¡Hola! Este capítulo me gustó y por eso he decidido subir la continuación hoy o mañana, para no perder el hilo de la historia. Espero que disfruten de la lectura.
Capítulo 6: Petición
Las clases habían comenzado y Ryoma sentía un sopor tremendo. Es que estar en Historia Universal era un tremendo lío, y sólo quería que terminara porque no aguantaba estar ahí ni un segundo más.
—Y entonces, necesito que… reporte… próxima… emana…
Ryoma se rindió ante Morfeo y disfrutó del exquisito sueño que se le presentó. Estaba jugando un partido de tenis contra Tooyama Kintaro y, no es que se creyese la gran cosa, pero le estaba dando una paliza de aquellas. Bah, patrañas, ¿a quién quería engañar? Se creía y efectivamente era la gran cosa. Era una columna fundamental en su equipo y para sus compañeros, no por nada su capitán quería que él fuese el próximo pilar del equipo de tenis. Se disponía a dar el golpe final, mientras escuchaba a Kintaro vociferar "No, ¡por favor no, Koshimae!", cuando todo se volvió confuso y negro.
—¡Echizen!
Se despertó súbitamente ante el bramido de su profesora, refregándose los ojos mientras intentaba contener —sin éxito— un pronunciado bostezo.
—¡Es la última vez que te permito dormir en mi clase! —gritó enfadada la académica.
Sus compañeros estallaron en risas mientras él seguía en su intento por desperezarse. Giró su cabeza y se encontró con los ojos carmesí de Sakuno, quien lo miraba divertida y de otra forma que Ryoma no pudo descifrar.
—¡Orden, orden! ¡Continúa la clase! —exigió la profesora.
Fue así como todo se fue calmando, y el ambarino nuevamente luchó por no sucumbir ante el sueño. Cuando las clases y los entrenamientos terminaron, Sakuno lo interceptó a la salida.
—Ryoma-kun.
Era la primera vez, desde que se había enterado que Ryuzaki y Tooyama estaban saliendo, que la cobriza le hablaba directamente.
—Hmph —fue el vacuo sonido que salió de sus labios, indicándole que la había escuchado.
—V-Verás, yo… —dijo nerviosa, jugueteando con sus dedos pulgares— B-Bueno, no sé si sabías, pero Tooyama-kun está en la ciudad porque está en una capacitación, y b-bueno, él me p-pidió si tú… podías… yo…
Ryoma esbozó una mueca de cansancio al escuchar el incesante tartamudeo de su compañera. ¿Por qué siempre que hablaba con él tenía que tartamudear y ponerse nerviosa de esa forma? Y es que no lo entendía; si ella salía con Tooyama, no debería sentir vergüenza por hablar con otro hombre, después de todo, pensaba que aquello la ayudaría a superar su timidez.
—¡Me pidió si le puedes mostrar algunas canchas de tenis! —dijo por fin.
¿Qué? ¿Y por qué diablos, de entre todas las personas del mundo, tenía que ser él?
—Estoy ocupado, no quiero —fue su respuesta escueta.
Ante esto, la cobriza bajó su mirada y en su rostro se dibujó una mueca de tristeza.
Maldita sea, cómo detestaba hacer sentir mal a personas que no eran malas con él. Cuando se trataba de tenis, hasta con el mismísimo Kirihara Akaya, el diablo, era despiadado —dentro de los límites de lo permitido, obviamente—, pero con Ryuzaki… Ella no le había hecho nada malo; era como hacerle algo así a su prima Nanako.
Ryoma agitó efusivamente su cabeza ante este pensamiento. ¿Qué diablos…? No, no podía estar poniendo a Ryuzaki al nivel de su familia, no, no y no. Era el sueño, estaba seguro. Sí, todavía estaba medio adormilado.
—Está bien —dijo finalmente, tomándose la cabeza y desordenándose los mechones negros con verde.
Sakuno alzó su cabeza y él vio, en lo profundo de su mirada, un brillo especial que no siempre veía, y que no le dedicaba a muchas personas. Su sonrisa era amplia y sus mejillas estaban levemente azoradas. Algo en la boca de su estómago se revolvió.
—¡Qué bien, gracias Ryoma-kun! —exclamó muy animada— Me dijo si podía ser mañana…
Así que mañana, ¿eh? Mañana sería el día en que vería nuevamente a ese mono de la selva. No era una mala decisión; después de todo, podría analizar levemente el comportamiento de ambos. Si alguien supiese en cómo pensaba últimamente, pensarían que no era el mismo Ryoma de siempre.
—Hmph —dijo en un suspiro.
Giró sobre sus talones y siguió su marcha, escuchando un efusivo "Adios, Ryoma-kun, ¡y gracias!". Esbozó una tenue sonrisa al imaginársela agitando intensamente su mano en señal de despido.
Y es que Echizen se lo imaginó, pero nunca, ni en sus sueños más remotos, pensó que realmente lo estaba haciendo.
