Hola, gente, les traigo el antepenúltimo capítulo de este fanfic. Me pone muy contenta contarles que la historia ya alcanzó más de 11 mil views :) ¡Muchas gracias a todos los que leen! Jamás pensé que llegaríamos a esto; si no fuera por ustedes, esta historia seguiría empolvándose en mis archivos. Ah, y también reiterarles que un comentario (de apoyo, una crítica constructiva, etc.) será muy bien recibido y me alegrará enormemente.
Con ustedes, probablemente el capítulo más dicotómico de todo el fic. No intenten matarme cuando terminen de leerlo. ¡Nos leemos en la próxima actualización!
Capítulo 18: Corriendo hacia un imposible
Ryoma peloteaba frente a la pared de su casa, aunque lo hacía sin ganas. Se había dedicado a dar vuelta sobre sus propios pensamientos durante la última media hora, y llegó a la conclusión de que no sabía interpretar la actitud de Sakuno en estos últimos días, pero lo que menos podía descifrar era la forma extraña en la que su hermano se estaba comportando. Casi no pasaba tiempo en la casa, y llegaba tarde y murmurando entre dientes. Ryoma no tenía idea qué propósito había traído a Ryoga de vuelta al hogar, pero comenzaba a pensar que últimamente todo giraba en torno a Ryuzaki. Y eso, indefectiblemente, le producía una especie de turbación.
Resolvió dar por finalizada su práctica cuando notó que sus intentos resultaron infructuosos. Otra vez la concentración le estaba fallando, y no era para menos, si ni siquiera le ponía esfuerzo a lo que hacía y se dedicaba nada más que a pensar. Entró a su casa y se dirigió directo al baño, donde se lavó la cara, y luego, como un rayo, entró a su habitación y se recostó en su cama. No habían pasado ni cinco minutos cuando su hermano entró intempestivamente en la casa y subió a toda velocidad las escaleras. Ryoma iba a protestar, pero todo se quedó atorado en su garganta cuando Ryoga habló de forma atropellada:
—Enano, no sabes de lo que me he enterado.
Ryoma resopló, pero luego reconsideró su acción. Su hermano siempre había sido un dolor en el culo para todo, pero debía admitir que era él quien lo estaba impulsando a continuar con todo el tema de Ryuzaki, así que aceptó escuchar lo que tenía que decirle.
—Esa chica de las coletas, Tomoka, si no me equivoco, me dijo que el pelirrojo la fue a buscar a su casa, y al parecer le pedirá ser su novia. ¡Ves que tenía razón! ¡Ellos jamás fueron novios en el pasado!
Ryoma arqueó las cejas e intentó no parecer tan afectado.
—¿Y tú cómo conoces a Osakada?
Los ojos del mayor reflejaron la impresión causada.
—No puedo creerlo —resopló indignado mientras se tocaba el puente de la nariz con suma preocupación—. Has estado todos estos días pensativo y cabizbajo por Ryuzaki Sakuno, ¿y lo único que atinas a preguntarme es cómo conozco a esa niña de las coletas? ¿Qué diablos te pasa, acaso te has dado por vencido?
Ryoma no iba a protestar, pues sabía que su hermano tenía razón. En honor a la verdad, Ryoma tenía que reconocer que tenía miedo. En un momento se sintió empoderado y con ganas de seguir, pero a estas alturas sus futuras acciones se veían envueltas en una nebulosa difícil de disipar. Pero ya era tiempo de acabar con todo, ya había esperado demasiado y sin muchos resultados.
—¿Te dijo a qué lugar fueron? ¿O si siguen en su casa?
Ryoga curvó la comisura de sus labios mientras un brillo fugaz cruzaba sus pardos ojos.
—Creo que le gustas a esa chica —fue todo lo que respondió.
—¿Me vas a decir dónde demonios están, o vas a seguir jugando conmigo? —cuestionó exasperado. Ahora era él quien urgía por respuestas.
—Aaaaahhhh —exhaló. Parecía que Ryoga se estaba divirtiendo mucho con la repentina decisión de su hermano—. Para que veas lo que se siente estar al otro lado de la moneda.
Ryoma iba a volver a preguntar, y esta vez —y sin duda— mucho más desesperado que hace un momento, pero su hermano fue más veloz y le contestó:
—En el parque de diversiones que está a 30 minutos de aquí.
El ambarino agarró rápidamente su billetera y se dirigió con celeridad hacia el lugar anteriormente indicado. Antes de abandonar por completo su hogar, escuchó algo parecido a "buena suerte", pero no le prestó demasiada atención. Su foco estaba cien por ciento en Ryuzaki y Tooyama, y esperaba poder llegar a tiempo antes de que lo peor ocurriera. Si se apuraba quizás lograría detener lo que fuera que estuviera a punto de pasar, y de paso podría hacerse escuchar.
Los pasos, risas y personas a su lado eran una mezcla difusa e informe, como si no estuvieran realmente ahí, y no notó —hasta que ella lo detuvo por completo— que alguien le estaba hablando.
—¡Ryoma-sama! —gritó Tomoka con premura—. ¡Tienes que alcanzarlos, por favor! ¡Ese pelirrojo no te llega ni a los talones!
El peliverde, por primera vez en lo que pudo recordar, se sintió inmensamente agradecido con la muchacha. Le regaló una corta sonrisa y siguió corriendo a toda velocidad.
Subió al metro sin detenerse a pensar en cuántas personas había atropellado en el proceso —y cuántas le habían propiciado un cóctel de insultos—, y después de diez agonizantes minutos pudo visualizar la enorme noria girando frente a la estación.
Apenas pagó el boleto de entrada, toda su atención se enfocó en buscar una cabellera cobriza y trenzada, y otra pelirroja y desaliñada. Se detuvo un momento a pensar en dónde podrían estar, y la respuesta le vino casi en forma de burla: el lugar más cliché de todo el parque, el lugar perfecto para confesar tu amor y esperar una respuesta favorable. Ni siquiera a él, que poca o ninguna idea tenía sobre temas de amor, se le hizo difícil deducir que Ryuzaki y Tooyama se encontraban en la Rueda de la Fortuna.
Sus sospechas se confirmaron cuando los vio bajar, a él muy ansioso, y a ella un poco blanquecina y tosca. Y se imaginó lo peor.
Se acercó con cautela, intentando pasar absolutamente desapercibido, pero pronto se dio cuenta de que no era necesario: entre ellos se respiraba un ambiente de concentración gigante, que parecía que nada ni nadie podría romper. Cuando estuvo a cuatro metros de distancia, y apenas ocultado por el tronco de un alto y grueso árbol, sus voces llegaron sin tanta interferencia.
—No puedo negarte que estoy nerviosa —fue lo primero que le escuchó decir a Sakuno—, pero creo que esto ha llegado en el momento preciso. Tú has llegado en el momento preciso.
Ryoma se quedó helado. Ryuzaki no había titubeado, y aquellas palabras… ¿Cómo podía interpretar aquello que acababa de escuchar? ¿Que haberlo conocido había sido lo mejor que le había pasado? ¿Que la irrupción en su vida había marcado un precedente? Ryoma no podía sacar una conclusión clara, pues la oración de Sakuno era demasiado abierta, así que decidió seguir escuchando.
—Pese a que vives en otra región del país no has dejado de venir, y siempre estás predispuesto a salir. Gracias a eso he conocido muchos lugares, y lo he pasado increíblemente bien. De verdad te lo agradezco mucho. No merezco todo el esfuerzo que le has puesto a esto.
Ryoma miró de soslayo a Ryuzaki, que no pestañeaba y miraba fijo al pelirrojo, y a Tooyama, que se mecía levemente sobre sus pies en un claro gesto de ansiedad. Y cuando Sakuno se acercó a Kintaro, Ryoma no pudo soportarlo más. Quizás estaba siendo impulsivo, quizás no estaba pensando y analizando con claridad la situación, pero no podía seguir viendo esta escena y no hacer nada. Debía actuar, y debía hacerlo ahora.
—¡NO!
Corrió los cuatro metros restantes, y cuando estuvo al lado de la muchacha, ella lo miró con los ojos como platos y un sonrojo potente en las mejillas.
—¡Koshimae! —gritó Kintaro. El ambarino notó la agudeza en su tono de voz y lo nervioso que el tenista se encontraba.
—¡R-ryoma-kun! ¿Qué estás haciendo aquí?
Sakuno parecía desconcertada. Miraba de hito en hito, y por primera vez desde que Ryoma había llegado al parque, ella parecía nerviosa.
—Estábamos en medio de algo importante —se apresuró a decir Kintaro—. Puedes hablar con Sakuno-chan en otro momento.
—No —dijo el ambarino con firmeza, negando con la cabeza—, esto no puede esperar. Tengo algo importante que decirle a Ryuzaki.
Desde que Ryoma conocía a Tooyama siempre lo había visto alegre y divertido, como si nada pudiera entristecerlo o hacerlo enojar, pero el tiempo le había enseñado que siempre hay una primera vez para todo. El pelirrojo había entornado los ojos, haciendo que su mirada se viera más dura de lo habitual, su cabello rojo parecía haber adquirido vida propia y su voz denotaba que la aparición de Ryoma le resultaba sumamente molesta.
—Vete, estás estorbando —le espetó con frialdad.
—Lo siento, pero no voy a irme —dijo el peliverde con tranquilidad.
—Sakuno-chan y yo estábamos teniendo una charla privada, así que apreciaría si no metieras tus narices en donde no te incumbe —replicó de forma venenosa.
—Pues da la enorme casualidad de que estamos aquí por el mismo motivo, así que estoy tan involucrado como tú.
Ryoma vio cómo Ryuzaki se ruborizaba hasta la médula, y una luz de esperanza apareció en su horizonte. Tal vez no todo estaba perdido, tal vez ella iba a rechazar a Tooyama. O tal vez, dijo su subconsciente, solo se había sonrojado porque la situación era en extremo incómoda. No podía descartar nada, pero a la vez sentía tanta impaciencia por hacerle saber a la muchacha lo que sentía que aquello le estaba nublando el lado del cerebro que trabajaba con la razón.
—¡Pero yo llegué primero! —gritó desesperado Kintaro, apelando a su último recurso—. ¡Yo la invité a salir todos estos meses mientras tú te quedabas dormido en los laureles! ¡No es justo, yo la quiero, ¿entiendes?!
—Lo que tú no entiendes —replicó Ryoma en un tono filoso, ignorando por completo a su voz interna gritándole que pensara en lo que iba a decir—, es que yo nunca necesité hacer demasiado para llamar su atención. Yo solo le di un empujón y todo lo demás fluyó solo —dijo con una suficiencia exasperante—. ¿Y sabes qué es lo peor? —continuó, no reparando en la expresión de ambos—. Que ella no te quiere a ti, me quiere a mí, y no puedes hacer nada para cambiarlo. Ni siquiera tengo que mover un dedo para que ella esté conmigo ahora.
Ni bien terminó de hablar, Ryoma supo que aquello había sido un error, probablemente el más grande que jamás había cometido. Sus ojos gatunos se posaron en Ryuzaki, y se horrorizó con lo que vio. Su cara estaba blanca como un papel; sus labios, rojos como la sangre; sus manos temblaban incontrolablemente; su mirada estaba quebrada, y por sus pómulos corrían unas lágrimas que habían luchado por permanecer en sus ojos.
—Ryuzaki, yo no…
Pero todo intento de rectificación quedó ahogado como un animal que lucha por salir del fondo de un lago.
—¿Cómo puedes decir cosas tan horribles? —bisbiseó con un hilo de voz—. ¿Cómo puedes pensar que yo no tengo una opinión propia y que tengo que seguir todo lo que tú digas? ¿C-cómo puedes v-venir aquí y arruinarme la tarde de la forma en que lo acabas de hacer?
—Lo siento, no fue lo que quise decir… —dijo desesperado, pero sus intentos fueron en vano.
¿Cómo era posible que su desagrado hacia Tooyama y sus ganas de estar con Ryuzaki se transformaran en esto?
—¡Eres un estúpido! —intervino Kintaro con los ojos inyectados en sangre—. ¡Mira lo que has hecho!
—Has arruinado todo lo que pretendía hacer —musitó Sakuno limpiándose las lágrimas. Las cuencas de sus ojos parecían vacías, pero su voz ahora sonaba imperturbable—. Es una pena que no hayas podido esperar. Ahora me doy cuenta de la persona que eres.
Ryoma no podía seguir escuchándola. El tono de decepción que salía de sus cuerdas vocales era demasiado doloroso como para soportarlo.
—Lo siento, Tooyama-kun, pero no puedo ser novia de nadie por ahora. Necesito reordenar mis ideas.
—¿Puedo al menos venir a visitarte? —preguntó esperanzado, dejando de lado por un momento el evidente y doloroso rechazo. Pero su tristeza aumentó cuando ella negó levemente con la cabeza.
—Ryuzaki… —volvió a intentarlo Ryoma, pero ella lo detuvo con un rápido movimiento de mano. La vio colocarse el abrigo y desaparecer del parque con lentitud, y sintió que la felicidad —si es que alguna vez la sintió— se le escurría como el agua entre los dedos.
—Felicidades, lo has arruinado todo —le espetó Kintaro, con tanto asco como quien mira un pedazo de estiércol atrapado en la suela de un zapato.
Y Ryoma no lo culpaba. Podría haber dicho y hecho cualquier cosa, pero menos aquello. Volvía a repasar esas palabras en su mente y más vergüenza le daba el hecho de haberse comportado como un petulante imbécil. Su intención jamás había sido hacerle daño de esa manera a Ryuzaki, sino todo lo contrario: solo quería hacerle notar lo mucho que él la apreciaba. Pero su impulsividad e impertinencia habían superado los límites de lo correcto, y habían tergiversado todo en una palabrería insulsa y carente de sentimientos.
Sin asomo de dudas, y preso de sus propios pensamientos, Ryoma comprendía que había perdido a la chica para siempre, y sin siquiera haberla tenido antes. Su error le costaría su primer amor.
