¿Aguardando para leer algo decente para el ojo y la razón humana? Aviso de antemano que soy de esas personas que, no importa cuánto revise un fic, siempre se cuela algún error o desaguisado. Aunque a diferencia de otras personas, no me sucede a propósito.

Disclaimer: ni Hetalia ni sus personajes me pertenecen. Pertenecientes a Himaruya.


El verano dejó paso al otoño. Con él, las camisetas de manga corta, los tirantes y los shorts habían sido sustituidos por las camisetas de cuello largo, las sudaderas, los abrigos, e incluso las botas, los guantes y las bufandas. El cambio de temperatura llevó consigo un cambio en el armario. Sin embargo, hubo algo que se mantuvo intacto.

Daba igual la época del año. El trabajo era constante, durante días, meses, e incluso años. Aunque las hojas de diversos matices ocres y rojizos indicaban el comienzo del otoño, las naciones aún debían dedicar su tiempo libre en aquella tediosa labor.

Y hablando de trabajo…

Inglaterra se ofreció a ayudar a América.

Por lo general, el continente americano se paraliza en cuanto se experimenta una bajada de temperaturas. Literalmente. Así pues, el británico decidió apoyar a su compañero en su quehacer de ordenar todo el papeleo que tenía acumulado. Por extraño que pareciera, no le reprendió por postponer su principal función como representante de un país que era.

Intuía que el norteamericano sufría de alguna que otra dificultad para poder reactivarse tras ese paso del verano al colorido otoño. Le daba la sensación de que sus ciudadanos no se aventuraban a abandonar sus casas cuando el frío llamaba a sus puertas.

El rubio, con un pesado suspiro, dejó una pila de documentos sobre el escritorio del menor. Para organizar aquello, el inglés había tenido que echar un ojo previamente a los temas a tratar, los cuales, al menos algunos de ellos, requerían cierta intervención para nada grata.

Se encogió algo de hombros. Ese era el deber con el que tenían que enfrentarse día sí y día también.

La idea que más le asaltó a la cabeza, fue la pregunta del por qué se prestó como ayudante. ¿Acaso América no reclamó en su día la independencia? ¡Pues que se las apañara él solito! Inglaterra no era quién como para hacer el trabajo de otros.

El único partido que podía sacar, era el hecho de compartir parte de su tiempo con el de ojos azules, quien le trataba con cierto afecto, cariño. Se imaginó que era con tal de hacerle la pelota.

Frotándose un brazo, se encaminó hacia la cocina. El sol ya se había ocultado tras el horizonte, y con la noche que se cernió sobre la ciudad, las temperaturas descendieron. El ambiente que se respiraba dentro del hogar del estadounidense era gélido.

—Oi, Alfred, terminé con…

Nunca terminó la frase. Tardó unos escasos segundos, mas se percató de que el norteamericano se hallaba trasteando en la cocina. El menor abría y cerraba estanterías, con rapidez, mientras maldecía por lo bajo. Si estaba en la busca y captura de fuera lo que fuese que tuviera en mente, sin duda alguna no lo encontraba.

—Er… Alfred, ¿qué estás buscando?

—El azucarero. No sé dónde lo he metido —respondió el susodicho con sencillez, y dio por concluida tal búsqueda, rindiéndose—. Me da que ha desaparecido.

—Ya. Seguro —dijo el mayor, rodando los ojos—. ¿Se puede saber para qué demonios lo querías?

—Para echar un par de cucharaditas al té. Calm down —agregó, moviendo una mano—. No es necesario que pierdas la cabeza. Sólo era azúcar. Azúcar del que no podrás disfrutar.

El británico enarcó una ceja, confuso.

—Estoy tranquilo. ¿Qué decías de un té? ¿Desde cuándo haces tú té? –inquirió, olvidándose del asunto del azucarero perdido.

—Desde que te ofreces cual buen caballero a ayudarme. Por el papeleo, y'know –gesticuló, con los labios curvados en una sonrisa burlona. Alargó un brazo para alcanzar la taza que reposaba sobre la encimera—. Como recompensa, te preparé un té negro.

No supo si sentirse halagado, agradecido. Hubo un breve silencio.

—¿A qué estás jugando, idiota? Hay una cámara oculta, ¿verdad? —farfulló, frunciendo un poco el ceño. No había tensión, sólo… un ambiente algo enrarecido.

El americano se aproximó al mayor, a quien le ofreció la taza. Instantes después, depositó un dulce beso sobre sus dorados mechones. Beso al que le acompañó un segundo, esta vez en la frente.

—¿Acaso no puedo disfrutar de tenerte a mi lado? ¿Quieres que pare?

—No es necesario. No está mal —admitió, y se llevó la taza a los labios, aunque antes de dar el primer sorbo, añadió—: Sin embargo hay otras formas de compensarme. Y lo sabes.

América entrecerró los ojos, hasta que éstos se convirtieron en una fina línea de color azul.

—Eres un maldito pervertido. Haces honor a tu título.

—Oh, gracias. Tal vez —murmuró, dando un par de toquecitos con su dedo índice a la taza de porcelana. Permaneció ensimismado, contemplando el oscuro contenido de la misma.

—Qué… ¿qué sucede, Arthur?

El aludido sacudió la cabeza, con el ceño fruncido.

—¿De verdad que no le has echado nada?

—¿Eh…? —el norteamericano clavó su mirada zafiro en la esmeralda contraria—. Claro que sí. Le he echado flibanserina.

—¡¿Qué hiciste qué?! —alzó entonces la voz el británico, y, con la mano disponible, tomó el cuello de la sudadera de él—. Cómo tienes el descaro de drogarme con un estimulante…

América cerró los dedos entorno la mano ajena, y acortó la distancia restante entre ambos rostros. Una sonora carcajada escapó de entre sus labios.

I was joking —dicho esto, reunió el suficiente valor como para depositar un nuevo aunque corto beso sobre la punta de la nariz del inglés—. No te iba a drogar con ningún medicamento para mujeres premenopáusicas.

—Encima para mujeres premenopáusicas —bufó el rubio—. ¿Me tomas por viejo?

No, old man, no —respondió, haciendo caso omiso al insulto que instantes después, empleó Inglaterra—. Pero… ¿qué le sucede a tu té?

El mayor cedió al agarre, y volvió a dar un segundo sorbo, con la única diferencia de que éste, fue más largo que el anterior. Se pasó la lengua por el paladar, en un intento de encontrarle el punto a aquel sabor, el cual lo encontraba demasiado escaso para su gusto, e incluso nulo.

—Dime, Alfred. ¿Cómo has preparado el té?

—En el microondas.

Y aquella respuesta sencilla, compuesta de tan sólo tres palabras, produjo que el corazoncito del inglés se convulsionara. El rubio se llevó una mano al pecho, donde sus dedos se aferraron al jersey, en un intento de amortiguar el dolor que le quemaba por dentro. Su rostro se contrajo en una mueca de horror.

La taza fue presa de la gravedad, pues el británico se olvidó de sujetarla. Cayó al suelo, provocando un sordo sonido a los oídos de ambos. América, se sobresaltó, y dio un respingo hacia atrás para evitar que las piezas de porcelana le alcanzaran y así herirle. Su contenido empapó los claros azulejos de la cocina, y alcanzó a salpicar los pantalones y los zapatos del mayor.

—Arthur… qué… ¿qué ocurre? —gesticuló el estadounidense en apenas un murmullo, entre confuso y asustado.

No hubo respuesta.

El europeo, aún con el horror pintado en el rostro, permitió que sus rodillas se flexionasen. Éstas, se reunieron al lado de la pobre taza que se había hecho añicos, al igual que su corazón. El de mirada azul se aproximó, y se acuclilló, cara a cara con su compañero.

Hey, Arthur… are you okay?

Y formulada aquella pregunta, el susodicho se precipitó de bruces contra el norteamericano, quien llegó a tiempo para sujetarle y evitar que se golpeara contra su hombro. Alarmado, le aupó para, posteriormente, cargar con él en brazos. Le llevó al sofá, proporcionándole un descanso seguro.

—Sé que hacer té no es lo mío, lo reconozco —comenzó a articular el menor, caminando de un lado a otro del salón—. ¿Pero tan malo estaba? Dude, no lo creo. ¡Así que deja de hacer tanto teatro! —histérico, se situó frente al rubio. Con ambas manos, le tomó de las mejillas, y estiró de ellas. Creó diversos gestos con tal de quitar hierro al asunto y de este modo, entretenerse, a su forma desde luego, con Inglaterra—. Alfred, ¿deberías preocuparte por Arthur? —se cuestionó a sí mismo América—. "Oh, dear, claro que no" —imitó la voz de su compañero, mientras aplastaba los mofletes de él.

El silencio reinó en el ambiente. Los segundos transcurrieron de forma lenta y pesada, se hicieron eternos. Una gota de sudor frío resbaló por la sien del menor.

—Creo que estoy jodido.

Una lástima que no fuera consciente de hasta qué punto, así era.


Y una vez más, hemos llegado al final.

Gracias por leer. ¡Saludos!