que se diera la vuelta con rapidez. La recibió una visión que podría considerarse extraña de muchas maneras, pero después de que Kushina recordara el lugar donde se encontraba, supuso acertadamente que podría ser cosa de todos los días.
La persona que le había hablado a la Uzumaki era un payaso. Se veía con claridad que debía tratarse de un hombre joven, todavía un muchacho, con el cabello rubio y los ojos azules. Vestía unos pantalones a cuadros, combinando un vivo color rojo con un amarillo de un tono más bien opaco. La tela estaba remendada a propósito en varios lugares, como las rodillas y los bolsillos traseros, sitios en los que fueron colocados unos llamativos parches de colores brillantes usando unas puntadas gigantescas.
Una sencilla camiseta blanca, sin mangas, le cubría el pecho, encima de la cual posaban los tirantes negros que le sujetaban los holgados pantalones y evitaban que se cayeran. Debajo del borde inferior de la tela a cuadros sobresalían unos enormes zapatos anaranjados, en definitiva chillantes.
Kushina notó que el muchacho se llevaba una mano a la cabeza, y solo entonces se percató de que el rubio portaba además unos impecables guantes blancos y un alto sombrero de copa de textura aterciopelada, con un listón azul adornándolo. No sólo eso, a cada lado del sombrero sobresalían unas peludas orejas de zorro, que hacían juego con la cola que se balanceaba de un lado a otro, al compás del caminar del chico.
No podía faltar el clásico maquillaje blanco del payaso, con una amplia boca escarlata, las mejillas rojas y los parpados pintados exageradamente. Una lágrima negra descendía desde su ojo derecho, pero además tenía muy marcadas tres líneas en cada pómulo, imitando los bigotes de un zorro.
-No vengo a ver el circo, dattebane –contestó Kushina tratando de sonreír, aunque la mueca no debió salirle como quiso, a juzgar por el repentino semblante apesadumbrado del payaso-. Los circos… me traen recuerdos –murmuró la mujer, volviendo a pasar sus dedos sobre las alas del ángel-. Tristes recuerdos…
Los ojos violetas de la Uzumaki se abrieron en sobremanera cuando sintió que una mano era colocada sobre su hombro, y cuando giro su cabeza hacia el payaso, una brillante mirada azul celeste le dio la bienvenida.
"Tan iguales a los de Minato…" pensó Kushina interiormente.
-¿Está bien, dattebayo? –Preguntó Kitsune con preocupación-. ¿No necesita ayuda?
-No, es solo que… -balbuceó la pelirroja, mientras se secaba las pequeñas lágrimas que le había corrido por las mejillas-. ¡Estoy actuando como una tonta! –se regaño a sí misma la Uzumaki, golpeándose ligeramente el rostro con algo de humor.
Los ojos del muchacho no tenían porque ser iguales a los de su esposo. Sí, ambos pares eran de un tono azulado muy difícil de encontrar, pero al fin y al cabo, ojos celestes había por todo el mundo. Con el paso de los años Kushina aprendió a reprimir su sentimentalismo, obligándose a no buscar en todos los jóvenes que conocía el rostro de su hijo perdido.
-¿Mejor? –Preguntó el payaso con una sonrisa, que se amplió al ver que la mujer le correspondía el gesto y asentía con la cabeza-. Mi nombre es…
-¡Kitsune! –gritó una tercera voz a lo lejos, proveniente desde algún punto a espaldas del muchacho, y de inmediato el rubio se giró para encarar al recién llegado.
Se trataba de otro chico, otro trabajador del circo considerando su vestimenta, aunque esa fuera mucho menos llamativa que la del payaso. Los ojos negros del muchacho vieron a la pelirroja con cierta sorpresa, y después, con clara hostilidad, lo cual le causo mucha gracia a la Uzumaki. El moreno vestía una corta yukata negra, con las mangas recortadas, la tela de color completamente liso excepto por un ligero diseño de grecas escarlatas que le adornaba el borde inferior, en el costado derecho. Un fajín de seda rojo sangre le envolvía la cintura, contrastando con la camisa blanca que se asomaba bajo la yukata, la cual tenía el dibujo de un dragón plateado. Unos guantes oscuros, con los dedos recortados, le cubrían casi por completo los brazos, pero aparte de eso, no llevaba más adornos que un largo pendiente dorado colgando de la oreja izquierda.
-¡Sasuke! –saludó el rubio con una enorme sonrisa, mientras el moreno llegaba hasta donde él se encontraba.
-Entras en 30 minutos, dobe –dijo Sasuke, sin dejar de fulminar a Kushina con la mirada, aunque la mujer fingía no notarlo-. Apenas si tienes tiempo de arreglarte.
-¡Cierto, dattebayo! –exclamó el otro Uchiha, repentinamente apurado. La pelirroja rió ante los ademanes exagerados del muchacho, quien se había llevado ambas manos hasta las peludas orejas; el sonido hizo que el payaso reparara de nuevo en su presencia-. ¡Adiós, señora! –dijo Kitsune con una picara sonrisa, al tiempo que hacia una exagerada reverencia delante de la mujer.
La Uzumaki abrió mucho los ojos, halagada, cuando el rubio realizó una floritura con la mano y en medio de una lluvia de confeti, salida de quien sabe dónde, apareció una enorme flor roja hecha de papel. Kushina, muy sonriente, no tardó en tomarla entre sus manos.
-¡Ramen se despide, dattebayo! –gritó el payaso, para después soltar una carcajada e inclinar su sombrero de copa con elegancia.
-¡Kitsune! –lo llamó entonces Sasuke, cuando el rubio apenas se daba la vuelta para irse. El trapecista supo de inmediato que el tema de conversación no iba a ser de su agrado, ya que el moreno lo había sujetado por el antebrazo para que no saliera huyendo.
La oscura mirada del Uchiha mayor veía a Kitsune con preocupación, pidiéndole en silencio que no fuera a la pista del circo.
-Ya hablamos de esto, Sasuke –masculló el rubio de mal humor, jalando su brazo para liberarse del agarre.
El domador no intentó detenerlo esta vez, se limito a ver como la figura del payaso se perdía en dirección de su casa rodante. Sin embargo, una alegre voz a sus espaldas le recordó al muchacho que no se encontraba solo.
-¿No vas a ver a tu amigo, dattebane? –Preguntó Kushina con cordialidad-. ¡Debe ser un gran espectáculo!
-No –gruñó Sasuke en respuesta, mirando a la pelirroja con profundo desagrado.
No era de la incumbencia de la mujer el saber que nunca había visto con sus propios ojos la actuación de Kitsune. El moreno reparo entonces en la flor artesanal que sostenía la Uzumaki, y ante la sorpresa de Kushina, se la arrebato con brusquedad.
-¡Maldito bastardo engreído! –gritó indignada la de ojos violetas, y esta vez fue el turno de Sasuke para sorprenderse. El Uchiha, guiándose por el elegante kimono de tonos verdes y los guardaespaldas que esperaban a pocos metros junto a un automóvil negro, había pensado que la visitante pertenecía a la alta sociedad japonesa-. ¡Cualquiera diría que te lo quiero quitar, dattebane! –bramó Kushina, sujetando al muchacho por el cuello de su yukata.
-Kitsune es demasiado joven para una mujer mayor como usted, señora –dijo con desdén el moreno, una vez recuperado de la impresión. Mientras hablaba, el chico apartó las manos de la mujer de su ropa, aunque con algo de dificultad, y luego simplemente se dio la vuelta.
La desconocida le daba mala espina, la mirada que le había estado mandado a Kitsune todo el tiempo que el payaso estuvo presente fue muy extraña.
-¡Seré una vieja, pero al menos no me amargo la vida como tú! –le gritó la pelirroja al moreno, mientras éste se alejaba.
Kushina frunció los labios hasta formar un puchero y se cruzó de brazos, venciendo la tentación de ir tras el Uchiha para recuperar el regalo que le había dado su simpático amigo, el payaso rubio. Finalmente la pelirroja se giró sobre sus pasos, aún enfurruñada, para avanzar en dirección a su transporte. Todavía debía revisar varios bares para dar con Jiraiya, y ella no podía estar perdiendo el tiempo con adolescentes hormonales y paranoicos.
-Teme… -gruñó Kushina entre dientes, al tiempo que cerraba la puerta del automóvil dando un portazo.
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Madara sonrió ante los avances de la carpa, si bien el Uchiha Circus se les había adelantando con el día de apertura, el Akatsuki solo tenía que hacer de su primer espectáculo algo verdaderamente impresionante para atraer a la multitud; y lo estaba consiguiendo.
Se ajustó el traje de payaso de una sola pieza que vestía, en colores amarillo, morado y verde lima, sacudiendo el inexistente polvo de las motas de algodón rosas que llevaba al frente. También se acomodó sobre su cabeza, con ademanes exagerados, el gorro azul en forma de cono. Desde que había perdido el ojo, el hombre llevaba para sus actos una máscara con la forma de una piruleta, que a diferencia del parche no asustaba a los niños.
-¡Sempai! –chilló el moreno para luego abalanzarse sobre Deidara. La mayoría de los cirqueros presentes rodó los ojos ante el gesto, exasperados por el infantilismo de su jefe-. ¡Tobi quiere que hagas unos hermosos fuegos artificiales! ¿¡O.K.!? –le dijo al rubio, mientras le apretaba las mejillas con fuerza.
-¡Mis juegos artificiales siempre son hermosos! ¡Una obra efímera, que son indignos de contemplar, uhm! -gritó Deidara en respuesta, empujando a Madara hasta quitárselo de encima. Un poco más atrás, Sasori soltó un pequeño suspiro; su amigo solía ponerse muy poético cuando se trataba de alabar su arte.
El Uchiha, en vez de caer al suelo por el brusco trato del rubio, dio una espectacular pirueta en el aire y quedo de pie en medio de las personas reunidas.
-¡Ta…da! -exclamó Tobi con entusiasmo, alzando los brazos al cielo. No falto el payaso, literalmente, que le aplaudiera a su líder.
-¿En qué maldito nido de ratas fui a caer? –se lamentó Deidara para sí mismo, alejándose lo más que podía de Madara.
-¡Ahora que todo está listo para el gran día de apertura de nuestro fabuloso circo…! –Comenzó a decir el payaso, uniendo algunas palmadas de su parte a la algarabía general-. Todo el que no sea Akatsuki salga de la carpa –dijo Tobi, con una voz helada que no parecía pertenecerle-. Ahora…
Poco a poco el silencio comenzó a hacerse en la habitación, hasta que el murmullo de las conversaciones fue reemplazado por el ruido de pies arrastrando. Un grupo reducido de diez personas quedó al resguardo del techo de lona del Akatsuki, con el ambiente entorno a ellos tensándose con rapidez.
-Kakuzu, ¿nos has conseguido un juguete interesante? -preguntó Madara al tiempo que llevaba una mano hasta las motas que adornaban su traje, jugando distraídamente con ellas.
Un hombre alto de cabello negro y lacio, que hasta el momento había permanecido en una esquina oscura, se adelantó hasta el reflector de la pista principal, donde todos los presentes pudieran verlo claramente. Kakuzu era identificado con rapidez como el administrador del circo, imposible confundirlo, debido a las marcas de puntos que tenía en la mayor parte del rostro, cuyo misterioso origen no le había revelado a nadie. El hombre sabía a la perfección como, cuando y porque entraba cada yen de la organización, incluyendo aquellos yenes que procedían de las actividades que podían meterlos en serios problemas con la policía.
-Hyuga Hinata –dijo Kakuzu, al tiempo que le arrojaba a Tobi un grueso sobre manila, cuya información ya había memorizado-. Es de seis cifras, diez si presionamos al padre lo suficiente. Tiene una hermana menor, Hanabi, la preferida del patriarca, pero Hinata es la heredera.
-Los Hyuga manejan el 15% de la industria del software en Japón –intervino un hombre de cabello anaranjado y el rostro llenó de percings, que se encontraba cerca de la salida de la carpa-. Si Hyuga Hiashi sigue manejando sus cuentas como hasta ahora, sus bolsillos no harán otra cosa que llenarse.
-Gracias por decir algo que todo sabemos, Yahiko –opinó Zetsu con un tono aburrido, un hombre con la piel pálida de un costado mientras que del otro era negra, el pelo verde y los ojos de un extraña tono amarillo. Sus palabras provocaron que el más joven lo viera de forma asesina.
-¡Serás…! –gruñó enojado el pelirrojo, agitando su puño en dirección a Zetsu, hasta que una mano delicada fue colocada sobre él.
-Yahiko –lo regaño Konan ligeramente, una chica de brillante cabello azul con una flor de papel en él.
-La chica tiene diecisiete años, va a una escuela pública por recomendación de su madre –siguió hablando Kakuzu, como si nadie lo hubiera interrumpido-, tiene miedo hasta de su propia sombra y… Esto te va a encantar, Madara –dijo entonces el moreno, llamando la atención de Tobi. Por primera vez alguna emoción parecía reflejarse en el inexpresivo rostro del hombre: la burla-. Es admiradora del circo. Hyuga Hinata es presidenta y fundadora del mayor club de fans de Uchiha Kistune. Tienen una página de internet bastante popular.
Mientras Kakuzu daba su informe, el dueño del circo había estado removiendo su máscara, para colocar en su lugar el sencillo parche negro que le cubría el ojo izquierdo, por lo que cuando su subordinado termino de hablar, todos los presentes tuvieron un primer plano de la escalofriante carcajada de Madara.
-¿Así que nuestro próximo juguete conoce al zorrito escurridizo? –preguntó en un susurro el moreno, luego de calmarse-. Tal vez… les conceda pasar unas horas uno al lado del otro –planteó el hombre con una sonrisa maliciosa.
-¿Estás seguro de que es él? –Demando saber Itachi, hablando por primera vez-. Si acogemos en casa al zorro equivocado, las cosas podrían complicarse.
Tobi dirigió el único ojo que tenía sano hacia la figura del menor, tratando de descifrar los sentimientos que se escondían en la voz de su joven pariente, más allá del tono indiferente.
-¿Quieres proteger a tu hermanito, Itachi? –se burló Madara, haciendo que el otro Uchiha lo viera con profundo odio.
-Si considerara a Kitsune como un hermano… -respondió el domador-, entonces tendría que considerarte a ti un verdadero Uchiha, Madara.
El enojo que la mirada de Tobi desprendió en ese momento solo se comparaba con el de Itachi, pero la tensión en el ambiente fue roto abruptamente cuando Deidara le arrebató a Madara el sobre que con anterioridad le había entregado Kakuzu.
-¡Podrías haberlo pedido, sempai! –se quejó Tobi, desviando su atención de Itachi hacia Deidara.
-Es que lo vi tan inmersos en su riña familiar que no quise interrumpir –rezongó el rubio, mientras ojeaba con rapidez entre los papeles que había obtenido-. Tenía la esperanza de que se mataran el uno al otro, uhm.
-¡Sempai, no sea malo! ¡Tobi es un buen chico! –chilló el payaso con voz lastimera, arrojándose sobre el desprevenido chico.
-¡Quítate de encima, maldición! –bramó enfurecido el artista, tratando de zafarse de su empalagoso jefe, hasta que le soltó un puñetazo en el rostro que lo mando al suelo-. La seguridad de la casa es una porquería –aseguró el rubio, dirigiéndose al resto al tiempo que hacia crujir sus nudillos-, ¡nada que yo no pueda manejar! –dijo con una sonrisa prepotente en los labios.
-No vas a explotar el lugar esta vez, Deidara –le advirtió Itachi, colocándose delante del menor, mientras Madara trataba de ponerse de pie a sus espaldas, de una forma muy teatral, tambaleándose como si estuviera borracho-. Lo dejamos pasar en Tateyama porque Hidan dejo evidencia…
-Una pierna y un par de dedos es algo más que evidencia –masculló el rubio entre dientes.
-… pero que no se te haga costumbre –siguió hablando el moreno, sin prestarle atención a la interrupción de Deidara.
-¡Vete a la mierda, uhm! –explotó el artista dándose la vuelta, echando pestes por la boca mientras regresaba al lado de Sasori.
-Hablando de Hidan –intervino entonces Yahiko, alzando la mano como si todavía siguiera en la escuela-, ¿ya está listo el muy maldito? –hablando con desprecio del hombre que no se encontraba presente.
-Un almacén en la zona oeste de la ciudad –contestó Kakuzu con rapidez-. Es un lugar transitado, así que no verán sospechoso el movimiento, pero lo suficientemente aislado para mantener alejados a los indiscretos.
-¿Cuándo atraparemos el pequeño canario? –preguntó Konan, jugando distraídamente con la flor de su cabello.
-En una semana –sentenció Madara, llamando la atención de Akatsuki-. En una semana Hina-chan será nuestra invitada de honor. Es todo –el hombre señalo la salida de la carpa, y en poco tiempo el grupo caminaba hacia el lugar indicado, deseando salir lo más pronto posible de la presencia de sus compañeros. Pero antes de que cierta cabellera rubia desapareciera con el resto, el líder de la organización habló de nuevo-. Deidara…
Con los puños apretados, el muchacho se obligó a regresar al lado de su jefe, ya que supo reconocer que no se trataba de uno de los estúpidos juegos del hombre, debido al tono seco en la voz de Madara.
-¿Estás seguro de poder con la vigilancia? De nuevo será tu turno, luego de tantos años –dijo el moreno, cruzándose de brazos.
-No soy un inútil –gruñó el rubio con fiereza.
-¿En serio, sempai? –canturreó Madara al oído del menor, al tiempo que su mano se enroscaba alrededor de la cintura del más bajo, atrayéndolo rudamente contra él-. Según recuerdo, la última vez se te escapó un tierno niñito de unos tres años. Se esfumó frente a tus respingadas narices –susurró el hombre con voz seductora, mientras le acariciaba el rostro con su mano libre.
-No… me toques, Madara –le advirtió Deidara con los dientes fuertemente apretados, empujándolo contra uno de los pilares que sostenían la carpa del circo.
-¿Cuánto vas a ceder ante mí? –Preguntó el payaso burlonamente, sin prestar atención al fuerte brazo que le presionaba el cuello-. Todo sería más fácil para ti, Deidara, para tu familia…
Por un instante Tobi lució confundido genuinamente, cuando el rubio que lo sometía soltó una carcajada mordaz.
-No soy precisamente un hombre de familia, Tobi –dijo el artista, viendo a su jefe con profundo desprecio-. Los imbéciles de mis padres y la mocosa de mi hermana pueden arreglárselas bien sin mí, uhm. Aunque no fuera así –añadió el muchacho, ampliando la sonrisa torcida que tenía en la cara-, no movería un dedo por ellos.
-¿Y por qué no te has ido entonces, Dei-chan? –cuestionó Madara, y el chico de ojos azules soltó una exclamación de sorpresa cuando el mayor se deshizo con suma facilidad de su agarre, quien lo sujetó por un brazo y luego lo empotró contra la misma viga con la que antes Deidara lo estaba reteniendo.
El rubio maldijo interiormente el estúpido apodo que tenía Tobi para él, pero se obligó a morderse con fuerza los labios y no soltar un gemido de dolor cuando el payaso uso todo su peso corporal contra su espalda para aprisionarlo.
-La puerta es bastante ancha –agregó el moreno con malicia, sujetando el rostro del muchacho para guiar su mirada hacia la entrada de la carpa.
-Por la misma razón por la que no se van muchos –se atrevió a responder Deidara, a pesar de saber que burlarse de su jefe solo le traería problemas-. ¡Estamos metidos hasta el cuello, uhm! ¡Es muy tarde para irse, maldito! –gritó el rubio-. ¡Pero de no ser así ten por seguro que yo…!
-Te quedaras en el Akatsuki hasta que yo lo diga –siseó molesto Madara, girando entonces el cuerpo de Deidara, consiguiendo tenerlo finalmente de frente.
Tobi observó con profunda satisfacción la mirada envenenada que le dedicaba el rubio en esos momentos, y no pudo evitar la tentación de inclinarse hacia él, pero no para capturar sus labios en un dulce beso, sino para morder el lóbulo de la oreja del artista, con tanta saña que lo hizo sangrar. Los dedos del moreno se deslizaban codiciosos por las piernas del rubio, cuando un extraño chasquido seguido de un rítmico pitido hizo que levantara la cabeza.
Los encendidos ojos de su amado artista reflejaban tanta ira, que la tentación que Madara sentía de darle rienda suelta a todos sus impulsos era prácticamente insoportable.
-Quítame tus asquerosas manos de encima –gruñó Deidara, destilando ira en cada silaba. El único ojo útil de Tobi se desvió hacia la mano derecha del chico, donde se encontraba un pequeño control cuadrado.
-Sempai, eso es peligroso –dijo Madara con la voz más suave que tenía, alzando las manos en señal de rendición; por si acaso eso no fuera suficiente, también retrocedió algunos pasos-. El rango de la explosión va a alcanzarte.
El moreno conocía lo suficiente del toque especial que Deidara tenía con cualquier artefacto explosivo como saber el peligro en el que se encontraba; todos los miembros del Akatsuki estaban familiarizados con el musicalizado sonido que el muchacho le colocaba a sus bombas, era inconfundible.
-Antes muerto que dejar que me toques –aseguró el rubio, sin ninguno asomo de duda en la voz.
-¿Deidara? –llamó en ese momento la voz de Sasori, proveniente desde la entrada de la carpa.
Madara maldijo por lo bajo la interrupción, y termino por poner más distancia entre él y su presa. El moreno supuso que el Akasuna se había extrañado de la tardanza de su amigo, por lo que debió regresar a buscarlo. Maldito fuera el condenado titiritero…
-No te preocupes, Sasori –dijo Tobi, al tiempo que volvía a colocarse su cómica mascara y enfilaba hacia la salida, pasando por un costado del pelirrojo-. Dei-chan ya se iba, ¿no es cierto, sempai?
El artista apenas reaccionó ante el ridículo diminutivo, prefiriendo observar con ojos entrecerrados como la mano del moreno retiraba la pequeña bomba que le había colocado en el cuello, guardándola en su bolsillo.
-Deidara –volvió a nombrarlo su jefe, antes de desaparecer tras la rígida cortina de lona-, a mí nadie me quita de la cabeza que tú dejaste ir a Uzumaki Naruto.
Nada más Madara se perdió de vista, el rubio se dejó caer al suelo, soltando el control de la bomba con manos temblorosas y la respiración acelerada. Sasori caminó calmadamente hacia él, hasta arrodillarse a su lado; a pesar de que la actitud del pelirrojo parecía ser indiferente, una ligera preocupación se percibía al fondo de su mirada marrón.
-Un día… un día de estos voy a terminar asesinándolo –habló por fin el rubio, aunque el ligero carraspeo de su garganta evidenciaba lo seca que la tenía-. Oh, y como voy a disfrutarlo –añadió Deidara al final, con una sonrisa torcida que nada tenía que envidiarle a los gestos de Tobi.
-Eso me temo… -murmuró Sasori con voz derrotada, pero sus ojos se abrieron con sorpresa cuando las manos de Deidara se aferraron a su ropa, mientras el chico buscaba refugio en su pecho. Un suspiro escapo de los labios del Akasuna-. Pareces un crío –dijo entonces el pelirrojo, tratando de ignorar el hecho de que lentamente había respondido al abrazo desesperado del otro muchacho.
Una tos a sus espaldas, hizo que el par se girara nuevamente hacia la entrada de la carpa, interrumpiendo la conmovedora escena. El rubio se quedó de piedra cuando reconoció en la figura que se perfilaba contra la luz del reflector, al último hombre sobre la tierra por el que quería ser visto en tal estado de debilidad.
-Olvide algo… –dijo Itachi con naturalidad, al tiempo que se acercaba a su sitio durante la reunión y tomaba el sobre con los datos de Hyuga Hinata-. Lamento interrumpir a los tortolitos -después simplemente se dio la vuelta, con la intención de irse de nuevo.
-¡Vete al infierno, maldito! –bramó Deidara con el rostro rojo por la vergüenza, al tiempo que le arrojaba un cartucho de dinamita, a pesar de todos los intentos que hizo Sasori por detenerlo.
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Kabuto soltó un suspiro cansado cuando vio el fondo de su vaso, por tercera vez en la tarde. Si no temiera parecer un niño enfurruñado, a quien su padre lleva en contra de su voluntad al trabajo, desde hacía tiempo que se habría tirado sobre la barra del bar a echar una siesta.
-Llegas tarde –dijo de pronto la voz de Orochimaru, sobresaltando al de cabello azul.
Cuando el Yakushi giró su cabeza en dirección al moreno, se encontró con que un hombre mayor, quizás de la misma edad que el adivino, se había acercado hasta ellos sin que él lo hubiera notado.
-Me tomó mi tiempo deshacerme de mi nuera –contestó Jiraiya, al tiempo que tomaba asiento al lado de Orochimaru-. Al final le di esquinazo en un centro comercial.
-Te estás volviendo viejo –se burló el adivino-. ¿Tantos problemas te dio una muchachita consentida de clase alta?
-Kushina no es sólo una muchachita de clase alta –le contestó el otro, recargando su rostro contra la barra, justo como tanto deseaba hacer Kabuto, y luego se llevó ambas manos a la cabeza-. ¡Es un demonio! A veces pienso que es peor que Tsunade… ¿Para qué querías verme? –no tardó en preguntar el anciano, bastante curioso.
Si bien se había separado en buenos términos con el adivino, no era usual que Orochimaru llamara, no desde que a ambos se le habían dicho de la manera más amable que sus servicios ya no serían requeridos dentro del cuerpo policiaco, y que además estaban en la edad perfecta para pensar en una casa de retiro para personas de la tercera edad. Su antiguo jefe todavía seguía yendo a terapia física.
-Así que Minato se casó… -murmuró Orochimaru de forma pensativa, revolviendo con lentitud la bebida que sostenía entre sus manos. Parecía tan ido en sus pensamientos que Jiraiya no notó que el hombre evitaba el tema de conversación.
-¡Y cambio su apellido a Uzumaki! –Exclamó indignado su viejo amigo, llamando la atención de todo el local-. ¡Ese hijo traidor y malagradecido! ¡Yo que lo crie con…!
-Dale lo más fuerte que tengas al pobre padre despechado –le interrumpió el moreno, pero dirigiéndose al muchacho que los atendía-. De preferencia algo que lo desmaye para que deje de gastar saliva –dijo comenzando a molestarse por el escándalo que armaba Jiraiya.
-¡Orochimaru, condenado malnacido! –Gruñó en su dirección el de cabello blanco, aunque acepto sin pestañear el licor que colocaron delante de él-. Vaya que extrañaba estas reuniones… El policía de la antigua escuela y su informante anónimo, reunidos en un bar de mala muerte… -añadió al final, permitiéndose una pequeña sonrisa melancólica-. Minato no es policía, es un importante hombre de negocios de Nagoya –resopló Jiraiya profundamente decepcionado.
-Mi hijo también es una decepción –dijo el adivino, torciendo la boca como si de verdad lo creyera-. Tampoco se volvió policía, ni anduvo en malos pasos para después enmendar su camino. Va a ser médico –bufó Orochimaru-. Ya lo había predicho, pero de verdad esperaba equivocarme.
-¡Orochimaru-san! –tartamudeó Kabuto con voz estridente, bastante avergonzado.
-Y me llama Orochimaru-san –masculló el hombre entre dientes, rodando los ojos.
-¿Ah? Así que este lentudo es tu hijo –dijo Jiraiya con burla, inclinándose hacia adelante para poder ver mejor al joven-. Pues mira que Minato me salió más guapo –soltó el hombre con orgullo-, pero bueno… tratándose de ti –su mirada oscura recorrió burlonamente a Orochimaru de arriba abajo, ante el semblante indiferente del moreno-, ¡es un verdadero milagro! –le palmeó la espalda a su amigo, con actitud condescendiente.
-Eso es porque yo… -comenzó a explicarse Kabuto, antes de ser rudamente interrumpido por su padre.
-Minato podría haber sido mi hijo –dijo el moreno, sonriéndole a Jiraiya de una manera escalofriante-. Si no mal recuerdo, Tsunade estuvo enamorada varios años de mí.
-Sí, gracias por recordarme tan bonita época, serpiente rastrera –masculló entre dientes el viejo policía.
-Es un placer –respondió su amigo, inclinando el vaso ante el de cabello blanco.
-¿Me llamaste aquí solo para hablar estupideces? –gruñó Jiraiya, cada vez más molesto por la actitud del otro hombre.
Sólo para ver hasta donde llegaba la paciencia del viejo, Orochimaru se tomó su tiempo para terminar su bebida, disfrutando del calor que le abrazo la garganta cuando el licor paso por ella. Un resoplido exasperado a su lado le dijo al adivino que su compañero de copas estaba a punto de usar métodos poco amigables para hacerlo a hablar, así que como muestra de consideración, el moreno decidió evitarle tan extenuante ejercicio para un hombre de edad tan avanzada.
-No puede ser… -rumió hastiado Jiraiya mientras se golpeaba la cara con la palma de la mano, al ver como Orochimaru sacaba un mazo de cartas del bolsillo.
-Escuche el rumor de que se te perdió algo muy importante –dijo el adivino, ignorando las quejas de su amigo y comenzando a mezclar la baraja entre sus manos-. Algo por lo que darías la vida…
El sonido del cristal al romperse llamó la atención del joven a cargo de la barra, quien se apresuró hacia donde el extraño trío estaba reunido y frunció el entrecejo al darse cuenta de que el vaso de Jiraiya había sido reducido a miles de pedazos, seguramente después de que el antiguo policía lo apoyara con demasiada fuerza contra la superficie de madera. Imaginando que su padre no apreciaría la interrupción, Kabuto se apresuró levantarse de su asiento y arreglar con el chico el pago por los daños.
-Ten mucho cuidado con lo que dices, Orochimaru –le advirtió Jiraiya al adivino, sujetándolo por la ropa y enfrentando sus rostros.
-Y las cartas me dicen… -siguió hablando el moreno, ignorando el semblante contrariado de su amigo e ignorando su advertencia-, que vas a encontrarlo, Jiraiya –dijo Orochimaru, mientras le mostraba al viejo policía la carta que tenía entre los dedos de su mano derecha, El Carro.
-¡No tengo tiempo para tus trucos de magia baratos! –gritó molesto el anciano, golpeando la mano de Orochimaru que sostenía la carta y empujando al hombre mientras soltaba el agarre que tenía sobre él.
El cirquero consiguió sostenerse de su asiento antes de caer al suelo, pero el mazo de cartas termino esparcido por el piso del pequeño bar. Curiosamente, toda la baraja termino boca abajo, a excepción de la carta que le mostró a Jiraiya; sólo las sinuosas formas de las crines de los caballos que tiraban del viejo vehículo quedaron visibles en medio del mar púrpura formado por el reverso de las cartas.
-¡Siéntate, Jiraiya! –le ordenó al Namikaze, pero al ver que el hombre no daba muestras de hacerle caso no siguió insistiendo-. En el pasado, las cosas salieron mal porque la policía no hizo caso a mis trucos de magia baratos –siseó molesto el moreno, señalando a su amigo con el dedo índice-, pero tú si me escuchaste, y así salimos de muchos problemas.
-Problemas en los que tú nos metías –le regresó el de cabello blanco, sin dejarse amedrentar.
-Si no mal recuerdo, yo te contaba lo que sucedía en ciertos… círculos de dudosa reputación –dijo el adivino, cruzándose de brazos-. Y tú te metías sólo en esos problemas –dijo el cirquero, pensando en lo divertido que había sido ver a Jiraiya en esas situaciones tan difíciles.
Sabiendo que sus argumentos se habían acabado, el otro hombre volvió a tomar asiento con movimientos bruscos, al tiempo que gritaba pidiendo otra copa.
-Hay un grupo muy pintoresco en Japón –comenzó a contar Orochimaru mientras se agachaba para recoger su tarot. A su compañero le dieron escalofríos debido al tono siseante del moreno, no importaba cuanto tiempo pasara, el sonido siempre le recordaba a un niño cruel que jugaba a arrancarle las patas a un grillo-. Les gusta dedicar su tiempo a conocer buenos amigos, hijos de personas muy importantes. Un día, invitan a pasar a sus nuevos amigos una temporada en casa… sin pedirles permiso. A veces las cosas no salen bien, si entiendes lo que quiero decir –terminó diciendo el hombre, con una sonrisa torcida en la cara.
-¿Por qué no los denuncias, Orochimaru? –Pregunto Jiraiya, comenzando a enfadarse de nuevo-. Gente que cae tan bajo…
-Me conoces, Jiraiya –contestó el adivino encogiéndose de hombros-. Mientras no se metan conmigo, yo no me meto con ellos, no soy un idealista como tú.
-¿Por qué ahora es diferente? –siguió insistiendo el policía, a quien no le había sentado nada bien el comentario de su compañero.
-El payaso de su líder me está hartando –dijo Orochimaru, al tiempo que guardaba el mazo y se cruzaba de brazos-. No me gusta que husmeen entre mis cosas, mucho menos que me roben.
-¿Eso es todo? –volvió a interrogarlo Jiraiya, observando al otro hombre con suspicacia.
Viendo que no había manera de seguir evadiendo la razón por la que mandó llamar al viejo después de tantos años, el adivino soltó un suspiro cansado.
-Hace unos días me pidió que usara mi magia para sostener una amigable plática con un muchachito rubio –comenzó a hablar el moreno, manteniéndose de pie al lado de su antiguo compañero-, y conseguí sacarle un nombre: Uzumaki Naruto.
La reacción de Jiraiya no tardó en hacerse esperar, y pronto el local se estaba llenando de más gritos de parte del viejo policía, ante el escándalo del resto de los clientes y la indiferencia del adivino.
-¡Han pasado años desde su desaparición! ¡No sabes lo que la familia ha sufrido por la pérdida de Naruto! –Bramaba el de cabello blanco-. ¡Y ahora, luego de que por fin aceptamos su muerte, llegas tú y quieres resucitar a los muertos!
-Era rubio, ojos azules, le calcule unos quince años… -comenzó a enlistar Orochimaru con tranquilidad-. ¡Ah! Y tenía unas curiosas cicatrices en cada mejilla –añadió al final, esperando que el último detalle le abriera los ojos a su amigo.
-Naruto nunca tuvo cicatrices en la cara –afirmó Jiraiya rotundamente, provocando que los ojos amarillos del pálido cirquero se abrieran con sorpresa.
-Interesante… -murmuró el adivino, pasándose la lengua por los delgados labios-. Parece que faltan un par de piezas en mi rompecabezas.
-No ha sido el primer chico que se aparece en la puerta diciendo, "¡Hola, soy su hijo perdido!" –Dijo su amigo, dejándose caer sobre la silla-. No creo que Minato y Kushina soporten otra decepción –masculló el hombre, subiendo los codos a la mesa y sobándose la cara con desesperación usando ambas manos-. ¡Mucho menos Tsunade…! Tampoco yo. Orochimaru, ya basta de esta porq… -comenzó a decir al tiempo que se giraba hacia su amigo, pero se calló de golpe al darse cuenta de que el hombre había desaparecido.
En el lugar del adivino estaba parado Kabuto, como si se hubiera encontrado ahí desde hacía varias horas.
-Orochimaru-san dice que nunca le habría llamado sí no estuviera seguro de haber encontrado a Naruto –dijo el chico de gafas ante el silencio de Jiraiya-. Cuando esté listo para aceptarlo, contáctenos –añadió, tendiéndole una pequeña tarjeta al mayor.
Bastante a regañadientes, el anciano aceptó el papel, mandándole al muchacho una mirada desdeñosa. Le molestaba haber dejado inconclusa su conversación con Orochimaru, conociendo lo terca que era la vieja serpiente, la función no hacía más que empezar.
-Yo odio la magia, el misticismo y las cartas me parecen una pérdida de tiempo –comentó Kabuto mientras se ajustaba los lentes, atrayendo de nuevo la atención de Jiraiya-, pero… yo confió en ese hombre más que en nada en el mundo.
-No es que no confié en tu padre, chico –aseguró el mayor, desviando la mirada hacia la tarjeta con la que jugaba-, pero…
Cuando Jiraiya levantó la vista de nuevo, se topó con la poca agradable sorpresa de que el chico de cabello azul había desaparecido también. No había rastro ni del padre ni del hijo en el bar, y la puerta de la entrada ni siquiera parecía haber sido tocada.
-Una sigilosa serpiente como siempre, Orochimaru –murmuró Jiraiya, volviendo a tomar el vaso medio vacío que había dejado sobre la barra-. Parece que algunos dones se pasan de padres a hijos.
Pensando que lo mejor sería encontrarse con Kushina antes de que la mujer lo encontrara a él, el hombre se apresuró a terminar su bebida, dejando sobre la mesa el dinero que calculaba debía costarle, al tiempo que se ponía de pie. Cuando Jiraiya rebuscó en el bolsillo de su pantalón por un par de billetes, volvió a ver con más cuidado la tarjeta que le entregó Kabuto.
-Circo Akatsuki… -leyó Jiraiya con la garganta seca, pensando que el mundo era de verdad pequeño. Tal vez, y sólo tal vez, Orochimaru tenía más razón de la que estaba dispuesto a aceptar.
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-¡Quédate quieto, mi pequeño kitsune! ¡Tengo que terminar de vestirte, dattebane! –se quejó Kushina comenzando a desesperarse, mientras intentaba sujetar a su pequeño hijo.
En respuesta, el niño soltó una alegre carcajada y se zafó de los brazos de su madre, para ir a esconderse debajo de la cama. Su cara infantil se asomó unos instantes tras el borde inferior de la colcha azul, antes de desaparecer de nuevo.
-¡No es divertido, Naruto! ¡Ven aquí en este instante, o yo…! –gritó la pelirroja fingiendo estar enojada, al mismo tiempo que contenía la sonrisa que intentaba asomarse de sus labios.
-Señora… -la interrumpió una de las muchachas del servicio, quien había tocado previamente a entrar al cuarto-. La llama el señor Minato –dijo la chica, tendiéndole a la Uzumaki el teléfono que sostenía entre sus manos.
-Gracias, Kaede –dijo la pelirroja, sujetando el aparato-. ¿Minato? ¿Dónde estás? Naruto y yo estamos listos desde hace horas. Bueno, eso no es cierto, dattebane –confesó apenada la mujer-. El travieso de tu hijo no quiere… -la voz de Kushina se calló poco a poco, al mismo ritmo con el que desaparecía su sonrisa-. No, Minato, lo prometiste –siseó la Uzumaki contra el teléfono, dándose la vuelta para que Naruto no viera como peleaba con su padre.
La muchacha supo que era el momento de retirarse al ver que se avecinaba una fuerte discusión entre los esposos Uzumaki, unas que últimamente se volvían demasiado comunes. Y no es que el cariño entre la pareja hubiera disminuido con el pasar de los años, pero el señor Minato ahora pasaba demasiado tiempo en la oficina, y la señora Kushina comenzaba a perder la paciencia.
"No es que el señor Minato sea un mal hombre" pensó la chica de servicio, mientras hacia una reverencia ante su patrona, quien apenas se percató del gesto, para luego salir de la habitación "Pero…".
El antes Namikaze era el único hijo de un humilde policía y la doctora de una pequeña clínica, por lo tanto, el rubio había nacido en un ambiente muy diferente a aquel donde se crió Kushina. Si bien los Uzumaki recibieron al rubio con los brazos abiertos, eso no evitaba que el resto de los conocidos de la familia lo siguieran viendo como el excéntrico capricho de una alocada muchacha, pronosticando, maliciosamente, un corto matrimonio para la joven pareja.
Todo lo que quería demostrar Minato era ser digno de Kushina.
-¡Prometiste que iría toda la familia, lo hemos planeado toda la semana! ¡Sólo porque el estúpido de Yamato te diga…! ¡Tú eres el jefe, Minato! ¡Puedes tomarte una maldita noche libre si quieres, no acabaremos en la calle por eso! –Gritó fuera de sí la mujer, sin notar que el niño a sus espaldas había salido de su escondite, para ver porque el juego con su madre se había detenido de repente-. ¡No me digas como debo hablar! ¡Haz lo que quieras maldito bastardo egoísta, pero no será mi culpa si te pierdes los mejores años de tu hijo por estar trabajando!
Con un último grito exasperado, la pelirroja arrojó el teléfono contra la pared más cercana, haciendo que se rompiera en mil pedazos.
-¡Tonto! ¿¡Por qué me case con él?! ¡Sabía que los rubios eran…! –Bramó molesta Kushina, hasta que de pronto se dio cuenta de lo que decía y se apresuró a taparse la boca con ambas manos-. ¡Pero tú no eres así, kitsune-chan! –dijo la pelirroja rápidamente, arrodillándose al lado del niño, quien solo ladeó la cabeza, sin entender del todo lo que decía su madre.
La Uzumaki acarició con dulzura el rostro de su hijo y no pudo detener el impulso de atraerlo a sus brazos, al tiempo que soltaba un suspiro cansado. Naruto no tenía la culpa de los problemas que tenía con su padre.
-¡Katan! ¡Circo! ¡Circo! ¡Circo! –chilló entonces el niño, tratando de liberarse del abrazo de su madre para tirar de ella hacia la puerta.
La pelirroja sonrió ante la insistencia del rubio, y no tardó mucho en terminar de arreglarle a su hijo el disfraz con el que pensaba llevarlo al circo, a pesar de los intentos que hacia el niño por resistirse a las atenciones de su madre.
-¿Sabes qué, Naruto? ¡Iremos al circo de todas formas! –Dijo Kushina alegremente, mientras colocaba un vistoso gorro sobre la cabeza de Naruto con las orejas de un zorro, que hacia juego con el disfraz anaranjado del mismo animal-. ¡Listo! ¡Solo te faltarían unos bonitos bigotes para terminar de parecer un travieso zorrito, dattebane! –aseguró la mujer con los ojos brillantes.
El niño no parecía compartir el entusiasmo de su madre, porque mientras la pelirroja alaba lo bien que se veía con su disfraz, el rubio solo trataba de quitárselo.
-Pero… el Uchiha Circus nos queda un poco lejos –comentó Kushina con voz pensativa, al tiempo que cargaba a su hijo-. ¿Qué te parece si hoy vamos al otro circo? Ya luego iremos al Uchiha con Minato –le propuso al niño, mientras frotaba juguetonamente su nariz contra la de Naruto.
Evidentemente, de todo el monólogo de la pelirroja, hubo una palabra en particular que fue verdadera magia en los traviesos ojos de Naruto.
-¡Circo! ¡Circo! ¡Circo! –canturreó excitado el rubio, removiéndose tanto entre los brazos de Kushina que a la mujer le costó sujetarlo.
-Sí, creo que se llama… ¿Akatsuki? –Dijo la Uzumaki con algo de duda, aunque la apartó con rapidez de su mente, ya que lo que si tenía claro del mencionado espectáculo era que se había instalado a unas pocas calles-. ¡También se ve muy divertido, kitsune-chan! –le aseguró la pelirroja a su hijo, saliendo de la habitación y cerrando la puerta detrás de sí.
¡Buenos días~! -tomates y lechugas a Zaphyrla- ¡Ey! ¡Eso todavía puede comerse! ¬¬ Primero que nada, la noticia de mayor importancia a nivel nacional e internacional: ¡ESTOY VIVA! :3 Y hoy he publicado por la razón de que mi beta, mi mamá gallina, Hibari Kyouya, me lo ha recordado ._. Si no lo hace pues... La segunda noticia que tengo para ustedes es que se avecina octubre, y ya saben lo que eso significa... ¡Halloween! LOL No, mentira ._. se trata del Festival Literario SasuNaru, que comienza el 10 de octubre y terminara el 23 del mismo mes, hoy aprovecho para actualizar, pero sobre todo para darles el mensaje de que notifiquen a sus autores favoritos para invitarlos a participar, ¡y que tengamos muchos fics sasunaru esos dias! x3 Busquennos en facebook~
Zaludos
Zaphy
Sela Yal than Rami usa te, finta Zaphyrla... Temo si la ura le.
