Capítulo 7.
Cuando llegué a mi apartamento, me tumbé sobre el sofá y con los ojos cerrados comencé a tararear todas las melodías románticas (por no decir "melosas") que llegaban a mi mente. Me sentía , quizás, como nunca me había sentido, y eso me contrariaba de sobremanera: por una parte, había tanta alegría en mí como la que no recordaba, pero por la otra, un miedo profundo me invadía: todo era una fantasía, algo que jamás había sucedido y que probablemente jamás pasaría. ¿Cómo iba a lidiar con las miles de mariposas que se paseaban en mi estómago?... Estaban tan intranquilas que por momentos pensé que mis pies se despegarían del suelo y comenzaríamos todas juntas a volar sin control.
Pensé en todas las posibilidades que tenía y me divertía imaginando miles de posibilidades y escenas. Nunca había sido hasta ese momento una persona soñadora: me enfocaba en acciones, más que en anhelos. Sabía lo que quería y simplemente actuaba para conseguirlo, pero ésta vez todo parecía tan diferente que por un momento me sentí completamente inerme: soñaba más de lo que hacía.
Tratando de no pensar en el asunto (y logrando esto sólo por algunos momentos en que tuve algo de lucidez), arreglé mis cosas para ir al día siguiente a la Facultad y simplemente dormí luego de ver una película que bajo otras circunstancias me hubiera "empalagado la vista". A la mañana siguiente me levanté muy temprano y con la misma alegría que comencé a soñar, me bañé cantando a todo pulmón en la ducha. Elegí las ropas que encontré más divertidas y que, modestia aparte, algunas personas me habían mencionado que le sentaban bien a mi mirada, y luego de tomar mis cosas de la escuela y el trabajo, salí alegremente tomando rumbo hasta la Facultad. Al llegar, entré directamente a mi salón de clases y estuve tan relajada que ni siquiera me pareció aburrida la tediosa voz del profesor que impartía esa materia. Contrario a lo que pensé, se pasó tan rápido la clase que cuando menos lo imaginé ya caminaba a prisa hasta la siguiente asignatura. Para mi fortuna el profesor no se presentó. Pensé en llamarle a Keila (quien tenía la hora libre en su horario escolar) pero supuse que lo pasaría con Chris, por lo que preferí no interrumpir, por lo que comencé a caminar sin rumbo, con música reproduciéndose en mis oídos y un par de chocolates que siempre tenía como reserva en mi mochila. Luego de dar algunas vueltas y viendo que recién habían pasado veinte minutos (y faltaba más de una hora para que comenzara mi siguiente clase, en la que por fin vería a Dianna) preferí simplemente entrar en la biblioteca para adelantar un tanto de la tarea y no tener que llegar a casa a hacerla luego del trabajo. Entré por la enorme puerta que marcaba el fin del pasillo y el inicio del archivo y caminé entre los estantes para lograr llegar al sitio en donde nunca se encontraba tan poblado, y sacando todo lo necesario, comencé a redactar mis labores escolares con una dedicación que pocas veces tenía. Estaba tan metida entre las letras que todo el mundo desapareció por minutos, pero regresé a él de la forma que menos lo hubiera deseado: claramente escuché la voz de Dianna, tan hermosa y suave como siempre, que resonaba con fuerza debido al silencio general de la biblioteca.
- ¡Tienes mucho valor para pedirme eso, Masha!- replicó bajando poco a poco el tono de su voz, aunque sólo lo logró parcialmente.
- Dianna, ¡por Dios!... Creo que es razonable lo que te estoy diciendo… Cuando nos conocimos comenzamos de esa manera, tú misma propusiste que fuéramos con calma, que tomáramos las cosas lentamente, que no nos pusiéramos cadenas…
- Masha, cuando te conocí teníamos 16 años y nada de experiencia ni vivencias juntas. ¡Era tan diferente!... Pero míranos ahora, somos unas personas adultas, ya tenemos una historia, cosas que respetar… Si tú quisiste irte, está de maravilla, y si quisieras regresar, lo haríamos, ¡pero ni siquiera me vas a tomar en serio! Lo que hiciste quizás no fue tan grave, ya no puedo ponerme como una puberta a reclamarte porque me rompiste el corazón, pero sí puedo exigirte como una mujer adulta que seas capaz de mantener una relación de monogamia, ¿no crees?...
- Dianna- dijo con algo de impaciencia- Lo único que debe de interesarnos son las cosas que nos unen. Sólo eso… ¿Por qué lo haces tan complicado?- hubo unos segundos de silencio. Mi corazón por alguna razón latía de una forma desesperada y sentí un nudo en la garganta. El silencio me indicaba algo que probablemente no me iba a agradar, pero de cualquier manera tenía que confirmar lo que estaba sospechando. Tontamente comencé a buscarlas con la mirada, hasta que me topé con la escena que me partió todo en dos: Masha besaba lentamente a la rubia, quien lloraba al tiempo en que correspondía aquella acción. Todo lo que había soñado se esfumó en cuestión de segundos. La rubia se separó con lentitud de aquel beso y simplemente miró a los ojos de la mujer que en ese momento detesté tanto.
- Masha…- comenzó a decir.
- ¿Ves, Dianna?... Esto es lo que importa. Lo que siento por ti… Lo que sientes por mí…- la rubia agachó la mirada, regalando un silencio como respuesta. No toleré más continuar viendo algo que no me agradaba, por lo cual simplemente volví a ponerme los audífonos (que me había quitado para evitar distraerme) y simplemente subí todo el volumen posible. Tomé mis cosas y muy a prisa salí de ese sitio sin que siquiera Dianna notara que alguna vez estuve ahí. Una vez fuera tomé un taxi que me llevó directamente a mi trabajo y tras prohibirme estrictamente soltar una lágrima o distraerme por el asunto que acababa de presenciar, simplemente pedí autorización a mi jefe para comenzar a laborar algunas horas antes. Aunque extrañado, él me agradeció y en lugar de encomendarme las labores de siempre, me mostró a hacer algunas cosas de oficina que seguramente me servirían cuando ascendiera de puesto. Conforme y agradecida con ello, me concentré en el trabajo y me imagino que lo desempeñé de manera correcta, pues mi jefe prefirió que me quedara con esas labores por el resto de la tarde. Al finalizar la jornada, salí rumbo a mi apartamento y justo cuando llegué, verifiqué que tenía cerca de 10 mensajes de Keila, al igual que algunas llamadas que no respondí. Me desconecté tanto del mundo cuando estaba trabajando, que ni siquiera noté las constantes vibraciones de mi teléfono. Pensé en responderle en ese momento, pero por una de esas raras coincidencias de la vida, justo cuando tenía el móvil en la mano, ingresó una llamada de Sofía. Algo extrañada, simplemente respondí por mera costumbre.
- Hola, Lea…- comenzó con algo de inseguridad.
- Hola…
- ¿Estás ocupada en éste momento?- preguntó.
- No en realidad, ¿te puedo ayudar en algo?...
- Estoy a una cuadra de tu departamento… Pensé en pasar, quiero hablar contigo de algunas cosas, pero dado lo que sucedió el otro día, preferí primero verificar que no tuvieras cosas que hacer.- dijo y pude notar algo de dolor en su tono de voz, que por lo regular era muy alegre.
- Claro que puedes venir.- respondí para arrepentirme al instante.
- Gracias, voy para allá- me conformó para luego simplemente terminar la llamada. Esperé durante unos minutos, hasta que finalmente el timbre de mi apartamento sonó, sacándome del ensimismamiento momentáneo que tuve. Al abrir la puerta, Sofía se encontraba ahí, mirándome con la belleza de siempre. Lucía radiante a pesar de la tristeza que llegaba a reflejar su mirada, y las prendas que la cubrían le hacían enormemente el honor a su figura que durante tanto tiempo me enloqueció. Sonrió abiertamente y respondí su gesto, para luego sentirla inmediatamente, impulsada por alguna fuerza extraña, abrazada con fuerza y su hermosa delicadeza de mujer, a mi cuerpo que se estremeció con el contacto. Luego de unos segundos, en los cuales su aroma cítrico se refugió en mí, me soltó como no queriendo hacerlo.
- Me alegra verte- le dije sinceramente mientras la tomaba de la mano y la llevaba a la sala.
- A mí también… ¿Cómo te fue en el trabajo?- preguntó sólo por tener una forma de comenzar la conversación.
- Bien…- respondí apenas. .- ¿Quieres algo de tomar?...
- Un té, por favor- respondió. Ambas sonreímos al recordar la costumbre que teníamos de que cada vez que le ofrecía algo de tomar, seleccionaba un té, con una cucharada de azúcar y preferentemente tibio, pues su "lengua de gato" (como yo le decía) no soportaba las cosas calientes.
- Muy bien. Vuelvo ahora- indiqué para luego dirigirme a la cocina y preparar su petición. Una vez que la terminé, se la llevé hasta donde me esperaba. Cuando pretendía entregársela, nuestras manos hicieron un contacto que se sintió como hace tiempo no lo hacía, que nos hizo suspirar brevemente. Luego de que tomó el té, lo puso sobre la mesilla de centro que estaba cercana y me miró a los ojos.
- Lea…- comenzó.- No tienes idea de cuánta falta me has hecho. Sé que fui yo quien decidió ponerle fin a lo que teníamos, pero no te imaginas cuánto me costó decidirlo. Estábamos en un punto en el que nada era claro, no progresábamos ni tampoco retrocedíamos: nos encontrábamos tan estancadas que si no nos movíamos por lo menos unos centímetros, ahí nos hubiéramos quedado probablemente por el resto del día, y todas las cosas buenas que llegamos a sentir la una por la otra se hubieran transformado en rutina, en odio, en cosas negativas… No estoy justificándome, y te pido que por favor no lo tomes de esa manera. A lo que me refiero es a que no dejé de tratar porque te dejara de querer sino porque ya no quería que nos siguiéramos lastimando.
- Lo sé, Sofía. No tienes que explicármelo, lo comprendí el día en el que sucedió- le comenté al notar que en su mirada había toda la sinceridad con la que me enamoró cuando la conocí.- Yo también quiero que sepas que no insistí porque estaba consciente de la situación…
- Entonces, ¿no tiene nada que ver la rubia que estaba aquí el otro día?- preguntó con una mezcla de alegría y melancolía a la vez, buscando en mis ojos la verdad.
- No. – respondí sinceramente.- No quiero que pienses eso, porque no es verdad. Acepté la decisión pensando únicamente en nosotras, en nadie más- le dije desde lo más profundo de mi corazón, mientras por instinto la abrazaba. Ella se recargó en mi pecho y comenzó a llorar.
- ¿Ella te gusta?- preguntó inconforme con lo que le acababa de decir.
- No importa- respondí recordando la mala sensación que no me había abandonado por lo largo del día.
- ¿Por qué no?...
- Porque no pasará nada entre nosotras- respondí con la misma franqueza que interactuábamos siempre Sofía y yo. De un momento a otro, ella se separó de mí y tomando por completo el control de la situación, se abalanzó de una tierna manera y comenzó a besarme de forma desesperadamente dulce. Por instantes perdí completamente la locura, invadida por el deseo de que todas las sensaciones sentidas fueran positivas y buenas. Comenzamos el juego que conocíamos perfectamente y al tiempo ella me despojó de un par de prendas. Mis manos ardían en un deseo tan incandescente que pensé que el mismo contacto lastimaría su piel blanca. Tomé el castaño de su cabello entre mis dedos y me perdí por algunos instantes en su cuello. Al separarme, en lugar de ver lo precioso de sus ojos verdes, mi mente me traicionó y llegó de inmediato el recuerdo de los ojos de Dianna aquella tarde en el cine. Pude notar también, la forma perfecta y delgada de sus labios, la gracia con que su nariz dibujaba su cara. En pocas palabras y haciéndome ser la peor de las personas, me remonté inmediatamente al instante en el cine en que casi beso a la rubia. Me alejé con algo de espanto y también con tristeza. No era justo para mí ni para Sofía que ese recuerdo se hubiera atravesado entre nosotras. Ella me miró extrañada, pero luego pareció leerme la mente: bajó la mirada y se alejó de mí.
- Aunque no pase nada- comenzó a decir- es evidente que tienes algo muy fuerte con ella.- completó dejándome completamente sorprendida.- Si me permites darte un consejo, lucha por lo que quieres, Lea. No seas tonta.- terminó para luego levantarse lentamente. Traté de detenerla, pero supe que no tendría caso y que en realidad no sería justo que lo hiciera, por lo que más que resignada, la dejé irse de mi apartamento. Se despidió con la misma sonrisa que hiciera enloquecer mi mente en muchas mañanas, y algo dentro de mí me indicó que esa vez sería definitiva, al menos hasta que pudiéramos vernos sólo como las amigas que nos merecíamos ser. Suspiré profundamente y desganada me dirigí a la sala, para mirar la taza de té medio frío que ni siquiera había probado. Tomé sorbo por sorbo aquel líquido y luego le respondí uno de sus mensajes a Keila, ofreciéndole disculpas por desaparecerme de ese modo. Ella me respondió con un seco "mañana hablamos" que me hizo ver que estaba molesta y esa fue la clara señal de que tenía que tratar de dormir y olvidarme de todo por esa noche. Me dirigí hacia mi cama, en la que dormiría sola, y luego de sentir tristeza por el asunto de Sofía y un tanto más por el asunto de Dianna, dormí con el recuerdo de " Lucha por lo que quieres". Todo estaba jodidamente mal, pero ¿sería que debía seguir el consejo?...
CONTINUARÁ.
