Capítulo 8: Shiraishi al ataque

Tooyama Kintaro se encontraba ya sentado en el tren que lo llevaría de vuelta a su ciudad. Junto a él, el capitán del Shitenhouji se encontraba apaciblemente leyendo una revista. Ya había acabado la famosa capacitación que lo había tenido varios días en la capital del país.

—Ah, ecstasy —dejó escapar Shiraishi—. Nada como volver a casa.

—¡Sí, qué emoción! Ya no puedo esperar —dijo entusiasmado el pelirrojo.

El rubio alzó una ceja. En su cabeza se instaló un pensamiento que no pudo desechar hasta plantearlo directamente, por lo que dejó a un lado la revista y miró fijamente a los ojos de su amigo.

—¿Y no extrañarás a Sakuno-chan?

Kintaro lo miró como si un adulto le ofreciese un dulce a un niño. Ingenuo.

—¡Por supuesto!

Shiraishi esperaba más respuesta que eso, por lo que continuó con su interrogatorio.

—Y vivimos muy lejos —prosiguió—. Sé que tienes su número telefónico pero, ¿es eso suficiente?

Los ojos de Kintaro se abrieron de par en par, dejando ver su iris café. Pareciendo captar poco a poco su pregunta, respondió:

—Tienes razón. ¡Pero aun así quiero volver! —exclamó, mostrando todos sus dientes en una afable sonrisa.

El rubio apoyó su mano en su cabeza, pensando en cómo sonsacarle información al inocente novato.

—Pero te gustaría volver a verla, ¿no es así?

—¡Por supuesto! Sakuno-chan cocina de maravilla.

Shiraishi esbozó una sonrisa de complicidad.

—¿Te gusta?

—¿Sakuno-chan? ¡Por supuesto! —volvió a repetir— Cocina muy bien y es muy agradable —respondió, balanceándose en la butaca del tren.

El capitán del Shitenhouji negó con la cabeza.

—No me refiero a eso. Me refiero a que si te gusta como mujer —puntualizó. Kintaro volvió a abrir desmesuradamente sus orbes café, y el rubio soltó una risa—. Me refiero, Kin-chan, a que si te gustaría estar siempre con ella, comer siempre su comida, ver cómo se comporta en todo momento. Si ríe, si llora, si simplemente te mira cálidamente —profundizó.

El pelirrojo se llevó una mano a su cabeza, rascándosela y desordenándose el cabello. Tenía en su rostro un semblante de concentración, como si realmente estuviese analizando palabra a palabra lo que su compañero le acababa de decir.

—Me gusta su comida —afirmó finalmente—. Me gusta su sonrisa, me gusta estar con ella pero, ¡no me gustaría que llorara! Y si lo hace —dijo, aún balanceándose—, me gustaría estar allí para que no se sintiera tan triste.

El rubio capitán esbozó una cálida sonrisa mientras miraba con cariño a su compañero de equipo.

—Entonces te gusta —aseveró el muchacho.

El novato, por primera vez en mucho tiempo, hizo gala de su flamante cerebro y se puso a pensar. No le gustaba pensar demasiado si no se trataba de tenis. Era bastante monotemático en ese sentido. Pero ahora, habiendo escuchado lo que Shiraishi le había dicho, no podía pasar aquello por alto.

¿Le gustaba estar con ella? ¡Por supuesto! Era una persona agradable y sencilla, que reía con cada cosa que él decía y siempre le regalaba una bella sonrisa. Y su comida… ¡Por Dios! Su comida era una de las cosas más ricas que había probado en su vida. De hecho, dudaba que alguien pudiese cocinar así de bien. Debía de ser algún tipo de extraterrestre conviviendo entre humanos. Escalofriante. Y si alguien la hiciese llorar… no cabían dudas de que sería el primero en estar con ella. ¿Quién, en su sano juicio, podría hacerle daño a una persona como ella? ¿A alguien que no mataba ni a una mosca?

Y entonces, con una abrumadora claridad, cayó en la cuenta.

Finalmente, agitó positivamente su cabeza, sin imaginarse que esto desencadenaría una serie de hechos que él nunca se hubiese esperado.

En su butaca, Shiraishi esbozó una gran sonrisa mientras miraba al horizonte y pensaba. Definitivamente, las cosas se iban a poner movidas. Muy movidas.