Hemos llegado a los 50 reviews, sé que es poquito comparado con otros fics, pero GRACIAS, en serio. Estoy muy feliz :') Debido a este suceso, les regalo este pequeño capítulo, el último que subo hasta, ya saben, terminar la historia completa para subirla de un sopetón. Espero sus lindos comentarios una vez más :) El estado del avance del fic lo publicaré en mi perfil, por si gustan pasar.


Capítulo 13: Acuario

Ryoma suspiró por enésima vez en lo que iba de la jornada. Extraño, porque el muchacho solía enterrar sus emociones con candado de hierro y nunca salían a flote, pero esta vez —y todas las últimas veces— parecían emerger con una velocidad casi igualable a la de la luz. ¿Quién iba a pensar que el atolondrado Tooyama Kintaro podía poner de tan mal genio al Príncipe del tenis?

—¡Sakuno-chan, mira! ¡Oh, y eso, Sakuno-chan! ¡GENIAAAAAL! ¿Está cambiando de color?

En un acto reflejo, Ryoma volvió a soltar un suspiro tan profundo como molesto. Sakuno lo había convencido de ir junto a ellos al Acuario de Shinagawa, su siguiente destino en esa tarde de sábado. El peliverde había argumentado que no tenía dinero suficiente para pagar la entrada, pero otra vez Sakuno y su dulzura lo habían convencido.

—No te preocupes Ryoma-kun, tengo dinero suficiente para los dos —había dicho en un tono que intentó sonar seguro, pero que develó un creciente nerviosismo.

Ryoma lo aceptó con un asentimiento de cabeza —no sin antes pensarlo por un momento y luego decidir dejar su orgullo de lado— mientras Tooyama Kintaro balbuceaba palabras ininteligibles, posiblemente por la emoción del momento. Después de haber tomado el autobús, se vio sumido nuevamente en aquel extraño trío. Kintaro se emocionaba cada dos por tres por los peces que cambiaban simultáneamente de color, a la vez que Sakuno se alegraba por la algarabía de su amigo. Y Ryoma simplemente los contemplaba, aunque no podía mantenerse del todo impasible al escuchar a Kintaro gritar de esa manera. Otro suspiro cansino se escapó de sus labios. Se movió como autómata cuando sus sentidos se embriagaron con la voz de la cobriza.

—Ya va a comenzar el show de delfines.

Si Ryoma alguna vez en el día se sintió furioso o incómodo, aquello se evaporó rápidamente al momento de sentarse en las butacas para ver el espectáculo. Se sintió obnubilado al contemplar a los delfines hacer esas piruetas en el aire y caer límpidamente al agua. Giró lentamente su cabeza para mirar a sus compañeros, y no se sorprendió al verlos a ambos embelesados viendo la demostración formidable de los mamíferos.

Cuando el show terminó, los espectadores estallaron en vítores de algarabía. Kintaro gritaba emocionado que ese había sido el mejor espectáculo que había visto en su vida, mientras Ryuzaki aplaudía efusivamente y con los ojos un tanto húmedos. Ryoma tuvo la certeza de que ninguno de ellos había presenciado un show así antes. Él tampoco lo había hecho.

Kintaro estaba feliz, cosa que no era rara en él, pero hoy realmente su alegría se esparcía por cada lugar que pasaba. Y Ryoma, por primera vez en lo que llevaba de conocerlo, estaba de acuerdo con su felicidad contagiosa. Ya ni siquiera tenía ganas de estar mal genio y refunfuñar por Ryuzaki. Cuando salieron del parque, quince minutos después, y ella llegó con dos conos de helados gigantes y una sonrisa amable en su rostro, Ryoma se dio cuenta de que estar los tres juntos no era tan malo. Tooyama era un insoportable del demonio, pero parecía que Ryuzaki podía moldearlo a voluntad. Y el ambarino junto a la chica parecían funcionar especialmente bien.

—Koshimae, dame de tu helado —dijo Kintaro, balanceándose en la banca en la que estaba sentado.

—No me llamo Koshimae —recitó con voz cansina—, y no te daré de mi helado.

—¡Claro que eres Koshimae, Shiraishi me mostró tu nombre y así te llamas! ¡Y no es tu helado, Sakuno-chan te lo compró así que dame!

Ryoma esquivó con una maestría pasmosa la mano alborotada de Kintaro que pretendía robarle un poco de su postre.

—Tooyama-kun, creo que has entendido mal los kanjis del nombre de Ryoma-kun —comenzó a explicar Sakuno, pero se dio cuenta de que el pelirrojo ya no lo escuchaba. Kintaro se encontraba en una lucha frenética por conseguir algo del helado del ambarino.

—¡Ya sé! —gritó alterado—. Como Sakuno-chan compró los helados, ¿qué tal si ella decide si me convidas del tuyo? Es un trato justo —dijo sonriente y con los ojos emanando destellos poco sutiles.

Ryoma gruñó ante la sorprendente astucia del oriundo de Kansai al tiempo que miraba a Sakuno directamente a sus ojos marrones. Ella se sonrojó violentamente al sentir también la mirada de Kintaro sobre su cuerpo. Estaba, literalmente, en el medio de la situación.

—B-Bueno —comenzó un tanto dubitativa—, creo que no es malo compartir tu helado con Tooyama-kun, Ryoma-kun. A-Aunque estoy en desacuerdo… yo les compré los helados a ustedes, por lo tanto son suyos. ¿Compartir? —preguntó con un leve sonrojo en las mejillas, atreviéndose a mirar al Echizen a esos claros y grandes ojos.

Ryoma le sostuvo la mirada hasta que ella fue incapaz de seguir mirándolo, presa de la vergüenza. Él simplemente había perdido la cuenta de todas las veces que había suspirado en el día. Haciendo uso de toda la paciencia habida y por haber en el mundo, estiró lentamente su brazo hasta llegar al otro lado. Kintaro abrió desmesuradamente los ojos y luego soltó un grito de victoria, acercando su cuchara de plástico al ansiado cono. Soltó un gemido de satisfacción en el momento que el esperado postre alcanzó su boca, y luego sonrió como bobalicón.

—Tu helado estaba definitivamente mucho más rico —sentenció, mirando acusadoramente a la muchacha.

Sakuno dejó escapar una tímida risa y Ryoma sonrió con regocijo. Aquella pequeña muestra fue suficiente para que entendiera hacia dónde se inclinaba la balanza. Aunque no dejaba de ser extraño pues, según lo que había podido entender de su último encuentro, Ryuzaki y Tooyama estaban saliendo.

—Dame del tuyo —ordenó luego de unos segundos. Kin-chan hizo un mohín cómico pero no se rehusó.

Sí. Definitivamente aquella salida no había sido tan mala. No podía ser mala si lo había pasado bien. Al menos había podido pasar tiempo con Ryuzaki, y había descubierto que ella misteriosamente se inclinaba hacia él. Comenzaron el retorno a sus respectivas casas mientras Ryoma esbozaba una sonrisa ladina.