Fue pasando el tiempo y, cuando Toph quiso darse cuenta, sus hijas ya habían llegado a la adolescencia. Para ella supuso un gran alivio porque podían cuidarse y valerse por ellas solas, lo que le daba más tiempo para dedicarse a su trabajo.
Ya no había preocupaciones ni de comidas ni de limpieza: las dos hermanas eran las que llevaban la casa. En verdad, era Lin la que se ocupaba más de esas cosas… Suyin había resultado ser un rebelde sin causa. Cada una trataba de ganarse su atención de diferente forma: Lin quería enorgullecerla siguiendo sus pasos y Suyin se metía todo el tiempo en líos para que estuvieran por ella. A la hora de la cena coincidían las tres en casa y las quejas de su hermana siempre estaban presentes:
—Hoy Suyin se lo ha pasado en grande —Toph suspiró con exasperación—. Cuéntale a mamá lo que has hecho.
—Realmente no me importa —contestó ella.
Hubo un silencio en el que pudo deducir que Lin la estaba matando con la mirada y Suyin se regocijaba por dentro.
—¡A ti no te importa nada, ¿o qué?! —gritó la mayor.
—Haz el favor de calmarte.
—¡Ha robado comida en una tienda, mamá!
—¿Te faltaba dinero? —preguntó Toph a su hija.
—Sí.
—¡Mentirosa!
—Deja de gritar, Lin. Hoy ha sido un día muy largo.
—Sí, claro, lo olvidaba: todos los días son largos para ti…
Hizo oídos sordos al comentario de la mayor y buscó algunas monedas en su bolsillo para dárselas a la pequeña.
—¡No me lo puedo creer…! —exclamó Lin.
—Calla y come.
Aquí, al parecer, Suyin hizo algo que molestó a su hermana y ésta dio un golpe en la mesa. En esos casos Toph agradecía ser ciega, para tener excusa por la que desentenderse de sus tonterías. Aun así deducía que Suyin le había sacado la lengua. Solía hacerlo. Era un gesto que había adquirido de pequeña y no tenía mayor importancia, sólo que Lin era una exagerada.
—¡Mamá, por favor!
—¿Qué?
—¡¿Cómo que "qué"?! —Al reparar en la ceguera de su progenitora, Lin movió la cabeza de lado a lado—. Da igual. Déjalo.
—No, no lo voy a dejar. ¿Cómo propones que solucionemos esto? Al parecer, ignorarla no es suficiente.
—¡Claro que no! ¡Castígala! ¡Oblígala a que deje de ver a esos chavales! ¡Son una mala influencia!
—¿Y crees que me haría caso? —Lin enmudeció—. Vamos a preguntarle: Suyin, ¿me harías caso? —Suyin enmudeció también—. De acuerdo, entonces ya está todo hablado.
Lin, de pronto, soltó un grito y tiró su bol de arroz al suelo, rompiéndolo en añicos y desperdigando su contenido por todo el suelo. Se levantó y sin decir nada más, salió del comedor con pisadas fuertes. La escuchó maldecir por todo el pasillo hasta que salió de la casa y sus pasos se perdieron en la calle.
Ella respiró hondo varias veces, calmándose, y siguió comiendo como si nada. Notaba tenso el ambiente. Sabía que Suyin estaba pendiente de ella, esperando algún grito o alguna reprimenda por su parte. ¿A dónde demonios se había ido Lin? No es que le importara mucho -ya era mayorcita para cuidarse por sí sola- pero tenía curiosidad. Sí, curiosidad...
—¿A dónde ha ido? —preguntó. Trató de sonar lo más desinteresada posible.
—N-no sé... —Suyin estaba muy nerviosa—. Con su novio, tal vez...
—¿Novio?
¿Qué novio? ¿Lin tenía novio? ¿Desde cuándo? ¿Cómo no sabía eso ella?
—Tenzin, mamá.
—Ah, sí, claro...
Qué triste era enterarse de aquello de esa manera...
Pasados unos días desde ese incidente, Toph decidió hacerle una visita a Katara. Ella se debió enterar de todo lo que había pasado entre sus hijos, como madre tan ejemplar que era. En parte le daba rabia tener que acudir a ella, pero era eso o tener que aguantar el mal carácter de su hija. Tampoco estaba segura de que Lin quisiera hablarle del tema. Tenían una espantosa relación madre-hija. Bueno, ella era una espantosa madre…
Katara y ella se sentaron en el comedor, con un humeante té entre las manos. Al haber acudido allí después de trabajar, la noche ya estaba cayendo y podía notar los últimos rayos del sol que se colaban por la ventana y le acariciaban el rostro. Eso, junto al incienso que se consumía en la mesa, le daba una gran sensación de tranquilidad. Todo el hogar se sentía en equilibrio. Pero eso eran cosas de Avatar.
—¿Tú sabías lo de nuestros hijos? —preguntó Toph directamente, sin preámbulos.
—Claro —respondió Katara, como si fuera algo obvio—. ¿Acaso tú no? No me sorprendería.
—Pues no te sorprendas —Acompañó su afirmación con una risa amarga—. El otro día, por la noche, Lin salió corriendo de casa después de discutir y Suyin me dijo que tal vez se había ido con su novio. Me pilló totalmente por sorpresa…
—Hace casi un mes que están saliendo juntos —dijo Katara, casi indignada—. ¿De veras no te habías enterado?
—No.
—Y yo que me había ilusionado con que fuésemos familia… Ahora no estoy segura de querer ser tu consuegra…
—Yo también te quiero.
Ambas rieron, aunque Toph podía sentir un deje de lástima en la voz de su amiga. Era penoso que hubiera acudido allí para pregúntale sobre aquello. Era triste no poder acudir directamente a su hija…
—Deberías sentarte a hablar con Lin —dijo Katara como si le leyera el pensamiento.
—No he venido aquí para que me digas lo que hacer —repuso ella, sonando más malhumorada de lo que quiso—. Sencillamente dime cómo pasó.
—¡Yo no sé gran cosa! Tenzin le cuenta estas cosas a su padre y Aang no me ha dado muchos detalles.
—Bien, pues cuéntame lo poco que sepas.
—¡Que te lo cuente tu hija!
—¡Si quisiera hablarme ya le habría preguntado a ella!
Katara calló después de que dijera eso. El silencio sólo se vio roto por los pajarillos que piaban desde los árboles del patio, mientras se acomodaban para dormir. Apenas quedaba ya sol. Tal vez lo mejor era que se fuese a casa; cada vez que abría la boca sólo le recordaba a su amiga la poca mano que tenía para ejercer de madre.
Se abrió de pronto la puerta del salón, cortando ese incómodo silencio. Era Tenzin.
—Hola t-tía Toph —balbuceó el chico—, no sabía que estabas aquí…
—Hasta donde sé tu madre no se ha vuelto loca, así que no iba a estar gritando sola —Se alzó del suelo con intención de irse, pero Tenzin se aproximó a ella pensando que le iba a dar la mano a modo de saludo. Para fastidiarle, no le devolvió el gesto—. Espero que no dejes embarazada a Lin de niños voladores.
—Descuida…
Toph sonrió con altivez. Le encantaba la gente reservada; se sentían cohibidos ante ella. ¿Cómo podía ser que a Lin le gustara alguien con tan poca garra como Pies Ligeros Jr? Desde luego, vaya gustos más raros tenía su hija…
Echó a andar hacia la salida, sin más. Llegaría a casa lo antes posible y arreglaría sus malditos problemas con Lin.
—¡Oye, Toph, ¿a dónde vas?! —exclamó Katara.
—¡A mi casa! ¡Voy a dejarle las cosas claras a esa niña!
Al fondo del pasillo, desde el comedor, pudo escuchar a Tenzin preguntándole a su madre: ¿Qué he hecho? ¿Por qué me odia?... Cómo le gustaba hacer sentir mal a la gente.
Cuando llegó a casa, sus hijas ya habían cenado. Lin, como no, era la que estaba fregando los platos. Toph se acercó a ella intentando no hacer ruido, sin saber exactamente cómo empezar la conversación. No solía ser ella la que empezaba las conversaciones. De hecho ni le gustaba conversar.
—¿Qué quieres? —inquirió su hija, todavía de espaldas a ella.
—Me he enterado de que estás saliendo con Tenzin —atacó sin más.
Lin detuvo su faena al instante.
—¿Y?
—Pues me gustaría saber por qué no me lo has dicho.
Ahora sí que se giró. Ahora la enfrentaba. Podía notar como poco a poco su respiración se volvía más fuerte y los latidos de su corazón se volvían más rápidos. Se había puesto nerviosa. Escuchó cómo quiso decir algo varias veces pero se callaba todo el rato. Probablemente lo que tenía intención de decirle le faltaría al respeto y se estaba conteniendo.
—Vamos, niña. Suéltalo.
—¡No soy una niña!
No, no estaba nerviosa… Estaba furiosa. Notaba cómo cada vez se estaba tensando más, cómo cortaba sus impulsos por temor a faltarle al respeto.
—Dime lo que me tengas que decir —exigió ella. Lin siguió aguantando—. ¡Dímelo!
Y explotó como una bomba:
—¡¿Acaso te importa lo que hago con mi vida?! ¡Creía que todo te daba igual! ¡Creía que tanto yo como Suyin te dábamos igual! ¡¿Ahora demuestras interés por alguna de nosotras?! ¡Podrías preocuparte de lo mal educada que está Su! ¡Hay cosas más importantes que lo de Tenzin y yo! —Lin, con la respiración agitada, se arrancó el delantal y lo tiró con rabia al suelo—. ¡Estoy harta de limpiar vuestra mierda! —La voz le temblaba, al borde del llanto— ¡Estoy harta de todo! ¡Tú trabajas todo el santo día y Suyin nunca va al colegio! ¡Tú eres policía y permites que tu propia hija vaya delinquiendo por todas las esquinas! —Las lágrimas ahora caían del rostro de Lin—. ¡¿No te da vergüenza?! ¡Preferiría no haber nacido antes que tener esta vida!
—No digas eso.
—¡Si no querías escucharlo, no haber preguntado! —Lin le agarró amenazantemente del cuello de su camiseta. Toph se dejó hacer—. ¡Ni tan siquiera has tenido la decencia de decirnos quién son nuestros padres! ¡Tal vez con ellos hubiéramos vivido mejor!
—Vivimos mejor de lo que muchos querrían.
—¡Preferiría ser pobre y tener una familia unida antes que esta mierda!
Lin le dio un empujón, soltándola de su agarre. Se movió por la cocina como un animal preparado para atacar, caminando de lado a lado y dando golpes a lo primero que se encontraba. Tiró el cuenco de las frutas al suelo, destrozando la cerámica en miles de pedazos. Tiró también los platos que estaba limpiando y dejó que su llanto saliera sin más. A cada cosa que tiraba al suelo, ahogaba un gemido de dolor. Toph nunca hubiera llegado a imaginar toda la rabia que estaba conteniendo.
—A este paso tendremos que comer en el suelo…
—¡Estoy harta de tus malditos comentarios "graciosos"! —gritó Lin encolerizada—. ¡¿Por qué tienes que ser así?! —Esas eran las mismas palabras que años atrás le dedicaba Kanto—. ¡¿Por qué?! ¡Todo el mundo sabe lo genial que es Toph Beifong, no hace falta que lo recalques más! Cielos, es que… ¡Me avergüenzo hasta de este apellido! ¡Mis abuelos son unos retrogradas, mi hermana una delincuente y a ti todo te da igual! ¡Y lo peor de todo es que la gente te admira!
—No fuiste tú quien liberó al mundo de cierto loco del fuego.
—¡Seguro que el tío Aang podría haberle derrotado él sólo!
—¡Oh, claro, sabiendo dominar sólo el aire! Pero si era un panoli, como su hijo-
Un plato voló hacia su cabeza. Toph lo esquivó sin mucho problema.
—¡El "panoli" de su hijo ha demostrado preocuparse más por mí que no tú!
—¡Muchísimas felicidades por ello! Ahora, a ser posible, deja de destrozar las cosas.
—Eso, Lin —Suyin asomó la cabeza por la puerta—. Los platos están para limpiarse, no para romperlos.
Lin gritó de nuevo, desesperada, y otro plato salió volando hacia la cabeza de la más pequeña. Toph lo cogió al vuelo, como si nada, y lo colocó sobre la encimera. Después le dio una colleja a Suyin.
—¡Auch! ¡Mamá!
—Sólo por lo que has dicho te va a tocar limpiar todo esto a ti.
—¡¿Qué?! ¡Yo no lo he destrozado!
—Poco me importa.
Ante la repentina calma que hubo de pronto, madre e hija se volvieron hacia la mayor. Lin ya no lloraba.
—¿Qué hace? —susurró Toph a Su.
—Nos mira —contestó en voz baja su hija, como si no quisiera volver a despertar a la bestia—. Está… sorprendida.
—La has castigado —afirmó Lin con asombro.
—¡Pues claro que sí! No entiendo por qué tienes que limpiar sólo tú —Las dos hermanas comenzaron a dar explicaciones a la vez pero Toph no atendió a ninguna—. Silencio —Lin y Su cerraron el pico a la vez—. Bien, ahora me toca a mí. Lin… Ser madre soltera no es fácil.
»Entiendo todo el sufrimiento por el que has pasado, y lo siento muchísimo, pero lo hago lo mejor que puedo. Soy una persona difícil y a estas alturas no voy a cambiar. Arreglamos antes el asunto si nos aceptamos las unas a las otras tal y como somos. Sé cómo es Suyin; os conozco mejor que a nadie. Puede que os haya dado demasiada libertad, pero creedme que es mejor así. Yo crecí con muchas ataduras. Ya os he explicado lo de los abuelos, ¿verdad? Me sobreprotegían tanto que me ocultaron al mundo. ¿Y vosotras creéis que yo soy débil? ¡Maldita sea mi vida si soy débil!
»Tu hermana no es una delincuente. Tu hermana es una niña de trece años que dice muchas tonterías –por eso ahora limpiará este estropicio– y también hace muchas tonterías. Con trece años todo el mundo es tonto. ¡Tú no! Ya lo sé… Tú fuiste una niña madura y responsable, pero el mundo no es como tú, Lin, y no puedes obligarlos a ser como tú quieras; tú debes amoldarte al mundo. Respeta a las personas y déjame darte un consejo desde la experiencia: afróntalo todo con buena cara. En ese aspecto has salido igual a mí y es algo que nos va a la contra. Fíjate en Suyin: hará mal las cosas, pero las hace bien contenta. ¡Seguro que ahora limpiará todo esto con una sonrisa, ¿a que sí?! Más te vale que sí…
»No quiero volver a escucharte decir que preferirías no haber nacido, ¿me oyes? Nunca más vuelvas a decir eso. Yo podré ser poco cariñosa y la mujer más complicada del mundo, pero sin ti, sin Suyin, mi vida no sería nada. Os necesito. Vosotras lo sois todo. Tal vez no demuestre lo mucho que os quiero, pero no dudéis que lo hago. Si alguna vez os pongo las cosas duras, pensad que no sé hacerlo de otra manera. Soy un rotundo fracaso como madre, bien lo habéis podido ver… pero os quiero. Y os aseguro que ninguna madre pretende hacerles daño a sus hijos, así que si alguna vez os lo hago, recordad que no es a propósito y compadeceos de mí. Yo os quiero, ¿me oís? No lo olvidéis nunca.
»¡En este punto déjame hablar tranquila! A sus doce añ- No, ciento doce años, para ser exactos. Sí. A sus ciento doce años, Aang era un panoli. Cuando derrotó al señor del fuego maduró un poco, pero seguía siendo igual de panoli. Fue un panoli hasta que le salió la barba. Y su hijo es igual que él, osea que- ¡Déjame hablar! Los hombres son tontorrones hasta que no les sale pelo en la cara, Lin. ¡Pero eso es así y no se puede cambiar! Así que si llamo "panoli" a Tenzin no te ofendas, porque él y todos los muchachos de vuestra edad lo son. Más para nosotras dos, que somos un par de chicas duras.
—¡Yo también soy dura! —exclamó Suyin.
—Oh, sí, claro —Toph le sonrió con ternura y le acarició la cabeza allí donde antes le había dado—. Nosotras tres somos un trío de chicas duras —volteó entonces su rostro hacia Lin, todavía sonriendo—. ¿Aceptas mis disculpas?
—Sí —dijo ésta, avergonzada.
Toph le tendió una mano y Lin la aceptó, dejándose abrazar por su madre. Apretó a sus dos hijas entre sus brazos y éstas la estrujaron de vuelta.
—Y ahora, Lin, ¿qué me dices si nos sentamos cómodamente en el sofá y me cuentas lo de Pies Ligeros Jr mientras tu hermana limpia esto?
—Me parece perfecto.
Aquel día no había apenas faena en el trabajo. Toph se encontraba en su despacho, acomodada en su butaca con los pies encima del amplio escritorio. Cruzada de brazos, se debatía entre el sueño y la consciencia. De vez en cuando daba alguna que otra cabezada, mas se obligaba a mantenerse despierta por si alguien entraba de pronto. Decía muy poco de la jefa quedarse dormida en horas de trabajo… No es que le importara, de todos modos. Ella podría dormirse en ese preciso instante con la conciencia tranquila. El problema era el "qué dirán".
A cada día que pasaba, su trabajo la hacía un poco menos feliz. Cada vez se sentía más presionada, sobre todo por los medios de comunicación. Un mínimo fallo y ya salía en primera página. Tal vez por eso se había vuelto tan buena en su trabajo; para no ser molestada socialmente. Odiaba dar declaraciones, atender a los reporteros y ser vigilada gran parte del día. Aun así iba aguantando, porque se sentía orgullosa de hasta donde había llegado y de todo lo que había hecho. Le gustaba ser respetada por sus hombres y tener el control de todo.
De pronto, unas rápidas pisadas la sacaron de su ensimismamiento. Creía reconocer en ellas a Lin, pero tampoco podía confiarse. Por precaución (y por dar una maldita buena imagen) bajó los pies de la mesa y se colocó derecha en su butaca.
—¡Mamá! —exclamó Lin al entrar por la puerta—. ¡Lo he conseguido!
De acuerdo, aquello era comprometedor. Lin había conseguido algo que daba por hecho que ella sabía. Y se sentía alegre de ello. Debía responder algo…
—¡Felicidades cariño!
—¡Vaya, gracias!
Lin corrió hasta ella y la abrazó fuertemente, lo cual la hizo sentir mal porque no podía compartir su alegría. Le devolvió el abrazo mientras hacía memoria de algo que su hija estuviera tratando de lograr, y entonces lo recordó: ese día se examinaban los estudiantes del metal. Lin había aprobado… Iba a ser policía.
Deshizo rápidamente el abrazo y la apartó de su lado.
—¿Mamá?
—Has aprobado —dijo con voz seria.
—Ah… ¿No te acordabas de lo que era, verdad? Ya me extrañaba que te alegraras de ello…
—¿Y por qué demonios vienes aquí corriendo? ¿Quieres que te aplauda? ¡Bien, perfecto! —Toph comenzó a aplaudir con una mezcla de sarcasmo y enfado.
Lin le golpeó con rabia en las manos y exclamó:
—¡Esto era algo importante para mí! ¡Quería que lo celebraras conmigo!
—¿Seguro? ¡Te diré lo que tú quieres: hacerme sentir orgullosa! Y me has defraudado muchísimo…
Hubo un pesado silencio. El efecto de esas palabras habían sido taladrantes para su hija. La habían golpeado tan fuerte como si de algo material se tratara. Le habían hecho tanto daño que la pudo escuchar ahogar un sollozo. Y Toph no se arrepentía de ello, porque se lo había repetido una y otra vez y ella no le había hecho caso. Lin, debes hacer lo que tú quieras. Pero no la escuchó. Lin, este trabajo no te será gratificante. Pero la ignoró. Lin, no lo hagas. Dedícate a algo que de veras te guste. Pero ni le prestó atención.
Su hija se había obcecado tan de pequeña con contentarla que se había forzado a aceptar su destino como policía.
—Me daba soberanamente igual lo que quisieras ser. No me puedo creer que hayas hecho todo esto por mí…
—¡No lo he hecho por ti! ¡Lo he hecho porque me gusta! —gritó Lin con angustia.
Acercó amenazadoramente el rostro al de su hija y murmuró:
—Eso es lo que tú te has obligado a creer, pero te aseguro que no es así.
Pudo notar la respiración agitada de su hija en su semblante. Notaba cómo le temblaban los labios y cómo mantenía los ojos completamente abiertos, seguramente mirándola entre avergonzada y arrepentida.
—Todavía estás a tiempo de cambiarlo.
—¡¿Por qué no puedes sencillamente aceptarlo?!
—Porque no quería esta vida para mi hija.
—¡Por favor, ni que fuera una tortura!
—Cuando llegues a tu ansiado puesto de jefa ya lo verás…
—¿Y quién ha dicho que yo llegaré a ser jefa?
—Tu apellido.
Los siguientes meses fueron una tortura.
Lin le apartaba la cara cada vez que se cruzaba por su lado y Suyin había hecho unas nuevas amistades con las que pasaba prácticamente las veinticuatro horas. Toph se vio obligada a despreocuparse todavía más de ellas si no quería que todo aquello le afectara en demasía. Era en aquellos momentos en los que se acordaba de cuando las dos eran pequeñas y todo era mejor. Realmente, en comparación con el presente, el pasado merecía ser descrito de "perfecto".
También, en aquellos momentos, Toph se arrepentía de no haber dejado el trabajo hacía mucho tiempo. Nunca se habría llegado a imaginar que la escuela de metal que fundó hubiera podido acabar en una jefatura de policía. Nunca habría imaginado tampoco que su vida daría ese rumbo ni que se arrepentiría de un sueño tan ambicioso como "formar parte de la historia de Ciudad Republica"… Nunca se había dado cuenta de lo mucho que había sacrificado su felicidad para conseguir tal objetivo.
Tenía ganas de volver al pasado y remendar sus errores. Tenía ganas de huir de todo aquello. Se sentía como la niña de diez años que quería escapar y luchar. Se imaginó de niña, encerrada en su casa, y no le parecía tan distinto a todos los días que pasaba metida en su despacho. De pequeña se escapaba cuando La bandida ciega debía hacer acto de presencia y en aquel entonces se escapaba de la jefatura cuando el delincuente en persecución era de alto rango.
Para colmo, cada vez se desentendía más de sus hijas. No las lograba comprender; les daba todas las libertades que querían y éstas sólo la buscaban a ella. ¿Acaso un niño no aprovecharía eso antes que tratar de llamarle la atención? Aparentemente, la única manera de hacerles aprender era a base de dolor. Ya le había hecho daño a Lin y ésta ya no pretendía hacerse notar más que su hermana. Suyin, sin embargo, seguía metiéndose en líos para que mamá estuviera por ella. Y ella no tenía ni chispa de ganas de ir riñéndola o castigándola.
Todo le daba igual. Nada le importaba ya.
Siguió dando órdenes y acudió a sus reuniones por obligación. Ya nada de eso le entusiasmaba.
Siguió ignorando a Lin y a Su. Ya se había hartado de llevarse disgustos por los rumbos que tomaban las vidas de sus hijas.
Nada era importante.
Nada merecía su atención.
En algún momento de la madrugada, Toph se despertó. Últimamente no podía dormir bien y sólo era capaz de aguantar una hora seguida sin volver a la consciencia. Ni tan siquiera se sentía somnolienta cuando despertaba. Por ese motivo, se alzó de la cama para aprovechar e ir a beber agua.
Sólo necesitó poner un pie en el suelo para notar que había alguien en la puerta de casa.
Al percatarse de esto, dejó su propósito de ir a la cocina y se fue acercando con pies de plomo hasta la entrada. Se quedó allí, notando al intruso. No parecía un ladrón. No parecía tener intención de querer robar nada porque apenas se movía. Tal vez fuera algún colega de Suyin, que la esperaba para ir a hacer de las suyas por la ciudad… pero ésta seguía durmiendo en su habitación. Tal vez fuera Tenzin y estuviera esperando a que Lin le abriera para colarse en su habitación… pero Lin también dormía. ¿Entonces?
Escuchó cómo el desconocido abría el buzón y volvía a cerrarlo. ¿El cartero? ¿A esa hora? Ni por asomo. ¿Entonces quién demonios era? Se vio tentada a abrir la puerta y pillar al mensajero por sorpresa, pero se dijo que si éste no tenía intención de hacer nada malo –sólo dejar una carta– no merecía llevarse tal susto. Por eso lo dejó marchar, notando los toscos pasos de un hombre alejarse de allí.
Cuando el mensajero estuvo lo suficientemente lejos, salió y recogió la carta. Volvió a su habitación y la guardó en su traje de metal, con la intención de que ni Lin ni Su la vieran la mañana siguiente. Ella se pondría su traje y se llevaría la carta consigo para que alguien del trabajo se la leyera. Si ésta había llegado de manera tan misteriosa debía ser por algún motivo y prefería saber ella su contenido antes que nadie.
Así que, aquella mañana, cuando un novato acudió a su despacho para anunciarle la detención de un ladronzuelo, le tendió la carta y le dijo:
—Hazme un favor, ¿quieres? —No esperó ni a que el chico le contestara—. Dime hacia quién va dirigida.
Él, confundido, tomó la carta y leyó:
—Lin Beifong.
¿Lin? ¿Quién le iba a dejar una carta a ella?
—¿Quién es el remitente?
—No tiene remitente.
Por eso se habían tomado la molestia de dejar la carta directamente en el buzón…
—¿Podrías leérmela, por favor?
—C-claro, jefa…
El chico abrió la carta, se aclaró la garganta y comenzó a leer:
Hola, Lin.
Soy Kanto, tu padre. No sé si tu madre te habrá hablado de mí. Confío y espero que sí.
Me apena mucho tener que comunicarnos de esta manera, más aún sin saber a ciencia cierta si has oído hablar de mí, pero me parece lo más prudente; tal vez a tu madre no le gustara que apareciera por su casa.
Supongo que no entenderás por qué te escribo ahora, después de tantos años. Espero que tampoco te enfades mucho por no haberme pasado a verte. No sé si sabrás el motivo por el que me fui (de nuevo, confío en que sí), pero de no ser así, puede resumirse en que las cosas entre tu madre y yo quedaron bastante tensas y nunca me atreví a plantarle cara. Cuando tu madre se enfada puede dar verdadero miedo. Sé que no es excusa, pero espero que sepas perdonarme.
Debo decirte que, en el caso de que te interese ponerte en contacto conmigo, ahora mismo estoy en Ciudad República. Estoy alojado en el Gran Hotel, tercera planta habitación 305, junto con mi familia. Estaremos aquí dos semanas y después volveremos a Ba-Sing-Se. Fue allí donde rehíce mi vida. Me casé y tuve dos hijos: Nenzo, de diecisiete años, y Juza, de quince. En el caso de sentir vergüenza o temor de venir, déjame asegurarte que estaríamos muy felices de tenerte en nuestra familia.
Si no quieres venir, también lo entenderé. Sé que ahora, después de tanto tiempo, tal vez no tenga caso solucionar todo esto… Lo que hice no tiene perdón ni tiene sentido que ahora venga pidiéndote vernos. Aun así, si aceptaras, yo por lo menos podría vivir más tranquilo. Espero que por lo menos hayas tenido otro padre que te haya dado lo que yo no fui capaz de darte.
Si no quieres saber nada mí (lo cual entenderé), déjame decirte lo mucho que me alegra ver que todo te va bien. Te he visto en periódicos antiguos de la ciudad, diciendo que ya eres policía, y en la fotografía estás preciosa. Felicidades por tu trabajo (veo que has seguido los pasos de tu madre) y sigue siempre así de guapa.
Un beso de tu padre, que nunca te olvidó ni te olvidará,
Kanto.
—¡Será desgraciado! —gritó Toph, alzándose de su butaca dando dos manotazos en la mesa—. ¡¿Después de pasarse años sin asomar el pelo pretende recuperar a su hija?!
El chico enmudeció y dejó la carta sobre la mesa, temblando. Toph, al reparar en que su comentario estaba fuera de lugar, contuvo la rabia y respiró hondo. Después pensó en que, con ese estado de furia, podía amenazar de forma muy certera al muchacho para que no soltara prenda de todo aquello.
—¡Tú! —exclamó frenética de nuevo, aproximándose al chico y tomándolo del cuello del uniforme—. ¡Como se te ocurra decirle algo de esto a alguien te meto entre rejas, ¿me oyes?!
—¡Sí, s-señora! —gimoteó el chaval, temblando de pies a cabeza.
—¡Que no me entere yo que sueltas prenda de esto, ¿entendido?!
—¡Sí, sí! ¡Le juro, jefa, que no diré nada! —Toph lo alzó del suelo—. ¡Le juro por mi vida, jefa, que no le diré absolutamente nada a nadie! ¡Se lo juro! ¡Por favor, por favor, no me haga daño, se lo suplico!
Lo volvió a dejar en el suelo, temblando como un flan, y regresó de nuevo a su butaca.
—De acuerdo, retírate.
Con un agónico gimoteo, el novato salió por patas dejando las puertas abiertas. Trastabilló en medio del pasillo, provocando la risa de sus compañeros, y al alzarse siguió corriendo torpemente hasta que Toph perdió sus pasos en algún punto del edificio.
Después ella se alzó, cogió la carta y la rompió hasta que el papel no le permitió seguir destrozándolo. La tiró con rabia a la papelera, se acercó a las puertas y, sabiendo que todos sus hombres la estaban mirando, cerró de un portazo.
Gran Hotel, tercera planta, habitación 305.
Picó en la puerta esperando que aquella noche a la familia no le hubiera dado por salir a cenar. O por lo menos encontrarlos mientras se estaban arreglando. O que estuvieran a punto de salir.
La puerta se abrió. Durante unos instantes nadie contestó.
—Buenas noches, agente. ¿Ocurre algo? —preguntó la voz de una mujer madura.
Estaba tan acostumbrada a vestir su uniforme que no se acordaba de cuando lo llevaba puesto o no.
—¿Dónde está Kanto? —preguntó sin más. Notó a la mujer ponerse nerviosa por los latidos de su corazón—. No se preocupe, no estoy de servicio.
—Aquí estoy —respondió éste, acudiendo a su encuentro—. Sea lo que sea que quieras, te pido que lo hablemos fuera.
—¿Acaso nunca les has hablado de mí? —preguntó. Kanto calló como respuesta—. Vaya, muy bien. Eso dice mucho de un hombre. Bueno, lo que hagas o dejes de hacer me importa bien poco mientras no sea conmigo o con mi hija. Y claro, entenderás que ahora has metido la pata hasta el fondo.
Toph echó a andar hacia el ascensor, esperando que Kanto le siguiera para ir a hablar a solas. Éste no se movió del sitio.
—¡Sígueme, imbécil! —exclamó sin girarse—. Al contrario que tú, yo no pretendo cambiar tu vida. Si no saben nada, que sigan sin saberlo.
Notó entonces los pasos apresurados de Kanto detrás de ella, dándole alcance.
—Ahora vuelvo, cariño —le dijo éste a su mujer—. No tardaré mucho.
Ambos entraron al ascensor y Kanto marcó el botón de la planta baja. No dijeron nada en lo que tardaron en bajar. Hubo un silencio incómodo y un ambiente tan tenso que era palpable. Siguieron así hasta que cruzaron el hall y salieron del edificio, recibiéndoles la noche de la ciudad. Por suerte, la plaza donde se encontraban estaba poco transitada; no necesitaban buscar algún lugar más privado.
Sin ninguna palabra, sin más preámbulos, Toph le dio un puñetazo en la mejilla. Toda la plaza tembló bajo sus pies. Kanto soltó un gemido mientras se tambaleaba y trataba de mantener la compostura, llevándose las manos allí donde le había propinado el golpe.
—¡¿Cómo se te pasa por la cabeza dejarle una carta a Lin?! —gritó, volviendo a la carga, pero Kanto se cubrió patéticamente con los brazos y ella sólo pudo compadecerse de él—. Das verdadera pena. ¡¿Acaso no eres lo suficientemente feliz con tu familia como para venir a destrozar todavía más la mía?!
—¡Lin es mi hija! —gimoteó Kanto, todavía cubriéndose con los brazos.
—¡¿Tu hija?! —Se acercó peligrosamente hasta él, sin llegar a tocarle—. ¡Fui yo la que la crié!
—¡También lo habría hecho yo si me hubieras dejado! ¡Me amenazaste, ¿recuerdas?!
—¡Claro que sí, porque no te daba la gana cuidarla solo! ¡¿Acaso somos las mujeres las únicas que debemos cuidar las criaturas?! ¡¿Crió bien esa mujer a tus hijos nacidos dentro del matrimonio?! —Toph notaba cómo las lágrimas amenazaban con caer—. ¡Te avergonzabas de nosotras! ¡¿Y ahora pretendes que ella vuelva contigo?! ¡No lo pienso permitir!
Permanecieron en silencio durante unos largos instantes. Toph recobró la compostura y Kanto se incorporó, tratando de mantenerse lo más firme posible.
Varios transeúntes se les habían quedado mirando, algunos preocupados y otros curiosos. Al ver que el ambiente se había relajado un poco, algunos siguieron caminando y otros, literalmente, huyeron. El frío de la noche refrescó a Toph, que de tanta furia había comenzado a sudar. Se arrepintió de no quitarse el traje y vestirse con ropa normal. Eso llamó todavía más la atención a aquellos que miraban la escena; se pensarían que estaba reduciendo a un delincuente…
—No vuelvas a dirigirte a Lin, ¿me oyes? —dijo, ahora más relajada.
—Es mi hija… —insistió él con voz menuda, amargamente.
—Ella no tiene nada mejor que darte de lo que te dan esos niños.
—No es por mí… Es por ella —La voz de Kanto se quebró con el llanto—. No estuve cuando me necesitó.
—Ni falta que le hizo —repuso Toph con una risa amarga—. Esa niña, por suerte, ha salido a su madre.
—Te las apañaste bien, entonces.
—Hice lo que pude.
De nuevo, silencio. Sólo se oía el viento que se comenzaba a alzar y los sollozos ahogados de Kanto. Ya no quedaba nada más por hacer, ahí.
—Bien, me largo —anunció ella—. Vuelve a acercarte a mi casa y considérate hombre muerto.
—No quiero que esto quede así, Toph. Me gustaría que las cosas acabaran bien entre los dos.
Ella rió irónicamente. ¿Que acabara bien? Imposible.
—Te has vuelto más tonto de lo que recordaba —dijo, echando a andar hacia casa.
Un día las puertas de su despacho se abrieron sin pedir antes permiso. Reconoció las pisadas del inspector jefe y acabó cerciorándose de que era él cuando le dijo:
—Tal vez te interese saber que tus dos hijas están aquí.
—¿Las dos? —preguntó ella, con inocente curiosidad.
—Sí… La mayor trae arrestada a la pequeña.
Aquello le tomó un tiempo procesarlo.
—¿Perdona? —dijo, incrédula.
Al ver que el hombre no repetía lo dicho, entendió que se lo decía en serio.
Se levantó de su butaca casi de un salto y echó a andar a paso rápido hasta las salas de interrogatorio, donde se llevaban a los recién detenidos. En efecto, antes de llegar, podía sentir los pasos inquietos de Suyin en una de las salas. Lin, para suerte suya, no estaba por allí.
Sin pedir permiso, sin hablar con los policías chismosos que custodiaban la sala, entró y cerró la puerta de un portazo. Su se volteó de un salto y se comenzó a tensar ante su encuentro. Durante unos instantes sólo hubo silencio. Si ya de por sí era un golpe muy fuerte que su hija se encontrara allí, el hecho de que esta no fuera capaz de dirigirle la palabra le daba una idea de la gravedad de la situación.
Suyin temblaba de la cabeza a los pies.
—¿Y bien? —preguntó ella.
—Lo siento… —musitó Su.
—No sé qué es lo que sientes, a parte del hecho de estar en una maldita sala de interrogatorios. Dime, ¿qué has hecho?
—Ayudar a unos amigos.
—No creo que sean "amigos" si por ayudarlos acabas en comisaria…
—Lo que ellos hacían no estaba bien, pero lo mío no es tan grave —dijo a modo de defensa su hija—. ¡Lin es una exagerada! Mamá, ha sido ella quien me ha traído aquí. ¡No he hecho nada tan malo!
—¡Dime lo que es y entonces yo juzgaré si es malo o no!
—Yo… —Suyin sonaba avergonzada—. A-ayudé a mis amigos a huir de un robo… Yo c-conducía el vehículo…
—Así que, encima de no tener licencia, fuiste cómplice —Toph no podía creer lo que estaba escuchando—. ¡Bravo, Suyin! ¡Bravísimo! ¡Puestos a poner a tu madre en un compromiso, hagámoslo por partida doble!
—Lo siento, mamá…
—¡¿Dónde está tu hermana?!
—Ha ido a curarse la herida…
—¿Qué herida? —Toph ahora, más que exasperada, sonaba preocupada—. ¿Cómo se ha hecho daño?
—Con un cable de metal —Toph enarcó una ceja, esperando más explicaciones; ambas sabían que el metal no podía hacerle daño a Lin—. Me agarró con un cable para que no me escapara y al cortarlo, con la fuerza que ella hacía, retrocedió en el aire y le dio en la cara.
De sólo imaginarse la cicatriz, a Toph se le entristeció el alma. Para ella una marca como podía ser una cicatriz no tenía mayor importancia, pero sabía que aquello afectaría mucho a Lin.
Agarró bruscamente a Suyin por el brazo y, sin prestar atención a sus quejas, se la llevó a rastras hasta su despacho. Sabía que Lin acudiría allí después de curarse la herida y allí iban a estar ellas para solucionar todo aquel problema.
Debía pensar en alguna solución. ¿Qué iba a pasar ahora con Suyin y con su trabajo? No podía tener una hija en prisión pero tampoco podía dejarla impune así como así. Su había pasado el límite. No podía seguir campando tranquilamente por la ciudad después de lo que había hecho.
Pensando en lo que hacer fue como Lin la encontró al entrar al despacho.
—Siéntate —le dijo. Ésta obedeció y ocupó el otro asiento libre.
Se hizo un silencio tan pesado e incómodo… Sabía que sus dos hijas la estaban mirando; notaba la presión de ambas sobre ella. Estaban esperando que cayera la descomunal reprimenda pero Toph apenas se sentía con fuerzas. ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo iba a solucionar aquello sin quedar en evidencia? Debía dejar libre a Suyin pero eso suponía faltar a su honor como policía. Ella era la jefa y debía dar ejemplo. ¿Qué ejemplo daba como autoridad sino la de alguien que se tomaba la ley por su mano?
Aquello iba a acabar con su carrera.
Las jugarretas de sus hijas le iban a salir caras.
—¿Se puede saber en que estabas pensando? —le dijo a Su—. ¿Y tú? ¿Se puede saber en qué estabas pensando tú? —le dijo a Lin—. Ambas me habéis puesto en una situación imposible…
Lin, que al parecer se creía exenta de culpas, inquirió indignada:
—¿Estás enfada conmigo? Ella es la que iba por ahí juntándose con criminales.
—¡Todo esto es tu culpa! —exclamó Suyin, ofendida.
—¡Estaba haciendo mi trabajo!
—¡Muy bien, basta! —Las dos se voltearon a mirarla, callando al instante—. Esto es lo que vamos a hacer: Su, tienes que abandonar la ciudad lo antes posible.
—¡¿Qué?! —exclamó ésta—. ¡¿Y a donde se supone que me tengo que ir?
Un lugar con disciplina. Un lugar donde aprendería a valorar la libertad que ella le había dado.
—Te irás a vivir con tus abuelos —No hubo protestas por parte de Su, quien probablemente no quería enfadarla más—. Lin, dame el informe del arresto.
Su hija le dejó el papeleo en la mano, intrigada por lo que su ciega madre quería hacer con los documentos. Respirando hondo y, sabiendo la infracción que estaba cometiendo, rompió los folios por la mitad y los tiró a la basura.
—Mamá, ¿qué estás haciendo? —preguntó la mayor seriamente, sabiendo también que aquello estaba prohibido hacerlo—. No puedes encubrirlo; hubo testigos.
—Soy la jefa de policía. No puedo tener una hija en la cárcel.
—Así que una vez más, Su puede hacer lo que le dé la gana y no hay ninguna consecuencia.
Hastiada, Toph se dejó caer sobre su butaca y se llevó las manos a la cabeza. ¿Cómo podía estar pasándole eso a ella…?
—Esta es la única opción que tenemos —concluyó, casi sin fuerzas.
La noche cayó, demoledora.
Lin se mantenía ajena a la situación mientras que Toph sentía una angustia que nunca había experimentado; Suyin se iba. Su hija se marchaba. Y debía obligarla, como castigo y como enseñanza, pero le dolía tanto… Ni tan siquiera Lin se había marchado de casa. Nunca se habría llegado a imaginar que la primera que abandonaría el "hogar" sería Su.
Tenía la necesidad de acercarse a su cuarto, de calmarla, pero sabía que en parte la pena que sufría su hija era por su culpa… y se sentía incapaz de ir a consolarla. Estaba segura que Suyin tampoco se dejaría dar arropo. La odiaba. En aquellos momentos la odiaba.
Su propia hija la odiaba.
La escuchaba dar golpes y tirar cajones al suelo. La oía llorar y a veces gritaba, desgarrándose la garganta con su llanto. Era una pobre criatura encolerizada.
—Está loca… —escuchó mascullar a Lin, que estaba sentada en el porche, tomando el fresco.
Lin parecía desentenderse del asunto pero Toph sabía que, indirectamente, estaba pendiente de todo. A veces, en sus comentarios, escuchaba un deje de amarga culpa. Aun así, la muy terca, quería dar la imagen de policía-justa-que-hace-lo-que-debe. Era vergonzoso… ¿Quién en su sano juicio anteponía la ley a la familia?
Suyin, de pronto, aguantándose el llanto y sorbiéndose los mocos, echó a andar torpemente por el pasillo con la gran maleta a cuestas. Toph, inmediatamente, acudió a su ayuda.
—¡Puedo yo sola! —exclamó Suyin, dándole un empujón.
—Déjame cargarla a mí en el carro.
—¡Te he dicho que no! Puedo yo sola… No os necesito a ninguna de las dos…
Había tanto desprecio en su voz que Toph sintió cómo le arrancaban parte del corazón.
Ignorando las quejas de su hija, la siguió de cerca para agarrarla en el caso de que trastabillara. La joven cargaba la maleta con los dos brazos y a duras penas podía con ella. Cuando vio que era imposible, se dedicó a arrastrarla por el suelo. A medio camino, el conductor llegó a socorrerla y cargó con el macuto hasta dejarlo en el coche. Toph le dio, con disimulo, una propina.
—¿No vas a despedirte? —preguntó al notar cómo Suyin se disponía a subir al vehículo.
—No.
Poco a poco se sentía más dolorida. Más cansada. Más floja.
—Iré a verte.
—No hace falta.
Las lágrimas comenzaban a asomarse.
—Suyin, por favor, no-
—Cállate —Y Su ahora volvía a llorar—. No quiero volver a saber nada ni de ti ni de Lin. ¡No me puedo creer que…! —La voz se le quebró. El llanto volvió a salir.
Antes de poder decirle nada, Suyin se subió entre sollozos al coche y cerró de un portazo. Toph resistió las ganas de abrir la puerta y sacarla a la fuerza.
—De acuerdo, no se preocupe por ella —El conductor, de una cierta edad, se aproximó y le dio un par de palmadas conciliadoras en el hombro—. Me aseguraré de su bienestar hasta que lleguemos al destino.
—¿Cuándo calcula que llegarán? —Le temblaba la voz.
—Al mediodía.
Toph asintió, y tras otro par de palmadas, el hombre se subió al coche y arrancó. Quiso saber si Suyin la estaba mirando, sentir cómo mínimo sus pies en la tierra, pero todo lo que notó fueron las ruedas del vehículo aplastando la grava.
Se quedó allí unos minutos, asimilando la partida de su hija. Dejó que dos lágrimas le cayeran por las mejillas, secándolas casi al instante, y respiró hondo varias veces. Después, pausadamente, entró en casa y volvió de nuevo al comedor. Lin seguía sentada en el porche. No se había movido.
—Podría haberse marchado sola. Sabiendo conducir…
Toph sintió tanta rabia al escucharle decir eso… Tuvo el impulso de alzarla del suelo y darle una bofetada, pero se contuvo. Tampoco se sentía con fuerzas para reprenderla. Prácticamente todo le daba igual, ya. Lin podía hacer y decir lo que quisiera. Todo el mundo podía hacer lo que le viniera en gana.
Suyin ya no estaba allí.
Lin era una egoísta.
En aquel momento todo le daba igual.
Pasó mucho tiempo pensando en si había hecho lo correcto, valorando sus decisiones y martirizándose por sus errores. ¿Valía la pena seguir siendo jefa de policía? ¿Valía la pena soportar la presión de haber errado en su propio oficio? ¿Valía la pena soportar los silencios que le dedicaban sus hombres al pasar por su lado? «Se ve que ha mandado a la pequeña con sus padres…» oía cómo comentaban a lo lejos. «Rompió la ficha policial» escuchaba a otros.
En las persecuciones por la ciudad, Toph dejó de contar con la ayuda de su hija. Al darle ésta alcance hasta tomar el rango inferior al suyo, se dedicaba a ignorarla cada vez que se cruzaba con ella por el edificio –lo cual pasaba en muchas ocasiones–. En casa no le dedicaba palabra, sólo cuando era estrictamente necesario, y se sentía tan amargamente bien cuando notaba su incomodidad…
Sabía también los halagos que había recibido Lin en el trabajo por su maravillosa implicación con la ley. Para algunos, faltar a la familia con tal cumplir con su deber era algo digno de elogio; a Toph sólo le arrancaban arcadas. Sabía también que, al marcharse ella de su puesto, Lin iba a ocuparlo gustosamente entre ovaciones. Iban a admirarla más que a ella. «Si es capaz de meter a su hermana entre rejas, debe ser más dura que las piedras» decían, unos con mofa y otros con asombro.
Un día, de buena mañana, sentada en su cama, Toph se acarició el rostro. Los surcos de su piel cada vez eran más notables. La última vez que se había detenido a "verse", su piel era tersa y suave. Era joven. Era ágil y estaba llena de vitalidad. Lo que allí notaba Toph era una piel algo arrugada. Sus músculos ya eran algo más débiles y a veces se resentía de dolores puntuales en según qué partes del cuerpo. Ya no daba alcance al ritmo de sus hombres, jóvenes, que corrían incansablemente tras el malhechor; ella se quedaba atrás. Ya sólo servía para dar órdenes tras un gran escritorio… y no estaba dispuesta a ello.
Su edad y sus remordimientos le susurraban una y otra vez que cediera, que lo dejara estar, pero sabía que Lin se estaba fregando las manos esperando ocupar su lugar. Quería sacar fuerzas de donde no las había sólo por no darle el gusto a su hija. Quería también retroceder en el tiempo, disfrutar de su juventud en aquellos momentos donde no había niñas ni novios… Quiso subirse en un visón volador y dejarse llevar a lugares recónditos, como años atrás hizo. Deseó quitarse ese traje de metal y revolcarse en el lodo y rebozarse en la arena. Quiso oler el polvo que desprendía su cabello al agitarlo. Quiso visitar a los tejones-topo, subirse en uno y perderse en la tierra junto a ellos.
Y justo en ese momento supo que debía dejar su trabajo, que el mayor castigo que tendría Lin sería su ansiado puesto de jefa y que sus días de servicio ya habían acabado.
Así que aquel día respiró hondo, se armó de valor y abriendo las puertas de su despacho declaró:
—Bien, señores, me retiro —Hubo un silencio sepulcral, lo cual interpretó como incredulidad—. Estoy hablando en serio.
El silencio se prolongó un poco más.
—¿Tan de repente? —Escuchó decir a alguien a lo lejos, con voz pequeña.
—Todo el mundo os lo olíais. ¿De veras os sorprende? —Echó a andar por el pasillo con intención de irse, sintiéndose más feliz que nunca.
—¡Oiga, pero…!
—¿Algún problema?
—¡Claro que sí! ¡No puede tomar las decisiones tan a la ligera! Hay un proceso para esto y-
—Soy la jefa de policía y hago lo que me da la gana. Problema resuelto.
—Vale, sí, ¿pero y quién se supone que ha de tomar su puesto?
—Me parece que es más que obvio…
Todos los presentes se voltearon hacia Lin, que en aquellos momentos miraba a su madre con los ojos como platos.
—¡¿Se puede saber a qué ha venido lo de antes?!
Lin entró en casa dando un portazo, tirando las llaves y todo lo que llevaba consigo al suelo. Se encontró a su madre en su dormitorio, con una maleta sobre la cama y toda la habitación patas arriba.
—¿Pero se puede saber qué es todo esto?
—¡Me voy! —exclamó Toph.
—¿A dónde, si se puede saber?
—No lo sé.
Lin se quedó unos instantes clavada allí, sin reaccionar. Le estaba costando procesar toda la información.
—De acuerdo, vamos por partes… Primero has dejado tu trabajo y ahora estás haciendo la maleta para marcharte no sabes dónde.
—Exacto —Toph palpó las dos prendas que tenía en cada mano—. La verdad es que no entiendo qué necesidad tengo de llevarme ropa.
—Mamá… ¿Estás bien?
—¡Mejor que nunca!
Lin vio el ir y venir de su madre por la habitación, buscando por aquí y por allá, palpándolo todo.
—Mamá, ¿qué está pasando? —Al ver que su madre no paraba quieta, Lin la tomó por los brazos y la obligó a encararla—. ¡Qué diantres está pasando!
—Que me voy.
—¡¿A dónde?!
—¡Te he dicho que no lo sé! Pero me voy, Lin. Me voy. Ya estoy harta de todo.
—¿Qué es "todo?
Toph rió lastimosamente y suspiró.
—"Todo" es tu hermana, los comentarios que se dicen a mis espaldas, el no vivir con la conciencia tranquila… "Todo" eres tú y ver cómo tiras tu vida por la borda —Lin fue a protestar pero Toph le tapó la boca—. "Todo" es notarme las arrugas, saberme poco ágil y pensar en quedarme estancada en una ciudad… Cielos, Lin, me crié en una casa donde, fuera de sus muros, nadie conocía mi existencia; nadie salvo unos animales tan ciegos como yo. Y ahora mismo me siento como cuando era pequeña y se me controlaba por todas partes.
—¿Y qué hay de mí?
Las manos que la sujetaban fueron cediendo su agarre. La voz de Lin había sonado tan desolada…
—A ti ahora te toca vivir según qué errores.
—¿Por qué insistes en que este oficio es un error?
—¿Por qué crees que estoy tan desesperada por huir?
Madre e hija aguantaron el peso de sus palabras todo lo que pudieron. Fue Lin la que rompió el silencio con un sollozo.
—Así que ahora, todo lo solucionas huyendo y dejándome sola.
—Tienes a Tenzin, no te me pongas a llorar.
—No me refiero sólo a eso.
No acabó de comprender sus palabras.
—¿A qué te refieres, entonces?
—A que después de todo esto, de criarnos a mí y a Suyin sin padre, de no saberla educar, de mandarla lejos de aquí y de cagarla desastrosamente como madre, ahora, te largas. Y me dejas sola. Después de querer hacerte sentir orgullosa, de querer demostrarte que sabré hacer tu trabajo, después de todo esto, me insistes en que estoy cometiendo un error y ni tan siquiera vas a estar tú para ayudarme.
—Llevo años advirtiéndote y nunca me escuchaste. Has tenido siempre mi ayuda, Lin, pero no has sabido valorarla.
Y Lin comenzó a llorar. Como si fuera una niña, se dejó caer en el suelo y dejó que su llanto saliera con fuerza, desahogándola. Toph casi pudo escucharla pidiéndole perdón y suplicándole que no se fuera. ¿Por qué el último recuerdo que se iba a llevar de sus dos hijas era de ambas llorando? Se acuclilló frente a ella, queriendo arroparla y acariciarle el cabello como años atrás había hecho, pero su hija ya no era una cría; le dio un empujón y se alzó rápidamente para no seguir a su altura.
—Vete, si es lo que quieres —le dijo con rabia, conteniendo el llanto y tratando de sonar lo más firme posible—. Nunca volveremos a ser una familia.
—Lin…
—¡Vete!
—Escucha-
Antes de poder decir algo más, Lin echó a correr. Toph, casi por inercia, se puso en pie con intención de darle alcance. Sin embargo se quedó allí quieta, pensando que lo mejor sería dejarla que fuera donde quisiera y que se desahogara tranquila. Consideró también el quedarse allí y esperarla hasta que volviera, disculparse y entonces marcharse… ¿Pero por qué debía disculparse? ¿Acaso la culpa era completamente suya? Había tomado la decisión de dejar el trabajo en base a lo ocurrido con Suyin y todo el problema venía del arresto que había llevado a cabo Lin. Todo aquello se lo había ganado ella sola y debía tragárselo ella sola.
Palpando a su alrededor, Toph cogió las prendas de ropa que consideraba más necesarias y las metió en una sencilla bolsa junto con el saquito donde guardaba todos sus Yuanes. Después ordenó la habitación y se dio un pequeño paseo por la casa a modo de despedida.
Montones de recuerdos acudieron a ella. Pudo escuchar las risas de sus niñas cuando jugaban por la casa, el chapoteo que hacían al bañarse juntas, los temblores que sacudían el jardín cuando practicaban el control de la tierra… Pudo escuchar los gritos en todas las estancias ya más entrada la adolescencia, los comentarios sarcásticos, los llantos… La embargó la felicidad que sintió años atrás cuando las tres estaban unidas y eran una familia. Se entristeció también por todos los últimos acontecimientos y lo mal que habían quedado sus relaciones…
Se vio por fin frente a la puerta principal, tomando el mango con la mano sudorosa. ¿Lo giraba o no? ¿Ponía punto y final a tanta amargura o seguía haciéndose la fuerte?
Lo valoró más de lo que quiso. Finalmente, se dijo:
—Ahora les toca a los jóvenes.
Y abrió la puerta dando comienzo a su retiro.
