No esperaba tanta aceptación al fic. Muchísimas gracias por los reviews, favs y follows, son las mejores :)
Capítulo 3: De desconcentraciones y averiguaciones
Ryoma intentaba concentrarse. Tenía examen al día siguiente y necesitaba prepararse adecuadamente para mantener su estatus de estudiante sobresaliente. Sí, es raro pensar que Ryoma pueda ser sobresaliente en los estudios, dado que casi todo para él —menos el tenis— es tremendamente aburrido. Sin embargo, con el tiempo se ha dado cuenta que hay materias que no le cuestan en lo absoluto. Fue así como empezó a destacar por sobre la media. Cabe remarcar que lo de "mantener" es una idea maliciosa de su padre, tan terco como una mula. Aunque no había excepciones: había materias que le "costaban".
Historia Universal era una de ellas. Por Dios, ¿cómo alguien en su sano juicio puede aprenderse tantas fechas y acontecimientos históricos sin que su cabeza explote? En serio, qué cosa más terrible tener que grabar en su memoria hechos que el ambarino ni siquiera había vivido. Le parecía ilógico tener que recordar fechas, no le encontraba utilidad. Esperaba algún día hacerlo… No, no quería hacerlo; realmente era una materia insufrible.
Sin embargo, ahí se encontraba el Echizen, intentando aprender la fecha exacta en la que Napoleón Bonaparte participó en la Batalla de Waterloo. Horroroso.
Para colmo de males —no era suficiente con que la materia en sí le costara— su cabeza se encontraba en otra parte, vagando por los pasillos del colegio, por las calles de Tokio. En definitiva: en cualquier lugar, menos en donde realmente tenía que estar: estudiando.
Es que nadie podía culparlo, había hecho todo el intento pero el maldito libro insufrible era terriblemente aburrido. Y además… Ryuzaki. ¡Ryuzaki! ¿Qué hacía ella con el salvaje inaguantable de Tooyama? El sólo hecho de pensar que ella no se encontraba cumpliendo la rutina le producía un cosquilleo en la boca del estómago. Nunca iba a admitir que estaba molesto, no. Ryoma no estaba molesto en lo absoluto.
Es sólo que la cotidianidad de la vida le había hecho acostumbrarse a su presencia, a que ella estuviese ahí, silente pero muy cumplidora. Le costaba siquiera pensar en que ella estaba cambiando eso por unas tardes alegres con el salvaje. Le costaba más de lo que quería admitirlo, y era extraño.
Cerró el libro de historia con desgana y soltó un audible suspiro. Súbitamente, se levantó de la silla y se dirigió al baño, empapándose la cara con agua al llegar.
"Basta", se dijo a sí mismo. "Volveré a estudiar y mi concentración será excelente. Nada podrá detenerme para el examen de mañana", pensó decidido.
Su resolución se mantuvo hasta que llegó la hora de dormir y, finalmente, sintió que el día fue provechoso.
A la mañana siguiente se encaminó como de costumbre al colegio. Las clases pasaron rápidamente —más de lo que él podría pensar— para dar paso al ansiado entrenamiento. Sin embargo, en ese lapso no pudo evitar notar que su compañera se veía distinta. Se veía… distraída. Como si su abstraída mente se encontrase en otro lugar, lejano al salón de clases.
Ryoma golpeaba fuertemente la pelota, imprimiéndole rapidez con cada choque contra su raqueta. Otro golpe más y, luego, el partido contra Arai llegó a su término. El ambarino alzó su crisma.
—¿Ya? —soltó aburrido.
No había peor cosa que un partido corto y carente de pasión por parte de su rival. Arai iba a reclamar pero fue interrumpido por Momoshiro.
—¿Qué te pasa, Echizen?
El aludido arqueó una ceja, no entendiendo del todo la pregunta realizada por su amigo.
—Estás jugando distinto —afirmó el pelinegro—. Como si estuvieras… enojado.
Ryoma no se inmutó al escuchar esas palabras.
—No me pasa nada —dijo, casi con serenidad.
Momo esbozó una sonrisa.
—Claro que no —dijo divertido—. Por eso tu partido terminó tan rápido —comentó sin borrar la sonrisa de su rostro.
"Está tan abstraído que ni siquiera ha notado lo incómodo y molesto que está", pensó risueño el pelinegro.
—Escucha, creo que puedo ayudarte —soltó de repente—. Dame un par de días y lo averiguaré.
El ambarino se quedó estático en su lugar, analizando cada palabra.
—¿Averiguar… qué? —preguntó, entendiendo a medias.
Momo amplió aún más su sonrisa.
—Dame unos días —repitió.
Y tal y como se lo había asegurado a Ryoma, Momo volvió con datos frescos y sabrosos una semana después de haber tenido esa extraña conversación.
—Lo tengo —dijo, ampliando su boca y mostrando todos sus alineados y blancos dientes, en algo que parecía ser claramente una sonrisa de suficiencia.
