Hola chicas :) Quiero contarles que desde ahora tendré un poquito más de tiempo, así que tal vez actualice más rápido. Sé que no debería hacerlo, pero hay varias lectoras de Espectador leyendo este fic, así que a ellas les digo: muchas gracias por sus reviews, ya está en proceso la continuación, agradezco su paciencia casi infinita :) porque sé que me he demorado bastante.

Una última cosa: ¿creen que avanza muy lento la historia? Es sólo para saber, tampoco quiero aburrirlas. Bueno, sin más que decir, las dejo leer.


Capítulo 5: Reacción

Ryoma escuchó atentamente las palabras de su senpai, mas no dijo nada. Ciertamente, le parecía que su amigo había hecho una investigación profunda con respecto al tema. Extrañamente, pensó en los contratiempos por los que tuvo que pasar: ir al Hyotei, hablar con Oshitari-san, mentirle y luego hablar con Kenya-san. Estuvo a punto de reír de sólo imaginarlo en aquellas situaciones tan incómodas. Una reacción totalmente extraña, porque en esos momentos, lo que menos debía hacer era reír.

Su semblante no había cambiado ni un ápice desde que el pelinegro terminó de hablar.

Momo, por su parte, pensó que la noticia causaría un gran impacto en su compañero de equipo; sin embargo, no fue así y eso le extrañó. Conocía a Echizen y sabía que —aunque quisiese esconder sus emociones— había ciertos gestos o comportamientos que simplemente no se podían evitar. Frunció el ceño en una actitud casi confundida.

—¿Qué opinas?

Ryoma se volteó y lo miró con profundidad.

—¿A qué te refieres? —preguntó con sequedad.

Takeshi esbozó una mueca y se tapó trágicamente la frente.

—Sobre lo que te acabo de contar.

Sobre lo que le acababa de contar. ¿Qué podía decir al respecto? Cada quien podía hacer con su vida lo que quisiese, él sólo se enfocaba en sí mismo y en mejorar cada vez más en el tenis —si eso era siquiera posible—. De hecho, ¿qué le importaba a él lo que ella hiciera o dejase de hacer? Nada, en efecto. Absolutamente nada. Sabiendo el motivo de su ausencia en los entrenamientos, ya podía vislumbrar una mejoría en su concentración y un enfoque al cien por cien en el tenis, pues estaba totalmente seguro que su dispersión se debía a que no tenía idea de lo que ella hacía, y eso le hacía pensar en cosas innecesarias.

—Nada.

Takeshi repitió aquel gesto.

—Tienes que opinar algo al respecto —le espetó—. Lo que sea.

Ryoma inhaló aire y respondió.

—Que está bien, ellos pueden hacer lo que quieran —dijo simplemente.

A Momo casi se le desencajó la mandíbula al escuchar aquella respuesta. Es cierto que el ambarino es una persona extremadamente reservada con su vida privada, pero incluso así no podía creer que, después de tantas reacciones a favor de la cobriza, él dijese eso.

—¿Estás seguro? —preguntó, chasqueando levemente la lengua.

El peliverde giró sobre sus pies y caminó lentamente hacia su casa, posando ambas manos en los bolsillos de su pantalón, dejando a su amigo con la duda instalada en su mente.


Caminó lentamente por las calles, dejando que el viento le desordenara juguetonamente el cabello, e intentó pensar en los acontecimientos ocurridos. Cuando llegó, no pudo hacer más que tumbarse en su cama y reaccionar. "No me importa, no me importa", mascullaba de vez en cuando. Y es que quería autoconvencerse de que era así, pero no pudo conseguirlo. No podía evitar evocar sus sonrojos y su tartamudeo, pero casi, casi enfureció al recordar que una vez, y sólo una vez, esas acciones no fueron dirigidas hacia él. Pero la mente a veces juega una mala pasada, justo como le estaba sucediendo ahora, recordándole cosas que quería olvidar.

Y también, deteniéndose o dejando de funcionar en momentos clave como el de aquella tarde.

Y si es que antes no lo había admitido abiertamente, ahora lo hacía: Ryuzaki Sakuno le importaba, tal vez no de una forma amorosa —eso no lo sabía—, pero le importaba al fin y al cabo. Porque si esto que sentía no era afecto por una persona, entonces estaba mal enfocado en la vida, o la vida estaba mal enfocada con él. Era terco, sí que lo era, pero debía reconocer que aquello nunca antes le había pasado. Nunca había perdido su enfoque en el tenis, ni siquiera cuando Ryoga llegó para desordenarle su mundo, ni siquiera cuando su padre desencajaba todo lo que él tenía estructurado. Y eso era decir demasiado.

Estaba decidido: analizaría las situaciones posteriores con ojo crítico y actuaría a conciencia. Era lo mejor que podía hacer. O, de hecho, era lo único que podía hacer. Perder la cabeza y descontrolarse no era parte del carácter de Echizen Ryoma. No lo era y, ciertamente, nunca lo sería. Al menos no en esta vida.