Circus
Resumen: El circo ambulante es un mundo alterno lleno de fantasía y colorido, donde los hombres vuelan sin tener alas y las bestias más fieras son domadas con facilidad. ¿Qué será lo que en realidad se esconde detrás del maquillaje del sonriente payaso?
"Per aspera, ad astra…" Seneca; (4A.d.C.–65), filósofo, político, orador y escritor romano.
Todos los personajes son de Masashi Kishimoto, y no lucro de ninguna manera con ellos.
La Torre
Advertencias:
OoC.
AU.
Lime.
Yaoi (SasuNaru).
Long Shot.
Algunas groserías.
La siempre presente falta de ortografía.
El lector podría morir de aburrimiento.
Por favor, ten en cuenta que Zaphyrla es una autora que suele tratar contenido YAOI (Relación Hombre X Hombre).
¡Si no te gusta, no leas!
-¿¡Pero qué demonios paso?! –bramó Yahiko, abriendo de golpe la puerta de su remolque y dejando que también entraran en el lugar los dos hombres encapuchados que lo seguían. Uno de ellos se sostenía a duras penas sobre el otro, cubriéndose el hombro izquierdo con los dedos temblorosos y manchados de sangre fresca.
Al escuchar las palabras del pelirrojo, el herido soltó varios gruñidos inteligibles. El comportamiento del compañero que lo ayudaba a mantenerse en pie no pudo ser más diferente; el hombre se mantuvo en completo silencio mientras lo recostaba sobre la mesa de la cocina.
-Le dispararon –contestó Itachi con tranquilidad, al tiempo que se quitaba la máscara del rostro-. ¿Dónde está Konan? –preguntó enseguida el moreno, observando por encima del hombro de Yahiko y esperando que la muchacha de cabello azul apareciera. Al mismo tiempo, acomodaba a Deidara sobre la superficie del mueble, cuidando que el rubio permaneciera inmóvil.
No era la primera vez que un miembro de Akatsuki resultaba herido durante una operación, y era obvio que en esos casos un hospital quedaba por completo descartado. Aunque Madara contaba con ciertos contactos de dudosa reputación en algunas ciudades, los cuales bien podrían ayudarlos, para la tranquilidad de varios cirqueros era Konan quien regularmente se encargaba de dar la atención médica de emergencia. No es que alguno de los Akatsuki desconfiara de Tobi, que va.
-¡¿Le dispararon?! ¡No me digas! –siguió gritando el pelirrojo con voz sarcástica, sujetando a Itachi por el cuello de su camiseta oscura-. ¡Lo que quiero saber es por qué! ¡Había tres de ustedes de ahí, y solo Deidara salió con una bala!
Los últimos días habían sido de mucho estrés para Yahiko, temiendo que el rubio lo delatara con Madara, y sin embargo, ahora era el mismo rubio quien llegaba herido luego del secuestro de la chica Hyuga. Lo que llevaba al pelirrojo a suponer que Tobi habría descubierto que Deidara ayudaba a la policía para hundirlo. Al fin y al cabo, el macabro payaso siempre había sospechado del muchacho después de lo sucedido con Uzumaki Naruto.
Los gritos de Yahiko se detuvieron cuando el Uchiha lo sujetó por la muñeca, torciéndole la mano hasta que ésta quedo en un ángulo extraño y sus articulaciones crujieron. Los ojos castaños del cirquero se abrieron sorprendidos ante la repentina agresión del moreno, y es que si algo caracterizó al domador del Akatsuki durante el largo tiempo en que habían convivido, era la marcada indiferencia que sentía hacia sus compañeros, incluso hacia aquellos que lo molestaban continuamente como Deidara.
-No me hagas repetirlo de nuevo… -siseó airado Itachi, mientras apretaba su antebrazo contra el cuello de Yahiko, empujándolo contra la delgada pared del remolque. Todo el lugar se sacudió con el brusco movimiento-. ¿Dónde está Konan?
-Aquí estoy –contestó la muchacha, colocándose dentro del rango de visión de ambos hombres.
Itachi apenas le dirigió una mirada, antes de regresar sus ojos al rostro todavía estupefacto de Yahiko. Pudo notar que la chica sostenía entre sus brazos una bandeja de metal, con varios instrumentos de curación que el moreno no pudo reconocer. Sin embargo, a pesar de los amortiguados gemidos de dolor que se escuchaban a unos cuantos pasos de distancia, Konan ni siquiera parpadeó. Todos los presentes permanecieron inmóviles y expectantes, semejantes a un grupo de actores que aguardaban a que el telón se levantara para comenzar con la obra estelar de la noche.
Con lentitud, el Uchiha dejó ir al pelirrojo, y tal parecía que esa era la señal que Konan estaba esperando para comenzar con el espectáculo, porque sólo entonces la cirquera se giró hacia donde estaba su futuro paciente.
¿Tenías que arreglarte el cabello antes, uhm? –preguntó Deidara con los dientes apretados, viendo con rencor como los mechones azules de la muchacha volvían a estar a la vista; seguramente se había quitado la peluca en el camino de regreso al circo. Para mala suerte del rubio, el comentario no fue del agrado de la acróbata, quien presionó la herida con más fuerza de la necesaria-. ¡Maldición! ¡No toques ahí, estúpida mujer! –gruñó el de ojos azules, encorvándose sobre sí mismo y tratando de alejar a su agresora.
-Cierra la boca, si no quieres que también la suture–lo amenazó Konan, apuntándolo con unas pinzas de aspecto extraño-. Estás perdiendo demasiada sangre –añadió con tono serio, negando con la cabeza-. Si quieres que te ayude no me dificultes las cosas.
Aunque los ojos del rubio todavía refulgían con ira, el muchacho acabó por aceptar a regañadientes, a pesar de eso, giró su rostro con brusquedad para demostrar lo molesto que estaba con la situación.
"¡Como ella no es la que tiene una bala en el hombro! ¡Maldita mujer!" pensó Deidara, respirando profundamente para tratar de controlar el dolor que sentía y no caer en la desesperación. Aún en aquel estado podía sentir la penetrante mirada de Itachi clavada en su nuca. El rubio no iba a permitirse verse débil delante del Uchiha, no con Itachi, nunca con él.
-Itachi, ¿por qué Tobi no fue con ustedes? Fuiste el último en hablar con él antes de ir a la casa Hyuga, ¿qué dijo? –volvió a cuestionar Yahiko, sin que el Uchiha prestara atención a sus palabras, Madara era la última preocupación que ocupaba los pensamientos del domador. Al menos hasta que el pelirrojo lo sujetó por el hombro y lo obligó a encararlo-. ¿Dónde estabas tú cuando le dispararon a Deidara? –siseó el hombre por lo bajo.
-¿Estás insinuando algo, Yahiko? –le regresó Itachi, su mirada se ensombreció de repente, y de nuevo la sorpresa se reflejó en el rostro del pelirrojo. Ese tono helado tampoco había aparecido antes en la voz del Uchiha.
-¿Qué crees que estoy insinuando, Itachi? –preguntó a su vez Yahiko, haciendo que los ojos del moreno se entrecerraran con desconfianza. Parecía que la mirada de aquel hombre cubierto de piercings trataba de encontrar algo en las facciones irritadas de Itachi, seguramente la confirmación de que el Uchiha había disparado contra Deidara.
Un gemido ahogado llamó la atención de los dos hombres que discutían, y se giraron hacia la mesa de la cocina justo a tiempo para ver como el mencionado rubio mordía el dorso de su mano con toda la fuerza que pudiera aplicar en los dientes, mientras Konan hurgaba en el hombro del muchacho de ojos azules en busca de la bala. Por mucho que lamentara pensar semejante cosa de su novia, a Yahiko le pareció encontrar cierta semejanza con un animal salvaje que se cierne sobre su presa para devorar sus vísceras.
En algún momento la chica debió tocar un punto especialmente sensible de la herida, porque entonces Deidara dejó ir el primer grito de dolor e intento alejarse de Konan.
-¡Aún no quitó la bala! ¡Solo falta poco, Deidara! –bramó la acróbata, sujetando al rubio para detenerlo al mismo tiempo que intentaba no perder de vista el proyectil clavado en la carne de su compañero. Si soltaba la bala que sostenía con las pinzas, tener que buscarla de nuevo solo provocaría más dolor y ni hablar del daño que podría causar en el proceso.
Pese a los gritos desesperados de Konan, Deidara no parecía escucharla, y en un repentino movimiento intentó ponerse de pie a pesar del dolor, y lo habría conseguido de no ser porque Itachi consiguió sujetarlo a tiempo.
El moreno había hecho a un lado a Yahiko para colocarse a un costado de Konan, en un lugar donde no estorbara la labor de la muchacha. Ahora el brazo del Uchiha se encontraba rodeando el cuello del rubio, empujando el rostro de Deidara contra el pecho del domador mientras sus dedos sujetaban la muñeca del rubio con una fuerza monstruosa, dejando al cirquero a merced de Konan.
La muchacha soltó un suspiro de alivio ahora que Deidara estaba lo suficientemente quieto como para terminar su trabajo, y una minúscula sonrisa se extendió por la boca de la mujer cuando logró escuchar un pequeño chasquido, provocado al chocar metal contra metal.
-Necesita algo para el dolor -dijo Itachi, observando impasible como el rubio se resistía a perderse en la inconsciencia.
El Uchiha pudo notar que al chico entre sus brazos le faltaba el aire, como si acabara de correr una enorme distancia, pero a pesar de todo se las arreglaba para ver con ira al moreno a través de sus ojos azules apenas abiertos. El domador estaba seguro de no suponerle un esfuerzo considerable, Deidara ya estaría gritándole a todo pulmón, culpándolo por la situación en la que se encontraba.
-Si tuviera algo, ya se lo habría dado -respondió Konan con indiferencia.
La mujer dejó caer la bala en la bandeja metálica, abandonando también la pinza con la que la había sacado. Las manos rápidas de la cirquera se dirigieron entonces a las gasas estériles y a las suturas con las que esperaba detener la hemorragia, y planeaba seguir con su trabajo, cuando de pronto Itachi presionó la herida de Deidara, sacándole un ensordecedor rugido de dolor.
-¿Por qué te atravesaste? -preguntó el Uchiha en un siseo, dirigiéndose al rubio. Por toda respuesta, el chico soltó un par de maldiciones entre dientes y luego escupió a la cara del domador.
-Itachi -dijo Konan con voz dura, a modo de advertencia, esperando que el moreno apartara sus manos de la herida de Deidara para poder seguir con la curación.
El aludido la ignoró por completo, y ni siquiera se preocupo por quitar la saliva que el rubio le había arrojado al rostro; su concentración estaba por completo enfocada en los motivos que su compañero tuvo para cometer semejante acto de insensatez.
-¿Por qué te atravesaste, Deidara? -volvió a preguntar Itachi, elevando apenas un poco el volumen de su voz a comparación de la vez anterior.
Justo cuando el rubio pensaba en que respuesta mordaz soltarle al Uchiha, la intervención de otra persona hizo que el moreno apartara por un segundo su atención del hombre de ojos azules.
-Sólo estás estorbando, así que será mejor que salgas –murmuró Sasori en tono áspero, sujetando a Itachi por la muñeca, con la intención de obligar al domador a dejar a ir a su amigo. Claro que la fuerza del Uchiha no le facilitó las cosas-. Si tanto quieres ser el que tenga una bala en el cuerpo, con gusto cumpliré tu deseo después -dijo entonces el pelirrojo, apretando los puños por el enojo contenido.
El Uchiha no se mostró muy impresionado por la amenaza de su compañero, pero tenía que aceptar que ahora se encontraba en clara desventaja, a juzgar por la espalda tensa de Konan y la penetrante mirada que le mandaba Yahiko. Al idiota de las explosiones podía interrogarlo todo lo que quisiera más tarde, ya que no estuviera su perro guardián rodeándolo.
-¡Maldición, Itachi! ¡Suelta a Deidara para que Konan pueda cerrar la condenada herida! -presionó Yahiko un poco más, cansado de la calma del Uchiha.
La poca preocupación que el domador mostraba por la salud del rubio aumentaba las dudas del pelirrojo, sus dudas sobre que tan involucrado estaba Itachi con el disparo de Deidara, pero la insistencia que tenía el Uchiha por saber lo que llevara al cirquero a salvarlo, hacia que la teoría de Yahiko se tambaleara.
Itachi pasó su oscura mirada por cada uno de los rostros presentes, demorándose apenas un segundo más en el del rubio, quien todavía se encontraba entre sus brazos, hasta que al final lo apartó de sí mismo. Sasori se apresuró a tomar el lugar del Uchiha, mientras Konan cubría el hombro del cirquero con blancas gasas, que no tardaron en empaparse de sangre.
El domador se permitió una última mirada de reojo al singular grupo que dejaba dentro de la casa rodante, justo a tiempo para observar como la mujer maniobraba con una aguja dentro de la carne de Deidara, al tiempo que el Akasuna susurraba contra el oído de su amigo varias palabras que no alcanzó a entender. Por un momento la mirada del rubio se encontró con la de Itachi, destilando un brillo extraño, antes de que el muchacho girara su cabeza para romper el contacto.
-Itachi, ¿estás bien? -le preguntó Kisame, una vez que el domador estuvo fuera del remolque. El tipo inusualmente alto y de piel azulada se encontraba recargado a un costado de la puerta de la casa rodante.
Sus palabras provocaron que el moreno se girara hacia él, con una de sus negras cejas alzadas de forma interrogante. A modo de respuesta, el Hoshigaki señaló con la cabeza las ropas manchadas de sangre que todavía llevaba puestas el Uchiha.
-No es mío -aseguró Itachi en tono seco-. Es de Deidara.
Kisame observó con ojo crítico la tranquila manera en que su compañero buscaba un trozo de tela entre las cosas que había fuera del remolque de Yahiko; terminó tomando una camiseta vieja olvidada sobre una silla, y luego comenzó a limpiarse las manos manchadas de rojo. El Hoshigaki se cruzó de brazos, esperando que Itachi dijera algo más, pero solo surgió un silencio aplastante entre ellos, apenas rotó de tanto en tanto por los quejidos y maldiciones que provenían desde el interior del remolque.
El moreno se limitó a terminar de limpiarse los dedos, para luego de apenas un segundo de duda, guardarse el trozo de tela en el bolsillo de su pantalón. Si Kisame se dio cuenta de aquel detalle, no hizo comentario alguno sobre ello.
-Es algo interesante -comenzó a decir entonces el hombre más alto, tratando de que el Uchiha volviera a hablar-. El chiquillo dice que te odia, que no te soporta... y aún así recibe una bala que iba dirigida a ti.
Las palabras de su compañero aparentemente no causaron reacción alguna en el domador.
-¿Quieres saber porqué el sempai lo hizo? Yo te lo diré -dijo una voz burlona en medio de la oscuridad. Los pasos de Madara resonaron frente a los otros dos hombres, antes de que el rostro deformado de su jefe hiciera aparición.
Los ojos de Itachi refulgieron con ira contenida. Todo lo que alguna vez quiso en su vida o deseo tener, se le escapó de las manos gracias a los engaños del malicioso payaso, pero se obligó a morderse la lengua para escuchar lo que Tobi tuviera que decir. Ya luego juzgaría que tanta verdad tenías las palabras de semejante embustero.
-Recuerdo cuando Deidara-sempai llegó al Akatsuki -siguió hablando Madara, como si supiera que el otro Uchiha no planeaba abrir la boca en un largo tiempo. El payaso se sentó en la silla de cuyo respaldo Itachi había tomado la camiseta con anterioridad, y estiró sus piernas cuan largas eran, al tiempo que entrelazaba los dedos detrás de la nuca-. Su primer día en el circo, y el día que se conocieron.
-Yo no lo recuerdo -confesó Itachi con naturalidad, provocando un respingo de desconcierto por parte de Kisame.
Puedo que el domador estrella del Akatsuki no lo recordara, pero el resto de los cirqueros no podrían olvidarlo ni en su retiro. Más de un vehículo de la caravana había quedado inservible luego del arranque de indignación del rubio, y fue necesario llamar a los bomberos.
-Fue muy grosero de tu parte ignorar a Deidara-sempai, Itachi-sempai -continuo Tobi con el relato, usando aquel tono chillante y empalagoso que desquiciaba a todos sus subordinados-. Por eso no viste sus preciosos ojos azules brillando con admiración cuando te vio.
Desde su lugar, Kisame se removió con incomodidad ante la plática que se desarrollaba entre ambos Uchiha, mientras los músculos de la espalda de Itachi se tensaban.
-Tal vez le gustaste, tal vez hasta te quiso, Itachi-sempai -dijo Madara, ahora tamborileando sus dedos sobre la barbilla como si pensara por primera vez en aquella posibilidad-. Pero sus peleas diarias debieron acabar con eso. Lo comprobaste por ti mismo aquel día, ¿no es así, Itachi-sempai? El día que se nos escapó Naru-chan -una sonrisa torcida se esparció por la cara quemada del payaso, desfigurando todavía más los rasgos del hombre.
Una mirada indescifrable por parte de Itachi fue todo lo que Tobi recibió.
-Todavía nos reunimos de cuando en cuando -reveló con ligereza el payaso, fingiendo apenarse por lo que decía, como si los otros dos nunca hubieran escuchado los rumores que se esparcían por el circo gracias a Hidan-. Aunque claro, ahora también está Sasori-sempai...
-Y aún así acaba de dejar que le disparen por protegerme -lo interrumpió Itachi, antes de poder contenerse.
El domador sabía que nada bueno podía surgir si dejaba que Madara viera sus debilidades, por mínima que fuera, pero en esta ocasión le había sido especialmente difícil reprimir el comentario. Las evidencias estaban ahí, nadie las podía negar, solo que Tobi no tenía porque enterarse de cuanto le importaban a Itachi aquellas evidencias.
Esta vez el payaso se tomó su tiempo en responder.
-Bonita actuación la de allá adentro, Itachi -murmuró Madara entre dientes, con aquel tono huraño que solo usaba en las reuniones de Akatsuki-. ¿Cuánto tiempo se desangró Deidara antes de que le permitieras a Konan cerrar su herida? ¿Cuánto dolor le causaste solo para satisfacer tu curiosidad?
Como si respondiera a los cuestionamientos de Tobi, un grito agónico surgió desde el interior del remolque, un gemido de dolor estremecedor que solo podía pertenecer a una persona.
-No te engañes, Itachi -siguió hablando el payaso, saboreando las palabras que soltaba contra su joven pariente, a pesar de que no pudiera gozar de ninguna expresión de aflicción en el rostro del domador-. Si Deidara todavía sentía algo por ti, acabas de matar el sentimiento esta misma noche.
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Sasuke se encontraba sentado sobre el suelo, en el rincón más apartado y oscuro del circo, y para colmo también el más maloliente del lugar, el sitio más obvio donde el joven domador podría ser encontrado, pero también el último lugar en donde alguien se atrevería buscarlo. La jaula de los Bijūs.
Por ese motivo el moreno soltó un bufido cuando una sombra lo cubrió por completo.
-Más vale que te largues antes de que te eche a los tigres -soltó el Uchiha sin contemplaciones, con un gruñido de advertencia que erizó todos los vellos del cuerpo de su acompañante.
-Tenemos que hablar -dijo Kiba entre dientes, sintiendo alivió cuando por fin las palabras salieron de su boca. El castaño se consideraba loco por decidirse a buscar a Sasuke por su propia iniciativa, pero a situaciones desesperadas, medidas desesperadas-. Es sobre Kitsune.
El comentario atrajo de inmediato la atención del moreno. El Inuzuka tuvo que dar un salto hacia atrás cuando el domador se puso de pie y la superficie áspera del cuero le rozó la mejilla. Lo intentó, en serio que lo intentó, pero cuando Sasuke agitó el látigo demasiado cerca de su oreja izquierda no pudo evitar soltar una maldición entrecortada.
-¿Qué pasa con el dobe, perro? -soltó el Uchiha en un susurro helado, sacudiendo de nuevo el látigo con ligereza, alistándolo para ser usado de un momento a otro.
-¡No lo sé, dímelo tú! -contestó el castaño, renegando consigo mismo por no haber mantenido una distancia prudente con el que obviamente era un asesino psicópata en potencia-. Anoche me pidió dormir en nuestro remolque y...
-¿Qué Kitsune hizo qué? -lo interrumpió Sasuke, con la voz semejándose a un rugido, y entonces Kiba supo que estaba muerto.
-¡No le dije que sí! -se apresuró a alegar el Inuzuka, sin detenerse a pensar en lo cobarde que resultaba su comportamiento. Siguió retrocediendo con la falsa esperanza de alejarse del furioso moreno delante de él-. ¡Fue raro! ¡No es algo que Kitsune haría! ¡Por eso quiero saber...!
-¿Qué fue lo que sucedió ayer? -siguió insistiendo el Uchiha, sujetando a Kiba por el cuello de su camisa.
-¡Eso es lo que yo quiero saber! -berreaba el castaño, llevando sus manos a donde las tenía Sasuke para intentar liberarse de su agarre, aunque poco pudo hacer al respecto-. ¡Maldición, Sasuke, me estás ahogando...! -se quejaba el castaño, pero solo provocó la suficiente furia en el domador, como para que el otro lo levantara del suelo.
-Sasuke-kun -lo llamó entonces una voz suave, apenas audible, que sin embargo logró lo que todos los pataleos del Inuzuka no consiguieron, y el muchacho de los perros cayó al suelo, libre por fin.
El joven Uchiha se cruzó de brazos mientras refunfuñaba quejas entre dientes, parecía un animal al que su dueño regañaba por su mal comportamiento. Delante del moreno, a pocos pasos, se encontraba la siempre benévola figura de su madre. La mujer sonrió con algo de pena cuando un lloroso Kiba se arrojó a sus pies.
-Anda, Kiba-kun, tu madre te está llamando -dijo Mikoto en tono tranquilo, palmeando la cabeza del castaño al tiempo que el chico le besaba agradecido las manos. Cualquiera diría que acaba de salvarlo de una fiera salvaje-. Sasuke-kun, deberías avergonzarte de molestar así a tu amigo -añadió la mujer, frunciendo levemente el seño.
El domador soltó un bufido más audible que los anteriores y esquivó la mirada negra de la trapecista. El chico estaba incómodo por el regaño de Mikoto, pero no se mostraba ni un poco arrepentido por lo que acababa de suceder con Kiba. Tampoco se molestó en aclararle a la mujer que él no consideraba al Inuzuka un amigo, por más que lo repetía la trapecista ignoraba por completo sus palabras.
-Yo también quiero saber lo que pasó con Kitsune -comenzó a cuestionarlo su madre, a lo que el Uchiha respondió removiéndose desde su lugar-. Durmió en nuestro remolque, por si quieres saberlo -continuo hablando Mikoto, consciente de que a su hijo le interesaba mucho saber aquello-. Aunque a tu padre no le hizo mucha gracia.
-¿Qué es lo que quieres saber, mamá? -habló por fin Sasuke, acompañando sus palabras con un bufido exasperado-. ¡Nos peleamos de nuevo! ¡Y por el mismo tema de siempre! -terminó gritando el muchacho, apretando mucho los puños.
-Lo siento -murmuró entonces Mikoto, haciendo que Sasuke se girada de golpe hacia ella.
El Uchiha se encontró con que la mujer se había llevado una mano a la boca, además de que su mirada estaba ahora empañada. El sentimiento de culpa se agolpó en el pecho del moreno; si algo no soportaba el malhumorado domador, y de hecho cualquier otro miembro de la familia cirquera Uchiha, era hacer llorar a su comprensiva matriarca.
-Mamá, no es tu culpa -dijo Sasuke, un poco a regañadientes-. No es tu culpa, Kitsune y yo... Nosotros somos así, cualquier pareja tiene problemas -intentó justificarse el domador.
Mikoto negó con suavidad usando la cabeza, y limpió una lágrima furtiva que había escapado por la comisura de uno de sus ojos.
-No, es mi culpa -murmuró la mujer conteniendo un sollozo-. No has podido olvidarlo, ¿verdad, hijo? Aquel día, cuando me caía del trapecio...
Sasuke tragó saliva con dificultad, mientras una serie de recuerdos invadían su mente con rapidez. Las luces, los reflectores, los gritos de la gente, la delicada mano de su madre que no alcanzaba a cerrarse en torno a la barra del trapecio, el grito de su padre llamándola con desesperación, y el llanto de niño contenido en el amplio pecho de su hermano mayor.
-Mamá -la interrumpió el domador con firmeza-. No es tu culpa.
-Solo me he caído una vez, Sasuke -comenzó a hablar la mujer con nerviosismo-. Fue un solo accidente, y me recupere en unos pocos meses, ¿no puedes perdonarme por eso? ¿No puedes dejar de culpar a Kitsune por eso?
-¡No estoy culpando a nadie, maldición! -bramó el Uchiha a voz en cuello, interrumpiendo el monólogo de su madre-. ¡No estoy culpando a nadie! ¡Cuántas veces tengo que repetirlo!
Mikoto permaneció en silencio luego del arranque de su hijo, de tal manera que todo lo que se oía en el lugar eran los rugidos apagados de las fieras y la respiración agitada del muchacho. La trapecista retirada negó con la cabeza, no parecía haberse sobresaltado por los gritos de Sasuke.
-Si no era tan peligroso, ¿por qué te retiraste entonces? -preguntó Sasuke con los dientes apretados. Aquella era una duda que surgió dentro de su mente en varias ocasiones, pero hasta ahora no se había atrevido a expresarla en voz alta.
-No puedo creer que preguntes eso cuando tu acto incluye a los Bijū -alegó Mikoto en tono de regaño, aunque seguía manteniendo cierto deje afligido. El domador refunfuño inconforme, podía recordar que Kitsune mencionó algo parecido la noche anterior.
-Mamá, contesta la pregunta -insistió el Uchiha, tratando de no ponerse demasiado terco y que su madre terminara riñéndolo por su grosero comportamiento. Para sorpresa del chico, Mikoto dejó que una pequeña risita saliera de entre sus labios.
-Tienes que entender, Sasuke -dijo la mujer, al tiempo que abrazaba con suavidad a un cada vez más confundido Sasuke-. Yo ya no era tan joven, y tenía dos hijos a quienes dedicarme. Accidente o no, era el momento del retiro -aseguró la mujer en un susurro.
-¿No fue porque Papá te lo prohibió? -dijo el moreno, todavía desconfiado.
-Tu padre respeta mi talento, la decisión de dejar el espectáculo fue solo mía. Después de todo, ambos nacimos en el circo -afirmó la mujer sin que le temblara la voz-. Deberías ver el acto de Kitsune-kun, Sasuke-kun. Tu hermano cree que tu afán porque deje el trapecio es debido a que piensas que es incompetente, que no es un cirquero de verdad ya que es adoptado, y que lo de protegerlo es solo un pretexto -le confesó Mikoto, recordando algo de lo poco que el rubio le había dicho la noche pasada.
-El usuratonkachi siempre se forma ideas estúpidas -gruñó Sasuke con fastidio, pero lentamente, sus brazos correspondieron al abrazo de su madre. Mikoto sonrió con melancolía al darse cuenta de su hijo ya tenía la suficiente altura como para que la barbilla del muchacho pudiera descansar sobre su cabeza.
-Deberías ver el acto de Kitsune-kun -insistió la mujer, quien no estaba dispuesta a dejar el tema hasta aclararlo por completo. Un gruñido malhumorado salió de los labios del moreno como su acostumbrada respuesta-. Sasuke -presionó Mikoto, endureciendo ligeramente el tono de su voz.
-Lo pensaré -dijo su hijo al final, aunque no pudo evitar rodar los ojos con fastidio, agradeciendo que su madre no pudiera verlo-. Te lo prometo, mamá.
-¡Se que no olvidaras la primera vez que lo veas en lo más alto de la carpa! -comentó Mikoto con alegría, consciente de que se había salido con la suya. La mujer no imaginaba el retorcido sentido que tendrían sus palabras pocas horas después.
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-Uzumaki-san, Yamato-san manda decirle que tiene una junta dentro de una hora -dijo la voz de la secretaria del rubio a través del teléfono, sobresaltando al hombre-. Es para ultimar los detalles de la presentación que mañana se mostrara a los inversionistas americanos.
-Yūgao, sabes que me iré a casa en un par de minutos -le respondió su jefe con voz apenada por medio del altavoz-. Kushina me espera en casa.
-¡Oh, lo siento, Uzumaki-san! Lo había olvidado -contestó la mujer con profesionalismo-. Se lo comunicare a Yamato-san de inmediato.
En el último piso de un alto edificio de Nagoya, Minato se encontraba sentado frente a su escritorio. Aunque el hombre en realidad había dejado de lado su trabajo desde hacía bastante tiempo, a lo que en realidad se dedicaba era a contemplar las fotografías que decoraban la superficie de madera frente a sus ojos.
En una de ellas aparecía junto a sus padres, hacía algunos años. Jiraiya estaba uniformado de manera impecable, como rara vez se podía verlo, al tiempo que colocaba su mano derecha sobre el hombro de su hijo. Al otro costado de Minato se encontraba su madre, Tsunade, luciendo su impecable bata blanca de médico, algo opacada por el increíble escote de la blusa de la mujer. Dentro del otro marco, en una imagen tomada tiempo después, el rubio abrazaba con cariño a Kushina; la pelirroja ya sostenía entre sus brazos a su pequeño hijo Naruto. Rodeado por los adultos, otro muchacho mayor, también con cabello rojo y de unos catorce años, le sonreía con cierta timidez a la cámara.
-Me tomó 10 minutos llegar hasta aquí -susurró una voz a espaldas de Minato, mientras el filo de una navaja se deslizaba sobre el cuello del rubio-. Los guardias no me vieron, y su secretaria ni siquiera intento detenerme, Uzumaki-san.
-Quizás no te considero una amenaza -dijo el rubio sin agitarse por su repentino agresor. Incluso se permitió una ligera sonrisa, que no pareció ser del agrado del sujeto detrás suyo, porque el hombre de inmediato estampó el rostro del empresario contra su escritorio, para luego volver amenazarlo con el arma blanca.
Unas gotas de sangre brotaron de la nariz del Uzumaki, al mismo tiempo que el desconocido lo sujetaba con dureza por el cabello, manteniéndolo inmóvil. Minato apretó los labios ante el tirón. La situación se les estaba yendo de las manos.
-Es un hombre de hábitos, Uzumaki-san -comentó el atacante con voz dura-. Llega a su oficina todos los días a la misma hora, y se retira a su casa de la misma manera. Por si fuera poco su agenda es planeada con meses de anterioridad. Los hábitos son peligrosos, Uzumaki-san -le advirtió el hombre-. Asesinar a sus guardaespaldas habría sido sencillo, si me hubiera dado la gana...
-¡Suficiente! -siseó molesto Minato, decidido a que sería la última provocación que soportaría por parte del otro tipo.
El rubio tomó impulso con la silla giratoria de su escritorio, empujando a su atacante con el respaldo de la misma hasta aprisionarlo contra la pared. El hombre soltó un gemido lastimero debido al golpe, además de que el brusco movimiento de Minato había provocado que su arma cayera al suelo. Sin perder tiempo, el Uzumaki saltó sobre su asaltante, inmovilizándolo con su peso y tomando la navaja para clavarla a un constado de la cabeza del sujeto.
-Todavía te falta aprender, muchacho -repuso Minato con tranquilidad-. Mi padre hubiera... ¡Nagato! ¡Te teñiste el cabello de negro! -exclamó de pronto el empresario, abriendo mucho los ojos por el horror.
-Papá, quítate de encima -contestó el aludido sin amedrentarse por los gritos de su progenitor.
-¡Pero mira nada más...! -siguió gritando el rubio, sujetando uno de los mechones de su antes pelirrojo hijo, para poder examinarlo con mayor cuidado-. ¡Tu madre te matara...! ¡Me matara...! ¡Nos matara a ambos! -aseguró el hombre aterrorizado, cubriéndose la cara con ambas manos-. Kushina siempre ha estado orgullosa de que tu cabello fuera igual al suyo...
-Papá, quítate de encima -repitió Nagato con voz cansina-. Ya termine con la inspección de la seguridad de tu oficina.
-¿Qué? ¡Ah, sí! -balbuceó avergonzado su padre, para luego cumplir con lo que su hijo le pedía-. En serio que has tomado las malas costumbres de Jiraiya -comentó el rubio soltando un suspiro afligido y limpiándose la sangre de la nariz-. ¿Qué tan difícil es para ti y para tu abuelo usar la entrada principal?
-Lamento el golpe -se disculpó el ahora moreno, mordiéndose los labios con aprensión-. Me sobrepase...
-Bueno, yo te he regresado el golpe -alegó Minato, agitando su mano con despreocupación-. Pero tu comentario sobre mis guardaespaldas ha estado de más -objetó el rubio con seriedad-. ¡Y por favor, no le digas a tu madre que te pegue! -suplicó entonces el hombre.
-Mi comentario sobre la seguridad va en serio -dijo Nagato, sin darle importancia al pedido de su padre. El moreno se agachó hacia el suelo y recogió la navaja que el rubio había clavado en el piso, para después guardársela en el bolsillo. El arma era un regalo de Yahiko, así que le tenía cierto cariño.
-Tsk -masculló el mayor con frustración. Su hijo no había prometido no ir con el chisme con su esposa, así que con seguridad al llegar a casa la pelirroja le soltaría un sermón sobre el maltrato infantil. Poco le importaría a la Uzumaki que Nagato ya fuera un hombre independiente, con empleo fijo desde hacía años-. Es una oficina, no un banco, Nagato -le recordó Minato, a lo que su hijo frunció el entrecejo-. Y por cierto, Yūgao te ha reconocido -soltó su padre con una risita burlona.
Mientras hablaba, el rubio caminó hacia su escritorio y revolvió entre los papeles que su secretaria le entregara apenas unos minutos atrás. De entre las pesadas carpetas llenas de documentos, Minato extrajo una pequeña nota escrita a mano.
"Su hijo Nagato está jugando a los espías en su oficina de nuevo"
-Ya soy un oficial de Naicho, no un niño... -murmuró avergonzado, sostenido el papel con mano temblorosa.
Uzuki Yūgao trabajaba para su padre desde hacía años, cuando era niño la mujer le regalaba dulces y lo dejaba jugar a esconderse debajo de su escritorio. Cuando Nagato era un niño.
-¡Pero Yūgao no me dijo que ahora tenías el cabello negro! -soltó entonces el rubio, sin importarle la crisis existencial que su hijo estaba teniendo. El hombre sujetó a su hijo por los hombros y lo sacudió con desesperación-. ¡Kushina va a matarnos! ¡Tíñelo de nuevo! -le ordenó Minato con voz dura.
-No -contestó Nagato secamente, al tiempo que se cruzaba de brazos-. El cabello rojo es demasiado llamativo para el trabajo -dijo el hombre con naturalidad, encogiéndose de hombros.
Para Yahiko podría estar bien conservar su color natural de cabello, pero no era el caso de Nagato. Mientras su amigo se encontraba de infiltrado en el Circo Akatsuki, el Uzumaki entraría a la carpa como un espectador más. El color rojo sobre su cabeza podría atraer la atención indeseada de Uchiha Madara, ya que los pelirrojos naturales no eran comunes en Japón y además se trataba de un rasgo característico de la familia Uzumaki.
-¡No es justo! -se quejó con dramatismo Minato, dándose cuenta de que su hijo lo abandonaba.
La única esperanza del rubio era que su vástago se tiñera de nuevo, antes de que su madre lo viera. Para mala suerte del empresario, la mujer parecía tener un sexto sentido para ese tipo de cosas, aquella misma mañana había preguntado por Nagato, con la esperanza de que su hijo se diera el tiempo para cenar con la familia en un día cercano.
"Bueno, que se le va a hacer" pensó el rubio con obligada resignación, para después soltar un suspiro.
-¿Y bien? ¿A qué viniste, hijo? -preguntó entonces Minato, colocando una mano sobre el cabello de Nagato y revolviéndolo como si tuviera cinco años-. ¿Solo querías jugar a los espías como dijo Yūgao? -siguió hablando el empresario, con una deslumbrante sonrisa adornando su cara.
La vergüenza cubrió el rostro del otro hombre. Si su progenitor lo trataba como un niño tanto cuando estaban a solas como delante de su personal, no se extrañaba que cuando saliera Yūgao le ofreciera un par de caramelos. No había manera de negarlo, para los empleados de la familia Uzumaki, Nagato seguía siendo el bebé de sus padres.
-Tomare una misión de campo -dijo el moreno, después de soltar una ligera tos y recuperarse del bochorno-. Me voy a Sendai esta noche -le comunicó Nagato a su padre.
-¿Sendai...? -repitió sorprendido Minato. No hace mucho Jiraiya había mencionado el mismo lugar, y aunque la humanidad a veces se niegue a aceptarlo, el rubio creía que las coincidencias no existían.
Fue allí donde Nagato se planteó seguir con la conversación. Abrir la boca de nuevo implicaba revelar detalle sobre el trabajo, cosa que iba en contra de su ética profesional, pero también era la razón por la que había decido hacerle a su padre una visita sorpresa, antes de partir hacia Sendai.
-Papá -lo llamó Nagato con seriedad, para luego colocar sus manos sobre los hombros del mayor y guiarlo con suavidad hasta su silla giratoria-. Papá, es posible que hayamos encontrado a Naruto -dijo el moreno lentamente, observando con cuidado la reacción de su progenitor.
Minato, que en una primera instancia parecía confundido por el repentino cambio de comportamiento de su hijo, se quedó mudo de la impresión. El empresario iba sin falta a acompañar a Kushina a la comisaría de policía, al terminar cada semana, preguntando por los avances en la desaparición de su pequeño hijo. Sin embargo, no era lo mismo escuchar falsas esperanzas de un detective que ya los observaba con franca lastima, la misma respuesta desde hacía una década, a escucharlo por boca de su hijo Nagato.
-Jiraiya fue a Sendai hace un par de días -murmuró Minato cuando pudo recuperar el habla. El rubio podía sentir las gotas de sudor que comenzaban a recorrerle la cara-, dijo que iba a ver a un viejo amigo suyo.
-Si mi abuelo se hubiera enterado de algo sobre Naruto me lo habría dicho -se apresuró a responder Nagato, consciente de que su padre temía que Jiraiya le hubiera ocultado algo tan importante.
El rubio asintió con lentitud, Nagato no le mentiría en un asunto tan delicado, y en cuanto a cualquier tipo de pista que surgiera de la localización de Naruto, su hijo tardaba poco en comunicársela a Jiraiya. Abuelo y nieto intercambiaban contantemente puntos de vista sobre las circunstancias que rodearon el secuestro del pequeño, aunque no se lo dijeran al resto de la familia.
-Kushina lo acompañó a Sendai -dijo de pronto Minato, levantando la vista de golpe-. A Jiraiya, quiero decir.
-No le digas a mamá lo de Naruto, no quiero darle falsas esperanzas -le advirtió Nagato a su padre, y aunque al hombre no le gustaba ocultarle cosas a su esposa, esta vez tuvo que ceder-. Tampoco a la abuela Tsunade -añadió el moreno en tono duro.
Al empresario no le quedo de otra que seguir las instrucciones de su hijo. Mientras Nagato abrazaba a su padre un momento a manera de despedida, el rubio suspiro con cierta decepción. El hecho de que su vástago se resistiera a contarle a las dos mujeres sobre la información que tenía sobre su hermano menor, además de lo poco que le decía a él mismo, le dejaba un mal sabor de boca.
-Pero, por si acaso... -habló de nuevo Nagato, cuando ya se encontraba en la puerta de la oficina. El rubio se extraño al notar la ligera pero animada sonrisa que le regalo su hijo antes de salir-, quizás debas organizar una fiesta de bienvenida para mi hermano.
Un brillo ilusionado surgió desde lo más profundo de la mirada de Minato, al que Nagato respondió aumentando su sonrisa, antes de agitar la mano y cerrar la puerta a sus espaldas. El rubio incluso se permitió una sonora carcajada cuando escuchó la burlona voz de Yūgao ofreciéndole varios dulces a su hijo, quien los aceptó abochornado.
-Naruto -susurró Minato con pesar, alzando su mano para deslizarla por el rostro del bebé que Kushina cargaba con tanto cuidado, enmarcada dentro de la fotografía de su escritorio-. ¿Dónde estás, hijo? -le preguntó el hombre a la nada, y nada le respondió.
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-¡Kitsune, muévete! -comenzó a quejarse Suigetsu, agitando uno enorme cuchillo de allá para acá, causando el pánico de los que lo rodeaban-. Sigues tú, y Papi Uchiha dice que vamos retrasados. Ya sabes cómo se pone el viejo con el...
-¡Ahí viene Fugaku-san! -exclamó aterrada Karin, llevándose ambas manos al rostro.
Durante toda la discusión Kitsune no le hizo mayor caso a ambos chicos. El rubio ya estaba vestido para presentar su espectáculo y solo estaba afinando los últimos detalles, en lugar de prestar atención a la conversación de Suigetsu, Kitsune prefirió concentrarse en envolver cuidadosamente sus muñecas usando un par de vendas nuevas, mientras murmuraba maldiciones entre dientes. Karin supuso que el de ojos azules seguía molesto con Sasuke.
-Demonios... -masculló el chico de cabello blanco por lo bajo, al tiempo que dejaba caer el cuchillo con torpeza. El Hōzuki no perdió tiempo en recoger el arma y salió a toda prisa del lugar, dejando a su compañera de espectáculo atrás.
-Siempre cae con esa. Es un cobarde -dijo la pelirroja dando un suspiro, mientras levantaba del suelo, con sumo cuidado, el cuchillo de Suigetsu. En realidad Fugaku no se encontraba por los alrededores-. Lo de apresurarte es en serio, Kitsune-kun -añadió la muchacha, dirigiéndose al rubio-. Fugaku-san no está de muy buen humor hoy.
-Papá puede esperar un par de minutos -intervino entonces una tercera persona, deteniendo los pasos del rubio, quien se dirigía a la cubeta de talco donde metía las manos antes de salir-. Primero quiero hablar con el dobe -dijo Sasuke, recargado con despreocupación contra uno de los tubos metálicos que sostenían la carpa-. A solas -agregó el moreno, enviándole una significativa mirada a Karin.
-Ah... y-yo... ¡creo que me llama el idiota de Suigetsu! -saltó entre balbuceos la muchacha, antes de salir corriendo.
-¿Qué quieres ahora, teme? -le espetó Kitsune de mal humor, sin acercarse al otro Uchiha. Pocas eran las ocasiones en las que Sasuke se acercaba a la carpa principal cuando estaba a punto de presentar su acto del trapecio, de hecho, el rubio solo recordaba que hubiera sucedido una vez-. ¡Si estás pensando en encerrarme de nuevo para que no salga...!
-Deja el dramatismo, usuratonkachi. No he venido por eso -lo interrumpió Sasuke sin muchas contemplaciones, a lo que el rostro del trapecista se tornó rojo por la indignación.
-¡Yo no soy dramático, dattebayo! ¡Fuiste tú el que...! -comenzó a vociferar el rubio, llamando la atención de los otros cirqueros que aguardaban tras bambalinas al igual que el chico de ojos azules. La gente comenzó a alejarse al presentir que una nueva pelea entre los hermanos Uchiha se avecinaba.
El moreno se mordió los labios, comenzando a enfadarse de verdad; pero ni siquiera el ver que Sasuke caminaba hacia él detuvo los gritos de Kitsune.
-No tengo tiempo que perder contigo, usuratonkachi -dijo entonces el domador, tratando de hacerse oír por encima de los chillidos de su pareja-. Yūgo me está apartando un lugar cerca de la dulcería. El olor a palomitas será insoportable, pero él dice que es el mejor sitio para verte volar -siguió hablando el moreno, para luego sujetar con fuerza la barbilla de Kitsune.
-¿¡Pero qué caraj...?! -alcanzó a farfullar el rubio, antes de que los labios de Sasuke lo silenciaran. El trapecista colocó sus manos sobre los hombros del más alto para alejarlo, pero no fue necesario luchar contra el otro muchacho, porque de inmediato el moreno retrocedió por donde había venido. Al parecer todo lo que el domador iba a exigir era un sencillo beso-. ¡Sasuke! -bramó ofendido Kitsune, yendo tras su pareja-. ¡No hemos terminado de hablar, dattebayo! ¡No puedes venir y decir que...! Decir que... -la voz comenzó a fallarle al rubio cuando comprendió a lo que había venido Sasuke.
Mientras tanto, un gesto burlón comenzó a extenderse por el rostro del moreno. El de cabello negro sabía que algo semejante sucedería, no era ninguna sorpresa que su usuratonkachi empezara los reclamos antes de saber lo que él había dicho.
-Más vale que lo hagas tan bien como Mamá, dobe -dijo entonces Sasuke, metiendo las manos en el bolsillo de su pantalón. No dejó de caminar, ni se dio la vuelta para enfrentar al rubio-. No quiero que vayas a dejar en vergüenza a este circo. Tenemos una reputación que mantener, ¿sabes? -soltó el moreno con obviedad, encogiéndose de hombros.
-Sasuke... ¿De verdad... vas a verme allá arriba? -preguntó Kitsune con la garganta seca, sin poder creerlo. El trapacista se había llevado una mano al pecho, tirando con nerviosismo de la ajustada tela que lo cubría. En momentos así, se sentía desprotegido sin la cadena que le había regalado Sasuke.
-Es lo que dije, usuratonkachi -siguió hablando Sasuke, sin dejar su tono burlón-. ¿O no me crees?
Solo el prolongado silencio de su pareja logró que el domador por fin se detuviera, y justo cuando iba a darse la vuelta para observar el estado estupefacto en el que se encontraba el rubio, un peso sobre su espalda lo hizo soltar una maldición por lo bajo.
-¡Kitsune! -gritó molesto el moreno, mientras Kitsune rodeaba su cuello usando los brazos-. ¡No hagas eso, maldición!
-¡La única vergüenza para el Uchiha Circus eres tú, teme! -dijo el rubio, ignorando las quejas del otro Uchiha. Con una enorme sonrisa en la cara, el trapecista giró el rostro de Sasuke para ahora ser él quien le robara un beso al moreno.
Antes de que Sasuke pudiera decir algo más, y con la agilidad que caracterizaba a Kitsune, el rubio se había desmontado de la espalda del más alto, para luego salir corriendo en dirección a la pista principal. Apenas un par de segundos después la grave voz de Fugaku anunciaba el espectacular acto trapecista de Uchiha Kitsune. El moreno pudo ver al muchacho de ojos azules saludando a la multitud, con un entusiasmo excesivo incluso para tratarse de él, aunque enseguida el domador siguió su camino hacia las gradas.
-¿Por qué tardaste tanto? -preguntó Yūgo, una vez que Sasuke llegó a su lado.
-El idiota del dobe no me quería soltar -dijo el moreno, soltando un suspiro mientras se dejaba caer en el asiento que le había apartado su amigo.
-Lo entiendo -contestó el pelirrojo con voz tranquila-. Ni yo mismo podía creerlo cuando me lo dijiste.
El comentario no le causó ninguna gracia a Sasuke, quien gruñó su descontento por lo bajo. Al parecer todo mundo pensaba que moriría de viejo en algún asilo, antes de dignarse a ver el espectáculo de Kitsune. Si comentarios similares eran los que escuchaba su pareja cada vez que surgía el tema, no se extrañaba que terminaran a golpes a la hora de discutir por lo mismo.
-El maldito olor es insoportable -se quejó Sasuke de mal humor, cuando el olor a palomitas de maíz recién hechas inundó el ambiente.
-A mi me agrada -opinó Yūgo, sin inmutarse ante la mirada furiosa que le mandó el Uchiha. Y es que el pelirrojo tenía una enorme bolsa del aperitivo sobre las rodillas, de las que tomaba puños de tanto en tanto.
Al final los ojos negros de Sasuke regresaron al cielo de la pista principal. Durante la conversación con Yūgo, el trapecista solo se había dedicado a hacer un par de volteretas simples, nada que el domador no hubiera visto antes en otros actos circenses, pero ahora que volvía prestar atención a la manera en que se balanceaba su pareja, el moreno se daba cuenta de los ejercicios habían aumentado de complejidad.
Aunque había otros trapecistas que acompañaban a Kitsune, era sin duda el rubio quien realizaba la mayoría de las piruetas. Existía algo en la suave manera en que el muchacho estiraba su cuerpo, extendiendo sus brazos y girando las piernas, la cual daba la impresión de estar suspendido en el aire sin ningún tipo de ayuda.
"Mamá le enseñó bien" pensó Sasuke, impresionado muy a su pesar.
-Es impresionante la primera vez que lo ves, ¿no, Sasuke? -preguntó el pelirrojo en un susurro, sonriendo al ver lo ensimismado que se encontraba el Uchiha mientras observaba a su pareja.
Cuando el moreno abrió la boca para espetarle a Yūgo que se metiera en sus propios asuntos, algo llamó la atención de Sasuke. No fue cierta maniobra específica por parte de los cirqueros, sino más bien un sentimiento de incomodidad que invadió de pronto al moreno.
-Algo va mal... -murmuró el domador, frunciendo el entrecejo. El mal presentimiento no hacía más que crecer en su interior.
-¿Qué quieres decir? -lo cuestionó extrañado el pelirrojo-. ¿Sasuke? -preguntó su amigo, cada vez más confundido, notando que el Uchiha se apresuraba a ponerse de pie sin motivo alguno.
El moreno no siguió prestando atención a la voz del Yūgo, su mirada seguía con insistencia el espectáculo de los trapecistas, buscando con desesperación lo que estaba fuera de lugar. Fue entonces cuando Sasuke pudo verlo solo por un instante, durante un giro en especial. Lo que el Uchiha vio fue la manera en que el sudor resbalaba con toda libertad por las palmas de Kitsune.
La piel del chico de ojos azules era bastante morena, pero en cambio las manos eran usuales que las llevara todos los días cubiertas de talco, gracias a los numerosos ensayos y a las funciones que realizaba. En ese momento el domador no vio ningún rastro de polvo blanco sobre las manos de Kitsune, justo antes de que los dedos de su pareja resbalaran de entre los del compañero que lo sostenía.
-¡Kitsune! -gritó Sasuke, mientras que delante de sus ojos el rubio caía desde el punto más alto de la carpa Uchiha.
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Deidara dio un prolongado bostezo y luego se talló los ojos con fastidio, mientras mascullaba insultos entre dientes en contra de su jefe. Cuando se unió al circo, el idiota de Tobi nunca le dijo que habría que secuestrar personas. No es que se quejara de la paga, gracias a Madara siempre tenía dinero para cumplirse sus caprichos, y desde el principio sabía que algo turbio debería de haber en el asunto como para ofrecerle tanto dinero. Aunque el rubio imaginaba que se trataría de robar o algo semejante.
-Maldito Tobi -gruñó Deidara, soltando otro bostezo-. ¿Por qué tengo que cuidar yo al mocoso? -se quejó el muchacho de ojos azules. Nunca había tenido buena mano con los niños, ni siquiera con su hermana Kurotsuchi.
El fastidioso payaso había ordenado que colocaran al chico Uzumaki en uno de los remolques más apartados, el que usualmente usaba Hidan cuando permanecía un par de días en el circo. Al lugar solo se podía llegar a través de la pequeña carpa que acondicionaban como almacén, ya que los remolques de Konan y Kisame lo rodeaban, cerrándole el paso a cualquiera. El Uchiha no era nada tonto, lo había hecho de esa manera para controlar a las personas que tenían acceso al mocoso rubio.
Justo antes de salir de la tienda, el lloriqueo del niño llamó la atención de Deidara, pero la voz masculina que le contestó termino por despabilar al rubio.
-No llores, Naruto, pronto te llevare con tus padres -había susurrado Itachi para que luego se escucharan varios sonidos amortiguados, como si el moreno estuviera arrojando cosas de aquí para allá.
-¡Maldición, Itachi! ¿Qué demonios estás haciendo? -murmuró Deidara con los dientes apretados. Usando sus dedos, el muchacho apartó un poco la lona de la carpa, para poder espiar a su compañero.
Itachi estaba agachado delante del niño Uzumaki, consolándolo y haciéndole promesas de que pronto se reuniría con su familia, y de paso causando la desesperación de Deidara. Tal parecía que el estúpido domador no se daba cuenta de los problemas en los que se estaba metiendo. Si Madara lo descubría, sin detenerse a dudarlo ordenaría al resto de Akatsuki que lo asesinara, e incluso si se salvaba de las garras de Tobi y el chico Uzumaki llegaba con su familia, Itachi acabaría en prisión acusado de secuestro.
Decidido a acabar con las absurdas intenciones de su compañero, el rubio hizo ademán de entrar a donde se encontraba el Uchiha, cuando de pronto una voz a sus espaldas lo paralizó.
-¡Dei-chan! -sonó la empalagosa voz del payaso Tobi, aunque aún desde el otro lado de la pequeña carpa -. ¿Dónde est...?
-¡Oye, tú! ¡Madara! ¡Hazme caso, con un carajo! -lo interrumpió entonces Hidan, y desde su sitio Deidara pudo ver las sombras que los dos hombres proyectaban sobre la lona del circo-. ¿Cuándo demonios piensas contactar a los riquillos de mierda, maldición? ¡Me jode tu puta actitud de descerebrado!
Deidara podía afirmar con seguridad que nunca le había dado tanto gusto escuchar la sarta de maldiciones de soltaba Hidan cada vez que abría la boca. El sonido no solo puso en alerta al rubio sobre la presencia de Madara, también se lo advirtió a Itachi, si se juzgaba por el repentino silencio que surgió desde donde se encontraba el domador.
-¡Maldición! -gruñó el rubio, girando su cabeza para todos lados, tratando de decir que hacer a continuación. Podía dirigirse directo a donde se encontraban Tobi y el tarado de Hidan, pretendiendo que no sabía nada de las intenciones del domador... o podía ayudar a Itachi.
No fue mucho tiempo, pero aquellos minutos en los que el jashinista siguió quejándose con Madara fueron suficientes para que Deidara tomara una decisión. El rubio se abalanzó sobre una mesa plegable que se encontraba a un costado, buscando algo que pudiera servirle, sobre la mesa habían dejado olvidados un plato a medio terminar y un par de cajas vacías; oculta en la parte de atrás de una de ellas, el muchacho se encontró con una vieja licorera. El recipiente le pertenecía a Hidan, para variar, y estaba llena a rebosar del sake más fuerte que Deidara hubiera probado, la primera vez que lo bebió, el simple olor le había provocado arcadas.
-Me vas a deber una muy grande, Itachi -masculló el rubio de mal humor, antes de darle un enorme trago a la licorera.
El chico hizo muecas de desagrado ante el fuerte sabor del sake, pero continuo con su improvisado plan y tomando algo de la bebida con la palma de su mano izquierda se la frotó por el cuello. Después Deidara derramó lo que quedó del licor en el suelo, cuidando que la mancha no quedara a la vista.
-Es mi última palabra, Hidan -se escuchó la voz de Madara, en el momento en el que el hombre finalmente entraba a la carpa. El payaso no llevaba puesta su máscara en espiral, por lo que se podía ver el gesto fastidiado que lucía en la cara-. Contactaremos con los Uzumaki en una semana. Deidara, te estaba buscando -dijo Tobi, al notar la presencia del rubio.
Cuando el muchacho escuchó su nombre, dio un salto de falso sobresalto, causando que se tropezara con la mesa plegable y acabara en el suelo. Deidara sabía que estaba actuando como un idiota, pero si quería que su actuación fuera creíble no le quedaba de otra. El rubio casi pudo gozar de verdad con la cara de estupefacción de los otros hombres cuando soltó una escandalosa carcajada, poco propia de él.
-¿Pero a ti qué carajos te pasa? -preguntó Hidan torciendo la boca, mientras se agachaba un poco para poder ver a Deidara más de cerca.
-Está borracho -fue la respuesta de Madara, quien había olido el licor nada más entrar en el lugar. El jefe de los Akatsuki no tardó mucho en cruzarse de brazos, sintiendo que la situación era bastante extraña.
-¡Maldito cabrón! -gritó entonces el hombre de cabello blanco, notando la licorera que el muchacho todavía tenía en una de sus manos-. ¡Condenada mariquita! ¡Pedazo de porquería oxigenada! ¡Te lo acabaste todo! -se quejó el jashinista, soltando un puñetazo sobre la cara de Deidara.
El rubio gruñó debido al dolor y entonces le regresó el golpe a Hidan. El muchacho requirió de todo su autocontrol para seguir en el papel que representaba, obligándose a sí mismo a fingir torpeza de nuevo, yendo a caer encima del otro Akatsuki, en un confuso enredo de brazos y piernas.
-¡¿Pero qué carajos...?! ¡Quítate de encima, rubio de mierda! -bramaba el de ojos violetas, mientras empujaba y golpeaba a Deidara, cosa que el chico le devolvía con cierto desacierto.
-Es suficiente -dijo Madara, sujetando al menor por el cuello de la camiseta que vestía y apartándolo de su enfurecido compañero-. Parecen un par de críos -acto seguido Tobi arrojó un fajo de billetes al rostro de Hidan-. Estoy seguro que puedes conseguir más porquería de donde sacaste esta.
-¿Por quién carajos me tomas? No soy el puto avaro de Kakuzu, idiota -reclamó el de cabello plateado, aunque recogió el dinero sin preocuparse en disimularlo-. Toda tu bola de payasos son unos condenados infieles y malditos ignorantes ateos -dijo Hidan, para luego escupir al suelo-. ¡Jashin-sama los destruya a todos!
-Los fanáticos religiosos son una molestia -opinó Madara con desgana.
-¡D-déjame! ¡Voy a partirle la cara, uhm! -lo interrumpió Deidara, jadeando con dificultad y tratando de alejar a su jefe.
-Apenas puedes mantenerte en pie, Dei-chan -susurró Tobi al oído del muchacho, sujetándolo con fuerza de la cintura para mantenerlo quieto. Gracias a la poca distancia que lo separaba del otro hombre, el rubio pudo sentir con desagrado como el aliento del mayor le golpeaba el cuello.
-Todos ustedes... todos los Uchiha son unos presumidos -balbuceó el chico con la garganta seca, todavía tratando de liberarse del agarre de su jefe.
Por alguna razón, Deidara sentía que su mente comenzaba a nublarse, tal vez el licor de Hidan era más fuerte de lo que había supuesto en un principio. Nunca debió tomar con tanta imprudencia una botella que le perteneciera al jashinista, era conocido por todos que al hombre de cabello plateado y ojos violetas era fanático de realizar rituales extraños en nombre de su dios, ceremonias que incluían sustancias todavía más extrañas.
El rubio se estremeció cuando los labios del moreno rozaron su piel, sacándolo de sus cavilaciones. El movimiento lo había tomado por completo desprevenido, pero a pesar de eso, no pudo evitar disfrutarlo. Deidara no recordaba la última vez que se acostara con alguien, y a juzgar por la facilidad con la excitaba gracias a la simple cercanía de Tobi, la abstinencia tenía sus consecuencias.
-¿Lo haces a propósito, Dei-chan? -murmuró Madara con la voz ahogada, haciendo que una de sus manos se dirigiera al borde de los pantalones de Deidara mientras la otra se elevaba para sujetar el rostro del muchacho. El payaso sonrió con satisfacción cuando el rubio se apresuró a detenerlo, con dedos débiles y temblorosos.
Al líder de los Akatsuki siempre le había parecido bastante atractivo, aunque Deidara hiciera a un lado con fastidio cada uno de los avances de Tobi, imaginando que el payaso solo trataba de molestarlo. Tal vez fuera el momento de demostrarle al rubio que era algo más que un simple juego, pensaba el moreno, para luego girar con brusquedad la cara del muchacho hasta plantarle un beso con brusquedad.
Si Deidara afirmara que el gesto no fue de su agrado, se trataría de una obvia mentira; no es como si el rubio fuera a proclamar a los cuatro vientos que le encendía el hecho de que Madara le pusiera las manos encima. La lengua del moreno se había introducido en su boca sin detenerse a pedir permiso, ni ser delicado, el músculo del otro hombre lo subyugaba, obligando al muchacho a luchar contra el payaso simplemente para lograr respirar. El sentimiento de combate en un acto que debería ser suave por naturaleza, como lo era un beso, le fascinó a Deidara.
-¡Con un demonio! ¡Si te quieres follar a tu puta consigue un maldito cuarto, Tobi! -gritó Hidan con desagrado, recordándole su presencia a los otros dos hombres. Si bien Madara no le dio la mayor importancia, al contrario, el jefe de Akatsuki esperaba que el fanático religioso se apresurara a desaparecer para sacrificar a alguna virgen, o algo así.
-Lárgate, Hidan -murmuró Tobi con fastidio. No le dirigió ni una mirada a Hidan, de hacerlo habría notado el rostro asqueado del hombre. El payaso parecía estar más entretenido en hundir sus manos dentro de los pantalones de Deidara, luego de haber desabrochado el botón que los sujetaba.
Madara ya no necesitaba sujetar al rubio para mantenerlo quieto, ahora el mismo muchacho aferraba su cabello con dedos rudos, exigiéndole que continuara cerca. Tobi se mordió los labios cuando por fin logró aferrar el ansiado premio que estaba buscando, y el necesitado gemido que dejó escapar Deidara le indicó que no era el único ansioso por continuar.
-¡Espera a que se lo diga a todo el maldito circo, rubio de porquería! -gritó Hidan, antes de irse para no tener que presenciar el resto del nuevo espectáculo de Madara.
-¡V-voy a matarlo, uhm...! -prometió el rubio entre jadeos, viendo como se esfumaba Hidan con sus ojos azules entrecerrados. Apenas pudo percibir la sonrisa burlona del hombre antes de perderlo de vista, pero es que era bastante difícil no concentrarse en otra cosa que no fueran los agiles dedos de Madara sobre su miembro, en un movimiento firme que aumentaba de velocidad con cada segundo.
-Luego tendrás tiempo para eso -le espetó Tobi con impaciencia, antes de morderle el cuello con brusquedad.
El hombre logró lo que se proponía, volver a tener la atención del rubio. Era increíble lo mucho que podía inhibirse Deidara con sólo un poco de alcohol, antes de ese día el muchacho ni siquiera habría tolerado que el Uchiha le pusiera una mano sobre el hombro.
-¡Maldición, espera un segundo...! -jadeó Deidara con dificultad, teniendo que inclinarse hacia enfrente para mantener el equilibrio. Solo entonces el chico de ojos azules notó que habían acabado de rodillas sobre el suelo; en esa posición, podía sentir con claridad la erección de Tobi presionándose contra su trasero.
-No te atrevas a decir que no lo deseas, Deidara -soltó Madara con ansiedad, comenzando a molestarse por la tardía resistencia del rubio, justo cuando las cosas se tornaban más interesantes-. ¿Qué es lo que esperas? ¿Tienes miedo de que "alguien" se entere de lo que estamos haciendo? -preguntó el hombre con tono de burla, para después agacharse sobre el rubio, colocando el pecho encima de la espalda del más joven.
Ante las palabras del payaso, Deidara se quedó de piedra y por un segundo fue capaz de apartar el insano placer al que lo estaba arrastrando Tobi. El rubio pensó en Itachi, y en que con seguridad el domador ya había aprovechado la distracción de Madara para escapar, llevándose al mocoso Uzumaki consigo. Desde que la primera vez que se vieron Deidara experimentó una atracción hacia el más reciente integrante de Akatsuki, un sentimiento bastante masoquista considerando la obvia indiferencia de Itachi.
-¡Muérete, uhm! ¡No es tu jodido problema! -masculló Deidara con voz estrangulada, haciendo ademán de empujar a Tobi para quitárselo de encima, al menos hasta que el Uchiha apretó con singular maestría el miembro entre sus manos. El jefe de Akatsuki sonrió cuando el chico se dejó caer derrotado, tratando de contener sus gemidos, y dejando apenas el espacio suficiente para permitirle maniobrar con libertad.
-¿Crees que no lo he notado, Dei-chan? En el Circo Akatsuki nada se me escapa -le recordó el payaso en tono malicioso, antes de deslizar su lengua por la mejilla del rubio, recogiendo el sabor del sudor del muchacho dentro de su boca-. Itachi nunca te vera de la manera en que tú quieres, de hecho, apenas te mira -añadió Madara con falsa lástima.
-Itachi... -balbuceó Deidara entrecortadamente, antes de alcanzar un increíble orgasmo que amenazó con empujarlo hacia la inconsciencia.
Un ligero remordimiento se instaló en la mente del rubio, aunque fue desechado con rapidez, y es que el muchacho acababa de correrse en las manos de un hombre, mientras murmuraba el nombre de otro. No era algo que Deidara tuviera por costumbre hacer. El rubio también estaba seguro que Madara había escuchado la última palabra dicha por él, pero no dijo nada al respecto, y el rubio esperaba que siguiera en silencio.
El payaso de Akatsuki se alejó un momento para contemplar la obra que había creado, la situación era tan inesperada que apenas podía creer que hubiera sucedido. La realidad del acto era palpable, Tobi podía sentirla en la palma de su mano, todavía caliente y viscosa. Aunque la soñada visión de Madara no duró mucho tiempo, ya que Deidara apenas se demoró unos minutos en ponerse de pie y comenzar a arreglar su ropa. El rubio le daba la espalda al Uchiha, además de que su largo cabello se encontraba desarreglado, por lo que no logró verle la cara al muchacho.
-No me vuelvas a tocar -fue lo único que Deidara escupió antes de salir del lugar, con marcado rencor en cada palabra. Al payaso le causo bastante gracia el comentario, considerando que era imposible negar que ambos lo habían disfrutado.
-Un día te darás cuenta, Dei-chan, de que tu lugar es a mi lado -murmuró Madara para sí mismo, sonriendo con satisfacción, mientras cavilaba cuanto le costaría convencer al muchacho para que le permitiera mastúrbalo de nuevo.
La felicidad le duró al Uchiha solo los pocos pasos que lo separaban del remolque de Hidan, el gesto de placer que lucía en el rostro desapareció en cuanto cruzo el umbral de la puerta y se encontró con que el sitio estaba vacío. Ni rastro del niño rubio, sumado a que la casa rodante estaba hecha un desastre.
-No está -dijo el payaso sin aceptarlo realmente-. ¿¡Donde está Uzumaki Naruto!? -gritó Tobi de pronto, comenzando a llenarse de furia. El hombre haría pagar caro a quien intentara engañarlo, y de inmediato las sospechas del moreno se dirigieron a la última persona que vio entrando a la pequeña carpa, y quien debería encontrarse cuidado al niño-. ¡Deidara!
Nota: La mama de Bakaphyrla tardo casi el año en conseguir que ustedes gozaran de esta actualización, por favor, saboreen cada palabra escrita.
Yeah... Mamá Gansa (alias Hibari Kyouya) tiene razón, esta actualización le costó bastante sacármela. La tenía desde hace rato (aunque no mucho, la verdad), pero la quise guardar para el Festival. El Festival Literario SasuNaru 2013, búsquenlo en facebook, que comienza hoy. Como parte del comite organizador me obligaron a dar el mensaje de bienvenida, que en cualquier momento suben a la página, en un video. Sale mi cara... lo cual es traumante. Pero bueno, dejando de lado mis traumas, ¡participen en el Festival! Es para todos, lean, comenten, escriban, manden sus imágenes, todo por el SasuNaru C:
Estoy organizando mi agenda (¡incluso me compre una!). Hay gente que me ha contactado por facebook, pero no he tenido tiempo de hablar con nadie, los días jueves estaré prácticamente todo el tiempo conectada, por si les interesa platicar conmigo, y también es el día que usare para escribir, a parte de mis pocos ratos libres del resto de la semana. He comenzado a contestar sus reviews, los leo todos, muchas gracias por ellos, pero apenas ahora me estoy dando tiempo para responderlos, así que les suplico paciencia de rodillas ;;.;;
Por si lo habían olvidado, mi culpa por no actualizar seguido, en Circus les presento la historia y la ultima parte siempre es un flash back, algo que sucedió en el pasado, para que ustedes mismos vayan sacando sus propias conclusiones ;) No sé, en su momento me pareció divertido. Sin nada mas que añadir, me despido.
Flash Informativo. Vivo con una nueva compañera de departamento, Kuroi Yukie. Karyna, de B.C., México, si lees esto, Kuroi te manda saludos ;) Deseo que nos visites pronto, cariño~~
¡Participen en el Festival Literario SasuNaru 2013! ¡Búscanos en facebook!
Zaludos
Zaphy
Sela Yal than Rami usa te, finta Zaphyrla... Temo si la ura le.
