Hola a todos. Como siempre, agradecer su inmenso apoyo para con este fanfic, y dar la bienvenida a todos los nuevos lectores. Segundo, anunciar que quiero comenzar a escribir de corrido todos los capítulos restantes, todo con el afán de poder actualizar más seguido y, por supuesto, aprovechar los arranques de inspiración lo que más pueda. Esto significa que puede que me tarde un poco más de lo que ya es usual en subir el próximo, pero luego de eso no tendrán que esperar demasiado :) Esto lo hago principalmente porque pensé que en las vacaciones sentiría muchas más ganas de escribir (e inspiración) que estando en clases, cosa que no se ha dado (la musa llega por días y luego se larga, la muy maldita), y también porque no quiero sentir culpa cuando no me sienta en condiciones de actualizar.
Sin más que decir, les dejo el capítulo, espero que lo disfruten y me hagan llegar todos sus comentarios (saben que me alegra demasiado leerlos ). Nos leemos en febrero.
Capítulo 12: La intervención del Samurai
Clap, clap, clap. La pelota de tenis chocaba contra el techo de la habitación de Ryoma, haciendo un seco ruido mientras regresaba hacia su ejecutor. Pero hacer eso no iba a evitar que la pila de preguntas y pensamientos se juntaran de forma desordenada y caótica en su mente. ¿Por qué? ¿Por qué de repente había comenzado a desarrollar sentimientos por Ryuzaki? ¿Desde cuándo? Si hubiese sabido antes, ¿podría haber tenido la capacidad de detenerlos? Y algo todavía más importante —ya que lo demás estaba tristemente asumido—: ¿Por qué tenía que ser justo ahora, justo cuando ella parecía estar tan a gusto con Tooyama? ¿Y por qué diablos Tooyama se aparecía de vez en cuando en Tokio? ¿Con qué dinero, con qué tiempo? Demasiadas preguntas en su mente que, por el momento y para su absoluta desgracia, no tenían respuesta.
Dejó de lanzar el esférico cuando escuchó el golpeteo de una mano en la puerta de su dormitorio. Su padre entró sin esperar una contestación.
—Es hora de almorzar, jovencito.
Ryoma ni siquiera hizo el intento de responderle. Se levantó pesadamente de su cama y Nanjiroh elevó una ceja cuando lo vio salir de su cuarto sin decir una palabra, notando que su hijo poseía un aura distinta a la que siempre lo rodeaba. Lo siguió en silencio hasta el comedor, sentándose frente a él.
—¡Que aproveche! —dijeron todos al unísono. Sin embargo, las palabras de Ryoma se escucharon distantes, como si no fuese él el dueño de su cuerpo y sus acciones, lo que obligó a Nanjiroh a no despegar un ojo del muchacho. Últimamente su hijo se estaba comportando de una forma muy extraña, y él iba a averiguar el porqué de aquello.
Pese a ello, el almuerzo transcurrió de manera normal. Rinko y Nanako conversaban animadamente sobre una amiga de la castaña, quien iba a casarse prontamente. Por lo tanto, la dirección que estaba tomando aquella charla era clara: la ropa que iba a usar para el matrimonio. Rinko no era superficial, pero esta situación ameritaba conversar sobre cosas triviales. Fue por lo mismo que ninguna de ellas notó el ánimo que invadía a Ryoma en esos momentos. El ambarino se llevaba a la boca pequeños trozos de comida, haciendo minúsculos círculos en el plato con su tenedor, algo que distaba totalmente del hambriento Ryoma que todos conocían. Y su padre no se perdió detalle de sus actos.
—Gracias por la comida —dijeron cuando todos terminaron.
Ryoma se levantó con celeridad de la silla y fijó sus ojos felinos en la figura de su padre.
—Viejo —dijo, haciéndole una seña que él conocía demasiado bien.
Captando el mensaje y sonriendo en el proceso, Nanjiroh fue buscar su raqueta de madera, esa que parecía tan insignificante pero que, si se sabía utilizar bien, podía hacerte prácticamente invencible. Su hijo ya lo estaba esperando al otro lado de su casa.
—Cuánto te tardas, viejo —le reprochó con impaciencia en su voz.
—Silencio, jovencito.
Ni bien comenzaron a jugar, Nanjiroh sintió la inmensa rabia que poseía su hijo. Se notaba que la única forma de poder liberar todo eso era jugando tenis.
—¿Qué pasa contigo, jovencito? —Ryoma simplemente se limitó a seguir jugando, sin abrir la boca en ningún momento—. ¿Acaso estás así por las clases? ¿Por el club de tenis? ¿Por tus amigos? —Nanjiroh no se rindió pese a que su hijo parecía no tener intenciones de contestarle—. ¿O acaso será por una chica?
Cuando Ryoma procesó esas palabras, sus ojos se abrieron más de lo normal, alzando sus cejas y separando levemente los labios de su boca. Lo corrigió casi al instante para que él no se diera cuenta. Su padre sonrió con socarronería cuando notó que por fin dio en el clavo del asunto.
—Los chicos de tu edad son bastante predecibles —comentó con simpleza mientras devolvía todos los tiros de Ryoma con una facilidad pasmosa—. ¿Qué pasó con Sakuno, jovencito? —preguntó con eterna malicia.
Ryoma ejecutó con muchísima rabia y fuerza, mascullando algo inentendible entre dientes, por lo que el tiro cayó fuera de la cancha y la pelota fue a dar muy lejos de ellos.
—Se acabó el juego —sentenció el mayor. El ambarino estuvo a punto de protestar, pero Nanjiroh se le adelantó—. No puedes jugar con tanta furia, no sirve de nada —dijo sonriendo con suficiencia—. Ve a dar una vuelta, aún es temprano.
—Viejo —farfulló—, quiero seguir jugando.
Pero su padre ya se había ido lejos, tarareando una canción y leyendo una de sus típicas revistas. Ryoma suspiró. Él tenía razón, no podía seguir jugando así, por lo que decidió tomar su consejo y salir a caminar. Tomar aire le haría bien.
Salió de su casa sin decir una palabra mientras se acomodaba su jockey en su cabeza y posaba sus manos en los bolsillos de su pantalón. Transitó varios minutos sin rumbo alguno, intentando no pensar demasiado. A pesar del apabullante calor que hacía, el viento le sentó bastante bien. Justo cuando su rabia comenzaba a disiparse, un par de voces demasiado conocidas lo estremecieron.
—¡Koshimae!
—R-Ryoma-kun.
Por todos los dioses, esto no estaba pasando. Ryoma se negaba a que aquello estuviese ocurriendo de verdad. Se giró conteniendo una mueca hostil cuando vio a las dos últimas personas que quería ver en su vida.
Tooyama iba vestido igual que siempre, igual de desordenado e igual de molesto. Pero Ryuzaki…
—Koshimae, ven con nosotros —dijo con esa contagiosa alegría que lo caracterizaba cuando llegó hacia donde estaba el ambarino—. ¿Sabías que hay animales enrejados al otro lado de la ciudad, y que hay que pagar para verlos? ¡Escalofriante!
—Se llama zoológico, Tooyama-kun. En Osaka también hay.
—Como sea, ¡nunca había visto uno! —parloteó emocionado—. Le pediré a Shiraishi que me lleve a conocer uno allá, ¡sí!
Sakuno rió dulcemente ante la ingenuidad del pelirrojo tenista, pero el Echizen no pudo despegar su vista de la joven. Muchas veces en el pasado la había visto vestida con ropa que dejaba ver más partes de su cuerpo —dígase un vestido—, pero hoy era la primera vez que realmente caía en la cuenta de las curvas de la chica. Ryoma pensó en ese momento que cualquier cosa que ella se pusiera le quedaría bien, cualquiera.
—Venga, Koshimae, ¡acompáñanos! —insistió Kintaro.
La realidad apabulló a Ryoma cuando notó con desgana que ellos estaban en una cita. Perfecto, de verdad no podía pedir más, pensó con ironía.
—Estoy ocupado —rechistó de mala manera.
—Koshimae, eres muy raro, siempre estás ocupado. ¡Por favor! —pidió inflando los mofletes, una acción que hizo a Sakuno soltar una sonora carcajada.
Ryoma no podía soportar un minuto más ahí con ellos. Iba a dar media vuelta y retornar hacia su casa, pero la mirada suplicante de Sakuno pudo más que su fuerza de voluntad.
—Está bien — soltó entre dientes mientras se agarraba un par de mechones de su cabello.
Tooyama soltó un grito de victoria a la vez que Sakuno sonreía con ternura. Lo único que Ryoma esperaba de todo eso era que la rabia no lo consumiera tan rápidamente.
