Disclaimer: Digimon no me pertenece.
Piezas de un mismo cielo
Tres. Rojo y azul.
Él había estado en todos los momentos importantes de su vida, desde que sus lazos no eran ni siquiera eso pero ya estaban cruzados, hasta el instante en el que la sostuvo por primera vez en su mirada y no la dejo ir.
Recordaba, porque él nunca recordaba a menos que fuese algo importante, el día en que cayeron a ese mundo extraño y su vida se rodeó de un montón de niños que apenas y había visto por los pasillos de la escuela. Y más que su rostro infantil, él recordaba el singular color de sus ojos y su cabello. A él le gustaba pero no lo decía, lo callaba, simplemente lo pensaba y lo guardaba, en ese momento, como algo pasajero y sin importancia.
Pasaron muchos momentos, hombro con hombro, intercambiando palabras, miradas que con el paso de sus aventuras duraban uno, dos, tres segundos más que antes y que era apenas perceptible para los demás, menos para ellos.
Sus ojos la captaron mucho antes que su corazón.
En los momentos que se sentían perdidos y nadie los comprendía a pesar de que lo intentaban, tenían la certeza de que entre esas ocho personas, una era capaz de entender la desesperación por no sentirse merecedor de los emblemas que poseían. Se ayudaron sin ser conscientes. Yamato comprendió el significado de la amistad, no sólo por valorar a sus nuevos amigos, sino al ver a Taichi y Sora juntos. Sora apreció el significado de su emblema, al ver el amor que Yamato le tenía a Takeru y viceversa, a pesar de los años de distancia en el pasado, y quizá también en el futuro.
El Digimundo los cambió, los unió, los encontró.
Luego llegaron las despedidas, el estrago de los años, y con ello la madurez. Todos se dispersaron, curiosamente, ellos eran los únicos que permanecían con la misma constancia de antaño.
Comenzaron con un «hola» a través de un mensaje al celular, continuó con largas conversaciones sobre su vida, sobre ellos, sobre ellos juntos sin decírselo a la cara.
Yamato presenció nuevamente un cambio, aunque esta vez distinto, más cerca de ella, casi rozándola.
Observó cuando dejó los pantalones por las faldas, cuando los balones quedaron atrás y surgieron las flores. Cuando toda ella se volvió frágil… Pero Sora seguía siendo fuerte a pesar de lo que dijeran las voces externas. Porque Sora siempre había sido Sora. La que sabía exactamente lo que quería y cuándo lo quería.
Yamato supo de qué se trataba desde que la vio entrar a la escuela más callada que de costumbre; ella encontró el equilibrio que buscó durante mucho tiempo.
Sin embargo fue una época difícil, sus viejas amigas ya no le hablaban, decían que ya no era ella y que su apariencia era ridícula. Fue cuando se quedó sólo con Taichi y Yamato.
—¿Estás bien?
—¿Por qué lo preguntas, Yamato? —respondió mientras guardaba una sombrilla en su casillero.
—Todas esas chicas de la clase te siguen molestando. —Entrecerró los ojos.
—¿De verdad? —deslizó las pestañas suavemente hacia abajo, creyó que se soltaría a llorar—. Bueno, hay personas que le temen al cambio. Ellas son ese tipo de personas. —Alzó los hombros—. Además no importa, te tengo a ti… Y a Taichi, sí —agregó al final, sonrojándose.
La piel externa de Sora cambió, pero su verdadera piel seguía allí. Él lo comprobó muchas veces, en el futuro, cuando su novia veía un partido de futbol y soltaba alguno que otra mala palabra, o esas veces en las que se descalzaba para jugar dentro de la casa con sus hijos… Y lo comprobó —por si acaso— incontables veces, rozando la piel tersa y suave que sólo él tenía derecho a tocar y reconocer, debajo de esas sábanas blancas que se volvían nieve y los aplastaba y envolvía.
—Yamato-chan —cloqueó Taichi pasando un brazo sobre sus hombros. Yamato no contestó—. ¿No crees que Sora se ve más… rellenita?
—Hey, esto es por aquella vez que vi por accidente la ropa interior de Meiko, ¿no? Ya te pedí disculpas muchas veces, ¡lo siento! ¡Lo siento!
—No recordaba ese incidente, y ahora no lo olvidaré, gracias, Yamato-chan…
—No me llames así.
—Como digas. A lo que me refiero, es a que serás padre muy pronto —le susurró en el oído como si fuera un secreto.
A Yamato le llegó el olor a copas pasadas de Taichi justo cuando se escuchó un gritito.
—¡Estas embarazada! —gritó Meiko, la esposa de Taichi, fuera de sí.
—No lo grites, por favor. —Sora trataba de calmarla.
Demasiado tarde, Taichi ya había corrido a donde estaban, alzó a Meiko en brazos y celebraban, como si ellos fueran a convertirse en padres, de nuevo.
Yamato no se dio cuenta del momento en que sus pies avanzaron hasta detenerse frente a Sora, para mirarla, aún estupefacto.
—¡Yamato! ¡Tu hija puede venir a jugar con mi Yuuki siempre que quiera! —Taichi lloraba dramáticamente, abrazado a Meiko.
—No des por hecho que será niña, Tai —reprendió su esposa.
—Pero yo quiero una niña.
Dejando a la loca pareja que los acompañaba inundarse en algarabía, Yamato acortó la distancia entre él y Sora, la estrechó entre sus brazos y con un beso que apenas tocó sus labios dijo «gracias». Sora lagrimeó, luego sonrió, y volvió a lagrimear.
—No llores todavía, falta que lleguen los demás —exclamó Yamato al percatarse de que Meiko ya se estaba encargando de telefonear a todos sus amigos.
Los buenos momentos no llegan siempre después de los malos, a veces, muy pocas veces, siempre serán buenos.
Para Yamato, desde que Sora había llegado a su vida, era así. No era capaz de traer a su presente momentos malos, porque siempre estaba Sora, junto a él, y si estaba Sora, entonces no tenía porque ser un recuerdo amargo o doloroso.
—¡Papá! —Una mano pequeñita jalaba su abrigo—. Mamá cayó en la nieve.
Parpadeó varias veces, tomó al niño entre sus brazos y le guiño un ojo. El niño sonrió.
Llegaron a ella, guardando cierta distancia. Sus cabellos rojos resaltaban en medio del color blanco al igual que sus mejillas sonrosadas. Su respiración estaba agitada, lo notaba por el modo en que su pecho subía y bajaba arrítmicamente. Se preguntó si no tenía frío al estar allí recostada, supuso que no al verla envuelta en un frondoso abrigo, guantes y gorro.
Estaba por despertarla con un beso, como le sugirió su hijo una vez que lo dejo en el suelo, cuando ella abrió los ojos y le jaló un pie, derrumbándolo junto a ella.
—¿No te disculparas? —preguntó boca abajo, escuchando las risotadas que ella soltaba.
—¿Debo hacerlo? Bien, en ese caso…
Sus labios se unieron bajo la ligera nieve que ya comenzaba a caer.
Se vieron interrumpidos por dos niños que les cayeron encima, embarrándolos de nieve, infectándolos de una felicidad incomparable. A Yamato le gustaba cuando los ojos de Sora brillaban de esa forma, después de que lo besaba, o cuando abrazaba con dulzura a sus hijos, nunca sabía con qué compararlos.
Porque Sora Takenouchi era amada por Yamato Ishida, y eso, era lo único que importaba.
El nombre de los capítulos viene, simplemente, del color de los ojos de sus protagonistas, no tiene gran relevancia en sí aunque trate de meter los colores en los capítulos.
Perdón por el retraso, Sku, a pesar de que estaba ocupada con la escuela, me trabe un poco con el último capítulo porque fue el que me costó más por ser el de tu OTP, espero te gusté :3 ¡Y Feliz feliz cumpleaños muy atrasado! Me hubiese gustado escribirte algo más elaborado, pero bueno, será para la próxima (?).
A quienes lleguen hasta aquí, ¡muchas gracias por leer!
