CANDY, ANTES DE FORKS
Capítulo 3. Alistair y Stear.
El cielo estaba nublado aquella tarde en Chicago, había sido un día cálido, muy común para ser mediados de mayo, pero la temperatura no era algo que realmente afectara al médico que aguardaba para iniciar sus labores. El doctor Carlisle Cullen se disponía a leer el Chicago Tribune antes de empezar su turno de noche en el hospital Monte Sinaí. Durante el día se había entretenido leyendo otras cosas, dejando el diario olvidado; al salir a trabajar se lo llevó todavía sin abrir. En realidad temía leerlo, las horribles noticias provenientes del frente lo llenaban de pena, tantos jóvenes buenos que debían haber vivido muchos años más disfrutando de este bello mundo, abandonándolo sin remedio por causa de una guerra sin sentido. Y pensar que las últimas imágenes que esos muchachos veían eran solo destrucción y desolación. Y pensar que él estaba destinado a existir hasta que el mundo mismo cambiara, o que alguno de su misma estirpe decidiera que le estorbaba y le prendiera fuego. "Muy bien Carlisle", se dijo a sí mismo, "deja de divagar y concéntrate en las noticias del día, no puedes ir por ahí sin tener idea de qué sucede en el mundo que te rodea".
Cuál no sería su sorpresa al abrir la sección de negocios y hallar una enorme fotografía de un rostro que él conocía bien. ¿Podría ser? ¿Qué aquel amnésico resultara…? Leyó el artículo,
"William Albert Andrew hace su aparición después de años de misterio"
El jefe del poderoso clan Andrew tomó oficialmente la presidencia del consorcio del mismo nombre, después de muchos años de mover los hilos desde las sombras, a través de George Johnson y Elroy Andrew, su socio y tía respectivamente. En una ceremonia especial para los medios de comunicación el Señor Andrew se presentó, agradeció a los medios su presencia y a sus socios la confianza depositada en las empresas; reiteró que Andrew Inc seguirá el camino ascendente que hasta ahora ha llevado y cumplirá los objetivos trazados para el año. Por su parte, los miembros del consejo rindieron pleitesía al nuevo presidente y aseguraron tener confianza en el camino por el que su liderazgo los llevaría. La mayoría parecía ser sincero, habrá que ver como lo toma en verdad John Leagan, no muy bien parece, pues todo apunta a que deja la presidencia del Banco de Chicago para probar suerte en Florida. Al preguntarle al Señor Andrew el motivo del sigilo con el que se manejaba anteriormente respondió "Mis motivos son míos, ¿alguna otra pregunta". También se le cuestionó sobre la supuesta convalecencia que retrasó su presentación, solo respondió que la había superado con éxito, y así parece ser, ya que no muestra rastro alguno de enfermedad…
El artículo seguía, describiendo las nuevas adquisiciones y proyectos de las industrias Andrew, dejando entrever algo de chismes propios de ese mundo. En ningún momento se mencionaba que el señor Andrew hubiera estado en el frente italiano o que hubiera sufrido amnesia, mucho menos que hubiera pasado parte de su recuperación al cuidado de su enfermera personal, viviendo con ella. Pero esos aristocráticos rasgos eran inconfundibles, así que el misterioso señor Andrew, del cual hasta él había escuchado hablar, había resultado ser un joven, y por lo que él sabía, uno bastante rebelde. Sonrió al pensar eso; bien sabía que las apariencias engañaban, no había que dejarse llevar por ellas. Aunque siendo honestos, en su caso le favorecían, si los que lo rodeaban supieran su verdadera naturaleza ¿quién en su sano juicio le confiaría enfermos? Suspiró y miró el reloj, era hora de empezar su ronda.
Pronto el otoño hizo su aparición, y con su llegada los días se hicieron más cortos, lo que alegró sobremanera a Carlisle, pues así podía deambular por las calles con más tranquilidad, incluso de día, ya que las tormentas comunes en esa época lo protegían del sol, era casi como ser una persona normal. Aunque por otro lado, la caza en verano era algo más estimulante, los animales estaban muy activos y bien alimentados. Afortunadamente América aún era salvaje y él podía pasar sus días de descanso corriendo sin parar y trepando velozmente hasta las copas de los árboles para esconderse de algún viajero o paseante o bien para admirar lo maravilloso de la creación. Si tan solo tuviera con quien compartir toda esa belleza… Se preguntaba si alguna vez se atrevería a arrancar a alguien de su vida mortal tan solo para aliviar su soledad, aunque… si no hubiera otra opción… "No Carlisle", se reprendió, "tú no eres nadie para decidir quien vive o muere". Agitó la cabeza como para sacudir sus pensamientos y prosiguió su camino al hospital.
Al comenzar el invierno había recibido al hospital una carta de su enfermera favorita contándole lo que había sido de su vida. Había confirmado sus sospechas, el poderoso William A. Andrew era aquel Albert que los dos habían cuidado con tanto esmero. Ella había decidido irse de Chicago al Hogar de Ponny, el orfanato donde había crecido y ejercía su profesión en un pueblo cercano. Por sus entusiastas comentarios pudo deducir que la chica ya estaba perdidamente enamorada de Albert. Él le respondió la carta pero trató de hacerlo en una forma un tanto impersonal, fracasó estrepitosamente, la chica realmente había tocado su corazón. No, ese ya no latía, sería más acertado decir que tocó su alma. Así comenzó la correspondencia ocasional entre ellos.
Un buen día, cuando ya había pasado casi un año de haber empezado a trabajar en el Monte Sinaí, recibió una noticia que le sorprendió gratamente. Candy le comunicó en una de sus misivas que le gustaría regresar a Chicago, la chica admitía que se debía principalmente a que deseaba estar más cerca de su Albert, el magnate viajaba mucho y cuando estaba ahí por lo general debía quedarse en Chicago y sería más fácil para ambos que ella viviera ahí. Carlisle respondió presuroso la carta, le dijo que le agradaría mucho que volviera a trabajar con él, que había indagado y había descubierto que la influencia de los Leagan ya no tenía mucho peso, puesto que al marcharse a Florida habían dejado de ser benefactores de los hospitales locales, quienes habían tomado su lugar eran los Andrew y los Cornwell, por lo que no tendría problemas en volver a colocarse si ese era su deseo. Él le daría una carta de recomendación para el hospital que ella quisiera, pero le honraría mucho si decidía solicitar un puesto en el Monte Sinaí.
Cuando Candy leyó la carta del doctor Cullen se alegró sobremanera.
–Albert, mira lo que me contestó el doctor Cullen –dijo la chica alegremente.
–Candy, me parece una excelente idea, tú siempre trabajaste muy a gusto con el doctor –él también recordaba con afecto al buen médico y sabía que se ocuparía de Candy cuando él tuviera que viajar–, ¿por qué no le haces caso y solicitas trabajo ahí? Aunque ya te he dicho que no necesitas trabajar…
–Sé que me lo has dicho Albert, pero no por ser tu novia debes mantenerme. Para mí no sería correcto, yo puedo trabajar y lo disfruto mucho, tal vez más adelante cariño… –Candy no terminó la frase ya que en realidad Albert no le había pedido matrimonio todavía, pero a ella le ilusionaba demasiado tener una familia y sabía que su amado era la persona perfecta para cumplir esa ilusión.
–Muy bien, se hará como tú digas pequeña, pero si de algo te sirve mi opinión creo que ese hospital es muy bueno –hizo una nota mental de hacer llegar una generosa donación al hospital, sin que Candy lo supiera claro.
Candy no tardó en poner manos a la obra para volver a vivir y trabajar en Chicago, viviría en el departamento, pero ahora acondicionaría la habitación de Albert para visitas y poder recibir a la Señorita Ponny, la Hermana María o Patty cuando quisieran ir a Chicago. De hecho planeaba invitar a Patty en cuanto estuviera instalada, la invitaría precisamente con el pretexto de ayudarla al instalarse. Ya se había cumplido un año del funeral de Stear y sabía que su amiga aún no estaba cerca de superar la pérdida. Si bien había empezado a hacer visitas sociales y acudía a alguna que otra tertulia en Florida, según decía en sus cartas, sabía que la pena seguía ensombreciendo su corazón y estaba segura que su dulce amiga lloraba sin parar por las noches. La razón por la cual deseaba que Patty fuera a Chicago era presentarla con el hombre más bueno, caballeroso, inteligente y guapo del mundo, después de Albert claro. Quería presentarla nada más y nada menos que con Carlisle Cullen, ella sabía muy bien que el doctor estaba muy solo y que una chica dulce, bien educada y de buena familia como Patty era justo lo que él necesitaba.
Escribió a Patty y ella respondió y pronto estuvo ahí. Entre las dos decoraron el departamento, Patty le ayudó bordando y tejiendo algunos adornos, cosa que a Candy no se le daba muy bien. Incluso había llevado con ella algunas cosas que no usaba tanto en Florida, como cobijas. Una ocasión, Candy le pidió a Patty que fuera a buscarla al hospital y de ahí irían a tomar un café. En el hospital se las arregló para salir al mismo tiempo que Carlisle, salieron platicando juntos muy animadamente y se toparon con Patty. Candy los presentó y como que no quiere la cosa le pidió al médico que las acompañara, él como todo un caballero aceptó. Una vez fuera del café, Carlisle se dispuso a despedirse.
–Oh, doctor Cullen –dijo Candy con fingida sorpresa, sabía bien que trataría de librarse–, no nos dejará usted aquí ¿verdad? Nos gustaría mucho que nos acompañara. ¿No es cierto Patty?
Patty bajó la mirada y balbuceó un "sí, claro" casi ininteligible. El doctor se habría ruborizado si pudiera, pero la palidez eternamente instalada en sus mejillas lo protegía de mostrar emociones sorpresivas como esta. Por primera vez en siglos de existir, se sintió acorralado, no podía marcharse sin verse grosero pero tampoco deseaba estar ahí. "Eso te buscas por acercarte a los humanos, Carlisle", se dijo.
–Está bien, chicas, las acompañaré un momento.
–Genial –dijo Candy aplaudiendo, Patty se limitó a sonreír tímidamente.
Una vez instalados en una mesa, Candy ordenó una rebanada de pastel y una malteada, Patty un té y pastelillos, Carlisle solo un café.
–Doctor no debería beber café a esta hora, tal vez así dormiría mejor –lo reprendió Candy.
–¿Padece usted insomnio doctor Cullen? –preguntó Patty.
– En realidad no –mintió Carlisle–, supongo que Candy lo dice por mis evidentes ojeras. En realidad son de familia, pero a mí se me han acentuado más por los turnos nocturnos y en la escuela también me desvelaba mucho estudiando.
Carlisle reconoció en esta chica el aroma desconocido que alguna vez percibió en el cuarto "0", junto al de los Cornwell y el de Annie Britter. Tal vez ella había sido la novia del desaparecido Stear, seguro así era. Su fina visión le permitió distinguir un camino en su mejilla, imperceptible al ojo humano, detectó el salado aroma de las lágrimas. Era obvio que no hace mucho había llorado. En algún momento Patty abrió su bolsa y Carlisle alcanzó a distinguir que algo ahí dentro tenía el aroma de Stear, tal vez alguna carta o un pañuelo, estaba tan entrelazado al de la misma Patty que ya casi se perdía. Tenía que admitir que la plática era animada, la chispa de Candy y la inteligencia de Patty hicieron que se olvidara por un momento que no era conveniente intimar de esta forma con los humanos, incluso se bebió la mitad del café. Cuando se despidieron, él detuvo un carruaje para enviar a las chicas a casa y les ayudó a subir. Candy ya estaba acostumbrada a las frías manos del doctor por lo que no se inmutó, Patty por el contrario se sorprendió mucho, pero sus modales le impidieron hacer algún comentario, muy apenas pestañeó.
En otra ocasión Candy se las arregló para que los dos se vieran en ese mismo café y ella fingió no poder llegar. Al principio estuvieron un tanto incómodos, pero pronto Carlisle supuso que a la chica le haría bien hablar con alguien y la animó a hacerlo. Patty se encontró pronto desahogándose de lo mucho que aún extrañaba a Stear, de ese presentimiento que le decía que su amor estaba vivo en algún lado, del esfuerzo sobrehumano –Carlisle había sonreído con ironía ante la expresión– que debía hacer para llevar una vida normal. Incluso le confesó de ese fallido intento de suicidio que Candy había impedido y del cual ella misma se arrepentía, ¿qué tal si Stear en verdad estaba vivo? El médico se sintió muy apenado por la tristeza de esa dulce chica, tan llena de vida y a la vez tan vacía. Entendió lo que Candy pretendía: aliviar la soledad de ambos, pero para su mala fortuna ninguno de los dos podía ver al otro como su mutua amiga pretendía. Incluso pensó que si convertía a Patricia solo lograría hacer verdaderamente eterno su dolor por la pérdida de Stear.
Patty también adivinó las intenciones de Candy y en silencio le agradeció que se preocupara por ella, pero si alguna vez se reponía de perder a Stear, ese momento todavía no llegaba. En definitiva apreciaba lo bien parecido que era el doctor y que era un hombre intachable y sin duda muy noble, pero algo había en él que la asustaba y la repelía, tal vez era la frialdad de sus manos. Después de un tiempo razonable, volvió a Florida con la promesa de volver y se aseguró de obtener la promesa de sus amigos de también visitarla en cuanto pudieran.
Cuando el año se acercaba a su fin, Albert tomó la decisión de mandar a buscar a Stear. Había tenido noticias de otros soldados que habían sido dados por muertos y en realidad estaban prisioneros o en hospitales en lugares muy apartados con poca comunicación con la civilización. Contrató a los mejores detectives que pudo hallar y le confió a Candy lo que pensaba hacer. Ese día ella llegó particularmente esperanzada a trabajar.
–¿Qué tal Candy? Luces algo diferente hoy –saludó Carlisle cuando empezaban a hacer las rondas.
–¿En serio doctor Cullen? Bueno es que Albert me contó algo hoy que me hizo pensar. Contrató unos detectives para buscar a Stear, partirán pronto a Europa.
–¿De verdad? ¿Irán aún con la guerra en pleno apogeo?
–Pues sí, la verdad es que les va a pagar muy bien.
–¿Por casualidad no habrá contratado a un detective Morton?
–No, a los que él contrató tienen una oficina O'Hara y Bloom me parece.
–Muy bien, es que hace tiempo tuve un paciente Morton que era detective, pensé que podría ser él.
Esa misma noche, cuando Carlisle se disponía a sus actividades nocturnas no dejaba de pensar en lo que Candy le había dicho. Había escuchado hablar de esos detectives, eran buenos, un anticuario al que había comprado unos libros en Nueva York los había contratado para recuperar un libro robado y habían tenido éxito. Pero buscar a una persona en un continente azotado por la guerra era otra cosa, si tan solo tuvieran ayuda la búsqueda de Alistair Cornwell tal vez no resultara infructuosa… Alistair… Alistair… ¡Alistair! "Eso es", se dijo. La figura alta y rubia de su ermitaño amigo se formó en su mente, ese rastreador paranoico al que había conocido unas décadas después de su transformación. ¡Qué difícil había sido entablar amistad con él y lograr que respondiera!, un poco como Candy había hecho con él mismo. Sí, él mismo viajaría a Europa siguiendo a los detectives y buscaría a Alistair y lo convencería de ayudar, a su viejo amigo le haría bien salir de su hermetismo y lo animaría la búsqueda. Tal vez por eso no se había negado a platicar con Patty O'Brien, como Candy a él también le gustaba velar por sus amigos. No creyó que fuera tan difícil, no había muchas opciones, Stear estaba preso, herido o, esta última opción lo entristeció, muerto; en cualquier caso no se estaba desplazando, cosa que ayudaba a las capacidades de Alistair. Ahora debía trazar un plan.
Lo primero fue averiguar dónde estaba la oficina de los detectives; una vez que la halló echó mano de varias estrategias, humanas y otras no tanto, para saber cuándo partirían a Europa y en qué barco. Cuando lo supo compró boletos en el mismo y solicitó sus vacaciones en el hospital. Ahora necesitaba cosas con la esencia de Stear, eso sería más difícil, tendría que usar por completo sus habilidades vampíricas. Una noche, ya tarde se introdujo a los terrenos de los Andrew, eran tiempos tranquilos y las rondas de los vigilantes eran espaciadas. Rápidamente logró acercarse a la casa, por fortuna había muchos árboles altos que lo resguardaban. Como no conocía la distribución tendría que confiar en su olfato; identificó pronto las cocinas, el área de la servidumbre, el ala desocupada, el piso de los cuartos de visitas, el olor de una mujer que no conocía, el de Albert, el de Archie, no debía estar lejos. A dos ventanas de la habitación de Archie estaba la esencia que buscaba. De un salto llegó al balcón, sacó unos instrumentos de cerrajería que había adquirido para la ocasión y con su fino oído logró abrir el ventanal y se introdujo en silencio. El olor, lejos de desvanecerse, se había intensificado, era obvio que las cortinas nunca se corrían y la puerta se abría muy poco. La cama tenía unas marcas casi imperceptibles y le llegaba el olor de Archie, parecía que el joven había pasado ahí algunas noches, pero ya hacía algún tiempo de eso, meses quizá. Se dirigió al armario y extrajo unas prendas, luego al escritorio y sacó algunos objetos más pequeños, entre ellos una foto de los hermanos, con eso bastaría. Dejó todo como estaba, salió sigilosamente y cerró la ventana tras de sí. Con un par de saltos pronto estuvo fuera de la propiedad.
A Candy y a otros colegas que le preguntaron por sus vacaciones dijo que las pasaría en Nueva York, con parientes que lo visitarían de Inglaterra. Empacó ropa extra que ayudaría a Alistair a pasar desapercibido, eran de la misma estatura y, aunque el rastreador era más delgado, le serviría su ropa. Conociéndolo todavía llevaría puesta alguna antigualla del siglo XIX, sus pobres víctimas seguro pensaban que era alguna aparición. Se aseguró de incluir guantes, un sombrero y anteojos oscuros. Partió de Chicago unos días antes que los detectives, una vez allá, se aseguró que llegaran y que subieran al mismo barco que él. La travesía transcurrió sin novedad, el barco era tan grande que nadie reparaba en que no comía ni bebía nada. Para evitar que sus ojos se oscurecieran se alimentó de los grandes animales marinos. Una vez llegados a Calais, se fijó donde se hospedaban los detectives y comprobó que habían alquilado la pieza por tiempo indefinido, ahí establecerían la base de operaciones, apuntó la dirección y partió en busca de Alistair. La suerte estuvo de su lado ya que se encontró con Siobhan y sus compañeros, esos simpáticos irlandeses cuyo único defecto era alimentarse de la gente, les contó sus planes, les dio una prenda de Stear y les arrancó la promesa de no morderlo si lo veían, además de enviar un mensaje a los detectives. Le dijeron la zona en que Alistair había estado hace algunas décadas. Se despidieron afectuosamente y prosiguió su búsqueda, ellos se enfilaron hacia donde estaban las batallas más cruentas, donde podían alimentarse de los soldados moribundos sin problemas.
Se internó en las zonas más despobladas aún no tocadas por el desastre, se encontró con un pueblo en el que los lugareños evitaban cierta zona del bosque, decían que un fantasma la rondaba y aseguraban que algunos que se habían atrevido nunca habían salido vivos. No faltaba quien aseguraba haber visto de lejos al fantasma, deambulando por la noche. Carlisle estuvo seguro que se trataba de Alistair, empacó sus cosas y partió en dirección opuesta, cuando estuvo fuera del alcance de la gente del pueblo, cambió de ruta hacia el misterioso lugar. Cuando llegó ahí, detectó de inmediato la esencia de su amigo, lo encontró en una cueva.
– ¿Carlisle? ¿Qué te trae tan pronto por aquí? No hace ni treinta años que nos vimos.
–A mí también me da gusto verte, Alistair, viejo amigo –dijo sonriendo Carlisle, observó las ropas del ermitaño, eran una mescolanza entre prendas del siglo XIX y restos de uniformes militares–, ¿cómo estás?
Aslitair gruñó en respuesta y se encogió de hombros.
–Y bien, no me has respondido, algo tramas de seguro, para venir en estos tiempos tan agitados, a ti te gusta mezclarte con los humanos y no haces nada ni remotamente sospechoso. Así que, viajar al ojo del huracán, debe ser por una poderosa razón.
–No estás tan errado Alistair, vine porque necesito tu ayuda.
Alistair no contestó y esperó a que Carlisle continuara. Este le contó la historia de Stear, de como sus familiares y su novia pensaban que existía la posibilidad que estuviera vivo. De la pena que embargaba en particular a Patty y a Archie, le mostró la foto de los hermanos. De los detectives que habían ido a buscarlo.
–¿Y qué quieres que yo haga?
–Bueno, tú eres un rastreador…
–Supón que lo rastreo y lo hallo ¿qué hago entonces? ¿Decirle que su familia lo busca y luego morderlo? –sonrió maliciosamente.
–No Alistair, no sería necesario que te le acercaras –luego le explicó que bastaba con que lo ubicara y luego avisara a los detectives, ellos se encargarían del resto.
Alistair estuvo pensativo un momento, vagos recuerdos de días apacibles con su madre y hermanas, la pena de perder a su propio hermano y más tarde a sus hermanas. Todo por estúpidas luchas de poder.
–Está bien te ayudaré.
Carlisle sonrió y comenzó por explicarle el plan, le dio las cosas de Stear para que ubicara el aroma. Lo vistió con las ropas que llevaba para él, le indicó que en cuanto percibiera la zona en que se hallaba Stear debía mandar un telegrama a los detectives, luego cuando lo encontrara, a él o sus restos, debía mandarles otro ya con la ubicación exacta. Ya con Alistair vestido apropiadamente se encaminaron al pueblo más cercano para enseñarle a mandar un telegrama. Entraron a la oficina y Alistair observó el procedimiento, después le entregó los datos de la dirección de los detectives. Como era invierno y los días eran cortos y nublados, el par no levantaba sospecha alguna, solo Alistair debía usar sus lentes oscuros.
Carlisle redactó una histriónica carta a nombre de Alistair, presentándose como un médium, diciendo que los poderes que le revelaban el paradero de las personas le habían hecho saber de su búsqueda y que era su misión ayudarles. Les pedía que no intentaran contactarlo ya que eso interferiría con la "búsqueda espiritual" que él llevaba a cabo. Claro que esto último se debía más bien a la personalidad antisocial del rastreador y por la propia seguridad de los detectives, aunque Alistair hubiera dado su palabra de no dañar ni a Stear, si lo hallaba, ni a los detectives, la sed lo podría traicionar. Una vez hecho esto se despidió y volvió a Calais para tomar el siguiente barco de regreso al continente americano.
Así, el vampiro empezó su trabajo, le ayudó bastante que la fuente de la presencia que buscaba no se estaba moviendo, así que en un par de semanas pudo encaminarse a la zona de Francia donde sentía el llamado. En un par de meses más pudo mandar un telegrama a los detectives indicando el área donde debían buscar. Lo hizo al caer la tarde, usando la ropa que Carlisle le había dejado y esos anteojos oscuros para que no lograran ver lo rojo de sus pupilas. Esa misma noche siguió buscando al muchacho, sentía su olor y su presencia cada vez más cerca.
Hasta después de unas semanas lo halló en un pequeño hospital de un poblado destruido casi en su totalidad. Por la noche, cuando escuchó que ya casi todos dormían se acercó sigilosamente y encaramado en una ventana observó al muchacho que llevaba el mismo nombre que él, sin duda lo había encontrado. "Muy bien Carlisle, me debes una" pensó, la sangre del joven piloto olía muy bien y por única vez en su existencia lo dejaría pasar. Observó las cicatrices visibles en la cara y el torso del joven, ya había empezado a hacer calor y dormía cubierto solo hasta la cintura; también vio una silla de ruedas junto a la cama y los gruesos anteojos en la mesita de noche, pensó que todo eso se solucionaría con una pequeña mordida. En realidad solucionaría muchas cosas: todas las heridas de Stear, un poco de su sed y tal vez el joven serviría como compañero para Carlisle y así este dejaría de importunarlo tan seguido. Barajó la idea por bastante rato, pero recordó a la familia humana del muchacho y la promesa que había hecho a su amigo. Durante el día viajó al pueblo más cercano y por la tarde mandó un último telegrama a los detectives y otro a Carlisle. En cuanto salió de la oficina de telégrafos, regresó a ocultarse de la sociedad y no regresaría hasta casi cien años después, por petición otra vez de Cullen.
Los detectives hallaron a Stear, le comunicaron pronto a Albert e iniciaron los preparativos para el traslado del muchacho. A él le sorprendió mucho saber todo lo que había pasado en su ausencia y entendía por qué nunca había recibido cartas ni nada, él sí había escrito algunas pero supo por los detectives que ninguna había llegado a su destino. Animoso como siempre emprendió el regreso a casa junto con los detectives. A muchos kilómetros de ahí, en la cálida Florida, Patty O'Brien despertó sobresaltada de un extraño sueño en el que Stear le pedía que estuviera tranquila. En Chicago el doctor Carlisle Cullen sonreía complacido mientras leía el telegrama de su amigo y agradecía en silencio haber podido hallar a Stear. También, recordó el presentimiento de Patty de que su amado estaba vivo, se preguntó la clase de poderes que tendría la chica si fuese convertida.
Continuará…
Sabrina Cornwell
