Nota: Este fic participa del Reto "Pecados Capitales" del foro "221B Baker Street".
Disclaimer: Los personajes de Sherlock son propiedad de Sir Arthur Conan Doyle. Y la serie de la BBC pertenece a sus respectivos dueños. Solo la historia me pertenece no gano nada con ello, solo la satisfacción de imaginar a Sherlock y John juntos.
Advertencias: Ninguna creo…
NA: Este fic va dedicado a todos aquellos que se tomen el tiempo de leerlo y dejar un review. Muchas gracias a mi Beta Roberto, te quiero. Y sin más espero que sea de su agrado.
Gula.
El plan de Mycroft marchaba a la perfección después de que Lestrade aceptara gustosamente su invitación a cenar para ponerse al corriente de las actividades de Sherlock. Esas "citas" como frecuentemente las llamaba Mycroft en secreto, se volvieron más recurrentes.
Con cada almuerzo, merienda o cena, Mycroft descubría pequeñas nimiedades de Lestrade y las atesoraba todas y cada una de ellas. Pero había algo que disfrutaba y descolocaba de su siempre actitud calmada. Y eso era el amor insano de Lestrade por los postres. No importaba de cual tipo, al terminar de comer pedía pasteles, donas, helados y los saboreaba con una lentitud indecente y soltando pequeñas exclamaciones de placer que deberían de ser prohibidas en público.
Por mucho que Lestrade intentara que Mycroft probara alguna rebanada de pastel que él llamaba "hecha por los dioses", éste se negaba rotundamente, prefiriendo tomar solamente una taza de té. Por mucho que quisiera complacer a Lestrade, no estaba dispuesto a quebrantar su dieta. Entonces sucedió lo impensable al término de una cena.
— ¡Oh dios mío, esto está delicioso! Deberías probarlo Mycroft…
Lestrade tenía más de cinco rebanadas de diferentes pasteles en la mesa y probaba bocados de cada uno.
—No gracias. Estoy satisfecho.
—Es una lástima. Está delicioso— dijo Lestrade con una sonrisa pícara. Probó un nuevo bocado de pastel que a Mycroft se le antojaba demasiado tentador.
Se levantó de su silla y se acercó lentamente al lugar de Mycroft. Había pocos comensales en el restaurante y no tuvo ningún reparo en sentarse en las piernas de Mycroft que el nerviosismo lo empezaba a consumir.
— ¿Quieres probar?— Mycroft sólo asintió y se perdió lentamente probando el dulce sabor de chocolate de los labios de Lestrade.
Tal vez quebrantar su dieta no era tan malo si siempre sería de esa manera.
