Capítulo 9.
Final.
"NO HAY NADA IMPOSIBLE, PORQUE LOS SUEÑOS DE AYER SON LAS ESPERANZAS DE HOY Y PUEDEN CONVERTIRSE EN REALIDAD MAÑANA"- ANÓNIMO.
Desperté con la pesadez que lo hacía siempre. Me desperecé para luego verificar que la tarde había llegado: todas las luces de mi apartamento se encontraban apagadas y lo único que lograba darle un poco de visibilidad a todos los muebles era el atardecer que comenzaba fuera. El sonido típico de cuando el día va muriendo se colaba por la ventana entreabierta de la sala; los pájaros y su cantar se distinguían nítidamente, al igual que los hijos de mis vecinos, quienes gritaban en el patio central del edificio. Me levanté y forzando a mi vista, alcancé mi teléfono móvil, sólo para notar un número desconocido del cual tenía tres llamadas perdidas. Luego de esto, en la pantalla de mi celular se abrió un mensaje diciendo "Por favor respóndeme el teléfono, quiero que hablemos. Dianna". Me extrañé porque ella no tenía mi número telefónico pero después supuse que seguramente Keila, queriendo ayudar, se lo había facilitado. Justo pensaba en responder el mensaje recibido cuando el timbre de mi apartamento sonó. Supuse que era Keila, pues siempre que algo sucedía, esperaba a que en cuanto fuera posible me visitara para poder platicar al respecto. Una vez que abrí la puerta, luego de haber prendido un par de luces, con quien me encontré fue con Dianna, quien luego de mirarme fugazmente, se lanzó hasta mí sin que pudiera evitarlo, logrando que casi nos cayéramos. Si eso no sucedió fue sólo porque reaccioné a tiempo. En cuanto estuvimos a una distancia muy corta, comenzó a besarme sin que yo, literalmente, pudiera siquiera meter las manos. Su beso era completamente desesperado y salvaje, lo cual lo hizo muy excitante cuando se mezcló con la ternura que emanaba toda su presencia. Su lengua comenzaba a jugar con la mía de una forma que me estaba haciendo perder la noción de todo, mientras sus manos comenzaban un juego con mi cabello y sus brazos simplemente me rodeaban como si nunca me fueran a dejar irme. Reaccioné a tiempo como para saber que aquello estaba sucediendo, pero no quise indagar en el motivo. De cualquier forma, mis manos estaban ardiendo y lo poco que me quedaba de consciencia reclamaba hacer mío, al menos momentáneamente, aquel cuerpo perfecto que se fundía con el mío, y el único obstáculo eran las prendas que estábamos vistiendo. Sin pensarlo, y como pude lograrlo, cerré la puerta del departamento y juntas comenzamos a caminar hasta la sala. En cuanto sentí el material con el que estaba hecho el sofá en el que había caído rendida de sueño, nos acomodé de tal manera en que pudiéramos quedar una encima de la otra. El cabello rubio der Dianna se dibujó de una hermosa forma, contrastando con el tono de mi mueble y sus ojos entrecerrados, que me detuve a ver un momento, me indicaban que ella se encontraba tal y como yo. Recordé que en el cine sus ojos abiertos me mostraban lo que ella deseaba, y sonreí porque en ese momento eran, entrecerrados, la más clara señal de sus anhelos.
- Espera, vamos a mi habitación- le dije con dificultad. Ella no respondió, simplemente seguimos besándonos y acariciándonos, mientras caminábamos a ciegas hasta mi cuarto. Al llegar, la recosté sobre la cama, que por suerte, siempre estaba tendida por mi particular obsesión de tener limpio y ordenado todo.
No quise pensar más en el asunto. De razonarlo, seguramente hubiera detenido todo aquello que estaba sucediendo para así poder hacer que las cosas quedaran en claro . Me conocía: al mínimo rastro de duda, hubiera mandado todo al diablo y quizás hasta hubiese dicho un discurso monumental que tratara de que estaba conforme con ser sólo su amiga. Para mi fortuna, en cuanto iba a comenzar a decir no sé qué cosa, ella hizo el beso y las caricias aún más intensos y simplemente nos dejamos llevar por todo aquello que sentíamos desde hacía quién sabe cuánto tiempo. Luego de la manera "sutil" de callarme y de que simplemente me permití sentir sin tener que limitarme, me recosté con suavidad sobre ella y por fin comencé a darle todas las caricias que siempre había deseado. Su cintura pequeña era un éxtasis al tacto; pasé mi mano tantas veces por la curva que se hacía allí, que seguramente hubiera dejado un surco. Sus manos jugaban alegremente por toda mi espalda, y lo único que evitaba un gran suspiro eran sus labios que retenían a los míos de la forma en que recordaba más agradable de entre todas las bocas que había podido probar. Comencé a besarle el cuello, queriéndole provocar locura, pero lo cierto es que, por el contrario, fui yo quien enloqueció con ese contacto. Su perfume de flores se metió tan profundamente en mis fosas nasales que casi me llegó al corazón; ese aroma dulce era tan agradable para mí, que me hizo suspirar en un par de ocasiones. No conocí ni quise saber de cordura o de medidas: era claro que ella quería, tanto como yo, que el fuego sentido en cada poro de nuestra piel, se consumiera con cada caricia. La miré pidiéndole autorización silenciosa de seguir con aquello, y ella me miró de una forma tan seductora que di por hecho que lo podía realizar. Comencé a acariciarle con verdadero placer el pecho, que siempre me había llamado la atención, y el tacto fue justo como tantas veces lo imaginé; logró así quitarme la respiración por unos segundos, mientras ella comenzaba a retorcer su cuerpo de una forma sumamente sensual. Bajé mi mano por todo su vientre, logrando arrancarle un suspiro y llegué hasta sus piernas: la firmeza de sus muslos era tal que simplemente quise arrancarle la ropa para besarlos, pero supe que tenía tiempo aún. Me acerqué hasta su entrepierna, y aunque dudé un poco, ella disipó mi duda cuando desabrochó su pantalón y se acomodó sobre mis sábanas a modo de que estuviéramos en una mejor posición. Completamente emocionada con ello, me acomodé entre sus piernas y luego de jugar con sus sensaciones durante algunos minutos más, asegurándome de que todo fuera propicio para no lastimarle, sino causarle profundo placer, mi mano se perdió en su entrepierna. Sentir su humedad, debajo de su prenda interior en color negro, me hizo elevarme a un nivel extraordinario. Ella indicó con un jadeo divino que el contacto le estaba siendo agradable. Ya bastante motivada, me animé a todo lo que tenía que suceder, y comencé con ritmo regular a entrar y salir de ella. Con la visión un poco nublada por el placer, arrancó con ternura salvaje mi blusa y mi brassier, y conseguimos quedar sin ropa antes de que pudiéramos siquiera notarlo. No podía creer mi suerte, por lo que sólo la disfruté. Luego de unos minutos entre rítmicos movimientos, caricias, rasguños y suspiros, sentí que su cuerpo comenzaba a temblar, anunciando un final muy esperado… Bajé mi boca y con la lengua realicé las caricias que culminarían aquello: sentí su humedad en mi boca mientras las uñas de su mano derecha se clavaban con fuerza en mi espalda, un tanto abajo del hombro derecho. Sentí una descarga en todo mi cuerpo, haciéndome consciente de que me había unido a su sensación. Ella cayó rendida, haciendo a su cabello rubio resaltar con el azul claro de mi cobija; noté que en su frente había un poco de sudor y recordé con bochorno los exquisitos movimientos de su cadera. Subí hasta su rostro, besando cada parte de cuerpo que me encontraba a mi paso y cuando finalmente llegué hasta su boca, ella me aprisionó nuevamente los labios, haciéndome estremecer. Al terminar el beso, sonrió de una forma tan amplia que me llenó de alegría. Me recosté junto a ella, y me ofreció la espalda, pero no de forma grosera, sino para que la pudiera abrazar: tomó mi mano y haciéndome su rehén, pasó mi brazo por su cintura, fundiéndonos en un abrazo. Hubo unos momentos de silencio, en los que sólo me dediqué a contemplar su espalda, tratando en vano de contarlas. Mis dedos jugaban a "caminar" en sus hombros, espalda, cuello y brazos, haciéndola temblar, aún sensible por la culminación. Escuché una pequeña risa que me hizo sonreír.
- Soy una maleducada- bromeó.
- ¿Por qué?...
- Porque no te saludé- dijo. Se giró para darme la vista más asombrosa: mujer, hermosa, desnuda. No la miraba con morbo, sino como a la mejor de las obras de arte. No hacía falta que me vanagloriara por mi logro; era un privilegio haber sido su amante en ese momento.
- No importa. A las hermosas se les permite todo- dije ya completamente desinhibida, contemplando el espectáculo de su mirada.
- Gracias- reconoció sonriendo. Luego se acercó y me besó.- ¿Quieres que hablemos de algo?...
- No en realidad. Prefiero que sea después.- le dije tratando de ser dulce, besándola yo ésta vez.
- Vale- se limitó a decir, pero sin dejar de mirarme. El momento era perfecto, hasta que a mi estómago se le ocurrió hacer acto de presencia, con un sonido gracioso. Sentí como me sonrojé y justo cuando me iba a disculpar, la rubia se rio abiertamente.- Creo que tienes hambre, ¿no has comido?- preguntó.
- No, llegué y me quedé dormida. ¿Quieres que prepare algo?- pregunté.
- Sí… Compláceme con tu especialidad- dijo en un doble sentido que percibí al instante.
- Bueno…- fue lo único que dije para comenzar a besarle todo el cuerpo. Quizás ella supuso que estaba bromeando (e inicialmente de hecho sí fue así), pero aún cuando sólo jugaba, al sentir su piel entre mis labios, no pude más que concluir nuevamente lo que había iniciado. Ella terminó de la misma forma mágica que la primera vez, y yo sentí que por primera ocasión en toda mi vida, tocaba el cielo con las manos.
- Creo que debo cuidar mis palabras- dijo aún agitada mientras se abrazaba a mi cuerpo.
- Sí, conmigo tienes que andar con cuidado- le respondí riéndome, abrazándola también. Mi estómago volvió a interrumpir.
- Creo que ahora sí es momento de que prepares algo, ya en serio- respondió riéndose mientras me soltaba.
- Sí, creo que sí.- acepté resignada para luego levantarme, vestirme con toda la naturalidad del mundo y comenzar a salir de la habitación. Al dar la vuelta para mirarla, noté que Dianna temblaba un poco de frío, por lo que regresé y destendí mi cama, haciendo que la rubia se metiera entre las cobijas. Le di un beso en la frente y finalmente salí para ir hasta la cocina. Al llegar, tuve que taparme la boca, para poder contener el grito de alegría que surgió de mí. Brinqué ridículamente por toda la cocina, aún medio incrédula de lo que recién había sucedido. Me miré en el espejo que tenía junto al refrigerador (que Keila siempre utilizaba de excusa para llamarme "vanidosa") y simplemente, mientras tarareaba una canción, saqué del refrigerador un recipiente con arroz al vapor, y de la alacena todo lo necesario para preparar un delicioso sushi, recordando que en alguna ocasión Dianna y Christian comentaron en clase que les gustaba. Me esmeré y lo hice rápidamente, y la suerte me estaba sonriendo tanto, que hasta al momento de hacer el corte del rollo, éste me quedó tan bien como nunca lo había conseguido. Puse un poco de salsa de soya sobre un recipiente especial y serví todo en un plato de la vajilla que encontré en la tienda japonesa cercana al centro. Ya con todo servido, y hasta una copa de vino tinto en mano, llegué hasta la habitación, donde permanecía Dianna con tremenda sonrisa, esperando mi regreso.- Espero que te guste…- le dije mientras ella se incorporaba.
- ¿Cómo supiste que es de mis comidas favoritas?- preguntó.
- Lo supuse…- medio mentí sonriendo.
- ¿O lo escuchaste el día que le dije a Christian que me encantó el restaurante al que fuimos?...- preguntó con cierta picardía, sonriendo.
- ¿Eh?- balbuceé desconcertada.
- Siempre noté que me prestabas atención. Tratabas de disimularlo tanto, que lo hacías más evidente- dijo dándome un beso.
- ¿Tan obvia era?...- pregunté.
- Sí… Y eso me encantaba. Era muy divertido y muy lindo verte voltear completamente la vista cuando pasaba junto a ti. Pensé que nunca hablaríamos… Pero siempre esperé el momento en que te decidieras a hablarme- confesó siendo ya un poco más seria.
- ¿Y por qué no me hablaste tú?...- pregunté fingiendo molestia. Ella comprendió que bromeaba y sonrió.
- Porque pensé que me ibas a mandar muy lejos. Estabas demasiado cerrada, eras demasiado misteriosa… No sé, simplemente me dio algo de miedo- dijo sorprendiéndome por completo. En ese momento se fue al diablo mi idea de que las mujeres perfectas estaban siempre seguras de sí mismas.
- Me gustas mucho- dije.- No me acercaba por miedo. En primera ni sabía si tú… Bueno… Ya sabes, compartías mi orientación sexual. Ya cuando supe que así era, me enteré que tenías a alguien. Y cuando ya no estabas con Masha, comenzábamos una amistad… Me eras imposible en muchas formas.- dije sinceramente.
- Nadie es imposible ni inalcanzable. Me alegro que por fin nos hayamos animado…
- Yo más- dije mientras separaba los palillos para comer y le entregaba un par. Ella me dio un beso.
- Sólo quiero que sepas que estoy dispuesta a intentarlo. Lentamente, Lea, porque venimos de unas relaciones y es normal que nos queden muchos miedos y cosas… Pero quiero que lo intentemos, ¿estás de acuerdo?...
- Sí, claro que lo estoy.- respondí agradecida con su sinceridad.
- Ésta mañana te fuiste sin dejarme decir absolutamente nada, pero… Terminé definitivamente con Masha. Ya no hay ni una sola posibilidad de que regresemos. No me interesa. Yo quiero concentrarme en ti y en nosotras- dijo finalmente mientras comenzábamos a comer.
- Estoy muy de acuerdo contigo. Gracias por sincerarte. Yo tampoco pienso volver al pasado; tú eres mi prioridad ahora, y haré todo lo posible por conquistarte- le dije.
- Lea… Eso lo hiciste desde el primer momento en que me miraste- confesó, ruborizándose. Sonreí.
- Pensé que aquello del amor a primera vista era imposible- comenté confesando así mis sentimientos.
- Nada es imposible- se limitó a decir mientras ponía la comida a un lado, dejándonos el espacio suficiente para comenzar nuevamente el juego de seducción, ternura y belleza que se repitió tantas veces en aquella noche, y para mi fortuna, en muchas más de mis noches, hasta la actual.
FIN.
