Hola a todos, tengo varias noticias que contarles: después de un año y seis meses de publicado, por fin puedo decir que terminé de escribir todos los capítulos de este fanfic. Ha sido difícil, y ciertamente me ha tomado mucho tiempo, pero lo he logrado. Quedan cuatro capítulos (contando este), pero no se asusten, ya que estos tienen una longitud (en palabras) de aproximadamente un tercio de lo que llevo actualmente del fic, así que eso de cierta forma lo compensa (hay que tener en cuenta que esta historia no iba a superar las mil palabras por capítulo, pero algunos incluso tienen más de dos mil).

Quiero tomarme este espacio para agradecer infinitamente a Zhang96, quien fue una pieza fundamental de este último tramo del fic, y que me ayudó cuando me sentía perdida y sin ganas de continuar (y sin siquiera ser ella de este fandom). De verdad no sé cómo agradecerte toda la ayuda. Estos capítulos van dedicados a ti.

Si les gustó el capítulo o si les gusta la historia en general, por favor, háganmelo saber a través de un review. Me harán muy feliz y además me motivarán para subir los capítulos restantes lo antes posible.

Muchas gracias, de verdad. Saludos.


Capítulo 17: Decisiones importantes

Estaba nervioso. Hacía los huesos de sus dedos sonar escandalosamente cada vez que tenía la oportunidad, y se mordía el labio inferior con premura cada vez que pensaba en lo que estaba a punto de hacer. ¿Por qué le había hecho caso a Shiraishi? Claro, porque sabía mucho más que él de esos temas. Además, Tooyama Kintaro ya se había decidido a conquistarla, entonces ¿dónde estaba el problema? ¡Ah, si todo fuera tan fácil como en el tenis!, pensó dando un prolongado suspiro. Había muchas cosas para las que era bueno, como también había muchas en las que era condenadamente malo. Y esta era una de ellas.

Recordó las palabras que Shiraishi le había dedicado antes de tomar el tren:

"No te pongas nervioso, Kin-chan. Has salido con ella muchas veces, simplemente sé tú mismo y dile lo que sientes".

Su capitán algo de razón tenía. Sin embargo, Kintaro era inexperto en esas cosas, así que la cuota de nerviosismo y ansiedad siempre estaba presente. Se imbuyó de esas palabras, siendo su escudo, y eso le permitió sentirse seguro mientras caminaba a su casa. No obstante, cuando llegó al portón de la casa de Sakuno, sus piernas parecieron fallarle ahí mismo.

"Quizás sea el veneno de Shiraishi", pensó apesadumbrado, al notar que sus piernas se negaban a escapar de allí como último recurso. Respiró hondo y luego tocó el timbre. Solo unos segundos después salió Sakuno, y Kintaro se ruborizó al verla. Cada vez que la veía estaba más convencido de que era hermosa y de que los sacrificios que estaba haciendo valían la pena.

—Hola, Tooyama-kun —saludó ella amablemente, acercándose a la reja para verlo mejor.

Volvía a usar ese vestido que, inconscientemente, hacía resaltar su pequeña pero esbelta figura.

—¡Hola, Sakuno-chan! —le contestó él, entusiasmado.

—No tienes por qué molestarte en venir todos los fines de semana a Tokio —comentó la cobriza. Kintaro pudo apreciar que su voz adquiría un leve matiz de preocupación.

—Si es por el dinero, ¡no te preocupes! Ya lo tengo todo cubierto —repuso el pelirrojo con una enorme sonrisa—. Me gusta venir a visitarte.

El corazón empezó a revolotearle peligrosamente dentro de su pecho al ver a Sakuno ruborizarse.

—¿Y-ya almorzaste?

—¡Sí, claro! —respondió—. La última vez que vine con Shiraishi encontramos un local muy bueno y barato de Takoyaki. ¡Ah, qué delicia! —Y se relamió los labios al recordar lo sabrosa que había sido su última comida.

Sakuno se quedó quieta, con la mano todavía en la reja, sonriendo. Kintaro, recordando fugazmente el porqué de su visita, retomó la conversación.

—Hoy vine a verte porque quiero que me acompañes a un lugar —le dijo sin rodeos. Los nervios habían desaparecido rápidamente, como si su orgullo los hubiera espantado—. Shiraishi me ha comentado sobre un parque de diversiones, no muy lejos de aquí, y me gustaría ir contigo.

La sonrisa en el rostro de Sakuno se había evaporado tan rápido como el vuelo de un ave. Kintaro pestañeó, confundido.

—Voy a buscar mi cartera.

¿Qué le pasó? ¿Por qué de repente había adquirido esa expresión tan seria? Se puso a pensar en lo que podría haberle afectado, pero Kintaro no tardó mucho en dar con la respuesta: ¡Sakuno-chan le tiene miedo a las alturas! ¡Qué tierna! Pero no había nada que temer, él se lo haría saber. Las alturas eran inofensivas cuando uno estaba seguro de lo que estaba haciendo.

Comenzó a jugar con sus pulgares y terminó al cabo de un minuto, porque Sakuno ya se acercaba a él con su cartera y un abrigo —el otoño poco a poco se instalaba en las calles de Japón—. Kintaro notó que su seriedad parecía haber aflojado, lo que le hizo sentir más tranquilo. Sacó un papel doblado del bolsillo del pantalón y comenzó a leerlo.

—Bien, según lo que me dijo Shiraishi, debemos caminar varios minutos hasta el metro y abordarlo, y tres estaciones después debemos bajarnos.

Sakuno lo observaba con interés. La hoja de papel estaba bastante arrugada, y la letra de Kintaro era tal y como ella se la habría imaginado: muy tosca y poco estilizada, muy parecida a él mismo.

El trayecto estuvo bastante animado —con una persona como Kintaro, el silencio no era sinónimo de obligación—. El pelirrojo actualizó a Sakuno sobre su rutina en Osaka, y lo distintas que le parecían ambas ciudades.

—Las distancias son más cortas —explicó Tooyama—. Acá hay que tomar metro o autobús, pero allá puedes ir en bicicleta y no te demoras demasiado. Bueno, eso me lo contó Shiraishi —comentó sacando la lengua—. Ah, sí, la gente acá es más seria.

—¿Tanto así? —preguntó Sakuno, interesada, mientras se aferraba a uno de los barrotes del metro.

—Digamos que allá la gente es más chistosa y se toma las cosas con mejor humor. Es cosa de ver a Koshimae para que entiendas lo que te digo —comentó con simpleza, como quien comenta el tiempo que hará mañana.

El rostro de Sakuno palideció unos segundos, como si hubiese visto a un fantasma que la atormentó por muchos años, pero luego retomó su color habitual.

—Aquí nos bajamos —dijo Kintaro al momento que consultaba el arrugado papel.

El parque de diversiones era enorme; incluso desde la estación de metro se podía ver la gran Rueda de la Fortuna alzándose por sobre las demás atracciones. Kintaro comenzó a entusiasmarse y corrió a la entrada. Sakuno lo siguió con paso mesurado.

—¡Esto es genial, Sakuno-chan, y eso que ni siquiera hemos entrado! —exclamó emocionado cuando ella lo alcanzó.

—Pues se ve genial —admitió ella—. Nunca había venido aquí.

Lo cierto era que, desde que la cobriza aceptaba las salidas que Kintaro le proponía, había conocido mucho más lugares de los que hubiera podido esperar. Antes de que él entrara a su vida, su rutina consistía en ir al colegio y devolverse a su casa.

—Dos adultos —respondió Kintaro de inmediato, antes incluso de que el chico que atendía le dijera algo.

—Son cuatro mil yenes —repuso de forma lacónica el muchacho.

Sakuno abrió los ojos como platos y no dio crédito a sus oídos cuando escuchó el precio del boleto de entrada, y menos aun cuando Kintaro sacó los billetes y se dispuso a pagar.

—No, por favor, Tooyama-kun, es mucho dinero, yo pagaré mi entrada.

Pero la mirada decidida de Kintaro la hizo desistir de inmediato de su cometido.

—Olvídalo, para eso trabajo. Además, ha sido mi idea. —El pelirrojo pudo apreciar que la muchacha estaba muy avergonzada, por lo que dijo—: No te preocupes, Sakuno-chan. Todo habrá valido la pena.

Esa enigmática frase, tan poco común en él, quedó flotando en el aire mientras ambos se dirigían a los múltiples juegos que estaban a su disposición.

En tan solo una hora y media habían recorrido la mitad del parque, aunque no habían podido subirse a todos los juegos pues algunos se encontraban copados de personas. Sin embargo, el juego más importante lo reservó para el final.

—¿Te apetece subir a la Rueda de la Fortuna? —preguntó inocentemente Kintaro.

—Sí, claro —respondió la muchacha.

Los ojos de Kintaro se iluminaron. Esta era la penúltima parte del plan, que Shiraishi se había encargado de que memorizara minuciosamente. Debía darle la razón a su capitán, ya que Sakuno, pese a su miedo a las alturas, parecía muy contenta con esta nueva cita.

Subieron a uno de los compartimentos de la gran rueda, activaron el seguro y, un segundo más tarde, comenzaron a moverse. Sin duda, la vista desde las alturas era maravillosa: Sakuno pudo apreciar los largos edificios del centro de Tokio, y creyó ver, a lo lejos, el Seigaku. Sin embargo, salió de su ensoñación cuando escuchó la voz de Kintaro inundar la cabina.

—Sakuno-chan —comenzó—, me acogiste en esta ciudad cuando acompañé a Shiraishi en su capacitación, y luego aceptaste que yo te invitara a salir cada vez que tenía la oportunidad de venir aquí. ¡Y estoy muy agradecido por ello, en serio! —dijo feliz, con una sonrisa enorme ensalzando su rostro—. Pero yo… ¡Me gustas mucho, Sakuno-chan, mucho! Y me gustaría pedirte si quisieras ser mi novia.

Sakuno lo contempló, tiesa y pálida, lo que hacía un contraste tremendo con la emoción y el rubor que embargaban a Kintaro.

—Yo…

—¡No tienes que responderme ahora! —exclamó de inmediato, atropellando las palabras—. Pensaba que sería buena idea que te tomaras tu tiempo para decidir, y cuando estuvieras lista me contestaras, ¡no hay apuro!

Kintaro estaba feliz; por fin había dicho aquello que se le atragantó durante tantas semanas, y esperaba que todo siguiera resultando bien. Sin embargo, el rostro de Sakuno distaba mucho de ser un rostro impaciente por hablar y de desbordar felicidad. Pero Kintaro lo entendía: no debía ser fácil digerir todo y además estar a treinta metros de altura, sobre todo si ella era su mayor temor.

—Está bien —dijo por fin—, cuando bajemos de la noria te daré mi respuesta definitiva.

Aquello descolocó tanto como hizo feliz al pelirrojo. ¡La respuesta llegaría mucho más pronto de lo que jamás imaginó! Fue por ese motivo que no pudo evitar sentir ansias. Miraba recurrentemente la ventanilla de la cabina, como esperando el momento exacto en que la noria llegara al suelo y ellos pudieran verse cara a cara para escuchar la decisión final.

Sakuno ya no lo miraba, sino que sus ojos color carmesí se encontraban fijos en un punto lejano del horizonte. Recordó con mucha nitidez la conversación que había tenido con sus amigas la tarde anterior, y supo que estaba haciendo lo correcto.

Sakuno, ¿me estás escuchando?

Se encontraba sumida en sus propias cavilaciones cuando la voz profunda de Ann la sacó de la cueva negra en la que sus pensamientos se habían metido.

¿Qué? —preguntó confundida.

Creo que no estás siendo consciente de lo que está sucediendo, Sakuno —le espetó su amiga en un tono que denotaba una seriedad absoluta. Sakuno se sentó derecha en su cama y vio, a su lado, a Tomoka asintiendo enérgicamente con la cabeza. Suspiró y pensó muy bien las palabras que iba a emplear a continuación.

Te equivocas —rebatió la muchacha al tiempo que cerraba los ojos—. Soy consciente, aunque no tengo completa claridad de por qué esto me está pasando a mí.

Ann, para sorpresa de Sakuno, dejó escapar una gran risotada.

¿Es que no lo entiendes? —preguntó un tanto agitada—. Eres una niña hermosa, delicada, esforzada, y sobre todo muy leal. El único problema es que con eso atrajiste la atención de dos personas al mismo tiempo.

Antes, Ryoma-kun ni siquiera me prestaba atención —continuó—. Creo que a veces ni siquiera era consciente de mi presencia. Y Tooyama-kun —prosiguó—, desde que lo conocí ha sido muy amable, y siempre ha estado presente para apoyarme.

¡Sakuno! —gritó Ann. Parecía bastante enojada ante el prospecto de ver a su amiga con esa molesta terquedad y pesimismo—. Ryoma está así porque le llegó competencia. Vamos, eres una niña inteligente, no me digas que no lo sabías.

Sakuno volvió a suspirar, apesadumbrada.

Vale, lo sé, es que…

—… no te lo crees —completó Tomoka. Sakuno asintió lentamente, como sopesando lo que su amiga había dicho.

Ann se sentó junto a ella, en el otro extremo de la cama, y le dedicó una tierna sonrisa.

Ay, Saku, eres una niña muy tierna e inocente, pero estas cosas pasan, ¿sabes? No te das ni cuenta y ¡PAF!, ya estás inmiscuida en el asunto. Pero creo que no está bien que esto siga así. Pueden terminar los tres heridos por algo que es fácilmente evitable. Has dicho que Kintaro ha sido muy amable contigo, y has visto que últimamente Ryoma está mucho más pendiente de ti. Bueno —dijo adquiriendo un tono solemne—, tienes la atención de los dos, debes hacerlo.

Mira —comenzó Tomoka con tono burlón—, esta chica no es del todo de mi agrado, pero he de reconocer que da buenos consejos. —Le dedicó una mirada asesina que Ann se esmeró en devolverle—. Tú ya lo sabes, ¿verdad?

Sakuno entendía perfectamente a qué se refería su amiga.

Lo sé —musitó asintiendo.

Claro que lo sabía; desde hace mucho tiempo sabía que su corazón solamente indicaba una dirección, solo latía por una persona.

Entonces no debes dejar pasar un día más —la animó Tomoka—. Debes aclararle al otro que no estás interesada en nada más que una amistad, y, entonces, cuando el indicado venga por ti, le dirás lo que sientes, ¿verdad? —preguntó esperanzada.

Poco a poco Sakuno estaba comprendiendo el peso de las cosas que habían ocurrido. Sus amigas tenían razón. Parecía darle falsas esperanzas a un chico, y eso no estaba bien. Ella le tenía mucho cariño a ambos, y no debía hacerlos sufrir solamente porque ella no se había dado cuenta de lo lejos que había llegado todo. Era el momento de hacerlo.

Cuando la Rueda de la Fortuna se detuvo, haciendo que el compartimento se meciera levemente, Sakuno comprendió que había llegado el momento. Le hubiera gustado hablar con Ryoma también, pero, ya que se le había presentado esta oportunidad, iba a aprovecharla.

—Tooyama-kun, he tomado una decisión.