Capítulo 2.
"Tan imposible es avivar la lumbre con nieve, como apagar el fuego del amor con palabras."- William Shakespeare.
Keila tenía esa mirada que me indicaba que algo traía entre manos, y no supe si alegrarme o sentir terror. Caminamos guiadas por ella, y llegamos finalmente hasta la barra. Me iba a servir un trago de la piña colada que se encontraba en la mesa, cuando llegó hasta nosotras un chico que, si bien no era tan popular como los que estaban organizando el encuentro, era bastante bien parecido y con el gesto tierno.
- ¿Puedo servirles?- preguntó con atención, aunque mirando directamente a Keila. Supe que en ese momento la noche se iba al demonio.
- Claro- respondió ella alegremente, dándole los vasos que recién había tomado. Él sirvió en ambos y luego nos lo dio a cada una.
- ¿Vienen solas?- preguntó.
- Sí…- dijo Keila tomándome del brazo. El chico sonrió ante el gesto.
- Lo siento, no quería molestarlas… Comprendo si los hombres no les agradamos, sólo me acerco en plan amistoso a tu chica- dijo mirándome mientras alzaba las manos, como diciendo "vengo con intenciones pacíficas". Sonreí al tiempo en que Keila soltó una carcajada.
- No es mi novia- aclaré antes de que fuera demasiado tarde y ella quisiera seguirle el juego.
- Lo siento…- comentó medio apenado.
- No hay de qué- le dije simplemente.
- ¿Quieren que vayamos con mis amigos?... No está bien que anden aquí tan solas, no saben quien vaya a querer robárselas.- bromeó.
- ¿Vamos?...- me preguntó en el tono que más bien decía "¡VAMOS!"
- Sí…- le respondí sabiendo que si me negaba seguramente lo iba a pagar muy caro. Caminamos guiadas por el chico, quien se acercó peligrosamente hasta donde estaba Dianna. El novio de la rubia nos saludó, seguido por ella, quien también agitó las manos cordialmente como saludo. Desde el momento en que llegamos ahí supe que me iba a aburrir demasiado, pues Keila conversaba alegremente con su nuevo "amigo", Dianna con su novio hablaba de temas que aunque eran interesantes no me invitaban a intervenir en ellos y yo simplemente vaciaba todos los vasos que me eran servidos. Ya pasada una hora, se acercó hasta mí un chico alto y de ojos verdes, aunque no del mismo tono de los de Dianna. Me sonrió tímidamente al tiempo en que se acercaba con cautela de más.
- ¿Quieres bailar?- me preguntó mientras estiraba su mano. Más enternecida que atraída por él, acepté su invitación y nos dirigimos a lo que habían adaptado como pista de baile.
Comenzaba a sonar música para bailar separados, lo cual me alivió pues no tendría que estar demasiado cerca de él. Fue un desastre. Sólo me sonrió de manera tímida durante todo el tiempo que duró la primer canción. Luego, no sé qué fue lo que le sucedió, que simplemente se abalanzó sobre mí tratando de robarme un beso. Por supuesto, me quité y luego lo miré. Él, bastante apenado, trató de acercarse para disculparse por su comportamiento, pero yo ya estaba un tanto alterada, por lo que simplemente salí a prisa de la casa, para encontrarme con un enorme patio. Caminé sin una dirección aparente, guiada por algo que hasta el momento no podría explicarme qué fue, pero que se dio en el instante. Luego de un par de minutos, me llamó la atención una puerta de cristal que daba hacia lo que parecía ser un jardín. Caminé sin pensarlo y atravesé aquel umbral. Me hallé de pronto rodeada de flores que llenaban el aire de un aroma espectacular. Las paredes se encontraban cubiertas de enredaderas y el pasto era tan verde que aún entre la oscuridad de la noche se alcanzaba a distinguir. Fascinada, me quité los zapatos para poder sentir el césped, y ya guiada por la locura momentánea, coloqué música en mi teléfono móvil. Chris Isaak comenzó a sonar y aquel era el paisaje perfecto, con la luna en el cielo, brillando tan intensamente como seguro lo hacían mis ojos. Cerré mis párpados, como queriendo conservar ese momento en mi memoria y me aislé por un instante del mundo. El aroma de las flores, que invadía mis pulmones en ese momento, se vio irrumpido de forma sutil por otro que, sin saber su origen, me estremeció cada parte de la piel. Abrí los ojos lentamente, y creí estar inmersa en el más profundo de mis sueños: la rubia se acercaba a mí, contemplándome con gracia.
- Está hermosa la Luna- dijo mirando al cielo. Busqué inmediatamente su eterna compañía, pero nadie había a su lado, por lo que sólo había dos opciones: le estaba hablando al aire o a mí. Sentí algo de nervios, pero me animé a responderle.
- Completamente hermosa- le dije con cierta ambigüedad sin notarlo. Ella me miró y luego sonrió.
- Eres Lea, ¿no?- saludó.
- Sí… Y tú… ¿Dianna?- le pregunté como si ella no se hubiera convertido en dueña de mis pensamientos desde la primera vez que la vi. Sonrió y yo hice lo mismo.
- Así es… Y ¿qué haces aquí fuera?... ¿Tanto te aburrió la fiesta?...
- No es eso.-respondí sabiendo que ella seguramente era algo cercana a las personas que la organizaron- Sólo quise salir a tomar un poco de aire…- dije. Aún no podía creer que se encontrara ahí, mirándome y hablando conmigo.
- Yo si me aburrí- dijo francamente, viéndome a los ojos. - Prefiero ver la luna... Hoy está como para enamorarse- soltó al aire en un tono poético que además encontré muy sensual. Asentí nerviosamente. - Siempre eres muy seria, ¿verdad?...- preguntó.
- No... Más bien soy un poco tímida- le respondí, ya un tanto nerviosa.
- Siempre estás acelerada. Ya en un par de ocasiones he tratado de acercarme a ti, y jamás puedo hacerlo.- confesó medio avergonzada. Yo titubeé, desequilibrada como pocas veces.
- ¿Por qué?- fue lo único que pude preguntar. Ella sonrió e hizo una mirada que seguramente me decía "qué boba eres", como si fuera evidente su razón de acercarse.
- Porque siempre quise ver de cerca el color de tus ojos- terminó por musitar, llenándose de un rubor fascinante. Yo me quedé incrédula ante esa confesión que por completo me sacó de balance. Cuando pude recobrar algo de compostura, me acerqué a ella. Entre la oscuridad del sitio, pude comprobar que su mirada era más clara de lo que pensaba, no sólo en cuanto al color, sino también en cuanto a todas las cosas que alcanzaba a reflejar desde lo más profundo de su alma. Sentí que tocaba el cielo en ese momento.
- Tus ojos son hermosos- alcancé a decirle. Ella sonrió.
- Lo sé- dijo de manera desfachatada. Luego un milagro sucedió: se acercó a mí con lentitud. Mis sentidos se amontonaban y puedo jurar que todo se intensificó: noté con más claridad su olor, el palpitar de su corazón, la suavidad de su mano que rozaba la mía, la forma en cómo su respiración se aceleró. Me quedé completamente inmóvil ante ella. Al ver que mi movimiento se detuvo, sonrió de nuevo.
- ¿Qué pasa?- pregunté con desconcierto.
- No puedo hacer yo todo el trabajo.- comentó sin hacer más grande la distancia entre nosotras. Entendí perfectamente a qué se refería.
- Me gustas mucho- solté sin poder ni querer evitarlo. Ella enrojeció nuevamente, lo pude notar a pesar de las sombras.- Pero… Sé que no estás a mi alcance- comenté separándome un poco. Ella me miró con verdadero desconcierto.
- ¿Qué te hace decir eso?- preguntó luego de unos segundos.
- Son muchas cosas. Hasta el día de hoy, pensé que ni siquiera me notabas. Siempre estás rodeada de personas, es evidente que les gustas a muchos y a muchas… Además, siempre…
- Lea…- me interrumpió. – Cuando volteo a mirarte, haces como si yo no existiera. No sé por qué sea. A veces te busco y cuando por fin te llego a encontrar en los pasillos, te das la vuelta, caminas por otro lado o simplemente buscas con la mirada no sé que cosa en el cielo.- me dijo. Me dejó sorprendida su franqueza, pero lo cierto es que le dio más sensualidad, tanto así, que simplemente me acerqué. Hasta éste momento no tengo seguro cómo fue que sucedió, pero busqué su boca con una delicadeza que yo no conocía y ella se dejó envolver de una manera tan sincera que no hubo vuelta atrás; mis labios rozaron los suyos. Sentí miedo de que ese momento terminara, o escuchar el despertador que me indicara que sólo me encontraba soñando, pero nada de eso sucedió: ella concluyó lo que yo comencé, y me besó de una manera que jamás lo hubiera imaginado. Todo aquello parecía completamente irreal; no había cordura en mí, ni en mis movimientos, ni en las palpitaciones cada vez más rápidas de mi corazón. Sentí como si mis pies se despegaran del suelo, como si todas las sensaciones se intensificaran de una forma fabulosa y casi inexplicable. Noté que ella besaba de la manera en la que yo siempre había deseado que me besaran: tenía lo mismo suavidad que "agresividad"… Lo mismo me hacía enloquecer con dulzura que cuando se animaba a morder levemente mi labio. Su lengua se encontró de manera exacta con la mía, y se acariciaron durante un tiempo indefinido. Cuando tuvimos que separarnos para poder respirar, un suspiro de ambas se hizo presente. No quería abrir los ojos, pensando en que podía encontrarme con una mirada confusa u ofendida, pero su voz finalmente me hizo reaccionar. - ¿No dirás nada?- preguntó dulcemente mientras me buscaba la mirada.
- Es mejor de lo que me imaginé tantas veces- confesé inspirada por la forma en que sus ojos brillaban. Luego me acerqué de nuevo y le di un beso muy suave.- ¿No estoy soñando?- pregunté medio en broma, aunque también me lo interrogaba en silencio.
- Claro que no. Es real. Somos reales…- se decidió a decir.
- No… Tú eres imposible. No puedo creer todo esto.- le dije.
- No es verdad. Lo que sucede es que has pasado más tiempo idealizándome que dándote cuenta de la realidad.- dijo. Tenía razón.
- ¿Quieres que vayamos a otro lado?- le pregunté luego de asentir ante su comentario. Ella sonrió.
- Debo avisarle a Christian que me iré a casa.- dijo. Sentí como caí desde el elevado nivel al que me habían llevado sus besos. Seguramente mis ojos siempre expresivos lo reflejaron, pero ella no lo notó ni me dio tiempo de decir palabra alguna, simplemente comenzó a correr primero hacia la entrada del jardín y posteriormente hasta donde seguramente se encontraba él. Me quedé ahí detenida durante algunos minutos, esperando algo de lo que no sabía cual sería el desenlace y pensando si en verdad quería convertirme en la aventura lésbica de prueba de una noche. Sí, sí quería si no me quedaba otra opción. Al pasar del tiempo, la rubia llegó de nuevo conmigo, para finalmente tomarme de la mano y darme otro pequeño beso en los labios.
- ¿Ya?- pregunté sonriendo ante su acción. Para ese momento ya estaba más que dispuesta para que pasara "lo que tuviera que pasar".
- Sí, ya… ¿Quieres ir a mi casa?- preguntó sin darme la oportunidad a negarme.
- Claro que sí. Yo debo avisarle a Keila, preguntarle si se va a quedar o qué…
- Bueno, ¿te espero aquí?...
- Como tú lo prefieras- le respondí.
- Sí, mejor aquí te espero. La casa tiene una salida "secreta" y podemos escabullirnos- respondió haciendo un gracioso gesto que explicaba gráficamente la última palabra. Yo sonreí y caminé con rapidez hacia adentro de la casa, donde luego de buscar con la mirada, pude encontrar a Keila platicando animadamente con algunos de los asistentes.
- Ven- le pedí modulando solamente, completando mi "orden" con mímica. Ella se acercó al instante.
- De pronto te me perdiste… ¿Dónde estabas?...
- No lo vas a creer- le dije con la sonrisa más ancha del mundo.
- ¿En una biblioteca?- bromeó haciendo referencia a la broma que siempre me hacía de que yo era una "ñoña" , como ella me llamaba.
- No. Con Dianna… - dije para sorprenderla.
- ¿Es en serio?- preguntó en un grito que hizo voltear a un par de personas.
- Calla- le pedí mientras tapaba su boca con suavidad.
- Claro que sí.- le dije.- No tengo mucho tiempo de explicarte, pero tengo que irme… Vamos a su casa.- le comenté de manera triunfal, sintiendo dentro de mi pecho una explosión.
- ¡Eres una tonta! De haberte acercado antes, seguramente hubiera pasado eso desde hace mucho. ¡Tienes más de un mes babeando por ella!- dijo como si yo no lo supiera.
- No nos adelantemos a nada- le dije tratando de conservar un poco de cordura.- Prefiero no pensar, ¿está bien?... Sólo vine a avisarte… ¿Tú te irás?...
- No. Me encontré a una amiga de la preparatoria y me invitó a su casa. De hecho nos iremos en veinte minutos, justo iba a ir a invitarte cuando llegaste.
- Bueno. Cualquier cosa me llamas, eh…- le indiqué.
- Claro que sí… ¡Suerte, tigre!- me dijo guiñándome el ojo, mientras sonaba una de las sonoras carcajadas tan contagiosas que me hacían sonreír también. Salí a prisa hacia el jardín y Dianna se encontraba mirando la luna, en un paisaje lleno de beldad; no podría existir algo que lo arruinara.
- ¿Nos vamos?- le pregunté aprovechando que por un momento despegó su vista del cielo.
- Claro- respondió para levantarse. Me llevó por algunas puertas y pasillos, hasta que finalmente salimos hasta la calle trasera, paralela a la que llegamos originalmente Keila y yo. Caminamos un par de pasos más, hasta que finalmente se detuvo frente a un automóvil en color azul que lucía prácticamente nuevo. Se adelantó y abrió la puerta , para luego pasarse a la suya. Subí al automóvil y ella me imitó, entonces comenzó a manejar en completo silencio. Yo me encontraba tan sumergida en admirarla que no me di cuenta ni por qué calles me llevó, pero finalmente llegamos a un edificio alto, quizás de unos 10 pisos, que tenía en el portón grabado con cobre, el número 715. Descendimos del vehículo y caminamos juntas hasta el elevador. Dentro de él, la rubia oprimió el botón que nos dirigía hasta su piso y posteriormente, en cuanto las puertas cerraron, me dio un beso prolongado que me llenó de pasión sin poder evitarlo. La campana del elevador sonó y finalmente salimos, para caminar unos pasos hacia el número interior 12. Con algo de dificultad, por la leve ebriedad que teníamos luego de tantos tragos en la fiesta, sacó las llaves e ingresamos en aquel departamento.
Lo primero que quedaba a la vista era su sala; había un par de enormes sillones hechos de la más fina de las pieles, en color caoba. Un par de almohadones en color gris servían como respaldo. Frente a la sala se encontraba una pantalla grande y plana, rodeada por algunas consolas de videojuegos, un reproductor de DVD y unas bocinas de alta tecnología. Bajo eso, se encontraba un mueble elegante repleto de los más diversos títulos de películas, al igual que algunos discos compactos que desde lejos se notaban perfectamente cuidados.
- Siéntate, por favor- pidió. La obedecí sin decir una sola palabra.- ¿Te ofrezco algo de tomar?- preguntó con atención.
- Lo que vayas a tomar tú- respondí entonces mientras la miraba. Se dirigió hacia lo que tiempo después supe que era la cocina y regresó con una botella de vino blanco espumoso y dos copas. Sirvió una a una, quedándose ella con la menos llena.
- Salud- me dijo mientras chocaba las copas con algo de clase.
- Salud- le respondí entonces. Ella me miró y luego se dirigió hacia donde se encontraban todos los aparatos electrónicos. Sacó uno de los CDS y lo puso en el estéreo. – Christian siempre me dice que ya se inventaron nuevas cosas, que deje los cds y me "modernice", pero… Creo que hay cosas para las que es mejor ser "clásica".- pronunció justo antes de que nuevamente la música de Chris Isaak comenzara. Al parecer, era una edición de éxitos, ya que comenzó "Life will go on", dándole cierto toque de melancolía a la escena de nosotras, con la luz a medias, con curiosidad, expectación, pasión. La miraba nerviosamente aún sin poder creer que todo aquello fuera real, tratando de asimilar lo que estaba sucediendo. Justo cuando mis manos comenzaban a acariciarla de una manera casi desmedida, un extraño sonido irrumpió en la habitación; era una canción de Metallica que desdibujaba la varonil voz de Chris. - ¿Dianna?- pregunté mirando con terror cómo su sonrisa poco a poco se borraba, al igual que el resto de su ser. Tuve un parpadeo, y al abrir los ojos me topé con la oscuridad de mi departamento, una botella de whisky vacía y Keila dormida al lado mío, sin ropa y envuelta entre las sábanas. ¿Qué carajo había pasado?...
CONTINUARÁ.
