CANDY, ANTES DE FORKS.
Capítulo 2. Candy, Albert y Carlisle.
**Cuando ingresaron al hospital, a fin de reinstalar al joven paciente en el cuarto "0", se encontraron con la sorpresa de que éste se había convertido en un cuarto lleno de trebejos. Candy y Carlisle se apresuraron a ver al Director, que por fortuna, se encontraba cubriendo un turno nocturno.**
-El paciente ya no requiere tratamiento médico –rebatió el Doctor Leonard cuando Candy solicitó su reingreso y se volvió a Carlisle-. Me extraña, Doctor Cullen, que le mantuviera todavía en el hospital, cuando hace más de una semana que se le debió dar de alta. Y en cuanto a usted, señorita White, si pretende cuidarle, no podrá ser en las instalaciones del hospital.
Carlisle se sublevó interiormente. Leonard podía ser muy intransigente, pero no esperaba que además fuese tan malicioso. ¡Si él mismo había impuesto como condición a Candy que se diplomara para cuidar a Albert! Y ahora resultaba que había autorizado su alta, sin tomarle en cuenta a él, el médico encargado.
-De todas formas, Doctor Leonard –intervino Carlisle en tono calmo-, usted debió de informarme de manera inmediata de la partida de mi paciente.
Leonard le dirigió una breve mirada enojada, la cual desvió cuando se encontró con una faz pálida, ojerosa y que parecía irradiar una fuerza amenazante.
-No puedo aceptarle de vuelta, el paciente está curado, su amnesia no pone en riesgo su vida y no es necesario que continúe internado en el hospital. Es mi última palabra.
Candy trató de protestar, pero Carlisle acabó por poner una fría mano en el brazo de la enfermera, para calmarla, y la hizo salir con él. Mientras se dirigían a la puerta del hospital, donde Archie y Stear, con Albert y Poupée les esperaban, le dijo:
-Candy, en realidad, yo creo que Albert se recuperará de mejor manera fuera del ambiente el hospital.
Candy hizo un puchero que por poco hace reír a Carlisle.
-No te preocupes, Candy, yo tuve la culpa porque le dije al Doctor Leonard que me iba –confesó un avergonzado Albert, ganándose una venenosa mirada verde-. Has hecho lo posible, yo buscaré mi propio camino, no debes apurarte tanto por mí.
Carlisle dudó, él podía ofrecerle alojamiento y sería maravilloso tener un compañero… aunque fuera por poco tiempo, gracias a Dios, el joven Alistair se adelantó.
-No hay problema, Albert puede quedarse por esta noche en mi caravana.
Con curiosidad, acompañó a los jóvenes, a fin de instalar a Albert con sus pocas pertenencias. El carromato hizo reír interiormente a Carlisle. Vaya que este joven era todo un inventor. ¡Cómo le gustaría platicar con él! Seguramente sería un verdadero erudito, tal vez podrían encontrar puntos de interés. El acabó por retirarse, después de despedirse brevemente de Albert y ponerse a las órdenes de Candy para lo que necesitaran.
Pronto, se vio requerido para ayudar a la pareja. Al día siguiente, una apurada Candy le solicitó permiso para ausentarse por unas horas en la mañana y a la tarde, habló con él de manera atropellada.
-Hemos encontrado un departamento sencillo, pero muy bien equipado en la calle Magnolia, en los suburbios de la ciudad, Doctor Cullen, creo que Albert y yo podremos acomodarnos a vivir muy bien y él estará mejor atendido por mí, sé que cuento con usted, si requiriese de atención médica y…
-Espera, Candy –solicitó Carlisle, levantando la mano derecha para atajar la catarata de explicaciones-. ¿Me estás diciendo que te irás a vivir con un hombre soltero? ¿Y siendo soltera tú también?
Candy cayó en la cuenta de ese hecho, solamente se había quedado con la intención de darle la mejor atención a Albert, y no pensaba en nada más. Además, Archie y Stear, así como Annie, le estaban ayudando para instalarse en el departamento de Magnolia. La larga explicación recaía en que necesitaba una carta donde se indicara que trabajaba en el hospital, a fin de lograr la renta del pequeño departamento. Candy enrojeció violentamente, gracias a Dios, Carlisle controlaba su sed con éxito, pues un delicioso aroma invadió su consultorio.
-Doctor Cullen… usted sabe que Albert y yo solo somos amigos… -balbuceó una atolondrada muchacha, roja como remolacha.
-Claro –comentó Carlisle, divertido ante el azoramiento de la enfermera-. Eso no lo pongo en duda, incluso, confío totalmente en ti y sé que siempre mantendrás una actitud de respeto ante él. Solamente quiero que tú tengas clara la relación que tienes con él, pareces conocerle desde que tú eras pequeña y le estimas profundamente.
Ya más calmada, Candy le respondió.
-Le conozco desde que tenía yo doce años –confesó-. El me salvó la vida…
-Sí, me lo has explicado –Carlisle le sonrió-. Hagamos algo, te daré la recomendación que necesitas –resopló suavemente-. Sólo espero que el Doctor Leonard no nos atrape a los dos, porque no sé lo que vaya a pasar.
Eso era cierto, el director del hospital era un hombre dado a los prejuicios y a la intransigencia, pero el que no arriesga no gana, y además, Candy era sumamente impetuosa. Y por lo visto, contaba con un jefe que, al igual que sus primos y sus amigas, también la apoyaba en sus atolondradas ideas y aventuras. Así, Carlisle Cullen se vio envuelto en la partida de Candy del hospital, de lo que no se enteró, porque Candy no se lo dijo, fue que el Doctor Leonard, al darse cuenta de que la chica abandonaría la residencia del Santa Juana, la interrogó y le advirtió que no podría continuar trabajando en el hospital, en el caso de que se mudara con Albert.
Si algo lamentó Carlisle fue precisamente que no vería tan frecuentemente a Candy como hasta ese momento, ya que en cuanto terminaba su turno, salía corriendo a su nuevo hogar, a fin de pasar el tiempo con Albert. Claro que tenía noticias de su ex paciente. Candy le comunicó que el muchacho había encontrado un humilde trabajo como lavaplatos en un pequeño restaurante y que ella y él se llevaban bastante bien. Con sus siglos de experiencia, Carlisle comenzó a vislumbrar lo que para Candy y para Albert todavía no era obvio: que acabarían amándose.
Una noche, de nuevo en su hogar (que él no acaba de identificar como tal), mientras leía en su vasta biblioteca, Carlisle terminó su lucha interna y agradeció al cielo su clarividencia sobre amor y el no haber cedido en convertir ni a una ni a otro, los dos merecían ser felices, casarse, tener hijos, envejecer y terminar su vida rodeados de una descendencia dichosa, algo que para él estaba totalmente vedado.
El día que Candy fue despedida, descubierta por Leonard, Carlisle se sublevó como muy pocas veces lo había hecho, cuando aún convivía con los Volturi. La injusticia de dicha acción le impelió a presentar su renuncia, en caso de que Candy no fuese reinstalada. Gracias a Dios, no fue necesario; en primer lugar, las compañeras de Candy se apersonaron ante el Doctor Leonard y abogaron por su compañera. Las enfermeras del personal se encontraban aturulladas por la triste noticia de la muerte de una compañera suya, Katherine, en el frente de guerra, y Candy había tenido la ocurrencia de solicitar el puesto de mujer del aseo, así que en lugar del uniforme blanco del hospital, vestía como una fregona. Carlisle entró como tromba cuando se dio cuenta del despido de Candy, y se encontró la escena en todo su esplendor. Las enfermeras apelaron a la consciencia de Leonard y para sorpresa de Candy y Carlisle, este acabó cediendo y reinstaló a Candy en su puesto. Cuando las muchachas se marcharon, a fin de que Candy se cambiase de ropa, Carlisle tomó la palabra, mirando atentamente al director a los ojos e inclinándose un poco, desplegando su encanto sobre él.
-Yo estaba enterado de todo, Doctor Leonard, y considero que la mejor atención para ese paciente es la que está recibiendo de la señorita White.
Se vio recompensado cuando su interlocutor mostró en su rostro la confusión ante lo que se le decía, sabía que ya lo tenía ganado.
-Deseo que no se moleste más a la señorita White –agregó Carlisle.
-De acuerdo, Doctor Cullen, solamente manténgame informado de la evolución de ese hombre –alcanzó a solicitar Leonard.
El tiempo transcurría de manera rutinaria, Candy continuaba con su vida normal, hasta que otro hecho vino a sorprender a Carlisle. Habían pasado meses desde la mudanza de Candy, cuando la chica, ya casi terminando el otoño y para entrar el invierno, solicitó vacaciones. Extrañado, Carlisle indagó la razón, se daba cuenta de que, desde que conocía a Candy, estaba dejando de lado su hermetismo. No era que no se enterara de lo que sucedía, su fino oído y su vista excepcional le brindaban la mejor de las informaciones, pero él procuraba no entrometerse en la vida de sus compañeros de trabajo. Ruborizada, Candy le confesó que se trasladaría a Nueva York a ver a su novio actuar en Broadway, en "Romeo y Julieta". Por esta vez, Carlisle se quedó sorprendido, aunque su rostro se mantuvo impasible, como una estatua.
Como siempre, Candy le explicó en su forma atropellada y balbuceante que mantenía una relación con Terry Grandchester, la incipiente estrella de la cual hablaban los diarios desde hacía algún tiempo. Carlisle acabó de sonreírle para tranquilizarla, al ver el rubor de la chica que le daba un toque delicioso a su piel; en ese momento, Carlisle acabó de confirmar lo que hasta ese momento era una muy segura sospecha: Candy, sin darse cuenta, se estaba enamorando de Albert, aunque por el momento, mantuviera una extraña relación con otro joven.
-Por mí no hay problema, Candy –le dijo-. Hablaré con el Doctor Leonard, a fin de que se autoricen tus vacaciones.
Al final, la muchacha fue autorizada a tomar dos semanas de asueto, a fin de aprovechar su visita en Nueva York.
-Doctor Cullen ¿podré molestarle si le encargo a Albert? –solicitó Candy el día anterior a su partida-. Me siento un poco inquieta pensando que se quedará solo en casa y no quiero que corra riesgos.
Carlisle reprimió una sonrisa ante las palabras de Candy. Por esta vez, el pedido se hacía en tono firme, aunque amable. Tal parecía que el bienestar del joven rubio de ojos azules le era muy importante.
-Claro, Candy, estoy a sus órdenes, pero no creo que Albert me necesite, a menos que se resfríe en estos días que estás lejos de él. Tranquilízate y disfruta de tu paseo y de la obra.
Carlisle no pudo reprimir la risa fácil y musical que escapó de su garganta al ver a una horrorizada Candy ante la posibilidad de que Albert se enfermara. Exagerada, eso era, y la razón de ello era el amor, de eso estaba seguro. Pero con sus largos años en la tierra no crearían expectativas sobre esta relación, ya que había muchas posibilidades de que todo se torciera.
Mientras Candy estuvo fuera, Carlisle se descubrió añorándola. Las largas noches lo fueron como hacía mucho no lo eran. Adelantó la caza, sólo por tener algo qué hacer, y por unas horas, el instinto depredador que le guiaba para alimentarse dejó de lado la añoranza por la sonrisa dulce y cálida del rostro pecoso. El, como muchos otros, había caído bajo el embrujo de la chica bondadosa y carismática. ¡Qué deseos de contar con alguien así a su lado! Acabó corriendo hasta Wisconsin, liberando su energía y buscando paz a sus deseos, tan impetuosos y tan poco probables de cumplir.
Noches de correrías nocturnas, por el placer de cazar y cuyo instinto procuraba ahogar, noches de leer por horas, de escuchar infinidad de obras musicales, a fin de distraerse lo más posible. Incluso, pensó en presentarse en el departamento de la calle Magnolia, a fin de charlar con Albert, pero evitó hacerlo, puesto que no tenía ningún motivo para apersonarse. Mentalmente, trataba de prepararse para la separación de diez días que duraría el permiso de Candy, sin embargo…
Candy, en Nueva York, rompió su corazón y su alma. El enterarse del accidente de Susanna Marlowe, el intentar hablar con ella, el salvarla del suicidio, el rompimiento con Terry, a fin de dejarle en libertad para que pudiera casarse con Susanna, quien le había salvado vida del actor a costa de sus más caros sueños. Todo había caído sobre ella como un pesado fardo que acabaría por enterrar sus propias ilusiones. Regresó a Chicago, llegó enferma y mortalmente triste, y fue amorosamente atendida por un Albert preocupado pero firme y sereno, quien tomó las riendas del dolor de Candy y empezó la tarea de la recuperación de la joven.
Un accidente de tránsito dio paso a que la memoria de Albert comenzara a regresar. Al dejar a Candy descansando en casa, a fin de comprar lo necesario para la comida, fue arrollado por un automóvil, que afortunadamente no le causó heridas graves ni fracturas, pero si golpes en la cabeza que empezaron a lograr lo que meses de convivencia al lado de Candy no habían logrado: recordó el momento del accidente en Italia, y que salvó la vida gracias a Poupée.
Otro hecho cayó sobre la joven enfermera como balde de agua helada: Stear Cornwell se había enlistado en la guerra como voluntario. Todo parecía confabularse para aturullar la mente de Candy: el rompimiento de Terry, el accidente de Albert, la acusación de la tía abuela Elroy sobre algo relacionado con el tío abuelo William, la huida de Stear. Todo le causó una profunda depresión que ella empezó a combatir de manera imprudente. Carlisle se quedó de una pieza cuando, a cinco días de iniciadas las vacaciones, se encontró primero con el aroma de Candy y luego con la misma enfermera, preparando el instrumental en el consultorio. Pero a sus entrenados ojos como médico no pasó desapercibido el dolor que Candy sufría.
-¿Qué haces aquí? –preguntó en su tono amable-. Tenías cinco días más de vacaciones.
Candy guardó silencio y por esta vez, se puso pálida en lugar de enrojecer, como era su costumbre; rehuyó la mirada de la cara del médico, quien esperaba con paciencia a la contestación de su asistente.
-Yo… volví antes, Doctor Cullen –acabó por decir Candy.
-¿Pasó algo, Candy? –continuó Carlisle.
-Pues… -la chica titubeaba ante la relativa insistencia del varón.
Carlisle sentía un genuino interés por ella, sin dobleces. Si hubiese tenido una hija, le hubiese encantado que fuera como Candy.
-Yo… rompí con Terry –acabó por confesar, con los ojos llenándose de lágrimas.
Carlisle, por esta vez, se quedó en silencio, sin encontrar las palabras necesarias para consolar a la chica atribulada que tenía ante él. Pero ante sus ojos, la fuerza oculta de esta niña surgió con todo su esplendor. De pronto sonrió, tratando de mostrarse tranquila y serena, mientras contenía su llanto.
-No hay problema, sólo que no vi caso a quedarme en casa, puesto que no tenía nada qué hacer, por eso decidí regresar al trabajo…
-Candy, si necesitas tiempo para superarlo, puedes irte –le interrumpió con voz tranquila Carlisle.
-¡Oh no, Doctor Cullen! –Candy ensanchó su sonrisa-. Me siento mejor trabajando, en serio. Prefiero continuar en el hospital. Además, no quiero preocupar a Albert, quien piensa que estoy bien.
Carlisle se quedó de una pieza. Muy pocas personas habían impactado en su ánimo en el largo tiempo que tenía de existencia, y esta niña era una de ellas. ¡Qué magnífico ser humano!
-De acuerdo, permanece en tu turno, pero no abuses de tus fuerzas –accedió el médico.
Al poco tiempo, se enteró del accidente de Albert, de que ahora estaba siendo atendido por el Doctor Martin, en la "Clínica Feliz", pero que "esperaban contar con su atención, de ser necesaria" (esa fue la traducción que él sacó en claro de la explicación que Candy le dio sobre el motivo por el cual él no fue requerido en el momento del accidente, ni en visitas posteriores). De igual forma, se enteró de la partida de Alistair Cornwell a la guerra, lamentando profundamente este hecho, ya que le había cobrado cierto afecto los primos de Candy, aunque no había vuelto a tener contacto con ellos desde el día en que ayudaron a Albert a regresar al lado de Candy.
Sabiamente, no atosigó a Candy con preguntas impertinentes sobre su estado. Su intuición le decía que la joven contaba a su lado con quien mejor la podría ayudar a superar su pena: Albert, y si bien el estado del joven le causaba cierta inquietud, pues la amnesia que padecía creaba un contexto misterioso a su alrededor, Carlisle estaba seguro que ahora él sabría aprovechar la oportunidad que se le presentaba para lograr que Candy fuese feliz.
Los meses pasaron y adquirieron su rutina nuevamente, Candy iba y venía trabajando en el hospital y atendiendo a Albert. Tenía poca vida social, a excepción de sus dos amigas, Annie y Patty, quienes también procuraban distraerla. Pero la joven enfermera de ojos verdes y pecas en el rostro, era única: optimista, alegre y una verdadera triunfadora. Poco a poco, se dejó ver su radiante sonrisa, el trajinar de cada día la llevaba de un lado al otro del inmenso hospital: los ancianos, los niños y las mujeres le dispensaban un cariño inconmensurable, y de los pacientes masculinos, más de uno se veía prendado por la belleza clásica de su rostro, sobre todo de sus dos enormes esmeraldas que lanzaban destellos de luz ante cualquier mención amable. Y que hacían juego a la sonrisa fácil y dulce que siempre acompañaba la palabra de la muchacha.
Otro hecho vino a perturbar la relativa tranquila vida de la muchacha y la de Carlisle, que en cierta forma, se había atribuido el cuidado de la enfermera. Neal Leagan se encaprichó con ella y, de pronto, se apersonó en el hospital, exigiendo la atención de Candy. Carlisle se dio cuenta del incidente, debido a que con su fino oído detectó el encontronazo entre Candy y el muchacho, sin pensarlo, se dirigió lo más rápido que pudo a la sala de visitas del hospital y entró intempestivamente cuando Neal trataba de acorralar a Candy, a fin de obligarla a salir en una cita con él.
-¡Déjela en paz! –exigió con su voz profunda y la mirada peligrosamente oscura.
Neal palideció cuando detectó al predador que tenía frente a sí, Carlisle se mantuvo lo más tranquilo posible, algo que le costó un gran esfuerzo de su voluntad. Tuvo su triunfo cuando Neal, mascullando amenazas y malas palabras, se retiró, profundamente enojado.
-¿Se puede saber qué sucede? –indagó el médico lo más ecuánime que pudo, mirando a la muchacha que también se mostraba furiosa.
-¡Pretende tener una cita conmigo! –estalló Candy.
Carlisle se sobresaltó y levantó las cejas, azorado ante lo alterado del talante de Candy, quien por lo regular era toda dulzura.
-¡Está completamente loco si piensa que voy a salir con él! –continuó Candy.
Le contó que conocía a los Leagan desde que era niña, y que le habían hecho la vida imposible desde el primer momento en que los vio. Hacía poco, había asistido a Neal en un pequeño accidente que había tenido con su automóvil y, de pronto, se veía acosada por el muchacho, quien haciendo abuso de su abolengo, intentaba tener una relación con ella. Carlisle se quedó furioso, él que en cierta forma había huido de la antigua Europa, cansado del abuso de poder de los Volturi, que se había trasladado a la naciente América, buscando la libertad de ser lo que era, sin verse confrontado en cada paso que daba, ahora era testigo de la forma en que se trataba de sobrepasar a esta joven. Su instinto de protección se disparó, e inmediatamente decidió hablar con el Director Leonard, a fin de evitar la presencia del joven Leagan en el hospital. Una desagradable sorpresa le esperaba. Candy, tranquila como era, y acostumbrada a lidiar con los hermanos Leagan, no tomó ninguna medida, sólo Albert se enteró de los problemas que estaba teniendo con el dandy heredero.
Pero Carlisle, por esta vez, se vio sobrepasado por el poder de una prestigiosa familia y de una mujer acostumbrada a echar mano de los recursos más reprochables para salirse con la suya. En primera, Neal Leagan se presentó ante Leonard para quejarse de Carlislie, trastocando lo sucedido. El Doctor Leonard, temeroso de perder los donativos que los Leagan hacían al hospital, acabó por dar oídos y curso a la queja del muchacho y confrontó a Cullen.
-En verdad, no puedo creer que usted solamente escuche la versión de ese joven, Doctor Leonard, le creía un hombre justo.
Carlisle no acostumbraba a juzgar a los demás, sabedor que la debilidad humana era algo digno de conmiseración, no de reproches. El, educado bajo las rígidas normas de un padre intransigente, había acabado de manera muy triste su vida humana. El Doctor Leonard se sublevó.
-¿Sabe usted quienes son los Leagan en la ciudad de Chicago y a qué clan pertenecen? –indagó un ofendido Leonard.
-Sí, lo sé –replicó el calmo y pálido Carlisle-. Y también sé que lo que ese joven pretende con la señorita White es una bajeza, amparado bajo su nombre, Doctor Leonard.
Las fosas nasales de Leonard se ensancharon, los ojos se dilataron y los músculos de la mandíbula del director del hospital se tensaron visiblemente. Incluso, Carlisle pudo escuchar el ligero crujir de los dientes, al ser apretados, de su interlocutor.
-Doctor Cullen, para serle franco, no es mucho lo que yo puedo hacer –se estremeció enfadado ante el levantamiento escéptico de la ceja derecha del rubio médico-. El hospital corre un grave riesgo si yo me niego a recibir a los Leagan en esta institución y dar atención a sus quejas.
-Sólo puedo decirle algo, Doctor Leonard, ya que usted ha expuesto su punto de vista tan peculiar –Carlisle, por esta vez, se sentía tan indignado ante lo que escuchaba, que echó mano de todo su autocontrol-. Yo protegeré a la señorita White ante las malas intenciones de ese joven, por muy importante miembro que sea de la muy importante familia Andrew. Lo que yo vi, me es suficiente para saber que no pretende nada honorable con una joven indefensa.
Enojado, Leonard replicó:
-Por si lo olvida, esa "joven honorable", vive con un hombre, sin que medie ningún compromiso entre ellos.
-Se equivoca, Doctor Leonard, entre la señorita Candy y el señor Albert, hay una relación enfermera-paciente, que yo mismo avalaré, de ser necesario. Ahora, me retiro, creo que no tenemos nada más que hablar.
-Dese por enterado de las quejas del señor Neal Leagan en su contra –agregó Leonard, cuando Carlisle giraba el picaporte para salir de su despacho.
La mano pálida apretó peligrosamente el picaporte, aunque se detuvo cuando escuchó un ligero crujir de protesta del metal.
-Lo estoy, Doctor Leonard –aceptó y salió.
Para Leonard, el enfrentamiento le trajo la división de sus intereses: por un lado, los Leagan podían retirar las importantes donaciones que hacían al hospital y por otro, él sabía que Carlisle Cullen era un elemento muy peleado entre los hospitales más importantes de la ciudad. De buena fuente, le había llegado la información de que Monte Sinaí le ofrecería una importante plaza en su institución. ¿Qué hacer?
Sarah Leagan fue quien precipitó la separación de Candice White y Carlisle Cullen. Su deseo de erradicar el peligro que la rubia enfermera le representaba, le hizo tomar una decisión precipitada, que dio en cierta medida, oportunidad a Neal a continuar acosando a Candy. Dentro del hospital, Carlisle se daba maña para impedirle encontrarse a solas con Candy, sin importarle los problemas que pudiera ocasionarle los enfrentamientos con el heredero.
-Doctor Leonard, quiero que Candice White sea despedida del hospital Santa Juana –exigió Sarah Leagan, azuzada por Eliza y con la esperanza de que la muchacha tuviera que salir de la ciudad-. Puede usted basarse en su dudosa reputación, ya que vive en unión libre con un vagabundo y mi hijo puede atestiguar este hecho.
-Señora Leagan, ese hombre fue paciente del doctor Cullen recién ingresó aquí y él puede respaldar que la señorita White es su enfermera…
-Entonces, puesto que este hospital tiene una moral tan relajada, no me queda más remedio que solicitar al señor Leagan transfiera sus donaciones a otra institución –amenazó Sarah.
-Por favor, señora Leagan, no se precipite… -solicitó Leonard.
-Tiene dos días para tomar en cuenta mi petición, Doctor Leonard.
La dama salió con paso altanero, dejando a Leonard sumamente preocupado. Aunque su decisión era muy fácil: entre Candy y las donaciones, pesaban más estas que aquella. En cuanto a Carlisle Cullen… bueno, ya anteriormente el hospital había trabajado sin la presencia del médico, seguramente podrían hacerlo nuevamente, en caso de ser necesario, Además, un golpe de suerte le caía como del cielo, y que pondría fuera de la protección de Carlisle a Candy.
-Candy, voy a asistir a Washington a un congreso médico, por indicaciones del Doctor Leonard –avisó Carlisle, al día siguiente de la visita de Sarah Leagan.
-Espero tenga buen viaje y regrese pronto, Doctor Cullen –sonrió Candy, ajena a las maquinaciones de la odiada familia Leagan.
-Quisiera no tener que irme… -confesó Carlisle.
Esta vez, fue él quien titubeó ante el hecho de que la dejaría sola frente a Neal, ahora fue Candy quien tranquilizó al varón.
-¡No se preocupe por nada, Doctor Cullen! –rió ligera-. Yo sé defenderme de Neal Leagan –le guiñó un ojo y sacó la lengua en su gesto tan característico-. Aunque no lo crea, soy muy fuerte, y siempre le he ganado en las peleas.
Carlisle acabó por reír, satisfecho ante la seguridad de Candy.
-De acuerdo, Candy, entonces, te dejo a tus propios medios, no des oportunidad a ese malandrín de nada, ¿de acuerdo?
-De acuerdo, Doctor Cullen –Candy dudó un poco, antes de exponer la siguiente solicitud-. ¿Podría darle un abrazo de despedida?
Sabía que Carlisle no gustaba del contacto físico y que lo evitaba lo más posible, pero ella le tenía mucho afecto, por su paciencia, por su apoyo incondicional y su respaldo, así como su defensa ante Neal Leagan. Carlisle se mantuvo quieto por un minuto entero, en el cual escucharon el trino de los pájaros que se colaba a través de la ventana, así como sintieron la fresca brisa de la primavera.
-Claro, Candy, será un placer para mí –cedió el médico.
Con sumo cuidado, controlando su fuerza y su toque helado, recibió y aceptó lo mejor que pudo el abrazo de la hermosa enfermera. El aroma de la chica, a rosas, se combinaba a la perfección con el olor de su dulce sangre, aunque este último no le tentaba de ninguna forma, con siglos de práctica para controlar su sed y su diario servicio en hospitales. Su congelado corazón se vio conmovido por la ternura que irradiaba esta jovencita.
-¡Tiene las manos heladas, Doctor Cullen! –se quejó Candy cuando le soltó.
Carlisle rió trémulo, pero restando importancia al hecho.
-Lo sé, tengo problemas de circulación –adujo.
-¡Debería consultar a un médico! –bromeó Candy, guiñándole un ojo y logrando una risa tintineante en el médico.
El Doctor Leonard no esperó más de una hora a la partida de Carlisle Cullen a Washington para llamar a Candy y pedirle renunciara al hospital.
-¡No me iré si no me da una buena razón para mi despido! –exigió la muchacha.
-¿Qué relación tiene usted con los Leagan, señorita White? –indagó, por respuesta, el director.
Eso desinfló la furia de Candy; si los Leagan estaban implicados, no había mucho que ella pudiera hacer, y acabó aceptando renunciar, aunque no se abstuvo de expresar su opinión ante el médico.
-¡De acuerdo! ¡Renuncio! ¡No pensé que usted se prestara a ese tipo de manejos!
-Ningún hospital en Chicago le va a contratar, señorita White –informó Leonard, enojado con la enfermera por confrontarlo a su acción, tal como lo hiciera Cullen.
La miró a través de su ventanal, mientras Candy salía con sus pocas pertenencias y vestida de calle, un profundo malestar se le posó en el estómago. Lo que hacía no era correcto, por mucho que se repitiera que era por bien del hospital. Mucho menos ayudó la renuncia de Carlisle Cullen, que la presentó sin demora cuando, a su regreso de Washington, se enteró de la "renuncia" de Candy.
-Con carácter de irreversible, Doctor Leonard –indicó cuando puso el documento con su elegante caligrafía en el escritorio-. No puedo permanecer en una institución con tan dudosa calidad moral, gracias por todo.
La dignidad que este ser irradiaba atajó la lengua del director del hospital. ¿Qué podría decir en su defensa? Sabía muy bien que lo que hizo no fue por la moral del hospital, sino por ambición, y que no lograba engañar a este caballero que salía con paso firme y fuerte de su despacho, sin dirigir ni una sola mirada hacia atrás.
Así, la relación entre Candy y el Doctor Cullen quedó truncada, él sabía dónde encontrarla, e incluso se presentó a ofrecer su apoyo a la muchacha, sumamente molesto por lo sucedido. La sonrisa luminosa en el rostro pecoso le recibió con un cariño manifiesto.
-¡No se preocupe por mí, ya tengo trabajo! –informó la chica ante las primeras palabras de Carlisle-. Estoy trabajando con el Doctor Martin, en la Clínica Feliz.
La sonrisa, también atrayente en el rostro masculino, reflejó la felicidad y el alivio ante la noticia. Candy se mostraba tan llena de felicidad, como no la veía desde hacía unas semanas.
-Bien, Candy –aceptó-. Yo estoy trabajando en el Hospital Monte Sinaí, ahí podrás encontrarme para lo que necesites.
-Gracias, Doctor Cullen.
En un impulso, Candy se le lanzó sobre el médico y pudo plantarle un beso en la pálida y helada mejilla, con tacto suave y fuerte a la vez. Carlisle se quedó de una pieza, jamás había conocido a alguien tan impulsivo, y muchos menos con los de su especie, ya que si bien son sumamente atrayentes, la mayoría de los mortales se alejan, presintiendo el peligro que representan.
-¡Está helado! –se quejó la muchacha, pero continuó sonriendo.
-Debo irme, Candy –se despidió el Doctor Cullen-. Saluda a Albert de mi parte y espero que estén muy bien. No lo olvides, cualquier cosa que necesiten, pueden contar conmigo.
En el automóvil, manejando en la noche de la hermosa ciudad, Carlisle se alejó de Candy, sopesando todo lo vivido hasta ese día en compañía de la joven, y a quien estima de manera muy profunda.
Continuará…
Lady Lyuva Sol.
