HOLAAAAAA. Yo sé que quieren cortarme en pedacitos por lo mucho que me he tardado, pero he tenido mis razones (aunque no vienen al caso). Y me van a matar aún más cuando les diga que no he terminado la historia (aunque me falta poco, eso es seguro), pero ya me sentía mal no actualizando por tantos meses así que les traje este pequeño aperitivo de lo que se viene. Espero que les guste y que me disculpen por el retraso xD


Capítulo 14: El arribo del mayor

Ryoma seguía maldiciéndose a sí mismo, pese a que ya habían pasado un par de días desde su última salida con ellos. No podía creer la mala suerte que tenía al haberse dado cuenta de que le gustaba Ryuzaki justo en el momento en que ella decidía salir oficialmente con Tooyama Kintaro. Pero había que ser sinceros y autocríticos: él había sido demasiado lento, pues se le había dado el escenario perfecto cuando el pelirrojo se fue a su natal Osaka; sin embargo, Ryoma prefirió analizar las cosas con ojo crítico antes de actuar.

Se removió entre sus sábanas, inquieto, frustrado y derrotado. Habiendo llegado a este punto, Ryoma sólo tenía dos opciones: luchar por ella, aprovechando la debilidad que la muchacha tenía por él; o definitivamente dejar que ella estuviese con Tooyama —después de todo, Ryuzaki lo había elegido por sobre él—.

Volvió a agitarse en el interior de su cama. Todo el rigor de la escasa edad y la inexperiencia que poseía estaban recayendo sobre él en esos momentos, y aquello se traducía en que Ryoma, irremediablemente, no sabía qué demonios hacer. Por una parte, quería vencer su tosco orgullo e ir y decirle a Ryuzaki que lo eligiera a él, que le gustaba, que lo pasaban bien juntos, que se compenetraban bien. Pero, por otro lado, no podía ser tan egoísta de decirle esas cosas siendo que ella ya había tomado una resolución, una que no tenía que ver precisamente con él. Y es que Ryoma, con el pasar del tiempo, empezó a pensar más en los demás y un poquito menos en él. Pero ojo, sólo un poquito.

No obstante, había algo que Ryoma no lograba comprender del todo. ¿Por qué, si ella ya estaba saliendo con el mono pelirrojo, seguía teniendo ciertas preferencias por él?, ¿por qué tartamudeaba cuando le hablaba?, ¿por qué se empeñaba en invitarlo a sus citas? Había algo en esa "relación" que no le cuadraba del todo, y más temprano que tarde iba a terminar encajando todo, Ryoma lo presentía.

El sonar del teléfono hizo que dejara sus pensamientos de lado, se levantara súbitamente y bajara al recibidor. Al quinto timbrazo logró contestar.

—Aló —rezongó un tanto aburrido.

El interlocutor al otro lado de la línea soltó una risa divertida.

—Enano, qué bueno que estás en casa.

Oh, no. Aquel nefasto tono de voz, aquella forma ingrata de llamarlo… Incluso podía imaginarlo sonreír arrogantemente.

—Ryoga —dijo, intentando no mostrar ninguna emoción—. ¿Qué quieres?

—Esperaba que pudieras abrirme la puerta de la casa, si no es mucha molestia —se mofó el mayor.

Ryoma se paralizó con el auricular del teléfono en la mano. ¿Acaso Ryoga estaba de verdad afuera de la casa, o simplemente llamó para burlarse de él como siempre lo hacía? Honestamente no necesitaba del humor de su hermano adoptivo en estos momentos. Sobre todo en estos momentos. Se aclaró la garganta antes de hablar.

—Deja de jugar conmigo, aún estás en Estados Unidos. —A pesar de la sorpresa que recibió hace unos segundos, las palabras de Ryoma sonaron seguras y firmes.

Escuchó una risa fresca y luego lo oyó hablar:

—¿Por qué no mejor juzgas por ti mismo si estoy jugando contigo o no?

Con el corazón en la garganta, Ryoma colgó el teléfono, salió y confirmó sus temores. Ryoga estaba apoyado en la pared frente a la puerta, con una sonrisa de suficiencia grabada en el rostro mientras saboreaba una naranja.

—Eres muy ingenuo, enano —murmuró, todavía riendo, y le desordenó el cabello a modo de saludo. Guardó rápidamente su celular en el bolsillo de su pantalón.

—¿Por qué estás aquí? —cuestionó ni bien su hermano entró a la estancia.

Ryoga hizo una mueca con sus labios.

—Eres muy cruel —repuso, haciéndose el ofendido—. Tengo todo el derecho de visitar a mi familia.

Perfecto, ¡genial! Las cosas no podían estar peor para su atribulada mente y justo a él se le ocurría hacer de buen samaritano y venir a saludar. Su hermano había decidido llegar en un pésimo momento para él, pensó amargado.

—Enano, te estoy hablando.

Ryoma se sobresaltó. No había escuchado en lo absoluto lo que Ryoga le había dicho.

Cuando el mayor acomodó sus maletas en la sala principal y se sentó cómodamente en el sillón, no pudo dejar de escrutar el rostro de su hermano. El muchacho parecía acongojado y con serios problemas, ya que veía cierta turbación en sus ojos y, sinceramente, era muy raro que estuviese así. Él casi siempre iba con una mueca de suficiencia en el rostro y una postura arrogante, así que el chico frente a él distaba mucho del hermano menor que él recordaba. Al parecer, muchas cosas habían ocurrido en el tiempo en que estuvo ausente.

—¿Qué te sucede? —preguntó, entreverándose preocupación en su hablar.

—Nada que te importe —respondió ásperamente. Giró sobre sus talones y tuvo la intención de subir las escaleras y perderse en su habitación, pero la voz de su hermano lo detuvo, por lo que volvió a voltearse para encararlo.

Ryoga lo había comprendido. Ni siquiera necesitó verlo demasiado para entender lo que le pasaba; era demasiado obvio. Sus labios se alzaron en una mueca burlona mientras miraba de hito en hito a Ryoma, acercándose a él.

—¡No puede ser! —carcajeó divertido—. ¿Sabes, enano? Pensé que nunca llegaría este momento. Pero claro, debido a tu edad… ¿Cuántos años tienes? ¿Doce, casi trece? Ah, todo tiene sentido, ¡las hormonas! —chilló—. ¡Esto es muy chistoso!

Ryoga no podía parar de reír. Se agarraba el estómago cómicamente mientras finas lágrimas salían de la comisura de sus ojos. Y Ryoma se había hartado de esa situación.

—No sé de qué te ríes —masculló hastiado.

—Es demasiado evidente lo que te pasa —dijo, conteniendo ya la risa—. ¿Quién es? No creo conocerla.

El ambarino frunció el ceño, confundido.

—No sé de qué hablas —respondió cortante.

Ryoga disfrutó cada palabra que salió de sus labios.

—La chica que te gusta.

El menor de los Echizen abrió los ojos, impresionado por lo que estaba ocurriendo. O sea que él estaba siendo demasiado obvio. O sea que parecía un libro abierto dispuesto para ser leído. O sea que no sólo su padre lo había notado, sino que su hermano también. Suspiró, profundamente frustrado, y se dirigió a las escaleras, ignorando al mayor.

La sonrisa de Ryoga se ensanchó todavía más.

—Espera, espera, quiero saber quién es.

Ryoma crispó la boca, enojado, y nuevamente hizo el intento de irse de ahí, pero la mano de su hermano mayor sobre su hombro lo hizo detenerse de nuevo.

—Quiero conocerla ahora.

Ryoma intentó, sin éxito, reprimir una mueca de horror. No podía estar hablando en serio.

—No, de ninguna manera. Esto se termina acá —respondió tajantemente.

—No estás en posición de negarte —repuso el mayor mientras mordía alegremente su naranja—. Es el momento perfecto: Nanjiroh, Rinko y Nanako no están, y tu hermano mayor tiene ganas de salir. Hace mucho tiempo que no estoy en Japón.

El ambarino quiso enterrarse ahí mismo, tal como una avestruz entierra su cabeza en la tierra, y no salir jamás. No tenía ganas de salir y ni siquiera había tenido el tiempo suficiente como para cambiarse el uniforme del colegio. Con una velocidad pasmosa Ryoga sacó lo necesario —dígase dinero y las llaves de la casa del ambarino—, agarró a Ryoma por los hombros y lo arrastró hacia la puerta principal. Y el muchacho, mientras caminaba ya sin voluntad propia por las calles de la ciudad, pensó que el arribo del mayor no podría haber ocurrido en un peor momento. Esto era malísimo, y no veía atisbos de que fuera a mejorar.