¡Contesto reviews!
Luna Aino: Subí el siguiente capítulo tan pronto como pude. ¡Espero lo disfrutes!
Lizzielpzg: Me alegro mucho que te haya gustado la idea de la historia. Prometo traer más momentos importantes. ¡Espero disfrutes este capítulo!
Samanta Friki Black: En primera medida, muchas gracias por comentar y criticar. Me esmero mucho en la ortografía y me da gusto saber que da buenos resultados y sienta mejor al leer. Además, me complace saber que la idea también fue de tu agrado. Y ahora digo, ¡finalmente! ¿Es que nadie más se dio cuenta de la anormalidad extraPotterica que es el que Harry Potter regale flores vivas? Descuida, todo es por algo. Harry ya no es un niño y ha sucedido bastante en ese año tras la finalización de la guerra. El por qué de las flores no se revelará sino hasta el final, pero a lo largo de los capítulos notarás que se van obsequiando más. Gracias por leer y ser tan atenta a detalles. ¡Espero te guste este capítulo!
TheDarkAngel: Agradezco mucho tu comentario. Me alegra saber que la historia es de tu agrado. ¡Espero disfrutes la continuación!
Aldigomez2: ¡Muchas gracias!
Pax399: ¡Muchas gracias por leer! Lo aprecio demasiado. Me alegra saber que te ha gustado. ¡Ojalá te guste este capítulo!
KorePotter: Pues, tus reviews llegaron cuando me había tomado el tiempo de sentarme a escribir. Son cosas del destino… La idea es recomenzar la historia, pero no espero que crean que todo será perfecto. Me tomaré ciertas atribuciones. Y en cuanto a tu pregunta, si bien la historia es Hanny, no planeo formalizar una relación entre ellos hasta el quinto año de Harry, quizá. No está decidido. Tendrán sus momentos, porque Ginny debe liberarse poquito a poquito, y Harry más que encantado de darle un empujón al asunto. Te digo que esperes pequeños momentos de reflexión, recuerdos, celos o embobamientos, entre otras cosas, porque lo seguro faltará por llegar. ¡Muchas gracias por tomarte el tiempo de leer! Lo aprecio mucho. ¡Espero te guste esta continuación!
-Jade Porter The Marauder.
De por vida
{ El reflejo de los pesares se manifiesta en miedo a las cosas más hermosas. }
¿Qué piensas?
Mantén la vista al frente.
.
Harry Potter amagó con dejar de respirar para evitar reír—creyó que si lo hacía, al menos iba a estar muy ocupado como para hacerlo—pero era más inteligente que eso y optó por observar, al igual que los demás, lo que ocurría en plena aula escolar; además de evitar una posible muerte por ahogamiento.
Era todo un espectáculo ver a Pansy Parkinson sonreír tontamente al rubio—Hogwartsdialmente conocido como Draco Malfoy—, y ser quejosamente rechazada por el mismo. Harry sabía, de alguna manera, que Pansy no tendría oportunidad de engatusar a Malfoy en toda su vida. Sabía que estaban comprometidos por todas esas tonterías de sangres-pura, ¡y siendo primos!, pero a pesar de todo, el Slytherin jamás demostró tener un real interés en la fastidiosa chica, cuya cara le daba a Harry la impresión de un bulldog.
Pero eso no era algo que al azabache le importara realmente. Despegó su mirada de la escena "romántica" y pasó a desplazarla por toda la clase, sintiendo otro nuevo deja vú ya esperado. No era para menos. No recordaba cuándo había sido la última vez que había entrado a aquel lugar. Bueno, pensó con amargura, sí lo recordaba, pues había sido cuando el profesor Slughorn impartía Pociones y no dejaba de adularlo por algo que ni siquiera era enteramente su logro.
Era talento escrito del Príncipe Mestizo. De aquel hombre que entraba estrepitosamente al salón en aquel momento, con cara de pocos amigos.
Como si alguna vez Snape hubiese considerado a alguien un amigo. Harry sabía que pensar de aquella manera estaba mal y era grosero, pero era fiel a la idea de que el profesor estuvo, tal vez, enamorado de su madre desde el primer momento.
No era un pensamiento que lo dejase muy tranquilo.
—Ni se les ocurre hacer nada tonto—fue su saludo y Harry lo encontró bastante acogedor a los acostumbrados—. Busquen sus ingredientes y abran sus libros de recetas. Hoy haremos una poción para encoger.
Había muchas cosas que Harry Potter consideraba no extrañar de sus años de alumno en Hogwarts, y una de ellas era la tan particular presencia de Severus Snape, profesor de Pociones, respirando en el cuello de cualquier Gryffindor, buscando el más mínimo indicio de error, e ignorando los hechos por Slytherin. Era de las tantas injusticias que había tenido que vivir junto a su casa, y la única ventaja en aquella ocasión era tener un más amplio conocimiento de la asignatura. Había descubierto que experimentar con un caldero era bastante emocionante sin tener a dos desagradables profesores cerca suyo; independientemente si uno despreciaba y el otro adulara hasta que sus palabras fuesen veneno para los oídos.
Echó una rápida mirada a la mesa de Slytherin mientras hacía su poción y no evitó sentirse un poco aliviado de no tener a Malfoy tan cerca. Al menos Ron y él se salvaban de arreglarle los ingredientes por un simple rasguño.
Unos calderos más allá, Neville afrontaba varios problemas. Harry recordaba perfectamente que solía perder el control en las clases de Pociones. No lo culpaba. Era la asignatura que peor se le daba y el miedo que le tenía al profesor Snape empeoraba las cosas. Su poción, que tenía que ser de un verde amarillo brillante, se había convertido en un posible dolor de cabeza para el adulto.
—¡Naranja, Longbottom! —exclamó Snape, levantando un poco con el cazo y vertiéndolo en el caldero, para que lo viera todo el mundo—. ¡Naranja! Dime, muchacho, ¿hay algo que pueda penetrar esa gruesa calavera que tienes ahí? ¿No me has oído decir muy claro que se necesitaba sólo un brazo de rata? ¿No he dejado muy claro que no había que echar más que unas gotas de jugo de sanguijuela? ¿Qué tengo que hacer para que comprendas, Longbottom?
Neville estaba colorado y temblaba. Parecía que se iba a echar a llorar. Harry sintió que también temblaba, pero de la rabia. A pesar de haber creído ingenuamente que iba a soportar aquellos gritos, estaba muy equivocado.
—Por favor, profesor —dijo Hermione, la cual estaba sentada junto a Neville—, puedo ayudar a Neville a arreglarlo...
—No recuerdo haberle pedido que presuma, señorita Granger —dijo Snape fríamente, y Hermione se puso tan colorada como Neville.
—Se ha ofrecido a ayudar, y ahorrarle trabajo a usted. Ella no está presumiendo.
Escuchó a Ron tragar pesadamente a su derecha pero Harry no sentía ningún arrepentimiento. Si ya había comenzado a impacientarse cuando se las había tomado con Neville, siendo Hermione no pudo soportarlo. ¡Y pensar que ella había hecho—o haría—tantas cosas por él, arriesgando su vida, renunciando a sus padres, acompañándolo a pesar de que eso significase no tener a Ron… cuando él bien había sabido que ella lo amaba—o amaría—!
Snape iba a gritar puntos para Gryffindor antes de que Harry le permitiese siquiera mirar mal en dirección a quien consideraba una hermana.
—Cinco puntos menos para Gryffindor, Potter, ¡por su descaro!—vociferó Snape. Harry rodó los ojos, bajo su envenenada mirada oscura—. ¡Y sigue! ¿Acaso busca que le quite todos sus puntos a su Casa? Siempre alardeando, siempre buscando llamar la atención. ¡Igual a su padre, un inútil arrogante!—Bueno, pensó el menor mientras lo veía fijamente, Snape había pisado territorio peligroso—. ¿Cree que puede decirme cómo impartir mi clase? ¿Cómo ser un profesor en mi asignatura? ¡Atrévase y verá!
—De acuerdo—dijo mientras se encogía de hombros. Ron lo miró como si estuviese loco—. Para empezar, un buen profesor no tendría favoritismo, por nada ni nadie—a esas alturas ya tenía todas las miradas en su persona—. Un buen profesor explicaría el tema, y tendría paciencia, y especialmente no le gritaría ni ridiculizaría a ningún estudiante por el simple hecho de no haberse molestado en tomarse el trabajo de enseñar como es debido—Neville lo miraba con devoción y terror—. Un buen profesor no atormentaría a sus estudiantes ni le permitiría a algunos herir a otros, ni física ni emocionalmente y…—sonrió, con sorna—, un buen profesor no le mentiría al director, su superior, acusando a sus estudiantes de cosas que no hicieron; y en caso de haberlas hecho, un buen profesor no añadiría detalles que no sucedieron y omitiría otros con tal de salvar a sus favoritos o mover la situación a una que lo favorezca—volvió a ver su caldero—. Muchas gracias por su atención, profesor.
Hermione parecía estar hiperventilando. Snape, por otra parte, estaba sorpresivamente temblando. Su mirada reflejaba el más puro odio que Harry pudo haber sentido en él. Casi podía estar seguro de que esa mirada le atravesaba el cráneo; pero si sintió algo, no lo reflejó. Se mantuvo tranquilo, observando su poción, y finalmente vertiéndola en un frasco. Lo selló y lo dejó en la esquina de su pupitre, con una mirada imperturbable.
Cerró sus ojos y suspiró, preparándose para lo que se le venía encima.
Al levantar la mirada y abrir sus ojos, fue consciente de las muchas cosas que el profesor Snape quería decirle, y probablemente al mismo tiempo, debido a que abría y cerraba su boca, sin emitir sonido, como si todas las opciones se le agolparan en la lengua y no fuese capaz de decidirse por una.
Cuando finalmente se decidió, Harry lamentó no hubiese sido la mejor.
—¡Treinta puntos menos para Gryffindor, Potter!—juró haber escupido su apellido—¡Tu osadía supera los límites! ¡¿Cómo te atreves…?! ¡Y a un profesor…! ¡Igual a tu padre!—Oh, dijo mentalmente el azabache—. ¡Arrogante, ególatra, creyéndose el dueño del mundo! ¡Sólo causando problemas, aprovechándose de la debilidad de los demás! ¡Y mira cómo ha terminado! ¡Donde siempre debió estar…!
El banco causó un chillido cuando finalmente se levantó. El profesor Snape esperó su respuesta, listo para bajarle puntos.
—¡Venga, insulte a mi madre ahora!—gritó. Sus compañeros abrieron sus ojos al igual que el mayor. Sin embargo, Harry no se detuvo—. ¡Diga algo de mi madre, si mi apellido le es tan detestable! "Tu padre esto, tu padre aquello", ¡diga algo de mi madre también! ¡Atrévase!—no se arrepintió de ninguna palabra, teniendo la voz ronca al concluir—. Insulte a Lily Potter.
Sus ojos debieron reflejar algo que definitivamente asustó a Snape. Pero Harry casi sintió pena de que la clase hubiese acabado a costa del tiempo. Presentó su poción donde debería y se preparó para salir, deteniéndose al oír un balbuceo. Se giró para enfrentar nuevamente al profesor y vio al hombre más valiente del mundo, pero también al más cobarde.
—Yo no soy mi madre—dijo tan claro como pudo. Snape casi evitó verlo a los ojos—. Y mucho menos mi padre.
Se volvió a girar y salió de las mazmorras, sin detenerse siquiera tras los llamados de sus amigos.
Y fue consciente de una cosa; Harry no había defendido a su padre esta vez.
OoOoOoO
—Toma…la… Toma…la.
Más sangre escurría de Snape. Harry por algún motivo no podía soportarlo. Se habían odiado, pero él no deseaba la muerte de nadie, si bien había tenido sus momentos de matar…
—Mira…a…me…
Y sus ojos verdes habían visto a través de los negros; una inmensidad tan hueca y misteriosa, un sufrimiento tan feliz que no supo darle una expresión o palabras, por más que hubiese querido decir algo. La mano que sujetaba a Harry cayó al suelo en un ruego sordo y Snape no volvió a moverse más.
Harry Potter volvió a cerrar sus ojos y apretó los párpados, con fuerza. No quería rememorar esa noche otra vez.
OoOoOoO
Probablemente todos sintieron su silencio como una advertencia. Se había enterado que habían sido echados de la clase de Pociones ni bien él se hubo ido. No habían perdido más puntos pero tampoco habían sufrido el castigo en nombre de él, por primera vez en esos tres años.
El alumno más enigmático había enmudecido al profesor más desagradable.
Ron y Hermione se mantenían cerca suyo pero sólo veían hacia el frente, respetando su silencio. Harry sabía que tanto ella como él querían abofetearlo de preguntas o reprimendas, pero también era consciente que desde su primer año habían sido capaz de sentir las emociones del otro a través de la mirada. Eso había sucedido cuando lo encontraron, a medio camino de su siguiente clase, respirando azorados. Pero se habían mirado y el resto de la caminata había sido en silencio.
El profesor Lupin no estaba en el aula cuando llegaron a su primera clase de Defensa Contra las Artes Oscuras. Todos se sentaron, sacaron los libros, las plumas y los pergaminos, y se dispusieron a hablar. Harry si bien había tomado asiento, ni siquiera miró su mochila. Tenía demasiadas cosas en la cabeza.
Se giró, al igual que los demás, cuando a quien esperaban hizo acto de presencia.
Lupin sonrió vagamente y puso su desvencijado maletín en la mesa. Estaba tan desaliñado como siempre, pero parecía más sano que en el tren, como si hubiera tomado unas cuantas comidas abundantes. Harry se preguntó si para ese entonces ya habría bebido la poción Matalobos o algo más había tenido repercusión en su actitud.
—Buenas tardes —dijo—. ¿Podrían, por favor, meter los libros en la mochila? La lección de hoy será práctica. Sólo necesitarán las varitas mágicas.
La clase cambió miradas de curiosidad mientras recogía los libros. Harry sabía que nunca habían tenido una clase práctica de Defensa Contra las Artes Oscuras, a menos que se contara la memorable clase del año anterior, en que el antiguo profesor había llevado una jaula con duendecillos y los había soltado en clase.
Pero, a diferencia de los demás, Harry no se encontraba tan ansioso. Una gran burbuja de ácido parecía haber explotado en su estómago, quemando su torso, creándole nauseas. Recordaba su primera clase con Remus y aquello no le hacía nada de gracia. Especialmente porque sabía que su miedo había cambiado.
—Bien —dijo el profesor Lupin cuando todo el mundo estuvo listo—. Si tienen la amabilidad de seguirme...
Caminando a varios pasos detrás de Ron y Hermione, Harry sólo siguió a los demás. Su mirada se encontraba perdida en algún punto delante suyo, teniendo la cabeza gacha. Creyó que iba a ser un gran día pero tal vez no estaba tan preparado como creía. Había notado que muchas veces sentía como si estuviese flotando, con espesa neblina alrededor. Como si fuese a desaparecer. Y entonces algo lo arrastraba de nuevo a la realidad y lo estancaba en el suelo, obligándole a pisar fuerte y certero.
—Locatis lunático Lupin, locatis lunático Lupin, locatis lunático Lupin...
Se sentía perdido. Desorientado. Frustrado. Presionado. Abatido.
—¡Waddiwasi!
Su frente se mantenía fría. Desde aquella ocasión donde había tocado su cicatriz en el tren, la había sentido fría. Congelada, por debajo de la piel. Y aquello lo había confundido a niveles más allá de lo esperados. Desde siempre, desde que tenía la capacidad de recordar, los extremos que albergaban aquella marca que ociosamente se asomaba por debajo de su cabello, había sido la más caliente. No importase su tuviese frío, su cicatriz jamás abandonaba el calor. Ese pequeño detalle le había ahorrado resfriados pero había sido una condena ante dolores de cabeza o cuando se enfermaba. Tardaba más de lo normal en sanar y quizá nunca le había prestado tanta atención hasta que fue instruido en su propia historia de vida.
Volvió a enfocar sus ojos cuando el murmullo a su alrededor le obligó a reaccionar. En aquella oportunidad, la presencia de Snape era polvo. Tal vez estaba tan disgustado que todavía no había salido de su zona de enseñanza. A su alrededor, los demás parecían más enterados de la clase que él mismo.
—Ahora —dijo el profesor Lupin llamando la atención del fondo de la clase, donde no había más que un viejo armario en el que los profesores guardaban las togas y túnicas de repuesto. Cuando el profesor Lupin se acercó, el armario tembló de repente, golpeando la pared. Varios alumnos retrocedieron—. No hay por qué preocuparse—dijo con tranquilidad—. Hay un boggart ahí dentro.
Harry entrecerró sus ojos, sintiendo nuevamente el malestar en su estómago.
—A los boggarts les gustan los lugares oscuros y cerrados —prosiguió el profesor Lupin—: los roperos, los huecos debajo de las camas, el armario de debajo del fregadero... En una ocasión vi a uno que se había metido en un reloj de pared. Se vino aquí ayer por la tarde, y le pregunté al director si se le podía dejar donde estaba, para utilizarlo hoy en una clase de prácticas. La primera pregunta que debemos contestar es: ¿qué es un boggart?
El Gryffindor tenía más de una respuesta distinta para esa pregunta. Había visto el boggart de muchos de sus compañeros, incluso de otras casas, incluso el de la Señora Weasley y el de Remus; además del suyo propio.
Ni se inmutó cuando Hermione respondió. Todo se desdibujó a su alrededor, perdiendo color, como si estuviese en un pensadero. Se sintió triste de pronto, pero no podrían ser los dementores. Además de ser imposible, no causaban en él tal sensación desconcertante. Además, no oía nada salvo murmullos lejanos que sabía eran de la clase que se estaba llevando a cabo mientras él apenas y era consciente de su existencia.
Había estado en la academia todo el día. Sus hombros tiraban y su mano derecha acariciaba la empuñadura de su preciada varita dentro de su bolsillo. Era de noche y nuevamente se dirigía hacia La Madriguera, como era su rutina desde hacía varios meses. Sin embargo, aquella noche, alguien lo esperaba sentado frente a la puerta. Las luces estaban encendidas. Cuando Harry se acercó, corrió un viento frío. Era Ginny.
Un golpe suave en su hombro logró que la imagen a su alrededor volviese a la normalidad y miró al frente. Notó que todos lo miraban, incluso Remus, quien lucía algo preocupado, pudo verlo en sus ojos. Se mantuvo en silencio y se mordió el labio inferior, optando por hablar.
—Disculpe profesor… ¿dijo algo?
Ella lo miró pero no se levantó.
—¿Largo día?
—Demasiado.
Había sonado cansado, y ella pudo percibirlo. Al igual que todo. Ella sabía cómo se sentía y qué decir con sólo sentir su presencia. Su cabellera peliroja se meció con el viento.
—¿No sientes…
El profesor Lupin lo miró y le hizo un gesto para que se acercara. Él lo hizo, a paso lento, casi arrastrando los pies. Finalmente, tuvo frente suyo al armario cerrado que no dejaba de temblar. Lo que sea que tuviese dentro, parecía enloquecido por salir.
—Serás el primero en intentarlo, Harry. ¿De acuerdo?
Volvió a ver a su profesor y ambos conectaron miradas. Los ojos miel del mayor tuvieron nuevamente un brillo preocupado.
—…como si todo estuviese desapareciendo?
El armario tembló una vez más, mientras Remus explicaba el hechizo que deberían usar a la clase. Harry no había tocado su varita hasta ese momento.
Como si todo se difuminara. Como si camináramos en aire, a veces en agua. Como si no sintiéramos. Nada de llanto. Nada de risa. Nada de nada.
Harry también podía sentirlo.
Remus agitó su varita y la puerta del armario se abrió con fuerza, sólo viéndose humo negro arrastrarse por el suelo. Harry retrocedió un paso y miró a Remus, el cual le devolvía la mirada. Volvió su vista al frente, mientras el humo se iba extendiendo hacia arriba, en lo que Harry pudo notar marcaba una silueta. Un pantallazo lo golpeó, recordando aquella vez, en el cementerio, cuando Voldemort había regresado. Y miró enloquecido hacia delante, esperando verlo resurgir de la neblina, estremeciéndose de espanto.
Cuando la figura se materializó frente a la clase, no se contuvo de abrir sus ojos.
—Es extraño, Harry… Siento que voy a desaparecer en cualquier momento…
Un escalofrío arañó a lo largo de su columna vertebral y no dejó de ver la silueta que tenía delante, a pocos pasos de él. Era más alta, más imponente. Reconoció el uniforme de auror y la cicatriz al instante. Un par de ojos negros lo vieron, éstos no brillaban; era como ver tinta. Harry se vio a sí mismo, con sus dieciocho, su cabello indomable y una expresión vacía. Sus gafas se encontraban perfectamente puestas y podía ver a la perfección en su mano; no debo decir mentiras.
—Que todos vamos a desaparecer…
Su versión adulta cargaba un bulto entre sus brazos. La tristeza de su rostro era tal que Harry sintió pena de sí mismo. Reconoció aquello que estaba bajo las mantas, sin necesidad de acercarse.
Era Teddy.
—Todavía no encuentran a George, Harry… Temen que haya hecho una locura…
El bebé comenzó a llorar, con fuerza, y su versión adulta reflejó en su expresión un dolor semejante a la tortura. Como si su llanto lo lastimara.
A la derecha del hombre de ojos negros, comenzó a materializarse otra figura, pero cuando Harry vio los cabellos rojizos supo que había sido suficiente.
Tomó su varita y la levantó hacia el frente, con su mano temblando violentamente:— ¡Rid-ddíkulo!
—Percy también comienza a comportarse extraño, Harry… Creo que algo está sucediendo… nos está sucediendo…
Miró a su profesor. Remus mantenía sus ojos abiertos hacia el boggart; podía ver su labio inferior temblar.
—¡No funciona!—gritó, haciéndolo reaccionar—. ¡¿Por qué no funciona?!
Lupin lo volvió a ver y entonces regresó la mirada hacia las personas que tenía delante. Ron y Hermione se mantenían al frente de los demás, pero Harry no pudo ver sus expresiones. Todos se habían echado hacia atrás, temerosos de todo.
Harry podía reconocer en cualquier lugar a quienes representaba el boggart. Era él, en realidad, cargando a Teddy. Y a su derecha, se encontraba Ginny. Su Ginny. Pero Teddy no dejaba de llorar y los rostros de quienes lo acompañaban parecían reflejar cuán doloroso era para ellos escucharlo. Los ojos de ambos eran negros. Tan negros que no había lágrimas.
Y Harry se sintió miserable cuando los vio. No había notado que estaban desnudos, recubiertos por aquella nube negra, que cubría sus partes íntimas. Mantas blancas ocultaban a Teddy de la visión ajena. Aquellas que Andrómeda le había dado para tener en casa, cuando le permitía tener a su ahijado todo el día.
Volvió a levantar la varita, vociferando:— ¡Riddíkulo!
Pero el hechizo volvió a fallar, logrando nada. Sintió a Remus moverse y lo observó ponerse delante suyo, cuando todo el humo desapareció súbitamente. Harry fue muy capaz de ver la luna llena que se materializaba frente al profesor y cómo éste la había pincharse como si fuese un globo blanco. Escuchó algunas risitas aisladas, pero él no emitió ninguna.
—Algo nos está sucediendo…
Escuchó la voz lejana del hombre que lo llamaba delante suyo y sólo fue capaz de parpadear, mientras se mantenía derecho.
Se giró sobre sus talones y levantó la varita, esta vez hacia sus compañeros, los cuales apenas y tuvieron tiempo de alarmarse.
—¡Obliviate memini!
Sus oídos jamás habían zumbado tanto.
OoOoOoO
Remus dejó la taza de té frente suyo y lo vio sentarse del otro lado del escritorio. Había estado varias veces en aquel despacho, donde había habido tantos profesores de Defensa Contra Las Artes Oscuras. Aunque él no había tenido tal placer; curiosamente, también había dejado de enseñar al año siguiente. Nunca se había detenido a pensar tal ironía.
Tomó la taza entre sus manos y bajó la mirada hacia el contenido líquido, sin decir nada. Bebió un sorbo, con toda confianza, dejando que su boca se remojase con algo caliente. Ya no le quedaban clases y su cuello tiraba, tenso. Desvió la mirada hacia la ventana. A juzgar por lo empañada que estaba, afuera debería de hacer frío.
—Así que… Obliviate memoni… ¿eh?
Subió la mirada para ver a su profesor, pero para su sorpresa, Remus sonreía. Lo hacía ver mil veces más joven, especialmente por aquel extraño brillo en sus ojos; un destello travieso, imperceptible. Salvo por él.
—Dime, ¿qué escogiste?
Harry se mantuvo viéndolo pero volvió a beber antes de contestar.
—Algo agradable, de hecho. Una clase divertida, llena de risas, con un Neville vistiendo a su boggart-Snape con la ropa y el sombrero de su abuela. Una lección exitosa, sin problemas.
Creyó que iba a reír, y no se equivocaba. Pero su risa era ligera, suelta, y breve. Nada comparada a la carcajada estruendosa que hubiese dado cierto can.
—Me haré cargo de que la próxima lección sea igual de entretenida, para no decepcionarlos o hacerles sospechar que sus mentes han sido manipuladas.
Harry tuvo la decencia de mostrarse avergonzado, pero el mayor continuaba sonriendo.
—Lamento el inconveniente, profesor Lupin.
—No te disculpes, Harry. Comprendo que no deseabas que nadie lo supiera, aunque sea la primera vez que veo un boggart tan… singular…
Tan atemorizante, pensó Harry recordando lo sucedido.
—Yo… no me esperaba eso, sinceramente—reconoció el azabache, apretando la taza entre sus manos—. Creí que iba a ser Voldemort… o un dementor, como la última vez…
Remus suavizó la mirada—. ¿Ya te has enfrentado a un boggart antes?—el menor asintió pero volvió a beber antes de que hiciese preguntas—. Yo puedo decir que esperaba lo mismo, pero no te pediré explicaciones de nada…—le sonrió, intentando tranquilizarlo—. A decir verdad, estos momentos a solas son muy oportunos. Comenzaba a preguntarme cómo debería hacer para secuestrarte algunas horas durante el día. En el tren te dije que deseaba hablar contigo.
El Gryffindor rió por primera vez en unas cuantas horas. De cierta forma, reconocía haberse olvidado de la invitación del profesor, lo cual lo apenaba, pero también le agradaba el escuchar que deseaba pasar tiempo con él.
—¿Me va a castigar por hechizar a mis compañeros? Acepto, mientras los mantenga así; especialmente a Malfoy…
El mayor pareció encontrar aquello muy divertido.
—Quiero halagarte, de hecho—Harry lo miró fijamente—, por un perfecto Patronus de dos cuerpos, por un perfecto Obliviate de rango superior…—ahora era él quien lo veía con interés—. Realmente eres un muchacho muy talentoso para tu edad, Harry, pero no intentare averiguar nada que te inquiete. En realidad, encuentro más interesante descubrir más por mi cuenta, en las oportunidades que se me presenten, como lo ocurrido en el expreso—volvió a sonreírle—. Has sido un héroe, Harry, pudo acabar en desastre.
Estuvo de acuerdo, pero no evitó pensar que 'Héroe' era una palabra muy fuerte. Y a él, especialmente, le quedaba grande.
Se las arregló para sonreír ladino y acabar su té, suspirando cuando lo invadió la tibieza. Sentía que podría echarse a dormir en ese momento, pero Harry estaba seguro de no haber bebido nada extraño.
—No sentí miedo… cuando vi mi nuevo boggart—comenzó. Lupin volvió a verlo fijamente—. Al contrario, me sentí… desorientado. Porque no estaba pensando en eso, en nada, de hecho. Cuando lo vi, no sentí pena, sino lástima.
—No sientas lástima por la gente que ha fallecido, Harry. Y los que siguen.
El menor levantó la mirada y vio a Remus haciendo movimientos incómodos en su asiento. Y comprendió, volviendo a apenarse. Negó un par de veces, desviando la mirada hacia la ventana una vez más.
—Será mejor que me retire, profesor Lupin—dijo Harry, levantándose.
No eran mis padres a quienes vimos, Remus. Y ese bebé no era yo; era tu hijo.
—Ah, sí, claro—respondió el profesor, con amago de disputa. Y Harry agradeció que al final no hubiese hecho nada, mientras veía al hijo de quien fue su mejor amigo salir de su despacho.
Cuando la puerta se cerró, el armario al final del salón volvió a sacudirse con violencia.
OoOoOoO
Acunó al pequeño hipogrifo en sus manos unidas y lo elevó hacia su hombro. Buckbeak emitió un sonido agudo mientras se echaba con toda la comodidad del mundo.
Harry respiró consecutivamente, de una forma lenta y serena, con sus ojos fijos delante suyo, mientras emprendía nuevamente un viaje. Hermione y Ron se habían quedado en la Sala Común y él agradeció el voto de silencio por parte de ambos, cuando les explicó que necesitaba estar solo; que se sentía sofocado por otro año más donde no pudiese estar tranquilo.
Aunque no fuese completamente una mentira, odiaba orientarlos hacia el lado equivocado.
Pero se obligó a dejar la presencia de sus jóvenes amigos tras el retrato de la Dama Gorda y apresuró el paso hacia el exterior del castillo, mientras guardaba en su túnica un saco de tela negro. El permiso de ausencia para Harry Potter había sido notificado a los profesores y a Filch, el conserje, quien en aquel momento le dirigió una escueta mirada antes de refunfuñar algo por lo bajo y alejarse junto a la Señora Norris, su gata. El hombre arrastraba una cubeta de agua.
Hedwig lo esperaba reposada en una columna en las afueras, sintiendo la brisa de los terrenos de Hogwarts, y volvió a volar una vez lo vio salir. Buckbeak también abrió sus alas y se perdió en el cielo junto a su lechuza.
Suspirando pesadamente, Harry atravesó los jardines y se acercó a la cabaña de Hagrid, pero para su suerte éste no se encontraba en casa. Oyó a Fang ladrar desde dentro, posiblemente ocasionando un desorden que le sacaría más canas al semigigante. Desviándose de camino, el azabache se acercó a los árboles frondosos y enormes que le daban la bienvenida al comienzo del Bosque Prohibido. No evitó bufar; ese bosque, a pesar de ser prohibido, había sido partícipe de su vida como muchos otros escenarios del mundo mágico.
Si lo pensaba mejor, todavía no había discutido consigo mismo cómo haría para comenzar a recolectar los horrocruxes que faltaban. Debía descartar el diario, puesto que había sido brutalmente aniquilado el año anterior. Podría comenzar con la diadema de Rowena Ravenclaw, la cual ya se encontraba dentro del castillo y era casi regalada a su persona. Lo meditó detenidamente; si todo resultaba bien ese año, tal vez el siguiente podría ser el guardapelo de Slytherin.
Sucumbió al anhelo de aniquilar aquellas endemoniadas cosas de una vez por todas, pero se interrumpió a sí mismo cuando, tras internarse en el bosque, levantó la mirada para ver el azulado cielo que iluminaba la tierra por entre el follaje de los árboles.
Deseaba, con todas sus fuerzas, permanecer tan tranquilo en un mundo tan negro que arrasaría pronto todo a su paso si no tenía el suficiente valor como para afrontar los males. Sentía, desde las profundidades de sus memorias erradas, la fortaleza de los caídos que habían seguido luchando aún y en la muerte.
Volvió a caminar.
Desplazó su mirada por los troncos oscuros, sin ver absolutamente nada que desordenase aquella imagen. Inspiró, pero no llegó a exhalar.
Un borrón negro lo veía desde la lejanía, y Harry pretendió que no se había dado cuenta. Continuó avanzando, con parsimonia, hacia aquel que vigilaba sus pasos desde un punto oculto entre dos arbustos altos. Se detuvo cuando ubicó el lugar perfecto. Miró a su alrededor, observando cómo los árboles creaban un círculo amplio, dejando la tierra mojada en el centro; apenas y vio algo de maleza.
Se acercó al césped húmedo y se dejó caer sentado, echando un vistazo por el rabillo del ojo. El gran perro negro no se había movido del lugar, tan pasivo y calmo; inofensivo, nada más que un sinuoso observados, con temor a acercarse.
Miró nuevamente hacia arriba y silbó tan fuerte como pudo, esperando luego en silencio. Dos puntos blancos se movieron sobre su cabeza, descendiendo hasta detenerse en su regazo. Hedwig ululó cariñosamente y Harry la acarició, con una sonrisa.
—Vamos a jugar un rato, ¿de acuerdo?—dijo, viéndola elevarse hasta posarse en la comodidad de una rama. Luego, recogió a Buckbeak en sus manos, levantándose de su sitio. Sutilmente, colocó en el suelo al hipogrifo, oyéndolo quejarse. Sacó su varita de su túnica y apuntó al animal, creyendo escuchar algo entre los árboles. Miró a su alrededor, ya sin ver al perro. Con tranquilidad, murmuró el hechizo que alertó a su mirada del esplendoroso espectáculo. Buckbeak se alzaba orgulloso, ahora con su tamaño original, picando el cabello azabache de su nuevo dueño, arrancando risas del Gryffindor.
Con caricias tranquilas a sus plumas, introdujo su mano a su túnica nuevamente, extrayendo el saco negro. Lo desanudó y observó el interior, marcando una sonrisa amplia.
—Intenta no comerme la mano, ¿sí?—rió, mientras rebuscaba dentro. El hechizo útil de agrandar y disminuir el peso le había quitado varios dolores de cabeza en su tiempo. Le enseñó a Buckbeak un diminuto animal muerto de los tantos que le había obsequiado Hagrid cuando le entregó al hipogrifo. Hizo una mueca; tener a un ser vivo muerto en la mano no le era muy complaciente.
Lo arrojó el aire y observó cómo la criatura lo atrapaba, para luego tomarse todo el tiempo del mundo en devorarlo. Hedwig protestó desde las alturas y sonrió, divertido, mientras volvía a sentarse. Rebuscó en la bolsa, tocando un par de galletas dulces que había disimuladamente robado del desayuno ese día, y tomó una para calmar la furia de la lechuza.
Posicionada en su hombro, Hedwig se negó a comer mientras tomaba una postura rígida y esponjada, viendo con desconfianza hacia el otro lado del claro. Harry la observó, dudoso, antes de seguir su mirada y clavar sus ojos en las ramas de los arbustos que se movían a varios metros de él.
Con el corazón en la garganta, el azabache fue consciente de cómo le sudaban las manos. Buckbeak vigilaba su seguridad pero incluso él sabía que nada tenía que temer. Humedeciéndose los labios, Harry se inclinó hacia adelante, sin apartar la mirada del par de ojos grises que lo vigilaban.
—Oye…, ven, no te haré…, no te haremos daño…—dijo suavemente al enorme perro lanudo, tan gran como un oso. No temió a Sirius nunca que él recordase como en aquel momento. No por su seguridad o la de su compañía, sino por la simpleza del movimiento que le costaría al animago dar media vuelta y echarse a correr, lejos de él. Pero no fue, para alivio suyo, de esa forma.
El perro salió finalmente de su escondite, con un paso tranquilo, reflejando su inseguridad. Y Harry vio con horror la delgadez que presentaba, y las heridas que abrían el pelo.
Juntando valor, forzó a su voz a hablar.
—¿Tienes… hambre? Vinimos a comer, Buckbeak no disfruta tanto el desayuno de la escuela como uno de éstos—le enseñó otra presa muerta, la cual arrojó al hipogrifo. El mismo la atrapó y sacudió la cabeza, antes de echarse junto al adolescente, disponiéndose a comer—. A Hedwig le gustan más las galletas que hacen los elfos, porque son dulces—explicó, con voz temblorosa, acercando una de las mencionadas hacia su lechuza, la cual tomó ahora mucho más tranquila. Cuando Harry miró nuevamente al frente, notó que el perro no se había movido de su lugar, ni tampoco apartaba la mirada de él. Y no evitó sonreír, sintiendo su pulso mucho más acelerado que jamás en toda su vida; ni siquiera cuando corría el riesgo de morir, o cuando sintió tanta adrenalina, o felicidad, capaces de nublarle la cordura.
Se sintió ahogado en una felicidad plena que sufriría un pinchazo de seguir inflándose mucho más.
Removiéndose incómodo en su lugar, tomó nerviosamente otra galleta. Luego, extendió la mano hacia el animago, el cual se echó hacia atrás al instante, pero levantó las orejas, viendo el alimento. Harry se mantuvo expectante del silencio y la inmovilidad, mas se obligó a no reír cuando observó cómo comenzaba a mover lentamente la cola hasta el punto de agitarla tan fuerte que le cortaba verla.
Cuando habló, el perro ya no veía lo que le ofrecía, sino a él:—. ¿Quieres? Te ves muy delgado—no evitó hacer notar ese detalle. Le inquietaba el sentirlo tan inseguro—. Vamos, ven…, sólo estaré aquí un poco más y luego me iré…
Si Sirius comprendió lo que había querido decir, Harry no supo verlo. El animago se echó hacia adelante y se acercó, atrapando aquel pedacito de pan dulce que Harry sabía le supo a cielo. No pudo culparlo; doce años comiendo porquería no habría de ser lindo. Mientras lo observaba comer, el menor estiró su mano, dudoso de sus próximos movimientos. A fin de cuentas, no dejaba de ser un perro.
Mismo que se inmovilizó cuando la palma tibia del Gryffindor se apoyó en su cabeza, acariciando entre sus orejas.
—¿Estás solo?—musitó, sin esperar una respuesta que ya sabía. Se apoyó en Buckbeak, el cual descansaba su gran cuerpo emplumado detrás suyo—. Yo también estoy solo…—dijo, viendo a Hedwig dormitar en su hombro. Escuchó un sonido aplastante y observó los ojos grises del perro que se encontraba recostado a sus pies. No evitó sonreír una vez más—. ¿Pero sabes?, siempre hay alguien, aunque sea uno, que esté con nosotros, sin necesidad de que lo sepamos…—se encogió de hombros, recordando a sus amigos y seres queridos—, como ángeles guardianes…—se interrumpió con una risa—. Suena tonto, ¿no? No he de estar muy cuerdo, aquí hablando con un hipogrifo, una lechuza y un perro…
Sirius volvía a mover la cola, y en todo ese tiempo tampoco había dejado de mirarlo. Pero a Harry no le importaba, ni tampoco la razón de aquello. Sólo necesitaba verlo tan cerca para volver a tener esperanzas de una resolución diferente.
OoOoOoO
Harry vio que Sirius esquivaba el haz de luz roja de Bellatrix y se reía de ella.
—¡Vamos, tú sabes hacerlo mejor! —le gritó Sirius, y su voz resonó por la enorme y tenebrosa habitación. El segundo haz le acertó de lleno en el pecho. Él no había dejado de reír del todo, pero abrió mucho los ojos, sorprendido.
Harry soltó a Neville, aunque sin darse cuenta de que lo hacía. Volvió a bajar por las gradas y sacó su varita mágica al tiempo que Dumbledore también se volvía hacia la tarima. Dio la impresión de que Sirius tardaba una eternidad en caer: su cuerpo se curvó describiendo un majestuoso círculo, y en su caída hacia atrás atravesó el raído velo que colgaba del arco. Harry vio la expresión de miedo y sorpresa del consumido rostro de su padrino, antes apuesto, mientras caía por el viejo arco y desaparecía detrás del velo, que se agitó un momento como si lo hubiera golpeado una fuerte ráfaga de viento y luego quedó como al principio. Entonces Harry oyó el grito de triunfo de Bellatrix Lestrange, pero comprendió que no significaba nada: Sirius sólo había caído a través del arco y aparecería al otro lado en cuestión de segundos…
Sin embargo, Sirius no reapareció.
—¡SIRIUS! —gritó Harry—. ¡SIRIUS!
Harry había llegado al fondo del foso respirando entrecortadamente. Sirius debía estar tras el velo; Harry iría y lo ayudaría a levantarse… Pero cuando llegó al suelo y corrió hacia la tarima, Lupin lo rodeó con los brazos y lo retuvo.
—No puedes hacer nada, Harry…
—¡Vamos a buscarlo, tenemos que ayudarlo, sólo ha caído al otro lado del arco!
—Es demasiado tarde, Harry.
—No, todavía podemos alcanzarlo… —Harry luchó con todas sus fuerzas, pero Lupin no lo soltaba.
—No puedes hacer nada, Harry, nada. Se ha ido.
Se giró una última vez, oyendo a Hedwig ulular mientras se alejaba y a Buckbeak recostarse en su hombro. El perro negro ya se había levantado pero vigilaba su ida. Sonrió nuevamente.
—Volveré para jugar cada fin de semana…, espero encontrarte.
OoOoOoO
En muy poco tiempo, la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras se convirtió en la favorita de la mayoría. Sólo Draco Malfoy y su banda de Slytherin criticaban al profesor Lupin:
—Mira cómo lleva la túnica —solía decir Malfoy murmurando alto cuando pasaba el profesor—. Viste como nuestro antiguo elfo doméstico.
Pero a nadie más le interesaba que la túnica del profesor Lupin estuviera remendada y raída. Sus siguientes clases fueron tan interesantes como la primera. Y Harry, sorprendentemente, no se sentía culpable por primera vez en su vida. Tal vez alterar la memoria de dos cursos completos fuese algo de temer pero era también consciente de que su propia situación era riesgosa. No podía airearla mucho más. Especialmente luego de haber llamado tanto la atención de sus profesores.
Harry Potter se estaba convirtiendo en un prodigio a los ojos de todos, y él dejaría que se creyesen eso. Después de todo, era la respuesta más creíble.
El azabache no había dudado un instante en que las siguientes clases del profesor Lupin fuesen exitosas. No por nada era el mejor profesor que habían tenido en la materia. Muchos hablaban, especialmente Gryffindors, del hombre, cuyo conocimiento era inmenso.
Harry habría querido que sus otras clases fueran igual de entretenidas. La peor de todas era Pociones. Snape estaba aquellos días especialmente propenso a la revancha y todos sabían por qué. Lejos de molestarle la noticia que había corrido graciosamente por el castillo—donde se explicaba que el boggart de Neville era Snape, y éste había sufrido un cambio de vestuario peculiar—, el profesor parecía haberse recuperado del shock inicial que Harry le había causado. Sin embargo, distando de ser aquel niño que desafiaba a Severus, el azabache lo dejaba hablar y descargarse, mientras realizaba sus pociones y ensayos. A fin de cuentas, no le era tan complicado como en su primera ocasión.
Harry también aborrecía las horas que pasaba en la agobiante sala de la torre norte de la profesora Trelawney, descifrando símbolos y formas confusas, procurando olvidar que los ojos de la profesora Trelawney se llenaban de lágrimas cada vez que lo miraba. Parvati y Lavender volvían a parecer una vez más un gran dolor de cabeza.
Por otra parte, había algo que a Harry había alegrado en demasía. Contrario a la primera vez, la clase de Cuidado de Criaturas Mágicas era casi tan interesante como Defensa Contra las Artes Oscuras. En casa ocasión, tras el éxito de los hipogrifos, Hagrid se encargaba de enseñar sobre especímenes singularmente llamativos, desde salamandras y escregutos de cola explosiva—aún recordaba el escándalo que había hecho Hermione debido a que eran ilegales— hasta un unicornio, que había sido bastante fascinante. Sin embargo, Harry se había asustado cuando cada uno le había atravesado con la mirada. No sabía si por que realmente tenía una afinidad con las criaturas o resultaba lo mismo que con Buckbeak y Hedwig. De cualquier forma, Harry no había podido estar tranquilo, vigilando hacia cielo en cada ocasión, por si aparecía el colacuerno dispuesto a rostizarlo vivo.
Rápidamente, llegó octubre y con él la alegría de Harry. ¡Cuánto tiempo hacía que no se subía a una escoba como se debía! Se aproximaba la temporada de quidditch y Oliver Wood, capitán del equipo de Gryffindor, convocó una reunión un jueves por la tarde para discutir las tácticas de la nueva temporada. Harry no evitó disfrutar con nostalgia los nuevos momentos donde aún tenía a Oliver como Capitán. Estando ya acostumbrado, tuvo grandes problemas para morderse la lengua, pues había sido él el último Capitán de Gryffindor.
Y planeaba serlo de nuevo, en algunos años…
—Es nuestra última oportunidad..., mi última oportunidad... de ganar la copa de quidditch —les dijo Oliver un día, paseándose con paso firme delante de ellos—. Me marcharé al final de este curso, no volveré a tener otra oportunidad. Gryffindor no ha ganado ni una vez en los últimos siete años. De acuerdo, hemos tenido una suerte horrible: heridos..., cancelación del torneo el curso pasado... — Wood tragó saliva, como si el recuerdo aún le pusiera un nudo en la garganta—. Pero también sabemos que contamos con el mejor... equipo... de este... colegio —añadió, golpeándose la palma de una mano con el puño de la otra y con el conocido brillo frenético en los ojos—. Contamos con tres cazadoras estupendas. —Wood señaló a Alicia Spinnet, Angelina Johnson y Katie Bell—. Tenemos dos golpeadores invencibles.
—Déjalo ya, Oliver; nos estás sacando los colores —dijeron Fred y George a la vez, haciendo como que se sonrojaban.
Harry no evitó sonreír mientras observaba al equipo completo. Los había extrañado.
—¡Y tenemos un buscador que nos ha hecho ganar todos los partidos! — dijo Wood, con voz retumbante y mirando a Harry con orgullo incontenible. El aludido se sonrojó—. Y estoy yo —añadió.
—El mejor Capitán que hemos tenido hasta la fecha—dijo Harry, con una sonrisa. Misma que compartió Oliver, con pena—. No te preocupes. Es tu último año y haremos que valga la pena—afirmó, con confianza—. Alicia, Angelina y Katie van a patear varios traseros—ellas sonrieron—, y Fred y George romperán unos cuantos huesos Slytherins para fin de curso.
Los gemelos se llevaron la mano al pecho, solemnes.
—Y yo atraparé la snitch tan rápido como pueda. Al final, Gryffindor alzará la copa. Lo prometo—juró honestamente a Oliver, el cual se veía bastante conmovido.
—Lo juramos—corearon los demás, con entusiasmo.
La diferencia era notable. El desaliento que había abarcado a Oliver Wood tiempo atrás, en su realidad, en aquella no existía. Los entrenamientos eran enérgicos y llenaban a Harry de una determinación irrevocable.
Y así, luego de un duro revuelo en el campo, regresó a la Sala Común, perdido en sus pensamientos. Debía barajar bien sus oportunidades para, un día de aquellos, escabullirse hasta el séptimo piso. Tampoco quería levantar sospechas, y no estaba muy seguro de hablarlo con Dumbledore. A fin de cuentas, no quería preocuparlo demasiado; haría varios viajes con el director, quizá, aquel verano.
Gryffindor se encontraba muy animado cuando llegó y Harry tuvo un súbito deja vú, acercándose a Ron y Hermione, quienes estaban sentados al lado del fuego, en dos de las mejores sillas, terminando unos mapas del cielo para la clase de Astronomía.
—¿Qué ha pasado?
—Primer fin de semana en Hogsmeade —le dijo Ron, señalando una nota que había aparecido en el viejo tablón de anuncios—. Finales de octubre. Halloween.
—Estupendo —dijo una voz detrás de Harry, el cual se volteó para ver a un muy sonriente Fred, que lo había seguido por el agujero del retrato—. Tengo que ir a la tienda de Zonko: casi no me quedan bombas fétidas.
Lo había olvidado. Aquel año sus tíos no le habían firmado el permiso para asistir al pueblo cada fin de semana. Recordaba vagamente el incidente que había tenido con tía Marge y no evitó deleitarse con volver a repetirlo. Aquella mujer no valía ni el esfuerzo, al igual que tío Vernon. A Harry sólo le interesaban dos miembros de la familia Dursley; los restantes.
—Harry, estoy segura de que podrás ir la próxima vez —le consoló Hermione—. Van a atrapar a Black enseguida. Ya lo han visto una vez.
La evaluó con la mirada y no contuvo la sonrisa. Definitivamente, no había quien mejor lo conocía.
—No pasa nada—se encogió de hombros, simulando desgano. Súbitamente, sus ojos se iluminaron, girándose hacia ellos—. Hablé con el profesor Lupin, ¿sabían? Conoció a mis padres, eran amigos. También me dijo que su grupo se había separado, por los años. Llevaban unos apodos bastante peculiares.
Sus amigos parecieron percibir el subidón de ánimo en el ambiente.
—¿En serio? ¡Eso es increíble, Harry! No me sorprendería que le recordases mucho a ellos, he visto que te observa bastante—dijo ella—. ¿Y por qué dices pecualiares?—indagó, curiosa.
Bendita seas, Hermione.
—Oh, es que se hacían llamar algo así como… los Merodeadores, cuando eran estudiantes.
Vio un borrón rojo detenerse detrás del sofá mientras caminaba a las habitaciones. Harry estudió bien sus próximos movimientos, queriendo asegurarse. Necesitaba ir a Hogsmeade, aunque tenía otras ideas diferentes a la primera vez.
—El profesor Lupin me dijo que él se hacía llamar Lunático, sus amigos eran Canuto y Colagusano, pero mi papá era Cornamenta. Dijo que era así por su patronus, que era un ciervo, como el mío. ¿Lo han notado? Lo ha mencionado en el tren…, bueno, implícitamente.
Hermione parecía encantada, mientras que Ron lo veía con una sonrisa. Pero Harry observó con satisfacción como Fred lo miraba de reojo y salía corriendo nuevamente por el retrato, con prisa.
En ese momento Crookshanks saltó con presteza a su regazo. Una araña muerta y grande le colgaba de la boca.
—¿Tiene que comerse eso aquí delante? —preguntó Ron frunciendo el entrecejo.
—Bravo, Crookshanks, ¿la has atrapado tú solito? —dijo Hermione. Crookshanks masticó y tragó despacio la araña, con los ojos insolentemente fijos en Ron.
—No lo sueltes —pidió Ron irritado, volviendo a su mapa del cielo—. Scabbers está durmiendo en mi mochila.
Todo sonido volvió a bloquearse a los oídos de Harry Potter. Sus ojos verdes bajaron hasta posarse en la mochila del pelirojo y tragó, tensamente. Casi podía sentir la cólera navegando por sus venas, acrecentándose en su la fuerza de sus puños.
Pettigrew.
Tan cerca…
—¿Quieres que suba tu mochila arriba, ¿Ron?—le dijo a su mejor amigo, con voz calma—. Iré a cambiarme y bajaré a terminar mi tarea. No quiero que armen una batalla campal defendiendo a sus mascotas.
Ambos tuvieron la decencia de avergonzarse y Ron le entregó la mochila a Harry, agradeciéndole. El azabache procuró sujetar con fuerza donde sabía se encontraba durmiendo la rata. Misma que no podía esperar para capturar.
OoOoOoO
Al día siguiente, no había habido discusión alguna. Le complacía frenar las tontas peleas entre Ron y Hermione, pues adoraba aquellos momentos tranquilos que compartía con ellos. Ni siquiera había pensado en pedirle a la profesora McGonagall que le firmase su permiso, como Ron había sugerido más tarde la noche anterior. Meditaba internamente cuando el bullicio lo devolvió a la realidad. Lavender Brown estaba llorando. Parvati la rodeaba con el brazo y explicaba algo a Seamus Finnigan y a Dean Thomas, que escuchaban muy serios.
—¿Qué ocurre, Lavender? —preguntó preocupada Hermione, cuando ella y Ron se acercaron al grupo.
Harry ya sabía qué le pasaba pero se mantenía unos pasos alejado. Sentía extraño ver a Lavender tan pequeña y sin haberse enfrentado a Greyback.
—Esta mañana ha recibido una carta de casa —susurró Parvati—. Se trata de su conejo Binky. Un zorro lo ha matado.
—¡Vaya! —dijo Hermione—. Lo siento, Lavender.
—¡Tendría que habérmelo imaginado! —dijo Lavender en tono trágico—. ¿Saben qué día es hoy?
—Eh...
—¡16 de octubre! ¡«Eso que temes ocurrirá el viernes 16 de octubre»! ¿Se acuerdan? ¡La profesora Trelawney tenía razón!
Toda la clase se acababa de reunir alrededor de Lavender. Seamus cabeceó con pesadumbre. Hermione titubeó. Luego dijo:
—Tú, tú... ¿temías que un zorro matara a Binky?
—Bueno, no necesariamente un zorro —dijo Lavender, alzando la mirada hacia Hermione y con los ojos llenos de lágrimas—. Pero tenía miedo de que muriera.
—Vaya —dijo Hermione. Volvió a guardar silencio. Luego preguntó—: ¿Era viejo?
—No... —dijo Lavender sollozando—. ¡So... sólo era una cría!
—Pero entonces, ¿por qué temías que muriera? —preguntó Hermione. Parvati la fulminó con la mirada—. Bueno, mirenlo lógicamente —añadió Hermione hacia el resto del grupo—. Lo que quiero decir es que..., bueno, Binky ni siquiera ha muerto hoy. Hoy es cuando Lavender ha recibido la noticia... —Lavender gimió—. Y no puede haberlo temido, porque la ha pillado completamente por sorpresa.
Harry vio a Ron hacer una mueca desaprobatoria, y dio un paso al frente, con una sonrisa tranquila.
—Más allá de la casualidad, Herms, yo creo que es bastante lógico su miedo—dijo, viendo a su mejor amiga y luego a la rubia—. Si lo querías, entonces es obvio que temieras que algo le fuese a suceder, comprendo eso. Siempre tememos perder aquello que amamos. Yo no confío mucho en predicciones, pero sí sé eso no importa ahora. ¿Qué tal si te lavas y vas a caminar con Parvati? Te hará bien, Lav. Para tranquilizarte…
Harry observó cómo ambas niñas lo veían. La gemela Patil se veía agradecida pero creyó ver un tenue sonrojo en el rostro mojado en lágrimas de Lavender. Ésta sólo asintió con suavidad y le sonrió, como Harry recordaba jamás lo hizo, antes de musitar un "gracias" y alejarse junto a su amiga.
Perdido en sus pensamientos, arqueó una ceja en confusión cuando percibió las sonrisas pícaras en los rostros de Seamus y Dean. Parpadeó, sorprendido por tal cambio, y volteó a ver a sus amigos, donde halló la misma sonrisa en Ron y un gesto cómplice de Hermione.
—¿Lav?
—Eh…—sin razón, sintió como se ruborizaba. Quizá se le había escapado llamarla de aquella forma, cuando todavía no eran, tal vez, tan cercanos. Lavender era una persona muy presente en su realidad, siendo ex novia de Ron y mucho más agresiva de lo que se la recordaba. Mantener las mismas condiciones que Bill la habían vuelto insegura y mucho más susceptible a blasfemias, junto a su sensibilidad.
Habían sido compañeros por años. Todos continuaban apreciándose tras la guerra.
La profesora McGonagall abrió en ese momento la puerta del aula, lo que la clarísima salvación de Harry Potter, quien comenzaba a superar el sonrojo de los Weasley. Merlín, pensó, que él no veía a nadie así.
Bueno, quizá eso fuese una mentira, pero se supone que Harry no está interesado en nadie aún. El idiota enamorado surge en cuarto año, completamente loco por Cho Chang. Hizo una mueca, mientras veía a Dean y Seamus alejarse, cayendo en cuenta de que Dean iba a ser futuramente novio de Ginny.
La imagen de Cho se desdibujó al instante, junto a su ceño fruncido, siendo reemplazado por una placentera imagen de Thomas ahogándose en cerveza de mantequilla.
Cálmate, Harry… Que él no ha hecho nada…
Todavía…
Dudó.
¿Dean ya estaría interesado en Ginny? No lo creía. Ella había sido reservada hasta su experiencia con Michael Corner, donde Harry conoció otra faceta de la hija de los Weasley. Un lado suyo que no conocía y había sido el detonante a muchos problemas emocionales, sentimentales y hormonales de su sexto año.
Suspiró.
Debía ordenar sus ideas, comenzando por buscar los horrocruxes.
Vamos, Potter. Primero a salvar el mundo, luego por la chica.
A ver cuánto le duraba la determinación.
OoOoOoO
La mañana del día de Halloween, Harry se despertó al mismo tiempo que los demás y bajó a desayunar muy pensativo. Era, tal vez, el momento perfecto para actuar tan irresponsablemente como él sabía. Pero no podía evitar inquietarse debido a que nada le aseguraba que no siguiesen sus pasos. Se mordió el labio inferior, distraído, siendo observado por sus amigos.
—Te traeremos un montón de golosinas de Honeydukes —le dijo Hermione, compadeciéndose de él.
—Sí, montones —dijo Ron.
—No se preocupen por mí—dijo Harry con una voz despreocupadamente sincera—. Ya nos veremos en el banquete. Diviértanse.
Los acompañó hasta el vestíbulo, donde Filch, el conserje, de pie en el lado interior de la puerta, señalaba los nombres en una lista, examinando detenida y recelosamente cada rostro y asegurándose de que nadie salía sin permiso.
Vio a Malfoy, pero lejos de gritarle alguna idiotes, se mantuvo indiferente a su presencia entre Crabbe y Goyle.
Harry volvió solo por las escaleras de mármol y los pasillos vacíos, y llegó a la torre de Gryffindor.
—¿Contraseña? —dijo la señora gorda despertándose sobresaltada.
—«Fortuna maior» —contestó Harry.
El retrato le dejó paso y entró en la sala común. Estaba repleta de jóvenes de primero y de segundo, todos hablando, y de unos cuantos alumnos mayores que obviamente habían visitado Hogsmeade tantas veces que ya no les interesaba.
—¡Harry! ¡Harry! ¡Hola, Harry! —lo llamó una voz entusiasta, que lo obligó a levantar la mirada. Era Colin Creevey, un estudiante de segundo que sentía veneración por Harry y nunca perdía la oportunidad de hablar con él. A Harry se le agitó el corazón. La última vez que había visto a Colin había sido muerto—. ¿No vas a Hogsmeade, Harry? ¿Por qué no? ¡Eh! —Colin miró a sus amigos con interés—, ¡si quieres puedes venir a sentarte con nosotros!
Tuvo la negativa en la punta de la lengua pero por algún motivo se la tragó. El niño le sonreía con ánimo y prontamente se sintió bien, sin comprenderlo. Observó a los otros de segundo que formaban el grupo y creyó que tal vez no sería tan malo. No podía hacer mucho de todas formas.
—Sí, ¿por qué no…?—musitó. Sonrió de lado cuando se acercó y tomó asiento frente a un muy animado Colin. No conocía a los de segundo realmente. Incluso había dos de primero que parecían ajenos a la figura de Harry Potter. Aquello le sentó bien.
Ojeó hacia afuera.
No se había dado cuenta de que nevaba.
Súbitamente, se levantó, espantando a los menores. Apenado, Harry miró a Colin.
—Lo siento, Colin. Debo ir a ver al profesor Lupin, recordé algo. ¿Nos vemos luego, en el banquete?
Colin no dudó en contestar—. ¡Claro, Harry!
El azabache salió con prisa de la Sala Común, ignorando las quejas de la señora gorda. Vigiló no encontrarse a Filch y subió una escalera, silenciosamente. No había vuelto a ver a Hedwig ni a Buckbeak pero no le preocupaban; sabía que se encontraban bien.
Una puerta se abrió a una corta distancia de él, repentinamente.
—¿Harry? —el profesor Lupin que lo miraba desde la puerta de su despacho—. ¿Qué haces? —le preguntó—. ¿Dónde están Ron y Hermione?
—En Hogsmeade —respondió Harry, con un tono suave.
—Ah —dijo Lupin. Observó a Harry un momento—. ¿Por qué no pasas? Acabo de recibir un grindylow para nuestra próxima clase.
El menor arrugó la nariz, disgustado con la mención de aquellas criaturas. Las recordaba perfectamente, pero indagó con curiosidad.
—¿Un qué?
—Es un demonio de agua —dijo Lupin, indicándole a Harry que entraba al despacho. Dentro, Remus se quedó observando ensimismado una criatura de un color verde asqueroso, con pequeños cuernos afilados, pegaba la cara contra el cristal, haciendo muecas y doblando sus dedos largos y delgados. Se encontraba en un depósito de agua—. No debería darnos muchas dificultades, sobre todo después de los kappas. El truco es deshacerse de su tenaza. ¿Te das cuenta de la extraordinaria longitud de sus dedos? Fuertes, pero muy quebradizos—lo volteó a ver, con una sonrisa amable—¿Una taza de té?
Harry sólo asintió.
—Iba a prepararlo. Siéntate —dijo Lupin, destapando una caja polvorienta—. Lo lamento, pero sólo tengo té en bolsitas.
—Da igual—se apresuró a decir Harry—. Ya estoy harto del té suelto…
Lo oyó reír y se sintió confortado.
En silencio, disfrutó de la bebida caliente, observando un punto invisible delante suyo. Se sentía intranquilo. Sabía que resolvería todo más fácilmente si se lo decía a Dumbledore y le pidiera ayuda. Pero por alguna razón no se sentía con ansias de estar acompañado en su tarea. Se había manejado solo en varias ocasiones y por ello lo prefería así; era más cómodo. Ya no era un niño, a pesar de verse como uno. Apretó sus manos en torno a la taza que contenía el humeante té, aspirando el vapor.
Había otro tema que le inquietaba. Su cicatriz se sentía extraña. Al comienzo lo había notado pero tampoco había hecho mucho caso. Lo había ignorado, pero era completamente consciente de que no era normal que su cicatriz estuviese fría. No dolía, ni le molestaba; pero lo sentía. A él. Aquella parte de su alma volvía a esconderse dentro suyo, ennegreciéndolo todo.
Quería tirar el té, abrirse la piel y expulsarlo de él.
—¿Estás preocupado por algo, Harry?
Tembló un momento antes de levantar la mirada hacia los ojos miel que lo veían con preocupación. Se sintió culpable; le gustaba más cuando brillaba de alegría o travesura. Le sonrió.
—No, no se preocupe…—dijo, sintiéndose incómodo bajo su mirada. Suspiró, dejando la tasa sobre el escritorio—. Bueno, supongo son sólo nervios y cansancio. Mis tíos no quisieron firmarme el permiso para ir a Hogsmeade y me aburriré los días de las salidas—se encogió de hombros—, pero eso no me importa realmente. Es sólo que…—lo volvió a ver y reconsideró lo que estaba a punto de decir. Corría un gran riesgo pero no perdía nada—. Los animales le están comportando extraño, ¿no lo ha notado? En especial mi lechuza y la rata de Ron, Scabbers. Se enfermó últimamente y va decayendo. La última vez casi me muerde y la pise sin querer. Creí que le había hecho daño pero Ron me dijo que no me preocupara, porque yo no le había quitado el dedo. Le falta el índice, ¿no es gracioso? Me dijo que hacía doce años que la tienen, me sorprende que haya vivido tanto…—reconoció, fingiendo no darse cuenta de lo pálido que se iba poniendo Remus—. Luego iré a revisarla. No me gusta encontrarla entre las mantas.
El golpe de la taza donde bebía Lupin contra el escritorio fue seco.
—¿Duerme en tu cama?—murmuró, con un tono de voz duro. Harry lo observó fijamente.
—Algunas veces la encuentro durmiendo sobre mi cama, sí, aunque no me agrada mucho pero no quiero ser grosero con Ron, ya sabe…
—Sí, comprendo…—el mayor desvió la mirada perdida hacia la ventana, y Harry notó cómo entrecerraba sus ojos, más pálido que antes, como si se hubiese enterado de una verdad importante. Casi cruzó los dedos sobre su regazo.
Vamos, Remus…
—Bueno, profesor…—dijo levantándose, y logrando acaparar la atención del adulto—. Me voy, tal vez encuentre algo que hacer mientras espero a que regresen Ron y Hermione.
—Ah, sí, sí…—balbuceó, algo perdido. Harry se encaminó a la puerta y abrió en el momento justo en que Severus Snape hizo amago de golpear. Llevaba una copa en su mano y Harry reconoció el contenido al instante. En silencio, se hizo a un lado—. ¡Ah, Severus! —dijo Lupin sonriendo—. Muchas gracias. ¿Podrías dejarlo aquí, en el escritorio? —Snape posó la copa humeante. Sus ojos pasaban de Harry a Lupin—. Estaba enseñando a Harry mi grindylow continuó Lupin con cordialidad, señalando el depósito.
—Fascinante —comentó Snape, sin mirar a la criatura—. Deberías tomártelo ya, Lupin.
—Me retiro, profesor—dijo Harry, con una sonrisa—. Que tenga buen día.
—Igualmente, Harry.
OoOoOoO
Remus ya había comenzado a ingerir la poción Matalobos. Debía apresurarse; hasta el momento, no había sido consciente de lo cercana que estaba la luna llena y quería llevar a cabo su primera travesura marca Merodeador.
Harry continuó caminando, con desgana, hacia la Sala Común. Creyó escuchar pasos y se detuvo, inspeccionando de no tener la desgracia de ser perseguido por la señora Norris o tener la mala suerte de cruzarse con Filch. Ante el silencio, volvió a retomar el camino, llevándose el susto de su vida cuando fue interceptado por dos figuras altas que lo arrastraron hacia una esquina, difícil de ver.
Los alegres rostros de Fred y George lo recibieron.
—¡Harry!—vociferaron ambos a la par.
—¿Chicos…?
—Te hemos estado buscando—dijo Fred, con una amplia sonrisa.
—Sí, como no podías ir a Hogsmeade, nos escapamos de nuevo al castillo para buscarte—siguió George, sonriendo también.
—Aprovechando que no hay nadie, quisimos hacerte un regalo—admitió Fred. A Harry siempre le sorprendía cómo se iban alternando.
—¿Un regalo…?—balbuceó confuso. Pero cuando captó a qué se referían, George sacó de uno de sus bolsillos un pergamino cuidadosamente doblado. Harry lo reconocería en cualquier lugar; había pasado tardes y noches enteras observando el mapa, durante años—. Eso es…
—El mapa del Merodeador, nuestro más grande adquisición—dijo Fred pero luego agregó—. Aunque no es nuestro en verdad, sino de tu padre y sus colegas. Escuché lo que le dijiste a Ron y Hermione la otra noche.
Los gemelos sonreían y Harry no evitó hacerlo también. Pese a todo, reconocía sentirse halagado de que aún siendo importante, se lo quisiesen dar.
—Eres hijo de un merodeador, no sé por qué me sorprende—sonrió Fred—. Siempre tuviste ese algo…
—…especial…—asintió George; luego, le entregó el pergamino—. Tiene una frase clave para activarlo.
—Te dejaremos intentarlo—finalizó Fred. Entonces, ambos lo observaron atentamente.
Con el mapa en mano, Harry supo que había que ser cuidadoso. Suponía que no debía saber nada, por lo que hizo lo primero que se le vino a la cabeza; especialmente por curiosidad. Sacó su varita y desdobló el pergamino, musitando inseguro:
—Mi nombre es Harry James Potter.
Creyó que no iba a surtir efecto, si bien ésa era la idea, pero parpadeó al notar cómo garabatos iban apareciendo en el papel, arrancándole una sonrisa.
El señor Cornamenta quiere dar a conocer un formal saludo a su sucesor, y cuestionar si la madre es peliroja, ya que el señor Canuto cruelmente apostó en contra de sus deseos.
Debajo, más letras iban apareciendo.
El señor Canuto reclama el dinero, porque ni el lirio podría estar tan desesperada.
Fred y George soltaron risas quedas, mientras Harry sonreía.
—Genial, ¿no?—preguntaron al unísono y el azabache asintió.
—Pero esa no es…
—… la frase.
Harry miró el pergamino:—. Me suena como algo tan honorable como ustedes—los miró con gracia y volvió a apoyar su varita en el papel, suspirando—. Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas.
Los gemelos ampliaron sus sonrisas y Harry observó con satisfacción cómo el mapa de Hogwarts se iba trazando lentamente, revelando cada sector descubierto por los merodeadores y los puntos en movimiento, acompañados por los nombres, representando a cada persona en el colegio.
Vio a Filch acercarse al pasillo y se alarmó.
—Filch y su gata vienen.
—Aguafiestas—refunfuñó Fred, viendo hacia el final del pasillo con disgusto. Pero luego volvió a verlo, con una sonrisa idéntica a la que George mostraba.
—Haznos sentir orgullosos, pequeño merodeador.
—Si honras el nombre de tu padre...
—…Y el de sus amigos…
—Pues mejor—finalizaron a coro antes de alejarse con prisa, oyéndose la voz del celador acercándose.
Harry observó el mapa y se escabulló fácilmente, esquivando a Filch y deseando tener la capa de su padre en aquel momento. Bufó y corrió hacia la Sala Común, deteniéndose a mitad de camino.
Las pinturas murmuraban y le echó un último vistazo al mapa, antes de mirar hacia atrás y comenzar a correr hacia el séptimo piso.
.
Ten paciencia.
¿Cuánto durarías en un cuarto oscurecido por la soledad?
De por vida: Finalizando…
