Los personajes de esta historia pertenecen a la fabulosa Stephenie Meyer pero la trama es de mi autoría.

Este capítulo tiene Lemmon así que recomiendo no leer en el caso de ser menor de edad; si aún lo quieren hacer, es bajo su responsabilidad.

Sin más, los dejo leer tranquilos.

Saludos.

.-.-.-.

PRIMERA PARTE: Volviendo al inicio.

1 de Mayo de 2001.

El timbre que anunciaba que el receso para el almuerzo había terminado sonó y Rosalie recién aparecía por el pasillo seguida por un cabizbajo Emmet. Le hice señas con mis manos mientras caminaba a su encuentro por el atestado comedor del colegio. Rosalie era mi mejor amiga desde que me mudé a Forks, Washington y como la conocía mejor que a mí misma, estaba segura que había ocupado todo el receso para discutir con su novio y mi muy buen amigo Emmet. Últimamente eso era lo único que hacían pero se amaban tanto que sabía se reconciliarían pronto.

- Bella, necesito que me hagas un favor – Me dijo Rose cuando por fin me encontré con ella.

- Vale, dime qué pasa –

- Necesito que me lleves a casa cuando termines con tus clases. Pero ahora dame tus llaves porque saltaré de las mías y te esperaré en tu carro – Tenía los ojos colorados y temía que la superada Rosalie Hale, la reina del hielo, se derrita en medio del instituto así que me apresuré en asentir y buscar las llaves en mi bolso. No quería ningún desastre aquí pero Emmet intervino antes.

- Vamos, Rose. No seas infantil. Te llevaré a tu casa como todos los días y puedes empezar a ignorarme luego. Bella vive en el otro lado de la ciudad y a demás… -

- Te daré dinero para la gasolina pero por favor, necesito que tú me lleves – Rosalie interrumpió a su novio y me miró con cara de perro mojado ¿Qué podía hacer yo? Qué va, era mi amiga antes que Emmet después de todo.

- A ver, hoy te vuelves conmigo y hablaremos de esto. En serio, Emmet, tú quédate tranquilo. Ahora vamos a clase porque no quiero problemas a un mes de terminar el año – Propuse tranquilamente y me despedí de ellos para correr a Matemáticas.

Cuando entré al salón, me senté en mi banco y me puse a divagar. No entendía por qué encontraba tan sencillo el solucionar problemas de relaciones ajenas y yo nunca había tenido ningún novio, quiero decir, no es que era una joven inocente que no tenía experiencia en nada pero tampoco soy un referente a lo que en relaciones se refiere.

Había estado con James un par de meses y todo acabó cuando quiso formalizar la relación. Lo normal es que una mujer sea quien exige títulos para poder avanzar pero en mi caso no fue así. No pasamos de enrollarnos en el sillón de mi casa cuando Charlie estaba trabajando porque James tenía el firme argumento de no hacer nada hasta que por lo menos tengamos la bendición de nuestros padres para estar juntos. ¿Cómo alguien de este siglo pretendía pedir la bendición de los padres? ¡Dios! En fin, a estas alturas creía firmemente que estaba destinada a estar sola. Quizá estaba siendo un poco melodramática típico por mi edad pero Rose tenía novio y Ángela tenía a Ben, sean lo que sea que sean.

La clase se pasó tan rápido que quise brincar de felicidad cuando el timbre que indicaba que el período había terminado. Caminé medio corrí hacia mi auto con ansias de encontrar a mi amiga y saber qué era lo que estaba pasando en su mundo. Me monté en mi coche y encontré a una Rosalie que podría haber engañado a cualquier, con su facha despreocupada fingiendo leer mi dañado ejemplar de Cumbres Borrascosas. ¿A quién quería engañar? ¿Rose leyendo? Puse el motor en marcha y esperé a que ella sola empezara a hablar. Fue a medio camino que me di cuenta que no iba a ser ella quien empiece la conversación.

- Anda, dime qué pasó esta vez – Me rendí.

- Ya sabes, nada que él crea importante. Solo me estoy cansando de su actitud confiada. Porque vale, sé que él sabe que estoy enamorada de él pero eso no significa que tenga que mirar a otras chicas o que se olvide de todas las fechas importantes. Este fin de semana cumplimos dos años, Bella. DOS MALDITOS AÑOS y al estúpido le parece exagerada mi reacción al enterarme que siquiera estará en la ciudad –Había empezado despacio y cada vez se excitaba más llegando a gritar al último. – Que se entere que nada es seguro en esta vida y si no va a trabajar en esto mejor que se haga a la idea de volver a estar soltero. – A eso último ya lo dijo en otro tono. En uno que no indicaba nada bueno. No me gustaba la resignación en su voz.

- Ya verás que solo con un susto Emmet se dará cuenta y estarán bien – Quise sonar positiva.

- Gracias Bella, pero tengo que hacerme a la idea de que somos muy jóvenes aún y que es poco probable estar toda una vida con la misma persona. – Ese tono de resignación otra vez.

- El tiempo me dará la razón. Confía en mí y que Emmet sabrá ver lo que sea que esté faltando – Esta vez sí que soné convencida. Pero solo recibí un suspiro como respuesta.

Entré a la zona residencial privada en donde vivía Rose e hicimos el trayecto restante sumidas en un cómo silencio. Cuando aparqué en el frente de su casa, mi amiga me invitó a subir:

- Vamos, solo un rato. No tengo muchas ganas de estar sola – Su voz estaba apagada y no me gustaba dejarla así.

- Vale, deja que cancele con Edward. No creo que tenga pegas solo por un día – Le pedí. -Necesito usar tu teléfono –

- ¡Oh, no! Lo había olvidado. Todavía no memorizo tu nuevo horario –

- Qué va, es solo un día. Que se las apañe sin mí –

- No, Isabella. Iras a trabajar como de costumbre. Yo estaré bien. De veras. – No me hacía ninguna gracia dejarla así pero en serio necesitaba el trabajo y no quería hacer enojar a Edward.

Me despedí de mi amiga y conduje hacia el sector privado en dónde vivía mi jefe (a esto se refería Emmet al decir que no quería desviarme mucho de mi camino). Me demoré alrededor de cuarenta minutos en llegar al edificio. Trabajaba para Edward desde hace siete meses para ahorrar y poder costearme la universidad ya que al finalizar este año, solo me quedaría uno más y me iría de este lugar. Vivir sola en Seattle y estudiar Legua y Literatura Inglesa siempre habían sido mis planes y ahora que estaba tan cerca no podía perder el tiempo. Tuve muchísima suerte en encontrar este trabajo. Llegaba cansada a la noche porque desde el instituto pasaba a la casa de Edward y trabajaba casi toda la tarde ahí y para cuando llegaba a casa, solo quería darme una ducha y dormir.

Le mostré la credencial que me habilitaba a entrar y salir del complejo de edificios privados al guardia y busqué en sector libre en el aparcamiento subterráneo. Una vez estacionado mi auto, saqué varios libros de mi bolso dejando solo los que necesitaba para hacer mis tareas y dejando el resto en el auto, y me dirigí al ascensor de servicios. Tenía algunos minutos de espera en él porque aun siendo de alta tecnología, demoraba algo de tiempo el llegar desde el subsuelo hasta el piso 23.

No estaba acostumbrada a entrar en casas ajenas sin golpear y todavía se me hacía extraño tener llaves de la casa de mi jefe pero eran órdenes estrictas el no molestarlo, cosa que yo hacía todos los días que Edward se quedaba a trabajar en su estudio y no iba a la oficina. Iba y golpeaba su puerta para avisarle que ya me retiraba y él salía, me preguntaba por Jasper y si todavía el niño estaba despierto, lo tomaba en sus brazos y lo metía en un corralito al lado de donde él estuviese trabajando pero por lo general lo dejaba dormido en su cuna y era entonces cuando me gustaba aún más irle a decir que me retiraba. En esos días, el salía de su estudio, me ofrecía algo para tomar y a veces charlábamos hasta que se hacía tan tarde que me veía obligada a irme para no tener problemas con Charlie.

En esas charlas descubrí que Edward había estudiado Arquitectura para seguir con la generación y en algún momento heredar el imperio Cullen & Co, en donde trabajaba con su padre Carlise y su cuñado Emmet McCarty y por supuesto muchos empleados más. También sabía que estaba en Forks porque quería un lugar tranquilo en donde cuidar de su hijo Jasper y que su carrera le permitía trabajar solo e ir dos o tres veces por semana a la oficina central en Seattle. Edward me fue contando cosas de su vida y yo le conté cosas de la mía pero siendo una adolescente de dieciséis años, no había mucho que contar aunque él se empeñase en saber cualquier mínimo detalle. Sabía tantas cosas de él, no solo por lo que me contaba, sino por todo lo que iba observando de él. Como buena tonta enamorada, cada vez que lo veía, mi atención se centraba en él. En como caminaba, en que prefería usar camisas mangas largas arremangadas en vez de remeras mangas cortas, en que tomaba un botellín chico de cerveza todas las noches y que me pedía un café alrededor de las seis de la tarde cuando olía el aroma del café recién hecho que tenía preparado y listo para cuando él lo quisiera. Café solo y dos galletas de limón.

Hacía siete meses que trabajaba para él y hacía seis meses y tres semanas que estaba enamorada total e irrevocablemente de él. En una semana caí a sus pies como si fuese un Dios y yo una pagana que rendía tributos. No podía ser de otra forma. La típica historia de la adolecente que se enamorada del jefe treintañero y vivían una pasión prohibida hasta que este se aburría y la dejaba. ¿El problema? Que el treintañero en cuestión se había aburrido de la pasión antes de que comenzara. Había pensado en provocarle pero quería mucho a Jazz como para que Edward pensara que era una cualquier y me echara del trabajo. Después de todo, ni provocándole se fijaría en mí.

Entré a su departamento y no debo haber hecho más de cinco pasos cuando escuché el ruido amortiguado de unos piecitos caminando rápido a mi encuentro. Lo busqué con la mirada y abrí mis brazos para alzar a mi bebé cuando llegó a mi lado. ¡Cuánto lo había extrañado en un fin de semana!

- Hola mi bebé hermoso. No sabes lo que te he extrañado – Le dije Jasper mientras lo sostenía contra mi cuerpo.

- Bella por fin has regresado. No tienes que faltar tanto – Dijo medio en broma y medio en serio.

- No falté Jasper, los fines de semana no vengo. Tu papi te puede cuidar y no me necesitan por aquí – Le recordé con paciencia. Me dirigí hacia la cocina, mi lugar favorito por excelencia en la casa y colgué mi bolso en el perchero de la puerta. – ¿No tendrías que estar durmiendo tu siesta? Son las cuatros menos diez. Estás despierto diez minutos antes de lo que acordamos. – Dije en todo que pretendía ser serio.

- Que va, Bella. Papá me dejó ayudarle en su mate, matec, mace…- Intentaba contarme.

- Maqueta, Jazz – Le ayudé.

- Eso. Y me dejó salir del estudio cuando te escuchamos entrar – Me sonrió mostrando todos sus pequeños dientes. Era un niño muy inteligente para su edad y como estaba rodeado de adultos todo el día, a sus tres años hablaba casi a la perfección.

Lo senté en su silla alta especial y le preparé su merienda. El insistía en comer todo solo pero estaba siempre sentada atenta por cualquier cosa. Una vez que terminó, puse música para entretenerlo y yo lavé todo lo que había sucio en el fregadero. Mi tarea era solo cuidar a Jasper. Darle de comer, bañarlo y jugar con él pero de vez en cuando hacía una que otra casilla en la casa. En un departamento de un padre soltero nunca estaba de más una ayuda extra. Si bien Edward tenía una muchacha que se encargaba de la limpieza en las mañanas y del almuerzo, la tarde podía ser un caos con Jasper jugueteando por toda la casa.

Nos sentamos en la mesa del comedor y mientras yo intentaba responder una guía de preguntar de biología, Jasper coloreaba unos dibujos en blanco y negro que había llevado impresos para él. Se no hizo la tarde y fui a prender la cafetera echándole un ojo al bebé de vez en cuando. Saqué dos tazas esperando que Edward me pida una. Preparé las dos y en un plato extra puse las famosas galletas de limón pero ya había terminado mi café y contestado cinco preguntas más de mí guía y Edward no dijo nada.

Calenté el café que estaba tibio para ese entonces y me armé de valor para golpear su puerta. Un "entra" me hizo pasar y aunque estaba preparada mentalmente para enfrentarlo, su imagen nunca iba a dejar de impactarme.

Parado en frente de una especie de atril con un tablero de dibujo estaba un Edward con cara de cansancio. Unos pantalones de jeans oscuros, una camisa por fuera color gris arremangada hasta los codos y descalzo. ¿Qué tipo de fetiche tenía con unos pies descalzos que me ponía de esta manera el verlo? Su rostro seguía concentrado en una hoja. Tenía las cejas juntas y sus ojos verdes se podían ver aún mejor a través de sus antejos de pasta.

- Señor Cullen, le traigo un café. Se lo dejo por acá para no causar ningún accidente – Le dije con una vocecita patética dejando el café y sus galletas en una mesita pequeña. Era la superficie más alejada de todos los papeles que yo no quería arruinar. Di vuelta sobre mis talones dispuesta a irme, pero su voz me detuvo.

- Isabela, acércate un segundo. Necesito preguntarte algo. – Me llamó sin despegar la vista de los planos que tenía en frente. Yo me acerqué a él como abejas a la miel. Me tenía idiotizada. - ¿Qué ves ahí? – Me preguntó señalándome uno de los papeles. Se ubicó al lado mío y utilizó sus brazos para mantener el plano estirado. Estábamos tan cerca que podía oler su perfume y el aroma a suavizante que sabía le gustaba tener en su ropa. Me mordí el labio tratando de focalizarme en lo que me había preguntado pero estaba aturdida por su cercanía. No logré pronunciar nada coherente, salvo por un "Emmm…" que me sirviera para ganar tiempo y poder contestar algo. Edward malinterpretó mi silencio. –Sabía que esto no estaba bien – Dijo en tono enojado y se dispuso a romper el plano como un adolecente rompiendo una carta de amor.

- ¡No! – Grité espantada. –No lo rompas. Hablo en serio cuando le digo que está bien. En realidad no sé si está bien o no porque usted es el experto aquí. Lo que quiero decir es que no tiene que dejarse llevar por lo que diga alguien como yo, es decir, no entiendo de esto y… - Vomité todas las palabras como sabía hacerlo cuando estaba nerviosa. Tomé una respiración profunda y esta vez hablé pausada – Muéstremelo otra vez. –

Edward me miró con una pequeña sonrisa de lado y vaciló pero terminó mostrándome de nuevo el plano y me obligué a mi misma a mantener la cordura. Después de todo era solo un perfume…

- Vale, veo una ¿galería? – Le pregunté insegura.

- Sí Isabella. Es una galería. Pero dime qué te dice el diseño. Quiero saber si plasmé lo que tengo pensado. No sé si estoy haciéndolo bien… - Me miraba y ya rápidamente desvié mi mirada. Tenía que mantener la vista fija en el plano.

- Mmmm… veo un lugar muy espacioso e iluminado. Los techos altos le dan un aspecto no tan moderno pero aún así no es antiguo. No sé. Como un punto medio… No soy buena en esto. – Me rendí.

- No quiero que sea moderno para nada pero es una galería donde se exhibirá arte y no puedo cambiar todo el modelo. – Me dijo mientras se enderezaba y se quitaba los anteojos para frotarse los ojos. Estaba cansado…

- ¿No pensaste en cambiar las aberturas? O sea, las ventanas. En vez de ser cuadradas y tan grandes como en todas las construcciones modernistas, podrías hacerlas no curvas sino con una parte con un arco, como las ventanas de castillos antiguos. Como las pinta Jasper. – Le dije emocionada. Pero al parecer él no entendió bien y me miró con las cejas juntas otra vez. Estuve tentada de pasarle el dedo en el entrecejo pero no.

- A ver, toma. Muéstrame lo que quieres decir. – Me dijo dándome un plumón negro de trazo un poco más grueso que la trama dibujada en sus planos.

No estaña segura de lo que estaba haciendo pero me agaché sobre el mesón de trabajo que tenía y en donde había una sola ventana rectangular que ocupaba casi toda la pared, le dibujé dos ventanas alargadas hacia arriba con la base en ángulo recto y la parte arriba con un arco. Parecían los vitrales que había en las iglesias, salvando las distancias. Hice lo mismo con en casi todas las ventanas. Cuando terminé, miré a Edward expectante y él tenía la mirada enfocada y seria en lo que había hecho. De a poco de fue formando una sonrisa en su rosto y me miró.

- Creo que puede servir – Me dijo entusiasmado.

- Vale, me alegro entonces. – Dije y no faltaba más para empezar a sentir como mi cara se calentaba y era víctima de otro típico sonrojo.

- Gracias, Isabella. Me salvaste de estar toda la noche con esto. Tengo que terminar estos planos para empezar con las maquetas explicativas y no tengo tiempo para perder… - Me dijo buscando su café. – Dios, ¿qué haría yo sin tu café? – Dijo mientras tomaba pequeños sorbos.

- Bueno Señor Cullen, iré a ver al bebé. Me alegro de haberle sido útil. – Dije mientras me retiraba.

- Edward, Isabella. Te dije que me digas Edward. – Me sonrió.

- Usted es el que se empeña en decirme Isabella. Ya le dije que todos me llaman Bella, solo Bella. –

- Isabella es un nombre precioso. No entiendo cuál es la necesidad de acortarlo. Pero si me dices Edward, quizás aprenda a llamarte solo Bella – Propuso esta vez mirándome con sus ojos de verde líquido que parecía derretirse mientras hablaba.

- Está bien, Edward. Ahora le dejo. – Le dije y salí rápidamente de ese despacho.

Tomé unas cuantas respiraciones y busqué a Jasper con la mirada y efectivamente lo encontré en donde lo había dejado hace diez manitos. Ahora que lo pensaba bien, no había sido tanto tiempo como me había temido.

La tarde se pasó rápido y ya hora de bañar al bebé. Entre risas, llené la pequeña bañera donde puse a Jasper y limpié bien entre sus deditos y puse especial atención a su cabello. Jazz tenía el mismo verde de ojos que su padre pero a diferencia de él, el niño tenía el pelo ondulado y rubio. Una vez que terminé de asearlo, lo envolví en una toalla y lo llevé a su dormitorio. Allí le puse su talco especial en todo el cuerpo, una cremita para evitar las paspaduras en su trasero y como pronto iba a ser su hora de dormir le puse un pañal y su pijama.

Lo cargué conmigo y fuimos a la cocina donde le prendí el televisor para buscar algún programa infantil que lo entretenga mientras cocinaba su cena. Jugamos cuando él exigía mi atención y después de darle la cena, lo bajé de la silla y caminamos hasta el baño donde lo hice cepillarse los dientes. Me siguió al comedor y me puse a guardar todos mis útiles en mi bolso pero tuve que parar cuando empezó a llorisquear. Siempre pasaba cuando él sabía que me tenía que ir.

Sabía que era una mezcla de sueño y su miedo de estar sola así que lo cargué e intenté hacerlo dormir pero había días en los que Jazz se rehusaba y juntaba toda su fuerza de voluntad para mantenerse despierto.

-Es hora de ir a la cama. Vamos que te acuesto y si quieres te leo algo. – Lo llevé de la mano hasta su dormitorio y lo ayudé a subir a su cuna. El decía que era demasiado grande como para dormir en una cuna pero sabiendo lo revoltoso que era, no queríamos que se caiga de una cama. Todavía le quedaba tiempo con esa cuna. – Vale, dime qué quieres que te lea. –

- No quiero leer. Quiero que te quedes conmigo. – Susurró.

- Mañana volveré y jugaremos pero ahora tengo que irme a descansar. Verás cómo se pasa rápido. Vendré cuando las agujas de este reloj estén así. – Le mostré la posición en las que las ajugas estarían al ser las cuatro de la tarde. –Pero tú tendrías que estar durmiendo tu siesta a esa hora. Yo te despertaré y estaremos juntos toda la tarde. – Prometí y fui hasta su repisa repleta de cuentos infantiles y saqué uno al azar. Empecé a leerle y no pasaron más de diez minutos para cuando él ya estaba dormido. Me acerqué a él y le di un beso en la frente y guardé el libro en donde estaba.

Fui a buscar mis cosas y volví al estudio del Señor Cullen y golpeé la puerta.

-Señor Cu… Edward. Jasper ya está dormido y yo me voy. Le dejaré calentando al cena… - Dije cuidando mi tono de voz para no despertar al bebé.

Ni en mis sueños más locos hubiese esperado que Edward salga del despacho y me invitara a comer con él pero así lo hizo.

- Acompáñenme a comer. Hay suficiente para los dos. Vamos, deja tu mochila y siéntate conmigo. – Me dijo mientras que con su mano en mi espalda me dirigía a la mesa de la cocina. Rara vez se usaba la mesa del comedor para comer. Valga la redundancia.

Edward puso dos individuales, dos vasos, dos juegos de cubiertos… todo con una elegancia propia de él. Mientras yo calentaba la lasagna que había cocinado Marie esta mañana.

Cenamos entre comentarios distendidos. Hablar con Edward era fácil y natural. Escuchaba todo lo que decía con atención y hacía bromas constantemente. No le veía nunca pero cuando lo hacía era como una droga para mí. Me hacía tanto bien el simple hecho de mirarle y saber que estaba ahí. Lejos, inalcanzable pero estaba ahí. Era real.

Siempre me pillaba mirándole y yo desviaba la mirada y me sonrojaba. Típico.

- Siempre te sonrojas cuando hablas con la gente. Lo he notado. Hasta cuando hablas con Jasper. – Comentó como quien quiere la cosa. Y obvio, me volví a sonrojar. El solo lanzó una risita. Estiró la mano y me tocó la mejilla. Era una caricia suave pero después la pellizcó y la estiró como yo hacía con su hijo y mis ilusiones cayeron a pique. Me sonrió y quitó su mano.

Lavamos los trastes entre los dos. En realidad yo lavé y él retiró la mesa y luego secó y guardó todo.

-Hacemos buen equipo – Dije sonriendo.

- Y que lo digas. Y mejor aún si cambias de idea y estudias Arquitectura. Lo que hiciste hace un rato fue impresionante, Bella. - ¿Había dicho Bella? Estaba a punto de hiperventilar. Sonreí como una estúpida. – ¿Qué pasa? – Preguntó curioso por mi sonrisa.

- Dijo Bella – Dije sorprendida.

- Después de todo te llamas así, ¿o no? – Dijo girando los ojos y sonriendo. – Vale pequeñaja, es tarde y tu padre se preocupará. Será mejor que empieces a emprender camino. – Charlie iba a matarme si llegaba muy tarde.

- Es verdad. Nos vemos mañana. Adiós Edward. – Le saludé mientras tomaba mis cosas. El me agarró suavemente del brazo y me dio un beso en la frente que me hubiese gustado que durase un poco más. Me separé de él y le dediqué una sonrisa antes de irme.

Dos horas después estaba en la comodidad de mi casa, acostada después de un baño relajante. Mi pijama consistía en una remera enorme con el número de Phil en la espalda, el nuevo esposo de mi madre, que era jugador de beisbol. Ya tenía mis tareas hechas, la ropa que usaría el día siguiente en la silla de mi escritorio y me disponía a leer antes de dormir cuando escuché que me llegaba un correo electrónico.

Creí morir cuando vi que era Edward. El Señor Cullen acababa de mandarme un correo electrónico. A mí. A un rato de ser medianoche.

De: Edward Cullen

Para: Bella Swan.

Asunto: Tú ayuda.

Bella: Después de que me ayudaras estuve trabajando en el proyecto y cuando te fuiste, seguí con lo mismo. Creí justo el que vieras como quedó el plano final. Te he adjuntado algunas fotos aunque quizás mañana lo puedas vez en persona. Te agradezco mucho, Bella.

Sinceramente, Edward.

Busqué las fotos adjuntas y ahí estaba. La estructura que antes era lisa simulando hormigón, ahora era de ladrillo y mis ventanas estaban ahí. En algunos sectores simplemente las omitió y los dejó espacios aberturas, pero las ventanas que había eran como yo las había dibujado. No había tocado mi diseño. Una felicidad inmensa me llenó por dentro. El saber que Edward tenía algo mío me hizo sentir tan bien que me asustó.

Me acosté con una sonrisa en el rostro y no tardé nada de tiempo para dormirme.

Edward me miraba con sus ojos oscuros y con cara seria. Ya no me llamaba "Bella" dulcemente como lo escuché dos veces antes. Ahora me exigía que me parase en la baldosa que estaba al lado de su sillón. Como hipnotizada caminé hacia él y cuando me paré a su lado, su mano me agarró un muslo y me acarició la pierna con un toque muy superficial. Tenía los ojos abiertos de la sorpresa y no podía creer que el Señor Cullen me esté tocando. De un solo movimiento brusco, me tomó de la cintura y me sentó en su regazo. Me tocaba la mejilla con dos dedos y fue bajando y ahora acariciaba mi cuello. Me sonríe de lado y junta su boca con la mía agarrando mi cuello. Lo sostiene firmemente con una mano y con la otra aprieta mi cintura contra su torso. Su boca era exigente y tibia y no aguanté mucho antes de que abriera mi boca y su lengua se colara en ella. Solté un gemido bajito cuando enredó su lengua con la mía y empezó a acariciarme la espalda. De su parte recibí un gruñido y subió un poco mi camiseta para meter sus manos por debajo y acariciar mis omóplatos sin tela de por medio… Se sentía tan bien… Yo también quería tocarle y me hice para atrás para ver su cuerpo.

Abrí los ojos y jadeé asustada. Había sido un sueño. Acababa de tener un sueño húmedo con el Señor Cullen. Me quedé de espaldas en la cama con los ojos clavados en el techo. Mi pecho todavía subía y bajaba a un ritmo extraño y me di cuenta que tenía las piernas apretadas. Me obligué a mí misma a relajarme pero las imágenes de Edward tocándome y gruñendo se repetían en mi cabeza y cuando quise darme cuenta mis manos estaban tocando mis pechos por encima de la tela con un toque superficial. El dilema que tenía en la cabeza iba a ser causa de risas para Rosalie. ¿Qué adolecente meditaba sobre masturbarse o no? Decidí dejarme llevar y me giré en la cama hasta alcanzar el vibrador que tenía desde mi cumpleaños anterior que estaba guardado en mi mesa de luz.

Me quité la remera para estar más cómoda y dejé le juguete en la cama. Quise comprobar mi estado y ansiosamente llevé mi mano derecha hacia mi coño y me toqué por encima del tanga. Abrí los ojos sorprendida cuando sentí que la humedad se filtraba por encima de la tela y mis caderas de agitaron contra mi mano. Cerré los ojos ante la sensación y me dejé llevar tocándome muy suavecito sobre la tela con dos dedos, desde arriba hacia abajo. Suspirando dejé mi ansiado sexo y mojé mis dedos con mi propia saliva y dediqué un rato a prestarle atención a mis pechos. Mis pezones estaban en punta antes de empezar a tocarlos y la humedad que dejé en ellos mezclado con el aire fresco que soplaba hizo que cerrara los ojos de puro placer y mis piernas se contraigan y buscaran fricción. No aguanté más y abrí bien las piernas. Prendí el vibrador en la primera velocidad. El ruido sordo que produjo me hizo replantearme lo que estaba haciendo pero en ese punto era tanta la necesidad que me convencí de que Charlie dormía en el piso de abajo y no había forma de que escuche tan insignificante sonido.

Volví a encenderlo y lo pasé por mis pliegues húmedos y contuve un gemido. Me corrí el tanga a un lado y con una mano abrí mis labios vaginales para que con la otra mano pueda tocar mi clítoris con la punta del vibrador ahora en segunda potencia. No pude aguantar y empecé a soltar pequeños quejidos. Pasaba el juguete por todo mi sexo y el imaginarme a Edward hizo que la sensación de clímax se sintiera cerca. Me quité el tanga de todo y juntando mi propia humedad, mojé bien la punta del vibrador que simulaba ser una polla, lo puse en máxima potencia y con mucha concentración para no venirme, metí solo la cabeza de la polla falsa en mi coño. Cerré los ojos y llevé dos dedos a mi clítoris y cuando conseguí el movimiento justo en círculos sobre él, aumenté la velocidad. Nunca había estado tan excitada. Podía escuchar el sonido que hacía mi humedad contra mis dedos y mordiendo una almohada me corrí fuerte.

Estaba agitada por el orgasmo que acababa de tener pero saqué lentamente el vibrador de adentro mío, lo apagué y alcancé a ponerme de vuelta la camisera antes que caer rendida en los brazos de morfeo.

El despertador sonó y lo apagué confundida. Me quedé en cama unos quince minutos y cuando me dispuse a levantarme, la realidad cayó sobre mí. Buqué el vibrador a tientas por la cama hasta que lo encontré y me dirigí al baño rápidamente. Entré a la ducha con el tanga en una mano y el vibrador en la otra. Un sonrojo brutal me invadió cuando vi el tanga con la evidencia de mi actividad nocturna y me bañé sin darle más importancia.

Me preparé para ir al instituto como de costumbre. Guardé el juguete en su lugar antes de irme y decidí cambiar la ropa que había elejido. En vez de unos tejanos y camiseta holgada, opté por un jean un poco más ajustado sin serlo del todo y una playera más corta de lo que solía usar. Salí de casa después de saludar a Charlie y desayunar. Manejando de camino a clases me di cuenta del peso de lo que había hecho ¿Cómo iba a mirar al Señor Cullen? ¿Cómo iba a evitar sonrojarme cada vez que me hable a partir de ahora después de haberme masturbado y tenido el mejor orgasmo del mundo pensando en él? Estaba en problemas…

Si creen que me merezco un review, mándenlo. Si creen que no lo merezco, mándenlo igual.

Me hacen muy feliz. Espero poder actualizar el miércoles pero depende de ustedes. Ahora sí, saludos.