"Per aspera, ad astra…" Seneca; (4 a.C. – 65 d.C.), filósofo, político, orador y escritor romano.

Todos los personajes son de Masashi Kishimoto, y no lucro de ninguna manera con ellos.

Capítulo 5. El Juicio.

Advertencias:

OoC.

AU

Yaoi (SasuNaru).

LEMON

Long Shot.

La siempre presente falta de ortografía.

El lector podría morir de aburrimiento.

Por favor, ten en cuenta que Zaphyrla es una autora que suele tratar contenido YAOI (Relación Hombre X Hombre).

¡Si no te gusta, no leas!


¡Feliz Día del SasuNaru!


Los ojos azules de Kitsune se abrieron asombrados ante las acciones de su pareja, y tuvo que hacer un verdadero esfuerzo, sujetándose del moreno por los dos antebrazos, para no dejarse arrastrar por el remolino de emociones con él que lo arrollaba Sasuke, y que entonces ambos acabaran sobre el piso de la cocina. Sin embargo, el rubio no pudo evitar golpearse la espalda con el borde la mesa, haciendo que luego gruñera varias maldiciones debido al dolor.

El moreno soltó un suspiro al notar lo que había hecho, pero no por eso dejo de besar repetidas veces al menor. Su mano izquierda se deslizó por el cuello de Kitsune, sintiendo complacido el ritmo acelerado que comenzaba a tener la respiración del chico. Al notar, cuando los labios de Sasuke rozaron su mejilla, la sonrisa de lado que el domador tenía en la cara, el trapecista comenzó a enfadarse al creer que el muchacho mayor se estaba burlando de él. Intentó empujar al de cabello negro y alejarlo, aunque sólo consiguió que Sasuke regresara ansioso hacia su boca, prácticamente obligando a los rosados labios del rubio a que le cedieran el paso a su mordaz lengua, mientras la mano libre del moreno se aferraba a las caderas del otro chico.

-Oye, Sasuke, ¿qué demonios…? –balbuceó Kitsune, arreglándoselas para mantener a su hermano lejos de sus labios por unos segundos, pero se obligó a sí mismo a mantenerse callado, ya que Sasuke aprovechó el momento para frotar su entrepierna contra el muslo del rubio.

Fue como si una chispa se encendiera dentro del cuerpo del trapecista, comenzando en cada sitio donde rozaban los dedos de su pareja, hasta extenderse por toda su piel, y aumentando la fuerza de los latidos de su corazón. El muchacho de ojos azules dejó escapar varios jadeos entrecortados y suspiros anhelantes, mientras las manos de Sasuke se introducían debajo de la camiseta que vestía, repartiendo caricias por toda su espalda y finalmente asiéndose a ella con desesperación.

-¿Sólo vas a quedarte ahí, usuratonkachi? –susurró Sasuke en un tono burlón, bajando sus labios hasta el cuello del rubio, y en vez de repartir más besos sobre la piel descubierta, se conformó con dejar caer su aliento sobre aquella sensible zona de su pareja. El moreno obtuvo su premio cuando un estremecimiento sacudió la figura del menor.

Aún en medio de la nube de placer que comenzaba a envolverlo, Kitsune frunció el entrecejo debido a las palabras del otro chico. Nunca le habían gustado las bromas que Sasuke le hacía cuando tenían sus momentos de intimidad, como si fuera el moreno quien tuviera el completo control de toda la situación. No importaba que el mayor de los Uchiha poseyera unas manos que le habían hecho conocer el significado de la palabra éxtasis, ¡el condenado teme no tenía derecho a tratarlo así! Y el rubio se lo iba a demostrar al engreído de su novio…

-Yo no soy el que llegó necesitado, dattebayo –dijo Kitsune, permitiéndose una sonrisa torcida, al tiempo que colocaba una mano sobre el pecho del moreno, bajándola lentamente y sin detenerse.

Los ojos negros de Sasuke se abrieron con sorpresa, mientras que su boca dejó escapar un jadeo extasiado, cuando la palma del trapecista se apoyó con firmeza en el bulto que ya sobresalía entre sus pantalones; y el payaso no pudo ni quiso evitar que su sonrisa se ampliara.

Pero todo rastro de diversión escapó de la cara del rubio cuando el mayor lo tomó por ambas muñecas, y lo empujó contra la mesa que estaba detrás de él, recostando su espalda contra la superficie de madera. Poco le importó al moreno que a la hora de hacer espacio para el cuerpo del rubio más de una cosa terminara en el piso.

-¡Mi ramen! –se quejó el payaso, observando como todo el contenido del envase de sopa instantánea terminaba sobre el suelo, muy cerca de los pies de ambos muchachos. Sin embargo, el rubio no tuvo mucho tiempo para quejarse, porque sin perder el tiempo, Sasuke lo había sujetado por la barbilla, atrayendo de nuevo la atención del menor hacia él.

-Zorro malcriado… -murmuró el mayor de los Uchiha, liberando una de sus manos para acariciar los labios del rubio usando su dedo pulgar, con un brillo felino en la mirada que le hizo a Kitsune tragar saliva con nerviosismo-, yo no te enseñe esos trucos…

-Mentiroso –le recriminó el de ojos azules con la boca seca, olvidase de la comida y dejándose envolver por el sedoso tono de la voz de Sasuke-. Todos los trucos sucios que sé me los enseñaste tú…

-Bien, porque no aceptaría que nadie más te enseñara "trucos sucios" –respondió de vuelta el moreno, quitándose de encima del rubio, para sorpresa del otro muchacho, pero antes de que pudiera preguntar el motivo, Sasuke lo había sujetado por un brazo y arrastrado más adentro del remolque, justo a la zona de la habitación.

El rubio apenas tuvo tiempo para erguirse un poco sobre el colchón, luego de ser arrojado contra su cama, cuando la figura más grande del moreno Uchiha ya lo estaba cubriendo de nuevo. Ambas manos de Sasuke volvieron a sujetar el rostro del menor, uniendo de nuevo sus labios, y esta vez los brazos de Kitsune no tardaron mucho en elevarse para envolver el cuello contrario, transformando con rapidez el sencillo gesto, en un beso cargado de pasión y deseo.

-Sí… -siseó el trapecista, antes de que su lengua volviera a encontrarse con su ansiosa compañera, al tiempo que dirigía los dedos del moreno hacia el cierre de su pantalón.

Decidiendo que complacer a su pareja no le costaba nada, Sasuke se dejó guiar dócilmente, soltando un suspiro de gozo al conseguir del rubio un audible jadeo cuando sus manos blancas se metieron bajo la ropa de dormir de Kitsune, deslizándose por las caderas desnudas del chico. Por suerte el trapecista se encontraba descalzo cuando el moreno entró tan intempestivamente al remolque, así que ningún molesto obstáculo se interpuso a la hora de descartar los pantalones del rubio y arrojarlos al suelo, inservibles en un momento como aquel.

Kitsune tembló cuando un dedo ajeno surcó atrevido la pared interna de su muslo, como un barco buscando puerto donde atracar, y soltó un gemido de necesidad al notar que la delgada falange se alejaba de su sensible piel, sin ir más allá. El chico se dejó caer sobre su cama, sujetándose la frente con frustración, pero se mordió con fuerza los labios, ansioso, al darse cuenta de que Sasuke sólo se alejaba lo suficiente como para desprenderse de su propia ropa.

La mirada celeste observó hipnotizada como la piel clara del mayor era dejada poco a poco al descubierto, y trató desesperadamente de que las ansias que sentía de ser devorado por el otro joven no se reflejara en su rostro; supo que había fracasado por completo al ver la sonrisa prepotente que le obsequió el muchacho de cabello negro.

Cerniéndose sobre el rubio, semejante a un gato que por fin consigue arrinconar al pobre ratón, Sasuke se inclinó hacia el cuerpo de su pareja, dejando que sus manos serpentearan por la piel de Kitsune hasta alcanzar la delicada cara interna de sus piernas, colocándose luego cómodamente entre ellas. No queriendo quedarse atrás, el trapecista dirigió sus manos hacia el borde de su camiseta, la última prenda de ropa que faltaba por remover, pero antes de que el rubio llevara a cabo su cometido fue rápidamente detenido por su autoproclamado dueño.

-Me gusta cómo se te ve –susurró Sasuke contra el oído del menor, tomándose el tiempo para mordisquear la oreja del trapecista, disfrutando de torturar al chico con uno de los puntos de su cuerpo que se excitaban con suma facilidad.

-¿Por qué? –preguntó Kitsune con la voz ahogada, aferrándose a los hombros del moreno, mientras los labios del otro Uchiha se apoderaban de su cuello, marcando un nuevo territorio conquistado.

-Porque también es mía –respondió el moreno, sonriendo contra la piel bronceada del trapecista.

El rubio bufó indignado, con el rostro tiñéndose levemente de vergüenza al verse descubierto. No le había parecido importante tomar prestada la camiseta de Sasuke luego de salir de la ducha, al fin y al cabo, vivían juntos, eran pareja, tenían la misma familia… aunque el de ojos azules debió haber previsto que algo como aquello sucedería. Puede que el domador no lo dijera en voz alta todas las veces, pero Kitsune lo notaba perfectamente en su mirada, cuando lo veía usando su collar o alguna otra prenda que le perteneciera: la ligera sonrisa de satisfacción que el moreno no podía ocultar.

Las manos de Sasuke se deslizaron por las tonificadas piernas de Kitsune, atrayéndolo más hacia a él hasta prácticamente sentar al chico en su regazo, y fue justo en aquel momento en que el rubio dejo de lado las quejas que tuviera del comportamiento de su amante. El menor tomó con cierta brusquedad los cabellos negros del otro Uchiha, valiéndose de su agarre para unir sus labios y exigirle más besos al domador, más caricias sensuales que lo llevaran al cielo. El moreno no tuvo ningún problema en satisfacer las necesidades del chico de ojos azules, aferrando con su mano uno de los hombros de Kitsune, mientras la otra se esforzaba en reconocer cada rincón de la espalda bronceada que estuviera al alcance, a pesar de que ya en incontables ocasiones anteriores los dedos blancos de Sasuke habían dejado marcas en aquel lugar.

Internamente, el rubio se lamento de que el mayor era quien ahora dominaba todos los roces entre sus cuerpos, a pesar de que él fuera quien iniciara el contacto. La mascota cediendo de nuevo el cariño prodigado por su dueño, pensó humillado Kitsune; pero el sentimiento de incomodidad que sentía se convirtió en verdadera frustración, al darse cuenta de que la boca de Sasuke se alejaba de la suya, y que su piel perdía algo de contacto con la ajena cuando el muchacho se inclinó hacia el mueble a un costado de la cama, abriendo un pequeño cajón y tanteando en su interior.

-¡Olvídalo! –chilló molesto el rubio, sujetando al rostro de Sasuke con ambas manos y girándolo con rudeza hacia el suyo-. ¡No lo necesito! ¡Sigamos, dattebayo!

-No –contestó Sasuke torciendo la boca, imaginándose el berrinche que iba a hacerle Kitsune del tema-. Debemos…

-¡Dije que no importa, teme! –siguió insistiendo el Uchiha menor, rodeando con sus brazos el cuello del moreno y apretando el torso del otro muchacho contra él.

La mirada azul brilló satisfecha al darse cuenta de que a pesar de la corta conversación, el hambre que sentía el domador de hundirse en su carne no había disminuido ni un poco. Kitsune podía sentir el sabor de la victoria deslizarse por su garganta.

La sonrisa no abandonó los labios del trapecista mientras las manos de Sasuke le acariciaban los antebrazos de arriba hacia abajo, regresando una y otra vez sobre su camino, con una lentitud que lo llenaba de impaciencia pero que al mismo tiempo le erizaba todos los vellos del cuerpo.

-Por lo visto aún no te he domesticado lo suficiente… -susurró el moreno con voz maliciosa, antes de dejarle un delicado beso en la mejilla, y entonces Kitsune supo que estaba en verdaderos problemas.

El rubio jadeó por la sorpresa cuando en un rápido movimiento Sasuke lo sujetó por ambas muñecas, y al segundo siguiente su espalda estaba de nuevo apoyada contra el colchón. El muchacho de ojos azules apenas tuvo tiempo de cuestionarse mentalmente que oscuros planes pasaban por la mente de su amante, cuando ya una resistente tira de cuero negro, en otras palabras el látigo que el chico usaba para su espectáculo, le ataba las manos a la cabecera de la cama.

Kitsune estaba muy equivocado si pensaba que iban a seguir con sus juegos sin tomar las precauciones adecuadas. La primera vez que habían hecho el amor, era un suceso ni Naruto Sasuke iban a olvidar… Otra cosa que Sasuke no iba a olvidar era la ira de Mikoto cuando los descubrió a los dos muchachos en el remolque que ambos compartían, completamente desnudos sobre la cama y enredados una sobre el otro.

Si su madre notaba que de pronto su hijo menor comenzaba a caminar de manera extraña, y lo atribuía a que el bruto de su pareja, en propias palabras de la mujer, lo había lastimado al tener relaciones, era capaz de arrastrar al rubio de vuelta a la casa rodante de sus padres, ¡por lo menos hasta el año nuevo!

-¡Suéltame, idiota! –grito furioso Kitsune, peleándose con sus ataduras, incluso usando sus dientes.

Por su parte, el otro Uchiha desoyó las quejas del menor, y se levanto de la cama, reanudando la búsqueda del pequeño bote de lubricante que su obstinada pareja se negaba a usar. Los ojos claros del rubio se entrecerraron retadores, mientras Sasuke ladeaba su cabeza de forma prepotente, al tiempo que destapaba el recipiente que sostenía entre sus manos y el olor a menta inundaba la habitación.

Las mejillas se Kitsune se tiñeron levemente de rojo y se obligó a desviar la vista, al ver la obscena manera en que los dedos del moreno se introducían en la pegajosa sustancia, haciendo ciertos movimientos que el trapecista había sentido dentro de su propio cuerpo.

Por lo mismo, el pobre chico no se dio cuenta de la peligrosa cercanía del moreno, hasta que sentir como las frías manos de Sasuke se posaban sobre sus rodillas y le separaban las piernas con firmeza. Viendo como los ya de por si oscuros ojos del Uchiha, se enturbiaban a casa de la lujuria que lo invadió cuando se toparon con la rosada entrada de Kitsune, aguardando por él, el rubio no pudo contener el impulso de aferrarse con fuerza a sus ataduras, creyendo que en cualquier momento acabaría cayendo sin fuerzas sobre la cama.

-Dilo –le exigió Sasuke en un murmullo, y por un momento el otro Uchiha lució confundido, pero su boca no tardó en abrirse, dispuesta a soltar más quejas, cuando cayó en cuenta de que palabras le ordenaba el moreno que soltara.

En lugar de reclamos, un gemido extasiado fue lo que salió de los labios del rubio, cuando una delgada falange fue introducida en su interior, adentrándose en busca del punto que doblegaría por completo la voluntad de su querido "hermano".

-M-muérete –siseó Kitsune con los dientes apretados, antes de que un segundo dedo se uniera al otro, llegando más profundo dentro de él y convirtiendo sus palabras en jadeos entrecortados.

Una sonrisa de lado apareció en la cara del mayor de los Uchiha, al ver la respiración errática que hacía que el pecho del rubio subiera y bajara de forma irregular; sediento de cualquier cosa que proviniera de su amante, Sasuke deslizó su lengua por la mejilla izquierda del rubio, recogiendo el sabor salado del chico dentro de su boca. Un temblor recorrió la espina dorsal de Kitsune, complaciendo enormemente a su amo, quien como premio le regaló un casto beso en los labios.

-Lo dirás antes de que terminemos –aseguró Sasuke en un tono creído, para luego introducir de golpe un tercer invasor.

El rubio soltó un verdadero grito de gozo, cuando una oleada de placer lo traspasó por completo, proveniente desde el sitio exacto en el que habían golpeado los dedos del moreno. Cediendo el paso a sus bajos instintos, viendo como las caderas del otro chico se alzaban hacia él, buscando más contacto, además de la forma en que exponía su cuello de forma indecente, el domador termino por mordisquear la pequeña garganta con cierto salvajismo, suspirando al sentir como la piel de su pecho se frotaba contra la bronceada del trapecista.

Entendiendo que Kistune había cruzado el punto de no retorno, Sasuke supo que era momento de darle la libertad a su presa; observó complacido los suspiros anhelantes que dejaba ir su amante cuando los dedos invasores salían de su interior y su dueño prefirió dirigirlos a las ataduras del muchacho, soltándolas. El semblante del moreno se suavizó ligeramente cuando los brazos del rubio se enredaron en su cuello y se aferraron a su espalda, y no tardó mucho tiempo en acomodar las largas piernas del chico en un ángulo que fuera más cómodo para ambos.

Un nuevo concierto de gemidos, mezcla de dolor y placer, se dejó escuchar cuando finalmente fue el miembro del moreno el que se abrió paso a través de la entrada del trapecista; el ritmo de aquel íntimo acto de entrega, al principio pausado, pronto se convirtió en uno desenfrenado, carente de orden alguno, en el que ninguno de los dos amantes sabía donde terminaba su cuerpo, o donde comenzaba el del otro. Fue ahí donde Kitsune ya no pudo retener por más tiempo las palabras que en un principio el domador le había ordenado que dijera.

-Sasuke… -susurró el rubio entre jadeos, besando por última vez al susodicho, antes de que el placer que sentía alcanzara su punto máximo-, te amo.

Repentinamente entusiasmado por la confesión del menor, el otro Uchiha se abalanzó sobre los labios del chico, devorándolos a su gusto, un segundo antes de que el trapecista sintiera como la tibieza de la esencia de su pareja inundaba su interior.

-Te lo dije –se burló Sasuke del rubio, aunque con la voz ligeramente ronca, para después lamer el lóbulo de la oreja de su pareja, de una forma que a Kitsune se le antojo bastante obscena.

-¡Cállate, maldito bastardo creído! –gruñó molesto Kitsune, golpeando al muchacho de cabello negro en un hombro-. ¡No creas que porque…!

-Yo también… -lo interrumpió Sasuke, sin dejarlo terminar su reclamo y sujetándole el rostro con ambas manos, como tenía la maldita costumbre de hacer-. Nunca me dejes –dijo el moreno, observando directamente la mirada celeste del otro, y el trapecista pudo percibir que no se lo estaba pidiendo, como todo en su vida.

Era una orden del amo, que esperaba fuera obedientemente llevada a cabo.

El rubio negó lentamente con la cabeza, sin saber cuánto apagaba ese simple gesto a las insistentes voces que Itachi había colocado en la cabeza de su hermano. El estupor comenzó a invadir a Kitsune, aumentando cuando el domador lo recostó contra su pecho y comenzó a entretenerse besando las muñecas de su pareja, las cuales habían quedado levemente rojas debido al roce del látigo.

-¿Por qué no dejas el trapecio? –preguntó de pronto Sasuke, con la mirada clavada en el techo del remolque. Sus palabras hicieron que el chico a su lado, quien hasta hace segundos atrás dormitaba bajo las sábanas ya a punto de quedarse dormido, se levantara de golpe.

-¿¡De nuevo con eso, dattebayo?! –le reclamó indignado el trapecista, dándose la vuelta sobre el colchón e inclinándose a un costado de la cama para buscar sus pantalones.

El chico odiaba cuando aquel peligroso tema surgía entre él y su pareja, ya que en el mejor de los casos las discusiones acababan con Kitsune regresando por varios días a la casa rodante de sus padres; no había sido extraña la ocasión en que el rubio llegara frente a Mikoto con un labio partido, mientras que al día siguiente la mujer observaba disgustada el ojo morado de su otro hijo.

-¡Deja de quejarte, usuratonkachi! ¡Tenemos que hablar! –gruñó el moreno, apresurándose a sujetar al menor antes de que saliera corriendo. El domador se abalanzó sobre la espalda de Kitsune, usando su peso para inmovilizarlo y sujetándolo por ambas muñecas.

Un gemido de dolor, muy diferente a los que se habían escuchado en la habitación minutos antes, salió de la boca de Sasuke cuando el rubio impactó su codo contra el rostro de su hermano adoptivo, logrando que lo liberara.

-¡Maldición! ¡Es que tú no entiendes…! –bramó el domador, mientras se tocaba la boca con cuidado y comprobaba que Kitsune no lo hubiera hecho sangrar-. ¡Verte subir ahí es…!

-¡Nunca me has visto! –el trapecista se dio la vuelta hecho una furia, enfrentándose de nuevo a su pareja-. ¿¡Piensas que no lo sé?! ¡Nunca te paras por la carpa cuando estoy arriba! –ante el silencio del otro Uchiha, Kitsune no puedo evitar soltar un gruñido de frustración y agachándose para recoger la primera prenda de ropa que tenía al alcance, que resulto ser la camiseta de Sasuke, termino arrojándosela al no menos frustrado moreno.

-¡Es muy difícil verte, Kitsune! –se justifico Sasuke, haciendo que Kitsune rodara los ojos molesto y buscara la salida otra vez.

Entonces el moreno se arrojó sobre la puerta, produciendo un sonido desagradable al cerrar el poco espacio que ya había sido abierto por el otro muchacho. La mirada celeste relampagueó con verdadera ira, pero el domador no se dejó impresionar mucho por aquello, peores cosas le habían sucedido como para dejarse intimidar por el chico frente a él, como la vez que Yonbi le había mordido el brazo cuando tenía diez años.

-Imaginar que en cualquier momento podrías caerte… -comenzó a decirle Sasuke a Kitsune, con tal rapidez que al rubio le costó entenderle-. ¡¿Por qué no te quedas sólo con Ramen?! –terminó gritándole el domador, perdiendo con facilidad los estribos-. ¡Es algo mucho menos peligroso!

-¿Lo dice el que se mete a una jaula con ocho tigres gigantes? –le regresó el trapecista apretando mucho los puños.

-Yo nunca he tenido ningún accidente con los Bijus durante el espectáculo –siseó el mayor de los Uchiha con voz airada, lo cual era una verdad a medias. Si bien el Uchiha Circus estaba orgulloso de no haber tenido ningún accidente con los animales que ensombreciera la historia de la pista principal, tanto Fugaku como Sasuke, e incluso Itachi en su época, se habían llevado sus heridas al entrenar a los enormes felinos.

-¡Pues yo nunca me he caído del trapecio, dattebayo! –se apresuró a defenderse el payaso. Sus palabras, aparte del hecho de seguir con la tarea de vestirse, sólo incitaron al moreno a que pensara que el otro no tenía la razón.

-¡Podría pasar! –sostuvo Sasuke con terquedad.

-¡Y también puede que nunca pase, teme! –rugió furioso el rubio, para luego empujar a su hermano lejos de su camino, quitándolo de la entrada. Esta vez Sasuke no tuvo los reflejos suficientes para evitar que el chico saliera de remolque, azotando la puerta al irse.

-¡Maldición! –gruñó el Moreno, estampando su puño contra la delgada pared de aluminio de su remolque.

Estaba seguro de que Kitsune no dormiría con él aquella noche.

~*S*&*N*~~*C*I*R*C*U*S*~~*S*&*N*~

Dos hombres de altura considerable, vestidos con trajes negros y lentes oscuros cubriéndoles los ojos a pesar de la hora tan tardía, permanecían impasibles delante de una gigantesca casa japonesa de estilo tradicional. Su deber era proteger a la familia que habitaba en aquella residencia, habían dedicado años a tal labor y su lealtad estaba de por vida con Hiachi-sama, patriarca de los Hyuga.

Un estruendoso sonido rompió con la quietud de la noche y motivo a ambos guardaespaldas a dejar sus puestos.

-¿Qué paso ahí? –preguntó el hombre más alejado de la calle y, por lo tanto, más cerca de la entrada de la casa.

-¡Un accidente! –contestó el otro guardaespaldas mientras corría, de tal manera que cuando habló ya había doblando la esquina de la calle, para toparse de lleno con la imagen de un pequeño vehículo estampado contra una toma de agua cercana-. ¡Llama a emergencias! –le pidió a su compañero, y a pesar de que el hombre no respondió, supo que la demanda había sido atendida.

-Señorita, ¿se encuentra bien? –le preguntó el segundo guardaespaldas a la conductora del automóvil, una vez que hubo llegado junto los otros dos.

Se trataba de una muchacha joven de cabello negro que parecía aturdida por el golpe, y que comenzaba a toser repetidas veces debido al humo que despedía el dañado motor de su vehículo, aunque por lo demás parecía ilesa, seguramente gracias al cinturón de seguridad que llevaba puesto. Ninguno de los dos hombres pareció notar el mechón azul que apenas se asomaba bajo la cabellera morena.

Tampoco se percataron de las dos sombras que se introducían dentro de la casa Hyuga, ayudadas por la confusión que reinaba en la calle.

-Todo despejado –informó la voz inconfundible de Itachi por medio del micrófono colocado en su oído, escuchándose a través de la máscara que le cubría el rostro al joven hombre. A sus espaldas, también con la cara cubierta, el Uchiha pudo sentir como un disgustado Deidara lo seguía -. Nos dirigiremos a la habitación del canario y…

Repentinamente, el moreno sintió que Deidara lo empujaba por el hombro, guiándolo hacia una esquina oscura del enorme jardín. Antes de que el moreno pudiera cuestionarle al otro hombre por su extraño comportamiento, el rubio había colocado una mano sobre la boca del Uchiha, exigiéndole que guardara silencio. Por unos ligeros segundos Itachi se olvido del secuestro de Hyuga Hinata y su mente se concentró en el ligero toque a vainilla que desprendía la piel de su compañero, y en cuya existencia no había reparado antes.

El sonido de una conversación saco al domador de su ensoñación y sólo entonces se dio cuenta de que Deidara le señalaba con la cabeza las figuras que se percibían a través de la pared de papel de la casa, dentro de lo que parecía ser un salón de té. Al escuchar hablar a una suave voz femenina, ambos Akatsuki supieron que no tendrían que llegar hasta la habitación de la heredera Hyuga para dar con la chica.

-H-hanabi no está contenta con la nueva escuela… -dijo la temblorosa voz de Hinata.

-Sí, mi tío Hiachi lo ha mencionado –contestó el hombre que la acompañaba, con aparente tranquilidad-. Sin embargo… -un ligero silencio fue hecho a propósito para causar expectación-, tú pareces inusualmente satisfecha, Hinata –la acusó el muchacho, y solo quien conociera bien al chico podría notar el tono de burla que le imprimía a sus palabras.

-¡A-ah! ¡S-sí, yo…! –tartamudeó la morena, con el nerviosismo creciendo rápidamente. Aún desde el lugar oculto donde se encontraban ambos cirqueros, pudieron escuchar a la perfección como la delicada porcelana caía al suelo y se rompía en mil pedazos.

-¿No tiene que ver con cierto cirquero rubio de ojos azules dedicado al trapecio, que además realiza un espectáculo de payaso? –continuo hablando el joven que acompañaba a Hinata, y a juzgar por su actitud relajada a pesar de pequeño accidente de la muchacha, parecía estar acostumbrado a la torpeza que acompañaba al histerismo de la Hyuga-. Cirquero, que convenientemente estudia ahora en Konoha…

-¡N-neji-nissan! –chilló la morena, y gracias a la sombra proyectada en la pared se pudo ver como la chica se llevaba las manos a ambas mejillas.

-Lo sabía –dijo Neji en tono triunfal. Gracias a que él se encontraba frente a Hinata, poseía una excelente posición para admirar el escandaloso color escarlata que había adquirido el rostro de su joven pariente.

-Debemos atraer al chico al exterior, uhm –susurró Deidara en el volumen más bajo que consiguió, maldiciendo interiormente a Tobi por no advertirles que la familia Hyuga tenía más integrantes que podrían estar presentes al momento del secuestro-. ¿¡Qué demonios…?! –maldijo en un murmullo el rubio, al sentir que Itachi lo arrojaba contra el césped del jardín, el domador cayendo directamente sobre él.

-Silencio… -pidió entre susurros el Uchiha, con un dedo deslizándose con delicadeza por el lugar donde debían encontrarse los labios de Deidara.

El artista se removió incómodo al darse cuenta de que el cuerpo contrario estaba en un contacto tan íntimo con el suyo, el aliento de Itachi rozándose contra su cuello, tan cerca que no haber traído puestas las máscaras seguramente la boca del moreno ya habría besado su piel. Unos segundos después unos pasos se escucharon a poca distancia del lugar donde los hombres se encontraban, de seguir en el sitio anterior habrían sido vistos sin dudarlo.

-¿Una explosión pequeña? –preguntó el rubio, luego de sacudir su cabeza y sacar pensamientos extraños de ella.

-Demasiado llamativa –contestó Itachi, para luego ponerse de pie y avanzar en dirección a la casa, dejando el tradicional jardín-. Como todo lo que haces.

-¡Oye! ¡Ven aquí maldito presumido! ¡Harás que nos maten! –le reclamó su compañero entre susurros, haciendo ademán de detenerlo.

Sin embargo, el Uchiha se liberó con facilidad del agarre del otro muchacho y nuevamente le pidió silencio con las manos. El rubio lo dejo ir, pero eso no evitó que siguiera mascullando maldiciones entre dientes. Los ojos azules del artista, observaron ligeramente preocupados, como el moreno alcanzaba un pasillo de la casa, en dirección contraria a donde él se encontraba. Deidara se mordió con fuerza los labios al ver que Itachi empujaba a propósito un jarrón de apariencia costosa, el cual que se encontraba bastante a la vista.

-¿Q-qué fue eso, Neji-nissan? –dijo la voz de Hinata, repentinamente asustada, unos instantes antes de que la puerta deslizable del salón de té se abriera con brusquedad. Deidara contuvo la respiración el ver que un chico, de por lo menos veinte años, de largo cabello castaño y ojos claros, se topaba de frente con la figura encapuchada de Itachi.

-Un ladrón… -dijo Neji con la boca seca, y enseguida el Uchiha salió corriendo hacia el interior de la casa-. ¡Quédate aquí, Hinata! –le advirtió el castaño a la muchacha, para luego salir corriendo detrás del cirquero.

-Avancen, idiotas –gruñó Deidara contra el micrófono que llevaba en su propia oreja, mientras salía de su escondite y se enfrentaba a la muchacha-. ¿Quiere dar un paseo con nosotros, señorita? –le preguntó el rubio a Hinata, con una sonrisa de lado en el rostro, que la chica no pudo ver.

Antes de que la Hyuga pudiera preguntarse a que se refería aquel extraño que invadía su casa con ese "nosotros", dos figuras más aparecieron a los costados del recién llegado, que fueron inmediatamente reconocidos por el artista como Hidan y Kakuzu. En unos instantes la muchacha yacía desmayada en los brazos del más alto, sin conocimiento de lo que ocurría a su alrededor.

-¿Los guardias de la entrada? –le preguntó Deidara a Hidan, mientras su cómplice se llevaba a la inconsciente chica.

-Regresando –respondió el hombre de cabello blanco, según la información que obtenía de Yahiko, quien en esta ocasión tenía el papel de vigía.

La desconfianza se vio reflejada en el rostro Hidan, al notar que el rubio sonreía ampliamente al mismo tiempo que sacaba el celular de su bolsillo y lo ponía en el marcado rápido.

-Perfecto… -dijo el artista para sí mismo, mientras esperaba a que su llamada fuera respondida-. Es hora, uhm –fueron las únicas palabras dichas por el cirquero, para después colgar el celular.

No era extraño que los miembros de Akatsuki tuvieran sus propios planes a la hora de dar un golpe, pero eso no significaba que tal cosa fuera del agrado de Madara, como bien estaba enterado Hidan.

En solo cuestión de fracciones de segundo, una segunda explosión, demasiado fuerte como para ser causada por un simple accidente automovilístico, retumbo por toda la mansión Hyuga.

-¡Ha estallado el banco! –fueron los rumores que se esparcieron con rapidez entre los sirvientes de la enorme casa, refiriéndose al negocio que se encontraba a un par de calles, y desde el que podían verse salir llamas y una gran columna de humo-. ¿¡Será un intento de robo?!

-¡Idiota! ¡El estúpido del jefe nos pateara las bolas cuando se entere lo que hiciste, rubio de mierda! –le reclamó Hidan a Deidara, soltándole un golpe en el cráneo-. ¡Oh, perdón! Olvidaba que eras su puta y que con un buen revolcón te dejaba hacer lo que quisieras –siguió maldiciendo el hombre de cabello blanco, haciendo que el otro muchacho recordara porque despreciaba tanto a su compañero.

No solo se trataba de que Hidan parecía necesitar las palabrotas para sobrevivir, tanto como el oxígeno para respirar, sino que además eran un boca floja.

-¡Cállate! –bramó el rubio, al tiempo que le soltaba un golpe al otro directo sobre el rostro, que Hidan no tuvo la agilidad de esquivar-. ¿Dónde está el maldito engreído? Se está tardando –gruñó Deidara dándose la vuelta y encaminándose hacia la salida. Su compañero se dio cuenta que no podía referirse a nadie más que a Itachi.

-Hora de irnos –dijo de pronto la voz del Uchiha, apareciendo repentinamente a un costado del rubio.

-Vas tarde –le reclamó Deidara torciendo la boca, una vez que se recuperó de la impresión, ya que no había sentido como el hombre llegaba a su lado.

Cuando Itachi giró su rostro para encarar a su compañero, observó extrañado que la mirada azul del más joven se llenaba de espanto, para luego ser empujado al suelo por el artista, por segunda vez durante la noche, sólo adelantándose por segundos al tenebroso sonido de un arma disparada dentro de la residencia de los Hyuga.

El claro suelo de madera se tiñó con el rojo color de la sangre.

~*S*&*N*~~*C*I*R*C*U*S*~~*S*&*N*~

El corazón de Minato se contrajo de dolor al ver desde la lejanía, la penosa manera en que Kushina trataba de contener el llanto mientras zarandeaba con sorprendente fuerza a un hombre fornido, cuya identidad era desconocida para el rubio. Otras personas alrededor de su esposa trataban de calmarla, pero sus esfuerzos no parecían surtir mucho efecto.

-Lo siento, señor, pero esto es un área restringida –lo intercepto un policía de mal talante, bloqueándole a Minato la vista que tenía de la pelirroja.

Sin embargo, antes de que el rubio pudiera reclamar su derecho a estar presente en aquel lugar, otra persona, mucho menos comprensiva y paciente que el empresario se inmiscuyó dentro de la discusión. El uniformado lució consternado por un instante cuando quien para él era un simple anciano de largo cabello blanco, lo empujó fuera del camino y sujetó al rubio por el pliegue del codo, traspasando sin muchos miramientos la línea amarilla de "Prohibido el paso".

-A un lado, niño, que la cosa no es contigo –gruñó Jiraiya, avergonzando ligeramente al policía, debido a que el oficial pasaba con facilidad de la treintena.

-¡Oigan ustedes dos…! –comenzó a gritar el ofendido hombre, hasta que fue silenciado por su superior, quien colocó una mano sobre su hombro.

-¿Jiraiya-san? –dijo un hombre con un extraño corte de cabello en forma de tazón, que el nombrado pudo reconocer como uno de los jóvenes que comenzaban en el departamento de policía cuando él estaba ya por retirarse-. ¡Qué sorpresa encontrarse a alguien como usted en un caso! ¿Extraña los viejos tiempos? –Dijo el hombre moreno con entusiasmo, regalándole una enorme sonrisa tanto a Minato como a su padre-. Aunque no sé si sea buena idea…

-Siento tener que meterte en problemas con el estirado de Danzō, Gai –dijo Jiraiya sin responder al amigable gesto, al tiempo que le hacía gestos a Minato para que siguiera su camino, cosa que el más joven no tardó en hacer-. Pero ni Kami-sama mismo va a evitar que me entrometa esta vez.

Gai no se molestó en detener al rubio, y por su parte también despacho a su subordinado. Lo que fuera que había sucedido debía ser importante, si con ello conseguías que el condecorado y afamado personaje de Namikaze Jiraiya hiciera de lado el orgullo para acudir de nuevo al departamento de policía, luego de su obligada jubilación causada por las constantes tensiones que el hombre mantuvo con su superior, Shimura Danzō.

-¿Por qué…? –comenzó a cuestionarlo el de cabello negro, verdaderamente intrigado.

-Es mi nieto… Naruto –contestó Jiraiya antes de que el otro hombre terminara la pregunta, con voz aparentemente tranquila, pero Gai pudo notar que un ligero temblor en ella traicionó la compostura del mayor cuando el nombre del niño fue pronunciado.

Los ojos del moreno se abrieron cuan grandes eran a causa de la sorpresa, y su rostro se giro con rapidez hacia la dirección por donde había desaparecido el hijo de su sempai. Su sorpresa no disminuyo ni un ápice al ver que la histérica mujer se arrojaba desconsolada a los brazos de Minato, en cuanto el rubio entró en su campo de visión. Por supuesto que Gai reconocía a la pelirroja, y precisamente debido a su identidad era que todo aquel circo había sido montado dentro del Circo Akatsuki… para variar.

Se trataba de Uzumaki Kushina, la única hija de una importante familia local, de gran tradición, pero más importante, se trataba de una joven que estaba sufriendo el secuestro de su pequeño hijo.

-Kushina… -balbuceó Minato sin saber que más decir, mientras se limitaba a acariciar con manos torpes el largo cabello rojo de su esposa.

Los susurros inseguros de su marido provocaron que el llanto de la mujer se detuviera abruptamente, y varios jadeos sorprendidos, proveniente de las gargantas alrededor de la pareja, se dejaron oír cuando el puño de la Uzumaki se impactó con toda su fuerza en la mejilla izquierda del rubio.

-¡Todo es tu culpa, maldito rubio mentiroso! –gritó la enojada mujer, sujetando a Minato por la solapa de su traje y sacudiéndolo como minutos antes lo había hecho con el policía fornido-. ¡Si tan sólo hubieras estado en casa a tiempo, dattebane! ¡Entonces Naruto…! ¡Naruto…! –para consternación de todos los presentes, las lágrimas volvieron a correr por el rostro de la pelirroja y de nuevo se dejó caer contra el pecho de su marido, llorando a todo pulmón.

El enojo dio paso a la tristeza, con la misma rapidez con que antes la ira había surgido de la desesperación.

Al ver que su mujer dejaba de agredirlo, Minato se apresuró a rodearla con sus brazos, esta vez sin que ningún temblor los recorriera. No le prestó atención al golpe en su cara, el cual sin duda alguna iba a tornarse de un oscuro color morado al día siguiente; tampoco le dio importancia a las palabras hirientes dichas por Kushina, a pesar de que se le clavaron en el pecho como mortíferas dagas. El rubio sabía que su querida esposa se arrepentiría con rapidez de haberlas soltado… sin importar cuán ciertas fueran.

"Si yo hubiera estado ahí…" pensó Minato, atormentándose, y como muda respuesta a su tortura interna, el abrazo con la pelirroja se tornó más fuerte, más necesitado.

-Paso tan rápido… –sollozó la voz de Kushina, en un volumen tan bajo que el de ojos azules tardó un tiempo en notar que se dirigía a él-. Un segundo estábamos viendo los tigres, y luego un par escapo… ¡Todo se salió de control! –gimió la mujer-. ¡Si no hubiera traído a nuestro hijo al circo…! ¡Todo es mi culpa!

-No, no lo es –se apresuró a contradecirla el rubio, gustándole mucho menos que la pelirroja se culpara a sí misma, que el hecho de haberlo culpado a él.

-¡Pero fue mi idea! –siguió insistiendo Kushina, lo que provocó que Minato frunciera molesto el entrecejo.

La Uzumaki se sorprendió mucho cuando su marido la tomo por lo hombros y la alejó bruscamente del cómodo refugio que eran sus brazos, aunque sólo la distancia suficiente como para que la penetrante mirada celeste que la había enamorado años atrás capturara toda su atención.

-¡Kushina, escúchame! –le exigió el rubio, sacudiendo ligeramente los hombros de la mujer-. No es tu culpa, los accidentes ocurren –sentenció su marido con vehemencia.

-¡No fue un accidente! –gruñó entonces Kushina, asombrando a Minato y causando que los agentes de la ley, quienes todavía presenciaban la discusión entre los esposos, soltaran respingos de frustración-. ¡Él se lo llevó! ¡El hombre con la máscara se llevó a Naruto! –aseguró la pelirroja con la voz más firme que el empresario le había escuchado desde su llegada.

-¿Llevárselo? -preguntó confundido Minato, sin comprender de qué le estaba hablando la mujer-. Pensé que no encontraban a Naruto luego del desastre causado por los animales escapados…

-Señor… Uzumaki –intervino entonces uno de los policías, con cierta duda en la voz al pronunciar el apellido, ya que el rubio no les había sido presentado. El hombre era algo bajo, compañero del que Kushina sacudiera tan salvajemente y quien en ese momento se encontraba varios pasos atrás, con el estomago bastante revuelto-. Su esposa ha estado sometida a un gran estrés luego de la desaparición de su hijo. Seguramente imagino…

-¡No estoy imaginando nada, dattebane! –lo interrumpió la Uzumaki con un gruñido feroz, haciendo que el menudo hombre retrocediera, asustado ante el brillo salvaje de aquellos ojos violetas-. Un hombre con una máscara extraña se aprovecho de que la multitud nos separo a Naruto y a mí, tomó a mi hijo en brazos –comenzó a enlistar Kushina, su ira creciendo al no poder creer que todavía seguían discutiendo su credibilidad-, ¡y salió corriendo en aquella dirección! –gritó la pelirroja, señalando la calle-. ¡Y ustedes en vez de ir a buscarlo, pierden el tiempo juzgándome loca!

Una mano se deslizó con suavidad sobre los delicados dedos de Kushina, calmando poco a poco los visibles temblores que recorrían el cuerpo de la mujer, causados por el enojo.

-Te creo -aseguró Minato, y aquellas dos simples palabras hicieron que la pelirroja soltara un suspiro de alivio, sintiendo por primera vez desde que había perdido a su hijo de vista que algo de tranquilidad llegaba hasta su afligido corazón-. Vamos a encontrarlo –aseguró su esposo, y Kushina asintió con la cabeza, creyendo ciegamente en las palabras del hombre.

-Con todo respeto, Uzumaki-san –intervino entonces una voz desconocida para los Uzumaki, provocando que la pareja deshiciera su abrazo para girarse hacia la fuente de donde provenía-, creo que la policía tiene razón –dijo un muchacho de cabello negro, quien aguardaba un poco apartado del cuerpo de policía allí reunido.

Minato se fijo en las ropas que vestía el joven y supuso que debía pertenecer al circo, los ojos azules del hombre se entrecerraron al ver las viejas cicatrices dejadas por garras, las cuales surcaban el antebrazo izquierdo del desconocido. Seguramente se trataba del cirquero a cargo del acto de los tigres, y el Uzumaki no pudo evitar sentirse molesto con él, al fin y al cabo, la seguridad de dicho espectáculo estaba bajo su cuidado.

El rubio observó con ojo crítico los pantalones de cuero que vestía el todavía adolescente, junto con la camiseta rojo sangre, la cual tenía el cuello ligeramente bajo, mostrando el pecho, y además terminaba su conjunto con una extraña clase de gabardina sin mangas, adornada con nubes rojas en fondo negro. El hecho de que el domador golpeara el suelo de vez en cuando con sus pesadas botas de motociclista, demostrando lo fastidioso que le resultaba el asunto del niño perdido, no ayudo a mejorar el humor de Minato.

-¿Y usted es…? –preguntó el de ojos azules, alzando una de sus cejas en señal de franca desconfianza.

-Uchiha Itachi –contestó el joven moreno tranquilamente, sin parecer en lo más mínimo ofendido por el trato del adulto-. Yo protegí a su esposa cuando los tigres escaparon –añadió al poco tiempo, provocando una clara expresión de sorpresa en Minato, que aumento al notar el tono aburrido en la voz del cirquero-. Lamento no haber podido hacer lo mismo con el niño, no pude verlo –dijo Itachi encogiéndose de hombros apenas perceptiblemente.

La mirada celeste del empresario se dirigió a Kishuna, buscando una confirmación de lo que el moreno decía. El rubio trató de apartar el sentimiento de decepción qué lo embargó cuando la pelirroja asintió en silencio, dándole la razón al muchacho. No es que Minato no agradeciera el hecho de que el Uchiha hubiera protegido a su esposa, pero ciertamente había algo en el chico que no le daba buena espina, y no le hacía ni pisca de gracia estar en deuda con él.

-Está bien, no se disculpe –dijo al final el Uzumaki, algo a regañadientes.

-Sin embargo –siguió hablando Itachi, luego de haber negado con la cabeza y desestimado las palabras de Minato-, tampoco pude ver a ninguna persona alejarse de donde nosotros nos encontrábamos, mucho menos cargando un niño a la fuerza. Y puedo asegurar que en ese momento era la persona más cercana a su esposa –añadió el joven de cabello negro, cruzándose de brazos.

-¡Rubio, ojos azules, tiene tres años y viste un disfraz de zorro! –bramó entonces Kushina, perdiendo los estribos de nuevo y haciendo ademán de abalanzarse sobre el domador. Lo hubiera hecho de no ser porque su marido pudo sujetarla a tiempo por la cintura-. ¿¡Cuántos niños así cree que haya en la ciudad, dattebane?!

La furia de la mujer no tuvo límites cuando el Uchiha se llevó un par de dedos al mentón, fingiendo descaradamente que se concentraba en recordar.

-¿Hoy mismo…? –Murmuró el moreno en tono pensativo, tamborileando sus largas falanges sobre su barbilla, y ni Minato ni Kushina comprendieron el mensaje que trataba de enviar el brillo de aquellos profundos ojos negros cuando se clavaron directamente en ellos-. No he visto ninguno.


Bueno, aquí mi última aportación para el Festival, traída a sus manos como siempre gracias al látigo, es decir, a la ayuda de mi beta Hibari Kyouya :B Si quieren leer los fanfics que han aportado este año (es un lío poner enlaces en pero haré el intento u.ú) solo sustituyan las palabras y unan los espacios. Hay muy buenos fanfics, apoyen a los que más les gusten con sus likes y el 27 se abrirán las encuestas para escoger a los ganadores. ¡Feliz Día del SasuNaru! xD

TRIPLE W PUNTO facebook PUNTO com / notes / festival-literario-sasunaru / segundo-festival-literario-sasunaru-2012 / 522944561053801

Zaludos

Zaphy

Sela Yal than Rami usa te, finta Zaphyrla... Temo si la ura le.