CANDY, ANTES DE FORKS

Capítulo 4. Stear y Carlisle.

Era un día de mucha agitación en la mansión Andrew. Ese día volvía el patriarca llevando una preciada carga. Semanas atrás había partido junto con George Johnson a Nueva York a atender los negocios de la familia en ese lugar, habían finiquitado algunos tratos, forjado nuevas alianzas y supervisado operaciones; entre ellas la recepción de cargamentos provenientes de Europa y África. Uno de los asuntos que habían tratado con más esperanza era el resultado de las pesquisas hechas por los investigadores pagados por ellos para hallar a Stear. Una vez que les confirmaron que el joven estaba vivo y que venía en un barco rumbo a Estados Unidos, Albert y George prolongaron su estadía unos días más para esperarlo y que no hiciera solo el viaje a Chicago.

Albert les había comunicado por teléfono lo sucedido, para que la impresión no fuera tan fuerte, en especial para la tía abuela. También les advirtió que el estado de salud de su sobrino no era óptimo. Sin embargo, nada los preparó para la sorpresa que se llevaron al ver al, otrora sano y activo Stear confinado a una silla de ruedas por sus lesiones en el accidente. A pesar de eso, la felicidad por haber recuperado al mayor de los Cornwell superó todo sentimiento negativo sobre su salud. Además, el joven no había perdido su chispa y alegría habituales, les probó que se había adaptado bien a la silla de ruedas y que su inventiva seguía intacta al mostrarles las adecuaciones que le había hecho al artefacto para moverse más fácilmente. También los llenó de esperanza cuando les enseñó que en ocasiones lograba andar en muletas por trechos cortos.

No se podía decir quien estaba más feliz, si Archie, su madre o Patty. La chica llegó a Chicago unos días después de Albert y Stear; en cuanto Candy supo que Albert y Stear venían de regreso le envió un telegrama a su amiga, no le dijo el motivo pero al recibirlo su corazón brincó de gusto sin razón alguna y en cuanto pudo partió. La alegría de los jóvenes enamorados fue infinita, su reencuentro estuvo repleto de lágrimas, sonrisas, besos y promesas de no separarse más. Stear había temido que Patty lo rechazara por su nueva condición, lejos de ello, la chica fue la primera en ofrecerse siempre a ayudarlo e insistía en estar siempre a su lado para lo que él pudiera necesitar.

Por su parte, Archie por fin sentía que podía ser feliz por completo. Annie había sido su baluarte en la difícil época que siguió al funeral de su amado hermano, había sentido que la vida le había arrebatado a sus dos compañeros y cómplices dejándolo solo cuando empezaba a vivir. Solamente logró salir adelante gracias al tierno amor que Annie le demostraba y lo que él sentía por ella había madurado en medio de toda esa adversidad. Ahora ambos tenían la certeza que amaban y eran correspondidos. Pero ese vacío en el fondo del alma de Archie, se veía lleno de nuevo con Stear de vuelta. Annie tampoco cabía en sí de felicidad al ver que su gran amiga y el amor de su vida sonreían de nuevo y se supo afortunada porque su amado y su casi hermana siempre habían estado a su lado.

Pronto los seis jóvenes aprovechaban cada minuto libre que tenían para estar juntos dando paseos por los jardines de la mansión o por los alrededores de Chicago. Fue en uno de esos días de campo, mientras Stear descansaba en los brazos de Patty bajo la sombra de un árbol, y Annie y Archie daban una vuelta en bote por el lago, Albert y Candy decidieron caminar un poco por el bosque.

–Sabes Albert, estoy muy feliz de que Stear haya regresado. Nunca podré agradecerte lo suficiente por traerlo de vuelta.

–No tienes que agradecérmelo pequeña. También es mi sobrino y deseaba tanto como tú verlo de nuevo, además la ayuda que nos proporcionó ese misterioso médium inglés nos ayudó bastante –dijo y la abrazó; los detectives le habían contado de la extraña carta y los telegramas recibidos. También le dijeron que había investigado el origen de los mismos y lo único que supieron fue que un misterioso inglés alto, con ropa común había puesto las cartas y los telegramas y había desaparecido sin dejar rastro. Carlisle había cuidado de usar la misma ropa que dejó a Alistair para mandar la carta, así todos pensaban que se trataba de la misma persona.

–Cierto –dijo y se quedó en silencio un rato–. He estado pensando en sugerirle que tome rehabilitación para sus piernas –prosiguió Candy–. No las tiene del todo inutilizadas, ya viste que a ratos puede usar las muletas.

–¿Tú puedes ayudarlo? –preguntó Albert.

–No tengo tantos conocimientos sobre eso, pero el doctor Cullen sí y quisiera pedirle su ayuda. Es muy amable y sé que estará dispuesto a evaluarlo, y que me enseñaría las terapias para yo apoyarlo en casa.

–¡Eso es excelente mi amor!, ¿podrías pedirle que fuera a verlo a la casa? Creo que su mamá y la tía Elroy estarían más tranquilas.

–Tendría que preguntarle, la próxima semana empezaré el turno en la tarde y él estará de noche, así que me quedaré un rato más para verlo cuando llegue y poder hablar con él.

–Por favor déjale claro que le pagaremos por sus servicios lo que nos pida. Además que, si tiene éxito contará con la gratitud de todo el clan Andrew y la familia Cornwell.

–Claro que sí mi amor, oye tal vez debamos volver, ya nos alejamos demasiado, está muy solo aquí.

– Esa era la idea pequeña –dijo Albert con un brillo especial en los ojos y la atrajo hacia sí para besarla. Los dos estaban muy contentos de tener de vuelta a Stear pero ahora pasaban poco tiempo solos, así que debían aprovechar muy bien esos ratitos, que sin duda los Cornwell y sus chicas también lo harían. Al atraer a Candy, ella tropezó con la raíz de un árbol y al estar abrazada de él, ambos cayeron. Entre risas, Albert aprovechó la situación para hacer sus besos y caricias más profundos, alentado por los jadeos de Candy quien, a su vez, correspondió de forma entusiasta a los avances de su novio.

El lunes de la siguiente semana Candy terminó su turno cuando la noche recién había caído, sabía que el personal del turno nocturno no tardaría en aparecer en la sala de descanso, todos sus compañeros se habían retirado ya, solo quedaba ella esperando al doctor Cullen. El médico apareció, puntual y pulcro como un inglés.

–Buenas noches Candy –saludó con esa cálida sonrisa que hacía derretir a todas las enfermeras y pacientes–, ¿vas a estar en este turno?

–Buenas noches doctor Cullen. No, estuve en el turno de la tarde, pero lo estaba esperando.

–¿A mí? ¿Te puedo ayudar en algo? –preguntó extrañado el doctor.

–En realidad sí doctor. ¿Recuerda a mi primo Stear? Que antes venía a visitarme, que había ido a la guerra y su avión fue derribado y él dado por muerto…que nunca nos entregaron su cuerpo.

–Sí lo recuerdo a él y recuerdo bien cuando me lo contaste, un recuerdo muy triste para ti. Él era novio de la señorita O'Brien, tu amiga inglesa, ¿cierto?

–¡Sí, el mismo! Pues hay buenas noticias, los detectives que había contratado Albert, mi novio –añadió con un ligero sonrojo–, para buscarlo ¡por fin lo encontraron!

–Candy esas son excelentes noticias, en verdad me alegra escuchar eso –dijo el médico, fingiendo sorpresa. Si bien era de las pocas enfermeras que no le coqueteaban abiertamente, ella era la única que, en todos sus años de peregrinar, había logrado ablandar un poco las defensas que siempre ponía a su alrededor y le tenía un genuino cariño. Además si ella supiera de la influencia que él había ejercido para hallar a Stear…

–Bueno, él ya está en casa, pero hay un detalle, el accidente tuvo sus consecuencias, regresó en silla de ruedas…

–Comprendo, tuvieron que amputarle las piernas, es una pena Candy –Alistair no había mencionado eso en su escueto telegrama.

–Oh no, aún las tiene pero no puede caminar, a veces logra andar trayectos cortos con un par de muletas. Eso me dio esperanza, yo quisiera pedirle que lo revise, sé que usted tiene algo de experiencia en rehabilitar heridos de guerra. Albert me pidió que le asegurara que él cubrirá sus honorarios y pondrá a su disposición cualquier material que necesite, yo lo asistiría como enfermera –Candy hablaba sin parar– y…

–Muy bien, muy bien Candy –dijo Carlisle enternecido con la alegría de la chica–. Claro que lo veré, me dará mucho gusto ayudar a un miembro de tu familia. Podría venir hoy mismo, le haré un espacio entre ronda y ronda.

–Pero doctor, ¿sería posible que lo atendiera en casa? No queremos que su madre y nuestra tía se preocupen con cada salida.

–Muy bien Candy, debo revisar mi agenda –mintió, en realidad iba a revisar cuando estaba pronosticada lluvia y poder salir sin problemas durante el día, además debía asegurarse de cazar–, te dejaré un recado en la recepción para informarte cuando iré.

– ¡Muchas gracias doctor! –Candy saltaba de alegría.

Al día siguiente Candy leyó la nota del doctor Cullen, en ella le indicaba que el jueves por la mañana atendería a Stear, le pedía estar presente y que le dejara indicaciones para llegar a la casa de los Andrew del mismo modo en que él le había dejado ese recado.

El jueves llegó y con él la lluvia, para fortuna de Carlisle. Condujo su auto por las calles de Chicago hasta llegar a la imponente mansión de los Andrew. "Este sería un lugar que le gustaría a Aro", pensó y sacudió de su mente la sombría imagen del líder de los Volturi. Cuando llegó a la entrada de la casa ahí, vio que en el porche esperaba Candy con un caballero alto y rubio, reconoció de inmediato a su paciente amnésico de un par de años atrás, solo que ahora lucía el cabello más corto y vestimenta más fina y formal. "Que bien que estos dos terminaron juntos", pensó Carlisle y se felicitó a sí mismo por no haber convertido a ninguno de ellos cuando lo pensó por primera vez. En cuanto se apeó del auto un empleado se le acercó y ofreció hacerse cargo del vehículo. Le agradeció y le pidió que lo dejara bajar su maletín. Una vez que el empleado se alejó con el vehículo, se acercó rápidamente a los jóvenes para no mojarse. En realidad lo hacía para parecer humano, a él la lluvia no le afectaba en absoluto.

–¡Doctor Cullen, que alegría verlo aquí! –exclamó Candy–. Este es Albert, de quien tanto le hablo, tal vez lo recuerda usted.

–Me da mucho gusto verlo doctor –dijo Albert extendiendo su mano–. William Albert Andrew, para servirle, ahora tengo un nombre con el cual presentarme –añadió con una sonrisa franca.

–El gusto es mío señor Andrew –dijo estrechando cuidadosamente la mano que le ofrecían–. Me alegra sinceramente verlo recuperado por completo. Y más saber que su familia está completa y a salvo.

–Doctor, usted siempre me ha llamado Albert, por favor siga haciéndolo.

Albert no pudo evitar notar lo frías que estaban las manos del doctor, así como la palidez de su rostro y sus marcadas ojeras. Bueno, eso no era tan raro, Candy le había mencionado que casi siempre trabajaba de noche y con esa piel tan clara era normal que se le marcaran pronto las ojeras. Pero esa piel… había visto gente con esa tonalidad en algunos de sus viajes, gente más bien reservada, gente con rasgos muy hermosos, gente de ojos muy oscuros, gente que rara vez aceptaba un trago o una invitación a comer y sin embargo parecía hambrienta, gente que siempre parecía estar de paso, gente que no quisieras encontrar en un callejón oscuro, gente que no veías a la luz del día… En particular pensó en ese muchacho que había conocido cuando comenzó a viajar como Albert con barba y bigote y su mochila al hombro.

Era una noche hermosa, la fogata que acababa de encender crepitaba alegremente, él estaba recostado contemplando la luna llena y las estrellas, ya había cenado y Poupée andaba por ahí explorando, cuando escuchó pasos.

Buenas noches –saludó Albert..

Buenas noches –respondió el recién llegado, se notó un dejo de sobresalto en su voz.

Se mueve usted muy sigilosamente amigo, pero aun así no es tan fácil sorprenderme. Acérquese, no muerdo. ¿Gusta algo de cenar? ¿Tal vez algo de café?

Muchas gracias, ya cené –dijo el extraño sonriendo ante la frase de Albert, "no muerdes, eh, si supieras que yo sí" pensó. De hecho el haber ya cenado era lo que le permitía estar cerca de Albert, de otra manera él hubiera sido la cena.

Me llamo Albert Andrew –dijo tendiéndole la mano, el muchacho se había acercado ya al fuego y pudo verlo, era más alto que él, debía medir 1.95, rubio, muy pálido y ojeroso y los ojos… ¿rojos? "Bah, nadie tiene los ojos rojos, debe ser efecto de la fogata" se dijo Albert.

Jasper Whitlock respondió el desconocido, estrechando la mano que le ofrecían.

Parece que tienes frío Jasper, acércate al fuego hombre. Que interesante abrigo el tuyo, parece del ejército confederado –aún y cuando el desconocido tenía algo que hacía que se le erizara el cabello de la nuca, había algo que lo hacía sentirse muy tranquilo, aunque no quisiera. No sabía que Jasper contaba con la habilidad de controlar las emociones a su alrededor.

Sí, así es, se trata de una reliquia familiar, perteneció a mi abuelo. –Jasper se quedó en silencio, se había acercado a aquel muchacho por la paz y alegría que despedía; después de un momento prosiguió–. Se te ve muy contento a pesar de estar tan solo en medio del bosque.

Es que adoro la naturaleza y pocas cosas hay que me hagan sentir tan contento y en paz como contemplarla.

Jasper asintió y contempló la noche, sí era muy hermosa. Hacía tiempo que no lo apreciaba de esa forma, luego con disimulo evaluó a su interlocutor, era casi tan alto como él, parecía fuerte y si estaba solo en un lugar tan apartado seguro contaba con habilidades para sobrevivir; además de la paz que lo rodeaba despedía un aire de autoridad y firmeza de carácter, sería una buena adición al ejército de María. Pero no, ella no merecía a un muchacho como este, que buscara ella misma sus propios reclutas, ya bastante hacía él con entrenarlos, controlarlos y deshacerse de ellos. Y quedaban tan pocas personas capaces de apreciar la naturaleza como este chico… No, no lo transformaría.

Muy bien Albert, gracias por compartir tu fogata conmigo. Debo irme.

¿Seguro? Está muy oscuro, puedes pasar la noche aquí al calor del fuego.

No te preocupes, conozco bien el bosque. Que descanses –se alejó caminando y cuando estuvo fuera del alcance de Albert echó a correr a su velocidad habitual, quería acercarse lo más posible a Texas. Normalmente nunca se alejaba tanto para cazar pero en realidad había querido alejarse unos días de María.

"Basta" se dijo a sí mismo, "aquí tienes a este buen doctor frente a ti en pleno día, deja de pensar tonterías"

–Vayamos adentro –dijo por fin Albert.

Una vez en la mansión lo condujeron a un espacioso salón donde lo esperaba un jovial muchacho, a quien reconoció de cuando Albert y Candy vivían en el departamento, estaba sentado en una silla de ruedas, acompañado de una linda joven y una señora ya entrada en años. Lo presentaron a la señora como Elroy Andrew, y él reconoció el aroma desconocido que había percibido cuando tomó las cosas de Stear, ella le agradeció que fuera a atender a su nieto y le rogó que lo que necesitara lo pidiera de inmediato a la servidumbre. Él saludó a Patty cortésmente, recordando cuando Candy los había presentado con la esperanza que se enamoraran. Para fortuna de todos, eso no había rendido fruto alguno, Carlisle solo había podido sentir compasión por la pena de la gentil muchacha y ella, si bien había apreciado lo bien parecido que era el doctor y su amabilidad, su corazón no le había permitido ver más allá, además que algo la había inquietado mucho del médico. Por último, fue el turno de saludar a su paciente.

–Doctor, este es Stear –dijo una sonriente Candy–. El joven también sonrió y maniobró la silla de ruedas para acercarse y le extendió la mano.

–Alistair Cornwell, mucho gusto doctor, nunca nos presentaron formalmente –dijo el inventor–, puede llamarme Stear.

–Carlisle Cullen –respondió el saludo y el apretón de manos, siempre con sumo cuidado–. Alistair, eh. Sabes, tengo un buen amigo que se llama igual que tú, aunque él es mucho más serio. Ahora si me permiten, debo revisar al paciente –se dirigió a los demás.

–Tía abuela, Patty, Albert, sería mejor si nos esperan afuera, yo asistiré al doctor Cullen –indicó Candy.

–Como ustedes digan –dijo Albert–. ¿Me acompañan? –ofreció su brazo a Patty y a la tía, quienes lo aceptaron y salieron junto con él.

Una vez que se quedaron solos, Carlisle examinó minuciosamente a Stear, le hizo preguntas sobre sus lesiones, sobre los diagnósticos que había recibido con anterioridad. Por lo que el muchacho contaba había sido casi un milagro que no le amputaran las piernas, también había logrado bastante para las condiciones en que se hallaba ese pequeño hospital donde había ido a parar. Por último, le pidió que anduviera un poco con las muletas, hizo anotaciones y al final dijo:

–Muy bien, el pronóstico de tu caso es positivo Alistair. Me atrevo a decir con seguridad que podrás dejar la silla de ruedas, pero tal vez necesites un bastón de por vida…

–¡Doctor! ¡Eso es magnífico! –lo interrumpió Stear con alegría.

–Pero será lento y va a requerir de un esfuerzo considerable, de tu parte y de mí; necesitarás alguien que te ayude constantemente con las terapias. Me temo que Candy no siempre podrá ayudarte por sus cambios de turno.

–No hay problema doctor –intervino Candy–, sé de alguien que nos ayudará con mucho gusto: Patty.

Stear se ruborizó un poco al pensar en su amada novia ayudando en su recuperación. Él también sabía que lo ayudaría gustosa. Desde que regresó y supo que lo seguía amando, tuvo la certeza que tenía que casarse con ella, pero le apenaba imponerle la carga de tener que ayudarlo para muchas cosas al estar en silla de ruedas; así que en ese momento decidió que en cuanto hiciera progresos le pediría matrimonio y en lo que planeaban la boda… quien sabe, tal vez lograra caminar en ese tiempo. Más tarde, al recordar las frías manos del doctor mientras revisaba sus piernas y su espalda no puedo evitar que un escalofrío le recorriera la columna. Al doctor lo rodeaba un halo de paz y calidez, pero al mismo tiempo sus instintos de combatiente le decían que corría peligro. Pronto desechó esos pensamientos, al recordar la feliz perspectiva que le había ofrecido el médico, y centró todas sus fuerzas en su recuperación.

Por su parte Carlisle se sintió feliz de poder dar esperanza una vez más a ese joven y a su familia. Casos así eran los que le daban sentido a su solitaria existencia. Se acercaba el invierno y los días serían cada vez más cortos y eso le permitiría vigilar de cerca la rehabilitación del joven. También debería cazar más seguido, no podía permitir que sus ojos se oscurecieran y despertar sospechas, más de las que ya percibía en la penetrante mirada del patriarca del clan.

De inmediato comunicaron el positivo pronóstico del doctor al resto de la familia, Patty aceptó ayudar muy emocionada, la tía abuela y Janis Cornwell lloraron de emoción. Invitaron a comer al doctor pero este declinó amablemente, pretextó que tenía a otros pacientes que visitar, pidió su auto y se despidió con una inclinación de cabeza y una deslumbrante sonrisa.

Así comenzó el tratamiento del joven, les acondicionaron un cuarto especial en la mansión con aparatos que Carlisle mandó traer y otros más que Stear construyó con las indicaciones del doctor. También le ayudó a mejorar los que ya habían comprado, de acuerdo a las necesidades de su tratamiento. No pasó tanto tiempo para que dejara la silla de ruedas y se moviera principalmente con las muletas. Carlisle acompañaba maravillado los avances de su paciente. Como Candy, Stear también logró ablandar un poco las barreras que el doctor ponía a su alrededor para evitar intimar con la gente. Ambos platicaban de ciencia, de Francia, Stear hablaba de Patty cuando ella no estaba y Carlisle lo escuchaba emocionado, pensaba que sería hermoso estar tan enamorado como aquellos dos jóvenes, aunque le recordaba su propia agobiante soledad, si tan solo él tuviera a alguien…

Por su parte Stear escuchaba asombrado lo poco que el doctor le contaba. Podía adivinar que había viajado mucho, lo cual le sorprendía ya que era muy joven y sabía que los estudios de medicina debían haberle tomado mucho tiempo y el ejercer la profesión también era muy demandante. También parecía saber mucho de historia, y algunas cosas las contaba con tal seguridad, como si él mismo hubiera estado ahí, poco sabía que así había sido. El inventor le confió a Carlisle que como ya se podía mover principalmente con las muletas y también iba en camino a dejarlas, le pediría a Patty que se casara con él. Esto alegró mucho al doctor y le pareció que esa propuesta no llegaría tarde; muchas veces cuando llegaba y los encontraba a los dos esperándolo, tenían el aroma el uno del otro completamente impregnado, además de la sangre agolpada en las mejillas y el corazón agitado. Señal inequívoca de atrevidos besos y caricias, y el muy conservador médico pensaba que eso debía ocurrir solo entre parejas debidamente casadas. En otra ocasión que llegó más temprano, desde que iba por el corredor escuchó claramente a los jóvenes entregados a una apasionada sesión de caricias, procuró hacer más fuertes sus pisadas, lo cual surtió efecto porque los escuchó separarse y componer su ropa. Por supuesto que se abstuvo de hacer comentario alguno porque sabía que no toda la gente de su edad pensaba así y no quería levantar más sospechas, ¿cómo sabía él qué habían estado haciendo?

Albert observaba complacido como progresaba su sobrino. Aunque las dudas no cesaban de crecer en él. La palidez, las ojeras, la frialdad de las manos del doctor, misma que Candy aseguraba que se debía a que tenía una circulación muy deficiente, él mismo se lo había dicho una vez que la chica con desfachatez le había preguntado al respecto. Solo una vez había aceptado una invitación a comer y había comido muy poco. Cuando le preguntó a Stear el comentó que rara vez aceptaba un vaso de agua aunque hubieran hecho ejercicios extenuantes. También podía jurar que los ojos del doctor cambiaban de color, se oscurecían paulatinamente y de repente recobraban ese espectacular todo dorado. Candy había reído cuando le había hecho el comentario, dijo que una vez ella alguna vez se lo había dicho y el doctor había contestado que seguramente era el reflejo de las luces. Pero algo innegable era el hecho que Poupée huía despavorida cuando el médico estaba cerca, la primera vez que lo había visto incluso siseó mostrándole los dientes para luego escapar a todo correr.

Por otro lado, ¿qué podía hacer? Si en verdad era lo que él creía, poco podría hacer para defender a los suyos. Y si hubiera querido dañarlos ya lo hubiera podido hacer fácilmente, puesto que siempre pasaba tiempo a solas con Stear y Patty o, su corazón se detuvo un instante, con Candy. Indagó un poco más y supo que en el hospital tampoco había motivo de queja alguna, por lo que se convenció a sí mismo que no había razones para preocuparse y que todo su clan estaba seguro. Además el doctor ocasionalmente llegó a pasar algunas veladas con ellos pero siempre se retiraba pronto.

Uno de esos días Stear pidió matrimonio a Patty y ella aceptó. Como sabía que por el momento era incómodo que el chico viajara para pedir su mano a sus padres, les escribió para pedirles que fueran ellos a Chicago y ahí, Stear y sus padres la pedirían formalmente. Toda la familia estaba muy feliz por ellos. Cuando los padres de Patty llegaron a Chicago y se hicieron las debidas presentaciones y petición de mano, la cual concedieron con gusto, empezaron los preparativos. Aceptaron que todo el evento tuviera lugar ahí con la condición que en cuanto fuera seguro viajar a Inglaterra, tanto por la guerra como por el tratamiento de Stear, la pareja los acompañaría para hacer una recepción allá.

Mientras, las terapias seguían, aunque Patty ya no podía ayudar siempre por los preparativos de la boda. Los dos jóvenes decidieron invitar al médico que había hecho posible que Stear volviera a moverse casi con normalidad y sus familias estuvieron de acuerdo. Candy les advirtió que el doctor prácticamente no hacía vida social así que no debían sentirse ofendidos si no aceptaba. Patty y Stear le entregaron la invitación personalmente, aunque Carlisle se conmovió profundamente su primera reacción fue excusarse,

–Les agradezco mucho Patty, Stear, pero realmente yo, ese día…

–De ninguna manera doctor Cullen –lo interrumpió Stear–. No aceptaremos un no como respuesta.

–Por favor, doctor, para nosotros su presencia es muy importante. Si no fuera por usted, este sería un evento muy distinto –agregó Patty.

–De verdad me gustaría ir, pero…

–No hay peros que valgan, gracias a usted yo caminaré del brazo de mi bella esposa en lugar de ir en una silla de ruedas, es inaceptable que no esté usted ahí.

–Sí doctor, debemos insistir en que nos acompañe usted, por favor.

Así fue como por primera vez en realmente mucho tiempo, Carlisle Cullen aceptó asistir a una fiesta, y lo hizo con verdadero gusto. Incluso fue a un exclusivo almacén de Chicago a comprar un atuendo más elegante que los que tenía y hasta se entretuvo eligiendo un regalo para la joven pareja.

El día de la boda llegó y, además de la alegría propia del evento, algo que maravilló a los asistentes fue que el novio llegó al altar del brazo de su madre y ayudado solamente por un bastón. En la recepción, a los novios les sorprendió gratamente ver al doctor Cullen, aunque los decepcionó un poco ver que iba solo, habían tenido la esperanza de ver que llegara acompañado de alguna señorita. Le asignaron lugar en una mesa con algunas familias amigas de los Cornwell, entre ellas otro médico pero de un hospital distinto; eso era un alivio para Carlisle puesto que podría centrar la plática en tecnicismos médicos y no habría que entrar en detalles personales. También estaban en esa mesa los Masen, un abogado de renombre en Chicago que llevaba los asuntos legales del clan Andrew, su esposa Elizabeth y su hijo Edward. El señor Masen era educado y muy serio; su esposa por el contrario, alegre y cariñosa. El muchacho parecía una combinación de ambos, con la añadidura de parecer muy observador y daba la impresión de estudiar detenidamente a las personas que lo rodeaban. Carlisle hizo acopio de fuerzas y probó toda la comida y la elogió junto a los demás invitados, incluso bebió algo de champaña para brindar por Patricia y Alistair. En algún momento una de las damas reparó en las ojeras del médico e hizo el comentario.

–Doctor Cullen, ¿duerme usted bien? Me parece que se le ve algo ojeroso.

Carlisle sintió todas las miradas posarse en él, en especial la del joven Masen, le inquietaba la mirada penetrante del muchacho.

–Claro que sí señora, las ojeras son de familia, mi padre también las tenía, a mí se me han acentuado todavía más con los turnos nocturnos que debo hacer –Carlisle repitió la tan ensayada respuesta que daba siempre.

Los ojos de Edward Masen lo taladraron, la mirada y el leve respingo que dio, lo convencieron. El joven sabía que había mentido. "Tranquilo Cullen", se dijo Carlisle, "aunque sepa que mentiste, no tiene manera de saber la verdad". El resto de los comensales pareció aceptar el motivo, que por supuesto acompañó de una encantadora sonrisa. Edward lo miró un momento más de lo necesario. La señora Masen pidió a Carlisle que les hablara de la recuperación de Stear, con toda la intención de disuadir a su hijo de la idea de enlistarse en cuanto cumpliera dieciocho años. El médico observaba el tierno cariño que se profesaban madre e hijo, y el gran respeto con que el joven trataba a su padre, si bien era evidente que no había ahí el mismo afecto que con la madre. Carlisle pensó que si él pudiera tener un hijo le gustaría que fuera como Edward Anthony, y una esposa atenta y pendiente de su familia como Elizabeth Masen, y él ciertamente sería más afectuoso que el señor Masen. Si tan solo eso fuera posible…

Pronto el joven Masen se excusó de la mesa para buscar compañía más de acuerdo a su edad, Carlisle le vio bailar con algunas jóvenes, entre ellas la desagradable Eliza Leagan, a Edward tampoco pareció agradarle ya que después de una pieza la escoltó a su lugar y se escabulló de la pista para platicar con Annie Britter. La señora Masen comentó que su hijo era un pianista consumado y que había tomado clases junto con la señorita Britter. Supuso que en verdad debía ser muy bueno ya que Carlisle había escuchado a Annie tocar el piano de los Andrew y lo hacía muy bien. Pronto observó divertido como un celoso Archibald Cornwell buscaba a su novia y palidecía al verla platicando alegremente con Edward.

Cuando vio que otras personas se retiraban, él hizo lo propio. De camino a su casa, sonrió y pensó que había sido agradable estar en ese evento, le había hecho sentirse ¿vivo? Las últimas fiestas a las que había ido eran las de los Volturi en el siglo XVIII y no aprobaba todas las actividades que se llevaban a cabo, en particular el menú. Sabía que su trabajo con Stear pronto estaría terminado, unas semanas más si acaso, entonces volvería a su soledad y la monotonía de sus días. Había sido lindo sentirse acogido por todos esos bondadosos muchachos: contagiarse de la alegría sin igual de Candy, escuchar la bella música que Annie arrancaba al piano, apreciar los muchos conocimientos de Patty de arte, participar en interesantes pláticas de economía con Archie y Albert, sin dejar atrás la genialidad y la intuición científica de Stear. Ojalá él pudiera pasar su existencia rodeado de gente como ellos, si pudiera tener una familia grande, le gustaría que fuera como la de ellos. Y si él llegaba a liderar un clan, sin duda su estilo de liderazgo sería firme y amoroso como el de Albert. Ellos no cesaban de agradecerle por haber ayudado Stear, pero lo cierto es que ellos lo habían ayudado a él mucho más de lo que se podían imaginar.

Resolvió que ya que hubieran pasado unos meses, para volver a distanciarse del poderoso clan Andrew, haría guardia en el pabellón de los moribundos y transformaría a alguien para hacerse compañía. Pero debía conocer a su futuro compañero o compañera primero, debía ser alguien de buen corazón como los jóvenes Andrew o el chico Masen. No podía ni imaginar el infierno que desataría si convertía a alguien como Eliza Leagan. Sí, eso debía hacer, conocer un poco más a esos pacientes que ya no tuvieran remedio, buscar a alguno que no tuviera muchas visitas. Incluso para no desaparecer tan abruptamente empezaría a hacer comentarios sobre mudarse, tal vez a Ohio. A empezar una vez más, pero esta vez sería diferente, esta vez no estaría solo.

FIN

Sabrina Cornwell.