Disclaimer: Dig-Digi-Digimon no me pertenece nada nadita.

Piezas de un mismo cielo

Dos. Marrón y azul.

Los lugares altos siempre le habían gustado desde que tenía memoria. Incluso cuando rememoraba una parte de su vida que no le gustaba recordar, allí estaban presentes.

En los tiempos que todos lo conocían como «Kaiser» disfrutaba de ver a los niños elegidos desde los puntos más distantes, donde ellos se veían pequeños y fáciles de vencer.

Claro que ahora no pensaba igual.

A él le gustaban las alturas, porque era el único lugar donde sentía que nadie lo podía alcanzar. Donde el valor que muchas veces no sentía reverberaba en forma de burbujas dentro de su piel. Porque al ver horizontes lejanos, se daba cuenta que aún le quedaba mucho por recorrer. Allí podía ser Ken Ichijouji.

Una vez que esos niños, con los que antes luchaba, le abrieron una puerta, se dio cuenta que cada uno de ellos tenía su propio lugar para ser ellos mismos.

Takeru tenía la biblioteca, Hikari su cuarto de revelado, Iori su dōjō y Daisuke la cancha de futbol…

Luego estaba ella. Ella, ¿dónde era feliz? Con sus amigos sonreía todo el tiempo, también cuando hablaba de su familia y de la escuela. ¿Cualquier cosa la hacía feliz? Pero nadie podía ser feliz todo el tiempo, ni siquiera ella. Lo supo el día que la encontró sentada en la esquina de una calle. Sus cabellos lavanda, ocultando su rostro, a él le parecieron más brillantes con la luz de la luna.

—Ken, ¿por qué sigues llevando esa bufanda? Es muy vieja —saludó ella.

—¡¿Mi-Miyako?!

—Gracias por tu compra —susurró. Ken era demasiado amable como para arrugar el entrecejo, confundido, frente a Miyako. Y ella lo notó—. Ya sabes, acabas de comprar en nuestra tienda, gracias por hacerme más rica. Además, apuesto a que Momoe estaba tan ocupada en el teléfono conversando con Jun Motomiya, que olvido decir «gracias por tu compra». —Soltó una risa forzada.

Ken asintió sin saber la razón.

—Es una despistada, testaruda, hostiga mucho a los chicos y, sin embargo, es muy bonita. Mucho más que yo. —Todo su cuerpo se estremeció.

—No digas esas cosas, Miyako-san, suenan crueles —exclamó el chico.

—Tienes razón, no debería hablar así de mi hermana…

—No me refiero a eso —se vio obligado a alzar su voz calmada—. Hablo de ti; no te compares con los demás. Quizá las palabras de otros duelan, pero pueden borrarse. Lo que digas sobre ti misma no lo hace. No abras una herida que aún no se abre.

—Es la verdad, Ken. No soy nada de lo que mis hermanos son, ni mis amigos.

—Las familias no tienen que parecerse, ese es el chiste. Sería aburrido que todos actuaran igual, la convivencia se volvería monótona, ¿no crees? Tal vez eres tú la que hace a tu familia diferente, porque eres diferente, y sin ti, ellos no lo serían. Si eso no te sirve, entonces busca tu lugar especial.

Desenredó la bufanda atada a su cuello, y la colocó, torpemente, en Miyako.

—Eres especial, de muchas formas. —Sonrió un poco, y antes de irse dijo—: ¿Sabes? Esa bufanda, la he conservado porque guarda muchos recuerdos de los días que he pasado con ustedes. Contigo. Cuídala bien.

Ken podía ser galante sin darse cuenta.

A Miyako le temblaron las rodillas. No por el frío. Se puso de pie completamente motivada, dio unos cuantos saltos y luego hizo algo que no le tomo mucho tiempo decidir. A diferencia de la mayoría de las cosas que hacía, sin pensarlas antes, esto fue distinto. Lo pensó y repensó mil veces, todo en un increíble segundo.

—¡Ken, creo que me gustas! —le gritó al chico antes de que doblará la esquina. Y aunque él no escuchó nada, supo que su corazón sí lo había hecho.

Miyako Inoue, quien desprendía una simpleza extraña cada vez que su rostro se deformaba en gestos dulces o agrios, se convirtió en alguien especial para él desde ese día. O desde antes, mucho antes.

٭٭٭

La estrellas resplandecían. Los ronquidos estentóreos de Daisuke resonaban por todos lados, haciendo vibrar el bigote que hace poco había dejado crecer. Miyako dormía a un lado de Hikari, el cuerpo desparramado y el cabello, todo, sobre el rostro de su amiga. Ken sonrió. Esa era una de tantas excursiones que organizaban.

En esas ocasiones, Ken estaba acostumbrado a no dormir y aprovechaba, si es que el ambiente se prestaba, a levantarse más temprano que todos para escalar alguna montaña cercana. Esa vez no fue la excepción.

Tomó un abrigo ligero y se encaminó.

El frío le horadaba los huesos y no le gustaba que la luz de la luna emblanqueciera su piel. Sin embargo continuó hasta llegar a la punta del monte. La oscuridad aún dominaba el panorama.

El aire helado refresco su mente, sus sentidos… Hasta que escuchó un ruido detrás suyo. Un estornudo, específicamente.

Giró su cuerpo, topándose primero con unas mechas lilas que serpenteaban al ritmo del viento. Miyako gateaba, aterrada.

—¡Ken! —Se incorporó como pudo y corrió a él, abrazándolo por la espalda—. Odio las alturas.

—No debiste venir —respondió dulcemente.

—Me espanté al no verte allá abajo. Pensé que… Pensé que te habías ido a ese lugar.

—Hace mucho que no pienso en el Mar oscuro. Descuida.

Ken sintió el temblor de Miyako contra su cuerpo. A ella realmente le daban miedo las alturas, se mareaba, sudaba, y sobre todo, se sentía insegura, como si estuviera a la deriva y sin un lugar al cual ir.

Los pájaros empezaron a gorjear, al tiempo en que el sol nacía en el horizonte, llenando de luz el paisaje.

Miyako asomó la cabeza sobre el hombro de Ken, los rayos inmediatamente iluminaron su rostro, cada una de sus facciones se deformaron en colores marrón, su cabello volviéndose, por un instante, de un azul intenso, similar a los ojos de Ichijouji.

—Encontré mi lugar —susurró con voz abstraída—. Desde hace mucho lo encontré, Ken.

Él tuvo ganas de besarla, besar esos labios iluminados por los rayos tenues del sol. Y lo hizo, pero no en ese momento.

Su lugar favorito ya no eran las alturas. Su lugar preferido, era cualquiera donde estuviera Miyako. Era Miyako.


Disculpa la tardanza, Sku. Bueno, esto es algo muy corto, el Kenyako no es como que lo mio. Espero lo hayas disfrutado, nos vemos en el tercer y último capítulo de este pequeño regalo.

A todos: ¡Gracias por leer!