-Llegua a quitarle un poco el polvo a esta historia, esperando que alguien la siga leyendo -

Disclaimer: Hetalia no es mio, nunca lo va a ser, así que solo nos queda hacer fanfictions.

Advertencia: Severo OoC, escenas poco contundentes. Fue escrito por escenas, por lo que puede ser muy diferentes unas de las otras.


¿Bailamos?
Chapter 3

Observó la entrada de aquel salón en el que horas antes había estado ¿Por qué se encontraba ahí? Al final de cuentas nada de lo que estaba haciendo le provocaba la mínima sensación de interés, soltó un pequeño suspiro, abriéndose paso entre las pesadas puertas del recinto, esperando que alguien más, aparte de é y seguramente el idiota bastardo, estuviera ahí.

Tenía que ser sincero consigo mismo, deseaba con todas sus fuerzas que existiera un ser igual de inútil que él, de esa manera no volvería a sentirse solo en un mundo de gente excepcional. No era pesimista, era realista. Había existido bajo la sombra de su familia, sin importar para donde volteara, había alguien ahí, viviendo un sueño, una vida ideal. Mientras que él, existía, sin más…

19 años de su vida habían pasado de ese modo, siendo "el hermano", "el nieto" y "el hijo" no siendo simplemente Lovino. Y cada vez que pensaba en eso, una pequeña lágrima se escurría de sus ojos, traicionándole. Entendía que llorar no le traería una solución a sus problemas, pensaba que en realidad todo aquello no era importante y no merecía sus lágrimas. Haciendo mayor fuerza con un empujón logró mover la puerta que impedía su paso total al lugar.

Por lo general los pasillos solían ser silenciosos y tranquilos, de vez en cuando las notas de una suave melodía se colaban de los salones destinados a la música y unos cuantos murmullos de los estudiantes que pasaban, sin embargo, luego de mover la pesada puerta de madera del salón 12 de la planta baja, el ambiente cambiaba totalmente, la música a todo volumen se reproducía, envolviendo a aquel español que a su compás se movía. Y logrando que Lovino se olvidase un momento del mundo.

No podía simplemente describir lo que veía, para el italiano todo lo que el contrario hacía con su cuerpo en ese momento era labor del diablo. La fuerza con la que su zapateado se lograba, como si deseara que la corteza terrestre bailase con él, como si todos los terremotos y tsunamis fuesen provocados por la violencia artística con la que el par de zapatos de danza de Antonio eran usados, sin embargo aquello no dejaba de ser bello, sublime y perfecto, el sonido de la madera y lo que probablemente eran clavos se confundía perfectamente con los acordes de la guitarra flamenca y las castañuelas de la pista musical. Los movimientos del moreno eran, incluso para el mas heterosexual de todos, sensuales, atrevidos y masculinos, en su rostro no había más que concentración, una que solo había logrado ver en militares y aun así, el italiano podía captar que para Antonio ese baile era sagrado y que era una de sus pasiones el interpretarlo.

No supo cuánto tiempo se quedó observándole, con los ojos totalmente abiertos y la boca levemente entreabierta en forma de una "o" casi perfecta. Tampoco supo si el español estaba consciente de que el italiano había llegado al aula y era observado de pronto, aun teniendo en cuenta las vueltas que había dado y los espejos que cubrían las paredes visibles del escenario en aquel lugar, cuando la música terminó, su cuerpo completo regresó al mundo terrenal.

- ¡Olé! - soltó el mayor mientras relajaba todo su ser y pasaba de ser un ente perfecto obra de Satán a ser el bonachón profesor de danza de la academia de Bellas Artes, tomando el control de la grabadora y parando de pronto la otra melodía que comenzaba a ser interpretada por el curiosos aparato electrónico, Antonio prestó toda su atención al jovenzuelo de ojos oliva que tenía enfrente - Las moscas pueden entrar por esa boca - puntualizó con una pequeña sonrisa que enmarcaba esos labios en el rostro que hacía unos segundos había sido digno para una escultura griega.

Las cejas de Lovino volvieron a su estado natural de contracción, igual que su rostro pasó de ser uno que reflejaba la admiración de un niño pequeño a ser la viva imagen de un adolescente mal humorado. Y de nuevo, aquel vacío emocional se había apoderado de si, una vez más el italiano se sentía rodeado de gente particularmente excepcional.

-Me alegra que hayas venido, deja tus cosas en algún sitio y empecemos, ¡tenemos muchas cosas por hacer! -las palabras del moreno le hicieron regresar al mundo. Murmurando un "no me digas que hacer con mi vida" mientras caminaba hacia el fondo del lugar.

(OuO) αмυℓєтσ ραяα ℓα вυєиα ѕυєятє (OuO)

-Vamos Lovino, sólo un poco más- las palabras del español rebotaban en el espacio vacío de aquel lugar, siendo acompañadas por el compás de los sonidos que de la garganta del italiano salía.

- ¿Pero qué mierda? Y-ya no puedo…- sus mejillas era un par de tomates rojos, gracias al esfuerzo y e bochorno del que era víctima, su espalda contra el piso, a merced del español y de lo que su mente perversa podía maquinar.

-Ya casi terminamos - la sonrisa del español tenía como objetivo tranquilizar a la pequeña fiera que debajo de él estaba, más no había tenido mucho éxito, pues los gruñidos y gritos de dolor perturbaban un poco el tranquilo ambiente que ahora el gran salón tenía.

- Terminarás tú ¡Y-yo me voy a morir! - soltó un gemido doloroso mientras cerraba los ojos con fuerza, apretaba sus puños a sus costados, esperando que todo de lo que era víctima terminase, que aquella incomodidad y dolor pasaran sin más.

-Junta tus rodillas al pecho - el ibérico soltó un suspiro, intentando amansar al joven italiano, mientras sus morenas manos parecían tocarle con temor a lastimarle - relájate o terminarás lastimado

- ¡Eso es imposible! ¡Maldita mierda! ¡Lo haces desde un principio! - unas cuantas lagrimas escurrían por las blancas mejillas del joven, apretó un poco más los dientes al sentir la presión que de nuevo el hispanohablante provocaba en él.

- ¡Prometo ser más cuidadoso la próxima vez! -una sonrisa más, pasó su ano por su frente limpiando el sudor en ella, no había considerado lo cansado que habría de ser el hacerlo con el italiano

-¡No habrá una próxima vez! ¡Para ya! - para Lovino esto no era absolutamente agradable, dolía y demasiado, como si le desgarrasen los miembros uno a uno, comprobando que en efecto la primera vez siempre era la más dolorosa.

- Creí que teníamos un acuerdo -los ojos de Lovino parecían que podían matarle en cualquier momento, soltó una pequeña risa - 7, 8, 9, 10 -Antonio soltó las plantas de los pies del menor, levantándose del suelo - Es la primera vez que escucho a alguien quejarse tanto por una serie de estiramientos.

La risa en las palabras del español se hacía presente a mas no poder, pero era verdad, el Vargas había hecho un alboroto a razón de un calentamiento, aun recostado sobre el piso de madera intentaba acostumbrarse al hormigueo que iba de sus piernas a la espalda, jamás había realizado tanto ejercicio en su vida, aunque a decir verdad jamás había hecho una serie de ejercicio en sus 19 años existiendo. No deseaba levantarse, solo quería dejar de respirar, estaba fatigado, deseaba morir si era la mejor solución.

Empezó a cerrar sus ojos lentamente, considerando en tomar una pequeña siesta de 8 a 12 horas, para recuperar un poco de la energía entregada, estaba por entregarse de cuerpo y alma a Morfeo.

Lo que hubiese logrado si la voz que decía repetidamente su nombre no fuese tan malditamente odiosa. Abrió los ojos con toda la pesadez posible observando al dueño de aquel tono de voz como su primer imagen del mundo real, quien le extendía la mano para ayudarle a incorporarse. Miró la sonrisa que parecía tatuada en su rostro, parecía tan despreocupado y tranquilo que solo causaba intriga. Aceptó la ayuda, refunfuñando y maldiciendo en voz baja.

Antonio lo dejó por un momento mientras caminaba algunos paso a hacia las gradas, para elegir la música con la que comenzarían a ensayar, Lovino le imitó para llegar a las gradas y descansar un poco. La felicidad no le duro mucho pues la música empezaba y el español la arruinaba hablando.

-La mejor manera para aprender es experimentar, debes de sentir el baile, dejar que él te tome y te haga el amor - se acercó al lugar donde el menor estaba sentado - y para que eso pase, te haré sentirlo, aquella última frase la pronunció con un toque sensual, bajo y grave, un poco distinto a lo que solía ser su voz, extendiendo su diestra justo enfrente de él - ¿me permite esta pieza?

Por curiosidad, impulso o simple reflejo el italiano tomó la morena mano que se extendía a centímetros de él, aceptando. De pronto el español había logrado levantarle y acercarse a él, comenzando desde ese instante de la música, sin importar el tiempo.

El hispano le tomaba fuertemente de la cintura, atrayéndolo cerca de su pecho, juntando sus rostros, dejando apenas algunos centímetros de espacio. Lovino tragó saliva dejándose llevar, cuando sus labios estuvieron en el punto exacto de tocarse la melodía cambio su ritmo, marcando lo que él se refería a "escena".

Las olivas orbes se perdían en la mirada color esmeralda de Antonio que reflejaba profesionalismo, pasión por el baile y un extraño sentimiento de seguridad le provocaba. Sus mejillas no tardaron mucho en sonrosarse, por la pérdida de espacio vital entre ambos y aunque pareciera casi imposible, sentía que podía acoplarse a los pasos expertos del mayor.

Las vueltas, los cambios, el ritmo bipolar de la melodía, los acercamientos, el contacto entre ambos gracias a la canción, todo junto con la pieza exquisita que Antonio ejecutaba a la perfección, minimizando los errores del de 19 años, que le hacía olvidar cualquier prejuicio y lograba crear una interpretación sublime.

La pieza musical terminaba, junto con ello el último paso era interpretado, era exactamente igual al primer paso de todos, el español se inclinaba con suavidad hacía delante, mientras el italiano caía por los efectos del paso, levantando su pierna derecha y rodeando el cuerpo del ibérico con ella, la mano del moreno se posó en aquella extremidad, acariciándola con suavidad por sobre el pantalón del menor. La pista terminó y ninguno de los dos se separó.

El italiano pasó ambos brazos sobre los hombros del español, Antonio lo tomo con mayor firmeza, Lovino inclinó su rostro y el castaño terminó con los milímetros que separaba a ambos pares de labios. Los dedos del menor jugaron con los mechos de cabello que caían por el cuello del instructor, y los brazos de este dibujaron caricias en la espalda del chico. El beso no llegó a más que algunos movimientos de labios, cuando la ética profesional de Fernández se hizo presente en el justo momento cuando la camisa negra que portaba el joven romano comenzaba a ser desabrochada. Separándose de él.

Mirando al joven de mechón sobre saliente, dedicándole una sonrisa cómplice, que fue recibida sin mucho ánimo y rápidamente desplazada. Lovino no quería creer a lo que aquel baile había llegado, en ese momento no existía ni familia y Emma a quien impresionar, sólo cabía el rostro tostado del de esmeraldas orbes y lo que había sucedido.

Él no era gay, tenía unas cuantas novias que podían comprobarlo, tampoco sentía atracción ni morbo por los hombres, entonces ¿Por qué sentía que los labios de Antonio de ahora en adelante le harían tanta jodida falta? Este chico era simplemente un ramillete de singulares problemas.

-Lamento mucho lo que ha pasado - la voz del contrario le hizo regresar, observándole por unos momentos, notando que también se encontraba nervioso - se ha salido un poco de control esto ¿no crees? - y sin esperar respuesta, cosa que tampoco iba a llegar, siguió hablando - para ser el primer día creo que fue suficiente ¿Qué te parece si vamos a comer algo?

- No es como si quisiera que… -más su estómago logró ponerlo en evidencia, el mayor sonrió, se cambió la camiseta y se puso una chamarra caminando directamente a la salida del lugar siendo rápidamente seguido por el joven de cabello lacio.

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