CANDY, ANTES DE FORKS.
Capítulo 1. Conociendo a Carlisle Cullen.
Candy White conoció al Doctor Carlisle Cullen al poco tiempo de ser transferida al hospital de Chicago. El Santa Juana era uno de los hospitales más importantes de la ciudad y el tráfico que se veía en él era impresionante. El enigmático médico sonrió divertido ante la presencia fresca, como brisa de verano, de la chica rubia que peinaba coletas, con ojos verdes y pecas en el rostro.
Candy era "Torpe" y él, con su magnífico sentido del oído, escuchó como sus compañeras de clase la llamaban así, emulando a su maestra de escuela, la señorita Mary Jane. Sin embargo, nunca había conocido un entusiasmo tal como el que la chica mostraba (y eso que en su larga existencia, había conocido a todo tipo de personas). Además, era una de las pocas mujeres que no le coqueteaban, ni abierta ni veladamente.
Rubio, con ojos dorados a juego, alto y una personalidad enigmática y soltero, claro que traía a más de una docena de las mujeres que trabajaban en el hospital loquitas tras él. Era incómodo, la verdad. En muchas ocasiones, esa atracción le era más un obstáculo para su vida que una ayuda, como se supone que debía serlo. ¿Por qué? Porque él no hacía su coto de caza en las ingenuas mortales que le rodeaban. Así, su rostro, su mirada, su aroma, que atraían poderosamente sobre todo al sexo femenino, le "estorbaban", más que le ayudaban a su integración a la sociedad humana. Incluso, ante las distracciones y el revuelo que causó su ingreso en el Santa Juana, el Doctor Leonard, director del mismo, tuvo una charla muy seria con el Doctor Cullen.
-Doctor Cullen –indicó, con talante muy serio-. Comprendo que no es culpa suya lo que sucede con nuestro personal femenino, pero debe entender que deseo tener la seguridad que usted no dará oportunidad para algún escándalo.
-Tiene mi palabra, Doctor Leonard, de que no será así –aseguró Carlisle-. Le aseguro que no tengo ningún interés personal en ninguna de las enfermeras con las que trabajo. Acostumbro poner una división entre mi vida personal y mi vida profesional.
Desplegó un poco de su encanto, ya que se daba cuenta que el Doctor Leonard no era una persona con la que se pudiese bromear, y era demasiado intransigente. Incluso, a pesar de ser un magnífico médico, Leonard se dejaba influenciar por los benefactores del hospital, algo a lo que Carlisle Cullen no estaba acostumbrado. El era quien podía manipular a quienes le rodeaban, por lo tanto, no permitía ser manipulado.
-Quisiera pedirle un favor –agregó Carlisle, con una agradable sonrisa en el hermoso rostro-. Me gustaría que me asignara a la señorita Candice White como asistente.
-Es apenas una estudiante… -comenzó a rebatir el Doctor Leonard.
-Lo sé –la sonrisa se acentuó.
Gracias a Dios, se había alimentado la noche anterior, por lo que su mirada color caramelo era irresistible (claro que funcionaba mejor con el sexo opuesto, pero por experiencia sabía convencer a sus interlocutores).
-La señorita White es una magnífica estudiante –aseguró Carlisle, logrando que Leonard levantara las cejas en señal de escepticismo-. Y será una magnífica enfermera –continuó el rubio, sin darse por enterado del gesto del otro-. Además, si he de serle sincero, es una de las pocas señoritas que no me asedia con sus atenciones.
-Tendré qué pensarlo –indicó Leonard.
No hubo mucho qué pensar, el Doctor Leonard acabó cediendo ante el requerimiento del Doctor Cullen, ya que las enfermeras (veteranas y novatas), se disputaban el privilegio de asistir a Carlisle. Por lo tanto, la chica de coletas, pecas y ojos verdes, quedó asignada al consultorio del enigmático doctor. En realidad, Candy no se vio beneficiada en esta cuestión. Las envidias por trabajar mano a mano con el más atractivo médico del hospital se sumaron a las ya existentes por el carisma que tenía con los pacientes. Muchas de sus compañeras, encabezadas por Flammy Hamilton, quien no ocultaba su animadversión contra la chica rubia, le crearon un vacío que devino incluso en el acoso contra ella.
-Señorita Candy… ¿se encuentra bien? –se atrevió a preguntar un día Carlisle.
La muchacha lucía un rostro más sonrojado de lo normal, así como los ojos irritados. Candy había tratado de ocultar el resultado de un enfrentamiento con Flammy, quien airadamente rechazaba las atenciones que tenía con ella. Al correr de los días, y viendo sus compañeras que Candy no aprovechaba la oportunidad de trabajar con Carlisle Cullen para enamorarlo, habían depuesto algo su rencor. Pero Flammy no lo hizo; en realidad, ella también era una de las pocas que no se veía atraída por el guapísimo médico inglés, su malestar con Candy obedecía a que la chica rubia era todo lo que no era ella: alegre, carismática, de risa fácil, optimista, dulce con los pacientes. El colmo para Flammy fue escuchar como alaban a Candy, mientras a ella la ridiculizaban por su actitud tan fría. Así, en cuanto tuvo oportunidad, recriminó a Candy las atenciones que tenía, no sólo con los pacientes, sino con sus compañeras. Siendo de las más veteranas del curso, sus compañeras la seguían, como en el caso de Natalie, quien la imitaba en todo lo que podía. Así, las enfermeras venidas de la escuela Mary Jane, se veían divididas entre el carisma de Candy y la energía de Flammy.
Y esta vez Candy, confusa ante las agresiones de Flammy, no había podido evitar llorar al verse humillada ante sus compañeras de clase. ¿El motivo? Archie y Stear le habían regalado bombones que se apresuró a compartir con sus compañeras, pero al ofrecerle a Flammy, se vio rechazada groseramente. Varias de sus compañeras murmuraron en contra de Flammy, por su actitud tan altanera, pero la muchacha había salido apresuradamente del cuarto de descanso y no escuchó nada más. Candy acabó por desahogarse en el baño y se presentó todavía con rastros de su reciente llanto ante Carlisle.
-No es nada, Doctor Cullen –murmuró Candy.
Algo en el tono le hizo levantar la ceja derecha a Carlisle.
-Traiga una taza de café, por favor – le pidió.
Candy obedeció, aunque algo extrañada. Carlisle no acostumbraba a tomar café. De hecho, ella nunca le veía ingerir alimentos o bebidas.
-¿Cómo lo desea? –preguntó.
-Es para usted, ahora venga y siéntese frente a mí, jovencita.
Con Candy ante él, Carlisle la miró estudiándola: le parecía tan infantil e inocente. "¡Pobre criatura!", pensó. La chica, rehuyendo de tanto en tanto los ojos, se dejó envolver por el encanto de Carlisle y acabó por contarle lo sucedido con Flammy.
-Ya sé que es una tontería… -se empezó a disculpar.
Carlisle levantó una mano y la atajó con suavidad.
-No lo es, y no tiene por qué verse sometida a ese acoso por parte de sus compañeras –el tono se endureció un poco-. Hablaré con la señorita Hamilton, señorita Candy.
-¡Oh no, Doctor Cullen! –se negó Candy, enrojeciendo-. ¡Permítame arreglarlo a mí, por favor! No quiero que piensen que usted me defiende.
Carlisle la miró en silencio unos momentos, evaluándola. Algo en su interior le dijo que era mejor dejar a la muchacha hacer lo que le pareciera para su bienestar. Además, él procuraba no verse envuelto en problemas. Tomando en cuenta su condición, era mejor permanecer en el anonimato. Pero, esta vez, se sintió profundamente atraído por esta mortal. No era amor, eso lo tenía muy bien definido, pero sí había un sentimiento de simpatía muy profundo. Aceptó por fin, lo que la chica le pedía.
Durante la caza de esa semana, y mientras se alimentaba de un enorme venado, Carlisle se vio asaltado por el deseo de convertir a Candy. Le costó mucho trabajo rechazar la idea. La muchacha le había platicado algo de su vida: que era huérfana, que estudiaba por su cuenta, sabía que vivía en la residencia del hospital, no hacía gran vida social, ni siquiera con sus compañeras. Aunque le llamaba la atención: tenía amistad con los Cornwell, miembros del clan Andrew, de la crema y nata de la sociedad de Chicago, pero Candy no le explicó su relación con ellos, ni él preguntó. No, en definitiva, aún cuando pareciera que Candy estaba sola en el mundo, no era así. Su desaparición levantaría sospechas en las más altas esferas de Chicago, ese solo inconveniente era suficiente para desechar su deseo.
Para Candy, el apoyo del Doctor Cullen fue consolador, el Doctor Leonard no tenía por costumbre intervenir en problemas del personal, y menos en "chismes de mujeres", como sabía que catalogaría su problema con sus compañeras. Pero su dulzura, su carácter caritativo y su empeño en llevarse bien con quienes le rodeaban, acabó dando sus frutos. Se abstuvo de hacer comentarios maliciosos sobre Flammy, aunque se mostró reservada con ella, para no darle motivos a que le hiciera otra grosería.
El inicio de la guerra cayó como un mazazo en el hospital, y Carlisle, con su larga existencia, se sintió inquieto por lo que el futuro deparaba para América. Un hecho le causó desazón: de la Escuela Mary Jane, habían solicitado una enfermera voluntaria para el frente, respiró aliviado cuando se enteró de que había sido Flammy Hamilton y no Candice White la que se ofreció para marchar a la guerra. Y de pronto, la noche de ese día, mientras él terminaba una serie de documentos pendientes encargados por el director, se vio invadido por una tromba rubia de coletas y que derramaba lágrimas a profusión de un par de enormes ojos verdes. No supo cómo, de pronto, la chiquilla se lanzó a sus brazos y continuó sollozando en su pecho.
Carlisle se quedó de una pieza, tratando de brindarle el consuelo que necesitaba, pero asustado ante el hecho de que ella constatara que su corazón no latía. Sin embargo, Candy estaba demasiado inmersa en su llanto como para darse cuenta de ese pequeño y nimio detalle. Cuando se calmó, ella misma se separó del médico y le miró con ojos de disculpa.
-¡Lo siento, Doctor Cullen! –pidió-. Es que… yo…
Carlisle la invitó a sentarse y él mismo preparó una taza de té, aprovechando la cafetera que tenía en el despacho y una hornilla. La muchacha le contó la última confrontación con Flammy, en el que le había pedido que le dejara tomar su lugar para ir al frente de batalla y la manera en que Flammy la había rechazado.
-Candy, perdón… señorita Candy –comenzó Carlisle.
-Candy está bien, Doctor Cullen –pidió Candy, sonriendo.
-Bueno, yo creo que usted tiene mucho por qué vivir, si su compañera tomó la decisión de ir ella al frente, es algo que usted respetar –continuó Carlisle con una sonrisa-. Además, estoy segura que esos dos jóvenes amigos suyos lamentarían profundamente su partida y el peligro que correría en Europa.
La sonrisa del varón tuvo reflejo en el rostro femenino. Candy misma no entendía por qué se sentía con Carlisle Cullen tan a gusto. El médico le recordaba a George Johnson, el apoderado del tío abuelo William. Al igual que George, Carlisle venía del viejo continente, al igual que George, era un hombre hermético, muy serio y de pocas palabras; sin embargo, Carlisle le producía una gran confianza. Tanta como para llorar sus penas en sus brazos. Acabó por aceptar lo dicho por él, lo que no impidió que el día de su salida, fuera a avisar a la familia Hamilton de la partida de Flammy a la guerra. Un sonriente Stear la acompañó. Carlisle los divisó desde su consultorio, mientras el automóvil se perdía en la lejanía.
Al momento en que Candy regresaba de su día libre, el hospital se vio plagado por un gran revuelo: un hombre inconsciente fue ingresado, sedado para evitar las agresiones de las que había hecho uso desde su traslado desde Italia. Leonard dio la orden de que fuera trasladado al cuarto "0", los rumores fueron y vinieron y entre ellos, Carlisle escuchó que ese hombre era un espía de guerra y un criminal. Leonard le asignó precisamente a él para atenderle, por lo que se entretuvo en el cuarto, checando la instalación de su nuevo paciente y su estado físico, lucía un enorme vendaje en la cabeza, se le veían golpes en el cuerpo, mostraba un rostro demacrado y unas profundas ojeras que competían con las propias de Carlisle. Hacía un par de semanas de su última caza y la tenía programada para esa noche, pero se vería pospuesta hasta atender adecuadamente al hombre rubio. Cuando lo auscultó, se quedó horrorizado por los golpes que mostraba a lo largo de su cuerpo y, revisando el expediente, se enteró de que padecía amnesia y que era un hombre agresivo que había atacado a los médicos y enfermeras que le habían atendido a lo largo del camino y del tiempo, desde su accidente en Italia, donde una explosión de un tren, le había alcanzado, dejándolo en el estado actual.
Pensativo, se dirigió a su caza habitual. Por esto mismo, no se dio cuenta de la lucha de Candy, quien hablaba con el director del hospital, asegurando que conocía al paciente. Pero, ante la petición de datos sobre él, Candy no supo agregar nada más. El Doctor Leonard le ordenó dejar al paciente en manos competentes, a pesar de que Candy pedía ser asignada a su cuidado. Sin embargo, Leonard no contaba con la astucia y la intrepidez de la estudiante, quien pidió a Olivia, la enfermera designada, que cambiara su lugar con ella. La muchacha lo hizo gustosa, asustada por los rumores que escuchara sobre el paciente del cuarto "0".
Al día siguiente de la llegada del hombre al hospital Santa Juana, Carlisle se dio cuenta de que Candy lo había visitado. El muchacho permaneció inconsciente durante casi un día, pero el aroma de Candy era inconfundible. Es más, junto al de ella, se percibía el olor de los hermanos Cornwell, el de Annie Britter, amiga de Candy y por lo que él sabía, novia de Archibald Cornwell y el olor de otra mujer que no supo identificar. La noche transcurrió tranquila, Carlisle permaneció de guardia, así como Candy, quien se mantenía lo más atareada posible y totalmente pendiente del paciente. Carlisle sentía muchísima curiosidad por los motivos de Candy para tal interés, pero no podía comentar nada, hasta que ella misma se confesara con él. No tardó mucho tiempo, la mañana trajo el despertar del paciente. Carlisle lo auscultó nuevamente.
-Las heridas sanarán, joven –avisó-. ¿Sabe dónde se encuentra? –preguntó con suavidad.
El muchacho rubio, con el cabello muy largo que le caía más debajo de los hombros, unos espectaculares ojos azules que le recordaron los que él mismo había poseído antes de su conversión, le miraba con aire ausente y adusto.
-No… -contestó con voz grave.
-En el hospital Santa Juana, en Chicago, en América –informó Carlisle.
-América… -el muchacho pareció tratar de procesar la información.
-¿No recuerda su nombre? –preguntó Carlisle.
-No –los ojos se mostraron a la defensiva-. No recuerdo nada desde que desperté en la tienda de campaña en Italia –indicó con acritud.
-De acuerdo, por ahora, lo mejor es preocuparnos por su salud física –Carlisle fijó sus ojos dorados en el rostro pálido de ojeras-. Lo demás, lo atenderemos con el tiempo.
Candy aprovechó la salida del médico para entrar y llevarle fruta y a Poupée.
-Albert… -le llamó suavemente.
El muchacho se encontraba de pie ante la ventana del cuarto y miraba por ella.
-¿Quién es Albert? –preguntó-. ¿Por qué me llama así?
Candy se recompuso, no podía llorar ni mostrarse débil ante su amigo, quien la necesitaba para recobrarse por completo. Tanto ir y venir al cuarto "0", llamó la atención del personal en pleno del hospital. Olivia, interrogada por el Doctor Cullen, acabó por confesar que Candy le había pedido hacerse cargo del paciente, y antes de que Carlisle pudiera hablar con ella, el Doctor Leonard los llamó a los dos.
-Señorita White, yo puse una enfermera diplomada a cargo de ese paciente –regañó Leonard-. Doctor Cullen, sé que la señorita White es su asistente, pero no creo que sea conveniente que atienda un caso tan delicado.
-Es que… el paciente es conocido mío –trató de defenderse Candy.
-Doctor Leonard –interrumpió Carlisle con voz totalmente calma-. He de hacer lo mejor para mi paciente, y Candy es de mucha más ayuda en la atención de él que Olivia.
-¡Es suficiente! –rebatió Leonard-. No pienso permitir que sobrepasen mi autoridad –miró a uno y otra-. A ninguno de los dos. Usted, señorita, no está autorizada a la atención del paciente del cuarto "0", hasta en tanto no se diplome. Y al paso que va, dudo mucho que lo logre. En caso de no obtener su diploma, tendrá que marcharse del hospital. En cuanto a usted, Doctor Cullen, le solicito que la próxima vez que tenga algún inconveniente sobre mis órdenes, lo discuta conmigo, en lugar de tomar decisiones propias. Pueden retirarse.
Los dos rubios salieron en silencio, hasta que llegaron al consultorio de Carlisle.
-Doctor Cullen, lo siento, lo he metido en problemas –se disculpó Candy.
-Hubiera preferido que me confiaras lo que estaba pasando con Albert –comentó el médico con tono tranquilo.
-Lo conocí hace años, pero no es mucho lo que sé de él –comenzó a explicar Candy.
Acabó por contarle la relación que tenía con Albert y solicitó su discreción, porque tuvo que hacer referencia a su relación con los Andrew. Carlisle se quedó sorprendido. En verdad que esta muchacha era todo un prodigio. ¿Hija adoptiva de la importante familia Andrew? Ahora entendía algunas cosas. Le prometió discreción… más grandes secretos debía guardar.
-Bueno, Candy –acabó por decidir-. Haremos lo siguiente, podrás visitarlo cuando tengas tiempo, pero quiero que estudies todo lo que puedas, a fin de pasar tu examen. Y ante cualquier duda, no vaciles en consultarme. Toma en cuenta que para atender a Albert, tienes que estar diplomada.
La sonrisa de Carlisle hizo brincar de felicidad a Candy. ¡Seguro así se sentía una al ser apoyada por su padre! ¡Qué tonterías pensaba! El Doctor Cullen tendría como mucho unos veinticinco años de edad, seguro, si se veía muy joven. La atención conjunta a Albert, los estudios de Candy, que le ocupaban gran parte del día e incluso de la noche, tuvieron la virtud de acercarlos aún más. Carlisle prácticamente se la vivía en el hospital (si lo suyo pudiera llamarse "vida"), la enfermera, ansiosa por hacerse cargo de su amigo, le consultaba sobre cualquier pequeña duda que le surgía. Carlisle se sentía orgulloso y feliz por su amistad con la muchacha, a quien empezaba a mirar como a una hija. El día del examen, tuvo la cortesía de hacerle llegar un enorme ramo de rosas rojas a su habitación, antes del desayuno: "Para que tengas muy buena suerte", rezaba la tarjeta con la pulcra caligrafía del médico.
Mientras esperaba en la enorme aula el inicio del salón, Candy temblaba de pies a cabeza, cuanto bien le haría en este momento contar con la presencia del Doctor Cullen, así que recordó los ojos amables y la sonrisa cálida de Carlisle y tomó una gran bocanada de aire. Al recibir las hojas y leer las preguntas, comenzó a relajarse, pues se dio cuenta de que conocía las respuestas de la mayoría de las preguntas y muy pronto, el lápiz comenzó a rasgar las hojas mientras escribía. Un último pensamiento a Albert, "lo hago para poder cuidarte", le cruzó la mente a la muchacha, mientras se concentraba en responder.
Los resultados se publicaron pocos días después, Candy sentía el corazón latirle a mil por hora (hecho que Carlisle podía constatar al tenerla en el consultorio). Quedó en el séptimo puesto, una maravillosa sorpresa, tanto para Candy, como para el médico, quien no había conocido, en su larga carrera, a nadie parecido a esta chiquilla de ojos inocentes y tan entregada a los demás. Se dio maña para estar presente en la entrega de diplomas de las chicas de Mary Jane. La directora se presentó desde su escuela matriz, solamente por el placer de felicitar a sus egresadas y para llevarse a la mayoría. Candy se quedaría en Chicago, a fin de atender a Albert. El Doctor Cullen se dio cuenta de que la directora de la escuela estaba particularmente orgullosa de la chica de pecas. Candy saltaba como una niña pequeña, feliz por el resultado de su examen. Y, como pudo darse cuenta Carlisle, feliz sobre todo porque ahora podría dedicarse en cuerpo y alma al paciente del cuarto "0".
-¡Felicidades, señoritas! –deseó el médico, aunque dirigió una amplia sonrisa a Candy.
Las otras enfermeras recién diplomadas se derritieron ante el impacto de la sonrisa de Carlisle, aunque esta fuese dirigida a Candy.
-¿Qué sucede, chica traviesa? –preguntó Mary Jane, cuando vio que de pronto el entusiasmo de Candy descendió un par de grados.
-Es que… recordé a Flammy, ella no pudo rendir el examen para diplomarse –murmuró Candy, con una súbita tristeza.
Carlisle la miró en silencio, realmente, Candy era sorprendente. No sólo deseaba titularse para ayudar a Albert, sino que recordaba a la chica que en numerosas ocasiones la había acosado y hecho objeto de malos tratos.
-¿Entonces Flammy no les ha escrito? –indagó Mary Jane-. Rindió el examen hace una semana, ella se diplomó antes que ustedes, en el frente de guerra.
Candy y sus compañeras se alegraron por su compañera; así, todo quedaba saldado. Mary Jane hizo salir a las demás, a fin de hablar con Carlisle y Candy.
-¿Estás decidida a atender al paciente del cuarto "0"? –preguntó Mary Jane a Candy.
-Sí, estoy segura que podré ayudarle a que recupere la memoria –Candy se mostraba sumamente segura de sí misma.
-Y usted está de acuerdo con eso, Doctor Cullen –la directora se volvió a mirarlo brevemente.
Como la mayoría de los mortales, Mary Jane rehuía la mirada del rostro de Carlisle.
-Así es, ya he discutido esto con el Director Leonard, y pienso que mi paciente no puede quedar en mejores manos –la voz de terciopelo iba con la intención de evitar trabas.
-La mejor medicina para la amnesia es la bondad y la paciencia, Candy, te quedarás en Chicago y yo regresaré con las demás chicas. Le encargo a mi chica traviesa, Doctor Cullen.
Candy casi reventó de felicidad, ni tarda ni perezosa, se presentó en el cuarto "0", entrando sin llamar, encontró a Albert en la cama, quien al verla tan feliz, desplegando y presumiendo su recién ganado diploma, saltó de la cama, arrojando a Poupée a un lado, ganándose la protesta de la mofeta que se retorció como un gatito, a fin de caer de pie.
-¡Albert, soy una enfermera titulada! –gritó Candy emocionada-. ¡Ahora podré hacerme cargo de ti!
-¡Felicidades, Candy! –el rostro del rubio se engalanó con una bella sonrisa-. Sólo siento no tener dinero para hacerte un regalo.
-¡Oh, no! –se negó Candy-. Es suficiente para mí saber que ahora puedo atenderte sin ningún problema. ¿Te molestaría que saliera hoy? –preguntó de pronto-. Stear y Archie me invitaron a celebrar.
-Claro que no –la sonrisa se volvió un tanto vacilante-. Ve y disfruta de tu día libre.
Así, saltando de alegría, Candy salió de la habitación, casi atropellando a Carlisle, quien se presentaba para llevar a cabo el chequeo diario de Albert.
-Parece una niña pequeña –sonrió el médico, al entrar al cuarto.
-Es tan alegre… -un dejo de tristeza alertó a Carlisle.
Un ligero cambio en su ritmo cardiaco le habló de que algo no estaba bien, no en el estado físico del muchacho, sino en su ánimo. Hacía un par de días que se había dado cuenta de que Albert era presa de una depresión que, poco a poco, iba creciendo. La verdad dicha, se había recuperado magníficamente del accidente. Aunque su memoria no estuviera recuperada aún, así que, a ojos de Carlisle, la estancia de Albert en el hospital ya no era tan necesaria. Albert era todo un caso para el médico, quien en cierta forma, se veía reflejado en él. Los ojos de un tono azul zafiro, profundo y que tendía a oscurecerse cuando algo le preocupaba, como ahora, el rostro varonil, con una eterna mueca de preocupación. Hermético como lo era Carlisle, a la fecha no se abría con nadie, ni siquiera con Candy, quien le profesaba un cariño inmensurable, afrontando líos por él, saltando ante los rumores que le acusaban de criminal de guerra. El único momento en que Carlisle pudo vislumbrar algo del carácter terco y decidido del joven amnésico, fue cuando le comentó, días antes, que se encontraba totalmente restablecido de sus heridas y retiró los vendajes de la cabeza.
-Entonces… ¿puedo abandonar el hospital? –preguntó Albert, con voz calma.
Carlisle se quedó un momento en silencio; sabía de los planes de Candy por diplomarse y continuar atendiendo a su amigo. ¿Acaso no lo había hablado con él? Aunque, a decir verdad, Carlisle estaba vislumbrando la posibilidad de que Albert pudiera salir del hospital y se recuperara en un ambiente más acorde a un hogar. Pero… ¿dónde? Había contemplado la idea de invitarle a vivir con él, lo cual era demasiado arriesgado. Sin tener la certeza al cien por ciento, temía que Albert fuera lo suficientemente sagaz como para descubrir su verdadera naturaleza. Sólo de pensar que los Volturi pudieran enterarse de que convivía con un humano, con sus consabidas consecuencias, le erizaba la piel (no en sentido literal). ¿Entonces? ¿Convertirlo? Esa era otra posibilidad; Candy le había dicho que Albert era un vagabundo, y él conocía que los nómadas (tanto humanos como los de su especie), no tendían a crear lazos afectivos. Pero, Albert era un hombre sano (por lo menos en sentido físico). Además, no podía asegurar que realmente no tuviera familia, ya que Candy misma no lo conocía lo suficiente como informar de lo contrario. El no sería capaz de condenarlo a una vida de secreto como la que él se veía obligado a llevar. No, ante sus dudas, Carlisle buscó una solución provisional.
-Es verdad que físicamente está usted sano, Albert, pero creo que sería conveniente que permaneciera un poco más en el hospital, mientras decidimos, entre usted, Candy y yo, que será lo mejor para su futuro.
Con lo que no contaba, era con que Albert, a pesar de no recordar su vida pasada, a pesar de que no tenía noción que él era un hombre negociante y que las riendas de una familia de abolengo recaían en sus manos, podía ser sumamente terco e independiente, y que las decisiones que tomaba, difícilmente eran contravenidas. Albert esperó a que el Doctor Cullen se retirara por ese día, y aprovechando la ausencia de Candy, escribió una carta despidiéndose de ella y otra agradeciendo a Carlisle sus atenciones, recogió las pocas pertenencias que tenía a su disposición, y que habían sido regaladas por Candy, Carlisle y por los Cornwell y con Poupée al hombro, acarreando una mochila vieja, se presentó ante el Director Leonard, se despidió y abandonó el hospital, decidido a valerse por sí mismo y buscar su perdida memoria.
Carlisle salió a tiempo de su turno, por lo que no se dio cuenta de la huida de Albert, por esa noche, decidió parar en su casa, a las afueras de Chicago, en un barrio tranquilo y de clase media. Cierto que podía haberse hecho de una mansión, pero para él solo, no tenía caso habitar en una enorme casa llena de habitaciones vacías. Todo sería tan diferente si contara con una familia. Cada vez más, el deseo de hacerse de un compañero se apoderó de él. Y sabía que habría un momento en que acabaría cediendo a la tentación de convertir a alguien para compartir su existencia.
Los golpes apresurados en la puerta le hicieron bajar de un salto desde el piso superior, donde se dedicaba a leer (una de sus pasiones). Era casi media noche, por lo que se preocupó, suponiendo que habría alguna emergencia en el hospital por la cual era requerido. No se esperaba lo que le recibió. Abrió la puerta y una llorosa muchacha de cabellos rubios revueltos se le lanzó al pecho. Carlisle la abrazó automáticamente.
-¡Doctor Cullen! –sollozó Candy-. ¡Albert se escapó!
Tras ella, los hermanos Cornwell miraban la escena. Carlisle les hizo pasar y Candy, entre llantos, le contó de la huida de su amigo. Se enteró de que regresó a buscar a los hermanos Cornwell, con quienes pasara el día, a fin de que le ayudasen a localizar a Albert, y acabaron decidiendo que tal vez Carlisle supiera algo.
-Fue mi culpa, Candy –se acusó el médico, entregándole una taza de té-. Lo subestimé, algo me comentó sobre abandonar el hospital, pero no creí que llevara a cabo su plan. Vamos, toma tu té y saldremos a buscarle.
A pesar de que sus sentidos estaban mucho más desarrollados que los de los demás, no sería fácil localizar al joven de ojos azules y cabello rubio largo. Acabaron por dividirse, Archie y Stear irían a las estaciones de autobuses y de tren, aunque no veían muy probable encontrarle, Candy decidió revisar el parque central de Chicago y Carlisle regresó al hospital, a fin de obtener alguna pista que le indicara a qué lugar se había dirigido Albert. Quedaron de verse en tres horas al frente del Santa Juana.
Los caballeros no pudieron dar con pista alguna, algo que ya se temía Carlisle. Por el contrario, Candy encontró a Albert en el Parque Central y, amén de súplicas y de revelarle la verdad de su relación, la cual había mantenido en secreto hasta ese momento, para no atiborrarle de información, logró que Albert aceptara regresar con ella al hospital.
-¡Déjame ayudarte como tú lo hiciste, Albert! –abrazada a él y llorando, balbuceó la petición-. ¡Ahora es mi turno de salvarte!
Los hermanos Cornwell se encontraban sumamente nerviosos e inquietos, barajando la posibilidad de ir a buscar a su prima, Carlisle también experimentaba la misma preocupación, pero confiaba en Candy y su astucia. Se vio recompensado cuando la divisó a lo lejos, mucho antes que los Cornwell, por lo que tuvo que refrenar sus ganas de hablarle, hasta que sus dos acompañantes descubrieron a la pareja de rubios. Carlisle le frunció el ceño a Albert, logrando que el joven rubio palideciera un poco, ante el evidente enojo de su médico. Por esta vez, Carlisle no depuso su molestia, sabía que su rostro podía ser muy amenazador, pero en verdad que se había preocupado por el muchacho, aunque se abstuvo de regañarlo, como deseaba. ¡Maldita sea! Tal vez debía dejar de lado su actitud paternalista, pero era algo muy arraigado en su interior. Cuando ingresaron al hospital, a fin de reinstalar al joven paciente en el cuarto "0", se encontraron con la sorpresa de que éste se había convertido en un cuarto lleno de trebejos. Candy y Carlisle se apresuraron a ver al Director, que por fortuna, se encontraba cubriendo un turno nocturno.
Continuará…
Lady Lyuva Sol.
