CANDY, ANTES DE FORKS

Epílogo

Corría el año de 1950 y era una tarde nublada y gris de noviembre, bastante común en Seattle, justo había terminado una tormenta y la gente comenzaba a transitar de nuevo por las calles. Dos de esas personas eran William Albert Andrew y Archibald Cornwell, habían ido ahí a revisar sus negocios con los Boeing, el patriarca ya pasaba de los sesenta años y su sobrino frisaba los cincuenta y cuatro, si bien sus rostros ya mostraban líneas y sus cabellos ya empezaban a encanecer ambos conservaban la gallardía que caracterizaba a los de su clan, sus esposas aseguraban que la edad solo los hacía más interesantes. Acababan de salir de una junta con los directivos de la aeronáutica con quienes tenían una fructífera sociedad y se encaminaban a reunirse con sus esposas al hotel donde se hospedaban.

–Aunque no me gusten, estas juntas siempre resultan provechosas –dijo Albert.

–Es verdad, además que nos entregaron la invitación para visitar a Bill Boeing, su propiedad no está lejos de aquí. ¿Crees que las chicas quieran ir?

–Tal vez sí, si pueden llevar a los niños estarán de acuerdo.

–A Patty y a tu nuera no les va a gustar que Stear y Anthony se hayan quedado en la fábrica a platicar con los ingenieros de diseño –dijo con gesto divertido Archie.

–Bueno, ellas ya deben estar acostumbradas a que ese par cuando ve aviones no saben de nada más. Y ellos también ya saben a lo que se atienen al disgustar a sus esposas –decía Albert cuando de repente, al otro lado de la calle vio algo que lo dejó boquiabierto.

Ahí, impecablemente vestido, pálido y ojeroso, estaba el doctor Carlisle Cullen, con la peculiaridad que el médico no había envejecido ni un día en los más de treinta años que tenía de no verlo. De su brazo iba una hermosa dama que no debía pasar de los veintiséis, igualmente pálida y con unos ojos imposiblemente dorados ¿su esposa? Estaban de pie en una esquina, sacudiendo un paraguas y platicando animadamente con una pareja de jovencitos, la chica era bajita y llevaba corto el oscuro cabello, el muchacho muy alto y rubio y… no, no era posible, él jamás olvidaba un rostro, ante sus ojos estaba Jasper, aquel muchacho que se había topado bajo el cielo nocturno en sus días de vagabundo hace casi cuarenta años, como Carlisle, tampoco había envejecido ni un solo día.

Afortunadamente Albert gozaba de muy buena salud, porque lo que vio a continuación era para matarlo de un infarto, caminando muy apurado llegó a reunirse con ellos nada más y nada menos que Edward Masen, ese muchacho que todo mundo lloró al morir junto con su familia en la epidemia de influenza española, ahí estaba vivito y coleando, sin mostrar signo alguno de los cincuenta años que debía tener. Edward saludó al grupo y los cinco se encaminaron felizmente a un teatro cercano donde una pareja que parecía salida de una revista de modas, ambos altos y con físicos esculturales, les hacían señas indicando que se hacía tarde. Albert contemplaba la escena fijamente sin dar crédito a sus ojos. En cuanto empezaron a caminar, Edward susurró algo al oído del doctor y este volteó a ver a Albert, las dos miradas se encontraron, ambos permanecieron impasibles y no desviaron la vista.

"Veo que mis sospechas eran ciertas doctor", pensó Albert, "sin embargo te sigo agradecido por haber ayudado a Candy y a Stear cuando lo necesitaron, tu secreto estará seguro conmigo. Candy se alegraría al ver que ya no estás solo". Edward volvió a susurrar, Carlisle se tocó el sombrero a manera de saludo y siguió su camino. Albert inclinó la cabeza casi imperceptiblemente y Archie lo sacó de su estupor.

–Albert, hemos llegado al hotel –indicó Archie.

En eso un pequeño torbellino de cuatro años se abalanzó sobre él.

–Abuelito, abuelito, que bueno que llegaste ¿me llevas a comprar un dulce?

–Los que quieras campeón –respondió y sonriendo lo cargó y besó en la frente a Candy quien venía detrás del niño, Archie hacía lo propio con Annie. Más atrás con rostro de resignación estaban Patty Cornwell y la joven señora Sylvia Andrew, esposa de su hijo mayor William Anthony. Todos se dirigieron a la fuente de sodas cercana, a tomar algo mientras esperaban a los que se habían retrasado.

"Yo envejezco y algún día dejaré este mundo, pero la dicha de ver a los míos crecer, es algo que ellos nunca tendrán", pensó y dirigió una última mirada a la puerta del teatro al que habían entrado los vampiros.

FIN FIN

Sabrina Cornwell