Unmei ni ai.
Estaba tan enamorado, su corazón ahora era cálido y latía con ternura, todo por ese humano tan peculiar que de la tierra había nacido. ¡Oh hermosura! ¿No era él un hijo de dioses? Su pureza era tal, que su sonrisa parecía ser capaz de limpiar todo el mundo con solo un suspiro. Cuanta hermosura, cuanta bondad y ternura había en ese humano. Ahora Noiz entendía la belleza incomparable que aquellos mortales poseían, eran tan efímeros como los lirios mismos, pero su esencia y vida tenían gran significado en el mundo. Antes para el dios del mar los humanos eran lo mismo que moluscos o almejas, tenían un lugar en la cadena y eso era todo.
El dios del mar luego de ese primer contacto, apareció algunas veces más, tomó mucho tiempo que comenzaran a dirigirse la palabra como tal. Posiblemente esto se debía a que Noiz no encontraba las palabras, y prefería dejar que su cuerpo sucumbiera ante aquella existencia, aunque también se debía a que no había necesidad de hablarse. Entre miradas, sonrisas, gestos y ligeros roces… todo quedaba más que claro. Clear era un humano extraño, así lo veía el dios del mar, no comprendía como podía fluir tan naturalmente, como podía tener tal espíritu. Era tan emocionante como desconcertante para la gran deidad el mar.
Los días pasaron, pasaron lenta y suavemente. Y por cada sol, Noiz estaba más y más encariñado de la criatura humana.
Desgraciadamente no fue precavido en ocultar sus visitas al mundo humano. Un día Koujaku le siguió, transformándose en viento mismo siguió a la deidad convertida en humano y le observó fijamente. ¿Por qué iba constantemente al mundo humano? ¿Qué cosa había encontrado allí? ¿Por qué había cambiado? La deidad de los cielos estaba consternada, jamás había visto que el dios del mar presentara conductas tan impropias de sí mismo: ternura, compasión, interés, cariño… sus ojos abandonaron su habitual frialdad, ahora tenían el calor de la adoración, cuando observaba el mundo humano desde el templo de los dioses podía verse en él un interés genuino. ¿Por qué? Koujaku no lo sabía y sentía que perdería los estribos si no encontraba respuesta pues en el interior su miedo más grande era… perder a la deidad del mar.
La noche tan dulce y tierna, la naturaleza en los bosques cantaba dulce su canción, las cigarras hacían coros tranquilos, todo animal diurno y vespertino dormía en paz, el silencio era la música del alma y era cantada con el amor que solo el manto nocturno puede ofrecer a sus adoradas criaturas. Paz, esa paz podía respirarse. Incluso el mar estaba en paz. Aquella noche Clear había decidido quedarse fuera de su camarote, recargado en la orilla del barco miró el cielo lleno de estrellas, parecían murmurar, quizá estaban cantando pero era incapaz de oír la música del universo, seguro era hermosa, de eso no había duda. El joven humano, embelesado por el paisaje nocturno embellecido por el océano, juntó sus manos e inclinó su cabeza.
Dios del mar, si las plegarias de este simple navegante has de escuchar
Te pido una sola cosa, jamás permitas que el mar deje de brillar.
Guía nuestro camino entre océanos y arrecifes. De nuestro desdichado destino muestra piedad.
De notros jamás de olvides. Si mi oración puedes escuchar… debes saber que yo estoy enamorado del mar.
Suspiros de amor, ojos brillantes y sonrisas dulzonas, el mar era un espejo, un espejo del precioso universo, tan bello, tan intenso, en aquellos momentos sentía que estaba navegando entre las aguas de lo infinito y desconocido, donde cada pequeña gota era un pedazo de vida, un fragmento del todo. Nada podría igualarse en el mundo. Entonces, una imagen se reflejó el mar, era Wilhelm, aquel silencioso chico que había conocido por desventura hace poco. Debía reconocer que él… y el océano, eran lo más importante para él. Aunque sonase como una idea sin cordura u escrúpulo alguno. Pero ¿acaso el alma anhelante tiene escrúpulos, cordura o razón? No, no le parecía de esa forma.
Noiz escuchó su suave plegaria detonante con devoción y amor, ¡Que ser más entregado! ¡Qué creencia más pura! ¡Qué razón más noble!
—Tu plegaría ha sido escuchada, ahora duerme, duerme hijo de la tierra, concederé tu deseo, en las aguas jamás temerás o correrás peligro, mientras tu corazón sea fiel y tu alma sea pura, entonces yo he de darte cuanto deseas —murmuró Noiz, mientras sus manos se colocaban en el mar y estas bailando al paso de la brisa marina, comenzaron a mecerse delicadamente, arrullando al humano navegante, velando por él, conduciendo su barco por las aguas más dulces y apacibles que el inmenso océano podía ofrecer.
Aquella noche, Noiz cantó, cantó como jamás lo había hecho, cual canción de cuna ofrecida al ser de mayor valor, como un enamorado sin razón o lógica, cantó con tanta dulzura que los mares dejaron de ser tan fríos por un momento. Su corazón latía, latía con tanta fuerza que cada ola era un simple resonar de su alborotado ser, cada movimiento del mar era causado por su infinita adoración. Él ya no era la fría deidad que alguna vez había sido.
Koujaku receloso observaba la escena, ¡oh calamidad! Si fuese cuestión de su enajenada voluntad, aquel humano ya hubiese sido lanzado a las profundidades el abismo, ya le hubiese mandado un tornado para dejarle sin vida, pero no podía, no mientras este estuviera bajo el manto de Noiz.
—¿Qué curiosa vista, no te parece? —una voz tan negra como el alma de su portador resonó.
Koujaku, que apenas se disponía a dejar el mundo humano, escuchó la voz de un demonio. Si bien los dioses podían ser buenos y piadosos, o amargados e indiferentes… también podían ser todo lo contrario, esos era Yokais, eran demonios de la más negra y pútrida estigma del todo. Los Yokais habían sido expulsados del gran reino de los espíritus y por ello vagaban en la tierra provocando las peores desgracias, jugando con los humano como si de marionetas se tratase. El demonio frente a Koujaku se llamaba Virus, siempre portaba una serpiente en su cuello y sus mantos negros lucían con aberrante esplendor.
—¿Qué quiere tú? —gruñó la deidad del viento.
—¿Yo? Nada, solo he venido a observar esta conmovedora escena, un dios enamorado de un simple humano, ¿No es acaso tierno? —respondió con burla, sus ojos azulejos brillaban con malicia. Koujaku se encontraba tan cegado por la ira que ni siquiera se percató de este hecho. En su mente y corazón solo había cabida para la ira y el odio irracional, aquello a lo que se llama "celos".
—No, no lo sé —se limitó a murmurar.
—¿Oh? ¿No estas contento de que la gran deidad del mar ame?
—No, somos dioses, no tenemos por qué sentir algo que nos hace débiles.
Virus curvó sus labios, sus ojos brillaron inclusive aún más, justo frente a él estaba la oportunidad de diversión que tanto había esperado, sin duda se aprovecharía de dicha situación. El demonio caminó donde Koujaku y posó una mano en su hombro, sonrió ligeramente y acercándose a él susurró con algo de vehemencia: —¿Por qué no te deshaces de él?
Koujaku miró con despectiva sorpresa al demonio frente suyo, estaba sorprendido, más que de tan descabellada propuesta, estaba sorprendido de sí mismo, pues su helado corazón por un momento había considerado de eso como una opción, pero, si él hacía daño por ira y celos entonces sería convertido en un demonio, dejaría de ser la deidad de la guerra y el cielo hundiéndose en la pudrición de sus acciones, no obstante ¿No valía la pena aquello con tal de que Noiz volviese a lo que una vez fue? Aquella empresa tentó sus sentidos.
—¿Tienes miedo de ser convertido en lo que yo? —inquirió Virus.
Asintió.
—Bueno, no tienes porqué, podríamos hacer un trato. Nosotros nos desharemos del humano y asumiremos la culpa pero tú has de darme algo a cambio —dijo Virus, sonriendo apacible y dulcemente.
Koujaku se quedó pensativo, pasmado, pensando deliberadamente acerca de las palabras que ese yokai estaba soltando cual veneno. No iba a negarlo, era increíblemente tentador, la idea de poder eliminar al causante de todo aquel desastre. Pero, debía ser inteligente y no dejarse llevar por los oscuros deseos que amenazaban con perforar su corazón. Además la maldita serpiente viperina fue muy clara "tú has de darme algo a cambio" tenía todo el gusto a trampa, tan amarga que alertó los sentidos cuerdos en la deidad del aire. Un huracán pareció azotar su mente, entre el sí y él no había un debate galáctico, todo dependería de su siguiente respuesta, siendo un maestro en el fino y agrio arte de la guerra entendía bien lo que era dar un paso sin pensarlo.
—No, no lo haré.
—Parece que tu estés confundido —siseo el demonio—. Bien, no presionaré, pero… si cambias de idea entonces sabes contactarme.
Virus se esfumó entre las sombras oscuras de la noche dejando un ligero rastro con esencia a muerte, esa que llevaba donde quisiera consigo. El demonio yokai no estaba enfadado por los pobres resultados de sus provocaciones, entendía bien que todo guardaba su tiempo y curso. Lo hecho era suficiente, había plantado en la mente de la deidad una "alternativa", quizá él solo jamás hubiese podido concebir semejante idea, nunca hubiera considerado pedir ayuda a un yokai, pero ahora que la propuesta había sido dejada entonces las cosas se darían con mayor facilidad. Después de todo es más fácil atrapar moscas con miel que con hiel. Si Virus hubiera presionado solo se hubiera ganado una paliza, y él no gustaba de pelear, tenía por seguro que el conocimiento superior era mejor que fuerza bruta. El yokai se relamió los labios, su juego pronto iniciaría, solo necesitaba aguardar.
Noiz suspiró con ternura, su humano ya estaba dormido, entregado a los brazos del propio mar, soñando tan alto como su espíritu permitía. Entonces Noiz cometió una travesura de dioses, entró en los sueños de Clear, para poder hablar con él.
—¿Escuchas mi voz, hijo de la tierra? —exclamó Noiz, con ternura en su voz, casi en un suspiro, en una exhalación tan suave como las olas deslizándose en la arena.
—¿Quién eres? —preguntó Clear.
Clear, que en aquellos momentos soñaba que estaba bajo el agua, vio ante sí a un ser que ya conocía, era muy similar a su amigo Wilhelm, pero… había en él algo increíble, como una fuerza similar a diez tormentas veraniegas, su aspecto derrochaba un aura mística, poder, misterio, como el mar mismo, era tan atrayente, los ojos lilas de Clear se perdieron en aquel ser que fijamente le observaba.
—Yo soy, lo que tú amas.
—¿Eres el mar?
—Yo soy la deidad del mar, he escuchado fuerte y claro tus plegarias.
Noiz se sentó en lo que parecía ser el suelo, Clear se sentó a su lado, ambos miraban el océano desde la perspectiva de los sueños humanos, era un hermoso reflejo, la gran percepción humana tiende a embellecer aún más lo que ya es hermoso. Noiz colocó a Clear entre sus brazos, sus ojos melosos, ahora derrochantes de amor, se fijaron en los contrarios. Ninguno dijo nada, las palabras nuevamente eran sobrantes, ese delicado idioma silencioso era tan esplendido y magnifico, eran sentimientos en expresión pura, muy pocos humanos logran dar a entender sus pensamientos, sentimientos, emociones y miedos por medio de sus miradas, los humanos están tan acostumbrados al habla que han olvidado aquello que de verdad importa decir. La boca puede ser traicionera, en especial cuando mente y boca se rebelan contra el corazón y hablan con osadía equivocada.
Clear suspiró, cerró los ojos y murmuró al fin.
—Me gustaría estar así, por siempre.
—Clear, ¿Me amas?
—Sí.
—Te daré mi verdadero nombre —susurró Noiz, con ternura—. Solo tú tendrás mi verdadero nombre. Clear, si me entregas tu corazón yo te lo daré todo, todo cuanto desees. Te mostraré la verdad de este mundo, de la vida y la muerte, te concederé cuanto desees, y yo mismo he de guiarte al paraíso, donde aguarda el todo. Te volverás un dios, lo haré todo para ti. Cuando llegue el momento clama mi verdadero nombre, jamás lo olvides, guardarlo en tu corazón.
—Me ofreces tanto, pero ¿Qué puedo ofrecerte yo? ¿De verdad ansias tener mi corazón? ¿Por qué? —murmuró Clear, confundido, pero de alguna forma feliz.
—Me has mostrado con tus simples acciones algo que no puedo explicar, por ello deseo tu corazón más que nada, lo deseo… será un tesoro precioso. Si tú me ofreces tu corazón yo prometo darte todo lo que deseas. Tú me has ofrecido más de lo que puedes imaginar.
—Yo no deseo más —respondió Clear, sus ojos brillantes eran sinceros como sus palabras—. Si mi único amor es correspondido, entonces soy feliz. Todo lo que deseo el mar me lo ha dado, prometo cuidar de tu nombre, aun si esto es solo un sueño creado por mis desasosegadas aspiraciones que así sea… no lo olvidaré.
—Cada noche, me encontraras en el puerto —dijo Noiz, posando sus labios en la frente de Clear, aunque pareciese solo un beso, era más de lo que ambos podían imaginar.
Clear asintió, su corazón latió con fuerza entre las olas de sus sentimientos, si todo aquello era un sueño entonces sería el mejor sueño de jamás haya tenido, no olvidaría la belleza, la deidad del mar era inigualable, le amaba, sentía que le conocía desde hace mucho tiempo. Su alma había sido encantada, aquella voz sonaba tan dulce y familiar; la música del silencio, esa música que había escuchado tantas veces en el mar, era el producto de ese ser tan supremo, tan celestial. Siendo un humano no comprendía ¿Qué habrá visto un dios tan poderoso y hermoso en él? No comprendía tampoco el significado de todo lo que la deidad profesaba, pero si comprendía una cosa, y esa era, que su corazón ya no le pertenecía a sí mismo, se lo había entregado por completo al mar.
Noiz sonreía, estaba tan encantado, estaba enamorado al cien por ciento de Clear, ese humano tan dulce. ¿No era alguien maravilloso? Aun pudiendo desear y pedir lo que fuese, no lo hacía, era tan devoto, tan humilde y de buen corazón que con solo ser amado era suficiente. Aquella noche Noiz bailó hasta que toda su euforia descansó. Los mares del universo y la galaxia festejaron al son de su canto, no había nada más fuerte que sus sentimientos, podía sentirlo.
Koujaku ya no soportaba la ira, cada vez Noiz cantaba con mayor fuerza, con mayor amor, él ya no era ferocidad, ya no hacía tormentas al lado de Koujaku, le había desplazado por completo. Los mares se habían vuelto suaves y calmados, ya no había tanta ferocidad y los humanos dejaron de temerle al mar, todos iban y se regocijaban en él, todo era paz y armonía… y Koujaku lo odiaba, detestaba que Noiz fuera tan cercano a la especie impura que era la humana ¿Qué tenían de bueno? ¿Ya había olvidado cuan indignos y primitivos eran? Y para colmo, la deidad del mar le prohibió por completo volver a causar un maremoto, ya no le permitía crear destrucción con las aguas del mar y peor todavía, le pedía que le ayudase a crear lluvias suaves para alimentar la tierra que los humanos aprovechaban.
—Noiz, ¿Qué te ha pasado?
—¿De qué me hablas?
—Ya no eres el mismo… ¿Es que acaso perdiste los estribos? Ya no pasas tiempo conmigo y en cambio estar todo el tiempo mirando el mundo humano.
—¿Qué tiene de malo? He comprendido las palabras de Mink, he recordado lo que ser una deidad significaba, mi espíritu se engrandece cuando las devotas plegarias llegan a mí, la fe y grandeza del humano aún perdura en muchos corazones pese a las almas podridas que pueda haber. Pensaba que ese mundo estaba ya en garras de los Yokais pero no… no es así.
—¿Eh? ¿Estás seguro de lo que profesas tan fervientemente? ¿No es que solo estas cegado por culpa de un humano?
—No sé de qué hablas —negó Noiz, mirándole con indiferencia.
—Lo comprendes muy bien —Koujaku frunció el ceño, estaba molesto. Sujetó a Noiz con fuerza, casi desgarrando sus mantos sagrados—. Has cambiado, eso no está bien, sabes que enamorarte de un humano está prohibido.
Noiz guardó silencio, no podía mentir. —Él se volverá un dios, su espíritu ha probado estar a la altura de una deidad.
—¿Qué? —Koujaku se quedó perplejo. Estaba por gritar algo cuando Mink apareció.
—Hemos hablado, las grandes deidades hemos discutido el tema, y el humano en cuestión ha probado ser digno de ello, cuando su hora llegue ascenderá con nosotros, el amor que Noiz le tiene no tiene por qué ser prohibido.
—¡No lo acepto! ¡Simplemente no lo acepto! —gritó Koujaku, colérico, dolido, con el alma tan destrozada que su espíritu comenzó a oscurecerse, el rencor y odio ciego se apoderaron de él nublando su vista de lo que era correcto. En un huracán desapareció, necesitaba estar solo. Noiz y Mink no le detuvieron, dejaron que se fuera.
—¡Virus! ¡Aparece! —gritó Koujaku, sus ojos nublados en lágrimas de fuego, el dolor en su pecho era una semilla de mala sepa que seguro acabaría con él, por ello decidió que si Noiz estaba ya tan perdido, entonces él lo solucionaría.
—¿Me llamaba la gran deidad del viento? —respondió en eco la tenebrosa voz.
—Yo… yo… acepto el trato.
