¡Muy buenas tardes gente bonita que haya decidido darle click al enlace de mi historia! De un mes para acá, después de haberme terminado de ver DnA, me nacieron muchas ganas de escribir sobre este maravilloso anime deportivo. Y aunque mi favorito es Miyuki Kazuya, también siento amor y aprecio por Chris, así que decidí darle a este segundo su oneshot personal para después enfocarme en el otro. Espero que le den una oportunidad, porque sé que en este fandom lo hetero no es muy popular/visto. Pero soy de esas pocas locas que van contra la corriente y le gusta aportar su granito de arena. Y antes de que pase otra cosa, quiero dedicar este oneshot a mi querida amiga Vanessa, que me tiene paciencia cuando empiezo a fangirlear con esta serie y es algo así como mi lectora de cabecera.

Ya no me extiendo más o esto se vuelve un papiro. ¡Disfruten de la lectura y nos estaremos leyendo en futuros proyectos sobre DnA!


初恋

First Love


No era la calidez que se filtraba tímidamente entre las altas copas de los árboles lo que hacía de su caminata una de las experiencias más agradables que pudiera tener, sino el camino de adoquín que era tapizado con los rosáceos pétalos de cerezo. Incluso el canto de las aves amenizaban su breve travesía.

La prisa no era una de sus preocupaciones. No cuando su reloj señalaba que todavía tenía un enorme plazo antes de apresurar el paso. Se detuvo, dándose el lujo de admirar la hermosa panorámica que la acogía. Se sentía terriblemente afortunada de que la única compañía que tenía era la de esa esplendorosa hilera de árboles de cerezo.

—Había olvidado que pronto empezarían a florecer…

Lo que descansaba sobre la palma de su mano era un pequeño y tímido pétalo. Uno que sería llevado por la suave brisa de la mañana.

—¿No fue precisamente por esta época en la que accidentalmente nos conocimos? —Sonrió ante la idea como si fuera una mezcla sumamente agridulce—. Eras demasiado ingenuo y creíste erróneamente que necesitaba ayuda.

Nadie deseaba meterse en el camino de esos chicos. Mucho menos cuando notaban que perseguían a una escurridiza chica que buscaba perderlos corriendo en zigzag entre los robustos árboles de cerezo. Lamentablemente no podía huir para siempre. Tenía que enfrentarlos y rogar para que desistieran de meterse con ella.

—Deja de correr y quédate quieta. No creas que nos ha dado mucha gracia el que te escabulleras después de lo que has hecho —habló con enfado quien estaba frente a ella, reflejándose en la superficie de esos grisáceos e impávidos ojos.

—No seremos considerados porque eres una chica —profirió un segundo, tronando sus muñecas. Se alistaba para arremeter contra la silenciosa víctima.

—Pagarás por lo que le has hecho a nuestros amigos.

—Estaban molestando a mi amiga. No iba a dejar que hicieran lo que se les diera la gana, idiotas —pronunció con fiereza. Podría ser más baja que ellos, mas no iba a dejar que la intimidaran tan fácilmente.

—¡Haremos que te calles de una buena vez!

Uno de los chicos la sujetaba con tanta fuerza que corrugaba su blusa escolar. Estaba lo suficientemente furioso como para arremeter contra ella.

—¿Nadie te ha enseñado que no debes levantar la mano contra una chica?

El abusador se sobresaltó al sentir una mano sobre su hombro. Mas se recompuso rápidamente para girarse hacia el indeseable entrometido. Su cara palideció ante esos calmos y profundos ojos dorados y la estatura que sobrepasaba a la de él y de sus cómplices. La cobardía se adueñó de los corazones de esos chicos, convirtiéndose prontamente en un vago recuerdo en la memoria de la víctima y de su salvador.

«Apareciste y consideraste que era inapropiado que un grupo de niños abusaran de una frágil chica de secundaria. Cuán engañosa pueden ser las apariencias, ¿no? Aunque tú no podías haberlo sabido».

—¿Ellos te hicieron todo esto?

Él no cuestionaba por mero trámite. Tenía razones de peso para hacerlo: los vendajes de su mano derecha y las curitas en su rodilla izquierda.

—Yo estoy bien. —Sabía de dónde habían surgido todas esas escandalosas lesiones, mas no se iba a detener a darle los detalles—. No era necesario que me salvaras. Yo tenía la situación bajo control…—Ladeó su mirar. No deseaba tener contacto visual con quien la ayudó sin que ella se lo pidiera.

—Si quieres podemos ir a que atiendan esas heridas que tienes.

¿Qué tan buen observador podría ser como para haberse percatado de los moretones que se mantenían ocultos bajo las mangas de su suéter?

—¿Cómo sabes que oculto algo? —preguntó desconfiada.

—¿Quién usa un suéter tan grueso como ese a inicios de la primavera?

Ella suspiró con resignación, escondiendo sus muñecas detrás de su espalda.

—Ellos no me hicieron esto…

Lo encaró. Y por breves segundos se perdió en la profundidad y calidez de esos vivaces ojos.

—Deberías ir con un médico. Tus padres no deberían ser tan descuidados.

El desconocido continúo hablando como lo haría un hermano mayor que tiene los suficientes argumentos para preocuparse. No obstante, ella se sentía extrañada ante sus comentarios.

—Descuida, todo está bien —mencionó con una apenas perceptible sonrisa en sus labios—. Así que… gracias por haberme ayudado. —No era el orgullo lo que le cortaba la fluidez verbal, sino su anómalo comportamiento.

—Sé que podrías tener miedo a causa de que te están intimidando, mas no debes quedarte callada.

¿Intimidada ella? Era más bien de la clase de personas problemáticas que se iban ganando de vez en cuando algún enemigo por intentar que las cosas salieran como debían. Sin embargo, él era la primera persona, fuera de su círculo cercano que intervenía y la defendía. Y aquella pequeña hazaña no hizo más que impresionarla. Después de todo, nadie va por allí salvando a una completa desconocida.

—Lo haré —dijo para calmar la inquietud del muchacho.

No se explicaba el origen de todo el barullo que se vivía a su alrededor hasta que una de sus compañeras entró al salón de clases, gritando efusivamente. Para cuando su mirada pasó de la ventana al interior del lugar se encontraba sola.

—¿Y el resto?

Cuando se centraba en su mundo interior se olvidaba de todo. Siempre era la última en enterarse de las cosas que ocurrían en la escuela.

—Yūki-kun, ¿cómo puedes ser tan distraída? —regañaba infantilmente una de las compañeras que aún permanecía allí—. Eres un caso perdido.

Lo que ella no sabía es que era desinterés lo que en realidad poseía esa despistada muchacha.

—¿Acaso habrá un gran evento? —El ruido proveniente del exterior así se lo indicaba.

—Nuestro equipo de béisbol tendrá un juego oficial contra la Liga Senior Marugame —informó, sonriente y de lo más ansiosa—. Deberías saberlo, tus hermanos son beisbolistas, ¿no es así?

—No pensé que el equipo de nuestra escuela hubiera clasificado —confesó sin reparo—. Además, no es el primer juego que se tiene aquí. ¿Por qué están tan escandalosos todos?

—Quizás porque uno de los chicos que juegan es hijo de un ex jugador profesional.

—Puedo jurar que existe otro motivo por el cual estás emocionada y dudo que sea el béisbol como tal.

—Vamos, tienes que venir conmigo y disfrutar de un divertido juego.

Sus palabras no resultarían molestas si no hubiera decidido levantarla de su asiento y llevársela a rastras, contra su voluntad.

Para ella que estaba acostumbrada a ver partidos de béisbol tanto por televisión como en presencial, lo que ocurría detrás del enmallado que delimitaba el campo de entrenamiento, no era en lo más mínimo novedoso. No podía explicarse por qué todas sus compañeras de clase se ponían a gritar como si fuera la primera vez que vieran a un grupo de chicos jugar. Sin embargo, sus ojos siguieron el origen de todo ese estallido de alaridos femeninos. Allí estaba el cuarto bateador, anotándose un imponente home run.

—Sabía que no venían a ver el juego porque de repente les naciera el amor por el deporte.

En cuanto un par de carreras fueron anotadas el resto felicitaba a quien les ayudó a obtener la ventaja.

—Es el chico de ese día. Quien después de asustar a esos fastidiosos se fue porque se le estaba haciendo tarde —musitó para sí misma. No deseaba ser escuchada por las chicas de su alrededor—. ¿Cómo se llama el jugador que lleva el número dos?

—Oh, así que a nuestra querida Ōkami al fin le ha llamado la atención un chico —canturreó una de las que estaba alrededor. Estaba burlándose del aparente predicamento que poseía.

—Siento pena por ese pobre chico, ¿no lo creen? —expresó con injuria una más.

—Esa es su opinión personal —habló Sora, sin perturbación alguna en su voz—. Deberían ser un poco más como yo. Y estoy segura de que Abe-kun y Enoki-kun les harían más caso.

—¡¿Cómo te atreves a decirnos eso?!

Que alguien como ella les dijera semejante barbaridad les hervía la sangre. Querían callarla a como diera lugar.

—No estoy interesada en ponerme a discutir con ninguna de ustedes. Y, de hecho, no recuerdo haberles preguntado absolutamente nada —sentenció secamente para ambas entrometidas—. Si están insatisfechas, pueden venir a verme después de que las actividades extracurriculares terminen.

—Se llama Chris Yū Takigawa —respondió la misma persona que había arrastrado su humanidad hacia ese partido.

—Qué nombre de lo más extraño.

El partido terminó antes de que su escuela pudiera despabilarse e intentar anotar una carrera. Un resultado que no sorprendía cuando se consideraba que el equipo contrario contaba con un elemento formidable que suprimió por completo los lanzamientos del pitcher.

—Barrieron con nosotros…

No había mayor motivo para permanecer allí. Se le haría tarde si no se dirigía inmediatamente hacia su club. Y para cuando llegó al gimnasio encontró al entrenador de lo más entretenido intercambiando palabras con un hombre alto, rubio, de bigote y gafas negras.

—Y yo que creía que el entrenador no podía conversar tan feliz. —Tenía una imagen bien sedimentada del mentor que les explotaba día a día sin piedad.

—Nos volvemos a encontrar.

Mientras él la recibía con una sonrisa cordial, ella había dado un par de saltos hacia atrás. ¿De dónde había salido? Casi la mató de un susto.

—Eres tú, Takigawa-kun…

—Vaya, sabes quién soy. —Estaba un poco apenado de que supiera quién era cuando él no sabía ni siquiera su apellido.

—Yūki Sora. —Llevó su mano derecha hacia él en espera de que accediera a su apretón de manos.

—Un gusto. —Estrechó su mano con jovialidad—. ¿Este es el club al que asistes?

—Justamente. —Podía hablar y vendarse simultáneamente—. ¿El hombre de allí es tu padre?

—Sí. —Su atención estaba puesta en el fondo. Las veía hacer precalentamiento antes de ponerse esos llamativos guantes de box—. ¿Alguien de su talla está metida en un club como este? —No es como si fuera demasiado baja o delgada, mas no le daba la impresión de que fuera capaz de sobrevivir en un entorno tan agresivo—. Entonces todas las heridas de ese día…

—Pues debe de ser muy buen amigo de nuestro entrenador como para que estén hablando tan amigablemente. —Aun con el cabello a los hombros no dudó en hacerse una pequeña cola de caballo.

—Mi padre me dijo que fue una de las primeras personas que lo apoyó cuando inició su carrera como profesional.

—¿Eso significa que antes entrenaba a beisbolistas…? —No importaba cuánto se lo imaginara, no asimilaba la idea.

—Veo que ya estás mejor de tus lesiones. —Optó por cambiar de tema. Había un par de cosas que lo intrigaban—. El box debe ser muy duro.

—En realidad lo que practicamos aquí es kick boxing. —Lo corrigió—. Ya sabes, no solamente están los ganchos, sino también las patadas.

—Podrías lesionarte gravemente. —Si él como jugador debía cuidarse de sufrir alguna lesión, no quería ni imaginarse el riesgo que existía en practicar un deporte de contacto.

—El entrenador nos lo advirtió desde el primer día que entramos al club. —Les había dado buenos y didácticos ejemplos—. Tampoco somos tan extremas. Somos de secundaria después de todo.

—Igualmente debes ser cuidadosa.

Iba a replicar, pero guardó su comentario para ella misma. Había algo de autoridad en esa dorada mirada que la orillaba a llevar la fiesta en paz. O bien se sentía comprometida a tratarlo bien después de lo que hizo por ella.

—Lo tendré. No mires como un inquisidor —añadió, haciendo un mohín que le pareció muy infantil a Chris—. No te rías de mis expresiones faciales.

—Lo siento. —Se disculpó en automático. Mas su sonrisa y la risa suprimida que le tambaleaban la voz no ayudaban a mejorar la situación.

—Como sea…—Exhaló para calmarse—. ¿Qué le pasa a este chico? Ni siquiera me conoce y viene a darme sermones sobre lo que debo o no debo hacer…—musitó.

—Yū, iremos a cenar a la casa de Endo-san. Puedes irte y cambiarte. Yo me quedaré a observar el entrenamiento del club.

—Descuida padre, yo también me quedo.

Sora sintió esa declaración como una amenaza. ¿Por qué se quedaba? ¿Para evaluar su desempeño? ¿Para regañarla porque lo que hacía podría lesionarla?

—¡¿Qué ha dicho…?! Y, en primer lugar, ¿por qué razón les ha permitido que se queden, entrenador? —Le importaba un bledo mirar al culpable de todo.

—Yūki, haz el calentamiento pertinente y empieza con la rutina de este día. Eres la segunda al mando y debes de poner el ejemplo para todas.

En otro momento hubiera refunfuñado ante el autoritarismo con el que le hablaba, pero había visitas y tenía que soportar.

—Entendido…

No le gustaba que le marcaran lo que podía o no hacer. Tampoco consideraba que era tan frágil a causa de su talla. Cada una de esas cosas que él le señalaba eran lo que más enfado le provocaban. Y aunque se dio cuenta de su molestia, no cesó. Y pronto descubriría que ella no estaba acostumbrada a esa clase de tratos.

No había mayor satisfacción después de una ardua tarde de entrenamiento que comprarse algo dulce y revitalizante en la máquina expendedora más próxima.

—Está bien que te guste el chocolate, Takigawa. Sin embargo, el chocolate blanco no es necesariamente «chocolate» —añadió con convicción, sujetando entre sus manos la tablilla de chocolate con almendras que había recogido hace poco de la máquina de golosinas.

—Era mejor que no conseguir nada —mencionó ya con su gollería a medio comer. Ella le había ganado la última barra de chocolate.

—Toma de una buena vez, amante del chocolate. —Extendió la tablilla hacia él.

—Tú la obtuviste. No es necesario.

El amable decline de su buena acción no le agradó. Él lo notó y se excusó con la mirada.

—Tómala y no me enfadaré contigo. —No iba haciendo buenas obras para que se las rechazaran—. Yo me compraré otra cosa y ya.

—Pero…—replicar no funcionaba, no contra alguien con la obstinación de Sora—. Al menos déjame pagártela.

—Claro que no. —Antes de que pudiera decir algo más le arrebató lo que quedaba de su albo chocolate y le dio un pequeño mordisco—. Me quedaré con este a cambio. —Yū se quedó callado por unos cuantos segundos antes de reírse de su infantil acción—. Eres un majadero…—murmuró, dándole la espalda.

—Lamento haber sido tan brusco con mis palabras.

Ella suspiró y lo miró desde el rabillo del ojo. No estaba enfada con él.

Si alguien le hubiera explicado que la peor parte de que alguien te despierte sentimientos no es que seas un manojo de nervios, sino que te des cuenta de que la distancia que te separa de esa persona especial se ha convertido en un abismo aterrador. Probablemente si se lo hubieran dicho antes se hubiera ahorrado esa desagradable sensación de haber llegado demasiado tarde.

—¿Ocurre algo malo? ¿Por qué me miras como si fuera un perro abandonado en medio de la lluvia? —No era malhumor lo que destilaba su tono de voz, sino una indirecta de que la dejara estar en santa paz mientras observaba la clase de gimnasia.

—¿Hoy vas a verte con Takigawa-kun? —preguntó directamente.

—No. Y quizás sea así por un tiempo.

—¿Se pelearon?

—Miu, deja de estar abordando el tema.

—Hay otra…—La bribona pelirroja sonrió victoriosa gracias al gesto facial de Sora—. No creo que sea rival para ti, amiga mía.

—Es muy bonita, educada, practica tenis de mesa y un montón de cosas buenas.

—Ya se conocieron. —Suspiró—. Antes que nada, debo felicitar a Takigawa por haber domesticado al feroz lobo.

—No me hagas quererte hacer lo mismo que a esas chicas de primer año —amenazó sin sutileza.

—Lo que hace el amor, ¿no? —Solamente ella tenía las agallas de decirle todo eso sin terminar en el piso con un amoroso golpe suyo en el estómago—. ¿Y piensas rendirte sin dar pelea? —Su amiga parpadeó confusa—. Después de lo que el entrenador te dijo en primer año, ¿te desamorarás por algo tan simple como una rival de amor?

—¿Rival de amor…? ¿Estás insinuándome que…? —Miu asintió un par de veces. Ella mditaba esa atrevida conclusión. ¿Podía decir abiertamente que Yū le provocaba algo más que una simple atracción física? —. No quiero que esté con esa chica. Sin embargo, tampoco puedo obligarlo a que se fije en mí.

—Demonios, Sora. ¡¿Qué te ha hecho ese chico?! —Si gritar no funcionaba, zarandearla posiblemente le ayudaría a repensar lo que había soltado así como así—. Maldito amor, deja a todos blanditos y tontos.

—Sí, esa cosa apesta…

Asimilar situaciones desconocidas era desafiante, mas no imposible. No obstante, todo ese abanico de nuevas y chispeantes sensaciones que despertaba en ella, una y otra vez, cuando se encontraban y regresaban juntos a casa eran de las pocas cosas que no sabía cómo manejar. Simultáneamente no quería entenderlas porque sabía que toda la magia se perdería y enfrentaría la realidad que ambos tenían en manos.

—Me miras como si estuvieras viendo a un muerto.

Él fue el primero en hablar y romper el mutismo que surgió desde que arribaron a la estación.

—Es que me has tomado por sorpresa —mintió tan magníficamente bien que él no lo notó—. Es raro verte por esta ruta. Últimamente habías estado tomando una diferente.

—Sí, lo sé…—No se le veía muy animado de hablar al respecto. Lucía hasta incómodo.

—¿Y qué tal han estado las prácticas? —Su molestia personal podía ser ignorada por ella, pero no la que Chris experimentaba.

¿Cuándo antepuso el bienestar de alguien ajeno a su familia al de ella misma?

—Han ido muy bien. Hemos ganado todos los partidos en los que hemos jugado y estamos preparándonos para el torneo que se avecina —informó con una tenue sonrisa que no fue pasada por alto. Y como si fuera una acción contagiosa, ella también lo hizo.

—Esa es una excelente noticia. —Estaba feliz por sus logros que ignoró la distancia que ella misma impuso para no hacerse daño mientras él yacía al lado de alguien más—. Nosotras aspiramos a llegar a las nacionales y hacernos del título como lo hicieron nuestras compañeras el año pasado.

—Estoy seguro de que lo conseguirán. Eres una buena capitana —elogió sinceramente.

Sora desvió su atención. Le daba pena que él fuera quien le hablara sobre sus aparentes fortalezas.

—Yo no me considero tan buena y menos con un cargo como ese. —Jamás se vio a sí misma como una líder nata capaz de guiar a los demás y ser un ejemplo de fortaleza y dedicación—. Agradezco tus comentarios.

Era como si no se hubieran dejado de ver durante todos esos meses. Así lo sintieron cuando optaron por prolongar su fugaz charla hasta el punto en que las primeras estrellas de la noche aparecieron.

—Ir a Seidō suena muy buena idea. Mi hermano tiene pensado entrar allí también.

—Seguramente me encontraré con él. —¿Hacía cuánto que no tenía una larga plática con alguien? Muy posiblemente desde la última vez que se vieron—. Por cierto, tengo una duda.

—¿Sobre qué? —La curiosidad no era una de las cosas que más afloraran en Yū; así que estaba interesada.

—¿Por qué te dicen Ōkami? —Se lamentó de preguntar.

Ella se había quedado callada y eso no podría significar nada bueno.

—Es un viejo apodo que me dieron desde que estaba en primaria y que se extendió hasta la secundaria —relató, resguardando sus manos en los bolsillos de su falda—. Supongo que el nombre surgió a raíz de mi comportamiento un tanto hostil…—hablar de sus defectos nunca fue un problema hasta que tenía que decírselos al chico que le gustaba tanto.

—Los lobos se caracterizan por ser altamente territoriales. Poseen un gran sentido de la familia. Son leales y fieles, pero siempre manteniendo su individualidad…—mencionó, encarándola.

Ella se quedó callada, analizando todo lo que le había dicho.

—No estoy segura de que esa sea la razón por la que me dieron ese sobrenombre.

Ella estaba consciente de los motivos que llevaron a todas esas personas a nombrarla de tal modo y olvidarse de que tenía nombre. No obstante, las razones que él expuso le resultaban mejores.

—Al menos es como yo veo a los lobos…

¿Estaba diciéndole indirectamente que así la percibía o esa enorme emoción que sentía de volver a hablarle era la que estaba llevándole a pensar cosas que no eran?

—Lo dices para hacerme sentir mejor. —Lo cual logró ante el primer cumplido—. No tengo tantas cosas positivas en mi persona.

—No deberías decir esa clase de cosas, Sora.

Lo primero que la sobresaltó fue ese claro reclamo. Lo segundo, el que la llamara por su nombre. Se sentía ridícula por emocionarse por algo tan simple.

—Estoy consciente de mis puntos fuertes y débiles. No estoy haciéndome menos —farfulló.

—Me alegra saber eso. —Suspiró aliviado. Ella no lo comprendía—. Yo personalmente creo que tienes varios puntos buenos. —Si lo que quería hacer era que su pálido rostro se pusiera rojo, lo estaba logrando sin siquiera sudar—. No hay muchas personas que sean tan dedicadas como tú.

—Yo no me he esforzado tanto como crees… Todo lo he hecho por mero egoísmo. Lo de entrar al equipo de kick boxing, acceder a ser la capitana…—mencionó taciturna—. Entré únicamente porque se dieron cuenta de que podría ser buena. Y aunque aparentemente parece que nací para practicar algo así, yo no me siento motivada. Yo soy una farsante en ese aspecto.

—No creo que sea tan malo si estás consciente de ello y al mismo tiempo, intentas remediarlo. —Sonrió con calidez—. Sé que encontrarás algo que te apasione. Incluso si no puedes hacerlo bien desde la primera.

—Eres demasiado blando…

Era demasiado amable. Y esa gentileza era verdaderamente punzante porque solamente eran amigos.

—¿Sabes? Hace unos días terminé con esa chica. —¿Estaba hablando en serio? Sora se quedó estupefacta ante esa confesión.

—¿Cómo por qué? Se les veía tan bien juntos. —Le doliera admitirlo, era así.

—No congeniamos muy bien. —Su mano derecha se deslizó hasta su nuca, rascándola un poco; intentando inútilmente liberar tensión—. También está el asunto de que casi no tengo tiempo libre por las prácticas de béisbol. Aunque lo que no pude pasar por alto fue que empezó a hablar mal de ti.

¿Alguien podría pellizcarla para que se diera cuenta de que no estaba soñando y todo lo que él le decía era verdad? Bueno, tal vez era mejor creer que todo era un mero sueño.

—¿De mí? —Se señaló—. No recuerdo haberla conocido de antes… Además, no creo que haya sido para tanto.

—No me parece correcto que alguien se exprese mal de una persona que ni siquiera ha conocido mientras se guía de lo que dicen los demás.

Ella que no quería seguir sintiéndose sofocada por esos dolorosos sentimientos y él la sorprendía con esa clase de atenciones. ¿Cómo podía dejar de querer a alguien que continuaba defendiéndola sin que se lo pidiera?

—Esos malos hábitos tuyos algún día lograrán que alguna incauta chica se enamore perdidamente de ti…—Una chica ingenua como ella.

Pocas veces se acobardaba ante alguna difícil situación; inclusive sabiendo que podía fracasar. Mas la apuesta por la que se quería arriesgar era peligrosa. Y pensar en que podría perder lo mejor que le había pasado hasta ese momento la aterraba hasta el punto en que el miedo se instaló en ella para impedir que se confesara.

Al parecer no era más que un lobo cobarde que prefería ignorar lo que sentía y seguir como si nada. O al menos así fue hasta ese día…

—¿Sucede algo? Me llamaste de repente y te escuchabas angustiada. —Esa llamada recibida un domingo por la tarde lo sacó de su estado de confort, dirigiéndolo hacia la estación.

—En realidad, sí. —Su mirada no se despegaba de la de él. Sabía que, si desviaba su atención, su convicción se esfumaría—. No es algo gravoso. Lamento haberte hecho salir de casa tan repentinamente.

—Menos mal. —La conocía lo suficiente para saber que podría estar metida en buenos líos—. Pensaba que te habían hecho algo malo.

—Es más bien sobre un tema personal. —No sabía con exactitud qué palabras usar. Quería que todo quedara claro desde el comienzo—. Verás, hay algo muy importante que quiero decirte y que ya no puedo seguir pasando por alto…

Chris guardó silencio para que se expresara sin interrupciones. Había algo que le estaba produciendo cierta ansiedad; era como si una parte de él quisiera escucharla, pero la otra prefiriera hacerla desistir del tema.

—Tú… me gustas. De hecho, creo que es más que eso.

Su voz sonó impecable. Incluso no había caído ante sus deseos de mirar en otra dirección. Estaba llena de valor.

—Sé que sonará ostentoso y grosero de mi parte, mas quisiera tener una oportunidad. No quiero perder sin siquiera haberlo intentado.

Como pocas veces en su vida, no sabía qué decir o cómo reaccionar. Estaba seguro de que los gestos de su rostro iban desde el asombro hasta una incuestionable sensación de satisfacción personal.

Ante su presión visual, sonrió con lentitud. Incluso su mirada se suavizó. Había reconocido el valor que se necesitaba para confesarse.

—Debo decir que me siento halagado. —El tenue rubor en sus mejillas lo dejaba al descubierto—. Y no eres la única que se siente de esa manera. La verdad es que tú también me… atraes.

No era únicamente su lado impulsivo el que la había llevado a moverse del punto en el que permanecía absorta, deshilando cada una de sus oraciones, sino esa inconmensurable dicha que había hecho de su corazón una fuerte y descontrolada sinfonía.

Ansiaba comprobar por sí misma que todo lo que estaba viviendo formaba parte de su realidad. Y si para eso era necesario comprobarlo a través de sus labios, lo haría.

¿Era así como se sentía saber que la persona que más quieres te correspondía? ¿Se podía sonreír tanto por algo que en apariencia resultaba ser tan simple y cotidiano? No podía ocultar la dicha que experimentó cuando tuvo el valor de robar ese primer beso.

Ese fue su primer beso. Un mundo de sensaciones inexplicables, contradictorias, que no sabía cómo manejar. Mas no lo cambiaría. Ni siquiera ahora cuando todos esos momentos se veían tan lejanos y borrosos.

Muchos pensarían que cuando te enamoras por primera vez durará para siempre, y que esa persona jamás se irá de tu lado. Sin embargo, no existe mayor falacia que esa. No es más que un pensamiento que muchos tienen en algún punto de sus vidas cuando están embriagados de amor.

El tiempo no esperaba por nadie. Y en un breve aleteo la diferencia temporal que le permitía permanecer tan tranquila, deleitándose de la suave brisa de los rosáceos pétalos de cerezo, se esfumó, orillándola a reintegrarse.

¿Desde qué hora llegó? ¿Y por qué razón no le había dicho nada? Era como si estuviera aguardando a que ella abandonara el estado de estupor que la envolvió desde que contempló los cerezos en flor.

—¿Por qué no me avisaste que estabas aquí? ¿Querías darme un buen susto? —replicó ella, centrándose en esos altivos ojos cafés.

—Pensé que te darías cuenta de que había llegado —añadió divertido con una amplia sonrisa decorándole el rostro—. Sentí un tanto de curiosidad sobre lo que estuvieras pensando.

—Recordé un par de cosas. Es todo —comentó, sonriendo con disimulo—. Algunos buenos momentos de la secundaria. —Un par de pasos hacia adelante bastaron para quedar frente a él—. La primavera no ha sido la única estación que me ha traído buenos recuerdos.

—No por favor, no empiecen aquí. No en el primer día de clases —objetó una tercera voz desde la distancia. Ambos sabían de quién se trataba.

—Yōichi, pensaba que te habías quedado dormido —dijo Sora divertida.

—O que habías olvidado inscribirte —añadió el de gafas.

—No quiero escuchar eso de ti, maldito Kazuya —gruñó furioso Kuramochi—. Ya suficiente tengo con que vayamos a ir a la misma universidad como para tener que soportarte desde el primer día de clases.

—¿Es que nunca van a comportarse bien aun cuando son tan buenos amigos? Pero creo que así son felices…

—Él no es mi amigo. —Que lo dijeran simultáneamente no lo hacía más creíble.

Ella se limitó a reírse. Adoraba cuando esos dos comenzaban a pelearse por cosas sin sentido.

—¡Ey, ¿a dónde vas?! —De nada le servía quejarse a Kuramochi. No cuando el de gafas se había adelantado hacia la entrada de la universidad—. ¿Cómo demonios puedes soportarlo? Y, sobre todo, ¿cómo rayos accediste a rentar apartamento con él?

—Para no ser su amigo estás muy enterado de todo lo que hace —señaló.

El moreno por su lado se calmó y miró en otra dirección.

—Es un gran idiota, ególatra, manipulador, desconfiado y un pesado, pero también tiene sus puntos buenos. Así que no vayas a romperle el corazón o algo así. Seguro se pone como una nenita y seré yo el que tendré que soportarlo.

No dijo nada ante su entrañable petición por un par de minutos.

—¿Y qué hay sobre mí? Es un insensible y despreocupado. La que debería de importarte debería ser yo, no él. —Se ofendió fingidamente. Yōichi se carcajeó hasta que su estómago se lo permitió—. No tienes que decirme algo que ya sé.

—¿Eso es lo que te dio después de que ganamos el torneo de verano?

No era esa delgada cadena de plata lo que le interesaba mirar, sino lo que pendía de ella y que permanecía escondido entre la mano de Sora.

—La curiosidad es muy mala, Yōichi. —Su preciado objeto permanecía de nuevo oculto bajo sus ropajes.

—¿Qué es? ¿Un dije, un guardapelo, un colgante? ¿Un anillo? —Ella fingió demencia ante sus premisas—. ¡Respóndeme!

—Vayámonos o nos meteremos en problemas por llegar tarde a la ceremonia de apertura.

—¡Dime qué es lo que te regaló!

En esa primavera conoció a su primer amor. Aquel chico llenó su vida de una cálida, pero estrepitosa ventisca de pétalos de cerezo. Sin embargo, la estación terminó, dejando los vestigios de lo que alguna vez fueron; trayendo consigo el vibrante y melancólico otoño.

El otoño, impasible y refrescante, era su nueva y vibrante primavera.