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Capítulo 2: Efecto

Era una tarde calurosa, pero la buena noticia residía en que no había entrenamiento. La entrenadora tenía que hacer una cosa que Ryoma no sabía ni tampoco le interesaba. Era una oportunidad casi caída del cielo, pensó Ryoma. El destino conspiraba para que pudiera averiguar las andanzas de su compañera, y eso fue suficiente para él.

Entonces se disponía a… Momento, momento. ¿Las andanzas de Ryuzaki? ¿En qué instante había siquiera pensado en eso? Bufó de sólo repasar mentalmente las cosas que pensaba cuando recordaba a la cobriza.

Ella no tenía ningún efecto en él. No.

Masculló de manera audible y giró sobre sus talones para irse. No iba a ir tras Ryuzaki luego de eso. Ni bien hubo dado dos pasos fue interceptado por dos sujetos que se colgaron estrafalariamente de su cuerpo. Oh, no.

—¡Pequeñín, nya!

—Echizen, vamos a comer algo.

Por Dios, no. Ahora, de pasar a espiar a Ryuzaki o lo que sea que tenía pensado hacer, tendría que ir con el par de raritos hiperactivos insufribles. Ryoma creía que no había peor castigo que ese.

—Tengo mucha hambre, vamos por unas hamburguesas —dijo Momo, haciendo una mueca teatralmente terrible.

—Toda la razón, Momo —lo imitó Eiji. Ambos hacían muecas como si estuviesen sufriendo una inanición grave y luego soltaron sonoras carcajadas, como si aquello tuviese muchísima gracia.

Ryoma suspiró pesadamente mientras cerraba cansinamente sus ojos, y se dejó arrastrar por sus dos amigos. No había caso resistirse; en esas condiciones, aunque lo intentase no sacaría nada bueno.

Luego de caminar unas cuantas cuadras —y bastante hastiados por el calor—, llegaron al local de comida rápida al que siempre iban cuando morían de hambre. Estaba abarrotado de gente, pero Momoshiro siempre tenía buena presencia en el lugar y, luego de unos cuantos minutos, llegaron para tomar su pedido.

—¡Eres increíble, Momo! —gritó emocionado Eiji— Si no fuese por ti, seguiríamos esperando.

—Gracias, gracias —respondió altaneramente el aludido, agitando la mano de un lado para otro.

Ryoma arqueó una ceja, molesto. Aquello no podía ser peor. Tener que soportar la altanería de Momoshiro y los gritos de Kikumaru-senpai era demasiado para el apacible Echizen. Si alguien tenía que sobresalir en algo, ése era él.

Sin embargo, cuando la comida llegó, no pudo resistirse al inconfundible olor de una hamburguesa recién preparada. Pronto sus pensamientos se esfumaron y sólo se concentró en los sendos bocados que le dio a la hamburguesa y en los largos sorbos a su heladísima bebida. Todo tipo de preocupación desapareció, y Ryoma volvió a ser el chico calmado que sólo pensaba en tenis. Y en que el calor se fuera, por cierto.

No obstante, al salir del local fue —nuevamente, para su desgracia— arrastrado hacia un lugar menos concurrido. Algo así como un escondite, o lo que sea.

—¿Qué sucede? —preguntó casi chillando el ambarino. Sus amigos se superaban cada día en tomarlo por sorpresa.

—Calla, pequeñín —susurró Eiji misteriosamente—. Hemos identificado a un objetivo sospechoso —y ahora sonó de lo más divertido.

El peliverde volvió a arquear una ceja, un poco confundido por la acción de su senpai. ¿Qué cosa sería tan importante como para esconderse de esa forma?

Pero cuando Momo le indicó con el índice, él comprendió a lo que se refería su compañero. Sus ojos se abrieron más de lo normal al ver a Ryuzaki junto a… ese mono de la jungla del cual no recordaba el nombre —o tal vez sí, pero no quería admitirlo—.

—T-Tooyama-kun…

El alborotado pelirrojo del Shitenhouji estaba en Tokio. Con Ryuzaki. Ella levemente sonrojada, él carcajeando a más no poder. Ella hablándole suavemente, casi de forma aterciopelada, él mirándola con ojos centelleantes.

Ryoma sintió un molesto cosquilleo en las manos. Aquello tenía que terminar. Y se dio cuenta que ella —o ella y él juntos— sí tenían efecto en su persona.

Y en la oscuridad de aquella guarida, Momo y Eiji se miraron maliciosamente.