Advertencias: Aquí aparece el primer OC. También hay bastante OoC de parte de Eren, que iré fundamentando con el pasar de la historia. (Si hay faltas por favor avisarme). Las demás advertencias están en el prólogo.

Disclaimer: ShN le pertenece a H. I. esto lo hago para fines de entretención, sin ánimos de lucro.


No te quedes aquí


1. Capítulo: Primer contacto.

El olor a café se respiraba en todo el lugar. Una paz y tranquilidad que muy extrañamente lograba alcanzar se sentía en el ambiente. Tensión, estrés y otras cosas habían escapado de su cuerpo y mente al entrar a aquella vieja cafetería.

Levi era un muchacho bastante atareado debido a la fama y reputación que sus padres habían logrado conseguir para su familia. Siempre tenía que estar corriendo de un lado a otro, muy pocas veces le quedaba espacio para él. Para socavar en aquellos sentimientos de frustración e impotencia que albergaba desde que tenía memoria. Para cavilar sobre la estable relación que llevaba con Erwin Smith, que tristemente no lo llevaba a ningún lado. Para pensar en la tristeza que veía a diario en el rostro de su hermana. Para observar los rostros demacrados y contrariados de sus amigos. ¿Por qué todos se sentían así? Tan… solos.

—Deja de dormir en la cafetería, sweety— dijo una voz profunda delante de él. Sus ojos opacos se enfocaron en la persona que le había llamado con ese empalagoso apodo.

Detrás de la barra se encontraba un peculiar muchacho de pelo largo y rojizo, con rasgos finos; un hermoso color verde oliva acompañando sus ojos y una tez lechosa y pulcra, sin ninguna imperfección, le hacía gala a su bien parecido rostro; de buen porte, uno de los principales atractivos de aquella vieja y abandonada cafetería. Se hacía llamar Lucas Roit. De personalidad misteriosa y atractiva.

—¿A qué se debe tanta amabilidad el día de hoy, Roit?

—Nada en especial— Lucas torció un poco su boca, hasta que ella se volvió una línea fina e imperceptible en su rostro, como dudando de si hablar o no, pero luego prosiguió -. Tu fortachón novio y tus amigos se dirigen hacia acá.

—Mierda— soltó sin cuidado y luego bufó. Justo cuando estaba hallando un momento de paz. Oyó el leve repiqueteo que emitía la campana que alertaba del ingreso de nuevos clientes y esperó a oír voces familiares.

—¡Buenas, buenas! —. Esa voz era de Hanji Zoe, una amiga suya. Mierda y más de ello, seguramente venían todos a su encuentro, cuando más quería estar él solo.

-Vaya Levi, pensé que estarías ocupado con el favor que te pidió el alcalde-. Erwin se sentó al lado de él, mientras le miraba penetrante, con un atavismo de preocupación.

—Vine a tomar un descanso— soltó aburrido, sin tratar de dar mayor explicación. No tenía las ganas, no ese día.

—¿Cómo negarse a tomar un descanso cuando alguien tan atractivo como yo te regala un café?—. Se tensó un momento; la intromisión del mesero le había salvado el pellejo esa vez—. Vi al pobre muchacho apesadumbrado de andar en correderas de un lado para el otro, así que decidí dejarlo esconderse en el café un rato, mientras le invitaba a un aperitivo.

—Ya veo— Su pareja lo observó para corroborar la historia contada por el de cabellos rojos, más él no hizo siquiera el amago de hacerla verídica, —. Roit, ten cuidado—. Erwin observó al mesero con ojos penetrantes y Lucas sólo levantó las manos en son de paz.

—Oye Roit— llamó Erd al cabo de unos minutos de un silencio no muy cómodo.

—¿Hn?

—Hoy pareces más radiante y feliz, normalmente te cargas un muy mal genio y nunca invitarías, y menos a Levi, a tomar un café. ¿Sucede algo?—. Los ojos verde oliva brillaron, radiantes. Una pequeña mueca parecida a una sonrisa se formó en el rostro blanco, mientras que los ojos de Roit sonreían alegremente.

Todos quedaron sorprendidos por aquel gesto tan impropio del muchacho. Mientras observaban como aquel se tomaba su tiempo para responder, como meditando las palabras que debía dejar salir de su boca. Sus ojos viajaron al ventanal que daba hacia la calle y se perdieron en algún punto desconocido. El rostro de aquel joven se llenó de una paz, que al observarlo parecía sacado de una pintura hermosa.

—Se podría decir que… Hoy el día depara cosas buenas.

Recuerdos. Memorias. Personas. Sentimientos.

La milpa de trigo se hallaba en su punto. El sol del atardecer daba de lleno contra su cara. Su piel se sentía tan cálida; su corazón vibraba, se sentía en armonía. Sus gemas se encontraban escondidas detrás de aquellos dos pedazos de piel llamados parpados, él, sin poder ver nada, podía imaginarse el hermoso panorama; el olor penetrante a naturaleza, los colores tan vividos; anaranjados, amarillos, rojos, cafés, azules, morados, negros y un sinfín más.

Oyó risas a lo lejos. Sonrió para sus adentros. Aquello llegó a sus oídos como dulce melodía, conocía perfectamente cada uno de aquellos sonidos; a quién le pertenecía cada uno, incluso sintió que todo su cuerpo reía con aquellas personas. Se sentía tan bien de que todos estuviera felices, felices y bien.

Hizo el amago de abrir sus preciosos ojos, no logró hacerlo. Un ruido ensordecedor, como un pitido lo hizo regresar de su transe para darse cuenta de la realidad. Había llegado a su destino. El hogar que albergaba a las personas que más amaba, había llegado a Shinganshina.

Se desperezó lentamente, mientras se levantaba de su sitio en el tren. Seguramente su verdugo personal ya estaría esperándolo ansioso. Tomó su amada mochila de cuero, su único equipaje y bajó presuroso, queriendo ver el panorama que se le ofrecía.

Al bajar a la estación se apretó fuertemente la bufanda roja que lucía en su cuello. Había un frío endemoniado, a comparación de en donde vivía antes. La vista era fascinante, todo tenía pinceladas blancas, la estación se veía brumosa; un poco lúgubre y vacía, seguramente sin los copos de nieve encima se vería realmente triste y sin chiste, pero ese no era el caso.

Caminó rápidamente fuera de ese lugar para seguir observando. Shinganshina realmente era un pequeño pueblo no muy urbanizado. Pocos carros, casas viejas pero bastante amplias y reconfortantes. En sí estaba compuesto nada más por una calle principal llena de las tiendas y puestos de comida, alrededor de esta calle se dejaban ver varios callejones que llevaban a dar con las casas de los habitantes del lugar, como a uno que otro local pequeño y humilde escondido en algún rincón.

Él, parado justo frente a la calle principal, pudo observar minuciosa y detalladamente todo. Sonrió para sus adentros y pensó que realmente le haría bien estar alejado un largo tiempo de las ciudades grandes y llenas de bullicio. Luego algo que le había llamado la atención en el trayecto vino a su mente, recordó haber visto a lo lejos una estación de tren abandonada; se veía bastante pacífica y cálida.

Seguramente si se tardaba un par de horas más, no haría la diferencia para la persona que lo esperaba, después de todo, seguramente aún se encontraba trabajando. Así pues, dispuesto a conocer más de aquel lugar se encaminó hacia aquella vieja estación que le llamaba tanto la atención.

Mikasa caminaba lento hacia la estación abandonada de trenes. Sus botas se hundían en la blanca nieve, mientras que su abrigo trataba de aliviar el frío que se colaba por debajo de su falda. Era uno de los pocos lugares en donde no se sentía asfixiada por aquella vida, que para ella, era tan superficial y vacía.

Se sentía una persona bastante egoísta a veces, porque no sabía apreciar todo lo que la vida le había dado, pero no podía evitar sentirse así. Si pudiera hacerlo, lo hubiera intentado hace mucho.

Sus pasos siguieron firmes, sin dudar, hacia aquella fría y corroída estación, tan parecida a ella. Pronto estaría ahí.

El recorrido era largo y cansado, pero la hacía olvidarse momentáneamente de lo que los psicólogos llamarían "adolescencia". Crisis existenciales, depresión, cambios de humor, problemas con chicos, etc. Y a veces Mikasa quería creer que sólo era eso, la adolescencia, que extrañamente la había atacado desde su uso de razón.

Sus pensamientos se dirigieron a la cara que por los últimos cuatro meses se había estado haciendo más clara en sus pesadillas y déjà vus. ¿Por qué su mente crearía de una manera tan elaborada a una persona? Le inventaría nombre y le haría sufrir por tantos años con ello. ¿De dónde vendría aquel trauma que tenía? No se lo explicaba.

Sus ojos se enfocaron en la deteriorada estructura frente a ella. Había llegado. Caminó conociendo en dónde pisar para que el suelo de madera no la tragara al romperse y se adentró hasta el lugar de espera, en donde se hallaban las vías oxidadas, y tan sólo una banca en pie; firme y rígida. Se sentó en ella y observó el panorama. Todo el campo y los árboles que la rodeaban estaban cubiertos por la nieve. Era una visión demasiado hermosa y nostálgica para ver sola.

El viento acarició su cara mientras arrastraba consigo pequeñas imágenes que acapararon su mente. El mismo muchacho, pero ahora como un niño.

"Pelea, ¡debes pelear!"

Los latidos de su corazón empezaron a ser más y más constantes, mientras sus manos temblaban. Se vio a sí misma como una niña; con el cabello largo y su piel sudorosa. Tenía miedo. El chico de sus recuerdos estaba siendo estrangulado por alguien. Y él con su último aliento dijo:

"Si ganas, vives. Si pierdes, mueres."

La desesperación de no poder hacer nada la inundó, quería ayudar al de cabello castaño, quería hacer que ese hombre dejara de ahorcarlo. Quería…

Crack. El sonido a madera siendo rota la trajo de vuelta a la realidad, a la estación vieja y corroída. Su respiración era agitada y su frente estaba perlada por el sudor. Estaba cansada. Se sentía desgastada, como si hubiese corrido un maratón. Dirigió su vista hacia el pasillo para ver quién venía. ¿Sería tal vez Armin que venía a buscarla? Se quedó a la espera de observar a la persona que venía, y entonces, como si hubiera recibido un golpe en el estómago, exhaló todo el aire que tenía en sus pulmones, sus ojos se abrieron como platos y el vértigo a caer en la realidad le carcomió el alma.

Sentada en esa banca, el tiempo se detuvo y luego volvió a correr demasiado rápido; comenzó a sentirse tan viva. Su corazón latía frenéticamente. Aquella imagen estaba desgarrando su alma y eso la hacía feliz. Ya ni siquiera recordaba cómo volver a respirar.

Un joven alto, como de un metro ochenta, estaba parado frente al pasillo que llevaba a las vías. El cabello largo y castaño atado en una media coleta ondeaba con el viento, mientras una mochila de cuero se amarraba fuertemente a su espalda. Llevaba un enorme abrigo negro, un pantalón de mezclilla y unas botas gastadas de color café quemado. Las puntas de una bufanda roja ondeaban violentamente por los extremos del cuello. Los contrastes de los colores eran perfectos, como sacados de alguna pintura cara de Piccasso.

Mikasa se levantó de su sitio y como hechizada por algún conjuro mágico, caminó sin dudar hacia la figura erguida a unos cuantos metros. El joven, tal vez por inercia o por instinto, se volteó hacia ella. Fue ahí en donde el tiempo se volvió a detener. En donde pudo observar todos aquellos colores refrescantes que creía observar sólo en sueños, aquellos que hacían que le recorrieran placenteros estímulos sobre todo su cuerpo. Matices que le daban ánimos de querer vivir y sonreír de nuevo, sin motivo alguno. Todo aquello se encontraba en los ojos de ese desconocido que había encontrado en el lugar menos esperado.

De repente, sin pensarlo o quererlo, sus ojos empezaron a soltar lágrimas y su boca quejidos, mientras un esbozo de sonrisa se posaba en esta.

"Tanto tiempo pasé buscándote y al final te encontré"


NOTAS

¡Hola, hola! Bueno, este capítulo lo tenía a medias desde hace mucho. Fue con el que inició todo. Espero que les haya gustado. (: Nos leemos pronto.

Pabeth~